Este artículo examina la disputa entre Guillermo Valencia y Bernardo Arias Trujillo, autores y traductores colombianos. Valencia fue un renombrado político conservador, mientras que Arias Trujillo fue un bohemio liberal y gay que trabajó como diplomático, poeta, juez y columnista. Ambos tradujeron la Balada de la cárcel de Reading de Oscar Wilde al español y aunque la disputa a la que estas traducciones dieron lugar tuvo que ver aparentemente con su calidad, sostengo que los escritores dirimieron en ellas sus diferencias sobre los debates de principios del siglo xx acerca de la sexualidad y la masculinidad en Colombia.

TRANSLATIONS IN DISPUTE. GUILLERMO VALENCIA AND BERNARDO ARIAS TRUJILLO

This article examines a dispute between Guillermo Valencia and Bernardo Arias Trujillo, two very different writers and translators in Colombia. Valencia was a renowned conservative politician, writer, and translator, while Arias Trujillo was a gay, liberal bohemian who worked as a diplomat, poet, judge, and columnist. Both men translated Oscar Wilde’s The Ballad of Reading Gaol into Spanish. Although their subsequent dispute was ostensibly about the quality of their translations, the article argues that the two writers used the dispute as an opportunity to reflect on early twentieth-century debates over sexuality and masculinity in Colombia.

En el verano de 1900, Enrique Gómez Carrillo organizaba una de sus comunes veladas literarias en el café Kalisaya de París con prominentes escritores latinoamericanos que vivían allí o visitaban la ciudad. Según cuenta Guillermo Valencia, en su libro titulado El vengador de Wilde, antes de esta reunión específica, Gómez Carrillo le advirtió al grupo de escritores que esa noche iba a ser especial, a causa de una “grande, inesperada sorpresa” que solo revelaría hasta el momento del encuentro (Valencia, El vengador 1). Valencia llegó al café —puntual, curioso, ansioso— y se dirigió a una sala privada, donde se encontraban varias mesas unidas. En la cabecera, reconoció instantáneamente la figura de Oscar Wilde, a quien Gómez Carrillo en seguida presentó eufóricamente como “el nuevo poeta hispanoamericano” (1). Sentado entre Rubén Darío y Manuel Díaz Rodríguez, Valencia escuchó apasionadamente a Wilde por más de “tres horas de inolvidable esparcimiento” hacer juicios “con precisión y singular maestría” sobre la Exposición Universal y algunas obras de arte en particular allí expuestas (1). Valencia quedó completamente fascinado con la figura de Wilde, y a pesar de que insistió en que no era su intención —en la introducción de este libro— relatar aquella entrevista o encuentro, no deja de dar detalles, casi sin poder evitarlo, sobre el traje sencillo pero exquisito de Wilde y las palabras que decía, así como acerca de la intrigante cercanía entre Wilde y Gómez Carrillo. No solamente llegó Wilde a este círculo de escritores por Gómez Carrillo, sino que se hablaban y miraban de manera particular, y se retiraron de la velada juntos.

A raíz de este encuentro, Valencia y Wilde, siguiendo la sugerencia de Gómez Carrillo, intercambiaron correspondencias y en una de ellas Wilde le obsequió a Valencia una copia dedicada de la Balada de la cárcel de Reading. Este regalo, como se verá más adelante, lo llevó a traducir al español el texto de Wilde (publicado en 1929), y más adelante a escribir el libro El vengador de Wilde, en el que se relata la anécdota con la que abro este ensayo.

El libro, que empieza con el episodio de su primer encuentro con Wilde, se trata realmente de una respuesta a la posterior traducción que hace el escritor Bernardo Arias Trujillo de la Balada de la cárcel de Reading en 1936. En este artículo, voy a centrarme en las polémicas que las dos versiones de las traducciones del poema de Wilde al español generaron entre sus autores. Sus desacuerdos provocaron en Colombia y en Latinoamérica un escándalo que, en mi opinión, poco tiene que ver con la calidad de las traducciones respectivas. Mi propuesta es que ambos escritores, de maneras distintas, reflexionan sobre el proceso de traducción al español y sobre el papel del traductor como vehículo para debatir sobre sus visiones acerca de la sexualidad y la sociedad de la primera mitad del siglo xx. Además, sus traducciones del texto de Wilde, y sus posteriores posiciones como traductores, me llevan a preguntarme cómo Valencia y Arias Trujillo acoplaron y usaron la figura de Oscar Wilde como una pantalla en blanco en la que proyectaron sus propios deseos políticos, valores morales y puntos de vista en general. Pienso, además, que la identificación de Arias Trujillo como homosexual es clave para entender las diferentes maneras en que los traductores y sus traducciones fueron recibidas en Colombia.

Los dos personajes en cuestión —aunque por igual figuras públicas, escritores y políticos— no pueden ser más distintos. Guillermo Valencia (1873-1943) nació en Popayán y desde muy joven ingresó a la política. No fue un poeta muy prolífico y, después de 1914, casi abandonó del todo la escritura de poemas propios para dedicarse a la traducción literaria. Además, se ocupó con bastante frecuencia en escribir ensayos, muchos de los cuáles están recogidos en el libro Panegíricos, discursos, artículos, de 1933. Era políglota y sabía, incluso, las lenguas clásicas griego y latín, así como también el hebreo, lengua que aprendió durante sus estudios en el Seminario Conciliar de Popayán, institución a la que ingresó en 1885 (Sanín Cano 347; Connell 562). Gran parte de su obra estuvo marcada por ideas conservadoras y católicas, tanto religiosas como políticas (Díaz Granados 4812). Esta formación religiosa tuvo que ver tanto con su estadía en el seminario, como con su familia y su propio lugar de origen —Popayán es una pequeña ciudad en medio de una de las provincias más católicas y tradicionalistas de Colombia—. Sus ideas políticas oscilaron entre el paternalismo latifundista, que buscaba perpetuar los valores tradicionales hispánicos, y una democracia de élites. Para Rodríguez García, en el caso de Valencia, habría habido una correlación entre esta doble inclinación política y su doble inclinación literaria por el “regionalismo caucano, ególico” y el “cosmopolitismo eurocéntrico” (“Sobre héroes y urnas” 157-158). Llegó a París en 1899 —donde conoció a Oscar Wilde—, para desempeñar las funciones de primer secretario de las Legaciones de Colombia en Francia, Suiza y Alemania. Aparte de sus vínculos con el mundo literario parisino, su tarea más importante en Francia consistió en el envío al gobierno de sesenta mil fusiles para sofocar la rebelión liberal (Rodríguez García, “Sobre héroes y urnas” 163)1. Un detalle más de vida que me interesa tiene que ver la defensa que hizo Valencia de la pena de muerte poco después de su eliminación. El autor participó en una serie de debates y polémicas en relación con esto, que, incluso, han sido recogidos en antologías (Rodríguez García, “Sobre héroes y urnas” 166-167).

Bernardo Arias Trujillo (1903-1938), el otro autor involucrado en la diatriba a la cual me refiero en este trabajo, es mucho menos conocido que Valencia, a pesar del impacto que también tuvo en la política y en la cultura nacional colombiana (Valencia Llano, Misterio y delirio 7). Nació en el municipio de Manzanares (situado en el departamento de Caldas), vivió en distintas ciudades, como Bogotá y Buenos Aires, y pasó muchos años en Manizales (capital del departamento de Caldas), donde falleció trágica y sórdidamente. Durante sus pocos años de vida fue diplomático, juez, novelista, ensayista, poeta y traductor. Solo en el año de 1924, a los veintiún años de edad, publicó las novelas cortas Luz, Cuando cantan los cisnes y Muchacha sentimental. En 1934 publicó En carne viva, y en 1935 su novela más importante, Risaralda, con la cual se consagró como escritor en Colombia, y que hoy en día es un clásico2. Su vida fue siempre controversial y, a pesar de la riqueza de sus textos, todavía se escriben comentarios como el siguiente: “Si Bernardo Arias Trujillo no hubiera escrito Risaralda, hoy sería un don nadie, un pobre diablo. Lo salvó la literatura” (Páez Escobar s. p.). Su extravagancia y su sexualidad, en mi opinión, lo han desplazado y casi han borrado sus contribuciones realmente importantes.

En todo caso, se trata de uno de los escritores y periodistas más polémicos de la primera mitad del siglo xx. Lo caracterizan su vida bohemia y, en gran oposición a Valencia, su ferviente afiliación al Partido Liberal desde muy joven. Haber sido un escritor homosexual en la conservadora sociedad colombiana lo hizo estar siempre e inevitablemente atravesado por el escándalo. Fue también, gracias a la invitación de José Camacho Carreño, embajador de Colombia en aquel entonces, y nombrado secretario de la Legación Colombiana en Argentina. Allí, Arias Trujillo se sintió mucho más cómodo con la sociedad e insistió en que Buenos Aires estaba al frente de la promesa cultural de América. Es en ese contexto donde puede escribir, bajo el auspicio de la editorial Pagana, Por los caminos de Sodoma. Confesiones íntimas de un homosexual, libro que publicó bajo el pseudónimo de Sir Edgar Dixon en 1932. Me voy a detener unas líneas en esta novela porque es clave para entender la polémica suscitada en torno a la traducción de la Balada de la cárcel de Reading. Se trata sin duda del texto más arriesgado de su carrera, y posiblemente uno de los más atrevidos de su época en Hispanoamérica, por lo que lo publica casi de manera clandestina, teniendo muy claro que su libro no solo iba a tocar un tema tabú, sino que exponía y enjuiciaba a la sociedad colombiana. El prólogo ya advierte: “En estas páginas se van a levantar, para la vista de todos, las úlceras suntuosas de un joven que tuvo una deficiente educación sexual y cuya vida fue acibarada por la intolerancia de unos, por la insensibilidad de otros y por la indiferencia de todos” (7).

La novela narra la historia de un personaje homosexual llamado David y, para seguir con el prólogo, el autor insiste en varias ocasiones en que no simplemente se trata de un personaje imaginario, se trata de una historia “verídica en todas sus partes” (8) que perturba no por “inmoral” (8) o “pornográfica” (11), sino porque representa la historia oculta de muchos hombres colombianos. El relato, entonces, va revelando abiertamente la sexualidad del joven David: su primera erección, sus primeras masturbaciones y, por ejemplo, su primera experiencia sexual. Ella se refiere a una ocasión en que el protagonista, saliendo de una zambullida en el río, abre los ojos y se encuentra con un compañero de su colegio “maravillosamente desnudo” (33). El narrador describe detalladamente el cuerpo del joven de dieciocho años, que poseía un sexo majestuoso el cual lo hacía sentirse humillado ante su propio sexo diminuto. Mientras conversaban desnudos de temas insustanciales,

las manos de su compañero no perdían tiempo; y cerca, muy cerca de él, lo abrazaba, lo estrechaba con ímpetu. Luego, tímidamente, al principio, fue recorriendo con sus manos el divino cuerpo de David, que se estremecía con una dulzura inexplicable, como si las palmas de las manos de su amigo estuviesen forradas de terciopelo. Rozaba con ellas sus piernas, sus caderas, el pecho, y luego fue llegando al sitio definitivo.

Cuando David sintió que sus atributos estaban en las manos del amigo, que los acariciaba apasionadamente, su voluptuosidad estalló como un volcán, en una forma nunca sospechada … Entonces, el compañero se echó sobre él, lo agarró fuertemente, estrujándolo y empezó a morderlo y a besarlo por toda la boca que lo dejó lívido, ligeramente teñido de sangre. En seguida, como un loco, recorrió golosamente con sus labios el cuerpo del chiquillo y por fin, estacionado en el sexo pequeño y firme, empezó a succionarlo desesperadamente. (34)

Quise reproducir este largo pasaje de la novela, para mostrar cómo, en su forma y contenido, es absolutamente temeraria para su época. Articula y reinscribe sin velos ni tapaduras la vida homosexual de un joven lleno de pasiones, deseos y desengaños. Se puede leer también como una especie de diario o documento sobre la sociedad colombiana de la época y su hipocresía e imposibilidad de aceptar una relación homosexual. Los amantes, uno tras otro, obligan al protagonista a mantenerse en secreto y en silencio, y la mera posibilidad de romper ese pacto los hace siempre huir y terminar incluso la amistad. Por eso David está destinado al desengaño y fracaso amoroso. El texto, a la vez, permite una discusión sobre la pornografía y sobre la libertad de expresión. Desde el prólogo, el autor advierte: “los que se tomen la molestia de motejar este libro de pornográfico, no vayan a creer que me han ofendido” (11). Y es que el texto parece prever que la descripción explícita —sin tapujos— del acto sexual entre hombres trasforma inmediatamente el acto sexual en espectáculo. La novela, a fin de cuentas, propone que las ansias provocadas por el “secreto” forzoso se relacionan con la necesidad de sobreexhibirse, de mostrar en primer plano lo que se quiere silenciar, como arma de combate contra la borradura y condena. La predicción del autor se cumple y el texto se lee como mera pornografía y, de hecho, finalmente lo censuran; pero a la vez parece consciente de la necesidad de empujar los límites de la recepción y de repensar lo que se construye como tabú dentro de la representación literaria y de la sociedad.

Esta novela es muy difícil de leer, de catalogar y de analizar, porque a diferencia de otros textos que rozan o ponen en escena el tema de la homosexualidad en la época, en este caso, el deseo homosexual no puede no ser leído. No se trata de un texto que presente alguna sutil escena homoerótica u homosocial, que, como tantas, pudiese pasar por debajo de la mesa o desapercibida por la crítica literaria del momento. Es un texto que no se leyó, en mi opinión, porque leerlo obligaba a ver lo que se prefería ocultar. Se trata de una novela que exhibe y se exhibe como pocas otras —o ninguna— en su época. Es un texto perturbador, porque no permite la posibilidad de la borradura, de la tachadura, del malentendido, de la excusa, o de que se pueda leer en él otra cosa. Leer esta novela implicaba confrontar los más severos tabús de la sexualidad. En este sentido, las proyecciones escandalosas del homosexual, e incluso acá podríamos pensar en la figura pública de Arias Trujillo, como portador del escándalo o como técnica exhibicionista, está buscando “dar a ver el cuerpo público”, en palabras de Molloy (129).

Arias Trujillo llegó a Buenos Aires en 1932. Colaboró en varios periódicos de la ciudad y trató de alejarse de la conservadora sociedad colombiana, que era plana, sofocante y poco cosmopolita, no solo en la política, sino también en sus formas sociales. Empezó a escribir en el periódico El Universal de manera vehemente sus radicales puntos de vista contra los conservadores y se aprovechó de la visibilidad que le daba su cargo diplomático para relacionarse con escritores, artistas y políticos locales. Allí, su inmersión fue idílica y “se paseó por salones elegantes de la élite, pero también conoció los arrabales”, y conectó de cerca con “muchachas milongueras, pederastas, morfinómanos, poetas y pintores” (Valencia Llano, “La trágica vida” s. p.). En medio de este ambiente escribió de modo intenso, y publicó la novela Por los caminos de Sodoma. Confesiones íntimas de un homosexual, que contenía como apéndice el poema “Roby Nelson”, una declaración de deseo homosexual a un joven.

En enero de 1933 empezó a circular Por los caminos y llegaron los primeros ejemplares a Manizales, Colombia; pero casi todos fueron censurados y quemados antes de salir a la venta. Según cuenta Alexánder Hincapié García, “si ciertamente el esfuerzo del clero caldense le apostaba a la desaparición del libro, era porque este abría la puerta a las posibilidades, siempre vigentes pero negadas, del homoerotismo” (49). Como era de esperar, partes del libro y de su poema “Roby Nelson” circularon en copias improvisadas, en bares y cantinas. Valencia Llano, en su detenido estudio sobre Arias Trujillo, explica:

Es necesario aclarar que en Manizales había mucho homosexualismo, muy común en los sectores altos de la sociedad, pero se manejaba con discreción. Había bares y casas especiales, frecuentados por homosexuales y conocidos como “sitios de mala muerte”, en los barrios de Arenales y La Avanzada, donde harían presencia personas de todos los estamentos sociales, pero a Bernardo nunca se le vio por estos lugares. (Valencia Llano, Misterio y delirio 212)

La novela no solo circulaba informalmente entre las clases populares manizaleñas, sino también entre los intelectuales de la época, los obreros de los sindicatos, los estudiantes del Instituto Universitario de Manizales (Solano 87). Los pocos ejemplares que se salvaron fueron analizados en los diferentes círculos literarios de la ciudad. Aunque nadie podía asegurar que él había escrito realmente la novela (ya que la publicó bajo pseudónimo), Bernardo Arias Trujillo se convirtió a partir de ese momento en un “personaje de leyenda” (Valencia Llano, “La trágica vida” s. p.). Es significativo que la novela se haya escrito muy lejos de Manizales. Es como si Arias Trujillo se hubiera podido “liberar” en Argentina, alejado del ojo público y donde podía circular con discreción. Evidentemente, Arias Trujillo se encontraba entonces en un espacio que le otorgaba más libertad para defender y visibilizar ciertas sensibilidades y sexualidades sin ser juzgado tan bruscamente. De acuerdo con Javier Guerrero,

estar fuera de casa puede generar a nivel de comodidad social el viaje, sea temporal o ‘permanente’ en forma de exilio, ofrece la posibilidad de materializar una anatomía en territorios donde el cuerpo nacional propio —ostensiblemente heterosexual, en continuo rechazo de toda materia que amenace su unidad nacionalista— no se activa como acostumbra. Es decir, los cuerpos nacionales suelen tolerar en el cuerpo extranjero lo que no aceptan en su construcción unitaria. (35)

Los cuerpos nacionales, podría decirse, tienden a tolerar más fácilmente los cuerpos extranjeros que los suyos propios. El cuerpo de Arias Trujillo, más allá de la frontera (simbólica y nacional), fantasea, se expresa con más fluidez y, sobre todo, se percibe en una especie de exilio no permanente en el cual logra cuestionar los más grandes tabúes sexuales.

En este escenario, en Buenos Aires, pasa tiempo leyendo y estudiando la obra de Wilde, se concentra en las traducciones al español de la Balada de la cárcel de Reading y, como advertí anteriormente, se exaspera en especial por la traducción de Guillermo Valencia. Arias Trujillo, además de oponerse a Valencia como traductor, había contravenido fervientemente sus ideas políticas, al igual que las de muchos otros conservadores que apoyaban a Valencia en la época. Sin embargo, el duelo definitivo entre estos escritores se produce por Oscar Wilde.

Ensañarse contra Valencia era una manera inmediata de entrar en la polémica nacional, ya que para la época este era uno de los escritores consagrados de Colombia, además de haber sido dos veces candidato a la presidencia de la República. En el prólogo a su versión explica las razones por las que otras traducciones no lo convencen y lo hace con cierta elegancia. No obstante, cuando le toca el turno a Valencia, Arias Trujillo dice: “Sin que esto sea agravio sino justicia, merece más la horca don Guillermo Valencia por haber adulterado tan criminalmente la balada de Wilde, que el propio Charles T. Wooldridge, ajusticiado en Reading. A veces, matar a la amante, es delito menos grave que calumniar a un poeta, mutilar sus versos, o asesinar un poema, como en el presente caso (Balada de la cárcel 21, cursivas mías).

Describe, a continuación, algunos de los detalles de la supuesta fallida traducción en los que enfatiza que el texto de Valencia no debería llamarse una traducción, porque según él está muy lejos de serlo. Al final concluye lo siguiente: “La zurda y absurda, burda y palurda traducción de Valencia ha pasado a peor vida, a esa cisterna inconmensurable que es el silencio total del olvido. Hoy nadie la recuerda ya, para desagravio de los dioses y para el buen nombre de Oscar Wilde. Paz en su tumba” (21).

La polémica no esperó a hacerse pública y Valencia no tardó en responder con un libro publicado en Popayán (1936) con el título de El vengador de Wilde. En este, además de recuperar su fascinante encuentro con Wilde y reafirmar su admiración, Valencia hace lo que él mismo llama un “ejercicio de paciencia” (16) en el que muestra palabra por palabra por qué su traducción es la más acertada, más precisa y más elegante. Comenta y compara las traducciones, y subraya que Arias Trujillo hace un trabajo deplorable. En su texto utiliza los calificativos de “animal” (13), “idiota” (19) “inútil” (42), “ignorante” (47), “absurdo” (66) para describir a su contrincante. Entre las muchas acusaciones que le hace a Arias Trujillo crea una discusión acerca de la traducción de la palabra “lujuria” (lust) que se va a mantener a lo largo del libro. Valencia cuestiona la fidelidad de Arias Trujillo a este término. Esta es una de las palabras que le había criticado levemente Arias Trujillo, y Valencia, para defenderse, comenta:

Cuando el bardo escribió su canto, no pensaba en ‘Lujurias’ ajenas entonces a su estado de espíritu, a sus anhelos de purificación por el dolor. Su exquisito tacto le vedaba mentar la cuerda en casa del ahorcado y a esto equivalía lamentar la desazón de la animalidad contenida. Valiose de la palabra Lust cuyo primer significado es: anhelo vehemente. Equivale también a lujuria, pero por la razón antedicha, puesta allí significa deseo … tornado por el otro aspecto se hace ilimitado su alcance. (20)

Si bien la traducción de Arias Trujillo es acusada en todo momento de ser “ripia, cacofónica e insignificante” (56), es justo la palabra lujuria la que dispara en Valencia la ira, casi que pareciera estar diciendo que Arias Trujillo no puede escapar del significado de lujurias “ajenas” o incluso “propias”, podríamos añadir; es decir, que no logra —debido a su propio deseo— adherirse al texto. A medida que se desarrolla el libro, el tono de agresividad sube y, después de usar todos los adjetivos peyorativos posibles, sin explicar razones, feminiza al autor y lo apoda “bernardina” (56). Al final, con un implacable tono de absoluta superioridad apela a hacerle un juicio imaginario a Arias Trujillo con el fin de deshonrarlo públicamente.

En diferentes partes del país se hablaba sobre el tema. Los que apoyaban a Valencia lanzaban los primeros dardos y desde diferentes tipos de prensa y espacios de confrontación lado y lado siguieron opinando y defendiendo a su favorito (Valencia Llano, Misterio y delirio 187). Todos recordaban las polémicas columnas de Arias Trujillo, pero también empezaba a correr el rumor de que Arias Trujillo era el autor del libro Por los caminos de Sodoma.

No hay duda de que Valencia tenía (y sigue teniendo, si pensamos en lo poco que se conoce la obra de Arias Trujillo) más seguidores. Por poner un ejemplo, en los documentos recogidos y publicados por Enrique Uribe White, se encuentra una carta fechada el 1 de octubre de 1936, firmada por Aquilino Villegas y enviada a Ricardo Arango Franco que dice: “Valencia sigue siendo el más noble traductor en lengua castellana, entre los artistas hoy vivientes, que un poeta extranjero pueda ambicionar” (245).

En “Versiones colombianas de la ‘Balada de la cárcel de Reading’”, Ebel Botero continúa muchos años después la discusión sobre la mejor traducción, pero suma otras versiones a la comparación. De hecho, comenta cinco traducciones colombianas que se llevaron a cabo entre 1949 y 1952 del mismo texto. Su idea es mostrar que ninguna traducción es perfecta y por eso sigue habiendo intentos, casi siempre fallidos, por mejorar a Valencia. Después de analizar una por una, se inclina, como la mayoría, por la de Valencia, ya que, según él, esta versión reafirma que “era el mejor de los cinco poetas” (93). Ángel María Ocampo Cardona también hace un estudio detallado sobre las versiones de la Balada, haciendo énfasis en la polémica entre Valencia y Arias Trujillo, y detalla los defensores que han tenido una y otra posición de ambos autores. Es uno de los pocos estudios que privilegia la traducción de Arias Trujillo: “podríamos colocar ahora, la versión de Arias Trujillo, fiel a todo espíritu revolucionario del poema, en primer lugar entre todas las que se han hecho hasta el presente” (297).

Arias Trujillo, por su parte, tardó en responder a la crítica que le hizo Valencia, y esta vez asumió un tono más calmado de lo acostumbrado. El 18 de enero de 1937 publicó un artículo titulado “Los muertos que vos matáis…” en el periódico La Patria, que recupera el estudio de Valencia Llano. De amplia difusión nacional y en varios lugares reproducido, allí responde a los ataques de Valencia. Según Valencia Llano el objetivo de Arias Trujillo era alborotar a los intelectuales al reforzar su ataque por la figura sagrada (192).

Ambos traductores se insultaron innumerables veces, pero Valencia da un inesperado paso más y en la penúltima página de El vengador de Wilde visualiza la lápida de Arias Trujillo sellada con la inscripción wildeana “The man had killed the thing he loved / And so he had to die” (74). Justo antes de la imagen, irónicamente dice: “para memoria de este crimen y ejemplo en lo porvenir, se colocará una lápida en la fosa del ajusticiado, con esta leyenda en inglés y correspondiente traducción del convicto” (74):

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Fig. 1. Valencia, El vengador de Wilde 74.

Con este abrupto gesto lapidario, Valencia suspende la continuidad del duelo literario, ya que no solo pone en escena el veredicto de la “República de las letras” en el que se nombran más de cien crímenes (errores) de la traducción de Arias Trujillo, sino que se fabula su muerte, su tumba. Se podría pensar en este caso incluso en la idea del duelo como un ritual de masculinidad que funciona como instrumento para asegurar y afirmar determinados privilegios. No solo fabula el juicio y la muerte de Arias Trujillo —lo que de hecho asegura la traducción como propiedad—, sino que invita al espectáculo visual.

No hay duda de que Arias Trujillo también promovía y casi podría asegurar que disfrutaba las polémicas. Era también un personaje lleno de contradicciones “buscando sustancias y grumetes por las calles de Buenos Aires y redactando más tarde, como juez, sentencias en contra del consumo de drogas” (Guerriero 8). Pero su homosexualidad y la asociación de su nombre con su pseudónimo, Sir Edgar Dixon, sin duda lo ubicaban en ese momento en una posición vulnerable frente a Valencia y frente a la sociedad colombiana de su época. De hecho, no mucho más tarde, el 4 de marzo de 1939, a sus treinta y cuatro años Arias Trujillo se suicidó tras una supuesta sobredosis de morfina.

En varios círculos se habló sobre la misteriosa muerte de Arias Trujillo. Aparecieron distintas versiones. Su trágico final no hace sino remontarme a su novela, al personaje David en Por los caminos de Sodoma; a su imposibilidad de habitar el mundo, su necesitad frustrada de antemano por lo inevitable de exhibirse, la posterior censura de la novela, las peleas y los juicios en las columnas periodísticas de su autor. Como su personaje David, Arias Trujillo nunca pudo escapar del juicio de quienes lo rodeaban. Quizás “no soportó tener que amar siempre a la sombra” (Solano 81). O, como anuncia en las primeras líneas de Por los caminos de Sodoma, se trata de “el vivir de un hombre anormal, que un día cualquiera habrá de ser carne clínica, de suicidio de laboratorio” (7).

Aunque parte de la crítica ha insistido en lo misterioso de su muerte, Solano reconstruye la escena de la siguiente manera:

El 4 de marzo de 1938, Jaime Robledo cruzó la reja de hierro de la casa de los Michaelis, caminó por el vestíbulo, el comedor, atravesó la biblioteca, subió por las escaleras y encontró a Bernardo Arias Trujillo agonizando en una de las habitaciones. Lo declaró muerto a las dos y media de la tarde y no dejó dudas sobre la causa: “Arias Trujillo se fue por la borda. El golpe lo dio con morfina en una dosis tan maciza que cuando el médico llegó no había posibilidad de hacer nada. Ya había puesto los dos pies en los estribos de la muerte. El médico fui yo”. (93)

De acuerdo con Gustavo Páez Escobar, la declaración del amigo y doctor de la familia Jaime Robledo no termina allí, sino que este añade: “su complejo sexual lo estaba llevando a crueles ángulos de misantropía, por su lado, y de aislamiento, por parte de la sociedad. No le valieron ni consejos, ni súplicas, ni efectivas ayudas morales y materiales. Todo lo veía con criterio de náufrago” (ctd. en Páez Escobar s.p., cursivas mías).

Son aterradoras las palabras que hasta después de su muerte siguen enjuiciando, condenando y moralizando la polémica figura de Bernardo Arias Trujillo en su país natal. De hecho, toda referencia a su muerte fuera de Colombia recalca sus habilidades literarias, sin necesariamente escudriñar o fantasear con los pormenores de su inexplicable muerte. La necesidad de ahondar y revelar los detalles de su deceso solo reafirman la insistencia de un personaje desplazado, errático y, si acaso, extravagante. Su vida privada y sexualidad disidente, su señalada lujuria, su cruda manera de visibilizar los más arraigados tabús, lo marcan como “enfermo”, “problemático” e “indecente”, y dejan poco espacio para elaborar o indagar en cómo su obra replantea y rechaza, de manera magistral, concepciones homogéneas de cultura.

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* . Ph. D. en Literatura Latinoamericana, New York University.

1. Según Rodríguez García, “su actividad en los aparatos represores se hizo más directa con su siguiente puesto ejecutivo: en 1901 se convirtió en jefe civil y militar del Cauca, desde donde dirigió la cruenta ofensiva conservadora, de la cual aún tuvo que dar cuentas en su campaña electoral de 1917” (“Sobre héroes y urnas” 163).

2. Aunque usualmente Risaralda no es considerada una novela canónica como las otras novelas nacionales latinoamericanas, o al menos no fuera de Colombia, se le suele comparar con Doña Bárbara (1929) de Rómulo Gallegos, La vorágine (1924) de José Eustasio Rivera y Don Segundo Sombra (1926) de Ricardo Güiraldes (Quintero 63; Williams 167-68; Osorio s. p.).

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Nathalie Bouzaglo. "TRADUCCIONES LAPIDARIAS: GUILLERMO VALENCIA Y BERNARDO ARIAS TRUJILLO EN DISPUTA". Perífrasis. Revista de Literatura, Teoría y Crítica 13, no. 25 (2022): 159-172. https://doi.org/10.25025/perifrasis202213.25.10