A pesar de la centralidad del estudio del campesinado en América Latina, para diferentes disciplinas esta categoría sigue estando ligada a imágenes estáticas de un grupo definido desde el Estado y el capital. En este artículo damos cuenta de la necesidad de estudiar la realidad situada —histórica, geográfica y políticamente— de los individuos y colectivos que caben dentro de la categoría de lo campesino. La pregunta por las y los campesinos resulta urgente frente a la actual crisis económica, política y socioambiental que enfrentan amplios sectores de la población latinoamericana. Esta crisis obedece, entre otras dinámicas, al avance del extractivismo, a la agudización de la desigualdad, al deterioro ambiental, al despojo de comunidades marginalizadas y a la criminalización del movimiento social. Con el fin de contribuir al estudio crítico de este tema, desde una mirada histórica, espacial, relacional y política, profundizamos en las conceptualizaciones recientes de lo campesino, así como en la manera en la que los sujetos/as políticos/as y espacialidades se construyen mutuamente.

Current Peasant Formations in Latin America: Conceptualizations, Political Subjects, and Territories in Dispute

Despite the centrality in the study of the peasantry in Latin America, for various disciplines, this category is still bound to static images of a group defined according to the State and capital. In this article, we explain the need to study the situated reality — historically, geographically and politically — of the individuals and groups that fit into this category of the peasantry. The issue concerning peasants is a pressing one in view of the current economic, political and socio-environmental crisis affecting large sectors of the Latin American population. This crisis is due, among other dynamics, to the advance of extractivism, the exacerbation of inequality, environmental deterioration, the dispossession of marginalized communities, and criminalization of the social movement. In order to further the critical analysis of this issue, from a historical, spatial, relational, and political perspective, we will delve into recent conceptualizations of the peasant, and into how political subjects and spatialities are mutually constructed.

Formações atuais do camponês na América Latina: conceituações, sujeitos/as políticos/as e territórios em disputa

Apesar da centralidade do estudo do campesinato na América Latina, para diferentes disciplinas essa categoria continua estando ligada a imagens estáticas de um grupo definido com base no Estado e no capital. Neste artigo, apresentamos a necessidade de estudar — histórica, geográfica e politicamente — a realidade situada dos indivíduos e dos coletivos que estão delimitados na categoria do camponês. Abordar o estudo a partir dessa realidade se faz urgente diante da atual crise econômica, política e socioambiental que amplos setores da população latino-americana enfrentam. Essa crise obedece, entre outras dinâmicas, ao avanço do extrativismo, ao agravamento da desigualdade, à deterioração ambiental, ao despojo de comunidades marginalizadas e à criminalização do movimento social. Com o objetivo de contribuir para o estudo crítico desse tema, sob uma visão histórica, espacial, relacional e política, aprofundamos nas conceituações recentes do camponês, bem como na maneira em que os sujeitos/as políticos/as e espacialidades são construídas de forma mútua.

Los campesinos han sido un tema de estudio importante en la producción académica de disciplinas como la historia, la sociología, la economía, la geografía y la antropología1. A pesar de esto, la categoría sigue estando relacionada con imágenes estáticas de un grupo definido por clasificaciones del Estado y del capital, que no dan cuenta de las realidades complejas de los sujetos/as y los colectivos heterogéneos que suelen ser cobijados por ella. En particular para América Latina, la imagen de lo campesino sigue ocupando un lugar ambiguo y a menudo contradictorio en los discursos sobre desarrollo, diferencia cultural, legalidad, violencia y conservación ambiental, entre otros.

Hoy en día, hacerse la pregunta por lo campesino resulta urgente frente a la profunda crisis económica, política y socioambiental que enfrentan amplios sectores de la población latinoamericana, debido a la profundización del neoliberalismo, al avance del extractivismo, a la agudización de la desigualdad, al deterioro ambiental, al despojo de comunidades marginalizadas, a la criminalización del movimiento social, al asesinato de dirigentes sociales, a la militarización de la vida y al deterioro de las instituciones democráticas, todos estos, aspectos exacerbados por la pandemia de la Covid-19 y sus efectos desproporcionados en la región. Al mismo tiempo, dicha pregunta se vuelve necesaria por el modo en el que hoy participa en las disputas del movimiento campesino, a nivel global y regional, por el reconocimiento de derechos del campesinado, como lo mostró la activa participación de organizaciones campesinas de América Latina en los debates sobre el concepto de campesino que estuvieron detrás de la adopción de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Campesinos y de Otras Personas que Trabajan en las Zonas Rurales (2018).

Una primera cuestión que convoca este número de Antípoda se relaciona con las formaciones de lo campesino en diferentes escenarios y con los modos en los que se usa la categoría. Partiendo de que la pregunta por el campesinado es específica a un momento y a un lugar determinados, este número temático es, en primer lugar, una invitación a rastrear las historias y geografías particulares de lo campesino en distintos lugares de América Latina. En nuestro propio trabajo, nos hemos interesado por los procesos y dinámicas bajo los cuales se teje y transforma la vida campesina en contextos específicos. A través del estudio histórico y etnográfico, nos hemos dado cuenta de la necesidad de desestabilizar dicotomías como tierra/territorio, campesino/indígena y rural/urbano, entre otras, que dan forma a los imaginarios de lo campesino, tanto en el discurso oficial como en el popular. A su vez, nos ha interesado comprender las formas en las que la propia categoría de “campesino” viene siendo construida y activada, como parte de las luchas cotidianas de sectores de la población rural y urbana, pero también en los debates públicos en torno a las políticas de desarrollo rural y a los derechos de campesinos y campesinas.

Argumentamos que la pregunta por lo campesino está entonces en medio de una constante disputa por fijar su contenido y extensión. Esta disputa se desarrolla en diferentes escalas y registros que van desde la cotidianidad del sostenimiento de la vida y las estrategias de organización comunitaria, hasta la movilización política y la incidencia de organismos multilaterales. Los textos incluidos en este número permiten analizar las formas en las que ciertas nociones de lo campesino han sido y son agenciadas por: los diversos actores sociales; los discursos y formas de clasificación social en las que se encuadran; las comprensiones de los sujetos rurales con las cuales entran en tensión; y las posibles implicaciones políticas, económicas, sociales y ambientales de su movilización. Asimismo, los artículos dan cuenta de las formaciones de lo campesino desde distintas ópticas como las formas de organización y participación política, las subjetividades ambientales, las condiciones de acceso a la tierra y el ejercicio de derechos territoriales, entre otras.

Una segunda cuestión que nos interesa abordar aquí es la relación entre campesinado y territorio en América Latina, para lo cual proponemos tres líneas analíticas. La primera, nos preocupa entender las conceptualizaciones del territorio que se están produciendo desde la academia y los movimientos campesinos en América Latina. Creemos que la categoría de territorio no es explicativa y, al igual que la de campesino, está en constante disputa; por lo tanto, no podemos aproximarnos a esta noción sin entender los conflictos distributivos dentro de los cuales opera y las formas de representación del campesinado que involucra. Dicho de otro modo, a pesar de la tendencia a despolitizar el territorio, que vemos en narrativas y prácticas oficiales relacionadas con proyectos de desarrollo, conservación ambiental y construcción de paz, entre otros, argumentamos que la definición y el uso del territorio, necesariamente, se enmarcan en fuertes tensiones y luchas saturadas por relaciones desiguales de poder. La segunda, nos parece fundamental entender la manera en la que el campesinado latinoamericano emerge como sujeto de estas tensiones y luchas territoriales, así como las formas de existencia que se ponen en juego. Y, la tercera, consideramos que necesario aproximarnos a la territorialización en tanto proceso que emerge bajo condiciones y prácticas específicas en contextos particulares (Arruti 2015; Godoi 2014; Pacheco de Oliveira 1998; Rangel 2019; Yie 2018).

Desde estos planteamientos, nos interesa abordar la pregunta por el espacio campesino, prestando especial atención a la relación entre la conceptualización de lo campesino, la configuración de sujetas/os políticas/os y los procesos de territorialización. Nos preguntamos por las espacialidades de lo campesino en relación con el contexto actual, haciendo énfasis en cómo la precarización de la vida campesina, tras la ampliación del extractivismo, complejiza la mirada puramente agrarista de las campesinas y los campesinos como personas que habitan en áreas rurales y que viven de la tierra. En nuestra experiencia, como hemos señalado, entender lo campesino implica desdibujar límites prefijados entre lo urbano y lo rural, así como entre los ecosistemas terrestres y acuáticos, y los distintos modos de sustento, entre otros.

Uno de los retos de la conversación que proponemos aquí es la dificultad de hablar de América Latina como un todo. Sabemos bien que no es lo mismo hablar de campesinos en Venezuela, Brasil, Cuba, México o Nicaragua, como tampoco en las diferentes regiones que componen cada uno de estos países, y, por ello, insistimos en que se trata de configuraciones localizadas que no pueden ser entendidas fuera de su contexto ni de las trayectorias históricas y geográficas que las sustentan. Asimismo, consideramos importante reconocer que, al agrupar estas realidades bajo la idea de región, se hacen visibles unas dinámicas particulares, mientras otras se ocultan. Esto hace que, por ejemplo, la academia haya construido un lugar común de América Latina que, a menudo, da menor importancia a espacios chicanos, caribeños y centroamericanos, por mencionar algunos. La delimitación que proponemos no puede darse entonces por sentada y debe tomarse como una estrategia analítica provisional y siempre abierta a debate. Con ella, buscamos entonces resaltar las dinámicas que son generalizables a pesar de sus manifestaciones particulares, entre ellas, el deterioro de las ecologías materiales y simbólicas que sostienen la vida, el ataque rampante a la reproducción social, la erosión de las autonomías territoriales y la violencia sistemática hacia líderes y lideresas que caracterizan la historia reciente de la región (LASA Forum 2020).

A pesar de esto, o precisamente por esto, creemos que es importante reflexionar sobre cuáles son los procesos actuales que definen la experiencia, las identificaciones, las subjetividades, las formas de vida, las trayectorias organizativas y las espacialidades campesinas hoy en día. La conversación que proponemos parte de lo que vemos como la necesidad de trascender las definiciones reduccionistas que se han hecho a partir de la actividad productiva, una noción predefinida de ruralidad o de cultura. Asimismo, reconoce que la producción de las líneas entre indígenas, afrodescendientes y campesinos, en el contexto del multiculturalismo, responde a los límites móviles que se redefinen dependiendo de las relaciones de poder, las clasificaciones estatales y los reclamos que están en juego2. ¿Cómo se activa la categoría en ciertos contextos y en otros no? ¿Qué prácticas y narrativas la llenan de sentido? ¿Qué tipo de posibilidades abre y cuáles clausura? Estos son debates que nos interesa plantear, considerando los cruces de lo campesino con construcciones que vienen de lugares tan distintos como la etnicidad, la justicia transicional y la agroecología.

El entrecruzamiento con el género es uno de los elementos que nos interesa señalar, dado que el campesinado es asumido comúnmente como un sujeto masculino, cisgénero y heterosexual. Trabajos como los de Carmen Diana Deere y Magdalena León (2001) han sido importantes para pensar el acceso desigual de las mujeres a la tierra. Donny Merteens (2020), por ejemplo, señala en su investigación cómo en el marco de la justicia transicional colombiana, si bien la ley abre caminos para la titulación a las mujeres, a las y los jueces les cuesta ver su relación con la tierra en términos de “ánimo de señor y dueño”. También hay trabajos que dan cuenta del papel que juega el género en las movilizaciones por la defensa de derechos territoriales (véase, por ejemplo, Ulloa 2016) y en las movilizaciones por la justicia ambiental (véase, por ejemplo, Leguizamón 2019). Además de estos trabajos, algunas investigaciones se han enfocado en la tarea de entender el papel constitutivo del género en los procesos de despojo y en la configuración misma de los paisajes extractivos (León 2017; Ojeda en prensa; Silva 2018). Desde distintas corrientes feministas se han pensado también las conexiones entre cuerpos y territorios, así como la manera en la que se superponen la violencia al medio ambiente y la violencia a los cuerpos feminizados (Cabnal 2010). En este número, Camacho y Robledo, Grandia y Salazar, entre otros, aportan a esta importante conversación.

De este modo, en las secciones que siguen, y desde distintas ópticas, buscamos contribuir al análisis de las formaciones de lo campesino en América Latina en el contexto actual.

En el tercer cuarto del siglo pasado, en pleno auge de los estudios campesinos en América Latina y en otras partes del mundo, se desarrolló un intenso debate en torno al concepto de campesino. En ese entonces, las discusiones giraron en torno a si por campesino se entendía una clase, un modo de producción, un tipo de sociedad o una cultura3. En la década de 1970, bajo la creciente influencia de la obra de Chayanov (1974), las visiones clasistas y culturalistas sobre el campesinado, inspiradas en el marxismo y el funcionalismo, fueron desplazadas por su concepción como un modo particular de producción diferente al capitalista (Almeida 2007). Esta perspectiva alimentó una mirada del campesinado como forma de organización del trabajo y como expresión de una racionalidad económica que se veía amenazada por el avance de este último. Pese a esto, la pregunta sobre si tal avance conducía a la extinción del campesinado se fue debilitando sin llegar a resolverse.

De forma paralela, la categoría de “campesino”, en torno a la cual se habían articulado las luchas por las condiciones de trabajo y de acceso a la tierra, así como las políticas rurales y agrarias desarrolladas en el marco de la Alianza para el Progreso, fue perdiendo importancia en las políticas de desarrollo rural de muchos países de América Latina y otras partes del mundo, siendo equiparado y, con el tiempo sustituido, por la expresión “pequeño productor” (Marques 2008; Wanderley 2015; Yie 2018). Tal cambio de nominación coincidió con un giro en el modelo de desarrollo rural promovido por el Banco Mundial en diferentes países de la región, el cual se caracterizó por el divorcio del desarrollo de su dimensión redistributiva y, por tanto, por el freno a las reformas agrarias que venían avanzando a pasos muy lentos en diversos países de la región. Tal proceso se profundizó con el avance del neoliberalismo en la década de 1990. Desde entonces, en varios países, se pasó a un modelo de reforma agraria vía mercado de tierras y la política de desarrollo rural se encaminó a la conversión de los pequeños productores campesinos en pequeños “empresarios agrícolas”, a través de una pedagogía de la racionalidad empresarial (Yie 2018), o se buscó su conversión hacia la prestación de servicios ambientales y turísticos, mediante capacitaciones en habilidades gerenciales (Montenegro-Perini 2017). La asociatividad y las alianzas productivas se presentaron como soluciones para enfrentar los efectos adversos de una economía abierta de mercado sobre miles de familias campesinas, un contexto marcado por la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC), el avance del agronegocio y el incremento de proyectos minero-energéticos (Ojeda et al. 2015).

Desde finales de 1970, también fue disminuyendo el interés académico hacia la llamada cuestión campesina e incluso algunos autores defendieron la inadecuación del término para describir las complejas y cambiantes dinámicas económicas, políticas, sociales y culturales de la ruralidad latinoamericana (Kearney 1996). En algunos países de la región, esto fue seguido por un nuevo “nominalismo” (Almeida 2007) ligado a la proliferación de distintas categorías para designar a los sujetos rurales. Desde finales de la década de 1980, con el avance de políticas multiculturales en la región, poblaciones que, en el pasado, se hacían legibles ante el Estado y la academia como campesinos, pasaron a hacerlo desde otras categorías, con frecuencia basadas en presupuestos sobre su diferencia cultural o sobre la particularidad de los ecosistemas en los que su vida se desarrollaba (Almeida 2007; Chaves 1998; Hoffman 2016; Lombardi y Schiavinatto 2017; Yie 2018).

En contravía de ese movimiento, en las dos últimas décadas, la categoría “campesino” ha vuelto a ganar importancia, tanto en escenarios académicos como institucionales (Domínguez 2012; Figurelli 2016; Lombardi y Schiavinatto 2017; Marques 2008; Tocancipá 2005; Yie 2018), situación que se ha incrementado bajo los reclamos de varias organizaciones campesinas de alcance nacional, regional y global, como la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC) y La Vía Campesina, por el reconocimiento de los derechos del campesinado, tanto ante el Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, como en los instrumentos normativos de sus propios países. En este escenario, muchos académicos y académicas se han visto llamados a ofrecer, bajo la condición de “expertos”, una definición operacionalizable de sujeto campesino en las normas, la política pública y los instrumentos legibilidad gubernamental4. De este modo, el viejo debate sobre si por campesinado se entiende una clase, un modo de producción, un tipo de sociedad o una cultura se ha reactivado, pero incorporando elementos que surgen de nuevas comprensiones sobre el mismo. Estas nuevas comprensiones deben entenderse no solo como el resultado de los diálogos entre quienes estudian el campesinado, sino también como consecuencia de la relación en doble vía entre la academia y los movimientos de base campesina.

Una de las visiones que ha venido ganando fuerza tiene arraigo en trabajos de la antropología económica que distinguen entre valores de uso y valores de cambio (véase, por ejemplo, Sahalins 1983 y Woortmann 1988), así como en los llamados estudios de la economía moral, principalmente, inspirados en los trabajos de E. P. Thompson (1979) y James Scott (1976). Lo que tienen en común ambas perspectivas, es asumir que el sujeto campesino se caracteriza por una racionalidad moral que media su interacción con otras personas y con la naturaleza. Entre los artículos incluidos en el dosier, un ejemplo es el de Leonardo Dupin sobre pequeños productores de quesos tradicionales de Minas Gerais, en Brasil. Allí cuestiona las nociones clásicas del campesinado como sociedad tradicional aislada en términos sociales y culturales, y propone entenderlo como un actor que se asocia en redes diversas, teniendo la familia, la tierra y el trabajo como elementos morales a través de los cuales establece relaciones específicas con los territorios que ocupa. Siguiendo a Woortmann (1988), propone hablar de campesinidad como una subjetividad que se encuentra en grados variables, en diferentes poblaciones rurales, que se articulan en distintos niveles y de forma ambigua con la modernidad.

Una segunda perspectiva que ha ganado fuerza es la que entiende la condición campesina como la encarnación de una visión de naturaleza que corresponde a alguna variante de lo que ciertos representantes del giro ontológico, en América Latina, vienen llamando “ontologías relacionales” (De la Cadena 2015; Escobar 2014). En este número, un ejemplo lo encontramos en el trabajo de Silvia Seger, sobre campesinos de la zona de Íntag, Ecuador, quien propone entender al campesinado no tanto a partir del trabajo agrícola y su vínculo con la tierra, sino a partir de su relación con la naturaleza, la cual es comprendida como el resultado de las relaciones íntegras e interdependientes entre todos los seres y aspectos de la vida.

Finalmente, una tercera perspectiva que ha nutrido los debates actuales sobre los campesinos es la que se inspira en los planteamientos de Jan Douwe van der Ploeg (2010), quien liga la condición campesina a la lucha por la autonomía en un contexto caracterizado por relaciones de dependencia, privación y marginación. Dupin rescata esta perspectiva para explicar cómo la producción de queso artesanal, entre campesinos de Minas Gerais, hace parte de una estrategia para mantener su autonomía frente a un modelo agroindustrial en expansión. Seger, por su parte, plantea que los campesinos de Íntag se caracterizan por buscar la autonomía en el control de recursos y en las formas de interacción humana-naturaleza, en un contexto marcado por el avance de la gran minería en la región.

Lo que las tres perspectivas mencionadas tienen en común es una visión del campesino como un sujeto en permanente tensión con el capital, porque encarna moralidades, ontologías o relaciones sociales diferentes (e incluso opuestas) a las que posibilitan su reproducción. Claro está, la narrativa que opone al campesinado y al capital no es nueva. Durante buena parte del siglo pasado, las relaciones de clase fueron centrales en la comprensión del campesinado. Ya sea que fuera representado como una facción del proletariado o como su posible aliado en la lucha revolucionaria, el campesinado tenía su antagonista en terratenientes rentistas o en la burguesía agraria, quienes basaban su riqueza en el despojo y la explotación. La idea de Chayanov, de que el campesino encarna un modo de producción no capitalista, también ayudó a ver en el capital y, particularmente, en la agricultura intensiva una amenaza para su pervivencia. Pero, aunque las relaciones de clase y el modo de producción siguen ocupando un lugar central en la construcción del antagonismo campesinado/capital, como se vio, hoy esta oposición también se construye en torno a otros ejes.

Los movimientos campesinos no están por fuera de este ejercicio de reelaboración de dicha oposición. En sus narrativas, especialmente en las de aquellas organizaciones articuladas a la CLOC y a La Vía Campesina, la oposición campesinado/capital suele asumirse como equivalente a la oposición vida/muerte. Como lo muestran Seger (2020) en el caso de los campesinos de Íntag; Grandia (2020) en el de los indígenas de Petén, en Guatemala; o Yie (2018) en el de los campesinos del norte de Nariño, en Colombia, sus organizaciones se presentan como defensores de la vida en contra de proyectos minero-energéticos o agroindustriales, que son asociados con la muerte y la destrucción. Tales narrativas surgen de la reinscripción de sus experiencias de pérdida y deterioro en múltiples niveles, pero también son producidas en interacción con los discursos ambientalistas, multiculturalistas, poscoloniales y feministas —principalmente, aquellas visiones centradas en el cuidado—, y en frecuente tensión con las imágenes usualmente movilizadas desde el Estado.

Con matices de una región a otra de América Latina, los campesinos y las campesinas vienen siendo representados como los guardianes de la naturaleza, esto en choque con su construcción, en las narrativas estatales, como productores agrarios cuyas prácticas son antagónicas a la conservación ambiental (Cárdenas 2012; Ojeda 2012)5. Aparecen también como portadores de culturas tradicionales, imagen en tensión con su vieja comprensión como gentes incultas (Robledo 2019), pero también con la que los asume como carentes de la diferencia cultural celebrada por el multiculturalismo. Del mismo modo, son presentados como portadores de conocimientos ancestrales que se resisten a desaparecer bajo el colonialismo epistemológico de Occidente, lo que cuestiona su representación como gentes que requieren de asistencia técnica para aumentar su producción o tener prácticas sostenibles. Finalmente, al reubicarse en el campo de las actividades usualmente ligadas a “lo femenino”, vienen siendo reivindicados como la expresión de una subjetividad volcada hacia la reproducción y el cuidado, en tensión con la mirada que los reduce a meros agentes productivos cuyo aporte reside en contribuir a la producción de riqueza nacional, a través del trabajo de la tierra o del sacrificio de cuerpos para proyectos militaristas. En este ejercicio, cabe agregar, las mujeres campesinas, tan comúnmente invisibilizadas en el pasado, empiezan a aparecer como protagonistas de las múltiples luchas del campesinado contra el capital.

Sin desconocer que muchas poblaciones campesinas efectivamente pueden encarnar todos estos rasgos, creemos necesario construir visiones que no den por sentada la oposición campesinado/capital, sino que busquen entender bajo qué condiciones y con qué efectos emerge, pero también bajo cuáles parece diluirse. Esto no significa desconocer que frecuentemente la reproducción y concentración de capital ocurra a costa de violentas transformaciones de la vida de poblaciones rurales que agudizan su situación de precariedad, desmiembran el tejido social, arruinan sus economías, debilitan sus procesos organizativos, golpean sus ecosistemas y afectan su vida cultural. Tampoco se trata de negar que los campesinos y las campesinas generan diversas alternativas ante el deterioro medioambiental, el colonialismo epistemológico, la homogeneización cultural o los dilemas éticos de nuestro tiempo. Implica, más bien, asumir que la oposición entre campesinado y capital debe tomarse como un punto de llegada antes que de partida, lo cual resulta de considerar las formas histórica y geográficamente localizadas, tanto de reproducción del capital como de la vida campesina. A su vez, parte de asumir que lo campesino toma múltiples formas que se gestan dentro de condiciones históricas específicas, se espacializan de determinadas maneras, se producen de forma relacional y ocurren en el marco de luchas profundas por la configuración de las y los sujetos rurales.

Partiendo de allí, proponemos, entonces, aproximarnos a las múltiples configuraciones de la existencia campesina en la región, a través de la combinación de varias perspectivas: histórica, espacial, relacional y política. i) Por histórica queremos decir que lo que son las y los campesinos no puede comprenderse por fuera de procesos de diferente duración, que incluyan dinámicas de poblamiento, condiciones cambiantes de acceso y distribución de la tierra, así como los recursos necesarios para su reproducción, trayectorias productivas, dinámicas organizativas y estrategias de regulación social, entre otros. En este número, está por ejemplo el trabajo de Unigarro (2020), quien objeta la representación hegemónica de los campesinos desde la producción de alimentos, a través del caso de los campesinos del Guaviare, en la Amazonía colombiana, cuya reproducción social ha descansado en actividades extractivas y cultivos ilícitos. Tales características no pueden comprenderse sin atender a la historia de colonización de la zona, a su interacción con las características biogeográficas de la misma, a las formas de presencia estatal, a las dinámicas del conflicto armado y a la manera en que la región se insertado en las cadenas de producción y comercialización de recursos tropicales y cultivos ilícitos. ii) Por espacial nos referimos a los modos en los que las diversas formaciones de lo campesino se localizan y distribuyen en espacios concretos, que ayudan a darles forma, bajo el efecto de procesos multiescalares que operan en articulación con las particularidades biogeográficas de esos espacios, pero también con las modalidades diferenciadas de reproducción y concentración del capital. iii) Por relacional, nos referimos al hecho de que las particularidades que asume la vida campesina no pueden entenderse como expresiones de una sustancia prístina, preexistente a las relaciones con otros actores que le serían externos, sino como algo que emerge y toma forma en medio de ellas. Sin descuidar otras perspectivas mencionadas, Camacho y Robledo, también en este número, nos dan un buen ejemplo de ello. Su etnografía muestra que la relación con la tierra y la vida comunitaria de los campesinos de La Mojana, en el Caribe colombiano, no puede entenderse sino en su interacción con las políticas oficiales, en su caso concreto, a través de la creación de la figura del común y proindiviso. iv) Finalmente, por político, entendemos que la vida campesina se gesta dentro de disputas por el poder, en las que participan distintos actores. Esta última perspectiva implica entender que, a través de sus prácticas cotidianas, pero también de su movilización política, las y los campesinos mantienen disputas, bajo condiciones desiguales de fuerza, tanto hacia adentro como hacia afuera de sus comunidades y organizaciones, por imprimirle cierta forma a su existencia como individuos y colectivos. En este proceso, con frecuencia, entran en tensión con diferentes esfuerzos institucionales por moldear sus vidas en el marco de proyectos de desarrollo específicos (Camacho y Robledo 2020; Dupin 2020; Ojeda 2016; Seger 2020; Vélez-Torres et al. 2013; Yie 2015, 2018; Yie y Acevedo 2016).

La existencia campesina y la forma que esta asume han sido y están siendo disputadas a través de la categorización y representación de las poblaciones rurales. Las prácticas de categorización y representación de las que estas poblaciones son objeto están ligadas a esfuerzos por regular las maneras aceptables de habitar los espacios rurales o de ser campesino (Ojeda 2012; Yie 2019). Como varias y varios autores han señalado, las descripciones funcionan como prescripciones a través de las cuales se promueven, con relativo éxito, modelos aceptables de ser (Bourdieu 1989; Brubaker 2004; Butler 2007; Corrigan y Sayer 1985), cruzados por la edad y el género, que, en el caso de quienes son catalogados como campesinos, van desde la relación con sus propios cuerpos, pasando por las mantenidas con otros miembros de su familia y comunidad, con instituciones y organizaciones, hasta con el propio espacio que habitan. Como acertadamente plantean Abril-Bonilla, Jiménez y Uribe, en este número temático, lo campesino “constituye un campo de negociación y disputa”. De acuerdo con su argumentación, las políticas recientes de formalización de la propiedad agraria en Colombia movilizan nociones de lo campesino como poblaciones rurales que necesitan ayuda para salir de la pobreza, las cuales entran en tensión con la noción manejada por los campesinos negros y mestizos del Alto Cauca, en la que lo campesino está más ligado a una trayectoria política y organizativa. A su vez, categorías como “pequeño empresario agrícola” o, su más reciente versión, “emprendedor agrícola”, plantean la racionalidad empresarial como más elevada y deseable, perspectiva que entra en tensión con la de quienes defienden el uso del término “campesino” y una noción del mismo como modo de producción que responde a una racionalidad diferente a la capitalista.

Pero, además, los procesos de categorización y representación están amarrados a disputas más amplias, en torno a los modos de distribución de la precariedad que afecta a poblaciones rurales al mediar su acceso a bienes, poder político y aprecio social (Abril-Bonilla, Jiménez y Uribe 2020; Figurelli 2016; Yie 2018). Así, el reclamo que varias organizaciones hacen al Estado colombiano para ser catalogados como “campesinos”, aunado a su reivindicación como un grupo culturalmente diferenciado, debe leerse como parte de un esfuerzo por controlar las condiciones de acceso al agua, a las semillas, a la tierra y a otros bienes fundamentales para su reproducción; así como por ganar incidencia política sobre el ordenamiento del suelo y las políticas que los afectan, y combatir una larga historia de menosprecio (Yie 2018).

Finalmente, insistimos en que no se trata de trazar una línea entre quienes son campesinos y quienes no lo son. Por el contrario, resulta importante comprender las formas como diferentes actores, discursos, experiencias y prácticas contribuyen a demarcar, acentuar, desplazar o diluir fronteras entre los campesinos y sus posibles otros —el proletariado rural, el empresariado agrícola, actores armados, depredadores de la naturaleza, habitantes de las ciudades, pescadoras y pescadores, pequeñas y pequeños mineros, indígenas, comunidades afro, etc.—, y cuáles son los efectos de ello. Como evidencia el trabajo de Seger, en este número temático, la frontera entre indígenas y campesinos en Íntag (Ecuador) es bastante borrosa, de manera semejante a como ocurre en Bolivia y Perú. En cambio, en otros países de la región, como en el caso de Brasil y en varias partes de Colombia, ese límite parece estar mucho más marcado. Adicionalmente, como lo han mostrado varios trabajos (véase, por ejemplo, Camargo y Ojeda 2017; Ojeda y González 2018; Yie 2018), tales fronteras se construyen en diálogo y tensión con las formas de clasificación y tratamiento de las poblaciones por parte del Estado.

Existe una amplia literatura que ha intentado definir el territorio, ya sea como contenedor de la vida cultural o como el efecto de prácticas y relaciones políticas. ¿Pero qué significa el territorio para las y los campesinos? Los artículos de este número temático muestran que el territorio es una categoría compleja, pues no se trata de una categoría analítica predeterminada ni de un objeto material. Al contrario, el territorio se crea a través de relaciones espaciales y procesos socioambientales que deben ser estudiados según el contexto particular. Los artículos de esta colección analizan etnográficamente las territorialidades —como relaciones— y las territorializaciones —como procesos— de las y los campesinos, arraigadas en ambos casos a realidades locales que, al mismo tiempo, están entrelazadas y son inseparables de las dinámicas y estructuras de poder nacionales y globales.

En América Latina, las estrategias campesinas de defensa del territorio tienen una larga historia que ha sido presentada como separada de la cuestión agraria. Tras la irrupción del multiculturalismo como lenguaje político oficial en la región, a partir de la década de los noventa, podría verse la acentuación de una narrativa de ruptura entre la tierra y el territorio. Por el contrario, nuestro propio trabajo revela importantes continuidades entre la lucha por la tierra y las demandas territoriales de hoy en día. Estas continuidades han sido subestimadas e incluso presentadas para legitimar una visión de los campesinos como sujetos individuales que, a diferencia de los grupos étnicos, buscan la reivindicación de la propiedad individual a costa de formas colectivas de territorialidad. En otras palabras, resulta difícil argumentar que las demandas pasadas de las y los campesinos por el acceso a la tierra se limitaran a garantizar la titulación de un número dado de hectáreas, mientras que las de hoy en día sí entienden los múltiples entramados que constituyen un territorio. Más bien, una de las características históricas de las y los campesinos en la región tiene que ver con la lucha por abrir espacios políticos y materiales que desafían a actores hegemónicos (Hoffman 2016). Esta lucha es a su vez un proceso de producción de espacio y —en concreto— de naturalezas.

En el marco de estas continuidades, el territorio no puede ser reducido a una relación de propiedad ni a un conjunto de recursos naturales. Esto aparece de manera clara en los artículos incluidos en este número. En relación con el Alto Cauca en Colombia, el artículo de Abril-Bonilla, Jiménez y Uribe (2020) enfatiza este punto, cuando muestra que formalizar las propiedades campesinas no cambió su situación de vulnerabilidad ante los avances de megaproyectos extractivistas que ponían en riesgo su permanencia en el territorio. Es decir, el territorio contiene experiencias y relaciones afectivas, inscritas en el paisaje, que no son solo huellas materiales. Se trata de “la reproducción de la vida” (Seger, en este número). Según plantean Camacho y Robledo:

En este caso entendemos por territorialidad campesina las prácticas de apropiación material, dominio y significación cultural del espacio parcelario por parte de los adjudicatarios. Esto se ha dado en un proceso social en el que construyeron una identidad y un sentido de pertenencia individual y comunitario como campesinos propietarios, frente al Estado y en contraposición a los grandes terratenientes y los aparceros sin tierra. (En este número)

En vez de pensar en el territorio como una posesión o un recurso estático, las y los autores de este número temático insisten en entenderlo como un proceso no predeterminado ni concluido de reproducción de relaciones espacio-temporales a varias escalas. A su vez, el territorio se produce y se disputa a través de rituales sociales y prácticas cotidianas (Arruti 2015; Berman-Arévalo y Ojeda en prensa; Camacho y Robledo 2020; Rangel 2019; Yie 2018). Esto significa, como hemos mencionado, que el Estado y el capital no son los únicos motores productivos del territorio. Muchos otros actores participan en su formación, incluyendo diversas organizaciones de base campesina cuyos integrantes promueven relaciones y prácticas, desde las cuales el territorio toma forma, así como en la elaboración de narrativas que le dan sentido. Para muchas y muchos campesinos, el territorio significa modos de sustento, formas de vida, y “una lucha constante por construir su autonomía” (Ploeg 2008, citado en Seger en este número). Cuando los campesinos luchan por el territorio, están luchando por sus derechos intrínsecos de vivir una vida digna, una vida que valga la pena vivir. En esta colección, Liza Grandia explica que una organización Q’eqchi’ Maya in Petén, Guatemala, ha logrado autonomía territorial al nivel municipal, en más de 150 de sus comunidades miembros. Los líderes se identifican como “organizadores comunitarios-campesinos-indígenas” y explican que están “luchando para la vida”. Su visión territorial es la autonomía como “gobierno consuetudinario [que] solo realmente florece en una relación recíproca con el territorio”. Al contrario, como relata Unigarro en este número, para los “campesinos cocaleros” en la Amazonia noroccidental colombiana, perder el territorio significa “la ruptura de sus formas de vida tanto en lo económico como en lo social”.

Seger (2020), como varias autoras y autores en este número temático, argumenta que esta concepción empobrecida del campesinado y su relación con el territorio proviene de organizaciones de gobernanza global, como las Naciones Unidas, que definen el campesino en términos de una “relación directa con la tierra mediante el trabajo agrícola” (ONU 2018), desconociendo incluso la propuesta de declaratoria de La Vía Campesina (2009), la cual incluía tanto el derecho a la tierra como al territorio. Este enfoque estrecho refleja los sesgos occidentales de organizaciones como las Naciones Unidas, pero también la historia de movimientos sociales e insurrecciones armadas durante la Guerra Fría (1950-1990). En Guatemala, Colombia y otros países de la región, los movimientos marxistas enfatizaron la solidaridad de clase campesina, pero con frecuencia silenciaron los llamados indígenas a la autonomía y a la justicia racial (Gros 2012; Rivera 2008). Al mismo tiempo, los programas liderados por el Banco Mundial y el Gobierno de los Estados Unidos se enfocaron en las y los campesinos como sujetos ideales de las intervenciones de desarrollo, quienes argumentaron que carecían de derechos de propiedad privada para modernizar su producción agrícola (Escobar 1998; Li 2007). Estas dinámicas disciplinarias del desarrollo y la política de identidad se combinaron, en parte, para producir una definición hegemónica estrecha de las y los campesinos y su relación con la tierra, así como representaciones racistas de estos como atrasados, individualistas y destructores de la naturaleza.

Una oportunidad para imaginar y crear territorios como sujetos indígenas se gestó desde mediados de 1970, para consolidarse en la década de 1990, como resultado de los movimientos transnacionales de derechos indígenas del convenio de la OIT 169 y de la adopción de políticas multiculturales en muchos Estados latinoamericanos6. Algo semejante pasó con poblaciones rurales formadas por descendientes de africanos esclavizados que fueron reconocidos como sujetos colectivos de derechos territoriales mediante su etnización (Arruti 2015; Cárdenas 2012). Mientras que el multiculturalismo neoliberal abrió espacios para el reconocimiento cultural y los derechos territoriales, dejó en su lugar profundas estructuras de desigualdad agraria y de ingresos (Hale 2006; Rivera 2010). Pero si bien bajo el multiculturalismo se ha dado un avance en el reconocimiento de derechos territoriales a poblaciones rurales incluidas dentro categorías étnicas, quienes quedaron por fuera de estas siguieron siendo imaginadas como poblaciones exentas de relaciones culturalmente mediadas con la naturaleza y, por tanto, de derechos territoriales. Esto pasó con muchas poblaciones campesinas que no solo vieron debilitadas sus posibilidades de acceso a la tierra, sino que, además, debieron enfrentar frecuentes amenazas al deterioro de su vida comunitaria y a su permanencia en los territorios, ante el avance de proyectos extractivistas y turísticos, la delimitación de zonas de reserva, el deterioro ambiental, la presencia de actores armados e, incluso, la ampliación de territorios étnicos de los cuales fueron excluidas (véanse, por ejemplo, Devine y Ojeda 2017; Ojeda y González 2018). En este escenario, poblaciones rurales sin membresía étnica empiezan a reivindicarse como sujetos de derechos territoriales, en clara tensión con la representación de los campesinos como una suma de individuos vinculados a la tierra a través del trabajo (Yie 2018). Tanto las experiencias de amenaza mencionadas, las redes entre organizaciones campesinas y étnicas de distintas partes de América Latina, como su diálogo con académicos que habían estado ligados a las luchas indígenas, ayudaron a incluir al “territorio” dentro de los vocabularios que organizan sus demandas. A su vez, muchas poblaciones se han involucrado en procesos de territorialización (Pacheco de Oliveira 1998) que van de la mano de un ejercicio de identificación colectiva, demarcación espacial, elaboración histórica, imaginación política y construcción de autoridad, del que hoy emerge el campesinado como sujeto político ligado a un territorio (Yie 2018).

A pesar de los límites disciplinarios del multiculturalismo, los ensayos de esta colección ilustran que las y los campesinos aprovechan las oportunidades políticas para introducir un cambio más transformador y desafiar las actividades extractivistas contemporáneas en sus territorios. Para el caso de Guatemala, esto implica que quienes se identifican como campesinos e indígenas retengan, en lugar de descartar, sus identidades como activistas agrarios. Grandia (2020) ilustra que, aun cuando los Q’eqchi indigenizan sus estrategias de autonomía, de todos modos, continúan aprovechando las herramientas, las tácticas y el análisis del poder de su organización junto con actividades previas como campesinos que luchan por alcanzar derechos agrarios (véase también Edelman 2005).

Al mismo tiempo que rechazamos definiciones hegemónicas de lo campesino, en relación con el territorio, rechazamos su romantización y esencialización como refugio cultural, pre-capitalista o por fuera de procesos neoliberales. Este enfoque contrasta con las teorizaciones espaciales que enmarcan procesos locales y globales en formas binarias y no relacionales (Lefebvre 1991; Massey 2005, 1991); lo que Gillian Hart llama “el modelo de impacto de la globalización” (2002, 13). Este marco binario del espacio define la escala local en oposición a la global, localidades en oposición y en defensa de las fuerzas de la globalización neoliberal (Massey 1991). Por el contrario, bajo una comprensión relacional de la producción del espacio, los lugares se entienden como “un punto nodal donde las influencias translocales se mezclan con prácticas y materiales previamente sedimentados en el paisaje local” (Moore 2005, 20). Los lugares son conjuntos de relaciones espaciales que se extienden más allá de los límites que pretenden contenerlos, y son estas conexiones extrovertidas las que definen las historias e identidades locales (Massey 1991). Lugares y territorios se producen a través de sus conexiones con el resto del mundo, no en aislamiento geográfico.

La noción de un lugar acotado en el espacio cartesiano sustenta muchas epistemologías occidentales del territorio (Pickles 2004). Sack, por ejemplo, define territorialidad como “el intento de un individuo o grupo de afectar, influir o controlar a las personas, los fenómenos y las relaciones, delimitando y afirmando el control sobre un área geográfica” (1986, 19) y en términos de clasificación de área, comunicación de límites y control de la aplicación o gestión de recursos. Implícita en este encuadre está una ontología occidental del territorio como equivalente a encierro y privatización. Las y los autores sugieren que descolonizar la teorización del territorio implica alejarse del énfasis en los recintos de las cartografías cartesianas, para enfocarse en una comprensión del territorio como una materialidad atravesada por lo espiritual y los afectos que, de este modo, es inseparable de los medios de vida, de las luchas por la soberanía y del ejercicio de la autonomía. Se trata, en últimas, de producciones espaciales que se corresponden con subjetividades políticas, como en el caso de las guardias campesinas, las juntas de gobierno campesinas u otros rituales políticos de organización ligados a la construcción de territorios.

Desde esta perspectiva relacional del espacio, tampoco se puede pensar en lo rural como contrario a lo urbano (Rangel 2019). Más bien, los ensayos en esta colección muestran que las y los campesinos viven, trabajan y construyen sus territorios en áreas urbanas y periurbanas, así como en áreas rurales. Salazar, Riquelme y Zúñiga, en este número, estudian “la movilidad mapuche” para superar esta fórmula binaria y describir una “interculturalidad urbana-territorial” mapuche. Sus colaboradores describen como urbanas aquellas áreas que han resultado de la invasión de tierras que alguna vez fueron rurales y que, por lo tanto, resultan de un “cambio en la organización de la tierra y la forma de vivirla”. En Temuco, Chile, una ciudad de tamaño intermedio, los miembros de la comunidad mapuche inscriben sus reclamos territoriales en el paisaje construyendo con arquitectura mapuche, celebrando festivales culturales, instalando señales que marcan su territorio y pintando grafitis en las paradas de autobuses (Salazar, Riquelme y Zúñiga 2020).

Los artículos incluidos en este dosier ilustran cómo los territorios campesinos se producen de manera conflictiva, a medida que las comunidades y organizaciones se involucran y transforman las políticas estatales, las prácticas de extractivismo neoliberal, los movimientos transnacionales y el derecho internacional, e incluso los proyectos de la insurgencia. A partir de elementos tomados de Bhabha (1994), Abril-Bonilla, Jiménez y Uribe (2020) utilizan el concepto de “hibridación” para describir cómo las y los campesinos se apropian y transforman las políticas públicas, cuando formalizan sus predios individualmente con la intención de consolidar un territorio colectivo. Las y los campesinos frecuentemente compiten con varios actores, que incluyen agencias y funcionarios del Estado, para materializar sus visiones territoriales, a la vez que luchan por una vida digna, medios de vida viables y autonomía territorial, lo que los Q’eqchi’ llaman “el buen vivir” (Grandia 2020).

Esto significa que muchos territorios pueden existir en el mismo lugar. Los territorios pueden superponerse y coexistir en el espacio, creando reclamos territoriales múltiples y contradictorios. Por ejemplo, Unigarro, en este número, también ilustra esta dinámica de la “territorialidad superpuesta” (Agnew y Oslender 2010; Berman-Arévalo y Ojeda en prensa; Moore 2005) en la Amazonia noroccidental colombiana. Allí, el campesinado incluye caucheros, colonos, cocaleros y excombatientes, quienes encuentran sus derechos territoriales en estado de incertidumbre, debido a la manera en que las figuras jurídicas territoriales se traslapan en el mismo sitio, incluyendo una reserva forestal, un resguardo indígena y una reserva campesina, que es producto de una lucha política territorial en 1997. Así, es claro que los territorios campesinos se producen a través de conflictos socioambientales que, en las últimas décadas, han estado definidos por el asalto neoliberal extractivista en contra de la naturaleza y del sostenimiento mismo de la vida. Para muchas y muchos campesinos, “la naturaleza es la vida” (Seger 2020, en este número) y vale la pena defenderla. De este modo, los conflictos socioambientales siguen constituyendo y re-articulando (Hall 1996) las identidades, los territorios y las relaciones socioambientales de las y los campesinos frente a la violencia extractivista. Asimismo, resulta entonces fundamental reconocer el carácter procesual del territorio, lo que incluye entender las superposiciones territoriales (Arruti 2015) y su movilidad misma (Salazar, Riquelme y Zúñiga 2020).

Como hemos señalado a lo largo de este artículo, una de las características principales de lo campesino hoy es la codificación de las luchas campesinas, en términos de la oposición a una política de muerte y destrucción, frente a las dinámicas crecientes de desigualdad y despojo en la región. Una perspectiva desde el asalto al espacio campesino, en tanto espacio político como espacio material, permite entonces analizar la manera en la que se entrecruzan conflictos agrarios, ambientales e identitarios. Si bien estos tres lentes hacen pensar que se pueden separar los distintos procesos que dan forma a la lucha campesina y a su territorialización, es fundamental entenderlos desde sus superposiciones y contradicciones, así como reconocer que se trata de espacialidades forjadas a partir de la violencia, pero también de distintas formas de resistencia.

Hoy en día, hacerse la pregunta por el campesinado resulta importante debido a las crisis económicas, políticas y socioambientales que enfrentan los campesinos, las cuales han sido exacerbadas a raiz de los problemas desatados por la pandemia de la Covid-19. Este número temático busca contribuir al debate actual sobre el campesinado en América Latina. Creemos que la pregunta por lo campesino y por las y los campesinos sigue siendo central, más en un momento en el que la categoría misma viene siendo activada por múltiples actores sociales como académicos, artistas, dirigentes sociales, defensores de derechos humanos, políticos y empresarios, entre otros.

En este artículo analizamos las formaciones de lo campesino en diferentes escenarios, a partir de las distintas maneras en las que se produce y moviliza la categoría. No proponemos entonces ofrecer una caracterización de la o las vidas campesinas en América Latina, sino que aportamos entradas analíticas para comprender los procesos, distribuciones, relaciones y proyectos a partir de los cuales lo campesino toma forma. Tampoco usamos la categoría como si se tratara de una expresión neutra que describe un fenómeno que le sería anterior o externo, sino que queremos invitar al análisis de cómo la categoría de lo campesino y otras, con las cuales esta dialoga, toman forma en relación con diferentes disputas y escenarios, siendo activadas por actores específicos y con diversos efectos. Finalmente, planteamos acercarnos a las prácticas identitarias de individuos y agrupaciones vinculadas con los espacios rurales, no como el resultado de una falta o toma de conciencia, sino como un proceso de construcción de fronteras mediado por un horizonte de experiencias, discursos hegemónicos, estructuras de desigualdad y luchas en que se hallan envueltas.

De igual manera, abordamos en este artículo la relación entre conceptualizaciones, política y territorialidades campesinas en la región. Así, hemos considerado fundamental examinar el lugar que ocupa el territorio dentro de las conceptualizaciones, configuraciones y luchas políticas de las y los campesinos. Rechazamos el uso del territorio como una categoría analítica, invitando a analizar etnográficamente las territorialidades como relaciones y las territorializaciones como procesos, como lo hacen varios de los artículos incluidos en este número. Esta colección revela que, en lugar de delimitar las líneas de propiedad cartesianas, para muchas y muchos campesinos el territorio representa tanto medios como formas de vida. Utilizamos una comprensión relacional de la producción del espacio (Lefebvre 1991; Massey 2005, 1991) para iluminar cómo los territorios campesinos, rurales y urbanos, y los movimientos territoriales, locales y globales, se producen dialécticamente a través de sus conexiones, historias compartidas y prácticas cotidianas. Como tal, argumentamos que la definición y el uso del territorio necesariamente se enmarcan en fuertes tensiones y luchas saturadas por relaciones desiguales de poder. Nos parece fundamental entender la manera en que el campesinado latinoamericano emerge como sujeto de estas tensiones y luchas territoriales, vinculado al neoliberalismo, al acaparamiento de tierras y al neoextractivismo. Esperamos que estos aspectos contribuyan a una discusión histórica, espacial, relacional y política de las formaciones campesinas actuales en América Latina.

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* Las reflexiones planteadas en este artículo parten de la trayectoria investigativa de las autoras, y recogen distintas conversaciones entre ellas, en torno a las formaciones de lo campesino en América Latina y su relevancia para el contexto actual.

** PhD en Geografía de la University of California, Berkeley, Estados Unidos. Profesora asistente de Texas State University, Estados Unidos. Entre sus últimas publicaciones están: (en coautoría con Nicholas R. Magliocca, Kendra McSweeney, Steven E. Sesnie, Elizabeth Tellman, Erik A. Nielsen, Zoe Pearson y David J. Wrathall) “Modeling Cocaine Traffickers and Counterdrug Interdiction Forces as a Complex Adaptive System”. PNAS 116, n.° 16 (2019): 7784-7792, https://doi.org/10.1073/pnas.1812459116; “Community Forest Concessionaires: Resisting Green Grabs and Producing Political Subjects in Guatemala”. The Journal of Peasant Studies 45, n.° 3 (2018): 565-584, https://doi.org/10.1080/03066150.2016.1215305

*** PhD en Geografía de la Clark University, Estados Unidos. Profesora asociada del Centro Interdisciplinario de Estudios sobre Desarrollo (Cider), Universidad de los Andes, Colombia. Entre sus últimas publicaciones están: (en coautoría con Anne Hendrixson, Jade S. Sasser, Sarojini Nadimpally, Ellen E. Foley y Rajani Bhatia) “Confronting Populationism: Feminist Challenges to Population Control in an Era of Climate Change”. Gender, Place & Culture 27, n.° 3 (2020): 307-315, https://doi.org/10.1080/0966369X.2019.1639634; (en coautoría con Jade S. Sasser y Elizabeth Lunstrum) “Malthus’s Specter and the Anthropocene”. Gender, Place & Culture 27, n.° 3 (2020): 316-332, https://doi.org/10.1080/0966369X.2018.1553858

**** Doctora en Ciencias Sociales de la Universidade Estadual de Campina (Unicamp), Brasil. Profesora del Departamento de Antropología de la Pontificia Universidad Javeriana, Colombia. Entre sus últimas publicaciones están: “Narrando (desde) el despojo. Mediaciones morales y conceptuales de la noción de despojo en las luchas de los sectores populares rurales de los Andes nariñenses”. Revista Colombiana de Antropología 52, n.° 2 (2016): 73-106, http://dx.doi.org/10.22380/2539472X40; (en coautoría con María José Acevedo Ruíz) “Nos debemos a la tierra. El Campesino y la creación de una voz para el campo, 1958-1962”. Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 43, n.° 1 (2016): 165-201, https://doi.org/10.15446/achsc.v43n1.55068

1 Las campesinas y en general las mujeres rurales también han sido objeto de estudio, aunque en menor medida. Como veremos más adelante, lo campesino evoca un sujeto masculino (asumido cisgénero y heterosexual), lo que relega a un segundo plano el análisis de la manera en la que el género atraviesa los procesos de configuración de las realidades, los espacios, las movilizaciones y las experiencias de lo campesino.

2 Un ejemplo de ello se da en el marco de la política de restitución de tierras en Colombia (Ojeda y González 2018). 3

3 Un buen intento por recoger los textos que alimentaban esa discusión se encuentra en el libro de Theodor Shanin, Campesinos sociedades campesinas (1979).

4 Un ejemplo es lo ocurrido en Colombia con el concepto elaborado por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Saade 2018), pero también con el concepto de la Comisión de Expertos creada por orden de la Corte Constitucional.

5 Los imaginarios de las y los campesinos oscilan entre ángeles agroecológicos o destructores de la naturaleza, sin tener en cuenta que las nociones de escasez, deterioro y devastación deben ser entendidas de manera situada y siempre producida. Por ejemplo, muchas de las prácticas de uso de agrotóxicos están ancladas en una larga y violenta historia de imposición de la revolución verde y de los intereses de grandes conglomerados como Monsanto-Bayer que se ha dado a través de la fuerza, así como de capacitaciones y de implementación de proyectos productivos en nombre del desarrollo.

6 C169 - Convenio sobre pueblos indígenas y tribales, 1989 (núm. 169), https://www.ilo.org/dyn/normlex/es/f?p=NORMLEXPUB:12100:0::NO::P12100_ILO_CODE:C169

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Bibliographic Information

Jennifer A. Devine, Diana Ojeda, and Soraya Maite Yie Garzón. "Formaciones actuales de lo campesino en América Latina: conceptualizaciones, sujetos/as políticos/as y territorios en disputa". Antípoda. Revista de Antropología y Arqueología, no. 40 (2020): 3-25. https://doi.org/10.7440/antipoda40.2020.01