El Debate Electoral en Estados Unidos: Bush, Dukakis y la Droga

Daniel García

Director Departamento de Historia, UNIANDES.

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16-20

01/04/1988

01/04/1988

Al finalizar la primera etapa del proceso para elegir un nuevo presidente de Estados Unidos, el tema de América Latina ha adquirido nuevas dimensiones dentro del debate de política exterior, a la vez que se han empezado a vislumbrar claras diferencias entre las posiciones de los dos contendientes, George Bush y Michael Dukakis, Mientras la controvertida política centroamericana del gobierno de Reagan sigue dominando la discusión, el tema de la droga y el narcotráfico se ha convertido en la principal preocupación del pueblo norteamericano.

En efecto, una encuesta reciente muestra que la opinión pública considera que la droga es el "problema más importante" del país en este año electoral, desalojando temas económicos, como el desempleo y el déficit presupuestal, de sus tradicionales posiciones de liderazgo en esta clase de sondeos. ¿Qué implicaciones tendría todo esto sobre la campaña presidencial estadounidense? ¿Qué efecto puede tener para América Latina y Colombia el haber convertido el narcotráfico en el tópico predilecto de los medios de comunicación norteamericanos en este año de elecciones? ¿Qué dicen Bush y Dukakis al respecto?

La Droga en USA

El narcotráfico se había vuelto parte de la polémica acalorada sobre la política de Reagan en Centroamérica unos años antes de haberse iniciado la campaña electoral en enero de este año.

Desde que estalló el escándalo Irán-contragate en 1986, se fue revelando el nexo —ya ampliamente conocido— entre el Cartel de Medellín y el financiamiento ilegal de los contras nicaragüenses, coordinado por el coronel Oliver North. Él año pasado, al agudizarse las tensiones con el general Manuel Noriega en Panamá, el narcotráfico se convirtió en el tema de primer orden dentro del conflicto centroamericano.

Mientras tanto, son cada vez más alarmantes las proporciones del dilema de la droga en la sociedad estadounidense. Según el director de la Oficina de Política sobre la Narcomanía de la Casa Blanca, Donald MacDonal, hay veintitrés millones de norteamericanos que consumen drogas ilícitas, por lo menos, mensualmente. Este enorme mercado genera más de 20 mil millones de dólares anuales para las mafias, mientras el gobierno de Estados Unidos gasta 8 mil millones en la policía y agencias especializadas para combatirlas y 1.3 mil millones en asistencia económica y militar en América Latina.[1]

Sin embargo, el consumo sigue subiendo, manteniéndola altísima rentabilidad del negocio. (La DEA habla de un margen de ganancias en la cocaína de 12.000% de los costos de producción con relación al valor del mercado). Frente a este comercio tan lucrativo, aún los golpes más fuertes contra la mafia son insignificantes. Como afirmó Ana Wrobleski, Secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Internacionales de Narcóticos, si no se elimina el lucro del narcotráfico, la captura y condena de Lehder "sencillamente se trata de un temprano ascenso para su sucesor"[2]

Como respuesta a todo esto, comenzaron a tomarse algunas acciones en contra del narcotráfico. En 1986, el Congreso sancionó una ley mediante la cual el Presidente ha de certificar anualmente ante el Congreso que los países principales de producción y tránsito de la droga han "colaborado plenamente" con Estados Unidos en la lucha contra el tráfico de drogas; de lo contrario se exponen a perder la ayuda militar y económica de Estados Unidos así como el respaldo norteamericano para los préstamos internacionales de desarrollo que soliciten. Esta "certificación" requiere la aprobación del Congreso y ya se ha convertido en uno de los principales debates en torno a la política exterior y la droga. El año pasado, se inició una campaña, más que todo publicitaria, en contra del consumo de la droga, dirigida por Nancy Reagan, que logró despertar gran interés en los medios de comunicación. Aunque estos ejemplos demuestran una mayor preocupación por el tema de la droga en Estados Unidos, los resultados de la lucha contra el narcotráfico son cada vez más negativas y cada vez más fuertes las críticas al gobierno.

En este contexto, arrancaron las elecciones primarias a comienzos de este año. Simultáneamente, las implicaciones internacionales del narcotráfico se hacían más manifiestas con la acusación de un juez federal contra Noriega. Pronto, el narcotráfico se convirtió en uno de los principales temas del debate electoral. Los precandidatos demócratas, especialmente Jesse Jackson y Dukakis, atacaron fuertemente al gobierno de Reagan por no prestarle atención adecuada al problema de los narcóticos.

Con la intensificación de la controversia sobre el narcotráfico, el gobierno endureció su posición: incrementó la presión sobre Noriega en Panamá, capturó a Juan Ramón Matta Ballesteros luego de una oscura maniobra en Honduras y prometió fortalecer la lucha contra el consumo. Con el apoyo del gobierno, el Congreso aprobó una ley, en mayo, que permite el uso de la fuerza militar en la lucha contra el narcotráfico en el exterior y, en junio, el Senado votó a favor de la pena de muerte para los narcotraficantes culpables de asesinatos. Paralelo a esto, se empieza a discutir con cierta seriedad la posibilidad de legalización de la droga como una alternativa a la represión y como un reconocimiento de lo inútil, costoso y casi imposible que es acabar con el narcotráfico. La droga se ha convertido, sin duda, en la preocupación número uno en Estados Unidos.

Con las convenciones nacionales —en julio para los demócratas y en agosto para los republicanos— se oficializarán las candidaturas de Dukakis y Bush, respectivamente, y se dará inicio a la recta final del proceso electoral. Indudablemente, la cuestión de los estupefacientes ocupará un lugar destacado en el debate electoral, particularmente en lo referente a la política exterior frente a América Latina. Las apreciables diferencias, así como algunas interesantes similitudes entre Bush y Dukakis en este terreno, garantizan que la discusión será "caliente" y que el resultado de las elecciones en noviembre será de gran importancia para la región.

Los problemas de Bush

En el campo de política exterior, Bush cuenta con una experiencia mucho más amplia que su contendor y esto es considerado por los analistas políticos como su máxima ventaja. Como director de la CÍA, embajador y vicepresidente, Bush ha estado muy cerca a muchas de las principales decisiones de política exterior en los últimos años. Sin embargo, aunque esta trayectoria es significativa, en comparación con la escasa experiencia de Dukakis en el plano internacional, es también, quizás, su principal desventaja ya que lo obliga a defender la política exterior centroamericana del gobierno actual que se encuentra en franco estado de deterioro y desprestigio. De esta manera, Bush ha empezado a distanciarse un poco de la administración Reagan; por ejemplo, se opuso al ofrecimiento hecho por Washington a Noriega de remover los cargos en su contra a cambio de su renuncia al poder.

Pero en términos generales, Bush es el portavoz del continuismo en la política exterior y de esta manera, es un defensor de la Doctrina Reagan que proclama el apoyo estadounidense a los movimientos armados que se oponen a gobiernos considerados pro-soviéticos para "echar atrás" (roll-back) el comunismo en países como. Nicaragua, Afganistán, Angola y Camboya. En este sentido, es importante anotar que, si bien es cierto que la torpeza, la corrupción y el mal manejo del gobierno de Reagan en Centroamérica le ha restado mucha popularidad a los contras nicaragüenses dentro de la opinión pública norteamericana, los principios básicos de la Doctrina Reagan siguen gozando de amplia aceptación a nivel nacional. El retiro de las tropas soviéticas de Afganistán, las negociaciones en el conflicto de Angola y la posibilidad del retiro vietnamita de Camboya son presentadas como "victorias" de la Doctrina Reagan, que para muchos norteamericanos, junto con el armamentismo, han logrado detener el expansionismo soviético que prosperó en los gobiernos "débiles" de Ford y Cárter. La mano dura en esta lógica, ha surtido efecto.

Bush, entonces, se enfrenta a una tarea difícil: defender los postulados fundamentales de la línea dura reaganiana, que tienen gran popularidad en el electorado, sin identificarse con los abusos, delitos y fracasos que estos principios han producido, en la práctica, en Centroamérica. Y, precisamente, es en el aspecto de la droga y en el narcotráfico en el cual esta tarea se torna mucho más difícil.

En este sentido, cuando el debate sobre la droga cogió fuerza, Bush asumió una posición bastante agresiva al pronunciarse a favor de la pena de muerte para los "narcos". Sin embargo, esto ya ha empezado a tener un efecto de "boomerang" en la medida en que entre más se habla acerca de la droga en la campaña, más se despiertan los interrogantes sobre el papel de Bush en las actividades turbias del escándalo Irán-Contras y el embrollo de Noriega. No hay duda que las investigaciones que se adelantan en estas materias obligarán a Bush, en el mejor de los casos, a mantener una posición defensiva durante la campaña, o, en el peor de los casos, a aceptar cierta responsabilidad en los escándalos; lo que prácticamente garantizaría su derrota.

Por eso, es vital para Bush enfatizar temas de carácter, "global", como el desarme, e intentar evitar en lo posible sus puntos vulnerables como Centroamérica y el narcotráfico. Asimismo, durante la campaña, Bush tendrá dos poderosos aliados en el debate sobre política exterior: la popularidad de las ideas conservadoras y nacionalistas de la política reaganiana y el rechazo generalizado de la opinión pública a cualquier planteamiento que se identifique, de alguna manera, con la inexperiencia, la ingenuidad y la debilidad que caracterizaron los años de Cárter.

Dukakis: entre Cárter y Kennedy

Curiosamente de la misma manera en que la figura de Reagan juega un papel primordial en las aspiraciones de Bush, Dukakis podría tener que entenderse con el fantasma de Jimmy Cárter durante la campaña. De hecho, Bush ya ha empezado a criticar las defensas que hace Dukakis de los derechos humanos por considerarlas peligrosamente idealistas y no realistas. Por esta razón, Dukakis ha buscado proyectarse más como un nuevo John Kennedy que como una réplica de Cárter, particularmente en su política exterior frente a América Latina.

Michael Dukakis es una figura nueva, todavía no muy definida políticamente para muchos norteamericanos y con fama de tecnócrata. Sin embargo, ha logrado proyectarse como un hombre serio que como gobernador de Massachusetts demostró ser un hábil político y un excelente administrador. Sus firmes principios liberales y su compromiso activo en el campo de reforma social ofrecen una clara alternativa al populismo conservador del presidente actual. Como Dukakis le afirmó a El Tiempo en una entrevista publicada el 9 de junio: " después de ocho años de carisma en la Casa Blanca, ya es hora de aportar un poco de competencia".

Tiene, además, un gran conocimiento e interés en América Latina, región con la cual ha tenido una relación especial. De joven, vivió en el Perú donde aprendió español y donde, en 1954, recuerda haber presenciado el repudio generalizado que se sintió con el derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Arbenz en Guatemala por parte de la CÍA, así como el total desconocimiento que esta intervención tuvo para el pueblo de Estados Unidos.[3] Desde esos días, Dukakis le ha prestado particular atención a América Latina y es de los políticos estadounidenses que más conoce el área. Si bien es cierto que Dukakis carece de la experiencia formal en términos de la diplomacia oficial de Bush, se puede afirmar que su contacto persona] con Latinoamérica, así como sus raíces inmigrantes griegas, le han dado al aspirante demócrata una gran sensibilidad frente a la problemática internacional.

Hoy, Dukakis, en vísperas de convertirse en el candidato oficial del Partido Demócrata, ha despertado mucho interés en los latinoamericanos de todas partes, incluyendo esos que viven en la nación que cuenta con la cuarta población hispano parlante del hemisferio, los mismos Estados Unidos. En estados claves, como Texas, California y Nueva York, el voto hispano ayudó a darle victorias importantes a Dukakis en las elecciones primarias, Ha hecho uso frecuente de su buen manejo del castellano para utilizar los medios de comunicación latinos, tanto en Estados Unidos como en países como Colombia.

Por otro lado, Dukakis le ha otorgado gran énfasis a los temas de América Latina dentro de sus planteamientos de política internacional. Se opone rotundamente a la política reaganiana en Centroamérica y a su creación, los contras.

A la vez, propone dedicar los esfuerzos de la política exterior de Estados Unidos hacia el desarrollo económico y social de las naciones afectadas por la guerra, incluyendo a Nicaragua, y hacia el diálogo y la cooperación con los líderes democráticos latinoamericanos en la búsqueda de salidas negociadas a los conflictos políticos. En sus palabras: "Si los norteamericanos escuchamos a estos líderes, entenderemos que el gran peligro que enfrentamos en este hemisferio no es Nicaragua o Cuba, sino el deseo insatisfecho de mejorar sus condiciones de vida que albergan los latinoamericanos que viven en condiciones de pobreza, sin trabajo, sin tierra o desnutridos"[4] En este sentido, ha respaldado enérgicamente el Plan Arias, los esfuerzos de los países de Contadora y las negociaciones actuales en Nicaragua.

La propuesta central de su política latinoamericana es la creación de una "Asociación para el Progreso" (Partnership for Progress), que es bastante similar a la Alianza para el Progreso de Kennedy en algunos aspectos, pero que tiene características propias que se dirigen frontalmente a los principales problemas de América Latina hoy, como la deuda, la democratización y la droga.

Para Dukakis, las relaciones económicas entre el Norte y Sur de las Américas se tienen que alterar radicalmente para "que se redistribuya equitativamente la carga de la deuda entre deudores y acreedores, que deje fondos suficientes a cada país endeudado para permitir una inversión y crecimiento adecuados y que preste especial atención a democracias en problemas como la de Argentina, en lugar de dictaduras como la de Chile"[5]En este sentido, Dukakis ha hablado de la posibilidad de perdonar el pago del servicio de la deuda a países pobres, de reformar el Fondo Monetario Internacional y de obtener inversión de capital del Japón, Canadá y Europa en América Latina.

Estas medidas estarían estrechamente ligadas a la democratización de los regímenes políticos de América Latina. Defiende activamente el respeto a los derechos humanos y se opone con igual firmeza al apoyo de Reagan a gobiernos militaristas. Sin embargo, como buen liberal de corte "kennedyesco", Dukakis es fuertemente anticomunista y condena el autoritarismo tanto de derecha como de izquierda. Cuando habla de naciones que requieren profundos cambios democráticos en sus regímenes políticos, coloca a Chile, Paraguay, Cuba y Nicaragua en la misma categoría.

Sus ideas sobre el conflicto en El Salvador son ambiguas y a veces parecen contradecir algunos de sus otros planteamientos; aunque considera que se debe buscar una vía negociada; considera reducir, mas no eliminar, la ayuda militar al gobierno a pesar de que el Plan Arias lo prohíbe y que la actuación de los militares salvadoreños en materia de derechos humanos es atroz. Esto refleja el temor de todo político estadounidense de ser acusado de haber "perdido" a El Salvador, como Cárter "perdió" a Nicaragua e Irán.

De todas maneras, el anticomunismo de Dukakis no es dogmático ni extremo. Se opone al fanatismo reaganiano y piensa que no se debe fomentar la democracia financiando mercenarios. Condena el carácter autoritario de la izquierda revolucionaria latinoamericana, pero es sensible a sus reclamos de justicia social y económica.

Posiblemente, lo más determinante es que Dukakis considera que el comunismo no es una amenaza para Estados Unidos en América Latina: la principal amenaza actual es la droga. Ha propuesto nombrar un "Comandante en Jefe de la Guerra contra la Droga", una especie de súper ministro para coordinar los esfuerzos de lucha contra el narcotráfico, de rehabilitación y de educación preventiva. Promete fortalecer las leyes contra el consumo en las ciudades de Estados Unidos y modernizar tecnológicamente a la Guardia Costera y a la policía tanto federal como local. Ha dicho que cortaría la ayuda económica a naciones que no cooperen con el gobierno estadounidense en la lucha contra la droga, de acuerdo a la ley de 1986. Pero, a la vez, le brindará asistencia a esas naciones que sí están haciendo esfuerzos en esa dirección. Finalmente, como afirmó Dukakis en la entrevista con El Tiempo anteriormente citada: "No soy partidario de la intervención de las fuerzas militares de Estados Unidos en la lucha contra los narcóticos. Sólo lo haría en casos extremos bajo circunstancias determinadas".

Hacia los Noventa

Esta última afirmación es una excelente ilustración de cómo el tema de la droga se ha convertido en uno de los elementos centrales del debate electoral. Paralelamente, señala te aparición de una nueva actitud de la sociedad estadounidense frente al problema de la droga y el narcotráfico que tendrá un efecto profundo sobre la política de la próxima administración frente a América Latina y a Colombia, en particular. El hecho de que un anti-intervencionista convencido, como Dukakis, se niegue a excluir la posibilidad de utilizar la intervención militar en la lucha contra los narcóticos en "casos extremos" —para salvarse de los ataques de la derecha— es una clara muestra de la creciente radicalización que se está dando en Estados Unidos en el debate sobre la droga". Paradójicamente, mientras las declaraciones del alcalde de Nueva York —sobre el bombardeo de Medellín para combatir el narcotráfico— produjeron repudio, incredulidad y fastidio en nuestro medio, las "locuras" de Koch no están muy lejos de lo que están opinando muchos norteamericanos: la votación en el Senado al aprobar el uso de la fuerza militar en la lucha contra la droga fue de 93 votos contra 6.

Todo parece indicar, entonces, que la intervención militar en América Latina continuará siendo posible en la próxima administración, independientemente de quién sea el nuevo presidente, pero ya no para detener el comunismo, sino la droga. Se está consolidando un gran consenso nacional en contra del narcotráfico, así como se desarrolló en contra del comunismo hace cuarenta años. Con amplio apoyo bipartidista y con fuertes rasgos de nacionalismo, este fervor "antinarco" podría convertirse en uno de los pilares de la futura política exterior estadounidense.

Esto, a su vez, probablemente podría producir resultados similares a los que han traído los primeros ejemplos de esta política contra las drogas en Panamá, Honduras y aún en Colombia, como es el caso de las represalias aduaneras tras la liberación de Jorge Luis Ochoa: un fuerte sentimiento anti-norteamericano y el despertar de un nacionalismo latinoamericano que lleva a un distanciamiento en las relaciones con Estados Unidos.

Conscientes de la necesidad de actuar contra el narcotráfico y sacrificando inmensas cantidades de esfuerzos, recursos económicos y miles de vidas, América Latina y Colombia, en particular, consideran que la batalla contra la producción y el tráfico es sólo parte de la guerra, y que la otra batalla la tiene que librar Estados Unidos: la lucha contra el consumo interno que alimenta al imperio multimillonario de la droga. Sin embargo, la actitud generalizada en Estados Unidos sigue siendo que la responsabilidad principal en el combate contra la droga la tienen las naciones productoras que, para muchos norteamericanos, acolitan el tráfico ilícito. En las palabras de Davis Westrate de la DEA: "Creo que hemos perdido a Colombia (a las mafias de la droga) o la estamos perdiendo"[6]

Estas situaciones tan opuestas —el nacionalismo intervencionista "antinarco" en Estados Unidos y el nacionalismo anti-USA en América Latina— le ofrecerán al nuevo presidente estadounidense una combinación difícil de manejar.

Indudablemente, un gobierno de Bush tendería hacia la mano dura y la intervención frente a América Latina mucho más que uno encabezado por Dukakis. Sin embargo, aún a un gobierno de Dukakis, comprometido, prometido con el no-intervencionismo, le tocará enfrentarse a las fuertes voces de oposición en el Congreso que claman por una política antinarcóticos agresiva. Las voces provienen de todas las gamas políticas: de la derecha como los senadores Helms de Carolina del Norte y D'Amato de Nueva York y de la izquierda, como el senador Kerry de Massachusetts y el representante Rangel de Nueva York.

De hecho, al respecto, este año ya se han dado varias discusiones agitadas en el Congreso. La ley de 1886, anteriormente mencionada, que estableció la "certificación" de la cooperación de las naciones productoras de droga en la lucha contra el narcotráfico, se ha convertido en un dilema delicado para el gobierno de Estados Unidos: la no certificación de ciertas naciones traería consecuencias desastrosas, como el caso de México cuya economía podría sufrir tremendamente, imposibilitando aún más el pago de la deuda externa. Aun así, el Congreso se opuso tenazmente a la certificación de México y estuvo próximo a derrotar al gobierno que reconoció la necesidad de dar la certificación. La administración Bush o Dukakis tendrá el mismo problema en los primeros meses de cada año de su presidencia. Para América Latina, esas votaciones anuales adquirirán cada vez más importancia.

En vísperas de la recta final de la maratón presidencial en Estados Unidos, es claro que el tema de la droga y el narcotráfico se destacará en el debate electoral, particularmente en lo referente a América Latina. Y aunque muchas cosas pueden pasar de hoy a noviembre, ya empiezan a esclarecerse algunas de las perspectivas de la política estadounidense para los noventa. Por un lado, una victoria de Bush probablemente significaría una continuación de la línea actual, expresada en la Doctrina Reagan. Por el otro, una presidencia de Dukakis buscaría un acercamiento constructivo con las naciones latinoamericanas. Sin embargo, cualquiera de los dos tendrá que entenderse con un sentimiento popular cada vez más fuerte, más nacionalista y más intervencionista en contra del narcotráfico que podría traer mayor tensión en las relaciones con América Latina. No hay duda que la decisión que tome Estados Unidos sobre quién sea su próximo presidente es determinante para nuestras naciones que tienen mucho en juego.

 



[1] Datos tomados de la revista "Time", 30 de mayo de 1988, p. 24 y el "Boletín de Prensa" del Servicio Cultural e Informativo de Estados Unidos, 29 de abril y 9 de mayo de 1988.

[2] "Boletín de Prensa", 24 de mayo de 1988.

 

[3] 3. Revista Mother Jones, diciembre de 1987, p. 26.

 

[4] Revista Estrategia, noviembre de 1987, p. 40.

[5] Ibid, p. 42.

 

[6] Revista The New Republic, 11 de abril de 1988, p. 18