La Concertación: Un Instrumento para la Profundización de la Democracia
Virgilio Barco
Presidente de la República de Colombia
es
19-22
01/10/1988
01/10/1988
Discurso del Dr. Virgilio Barco, Presidente de la República de Colombia, pronunciado en la ceremonia de apertura de la Segunda Reunión de Presidentes del Grupo de los Ocho, celebrada el 27 de Octubre de 1988, en Punta del Este (Uruguay).
Los mandatarios de los países que conforman el Mecanismo Permanente de Consulta y Concertación, nos hemos reunido para renovar nuestra voluntad política y ahondar el compromiso con la paz, el desarrollo y la democracia de América Latina. La combinación de realismo, flexibilidad y decisión política, que ha caracterizado al proceso de concertación, arroja hoy un balance altamente satisfactorio.
La amplia convergencia de intereses y opiniones, y el ánimo franco de integración, otorgan a este nuevo encuentro validez y sobre todo, vigencia futura para el Grupo. La respuesta de la gran mayoría de los países de la comunidad internacional ha sido la de reconocernos el carácter de interlocutores válidos para la discusión de los grandes desafíos políticos y económicos que en el momento han adquirido trascendencia.
A comienzos del decenio de tos ochenta, América Latina se encontraba golpeada por fuerzas adversas en todos los órdenes. El regreso a la democracia en muchos de los países de la región, estaba amenazado por la profundidad de la crisis. Las dificultades se hacían aún más pronunciadas ante la realidad de un desmoronamiento de los instrumentos tradicionales de acción multilateral y ante la deserción política que se presentó en los distintos escenarios de integración regional y subregional.
La acción del "Grupo de los Ocho" ha contribuido, con hechos, a afianzar el proceso de democratización y a renovar la cooperación regional. No se puede decir que todas las dificultades que existían al iniciarse la nueva etapa de cooperación regional estén hoy superadas. Estamos ante una América Latina renovada internamente por la democracia y fortalecida externamente por la voluntad de consultar y concertar.
Las tesis latinoamericanas sobre la necesidad de una responsabilidad compartida por acreedores y deudores, en el manejo de la deuda externa, ya han sido acogidas por el grupo de los siete países industrializados. Esto le ha otorgado un perfil político innegable a la crisis financiera internacional. Ya no se cuestiona nuestro planteamiento de que el pago de la deuda o los procesos de ajuste no pueden hacerse sin crecimiento económico. La propuesta compartida de reducir el monto de las acreencias y los intereses fue favorablemente explorada en el seno de la reunión del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial.
Estos son pasos que es necesario estimular hasta materializarlos en una solución real a la difícil situación económica a la cual está sometida América Latina. Los estados en vías de desarrollo, necesitan una franca y realista cooperación de los países industrializados y de los organismos multilaterales de crédito. En los últimos seis años, las economías de los países avanzados han tenido un rápido crecimiento al tiempo que las economías de nuestra región, casi sin excepción, alcanzaron, en 1987, un producto per cápita inferior al de 1980. Esta situación es intolerable e insostenible.
En el campo internacional se ha avanzado considerablemente en el objetivo de presentar ante la comunidad internacional un criterio conjunto sobre los problemas que nos afectan. Se ha creado un consenso para disuadir a los poderosos de incurrir en nuevos actos hostiles en Centroamérica y en el Atlántico Sur. Las naciones industrializadas, ahora, tienen como interlocutor a un grupo de países con posiciones sólidamente compartidas. Llevar la concertación a escenarios más amplios, como el próximo diálogo de los Cancilleres Latinoamericanos y del Caribe, que tendrá lugar el año entrante en Cartagena, hace aún más decisiva la presencia de América Latina en la discusión de los problemas mundiales.
Los fundamentos del proceso de concertación que hemos venido adelantando son las convicciones democráticas que compartimos. El esfuerzo del Grupo de los Ocho ha servido para defender la democracia y sus principios. Los enemigos del pluralismo no deben equivocarse en cuanto a nuestro compromiso. Las amenazas contra la democracia, en cualquiera de nuestros países, son un grave desafío que no se puede desconocer.
Hemos emprendido saludables procesos de transformaciones constitucionales y del Estado, que representan un significativo avance en el fortalecimiento de la democracia, de la descentralización, de la participación popular y de la eficacia de la gestión pública. Creo que en estas materias debe existir un mayor intercambio de experiencias e iniciativas.
Estos desarrollos deben animarnos para hacer más explícito el contenido social y económico de nuestras democracias. La lucha contra la pobreza absoluta, y el pago de la deuda social, son metas que hay que buscar con el mismo entusiasmo con que ya se han emprendido las reformas institucionales y políticas En todos estos temas la concertación debe convertirse en un estímulo para la profundización de la democracia.
El narcotráfico es un flagelo que se ha convertido en enemigo mortal de la democracia. Unas veces asume el carácter de socio irrestricto de las acciones del terrorismo, al alimentar la violencia y al promover las acciones extremistas contra las instituciones. En otras ocasiones, es el principal factor que atenta contra las libertades públicas, contra los derechos humanos y contra el derecho a la vida. El narcotráfico ha enfilado sus baterías contra los esfuerzos de profundización democrática y contra las organizaciones populares, al nutrir un extremismo reaccionario. Contra esta fuerza desestabilizadora estamos adelantando una lucha sin cuartel. Los costos que ha pagado la sociedad colombiana son inmensos.
En nuestro país se han logrado en los últimos meses éxitos espectaculares en esta difícil campaña. Desde enero del presente año se han capturado 4.559 personas involucradas en ese delito, se han incautado 17.326 kilos de cocaína, 3.188 kilos de base de coca, y 497.000 kilos de marihuana. Se han destruido cerca de 1'500.000 plantas de coca, 304.600 de marihuana y 1'970.000 de amapolas. También, se han incautado cientos de armas, miles de kilos de munición, cientos de vehículos, lanchas y aeronaves; y se han destruido cerca de 795 laboratorios de refinación de cocaína.
Además, es indispensable que se apliquen mecanismos de acción conjunta para coordinar las acciones de los países productores y para reducir la demanda en los países desarrollados. Existe una tolerancia mal disfrazada en algunos países industrializados. Mientras que los resultados obtenidos por nuestras naciones, en la lucha contra la producción de narcóticos, demuestran la magnitud del esfuerzo realizado, en las capitales de las naciones desarrolladas las drogas circulan con una pasmosa facilidad.
Hay que romper esa dicotomía en el tratamiento del problema. No puede esconderse la debilidad de propósitos con el argumento de que, al ir más lejos en las políticas de control a la demanda de narcóticos, se atenta contra las libertades de los consumidores. En los países desarrollados, no pueden ser más significativas las libertades civiles de los consumidores, que la estabilidad misma de la democracia de nuestras naciones y que el derecho a la vida de nuestros jueces, periodistas, líderes políticos, sindicalistas, campesinos y hombres públicos. Debemos reconocer que recientes medidas adoptadas por el Congreso de los Estados Unidos revelan que se está empezando a reconocer la responsabilidad compartida. Eso está bien, pero es necesario ir más lejos.
El terrorismo es otro fenómeno que aparece hoy como una clara amenaza para la democracia. Debemos unir esfuerzos para combatirlo y condenarlo. Es urgente que actuemos contra quienes alimentan su capacidad destructora. Es indispensable que América Latina actúe coordinadamente para lograr que la comunidad internacional le dé prelación y un tratamiento adecuado al tráfico ilegal de armas. Los mercados ilícitos de armas en los países industrializados acrecientan la capacidad de la subversión con los países democráticos. Es indispensable asumir, prontamente, una actitud que le ponga límite a las distintas modalidades de este tráfico.
Mi país ha insistido en numerosos foros internacionales, incluyendo a las Naciones Unidas, sobre la necesidad de dar al tráfico ilegal de armas un tratamiento similar al que se le otorga al desarme convencional y nuclear.
El esfuerzo de integración, concertación y consulta, llevado a cabo por el "Grupo de los Ocho", se encuentra hoy en un momento decisivo. El Mecanismo Permanente ha madurado y se ha afianzado como un nuevo escenario de cooperación y acción latinoamericana. La voluntad política de nuestros países se mantiene firme. Las bondades de este instrumento le auguran un impacto que se proyecta hacia el futuro. El mejor aporte que podemos hacer para alcanzar estas metas es el de fijar nuevos y más ambiciosos horizontes al empeño de paz, desarrollo y democracia.
En 1992 tendremos la posibilidad de volver nuestras miradas al pasado y evaluar lo que ha sido para el mundo moderno el encuentro de Europa y nuestra América. Pero también, podemos aprovechar la celebración de los 500 años del Descubrimiento, para proyectar nuestro futuro hacia una nueva era. Las naciones europeas habrán avanzado hacia la plena integración económica. Estaremos próximos a un "Mercado Único Europeo", cimentado en una sólida convergencia política.
La nueva realidad europea generará oportunidades y desafíos para América Latina. Estos cambios deben ser afrontados desde hoy. El reto que nos plantea la unidad europea es el de alcanzar crecientes niveles de integración política en Latinoamérica. Debemos ir como una sola América Latina al encuentro de una Europa unida. Creo que el "Grupo de los Ocho" puede liderar esa cita histórica.
Desde nuestra reunión en Acapulco, hace casi un año, es notorio un ambiente de distensión entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Con los acuerdos alcanzados entre estos dos gobiernos se ha logrado el inicio del desarme nuclear, y también se ha generado una tendencia a buscar soluciones negociadas para los conflictos regionales. Desafortunadamente, el nuevo contenido de las relaciones entre las superpotencias, y su disposición para encontrar soluciones pacíficas, no se han reflejado en la preocupante situación de América Central.
A pesar de que los grupos de Contadora y de Apoyo, y los países de la región, han diseñado múltiples fórmulas de solución, ha faltado la auténtica voluntad política de las potencias para alcanzar la paz. Tenemos que realizar un mayor esfuerzo para hacer entender a los centros del poder mundial que Centroamérica no puede ser una isla, al margen de lo que ocurre en los distintos contextos nacionales.
Un fundamento de nuestros propósitos comunes ha sido el respeto y la defensa de la soberanía y la autonomía de los Estados. La no intervención es el postulado fundamental de la convivencia pacífica. Es el momento para que la distinción se proyecte también en un compromiso real con la autonomía de los pueblos y alcance a nuestros propios Estados, traducida en paz y progreso.
En los años ochenta hemos presenciado la aceleración del proceso de transformación y reestructuración del sistema internacional. Estamos ante un mundo que está abandonando la rigidez de un sistema que se basa en dos bloques inevitables y excluyentes. Están surgiendo nuevos núcleos de poder político, de desarrollo económico, de innovación científica y técnica, y de organización social. Todo ello es síntoma de que nos ha tocado una era de profunda transformación del sistema internacional. Se trata, ni más ni menos, de la redistribución del poder mundial y de la definición del marco de relaciones que regirán el contexto externo en los próximos años.
Sin duda alguna, América Latina tiene un papel primordial que jugar en este proceso. No podemos escoger ser espectadores pasivos, como en el pasado, de los cambios que están ocurriendo. Por el contrario, debemos comprometernos en una decidida acción que contribuya a establecer un sistema internacional que coincida con las necesidades y las aspiraciones de nuestros pueblos. El Grupo de los Ocho puede analizar y tomar una decisión sobre los pasos que tenemos que dar para participar activamente en la construcción del mañana. Igualmente, creo que es indispensable ampliar nuestros objetivos. Debemos actuar concertadamente en los nuevos escenarios de acción internacional, como el Tercer Mundo, la Cuenca del Pacífico y las naciones socialistas.
Sin duda, Latinoamérica tiene un patrimonio natural que es único. Tiene, además, la característica de que sus principales recursos son compartidos. Debemos aceptar la responsabilidad de preservar la riqueza común. La única manera de hacerlo, efectivamente, es actuando de manera armónica y coordinada entre nosotros. La defensa del patrimonio ecológico de la región nos abre otro frente de acción para la consulta y la concertación. Considero que dentro de las muchas tareas que tenemos por delante, pocas tendrían tanto significado histórico como avanzar en este campo.
El Grupo de los Ocho ha asumido cada vez un mayor perfil en el ámbito hemisférico y mundial. Considero que nuestra acción debe profundizarse. Nuestras realizaciones nos permiten dar un paso adicional en el camino que hemos recorrido. No sólo debemos ser interlocutores válidos frente a otros Estados o grupos regionales. La concertación puede enriquecerse y acrecentarse, sin pretender como no lo hemos hecho, asumir la vocería de América Latina.
Colombia ha sido elegida, en el día de ayer, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con el respaldo unánime de América Latina y el Caribe. Quiero aprovechar esta ocasión para agradecer el apoyo del Grupo de los Ocho, y de las demás naciones de Latinoamérica. Nuestra posición recogerá siempre los criterios y la voluntad de paz de nuestra región.
Dentro de pocas semanas en dos de nuestros países se presentará la transmisión del mando presidencial. En diciembre Miguel De la Madrid y en febrero, Jaime Lusinchi, culminarán sus respectivos períodos constitucionales. A estos ilustres mandatarios les hago llegar el reconocimiento del pueblo de Colombia y un afectuoso saludo de mi gobierno. Reciban el abrazo fraterno de su colega y admirador.
Señoras y Señores: Punta del Este ha sido cuna de los grandes ideales de unidad latinoamericana. Estoy seguro de que, en esta nueva oportunidad, esa vocación de la unidad será confirmada. Ante nosotros se abre un futuro lleno de posibilidades para trabajar intensamente en favor de la integración de América Latina. Cuenten ustedes con la más decidida y entusiasta participación de Colombia en ese empeño.
Muchas Gracias.