Discurso del Presidente Virgilio Barco a la 44 Asamblea de las Naciones Unidas
Virgilio Barco
Presidente de Colombia.
es
32-37
01/10/1989
01/10/1989
Señor Presidente:
En nombre del pueblo y del Gobierno de Colombia, quiero hacerle llegar mis congratulaciones por su elección y los mejores deseos para su gestión en la presidencia de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Estoy seguro del éxito de su labor en la orientación de las deliberaciones de este cuerpo que reúne a la comunidad de naciones. Igualmente, quiero unirme a quienes han exaltado la espléndida labor llevada a cabo por su antecesor, su excelencia el doctor Dante Caputo. Quiero así mismo rendir un homenaje a los esfuerzos del secretario general doctor Javier Pérez de Cuellar, para lograr la paz mundial.
Esta es la última vez que me dirigiré a la Asamblea de Naciones Unidas en mi condición de presidente de Colombia. No obstante, hoy me encuentro ante ustedes no sólo como presidente de Colombia, sino como ciudadano del mundo.
De la sangrienta tragedia de la Segunda Guerra Mundial nació esta organización, con la esperanza de que las naciones, actuando conjuntamente, pudieran evitar que volviera a ocurrir una confrontación demencial como la que se dio hace ya cincuenta años. A pesar de los permanentes esfuerzos de las Naciones Unidas, a lo largo y ancho del planeta, la humanidad continúa por ese mismo camino de guerra y conflicto. Paradójicamente, lo que ha evitado una nueva conflagración mundial, ha sido el temor a las devastadoras e inimaginables consecuencias de la guerra nuclear.
Aun así, a pesar de esta frágil "paz armada", el mundo se mantiene en guerra. Los conflictos generados por el dogmatismo ideológico, la pobreza, la injusticia, las ambiciones desmedidas, y ahora por el narcotráfico de manera creciente, nos han impedido alcanzar la verdadera paz.
El respeto a la soberanía nacional subyace toda nuestra forma de pensar y de hecho es uno de los principios fundamentales que sustentan a las Naciones Unidas. Pero existen fenómenos que, además de afectar a los países individualmente se constituyen en un poderoso enemigo que trasciende las fronteras. Este es el caso del tráfico de drogas y del terrorismo que genera. Nosotros, la comunidad mundial aquí reunida, estamos siendo atacados por una organización criminal internacional, que no respeta el principio de la soberanía, no tiene patria ni fronteras, y para la cual las leyes no existen.
Para enfrentar ese desafío debemos recurrir a los valores supremos que inspiraron la carta fundamental de las Naciones Unidas. Si la comunidad de naciones no es capaz de actuar unida ante este flagelo, entonces veremos avanzar sin freno el uso ilegal de las drogas y la violencia que se deriva. Estoy seguro de que Colombia derrotará a los narcotraficantes. Pero si este esfuerzo no está acompañado por un compromiso global, no se podrá lograr la victoria definitiva.
Las recientes manifestaciones de solidaridad y de apoyo hacia Colombia han constituido un gran estímulo para nosotros en estos tiempos difíciles.
Estamos viviendo una época distinta, pero no menos crítica a la que animó el surgimiento de las Naciones Unidas. Una nueva guerra mundial ha sido declarada por un agresor que no acata las normas tradicionales de las contiendas ni a las responsabilidades derivadas de la soberanía nacional. El agresor es una perniciosa organización criminal internacional con un gran poder y cuantiosos recursos -una empresa delictiva que se nutre de las utilidades ilegales provenientes del tráfico de drogas- como lo dijera recientemente el secretario general de las Naciones Unidas:
"El uso y el tráfico ilegal de drogas es hoy en día reconocido como una plaga social que afecta tanto a los países industrializados como a los países menos desarrollados. A pesar de que el esfuerzo por combatir ese flagelo se ha intensificado en los años recientes, los estimativos sugieren que el valor monetario del tráfico de drogas es mayor que el del comercio internacional del petróleo y sólo es superado por el comercio de armas. Es ciertamente preocupante observar que la humanidad está tan profundamente involucrada en el tráfico de la degradación y de la muerte".
Los miembros de esos carteles criminales nacieron en diversos países y muchos de sus líderes son considerados colombianos. Si bien es cierto que algunos de ellos pueden haber nacido en mi país, déjenme aclarar, ellos son colombianos solo de nombre. Ellos no son más que fugitivos internacionales. No tienen hogar. Colombia no es su patria.
Mi presencia en las Naciones Unidas también busca presentar ante ustedes la cruda realidad de esta guerra contra el narcotráfico. Colombia está al frente de esta batalla. Para nosotros esta no es una guerra de palabras. Muchos colombianos han muerto por su firme compromiso en contra del narcotráfico. Hace aproximadamente un mes, Luís Carlos Galán, uno de los líderes políticos más prestigiosos de nuestro país, cayó asesinado. Su muerte ha consolidado aún más la voluntad de la nación y ha concentrado la atención del mundo en el problema, pero ya hace muchos años muchos colombianos como él han caído víctimas del narcotráfico. Dentro de esa larga lista se encuentran doce magistrados de la Corte Suprema, un procurador general de la Nación y un ministro de Justicia. Prominentes miembros del Congreso, jueces, alcaldes, periodistas, miles de soldados, policías y ciudadanos colombianos han sido sacrificados por la causa de la democracia.
Después de anunciar el mes pasado las medidas excepcionales contra el narcotráfico, que fueron decretadas por el Gobierno con base en los poderes del Estado de Sitio, los narcotraficantes han continuado e incrementado sus prácticas terroristas. Han golpeado a familias inocentes, asesinan indiscriminadamente a transeúntes y personas humildes, y han puesto bombas en las instituciones como el periódico El Espectador, por su posición valerosa y vertical contra el delito organizado. Los narcotraficantes, con el propósito de proteger sus actividades ilegales, pretenden destruir la voluntad del pueblo y debilitar nuestras más preciadas instituciones. Escúchenme bien: ellos van a fracasar y Colombia, una de las democracias más antiguas y estables de América Latina, saldrá fortalecida de esta nueva prueba.
En las últimas semanas hemos obtenido importantes victorias. Todas las energías del Estado se han orientado a romper la columna vertebral de los carteles de la droga. No sólo confiscando y destruyendo muchas toneladas de cocaína. De hecho, las autoridades colombianas incautan cerca del 80% de la cocaína decomisada en el mundo. Pero la ofensiva va mucho más allá. Los responsables materiales del asesinato de Luís Carlos Galán ya han sido capturados. Miles de sospechosos han sido detenidos y sus propiedades, cuentas bancarias, plantas de procesamiento, equipos de comunicación, aeronaves, yates, residencias y fincas, por valor de muchos millones de dólares, han sido decomisados.
Aun así, todas estas victorias no serán suficientes para ganar esta guerra. Por esta razón me encuentro hoy aquí. Sólo a través de una acción internacional concertada podemos aspirar a derrotar el flagelo del narcotráfico. Los carteles de la droga nos han declarado una guerra total.
Esa declaración de guerra es contra todas las naciones. Contra aquellas que ven destruido el futuro de sus jóvenes por la droga y también contra las que, como Colombia, ven amenazadas su democracia y sus instituciones por la violencia y el terrorismo. No existen fronteras para la muerte que genera este sucio negocio, no existe ningún país que se pueda considerar a salvo del terrorismo del narcotráfico. Ha llegado el momento de que los narcotraficantes tampoco encuentren un solo lugar en el mundo que les sirva de refugio o en el que se puedan sentir seguros. Para la comunidad de naciones ha llegado la hora de decidirse.
Para muchos de ustedes puede ser difícil aceptar que estamos ante una guerra global, y más bien la entienden como un flagelo que afecta exclusivamente a este hemisferio. Muchos creen que la cocaína es un mal solamente de las Américas, que la droga se produce en Suramérica y se consume en Norteamérica. Eso realmente no es así por cuanto al mismo tiempo que estamos aquí reunidos, los tentáculos del narcotráfico están penetrando en Europa y en el Lejano Oriente. La agresiva búsqueda de nuevos mercados no respeta los océanos, como tampoco respetó las fronteras. Donde haya consumidores habrá proveedores. De hecho, la cocaína es solo una de las manifestaciones más perniciosas de la crisis de abuso de las drogas que es mucho más amplia. No hay que llamarse a engaños, este flagelo nos afecta a todos.
Actuando solidariamente, como una comunidad de naciones, éste debe ser nuestro plan de acción:
Primero, es indispensable atacar eficazmente la demanda por drogas ilegales. El consumo de drogas es el combustible que alimenta el narcoterrorismo y que hoy es una de las más graves amenazas para las democracias de América Latina. Aquellos que consumen cocaína están contribuyendo a que mi gente sea asesinada por la organización criminal internacional del narcotráfico. Sin duda alguna, a unas pocas cuadras de este recinto, en cualquiera de los prestigiosos barrios residenciales de esta ciudad, un consumidor habitual de cocaína puede considerar exagerada esta afirmación. No obstante, con su vicio se ha convertido en un colaborador de los asesinos que han dado muerte a los muchos jueces y policías colombianos que han sacrificado sus vidas en defensa de la democracia y de la ley.
Cualquier arma o táctica utilizada en esta lucha es insuficiente si no se acompaña de esfuerzos decididos para reducir la demanda. Las utilidades ilícitas son demasiado grandes. Estoy seguro de que en Colombia vamos a derrotar a los narcotraficantes. Pero alguien, en cualquier otro país, en algún lugar, se encargará de ese negocio mientras sea tan rentable. Así ocurrió con la marihuana. Cuando se volvió demasiado costoso para los traficantes operar en Colombia, por la efectividad de la fuerza pública, los comerciantes del vicio trasladaron sus cultivos a California, Hawai y muchas otras regiones. La única ley que los narcotraficantes no violan es la ley de la oferta y la demanda.
Ninguna sociedad por rica que sea puede darse el lujo de permitir que sus hijos e hijas se envenenen con cocaína, heroína, marihuana o cualquiera de esas drogas mortíferas. En este contexto, quiero afirmar que el plan del presidente Bush para luchar contra la demanda es un primer paso en la dirección correcta.
Debemos insistir en el mensaje de que las drogas ilegales no son aceptables, ni son inocuas, ya sea que se consuman en las brillantes fiestas de los ricos, o en los tugurios. Los que utilizan la droga tienen que entender que en esta guerra ellos están del lado del enemigo, aliados con los que producen y distribuyen los narcóticos. Quiero aprovechar para manifestar que consideramos de gran importancia la iniciativa y el liderazgo de la primera ministra de Gran Bretaña en su empeño porque se empiece a discutir internacionalmente el problema de la reducción de la demanda de narcóticos, mediante la convocatoria de una conferencia internacional. Por su trascendencia he decidido aceptar la honrosa invitación de la señora Thatcher para hablar sobre el tema ante la sesión inaugural de esa conferencia, en abril del próximo año.
En segundo lugar, nuestros esfuerzos para reducir la oferta de cocaína también dependen de la efectividad de la cooperación internacional para detener el comercio ilegal de productos químicos que son esenciales para procesar la droga. Generalmente se presta mucha atención a aspectos relacionados con la producción y el procesamiento de la droga. Ciertamente, por ejemplo, se ha puesto excesivo énfasis en el cultivo de la hoja de coca en países como Perú y Bolivia. Desafortunadamente, en contraste, poco es lo que se discute o se hace para controlar el flujo de productos químicos utilizados en el procesamiento de cocaína, los cuales provienen en su mayoría de países de Norteamérica y de Europa. Ninguna de esas sustancias es manufacturada en Colombia. Todas entran de contrabando al país. El fortalecimiento de los controles a la producción y venta de estos químicos, al igual que incrementar la severidad de las sanciones por su comercio ilícito, debe ser una de nuestras prelaciones. Se necesita más que hoja de coca para producir la cocaína. Sin acceso a los precursores químicos indispensables no existirán las drogas. Es necesario ejercer una presión sobre las industrias químicas tan intensa y tan firme como la que se ejerce sobre los campesinos pobres, cultivadores de la hoja de coca.
En tercer lugar, las armas que utilizan los carteles de la droga para intimidar, herir y asesinar a mi pueblo no son manufacturadas en Colombia. Estas son adquiridas en el mercado internacional donde es posible comprar muy fácilmente y de manera legal inclusive armas muy sofisticadas. En esto no debemos equivocarnos. Quienes venden armas a los narcoterroristas son aún más responsables que los propios adictos, por la violencia generada por las drogas. El año anterior Colombia presentó ante las Naciones Unidas una resolución haciendo un llamado para que se impusieran restricciones a la venta de armas, pero desafortunadamente no fue posible alcanzar un consenso entre los países sobre ese asunto. No podemos seguir esperando pasivamente mientras ese comercio de la muerte progresa. La adopción de medidas especiales para reducir y controlar la venta de armas a los narcotraficantes y a los terroristas es indispensable. Hago un llamado a todas las naciones del mundo para que acabemos, de una vez por todas, con esta locura.
Mi Gobierno también ve con extrema preocupación las actividades de mercenarios extranjeros que han entrenado y ayudado a narcoterroristas en Colombia. La comunidad internacional debe fortalecer su condena a la asociación mortal de mercenarios con terroristas y narcotraficantes. Mi administración no sólo ha condenado la presencia de mercenarios extranjeros en nuestro territorio. Además, ha criminalizado sus actividades y ordenado su captura. Los acontecimientos sucedidos en Colombia son un argumento contundente y urgente en favor de que esta Asamblea apruebe la resolución prohibiendo dichas actividades criminales.
Cuarto, la cooperación internacional es esencial para lograr el control del lavado de dinero. Los carteles de la droga dependen del sistema financiero internacional para la transferencia de sus ganancias. Además, una significativa porción de esas criminales utilidades es invertida en las naciones industrializadas, en depósitos o títulos, valores, en finca raíz y en negocios ilícitos. En cierta forma nuestro sentido de la justicia se distorsiona, cuando se le atribuye el carácter de criminales a los pobres campesinos que cultivan la hoja de coca, mientras se es tolerante con un banquero internacional que se presta para transferir ilegalmente millones de dólares provenientes de la droga para quienes los van a utilizar con el propósito de financiar actos terroristas contra gente inocente. Si coopera el sistema financiero internacional, podremos en corto tiempo lograr grandes avances en la lucha contra los narcotraficantes.
Quinto, es indispensable que cada país aquí presente haga los mayores esfuerzos para lograr la pronta ratificación de la Convención de Viena. Dicha convención, negociada paciente y cuidadosamente durante muchos meses, provee instrumentos para adelantar acciones específicas en diversos frentes, tales como la penalización del consumo, la captura de barcos con droga en alta mar y la confiscación de bienes y propiedades. Quiero anunciar que a mi regreso al país presentaré la Convención de Viena al Congreso de Colombia para su consideración.
Para que este acuerdo entre los países sea eficaz debe ser ratificado y aplicado por el conjunto de la comunidad de naciones.
Adicionalmente, quiero recomendar a esta Asamblea dos iniciativas multilaterales: la primera, consiste en convocar una sesión especial de la Asamblea General dirigida a discutir todos los aspectos del problema de las drogas -consumo y producción- y a considerar acciones urgentes como las que hoy estoy proponiendo. La segunda, que quizás es la más rápida para lograr avances concretos, consiste en establecer, a nivel ministerial, un grupo internacional de trabajo sobre el problema de las drogas, encargado de coordinar la acción internacional y de evaluar periódicamente los progresos obtenidos.
Sexto, la fortaleza de la economía colombiana es un apoyo fundamental para la estabilidad política y la vigencia de las instituciones democráticas. Por ello, es vital la cooperación económica y financiera internacional. A pesar del inmenso poder desestabilizador del narcotráfico, Colombia ha logrado mantenerse firme en su voluntad de lucha contra esa organización criminal internacional.
Quiero señalar muy enfáticamente que nuestra economía no depende de los ingresos provenientes del tráfico ilícito de narcóticos. La presencia de ese dinero en Colombia se concentra en actividades especulativas de finca raíz y algo en el lavado de dólares. Su contribución al crecimiento económico es marginal. Colombia no es ni será una narco economía.
Hace tres años, en mi discurso ante esta Asamblea, destaqué la urgente necesidad de luchar contra la pobreza absoluta. Desde esa época mi gobierno se comprometió en un ambicioso plan de cambio social orientado a transformar las condiciones de vida de los sectores y de las regiones tradicionalmente excluidas de los beneficios del desarrollo. Los resultados ya están a la vista.
A pesar de la gran cantidad de recursos que exige la lucha contra el narcotráfico, no claudicaremos en nuestro empeño de promover el cambio social y el progreso económico. Para lograrlo, Colombia requiere de la cooperación económica y financiera internacional. Pero, aún más importante, es la adopción de medidas comerciales que le permitan a nuestra economía un mayor acceso a los mercados de los países industrializados y obtener precios justos para nuestras exportaciones.
El mejor ejemplo es el café, que es la principal fuente de ingresos para los campesinos de Colombia. El colapso reciente del Acuerdo Internacional del Café significa para Colombia una pérdida de 400 millones de dólares de ingresos en el presente año. Para el conjunto de los sesenta y un países en desarrollo productores de café, la pérdida por año superará los 5.000 millones de dólares.
Por ello necesitamos el apoyo de los Estados Unidos y de los otros países para renovar el Acuerdo. No podemos hablar en términos ideales de la sustitución de cultivos de coca por otros productos legales mientras que, al mismo tiempo, se perjudica la principal exportación del país y la fuente de ingreso de millones de campesinos colombianos. Fue alentador observar que el presidente George Bush hubiera manifestado su voluntad de cooperar para que se encuentren soluciones a los problemas que llevaron a la ruptura del Pacto. Esperamos que todos los demás países involucrados también entiendan la gravedad de la situación y la necesidad de revivir uno de los más exitosos ejemplos de cooperación económica internacional.
El debilitamiento de los mercados de productos básicos agrava aún más la crisis de la deuda. El endeudamiento externo es una pesada carga para América Latina, que está obstaculizando el crecimiento económico. Aún más importante, está agravando las condiciones de pobreza en que viven millones de latinoamericanos. Debemos trabajar unidos para encontrar soluciones realistas y eficaces a este problema.
Existe otra lucha relacionada con todo lo anterior que exige el interés y la atención de la comunidad mundial. Ella debe ser una de nuestras mayores prelaciones en la década de los años noventa. Se trata de la destrucción de los recursos naturales y del deterioro global del medio ambiente.
Como lo dije recientemente en Manaos, en la reunión de mandatarios de los países miembros del Tratado de Cooperación Amazónica, las naciones industrializadas tienen una deuda ecológica con la humanidad. En menos de dos siglos, los bosques nativos de Europa y de Norteamérica fueron arrasados y la producción industrial trajo contaminación, lluvia acida y destrucción de la capa de ozono. Esta es una deuda ecológica contraída con las futuras generaciones de todos los países, las que tendrán que convivir con las consecuencias del manejo irreflexivo que el mundo desarrollado le ha dado a sus recursos naturales.
La forma como las naciones industrializadas pueden pagar esta deuda es contribuyendo directamente para que el Tercer Mundo encuentre alternativas que le permitan preservar el medio ambiente, y especialmente la selva tropical. Ese problema debe ser tratado al más alto nivel de los gobiernos y de las Naciones Unidas. En Colombia hemos logrado avanzar en ese frente. Durante mi administración se han declarado como reservas naturales e indígenas más de 27 y medio millones de hectáreas en la región amazónica. Esto equivale a un área que es varias veces superior al tamaño de muchos de los países de Europa. Comprometámonos a pagar a la humanidad la deuda ecológica que está vigente.
Si el problema del narcotráfico no tuviera una prelación en este momento, hoy les hubiera hablado de otra guerra, la lucha de los países en desarrollo para eliminar la pobreza y la injusticia social. Estos son objetivos fundamentales que no se deben abandonar. En otras circunstancias también me hubiera referido en detalle a muchos de los importantes proyectos de desarrollo que estamos impulsando, dentro de los cuales el de mayor beneficio para Colombia y para la comunidad internacional es la propuesta de construir un puente terrestre interoceánico que una el Pacífico y el Atlántico a través de territorio colombiano. Las líneas de ferrocarril, las carreteras y los poliductos que contempla este proyecto, ofrecerán nuevas y económicas, alternativas para el transporte interoceánico de carga.
Señor presidente, este es ciertamente un momento histórico. Las futuras generaciones juzgarán nuestras acciones. En esta guerra contra las drogas ha habido muchos héroes, de muchas nacionalidades, dispuestos a entregar sus vidas por la democracia y la ley. Muchos de ellos son conocidos, pero son aún más los héroes anónimos. Luís Carlos murió porque se atrevió a denunciar. Guillermo Cano, el editor de El Espectador, fue asesinado porque no pudo ser silenciado. Los miles de soldados y ciudadanos colombianos caídos murieron por su compromiso en esta lucha.
Estos valientes hombres y mujeres no murieron en vano. La comunidad de naciones, inspirada en su contribución y en su espíritu de sacrificio, podrá derrotar definitivamente la maldición de las drogas.
En la historia de la humanidad se han frustrado muchas civilizaciones. Ahora enfrentamos una nueva amenaza global. Debemos actuar antes que sea demasiado tarde. Si enfrentamos la maldición del narcotráfico con fortaleza y determinación, podremos obtener la victoria. Con el compromiso y la cooperación internacionales, podremos erradicar esta plaga del siglo XX. Es mi más ferviente deseo que los niños del siglo XXI se enteren sobre las drogas y sobre el terrorismo, sólo a través de los libros de historia: que para ellos esto sea únicamente el recuerdo de una gran calamidad que quedó atrás.
No debemos hacernos ilusiones sobre lo que nos espera. La victoria final nos tomará tiempo. Bien podría Winston Churchill estar describiendo el camino que debemos recorrer cuando, en 1940, ante la Cámara de los Comunes dijo: "La muerte y el dolor serán los compañeros de nuestra jornada. Las penurias nuestro vestido. La constancia y el valor nuestro único escudo. Debemos estar unidos. Debemos ser audaces...".
Declaremos hoy que nuestros esfuerzos en la última década de este siglo los dedicaremos a enterrar para siempre el flagelo internacional del narcotráfico. Juntos podemos, debemos y vamos a triunfar.