Una Década Perdida para América Latina

Eduardo Sarmiento Palacio

Decano, Facultad de Economía de la Universidad de los Andes.

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10-12

01/01/1990

01/01/1990

La información reportada en el balance anual de la CEPAL es alarmante. El ingreso per-cápita de la región cayó durante la década y la inflación promedio supera el 1000%. En varios de los países el salario real es menor que la mitad del existente en 1980 y las tasas negativas de crecimiento se volvieron costumbre. En todas las economías se presentó un proceso acentuado de descapitalización. En fin, América Latina se constituyó como el lugar del planeta con los menores indicadores de progreso.

Concepción equivocada

El estado actual de América Latina no puede atribuirse a factores crónicos. En las décadas del 60 y del 70 aparecía como uno de los continentes más dinámicos del orbe. Las tasas de crecimiento eran superiores a las previstas al comienzo del medio siglo para los países en desarrollo y sólo se veían superadas por los países del Pacífico Asiático.

Las condiciones se modificaron drásticamente en 1982. En el mismo año estalló la crisis de la deuda externa. A partir de esa fecha, los países de la región dejaron de ser receptores de capital para convertirse en exportadores netos. En los últimos siete años le trasladaron a la banca internacional más de US$ 200.000 millones, lo que corresponde a una salida neta anual de 4.5% del PIB. Si bien se trata de una cifra considerable, de ninguna manera explica la totalidad del problema. Más grave que la deuda misma fueron las políticas adoptadas para enfrentarla. No es difícil mostrar que el remedio resultó peor que la dolencia.

Las políticas seguidas en toda América Latina para afrontar la deuda están inspiradas en las recomendaciones del FMI. Si bien la aplicación ha variado notablemente, se destaca un patrón común. Los esfuerzos se orientaron a promover la expansión del sector externo a cambio de la contracción del mercado interno. En todas partes se adoptaron cuantiosas devaluaciones y acciones internas de diferente tipo para efectuar las transferencias externas. Las medidas provocaron la aceleración de la inflación, fugas de capitales, caída del salario real, deterioro de la inversión y descensos apreciables en el gasto social. En la práctica, significaron la destrucción del mercado interno que arrastró consigo el crecimiento, la demanda y el ahorro. Al final, la ampliación de los excedentes externos fue el producto de la desmejora de la distribución del ingreso y de la baja tasa de crecimiento.

Lo más dramático es que la destrucción de las economías no logró la solución del problema de la deuda. Actualmente, la relación deuda-PIB no es muy diferente a la registrada en el momento de la crisis en 1982. La capacidad de los países para atenderla es menor que en el pasado. Así lo atestiguan los mercados financieros que a diario registran descensos en el valor real de la deuda de América Latina. En noviembre del año pasado, el precio promedio de los pagarés se cotizaba con un descuento de 72%.

De este desastre generalizado sólo se escapan Colombia y Chile. Y no porque hubieran seguido una filosofía distinta. Ambos países enfrentaron condiciones cambiarías cómodas que les permitió aplicar la prescripción en una menor dosis evitando muchas de las secuelas nocivas. Al principio de la década, Colombia no tenía el endeudamiento de los países de América Latina. A diferencia del resto de la región, en los últimos siete años obtuvo una entrada neta de capitales. Chile, por su parte, se ganó la lotería. Los precios de sus productos de exportación experimentaron aumentos que contribuyeron a generar ingresos entre 1986 y 1989 equivalentes a más de la mitad de las salidas de capitales.

Alternativas de manejo

En estos nueve años no faltaron las voces que alertaran sobre la inconveniencia y el riesgo del manejo de la deuda externa. Las propuestas alternativas fueron acalladas por los pregoneros de las políticas de ajuste que ofrecían la redención a cambio de un sacrificio temporal. Se decía que, luego de tres o cuatro años, cuando supuestamente la casa se ponía en orden, las economías renovarían las tasas de crecimiento del pasado. Ante la contundencia del desastre no es difícil mostrar que existían mejores posibilidades. Los hechos se encargaron de demostrar que los traslados al exterior eran excesivos con relación a las posibilidades de las economías, así como la inconveniencia de desmantelar los mercados internos para generar los excedentes cambiarios. La situación de América Latina sería muy distinta si las transferencias al exterior se hubiesen limitado a 1.5% del PIB, financiado mediante una elevación de los impuestos directos de los grupos altos y seguido una política comercial y cambiaría selectiva. Se habría evitado la destrucción de los mercados internos que precipitó la caída de la actividad económica. La región hubiera crecido a tasas no inferiores, en más de un punto porcentual, a las de las décadas anteriores, es decir entre 4% y 4.5%.

No siempre se advierte que el mayor crecimiento hubiera neutralizado el mayor saldo de la deuda que inevitablemente resultaba de la reducción de los pagos. Hoy en día la relación deuda-PIB sería menor que la existente. Paradójicamente, los países se encontrarían en mejores condiciones para cubrir las obligaciones foráneas porque sus economías serían más amplias y sólidas.

En las cifras de América Latina sobresalen los mejores indicadores de Colombia. Durante la década, la economía colombiana experimentó una de las mayores tasas de crecimiento de la región. No puede ignorarse, sin embargo, que la diferencia se originó en los primeros años del decenio cuando el país tenía bajos niveles de la deuda y actuaba como un receptor neto de recursos externos. Las condiciones han venido cambiando en la medida en que se eleva la deuda y el país se transforma en un exportador neto de capital. En el Cuadro 1 se muestra que en 1989 dejó de ser el puntero. La tasa de crecimiento fue muy inferior a las de Chile, Costa Rica y Paraguay y muy similar a las de México, Bolivia y Brasil. Cada día nos aproximamos más a los promedios de la región. La capacidad de crecimiento se ha visto seriamente disminuida y no se vislumbra un panorama despejado en el campo del ahorro y de los recursos externos.

 

Cuadro 1 AMERICA LATINA Y EL CARIBE: CRECIMIENTO DEL PRODUCTO INTERNO BRUTO TOTAL 1989

 

América Latina

1.1

Países exportadores de petróleo

-0.3

Bolivia

2.5

Ecuador

0.5

México

3.0

Perú

-10.0

Trinidad y Tobago

-3.5

Venezuela

-8.5

Países no exportadores de petróleo

1.9

Argentina

-5.5

Barbados

3.0

Brasil

3.0

Colombia

3.0

Costa Rica

5.0

Cuba

1.5

Chile

8.5

El Salvador

-1.0

Guatemala

4.0

Guyana

-2.0

Haití

0.5

Honduras

2.5

Jamaica

1.0

Nicaragua

-3.0

Panamá

0.0

Paraguay

5.5

República Dominicana

3.0

Uruguay

0.5

Fuente: CEPAL, sobre la base de cifras oficiales

 

Las prescripciones que se daban hace cinco años no tendrían ahora el mismo alcance en la mayoría de los casos. En varios países el problema actual no es tanto el de las transferencias de la deuda como el de la destrucción de las economías causadas por los errores de política. Así, la condonación de la deuda no constituiría una solución definitiva para Perú ni Argentina. No resolvería los problemas críticos de hiperinflación, descapitalización y fugas de recursos. En cambio, en Colombia la deuda juega un papel crítico. No será fácil revertir la tendencia declinante de la actividad económica mientras se persista en el esquema de préstamos voluntarios. La salida del estado de tasas de crecimiento de 3% depende de la posibilidad de reducir las transferencias al exterior a menos de 1.5% del PIB.

Los resultados de América Latina al final de la década son desoladores. Se comparan, en algunos aspectos, con los registrados en los países industrializados durante la crisis de los años 30. Si bien se trata de condiciones reales muy distintas, hay grandes coincidencias en los dos episodios. En ambos casos, se llegó a la crisis como consecuencia de políticas tendientes a destruir los mercados internos. Contrario a las creencias predominantes, la salida no está en el empobrecimiento sino en el crecimiento, y no es necesariamente incompatible con la equidad. Ojalá que, al igual que sucedió en el pasado con las naciones desarrolladas, surgieran de la crisis actual nuevos paradigmas extraídos de las realidades de los países de la región. Algo se habría avanzado si se reconociera que el mercado interno y el externo no se excluyen sino se complementan y refuerzan.