Hacia una teoría del Estado democrático en América Latina

Arlene B. Tickner

Investigadora del Centro de Estudios Internacionales, Universidad de los Andes.

Óscar Mejía Quintana

Coordinador académico y profesor del Centro de Educación Humanística, Universidad del Rosario.

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35-44

01/10/1991

01/10/1991

Introducción

Una de las características de la sociedad capitalista contemporánea ha sido el cambio sustancial ocurrido en el ejercicio del poder y, como resultado de ello, el surgimiento tanto de un Estado cualitativamente diferente como de una nueva economía del poder; esta última definida por la presencia de una red de poderes y la utilización informatizada del saber.

Si bien lo anterior es cierto para el sistema mundial de naciones, adquiere unas especificaciones particulares en los países latinoamericanos, en especial, en cuanto al proceso de modernización de dicha sociedad, y al surgimiento de un modelo neoliberal de sociedad y, por ende, de Estado, así como de una legitimación política diferente.

Aunque el capitalismo y la democracia han funcionado en Occidente, no se puede decir lo mismo de América Latina, en donde el capitalismo descontrolado puede exacerbar, aún más, las desigualdades existentes y poner en peligro la democracia en la región.

No obstante el cambio radical observado en el carácter de la sociedad latinoamericana y de sus estados, aún se pretende caracterizarlos mediante paradigmas tradicionales que no logran hacer comprender las profundas transformaciones que han sufrido. Por lo tanto, se hace indispensable una Teoría del Estado Democrático en América Latina, intermedia entre aquel Estado "fantasmal" propio del modelo neoliberal y aquel otro, interventor e improductivo, que caracterizó a la región durante casi un siglo. Esto, con el fin de comprender el proceso de reestructuración del proyecto democrático latinoamericano, y permitir la teorización sobre la sociedad y el Estado democrático en esta parte del continente.

El presente artículo pretende brindar algunos elementos que contribuyan a la construcción de dicha teoría.

En una primera parte, se abordan las principales premisas conceptuales para entender los cambios alrededor del Estado, la estructura de poder, el surgimiento de una nueva economía del poder; esto con el fin de caracterizar la relación Poder-Estado en la sociedad posmoderna.

En la segunda parte, se presentan los principales cambios sufridos por América Latina, enfrentados a la limitada capacidad de comprensión brindada por las teorías predominantes acerca del subdesarrollo.

Finalmente, se elaboran algunas consideraciones que pueden ayudar a la conformación dé una Teoría del Estado, que comprenda la compleja realidad por la que atraviesan las sociedades latinoamericanas y contribuya a la profundización de la democracia en el área.

I. Algunos elementos conceptuales

1. Reestructuración mundial del Estado

Como Foucault lo mostró a lo largo de todas sus investigaciones, tanto la estructura del poder como, consecuentemente, la del Estado, han cambiado sustancialmente en los últimos cincuenta años. En un simposio desarrollado en la Universidad de Vincennes[1], él definió esos cambios como un replanteamiento estructural del "Estado Providencia" y, con ello, el surgimiento de un Estado cualitativamente diferente y, en consecuencia, una nueva economía del poder.

Esta reestructuración se hacía manifiesta en un repliegue aparente del Estado, caracterizado por los siguientes elementos:

-una ampliación del margen de tolerancia del Estado en zonas que no eran claves para la supervivencia del sistema;

-la ubicación de áreas estratégicas donde el Estado no permite la más mínima incidencia de la sociedad civil;

-la consolidación de un sistema de información que permite cubrir todo riesgo potencial sin necesidad de una vigilancia represiva permanente;

-la constitución de consensos estadísticos para legitimar sus decisiones a través de un manejo institucional de los medios de comunicación.

De esta nueva caracterización del Estado, Foucault derivaba cambios sustanciales en el ejercicio del poder en la sociedad contemporánea.

2. Nueva economía del poder

Foucault partió de un cuestionamiento radical de los postulados convencionales sobre el poder para plantear cuáles eran sus nuevos parámetros en las sociedades contemporáneas. Los postulados que, a su entender, debían ponerse en entredicho para lograr una reinterpretación adecuada del poder eran:

-el postulado de propiedad, que considera que la clase dominante posee el poder;

-el postulado de localización, que señala al Estado como el ámbito exclusivo del poder;

-el postulado de subordinación, que subordina el poder a un modo de producción específico;

-el postulado de modo de acción, que define la coerción física e ideológico-política como instrumentos de dominación; y

- el postulado de legalidad, que considera que en la ley se materializa el dominio del poder[2].

Dejando de lado estos argumentos, no para negar su validez, sino para que no sesgaran, a priori, una perspectiva diferente en su análisis, Foucault enunció entonces la serie de proposiciones que definen la nueva economía del poder en las sociedades contemporáneas, de la siguiente forma:

-el poder se ejerce a partir de innumerables puntos, en un juego de relaciones móviles;

-las relaciones de poder son inmanentes a toda situación particular, micro o macro política;

-no hay matriz general del poder, sino que surge de acuerdo con cada circunstancia;

-las relaciones de poder no son espontáneas sino intencionales, y se ejercen siempre hacia miras y objetivos específicos;

-el poder absorbe la verdad y utiliza el saber -así como el placer- como mecanismo de control[3].

La red de poderes que, como vectores invisibles, entrecruza la sociedad contemporánea tendrá como fin principal la interiorización del orden institucional con miras a conformar una sociedad disciplinante y disciplinada. Este proyecto de dominación, masivo, permanente y homogéneo, ya no amenaza de muerte sino que gestiona la vida, y se ejerce como autonomía política del cuerpo humano y biopolítica de la población, a través de una vigilancia jerarquizada, un cuerpo de sanciones, procedimientos de selección y una disciplinización del sexo y la sensibilidad, que nos convierte en sujetos predispuestos al dominio.

Elias Canetti realiza uno de los aportes más singulares a esta reinterpretación del poder[4]. Explora Canetti las entrañas del poder desde una óptica que desborda la consideración sociopolítica convencional, se hunde en las raíces del mismo y muestra cuáles han sido los símbolos, instrumentos y elementos que desde siempre han caracterizado su ejercicio. Sin embargo, su aporte decisivo a este debate sin duda viene representado por su análisis del secreto como médula del poder, punto clave en el ejercicio contemporáneo de éste, y el control que ejerce sobre la sociedad.

3. Poder y Estado en la sociedad posmoderna

Jean Francois Lyotard ofrece elementos adicionales para complementar esta nueva caracterización[5]. La sociedad posmoderna se define por una utilización informatizada del saber y quien lo detenta y manipula ejerce su dominio sobre el resto de la comunidad.

Este saber informatizado, de carácter global y sistemático, tiene como principal objetivo su legitimación, la cual logra por medio de un triple procedimiento, a saber: la deslegitimación de los saberes narrativos (saberes parciales y particularizados como la filosofía, la religión, la estética, la política, etc.); la auto legitimación de sí mismo por el desempeño, de facto, del sistema que somete la verdad a los criterios técnicos y la investigación y la enseñanza a los poderes tecnológico-políticos; y, finalmente, por lo que Lyotard denomina la paralogía, por medio de la cual se desecha el consenso social y se remplaza por un estímulo estructural a la tensión y el disentimiento, como mecanismos para alcanzar un mejor desempeño del sistema.

El poder que se deriva de este saber lo encarna una tecnocracia ejecutiva que todo lo sabe y todo lo decide, de acuerdo con imperativos técnico-científicos, supuestamente neutrales y, por lo mismo, incuestionables, que no pueden considerarse democráticamente por la población, y se imponen de esta manera como decisiones técnicas, sin "contaminaciones" políticas ni ideológicas. Ello, mediante consensos artificialmente inducidos, gracias a toda la batería de medios de comunicación a críticos e institucionalizados que respaldan la acción del sistema[6].

Este último elemento es decisivo para una correcta interpretación de la sociedad y las características de la posmodernidad. Gianni Vattimo ha señalado en sus últimas investigaciones que el rasgo verdaderamente distintivo reside en el papel determinante de los "Mass Media" en su interior[7]. Gracias a éstos, la sociedad se presenta como una "sociedad transparente", por lo que se considera, en principio, el manejo libre y abierto de la comunicación masiva.

Sin embargo, esta sociedad posliberal (como la denominan quienes todavía no aceptan el concepto de posmoderna) que se autodenomina transparente por la libertad de información que a sí misma se permite, esconde, realmente, un manejo discrecional del flujo de la comunicación social. Lo anterior hace relativo el carácter democrático con que el sistema se autodefine y auto legitima y que, de hecho, somete a la sociedad a una dominación sutil y sesgada.

Habermas coincide con estos argumentos cuando reconoce de qué manera los medios de comunicación, en la sociedad de masas, se han convertido en los instrumentos por antonomasia del control social, al adueñarse por entero del lenguaje comunicativo cotidiano, neutralizar los contenidos críticos de la cultura y "encasquetar" al individuo y la comunidad en una conciencia estereotipada y pasiva[8]. La abolición de la distancia crítica con la que Jameson caracteriza a la cultura posmoderna refuerza y complementa en idéntica dirección, los anteriores planteamientos[9].

4. La modernización occidental

A partir de los planteamientos de Max Weber sobre los procesos de modernización de la sociedad europeo-americana, Habermas ha mostrado que éstos no pueden ser circunscritos exclusivamente a Europa y los Estados Unidos, sino que comportan elementos comunes al desarrollo del capitalismo en el mundo entero[10].

El proceso de racionalización occidental se caracterizó por dos factores. En primer lugar, se produjo un desencantamiento de las cosmovisiones tradicionales del mundo, en el cual las antiguas imágenes cosmológicas (religiosas, metafísicas, sociopolíticas, estéticas) sufren un proceso de horadamiento y pierden su poder vinculante y cohesionador. Estas cosmovisiones se remplazan por una "ética del éxito" (la ética protestante en el caso viejo europeo y norteamericano) que destruye las normas, valores y tradiciones que hasta entonces regulaban las relaciones sociales, convierte el dinero y el poder en medios de relación intersubjetiva, y somete la sociedad a los imperativos derivados de la planeación racional y la competencia y consumo capitalistas.

En segundo lugar, se produce una materialización de lo que Habermas denomina la "acción racional con arreglo a fines" (ARCAF), propia de la organización industrial, en "sistemas de acción racional con arreglo a fines" (SARCAF). Ello, gracias a un proceso de racionalización del derecho en el cual éste deviene en el "medio organizativo" que posibilita la institucionalización vinculante de ambas instancias, así como su diferenciación y autonomización frente a otras esferas de valor por intermedio de un sistema jurídico desacralizado y técnico, que busca garantizar y legitimar la planeación estratégica, tanto en la sociedad como en los individuos que la componen.

La descomposición de la sociedad tradicional que con ello se genera, debido a esta racionalización social y cultural que se produce en todos los ámbitos de la sociedad (cognoscitivo- instrumental, práctico-estético y ético-moral), se origina un cambio cualitativo en el carácter de la sociedad, determinado por los siguientes aspectos:

el hundimiento del Estado interventor, lo cual conlleva a que el Estado deje de regular dominios no estratégicos de la vida económica y los deje en manos de los particulares; la repolitización del marco institucional, en términos de una resolución tecnocrática de los problemas sociales, sin participación efectiva de la comunidad; y una nueva legitimación del dominio político, sin recurrir a la presión represiva ni apelar a las antiguas tradiciones político-culturales disueltas;

la consolidación de una ideología científico-tecnológica, la cual impone una lógica del progreso técnico a la sociedad; la disociación de su autocomprensión convencional, a partir de la deslegitimación de sus sistemas de referencia comunicativa (tradiciones vinculantes) y sus conceptos de interacción simbólicamente mediados (valores y símbolos constitutivos); y, por último, la fundamentación de la legitimidad en una conciencia tecnocrática, la cual se presenta como neutra y no ideológica ni politizada, que garantiza así la pureza racional-estratégica del proceso técnico de planeación social, sobre el que la comunidad no puede tener ninguna incidencia efectiva.

II. El Estado latino -americano

1. Cambios en la sociedad latinoamericana

Pese a sus diferencias regionales, el capitalismo se ha desarrollado como un sistema global que ha introducido en los países del Tercer Mundo características comunes a las sociedades industriales avanzadas. Es lo que algunos autores han denominado la "ley del desarrollo desigual y combinado" que caracteriza su evolución planetaria desde el comienzo mismo de su aparición[11].

La caracterización de la sociedad latinoamericana responde todavía a paradigmas de interpretación tradicionales que no alcanzan a hacer comprender la reestructuración total que en ella se ha producido. Los esquemas empiristas continúan dando razón de transformaciones sectoriales sin captar el cambio total que se ha producido en su interior y su articulación definitiva en el marco de una economía mundial.

Toda una serie de datos permite deducir la extensión de este cambio en el carácter de la misma, para cuyo análisis pueden servir los elementos expuestos anteriormente. Tal transformación puede sintetizarse de la siguiente manera:

-el proceso de modernización de la sociedad latinoamericana se ha caracterizado por una institucionalización progresiva de la acción racional con arreglo a fines y la consecuente creación de sistemas a niveles macro y micro político y económico, con las respectivas adaptaciones del aparato productivo, estatal y jurídico-legal;

-este proceso ha generado una crisis ético-cultural por el debilitamiento paulatino que produjo en la visión cosmológica convencional a nivel de los símbolos, valores y tradiciones religioso-metafísicos, estético-vitales y sociopolíticos dominantes, los cuales posibilitaban una interpretación unitaria de lo real-humano y un marco común a la comunicación intersubjetiva de las comunidades;

-a partir de ello surge una ética del éxito y un modelo de organización orientado al cálculo racional, los cuales entran a determinar los parámetros de vida a nivel personal, social y cultural y suplen mecánicamente el vacío generado por el desmoronamiento de las imágenes tradicionales del mundo;

-ello ha ido acompañado por el hundimiento del modelo de Estado interventor, la crisis del marco institucional convencional y la aparición de un nuevo tipo de legitimación política con fundamento en una ideología científico-tecnológica que se presenta como neutral, renovadora y no politizada;

- el dominio de clase se ha mimetizado en la planeación técnica que opera a través de la doble táctica de delegar funciones no esenciales en la comunidad y guardar para uso exclusivo de los organismos de planeación pertinentes las decisiones estratégicas sin discusión ni control democrático;

- se introduce, como característica estructural, un manejo discrecional de los medios de comunicación cuya función crítico-fiscalizadora queda relegada a cuestiones marginales, auto concibiéndose como soportes institucionales del Estado y el equilibrio social, y evitando la discusión abierta y democrática de problemas neurálgicos de la sociedad, la cual se remplaza por consensos estadísticos que se presentan como la opinión libre y generalizada de la comunidad[12]

- el sistema de enseñanza, en todos sus niveles, se somete a los imperativos tecnológicos de la planeación económica; se supedita paulatinamente la crítica intelectual a los recursos de investigación disponibles y se ejerce sobre aquélla una censura de facto;

- en el marco de lo anterior, los movimientos alternativos sufren un proceso de deslegitimación ideológico-política progresiva que los conduce a una integración mecánica al orden institucional o, de lo contrario, a su marginación definitiva de lo legal-social; - simultáneamente van apareciendo un sinnúmero de subculturas paralelas, de corte mesiánico-religioso o estético-anarquista, como expresión de la descomposición cultural y de la impotencia política;

- el desplazamiento de los habitantes de las zonas rurales a las zonas urbanas crea un desequilibrio entre oferta y demanda de mano de obra urbana y produce altos niveles de pobreza junto con el aumento del sector informal urbano y la periferización tugurial de clases medias y bajas;

- por último, el carácter excluyente del orden económico, el aumento de pobreza y la desintegración social por falta de concertación político-social conducen a un aumento de la violencia espontánea y delincuencial.

2. Teorías del subdesarrollo latinoamericano

Lo anteriormente expuesto refleja un cambio radical en el carácter de la sociedad latinoamericana que poca relación guarda con las caracterizaciones que de ella hicieron el Cepalismo, el Desarrollismo y la Teoría de la Dependencia.

La Comisión Económica para América Latina (CEPAL), bajo la dirección de Raúl Prébisch, buscaba explicar el subdesarrollo de la región mediante un análisis de las estructuras globales que lo impedían. En su artículo, "Economic Development in Latín America and its Principal Problems" (1950), Prébisch señalaba cómo la expansión del capitalismo, la división internacional del trabajo y la inserción de las economías latinoamericanas en el sistema global habían perjudicado a aquéllas, creando una asimetría entre los grandes centros y los países periféricos.

Prébisch concluyó que los términos desiguales del comercio, fomentados por la naturaleza del sistema y la debilidad de las economías latinoamericanas por ser productores de materias primas, sólo se podrían resolver efectuando un desarrollo desde adentro, a través del proteccionismo del mercado local, la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) y la creación de mercados comunes en la región. Esta doctrina cepalina, como es bien sabido, se vio como la panacea para los problemas de desarrollo en la región, y se instrumentó vigorosamente en toda América Latina. Sin embargo, el fracaso del modelo al agotarse la etapa "fácil" de la ISI resquebrajó el mito de desarrollo gradual y las reformas moderadas conducidas por una burguesía nacional progresista.

Basado en el análisis del comportamiento político de América Latina a través de marcos conceptuales estructural-funcionales, psicológicos y sistémicos, el desarrollismo de los años sesenta sostuvo que las sociedades sufrían un proceso de desarrollo lineal, en el cual iban adquiriendo valores occidentales que les permitían efectuar la transición de una sociedad tradicional a una sociedad moderna. Como resultado, concluía que era necesario considerar las características culturales de cada nación para determinar su potencial para el desarrollo.

La hipótesis fundamental sobre la cual se basa esta interpretación es que los valores, instituciones y actitudes de la sociedad tradicional son la causa del subdesarrollo y constituyen el principal obstáculo a la modernización en América Latina por su naturaleza irracional[13]. Dicho análisis supone que en los países en vías de desarrollo existen dos sociedades: una arcaica, tradicional y agraria; y la otra, representada por sectores "progresistas" de la élite, moderna, dinámica e industrial. Esto produce un conflicto entre tradición y modernización que se resuelve educando a las élites políticas en los valores occidentales, llevando a cabo un proceso de racionalización del comportamiento y de las organizaciones sociales para efectuar la transición a la modernidad.

La ahistoricidad, el etnocentrismo, la falta de análisis de estructuras sociopolíticas específicas y la carencia de una interpretación adecuada de las relaciones entre las clases, la economía, los partidos políticos y el Estado, que caracterizaron a la teoría desarrollista la hicieron superficial e incongruente.

Además, como argumentaron posteriormente los exponentes de la dependencia, el dualismo de la sociedad latinoamericana no existe, ni su desarrollo es lineal. Los dos polos de la sociedad son el resultado de un único proceso histórico, y las relaciones mutuas entre grupos arcaicos y modernos representan el funcionamiento interdependiente de esa sociedad[14]

Mucho del trabajo original sobre la dependencia buscaba explicar por qué se encontraba subdesarrollada América Latina en términos económicos, y cómo la dependencia externa había moldeado las fuerzas internas en una forma perjudicial para la igualdad y el establecimiento de sistemas políticos abiertos. Los teóricos de la dependencia, en un claro rechazo a la modernización gradual de la burguesía propuesta por los cepalistas, explican que el desarrollo dependiente y periférico produce una estructura de oportunidad donde las ganancias personales de la élite latinoamericana, en coalición con las fuerzas elitistas del centro, no pueden conducir a una ganancia colectiva de la sociedad, lo que hace imperativo el cambio radical de la sociedad y de las relaciones económicas. En este caso, se trata de considerar no tanto la explotación del centro a Latinoamérica, sino la explotación de las clases dominantes del centro y la periferia a los grupos dominados por ambos.

Como dirá André Gunder Frank, criticado posteriormente por la rigidez de su modelo de interpretación y por su falta de análisis de las estructuras de clase, "el desarrollo y el subdesarrollo son las dos caras de la misma moneda. Ambos representan el resultado necesario de la manifestación simultánea de contradicciones internas al sistema capitalista mundial"[15]. O sea, el subdesarrollo no es una condición precapitalista, como los cepalistas y los desarrollistas afirmaban, sino que es la consecuencia de la economía capitalista global, que, de acuerdo con la ley del desarrollo desigual y combinado, genera una estructura en la que formas arcaicas de producción coexisten e interaccionan con formas más avanzadas[16].

El Estado burocrático-autoritario, como lo denominó Guillermo O'Donnell en su libro Modernization and Burocratic Authoritarianism: Studies in South American Politics, cuyo esquema utilizó para caracterizar las dictaduras del Cono Sur y Brasil, era el producto de una etapa del desarrollo dependiente capitalista, resultado del fracaso de la industrialización por sustitución de importaciones y de las políticas populistas que la acompañaban. Más importante que la teoría misma, limitada en todo caso en su aplicación a la región entera, su trabajo sobre el Estado burocrático-autoritario cuestionaba, tanto la perspectiva cepalista como la desarrollista, en su afirmación de que el crecimiento económico y la industrialización interna conllevaban la modernización y la democracia. El autor mostró, por el contrario, que tales factores junto con el aumento de burocracias (públicas y privadas) y grupos tecnocráticos se podían asociar con la introducción del autoritarismo político.

Aunque las principales aseveraciones de la teoría de la dependencia no se pueden refutar, por el simple hecho de estar basadas en un modelo histórico, los teóricos de esta línea de pensamiento se han mostrado incapaces de ofrecer una solución a la situación de dependencia aparte de la revolución o la adopción de formas socialistas de producción. Entonces, habría que preguntarse si la dependencia económica es una consecuencia necesaria del sistema capitalista y el libre mercado, o si dentro de la región misma, la base para la dependencia no será tanto el capitalismo en sí, sino una marcada disparidad de poder en la que los actores débiles son vulnerables a la explotación. Además, la teoría ignora políticas que pueden reducir esta relación de dependencia, tales como la integración regional, la regulación de inversiones de las corporaciones multinacionales y la transferencia tecnológica, para citar solo algunas.

3. El neoliberalismo y el Estado latinoamericano

El modelo neoliberal ha sido asumido recientemente por los países latinoamericanos como una fórmula mágica capaz de acabar con todos los impedimentos al desarrollo, que tradicionalmente ha sufrido la región. Sus principios pueden ser sintetizados de la siguiente manera: a) la iniciativa individual (o sea, la privatización) se considera como el resultado necesario de la ineficacia del Estado interventor, y una forma de transferir una mayor participación a la sociedad civil en el desarrollo social; b) las funciones estatales relacionadas con el interés público (culturales, tecnológicas, salud, educación) deben quedar relegadas al ámbito privado, donde se supone que la iniciativa privada les atribuirá mayor rentabilidad; c) la democracia es deseable, siempre y cuando sea de una naturaleza restringida que permita el libre funcionamiento del sistema; d) una economía de mercado junto con la privatización constituyen la orientación estratégica del proceso de recuperación económica en América Latina; e) el subsidio y la tributación al capital desestimulan la creación de riqueza social y deben ser eliminados[17].

En una visión neoconservadora -como realmente se la denomina en Europa y los Estados Unidos- de la democracia, el modelo neoliberal concibe al Estado como un ente que funciona en buena parte para proteger la propiedad y limitar los "excesos" de la participación y hace un énfasis desproporcionado sobre el individualismo, el consumismo y el avance científico-tecnológico. Este temor a la democracia de "masas", es expresado claramente por Samuel Huntington, uno de los fundadores del pensamiento "neoconservador" en los Estados Unidos cuando propone establecer nuevos espacios de "gobernabilidad" y un sistema de control de demandas, conlleva a políticas que terminan burlándose de la base igualitaria de la democracia[18].

Como han observado muchos críticos del neoliberalismo, los programas de reforma que propone el modelo destacan la eficiencia, indudablemente importante para la reinserción de las economías latinoamericanas en un sistema global en transformación, pero no una mejor prestación de servicios a las clases medias y bajas. Esto, ya que el Estado neoliberal se muestra indiferente a la justicia social y no ha sido capaz de disciplinar a las élites latinoamericanas para tener un sentido justo de la equidad en sus sociedades, ni para permitir el surgimiento de movimientos de base autónomos[19].

Los hechos históricos demuestran que la democracia y el capitalismo han funcionado en Occidente, aunque el laissez faire también ha mostrado sus debilidades últimamente. Sin embargo, existen dificultades al extrapolar los mismos argumentos hacia América Latina, donde hay "evidentes peligros de que el capitalismo (descontrolado) incremente aún más las severas desigualdades y se, ignoran las necesidades de las personas pobres..."[20] lo cual se evidencia claramente en el Chile de Pinochet, el régimen fundador del Estado neoliberal moderno. Al contrario de lo que puede afirmar este modelo, la privatización, cuyos méritos nadie discute, no puede equivaler a la reducción del papel del Estado en un continente que carece de los mínimos recursos vitales para permitir la supervivencia de amplias capas de la población.

Hoy en día, las sociedades latinoamericanas buscan resolver sus problemas, tanto económicos como políticos, y fijar su lugar en el sistema global de una manera democrática. Sin embargo, las tendencias pronosticadas por el neoliberalismo se presentan como amenazas al orden democrático que se está tratando de imponer, y a las probabilidades de desarrollo equitativo en la región, lo cual se ve claramente en los procesos de transformación que está sufriendo el Estado latinoamericano.

El nuevo ciclo de cambios estatales se distingue por un proceso de democratización a nivel del régimen político, incluyente en términos políticos, acompañado por un proceso de modernización del Estado que se muestra socialmente excluyente[21]. Los programas de estabilización macroeconómica, caracterizados por el ajuste fiscal, la desregulación del mercado, la privatización y la descentralización, predican el desmonte de políticas sociales, tradicionalmente a cargo del Estado, y la racionalización de la gestión pública, cuyas acciones se presentan de una forma técnica y desideologizada con el fin de eliminar cualquier posibilidad de análisis o crítica.

La descentralización del Estado, laureada como la respuesta final a los retos democráticos de América Latina, también tiene dos caras. Indudablemente, y de acuerdo con la tradición histórica de la región, el ámbito local es el espacio político que más favorece el ejercicio de la democracia directa. Sin embargo, la privatización y la localización de los servicios sociales pueden usarse como un instrumento para restringir y limitar la presión social a nivel municipal, donde es más fácil de controlar, sugiriendo que no se podrá hablar de una descentralización verdadera del poder hasta que el pueblo pueda intervenir en los procesos regionales y nacionales.[22]

Según la lógica neoliberal, el papel protagónico del Estado como promotor del desarrollo se ha ido transfiriendo a las fuerzas del mercado en la organización de las relaciones sociales. Este modelo de "reestructuración" del Estado, preocupado exclusivamente por la modernización del sistema económico, ha producido una declinación en las políticas culturales estatales, especialmente en el ámbito de la educación, y ha favorecido una mayor concentración del poder económico y la riqueza[23]. Una democracia, con los niveles de exclusión económica y social como la propuesta por estos programas, constituye una clara contradicción y una barrera contra la profundización y la supervivencia de la democracia en América Latina.

Consideraciones finales: hacia una teoría del estado democrático

De acuerdo con lo anterior, una teoría del Estado democrático en América Latina debe contemplar y profundizar las siguientes realidades que se presentan como tendencias objetivas del actual proceso:

-la inserción en la economía mundial se está haciendo a costa de la desorganización de la producción industrial interna. La apertura no está dándose paralela con procesos de concertación social en los que se convoquen los diferentes actores sociales y políticos y se amortigüe, de esta manera, el costo inicial del ajuste;

-el ajuste estructural neoliberal al mercado internacional genera, necesariamente, inestabilidad política, la cual sólo puede contrarrestarse si se la supedita a una expansión productiva y distributiva que permita compartir el costo social equitativamente entre todos los sectores sociales, y no exclusivamente entre las clases medias y bajas, como viene haciéndose;

-el modelo neoliberal no tiene en cuenta que en las economías en las que existen marcadas desigualdades sociales el mercado no puede, por sí solo, ser el factor protagónico del equilibrio y la integración social; de allí que se requiera la consolidación de un consenso amplio y participativo que permita cohesionar la sociedad en general en torno de unos objetivos mínimos de crecimiento nacional -que no se está propiciando- para mantener la dirección unidireccional del proceso;

la concepción del mercado como ente milagroso se presenta como un error estructural del esquema, en países de economía dependiente tendría que ser orientado por el Estado para ponerlo al servicio del desarrollo;

la lógica del ajuste se ha ido imponiendo a un gran costo social; esto produce un desplazamiento de funciones estatales al capital nacional y transnacional y a las instancias tecno burocráticas del Estado, y genera un proceso de marginalización económica, social y política que hace más profundos los desequilibrios ya existentes;

el análisis crítico de la realidad social, que necesariamente es la instancia que permite generar conciencia sobre las incongruencias del esquema y plantear eventuales reorientaciones, tiende a ser neutralizado, marginado y sometido a la cultura instrumental del sistema;

el papel acrítico de los medios de comunicación se hace más profunda en la medida en que se produce un manejo y control institucional de los mismos por parte del Estado, y pierden su autonomía y su capacidad de transmitir elementos de análisis desde la perspectiva de la comunidad[24];

-la generalización del papel neutro de la tecnocracia des plaza las decisiones y ejecuciones macro y micropolíticas a los organismos de planeación económica sin consultarlas con las comunidades afectadas, y se las legitima por consensos estadísticos, no democráticos;

-la despolitización de los actores sociales de bajos y me dios recursos debería remediarse con el apoyo a toda iniciativa de consulta democrática que devuelva a la comunidad la capacidad de incidir en los organismos del Estado y fiscalizarlos, responsables del diseño y ejecución de políticas económicas y de servicios públicos;

-los símbolos, valores y tradiciones sociopolíticos constitutivos de la identidad particular de cada comunidad, se ven desplazados por una ideología unidimensional y tecnologizante, que paulatinamente se impone como pauta cultural dominante y que sólo podría contrarrestarse a través de políticas culturales que posibiliten una re-simbolización efectiva de las culturas locales.

Después de varias décadas de dictadura en Latinoamérica, el subcontinente se ha enfilado hacia la consolidación de la democracia. Sin embargo, el regocijo de la libertad no ha permitido precisar las diferencias existentes en la actual sociedad latinoamericana, el cambio sustancial en su carácter y el nuevo ejercicio del poder, a nivel mundial y subcontinental, que se está ejerciendo. Estos factores, que pretendieron ponerse de presente en la parte inicial de este artículo, determinan la reestructuración del proyecto democrático en América Latina y, en consecuencia, la teorización sobre la sociedad y el Estado democrático.

Las reflexiones anteriores apuntan hacia la necesidad de estructurar una tercera interpretación teórica entre el Estado fantasmal propugnado por el modelo neoliberal y el Estado interventor, que caracterizó a la región durante casi un siglo. Ante esto hay que afirmar que el antagonismo que algunos han querido establecer entre el estatismo y el privatismo no existe y es posible una forma mixta de cooperación entre el Estado, la empresa privada y los movimientos civiles y políticos[25]. Lo que sí es cierto es que hay que redefinir la relación que existe entre el Estado y la sociedad civil para preservar el papel protagónico del primero y rescatar la libertad de la segunda. Sólo en esta mutua interrelación logrará América Latina encontrar el camino de una democracia amplia, pluralista y participativa.



[1] Michel Foucault, "Nuevo orden interior y control social", en Revista Viejo Topo (Extra No. 7), Barcelona, 1976.

[2] Miguel Morey, Lectura de Foucault, Madrid, Editorial Taurus, 1983.

[3] Michel Foucault, Historia de la sexualidad (Tomo 1), México, Editorial Siglo XXI, 1984.

[4] Elias Canetti, Masa y Poder, Madrid, Alianza Editorial, 1987.

[5] Jean Frangois Lyotard, La Condition Postmoderne, Paris, Editions de Minuit, 1988.

[6] Jürgen Habermas, Ciencia y técnica como ideología, Madrid, Tecnos, 1984.

[7] Gianni Vattimo, La sociedad transparente, Barcelona, Editorial Paidós, 1990.

[8] Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa (Tomo II), Buenos Aires, F.ditorial Taurus, 1989.

[9] Véase Fredric Jameson, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Barcelona, Editorial Paidós, 1991.

[10] Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa (Tomo I), Buenos Aires, Editorial Taurus, 1990.

[11] George Novack et al., la ley del desarrollo desigual y combinado, Bogotá, Editorial Pluma, 1977.

[12] Jesús Martín- Barbero, De los medios a las mediaciones, Barcelona, Ediciones Gustavo Gili, 1987.

[13] Véase Samuel Valenzuela y Arturo Valenzuela, "Modernization and Dependency", en Comparative Politics, No. 4, julio 1978, pp. 535-557, y S. M. Lipset, "Valúes, Education and Entrepreneurship", and Élites in Latín America (New York, 1963) para una discusión más amplia de la teoría del desarrollo y sus críticas.

[14] Marco Ingrosso, Modelos socioeconómicos de interpretación de la realidad latinoamericana: de Mariátegui a Gunder Frank, Barcelona, Editorial Anagrama, 1973, p. 25.

[15] André Gunder Frank, Capitalismo y subdesarrollo en América Latina, La Habana, Instituto del Libro, 1969.

[16] Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Dependencia y desarrollo en América Latina, México, Siglo XXI, 1969, y Osvaldo Sunkel y Pedro Paz, El subdesarrollo y la teoría del desarrollo, México, 1970, para mayores profundizaciones sobre esta teoría.

[17] Emeterio Gómez, "Reflexiones sobre el Neoliberalismo", en Ciencia Política, No. 15, II Trimestre 1989, pp. 11-27, para una interpretación neoliberal del esquema.

[18] 18.Robert Rothstein, "Democracia, conflicto y desarrollo en el Tercer Mundo", en Ciencia Política, No. 24, III Trimestre 1991, p, 124.

[19] 19. Véase Tina Rosenberg, "Beyond Elections", en Foreign Poticy, Fall 1991, No. 84, pp. 72-92, para una interesante discusión de la naturaleza de la democracia y el Estado en América Latina.

[20] 20. Robert L. Rothstein, op. cit., p. 126.

[21] 21. Fernando Calderón y Mario R. Dos Santos, Hacia un nuevo orden estatal en América Latina, Chile, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 20.

[22] 22. Ibid., p. 114.

[23] 23. Ibid., p.101.

 

[24] José Hernández, "La República de los Periodistas", en El Tiempo, 17 de noviembre, 1991, p. 1E.

[25] Néstor García Canclini, "Cruces, arraigos y deslindes", en El Espectador, Magazín Dominical, 17 de noviembre, 1991, pp. 4- 8.