La crisis cubana: un análisis desde La Habana

Luis Suárez Salazar

Director del Centro de Estudios sobre América. La Habana, Cuba.

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24-32

01/04/1992

01/04/1992

Introducción

En los últimos meses se ha intensificado entre publicistas, analistas y científicos sociales el interés por diagnosticar la actual situación de la Revolución Cubana, por pronosticar cuál será el futuro del proyecto socialista que se edifica desde hace más de tres décadas en la mayor de las Antillas, así como por recomendar diversas soluciones a los problemas que afectan a ese país.

Aunque el interés por el futuro del socialismo cubano es absolutamente legítimo (en tanto la Revolución Cubana ha captado desde sus orígenes la atención de la opinión pública internacional y su futuro tendrá un impacto indiscutible en el escenario mundial y continental), éste no siempre va acompañado —sobre todo en los trabajos que se publican fuera de la isla— de una ponderación rigurosa de la realidad económica, social y política de ese país y a veces ni siquiera de un adecuado análisis del desarrollo de las relaciones internacionales del gobierno cubano.

En algunos casos las posiciones confesamente adversas a la Revolución Cubana de los autores de tales análisis y propuestas los lleva a una lectura ideologizada de la realidad de esa nación caribeña. Su deseo de producir de manera más o menos inmediata radicales cambios políticos en Cuba, los conduce a pronosticar festinadamente que la crisis económica y geopolítica que objetivamente afecta a la isla conducirá, inevitablemente, a una crisis ideológica, política, institucional, social y moral cuya resultante será, más tarde o más temprano, la caída del actual liderazgo político cubano y el colapso del socialismo[1].

Tal tipo de análisis no sólo ignora la compleja relación que existe entre la dimensión económica y las dimensiones políticas, societales e ideológico-culturales de la dinámica social, sino desconoce también la historia y particularidades del desarrollo del socialismo en Cuba y las singularidades que definen los procesos económicos, sociales, políticos, institucionales y morales de la sociedad cubana. De tal forma, el análisis de los factores histórico-concretos que actúan en la Isla es permanentemente sustituido por una supuesta lógica universal (a lo Fukayama), signada por la llamada crisis general del socialismo, según la cual esta formación económica y social está llamada a desaparecer indefectiblemente de la faz del planeta. Todos los "datos" de la realidad de la Isla son tamizados o evaluados a través de ese prisma catastrofista o, en algunos casos, inventados para justificar a priori las conclusiones del análisis.

De manera más sutil, otros analistas de la realidad cubana asumen que, con o sin Fidel Castro, la dinámica de los acontecimientos internacionales e internos (como el supuesto crecimiento de la oposición política al régimen suscitada por el descontento generado a raíz de la "parálisis" del desarrollo y de la redistributiva política social cubana) conducirán, en el corto o el mediano plazo, a que el socialismo cubano entre en un callejón sin salida o, cuando menos, tenga que adoptar medidas radicales para enfrentar las dificultades internas y externas que lo amenazan en la actualidad y que, seguramente, continuarán amenazándolo en el futuro inmediato.

Tales medidas consistirían, inevitablemente —según las interpretaciones desde la derecha—[2] en que Cuba flexibilice sus posturas ideológicas y políticas, haga concesiones en su soberanía (en particular frente a los círculos dominantes en los Estados Unidos), introduzca fórmulas demoliberales en su sistema político y acepte la implantación de los esquemas de economía de mercado, más o menos neoliberales, que con escasos resultados y a un alto costo social se han venido aplicando en América Latina y el Caribe para contrarrestar los desequilibrios de la economía regional en la última década.

El rechazo de esas alternativas convertiría al liderazgo político y estatal cubano (en lo personal al presidente Fidel Castro) en reo del estancamiento causante del derrumbe del socialismo europeo o en convicto de obstaculizar la total reinserción del país en el sistema mundial (en. particular en el subsistema interamericano), con los costos que ello conllevaría para la normalización de las relaciones económicas internacionales cubanas y para la amenazada seguridad nacional de la Isla en su relación vis a vis con los Estados Unidos.

La presente contribución va dirigida, precisamente, a examinar críticamente la mayor parte de estos supuestos. También informará acerca de las diferentes acciones que vienen desarrollándose en Cuba, encaminadas a enfrentar las dificultades creadas por la abrupta disminución de sus vínculos económicos, comerciales, políticos, diplomáticos y militares con Europa Oriental y particularmente con la desaparecida Unión Soviética, así como a proponer posibles salidas para la situación actual que, a su vez, permitan retomar, en el menor tiempo posible, el camino del anhelado desarrollo autosostenido e independiente, centrado en su población y regido por los principios ideológicos y prácticos de la Revolución Cubana.

La crisis cubana: algunas precisiones necesarias

Es un hecho de dominio público que desde la década de los años ochenta, la economía cubana ha venido atravesando por diversas dificultades derivadas, en buena medida, del adverso contexto internacional en que ésta ha tenido que desenvolverse, del agotamiento del modelo económico aplicado desde 1975, así como de los errores cometidos en el diseño y aplicación de la política económica interna. Tales dificultades se agudizaron en el período 1986-1989 como consecuencia de los efectos acumulados por los errores antes referidos y por la influencia negativa de factores externos —entre ellos la persistencia del bloqueo económico estadounidense— que potenciaron la adversa coyuntura que caracterizó a la economía mundial en la primera mitad de los años ochenta.

Todo ello —junto con adversas condiciones climatológicas en la Isla—, determinó diversos desajustes macroeconómicos en el país, una aguda contracción de la capacidad importadora en divisas libremente convertibles y una obligada concentración geográfica del comercio exterior cubano con los países integrantes del antiguo Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) y en particular con las inexistentes República Democrática Alemana y Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

La reducción de la capacidad importadora en divisas convertibles y otros desequilibrios macroeconómicos influyeron negativamente en el comportamiento global de la economía cubana que, en contraste con el sostenido crecimiento experimentado entre 1962 y 1985, sólo creció a un ritmo de 0.4% anual entre 1986 y 1989[3].

Las abruptas modificaciones ocurridas en las relaciones políticas y económicas cubanas con los países de Europa Oriental (y en especial con la URSS) a lo largo de 1990 y 1991 determinaron, sin duda, contracciones mayores (aún no totalmente cuantificadas) en el crecimiento de la economía cubana. Estos decrecimientos — derivados de la abrupta interrupción de todas las importaciones— tipifican el crítico estado económico reciente. Así, en el primer semestre de 1990, ya la economía cubana había registrado niveles de decrecimiento del 0.3% con relación al mismo período del año anterior[4]. Tales tendencias se agudizaron en el segundo semestre de 1990 y en 1991.

A estas tendencias críticas en el desenvolvimiento económico del país, se unió la emergencia de una innegable crisis geopolítica, causada por la virtual desaparición de las alianzas políticas y militares de Cuba con el otrora denominado bloque socialista y por las evidentes tendencias a un mundo unipolar en lo estratégico-militar y en lo político-económico, bajo la hegemonía de los círculos de poder norteamericanos. Esta crisis se agravó a lo largo de 1991 por el desenlace a favor de los intereses estadounidenses de la guerra del Golfo Pérsico, por el proceso interno que condujo a la desaparición de la Unión Soviética y por la creciente debilidad de los organismos internacionales, en particular de aquellos que expresan los intereses económicos y políticos del mundo subdesarrollado.

Estos últimos hechos constituyen, objetivamente, un desafío para la Revolución Cubana, la cual se ha visto obligada, quizá como nunca antes, a orientar todos sus esfuerzos internos y externos para garantizar la seguridad nacional (mediante el desarrollo práctico de la doctrina de la guerra de todo el pueblo) y para lograr la auto sustentación ideológica, política y sobre todo económica, del proyecto socialista cubano.

Sin embargo, la acción simultánea de la crisis geopolítica y económica, a grandes trazos reseñada, no se ha expresado —como pretenden algunos analistas—[5] en una crisis ideológica, política, social o moral, que cuestione la continuidad del sistema y el liderazgo político del país y, mucho menos, que haga peligrar el carácter socialista de las profundas transformaciones estructurales de la sociedad cubana.

 Ciertamente, la adversa situación externa y las dificultades internas —como veremos más adelante— han obligado al socialismo cubano a introducir fórmulas inicialmente no previstas (como la asociación con el capital privado extranjero) en su proyecto de transformación social, pero estas fórmulas no cuestionan, en lo esencial, la organización socialista de la sociedad cubana, ni cuestionan la soberanía nacional en el manejo de los sectores estratégicos de la economía del país.

La quintaesencia de esa realidad está dada por la convicción, presente en la abrumadora mayoría del pueblo cubano, de que el socialismo —no obstante sus múltiples imperfecciones y errores— continúa siendo precondición para la preservación de la independencia del país ante los afanes hegemónicos de los Estados Unidos, para conservar todos los logros económicos, sociales, políticos y culturales de la Revolución, así como para encontrar, con la participación consciente y organizada de la mayoría de los ciudadanos del país, las mejores opciones de salida frente a las adversidades externas y las dificultades internas que hoy afectan a la nación.

En la base de esa convicción —sin hacer concesión alguna a las aproximaciones economicistas que hoy infectan diversos análisis sobre la realidad cubana— parece estar, junto al sentido de dignidad humana y nacional que la Revolución ha conferido a la ciudadanía y al progreso material de ésta, la preservación del espíritu de equidad y de justicia social que ha caracterizado la obra de la Revolución Cubana.

En ese contexto, a pesar de todas las adversidades económicas ya señaladas, el gobierno cubano ha logrado no sólo mantener, sino también ampliar, la cobertura de la asistencia médica y hospitalaria gratuita en todo el país[6], ha preservado el total funcionamiento gratuito del sistema nacional de educación, ha conservado los niveles de atención a los sectores más vulnerables —como la infancia, la mujer y la vejez—, ha mantenido un adecuado nivel de empleo y ha adoptado las medidas necesarias para garantizar la seguridad social y el subsidio económico a aquellos trabajadores que no han podido ser reubicados como consecuencia de la parálisis de varias empresas de producción y servicios determinada por la carencia de insumos, materias primas o combustibles.

El gobierno cubano también ha mantenido una distribución equitativa de productos alimenticios —muchos a precios subsidiados— que garantizan, aun en medio de las escaseces, un nivel nutricional per cápita superior al de la mayoría de los países de América Latina y el Caribe.

Esta política de distribución evita que las tendencias inflacionarias de la economía cubana se reflejen negativamente en los niveles de consumo básico de la población, sobre todo porque el sistema de congelación y subsidio de precios se aplica, igualmente, al pago de alquileres y créditos vinculados a la vivienda (cuyo nivel constructivo se elevó en el período 1986-1990), así como a otros servicios públicos de los que continúa disfrutando la mayor parte de la población del país.[7]

Es cierto que algunas de esas acciones de subsidio estatal consideradas como emergentes y transitorias inciden negativamente en variables de la macroeconomía (como el déficit fiscal, la disminución en la productividad del trabajo, etc.), desestimulan la participación productiva de ciertos sectores de la población y generan la existencia de mercados negros en la comercialización de productos escasos; pero también lo es que en el corto y mediano plazo, esta protección estatal a la población ha garantizado y debe garantizar la estabilidad social que ha caracterizado, en las últimas tres décadas, a la sociedad cubana.

En ésta, la solidaridad y la ética humanitaria, la cooperación ciudadana y empresarial para enfrentar las dificultades presentes o por venir, se han venido incorporando paulatinamente a los valores y a la nueva cultura generada por la Revolución. Ello evita que se ponga en peligro el funcionamiento más o menos normal de todas las instituciones sociales, no obstante, el incremento de algunas conductas de indisciplina social o francamente antisocial (como la delincuencia económica) que se han registrado últimamente.

Las medidas dirigidas a frenar esas manifestaciones antisociales, con el respaldo de la ciudadanía y con la participación del sistema de instituciones y organizaciones de la sociedad, hace que el común de los cubanos no viva la crisis económica de los últimos años como una crisis del funcionamiento de las instituciones y valores de la sociedad en su conjunto[8].

El cuadro antes reseñado se refleja igualmente en el funcionamiento del sistema político del país. Aunque la crisis económica y la adversa correlación de fuerzas que rodea a la Isla ha suscitado descontentos (no necesariamente anti sistémicos) en la sociedad cubana, al tiempo que ha estimulado la acción de la minúscula y disgregada, disidencia contrarrevolucionaria interna (respaldada de una u otra forma por los Estados Unidos) y ha reavivado las acciones de las organizaciones del exilio cubano (en particular la Fundación Nacional Cubano-Americana y la llamada Plataforma Democrática), no existe duda de que la abrumadora mayoría del pueblo continúa respaldando el ordenamiento jurídico-político del país (que tiene su base en la Constitución aprobada plebiscitariamente por casi el 98% de los electores en 1976) y al liderazgo político del Partido Comunista de Cuba, encabezado por Fidel Castro.

En el respaldo abrumadoramente mayoritario de la ciudadanía al sistema político unipartidista, que se ha consolidado en Cuba bajo el liderazgo de Fidel Castro, parecen influir, cuando menos, las siguientes razones esenciales:

1.La mayoría de los ciudadanos que hoy participan políticamente en Cuba conocen directa o indirectamente todos los problemas causados al país y a su soberanía por los esquemas demoliberales (alternados con dictaduras militares) que administraron la nación bajo tutela norteamericana por más de cincuenta años. Ni el pluripartidismo, ni la alternancia política en el gobierno, ni siquiera el tener la Constitución burguesa más avanzada de su época (la Constitución de 1940) resolvieron ninguna de las lacras que caracterizaban a la sociedad y al sistema político cubano.

2.La Revolución Cubana, el cambio del carácter clasista del Estado, abrió la posibilidad de solución a diversos problemas sociales que existían en Cuba. La nueva institucionalidad democrática, representativa y popular, creada paulatinamente por la Revolución, no obstante sus imperfecciones y deficiencias, es percibida como inmensamente superior a las formas institucionales prerrevolucionarias. La institucionalidad creada por el socialismo abrió inéditos canales al control social y al autogobierno de la sociedad y amplió a límites nunca vistos la multirrepresentación social del ciudadano común en el diseño de las políticas oficiales. De ahí que el reclamo de la sociedad cubana actual no sea la restitución de la institucionalidad prerrevolucionaria, sino el perfeccionamiento y la profundización de los canales de participación democrática presentes en el ordenamiento jurídico-político actual.

3.Las valoraciones críticas producidas por la sociedad y el sistema político cubano sobre las deformaciones burocráticas del socialismo europeo y la constatación de que las soluciones demoliberales (así como la apertura a economías de mercado) en la mayoría de esos países, lejos de resolver los problemas estructurales de dichas sociedades, terminaron agravándolos y produciendo la ingobernabilidad de buena parte de ellas y la disgregación territorial de algunas de esas naciones.

4.El análisis crítico de lo logrado y lo no logrado por las experiencias demoliberales en la mayor parte de los países del Tercer Mundo y, en especial, por las experiencias de igual carácter que se desarrollan en América Latina y el Caribe. Aunque la sociedad y el sistema político cubano reconocen en estas democracias superioridades con relación a los ordenamientos dictatoriales y autoritarios que las precedieron, no las ve como modelos aplicables a la sociedad cubana. En ello influye el reconocimiento de la precariedad e inestabilidad de tales ordenamientos políticos, determinadas por la falta de solución a la deuda social acumulada, por su incapacidad para resolver otros problemas de dichas sociedades y para garantizar la genuina soberanía en el manejo de la política estatal en la mayoría de esos países[9].

5. El criterio predominante en la mayoría de los cubanos políticamente activos de que las redobladas amenazas externas (provenientes del incremento de la agresividad estadounidense contra la Revolución y de las adversidades generadas al país por la virtual desaparición del socialismo europeo) exigen la unidad de la nación en torno al Partido Comunista de Cuba y a su líder, Fidel Castro. En sentido contrario a lo que opinan algunos analistas de la realidad cubana, la continuidad de tal liderazgo político es percibida como condición necesaria para implantar los cambios que requiere la sociedad, la economía y el sistema político del país, así como para enfrentar las dificultades que lo amenazan.

6. La ausencia de otras alternativas políticas socialmente aceptables para la solución de los diversos problemas, tanto internos como externos, que hoy enfrenta la nación cubana[10].

7. La certidumbre presente en la sociedad cubana de que los problemas de carácter externo e interno dependen, en mayor medida, de la persistencia del bloqueo norteamericano sobre la isla y otros factores como los límites físicos y estructurales que tiene la economía cubana, y no de hipotéticos cambios que se produzcan en el sistema político y económico del país.

Cuba: el reto de la reinserción en un mundo cambiado

Esta última variable nos remite a otro aspecto de la mal llamada crisis cubana: el supuesto aislamiento internacional que hoy afectaría al gobierno de dicho país, dificultando —según ciertas interpretaciones— la reintegración cubana a la economía mundial, sus negociaciones externas para resolver la crisis económica (y dentro de ella la deuda acumulada con Occidente) y la participación cubana en la mayoría de los organismos regionales.

Condiciones imprescindibles para superar ese supuesto aislamiento incluirían el que Cuba adoptara la llamada economía de mercado, aplicara oportunamente programas de ajuste similares a los de otros países del todavía denominado Tercer Mundo, implantara un modelo democrático-burgués "a la latinoamericana" o a la "euro oriental" o, cuando menos, que abandonara su régimen de partido único tal como han venido haciendo algunos estados africanos (como Etiopía o Angola).

Es evidente la falta de imaginación de los autores de tales diagnósticos y propuestas. En efecto, no sólo desconocen las condicionantes históricas, políticas y culturales concretas que han determinado y determinan el desarrollo político de la sociedad cubana actual, sino que, además, parten de magnificar los resultados obtenidos por la economía de mercado y por los ajustes ortodoxos y heterodoxos que, bajo la presión de los organismos financieros internacionales, se han venido introduciendo en la mayor parte de los países del Tercer Mundo con el supuesto propósito de promover la reintegración de dichas economías a las corrientes actuales del comercio mundial. Sus enfoques también desconocen el alto costo social y en algunos casos, también político, que han tenido dichos programas de ajuste (como es el caso de los NIC's o de algunas economías nacionales latinoamericanas) aun en las pocas naciones que han logrado rearticularse a ciertos circuitos actuales del comercio mundial o regional.

No es la intención de este artículo hacer un análisis detenido de las variables económicas, políticas y sociales, internas y externas, de aquellos pocos casos nacionales que hoy pudieran presentarse como exitosos en la reestructuración económica propuesta y en la inconclusa carrera de abrir y conservar espacios en el modificado mercado mundial. Pero al menos es necesario dejar establecido que estas rearticulaciones a los actuales circuitos del mercado mundial o regional han tenido más que ver con el empleo de ventajas económicas cooperativas en relación con ciertos espacios del comercio mundial o regional y con la gestión de nuevas complementariedades económicas en esos países, que con las características de los sistemas políticos que rigen a tales naciones.

En algunos casos (como Taiwán, Corea del Sur o Chile) dichas articulaciones a la economía regional o mundial se produjeron en contextos políticos esencialmente dictatoriales que aprovecharon el bajo costo de la fuerza de trabajo y/o aperturas más o menos indiscriminadas al capital privado extranjero, sacrificando las reivindicaciones de importantes sectores del movimiento social. Tales costos sociales son absolutamente indeseables para la sociedad y el sistema político cubano, e incompatibles con la ideología y la práctica de la Revolución Cubana.

De ahí que el actual reto para Cuba en su búsqueda de una nueva articulación con la economía mundial depende mucho más de la edificación de nuevas, y más eficientes y competitivas formas de articularse con el mercado mundial o regional, y de la consolidación de un nuevo patrón interno de acumulación (que garantice el progreso material de la ciudadanía), que de pretendidas modificaciones en su sistema político. Y esto último — dicho sea de paso— es incluso reconocido por analistas internacionales que no pueden ser acusados de tener filiaciones políticas con la Revolución Cubana[11].

Para ellos está claro que incluso si se produjera un hipotético cambio político en Cuba, el país sufriría embates económicos, sociales y políticos parecidos a los que hoy sufren las sociedades del Tercer Mundo. Y esto último porque ni los Estados Unidos, ni Europa Occidental, ni siquiera Japón estarían en disposición de ofrecerle a Cuba condiciones comerciales, crediticias o financieras que ni siquiera le otorgan a sus más estrechos aliados regionales. Si la evidencia fuera poca, merecen también observarse las vicisitudes que hoy están padeciendo los antiguos estados socialistas de Europa Oriental y la desintegrada Unión Soviética.

La convicción de que la integración cubana a la economía mundial depende más de factores de eficiencia empresarial que de cambios en su sistema político también se confirma con el análisis de los recientes desarrollos en las relaciones de Cuba con diferentes países del mundo y en particular con los de América Latina y el Caribe. No es un secreto, por ejemplo, que en la medida en que el gobierno cubano ha incentivado diferentes formas de asociación con el capital privado extranjero (especialmente con el latinoamericano), le han sido presentados cerca de dos centenares de proyectos dirigidos a la explotación conjunta de diferentes sectores de la economía nacional, como en el caso del turismo, provenientes de grupos empresariales originarios, incluso, de naciones con las que Cuba, por diferentes razones, no ha mantenido una relación fluida en los últimos años.

Las constantes visitas a Cuba de representantes de grupos empresariales de Inglaterra, Francia, Italia, España, Holanda, Canadá, México, Chile, Venezuela, Jamaica y Colombia en 1991 (junto con las más de ochenta empresas mixtas y otras formas de asociación con el capital extranjero que ya vienen funcionando en el país) constituyen referentes empíricos recientes que desmienten el supuesto aislamiento en que se encontraría el gobierno cubano.

Ello también se confirma con el constante incremento del turismo hacia la isla en los últimos años y su aporte a la economía del país, y con la multiplicidad de vínculos con el exterior que, en el campo cultural, científico, técnico, social y político se desarrollan por intermedio de diferentes actores estatales y no estatales cubanos[12].

A nivel estatal, adicionalmente, Cuba mantiene relaciones diplomáticas con más de cien naciones del planeta, continúa desarrollando una intensa actividad en todos los organismos del sistema de Naciones Unidas, así como en las organizaciones internacionales que representan los intereses de los países del mundo subdesarrollado, y en los organismos del subsistema latinoamericano y caribeño (SELA, Caricom, Aladi), en los que Estados Unidos no tiene poder de veto o en los que su capacidad de presión anticubana está disminuida.

Esta realidad se hizo ostensible con la celebración de la Primera Cumbre Iberoamericana de Guadalajara, México, y también con la participación del Presidente Fidel Castro como invitado especial, en la reunión del Grupo de los Tres efectuada en Cozumel, México, en octubre de 1991. En estas reuniones, a contrapelo de la endurecida política anticubana del gobierno de los Estados Unidos, se reconoció la necesidad de trabajar por la plena reincorporación de Cuba al seno de la familia latinoamericana.

Es cierto que en éstos y en otros eventos se han deslizado de forma más o menos explícita ciertas críticas con relación al sistema político cubano, e insinuaciones de que su permanencia constituye un obstáculo para una real convivencia continental; pero también lo es que el respeto a la soberanía y a la autodeterminación de Cuba, así como el rechazo hacia la política anticubana de los Estados Unidos, continúan siendo la actitud predominante en las relaciones de los gobiernos de la región con Cuba.

En la base de las conductas vacilantes de algunos gobiernos de la región en relación con Cuba, se encuentran sus vulnerabilidades ante las múltiples presiones norteamericanas. Reconociendo esta realidad, la diplomacia cubana ha reiterado —como un componente relativamente nuevo de su política latinoamericana— "su disposición a discutir en un foro de integración y unidad latinoamericana cualquier problema, incluyendo el debate sobre el perfeccionamiento de su sistema político (..-)"[13]

Más allá de consideraciones coyunturales, esa actitud cubana es asumida como una contribución al imprescindible proceso de unidad e integración latinoamericana y caribeña que en las nuevas circunstancias internacionales es reconocido por el gobierno cubano como imprescindible no sólo para la reinserción de Cuba en la región, sino también para que ésta pueda enfrentar los desafíos que plantea el adverso y excluyente orden mundial y hemisférico que se está prefigurando[14].

Pero esta conducta refleja también los excepcionales avances que en la década de los años ochenta y comienzos de los años noventa se han registrado en las relaciones de Cuba con América Latina y el Caribe. Sin duda, puede afirmarse que las actuales relaciones entre Cuba y las naciones que integran su entorno histórico, cultural y geográfico son las más estrechas que ha tenido en toda su historia como nación independiente.

Por otra parte, el comercio de Cuba con los países de la región registró significativos avances, en términos absolutos y relativos, en la década de los años ochenta en relación con todos los períodos precedentes, aun cuando en ese mismo lapso se observaron tendencias al estancamiento en el desarrollo del comercio intrarregional. Como se sabe, éste sólo creció en un 1 % en la década de los ochenta; al mismo tiempo, el comercio de Cuba con América Latina y el Caribe se incrementó en cerca de un 50%.

En lo que a América Latina y al Caribe atañe, los vínculos básicos de su articulación en la economía mundial están determinados de manera creciente por sus nexos con los Estados Unidos y no por las relaciones económicas intrarregionales. En cuanto a Cuba, su inserción fundamental estaba dada por sus relaciones especiales con los países integrantes del CAME. En el caso cubano esta situación ya ha cambiado. Sin negar la prioridad que continúa teniendo para el país estabilizar el comercio con algunas naciones de Europa Oriental y en particular con las Repúblicas integrantes de la Comunidad de Estados Inde-pendientes, es indudable que en la situación actual cobran importancia los vínculos económicos con las naciones del Continente. Pero tales vínculos, en últimas, aún deben superar los problemas estructurales que tiene el comercio de Cuba con América Latina y el Caribe. En otras palabras, es imprescindible la edificación de nuevas complementariedades económicas con los países de esta región que permitan superar el persistente déficit que para Cuba acumula el comercio regional[15].

En la edificación de estas nuevas complementariedades con la comunidad internacional se concentran los actuales esfuerzos cubanos. El desarrollo de la biotecnología aplicada a la industria farmacéutica y a la agricultura; la producción de equipos médicos de alta calidad (algunos de ellos vinculados al desarrollo de la informática); el desarrollo de las potencialidades de la industria turística de la Isla; la sustitución eficiente de importaciones; la consolidación del autoabastecimiento alimentario del país; la búsqueda de nuevas fuentes de energía renovables y no renovables; la diversificación de la industria azucarera; la puesta en funcionamiento de la infraestructura industrial y técnica del país, hoy paralizada o subutilizada; la reestructuración geográfica del comercio exterior cubano: tales son los verdaderos desafíos que hoy enfrenta la sociedad cubana para reimpulsar su proyecto de desarrollo.

Sería irreal afirmar que ninguno de estos retos tiene relación con el ordenamiento político del país; pero si hiciéramos abstracción de esa variable nos percataríamos de que los problemas de la economía de la Isla, sus limitaciones materiales y estructurales, continuarían siendo las mismas. En últimas, lo que está en juego en la Cuba de hoy es la capacidad del país para continuar su anhelado proceso de desarrollo autosostenido y libre de presiones foráneas.

Fue precisamente contra las lacras generadas por el neocolonialismo que, hace más de treinta años, se alzó en armas la Revolución Cubana. Todo lo logrado y lo no logrado por la sociedad cubana se inscribe en el aún inconcluso proceso de construcción de una nueva sociedad donde no existan las injusticias que han provocado el subdesarrollo en América Latina.

Y en ese orden, el socialismo que se construye en Cuba ha demostrado, no obstante todas sus insuficiencias, superioridades indiscutibles. Ello explica que para la mayoría del pueblo cubano sólo el socialismo, en la constante dinámica de su perfeccionamiento y superación, pueda resolver la mal llamada crisis cubana de nuestros días.



[1] Véase Howard J. Wiarda, "¿Le ha llegado el turno a Cuba?: Las crisis del régimen de Castro", en Problemas Internacionales, No. 1-2, Vol. XL, enero-abril de 1991.

[2] Francisco León, "La encrucijada cubana actual", en revista Cono Sur, Flacso, Chile, No. 6, noviembre-diciembre de 1991.

[3] José Luis Rodríguez, "Los cambios en la política económica y la economía cubana (1986-1989)", en Cuadernos de Nuestra América, No. 15, Vol. VII, julio-diciembre de 1990, pp. 63-81.

[4] Banco Nacional de Cuba, Comité Estatal de Estadística. Cuba: Informe económico semestral, junio de 1990.

[5] Wiarda, op. cit.

[6] En el año 1991, el 70% de la población cubana quedó amparado por las formas de atención primaria, y el índice de mortalidad infantil fue de 10.66 niños muertos por cada mil nacidos. En el mismo año, fueron declarados casi inexistentes en Cuba el sarampión, la rubéola y las paperas.

[7] En Cuba, por Ley, ningún trabajador paga más de 10% de sus ingresos básicos por concepto de alquiler o pago de créditos por la propiedad de la vivienda. El 94% de los hogares cubanos (2 millones, 400 mil viviendas) tiene electricidad. Los precios de servicios públicos y el transporte están virtualmente congelados desde hace una década.

[8] En el último año se ha venido fortaleciendo en Cuba el llamado Sistema Único de Vigilancia y Protección (SUVP) donde participan todas las organizaciones sociales, políticas y de masas que actúan a nivel territorial. Parte de sus objetivos es combatir diversas modalidades del delito económico. Para frenar el robo de productos agrícolas, por ejemplo, se han formado 2 mil 116 destacamentos armados integrados por cerca de 120 mil campesinos. Funcionan además más de 15 mil patrullas compuestas por más de 100 mil trabajadores agrícolas.

[9] Para una discusión al respecto véase Luis Suárez Salazar, "Cuba y América Latina: problemas semejantes, soluciones diferentes, en El Gallo ilustrado, México, enero 1992. También Nils Castro, "¿Qué socialdemocracia es viable? La agenda latinoamericana de hoy y de mañana", en Revista Pasos, San José de Costa Rica y Pablo González Casanova, "La crisis del Estado y la lucha por la democracia en América Latina", ponencia presentada al XVIII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología efectuado en La Habana, Cuba, del 28 al 31 de mayo de 1991. Los recientes acontecimientos registrados en Venezuela (intento de golpe militar nacionalista, crisis del sistema político, reverdecimiento del descontento y movilización popular) confirman la validez de las tesis planteadas en estos trabajos.

[10] Tómese en cuenta que desde el territorio norteamericano transmiten hacia Cuba cerca de 40 emisoras radiales contrarrevolucionarias. La más prominente es la mal llamada Radio Martí, que transmite a través de las ondas de la Voz de las Américas.

[11] IRELA, "Cuba: el desafío del cambio", en Dossier No. 27, octubre de 1990.

[12] Alberto Pozo, "¡Venga! para el bien de todos", en Revista Bohemia, año 84, No. 9,28 de febrero de 1992, pp. 38/41. Según el autor, que cita fuentes oficiales cubanas, el incremento del número de turistas que visitan Cuba permitió ingresos de 260 millones de dólares en 1988, 300 millones de dólares en 1990 y casi 400 millones en 1991. En este año —según otras fuentes— visitaron la isla cerca de medio millón de turistas: 160 mil más que en 1990.

[13] Declaración de la Asamblea Nacional del Poder Popular en su X Periodo de sesiones ordinarias de la Tercera Legislatura, en Granma, 28 de diciembre de 1991, p. 8.

[14] Fidel Castro Ruiz, Mensaje a la Primera Cumbre Iberoamericana de Guadalajara, México, julio de 1991.

[15] Para un análisis al respecto, véase Pedro Monreal, "Cuba y la nueva economía mundial: el reto de la inserción de América Latina y el Caribe", en Cuadernos de Nuestra América, No. 16, enero-junio de 1991, pp. 36-38.