Intervención de la señora ministra de relaciones exteriores de Colombia en la XXII Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos

Bahamas, 19 de mayo de 1992.

 

Ministra de relaciones exteriores de Colombia

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33-36

01/04/1992

01/04/1992

Para Colombia, y en particular para mí como Ministra de Relaciones Exteriores, es un honor el tener la oportunidad de dirigirme a ustedes, al inicio del vigésimo segundo período ordinario de sesiones de la Asamblea General de la OEA. Mi país está históricamente comprometido con los ideales de la unidad continental. Nos sentimos orgullosos de haber estado presentes en la gestación de la Organización y de trabajar siempre con convicción y ánimo constructivo por su perfeccionamiento y evolución.

Hoy nos hacemos presentes en esta asamblea, convencidos de que los tiempos que corren hacen aún más necesario el reconocimiento de nuestra ineludible responsabilidad colectiva en garantizar la paz, la democracia, la seguridad, el bienestar y el progreso de las gentes de América. Tenemos ante nosotros el reto de hacer que el continente americano signifique mucho más que una simple y fortuita referencia geográfica. Trabajemos para que algún día, ser ciudadano de las Américas sea sinónimo de vivir en libertad, sin la amenaza del autoritarismo, el racismo o la arbitrariedad; que signifique tener oportunidad, sin el asedio del hambre y la pobreza; que represente tranquilidad y bienestar, sin la sombra del narcotráfico, la drogadicción y el terrorismo; y que — ante todo— ofrezca unidad, sin el espectro de los conflictos, las rivalidades y los enfrentamientos entre los pueblos hermanos. A eso hemos venido a esta hermosa tierra de Bahamas. Éste es el ideal que queremos impulsar.

Esta asamblea se reúne en momentos de incertidumbre. En el panorama político continental de aprecian preocupantes fenómenos y procesos. No ha terminado de asentarse aún la euforia que despertó el regreso a la democracia en América Latina y la posibilidad de un nuevo orden internacional, cuando nuevamente se oye el ruido de los sables y se respira el olor a pólvora en la región.

Cuando más vigorosa se percibía la corriente democrática, han aparecido evidentes y preocupantes síntomas de deterioro en el clima de libertad y pluralismo, que con grandes esfuerzos se logró construir en la última década. Hace un año, en Santiago, nos comprometíamos con la democracia. Hoy, esa misma democracia está amenazada.

No se trata de un fenómeno aislado. Primero fue en Surinam, después en Haití. Luego el criminal y descabellado intento golpista en Venezuela. Más recientemente, en el Perú. Hay síntomas de inestabilidad y descontento en otras partes de la región. Estamos presenciando una peligrosa generalización de los factores de perturbación de la estabilidad política y de la vigencia de las libertades públicas.

Ciertamente podemos y debemos expresar el más enérgico rechazo a los desmanes autoritarios de militares y civiles. Ciertamente tenemos la obligación moral de actuar severamente para impedir la consolidación de los regímenes de hecho, hasta donde el derecho internacional y el respeto a la soberanía de los Estados lo permita. Ciertamente no podemos ahorrar esfuerzos para defender a las víctimas de los atropellos y de las violaciones de los derechos humanos.

Pero todo ello será insuficiente, todo ello no pasará de ser un gesto desesperado y un recurso de última hora, si al mismo tiempo no se construyen día a día los fundamentos económicos, sociales, políticos e institucionales indispensables para garantizar la permanente vigencia de la democracia y la cultura de la libertad. Hagamos entonces de esta asamblea una ocasión, no sólo para examinar fórmulas que reviertan los hechos cumplidos, sino también para abrir caminos de acción que permitan la derrota definitiva de los verdaderos enemigos de la democracia.

La pobreza y el deterioro del nivel de vida de los sectores más pobres de América Latina y el Caribe se constituyen en una verdadera amenaza para la estabilidad democrática regional. ¿Cómo pueden ser firmes defensores de la libertad quienes sólo han recibido penuria y sacrificio por parte de la democracia? Será mucho más difícil conseguir la solidaridad de los ciudadanos con los gobiernos si no luchamos paralelamente para que los más pobres tengan un mayor acceso a los beneficios de la prosperidad.

En ese contexto, a Colombia le preocupa de manera especial la situación en América Central. Esta zona del continente, después de haber sufrido los rigores de más de una década de conflictos, guerras civiles, de sangre y violencia, se prepara para iniciar una nueva era de paz y democracia. Pero así como bajo los auspicios de la llamada Guerra Fría se vió a los países industrializados movilizar diligentemente sus recursos para la guerra, hoy no vemos igual entusiasmo para apoyar la paz, la reconstrucción económica, política y social de Nicaragua, El Salvador y Panamá.

Centroamérica, como el conjunto de América Latina y el Caribe, está viviendo las difíciles circunstancias sociales que genera el acelerado deterioro de los precios internacionales de los productos básicos de exportación. Más de quince millones de campesinos que viven del café en nuestro hemisferio han perdido cerca del sesenta por ciento del ingreso que les generaba esa actividad. Hoy en día se encuentran en circunstancias dramáticas: se ven forzados a abandonar los cultivos y sumirse en la pobreza.

Colombia quiere reiterar aquí su llamado para que los países consumidores y productores de café encuentren las fórmulas necesarias que permitan un pronto restablecimiento del Acuerdo Internacional del grano. Estoy convencida de que muy pocas medidas tendrían tan amplio, rápido y real impacto en la consolidación de los fundamentos económicos y sociales de la democracia en América Central y prácticamente en toda la región.

No menos inquietante es el resurgimiento de las tendencias proteccionistas y contrarias al libre comercio en muchos de los países industrializados. Los subsidios a la producción agrícola, sumados a restricciones de acceso a aquellos mercados donde las naciones en desarrollo tienen reales ventajas competitivas, se constituyen en serios obstáculos para el progreso de los pueblos de América Latina y el Caribe.

Es una paradoja inaceptable que, precisamente cuando nuestras naciones han entendido las ventajas de la libertad económica, de la iniciativa privada y del libre juego de las fuerzas del mercado, y cuando estamos comprometidos en ambiciosos programas de reforma económica, el mundo desarrollado marche en contravía con la historia y con el equilibrio necesario para llevar a cabo felizmente esta revolución económica.

En un acto que demuestra sensatez política y una comprensión adecuada del cambio en nuestra región, los Estados Unidos han lanzado la llamada Iniciativa para las Américas. Su propósito de contribuir a la construcción de un continente integrado por el libre comercio y ligado por los valores democráticos compartidos, es muy positivo. Desde los tiempos de la Alianza para el progreso no se sentía tanto entusiasmo por el futuro de las relaciones Norte-Sur en las Américas.

Desafortunadamente las expectativas han marchado más rápido que las realidades. La Iniciativa para las Américas no progresa a un ritmo que pueda satisfacer los anhelos de libre comercio e integración. Es el momento de hacer un llamado a los Estados Unidos, no sólo a su gobierno sino también a su Congreso, a sus empresarios y a su opinión pública, para que comprendan la trascendencia que tiene esta propuesta en la consolidación de la democracia, en la modernización económica y en el progreso social del continente.

La Iniciativa para las Américas es también un reto para las relaciones comerciales entre los países latinoamericanos. No podemos avanzar cada uno por nuestro lado en el libre comercio con los Estados Unidos mientras, simultáneamente, mantenemos murallas infranqueables que impiden la integración entre nosotros. Es hora de poner en marcha un ambicioso proyecto de liberación comercial entre las naciones de América Latina y el Caribe.

La plena vigencia de los derechos humanos es el fin último de la democracia. En respeto absoluto a las libertades fundamentales de la persona humana reside la base de una sociedad pluralista, armónica, justa y en paz.

Colombia, pese a sufrir los embates del terrorismo y de la violencia asociada al narcotráfico, reafirma su total compromiso con la protección, promoción y defensa de los derechos humanos. Es por ello que el gobierno del presidente Gaviria promovió una reforma constitucional que amplía los derechos ciudadanos y crea nuevos instrumentos para protegerlos.

Es por ello también, que, en el seno de la Organización, Colombia ha apoyado activamente a la Comisión y a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Los resultados del trabajo realizado por ellos y la necesidad de hacer su gestión cada vez más eficaz, más constante y profunda, sugieren la conveniencia de estudiar un conjunto de reformas a la Convención Interamericana de Derechos Humanos. Parecería que ha llegado la hora de evaluar detenidamente la creación de un Alto Comisionado Interamericano de derechos humanos, de carácter permanente, apoyado por una infraestructura eficiente y debidamente dotada.

No se puede hablar de las perspectivas de la democracia sin contemplar una de las mayores amenazas para la integridad social, la paz y el bienestar en las Américas. Me refiero al problema de la droga. Han quedado atrás los tiempos en que este flagelo de la humanidad se veía como algo que afecta a uno, o unos pocos países consumidores y productores. Los tentáculos de este ilegal negocio avanzan envolviendo nuestro continente. Someter a los narcotraficantes a la justicia y desmantelar sus organizaciones en un solo país, como lo ha hecho con firmeza Colombia, no es suficiente. La lucha contra la droga y todas sus nefandas secuelas, es una responsabilidad colectiva que ningún país del hemisferio puede evadir.

Quiero reiterar el mensaje del presidente César Gaviria. Es necesario un llamado de alerta. Nadie está exento de las consecuencias del narcotráfico y la drogadicción. Para echar raíces, la droga sólo necesita de un terreno abonado por la indiferencia y la tolerancia.

Sin embargo, son alentadores los progresos alcanzados en la lucha multilateral y conjunta contra las drogas. La Cumbre de San Antonio, llevada a cabo en seguimiento de la primera cumbre en Cartagena de Indias, no sólo contó con la presencia de tres nuevos países, sino que también adoptó un programa para la acción que representa un avance decisivo. Colombia quiere invitar a todas las naciones del hemisferio a estudiar esas recomendaciones y a unirse a esta batalla común.

No menos destacada ha sido la labor de la Comisión Interamericana para el Control y el Abuso de las Drogas. Con dedicación y vigor técnico, la CICAD ha conseguido armonizar criterios e impulsar acciones en el control de químicos precursores, el lavado de dinero, la lucha contra el consumo y la cooperación regional. Colombia desea dejar clara constancia de su pleno respaldo a las actividades de la CICAD, y de su compromiso de continuar colaborando con la gestión.

El señor presidente de Colombia ha propuesto como meta para el hemisferio, erradicar el mal de la droga del continente, antes del inicio del próximo siglo. Hoy queremos reiterar esa iniciativa. Hagamos de la década de los noventa el decenio en que América será liberada para siempre de las garras de la droga. Que nuestros hijos y nietos sepan del narcotráfico por los libros de historia. Que las drogas no sean más que una pesadilla que sólo existe en la memoria de sus padres y abuelos.

Otro tema que requiere una acción colectiva y urgente es el de la protección del medio ambiente. En esta última década hemos aprendido que no importa cuán acertadas sean las estrategias nacionales y las políticas de protección, el deterioro ambiental escapa de las fronteras para convertirse en un verdadero problema de alcance hemisférico y global.

Mi país tiene la esperanza de que la llamada Cumbre de la Tierra, que se realizará próximamente en Rio de Janeiro, sea el comienzo de una real y eficaz cooperación interamericana y mundial para la protección del medio ambiente y el desarrollo. Tenemos confianza en que las diferencias que aún persisten entre los países industrializados y las naciones menos desarrolladas podrán conciliarse.

Por último, quiero traer a consideración de la Asamblea los temas del armamentismo convencional y del tráfico ilegal de armas. Paradójicamente, el fin de la Guerra Fría —que trajo para los países del Norte los beneficios del desarme nuclear y convencional— ha significado para los países del Sur un recrudecimiento del armamentismo y de la venta irregular de armas. Como diríamos las mujeres, las armas en sale.

Los arsenales ociosos de Europa Oriental, de África, de América Central, ya aparecen en otros países, alimentando peligrosamente los conflictos existentes e incrementando la capacidad de fuerza del terrorismo y del crimen organizado.

Así como se señala la responsabilidad que los Estados y Gobiernos tienen en los países en los que se cultivan y producen drogas ilegales, también aquí cabe señalar la obligación moral que recae sobre las naciones que sirven de proveedores de armas. La OEA no puede estar al margen de este fenómeno. Es indispensable emprender acciones jurídicas y prácticas para establecer un control efectivo de la venta fraudulenta, irregular e ilegal de armamentos, explosivos y comunicaciones que terminan en las manos de los enemigos de la democracia.

Señor presidente:

El hecho de que esta Asamblea se lleve a cabo en estas cálidas tierras de Bahamas, a donde Cristóbal Colón llegó por primera vez en la madrugada del 12 de octubre de 1492, tiene un especial significado.

Estos tiempos de cambio e incertidumbre son ante todo épocas de oportunidad. Son muchos los problemas comunes. Muchos los retos que hay que superar. Todos ellos conforman una agenda que sólo se puede afrontar si asumimos con valor nuestra responsabilidad colectiva. Se equivocan quienes creen que al terminar la Guerra Fría no existe una misión para la OEA y para el trabajo conjunto de las naciones de esta América. Tenemos la más ardua, pero quizás la más hermosa de las tareas. Tenemos la obligación inapelable de garantizar el mañana.

Muchas gracias.