Inseguridad: la condición humana
Sir Crispin Tickell
es
24-32
01/10/1992
01/10/1992
Discurso pronunciado en la Universidad de los Andes.
Hoy quisiera hablarles del contexto más amplio en que se encuentra el mundo. Quizá piensen ustedes que he escogido un tema curioso para esta disertación. Pero la búsqueda de la seguridad es un aspecto importante del mundo en que vivimos. Desafortunadamente buscamos lo que no existe. Recuerdo que cuando manejaba los asuntos de control de armas en los años setenta, el gobierno soviético elevó las nociones de una irrevocable disminución de tensiones y asimismo de una irrevocable seguridad, a principios de relaciones exteriores. Hoy en día aún persisten vestigios de este tipo de ilusión. Todavía en 1990 discutía con los rusos acerca de si realmente podría existir la seguridad, esta vez la seguridad ambiental.
Debemos ser realistas. Constituimos una entre los millones de especies animales en un mundo peligroso. Nuestro planeta se encuentra indefenso ante el riesgo constante, como bien lo demuestra el pasado: desde la radiación del espacio cercano y lejano hasta los impactos de meteoritos, asteroides y corpúsculos siderales. Todos están enterados del objeto que probablemente se estrelló contra la península de Yucatán en México hace alrededor de unos 65 millones de años y causó la abrupta conclusión del dominio de la familia de los dinosaurios, que había perdurado en sus varias formas durante más de 100 millones de años. Menos personas tienen conciencia del ruidoso arribo de un pequeño objeto negro y cálido a los pies de un funcionario público jubilado en su pueblo, en Inglaterra, el año pasado.
Luego siguen los riesgos en la Tierra: esos grandes eventos volcánicos como la erupción de Santorini hace aproximadamente unos 3.600 años, que contribuyó al fin de la civilización minoica; el de Tambora en 1815, que condujo a un año carente de verano; así como el de Pinatubo el año pasado, que aún está causando atardeceres en "tecnicolor". Para los humanos, que tienen una duración de vida muy corta, los procesos de cambio ambiental manifiestos en la variabilidad climática, parecen interminablemente lentos. Sin embargo existen, claro está, fluctuaciones dramáticas de las cuales la más importante para nosotros fue la última glaciación que se terminó hace unos 12.000 años. El calentamiento entonces, como la congelación que lo precedió miles de años antes, pudo haber sido rápido, una cuestión de uno o varios siglos. Condujo a la inmensa multiplicación de nuestro género: de menos de 10 millones de personas a más de 5.300 millones hoy día. La tasa de incremento actual es superior a los 90 millones por año.
Como otras especies del reino animal, nos adaptamos al medio ambiente existente y esto siempre ha sido así. La adaptación ha sido con frecuencia dolorosa. Ha tenido lugar a través de los procesos naturales de selección y mutación, en ocasiones utilizando instrumentos como la enfermedad, la hambruna y la competencia por recursos, ya sea la buena caza, los suelos fértiles, el agua fresca, los depósitos minerales, o más recientemente la energía de la luz solar almacenada en forma de carbón y petróleo.
El conflicto dentro y fuera de las comunidades es por lo tanto endémico. Cuanto más grande sea la presión sobre los recursos, más probable será la utilización de la fuerza. La organización de las comunidades en Estados, en muchos casos ha llevado a la consagración de las fuerzas armadas como símbolo de condición de Estado. A veces también es una expresión de compromiso ideológico. Hombres marchando, el terror de las caballerías y tanques, o el estallido más grande de todos —las armas nucleares— son, a su manera, el icono del Estado. Con razón, son los países más jóvenes —aunque los más pobres— con la necesidad de proclamar su independencia como nación, los que gastan proporcionalmente más en lo que de manera eufemística se denomina defensa. En dichos países hay más soldados que maestros.
Todos, a excepción de los últimos tres años de mi vida profesional (que va de 1954 a 1990), los pasé en el período glaciar de la guerra fría. Hoy día, con la fusión de los glaciares ideológicos, podemos ver qué yace debajo de ellos. Algunas cosas las sabíamos, otras son nuevas. Igualmente podemos darnos cuenta de la artificialidad del orden creado por la larga helada. Aún existen muchos témpanos de hielo flotante a la deriva, peligrosos recuerdos de un pasado muy reciente. Nos hemos trasladado a nuevos medios políticos desconocidos, en algunos casos sorprendentes, en otros alarmantes, en todos desafiantes. Tal vez sea demasiado prematuro discutir los principios generales del orden que sin duda seguirá. No obstante ya podemos aducir que los problemas se verán muy diferentes, aunque sus cimientos, ya sean visibles o invisibles, permanezcan iguales.
El último gran cataclismo, claro está, fue la segunda guerra mundial. Su conclusión llevó a la creación de las Naciones Unidas y de un Consejo de Seguridad, cuya misión era mantener la paz y la seguridad internacional. Como bien sabemos dicha misión fue difícil de desempeñar. Desde 1945 ha habido más de 150 guerras, la mayoría en países pobres. Si hubo un período glaciar entre el Este y el Oeste, con disminuciones una que otra vez entre los países industrializados, la tierra aún seguía girando sobre su eje de Norte a Sur. Los antiguos países pobres de la colonia buscaron restablecer el equilibrio de la economía mundial y disfrutar de una condición más cómoda. Existía cierta competencia por sus favores y ésta a menudo se expresaba en el suministro de armas y en una nueva retórica sobre el "desarrollo", sin decir precisamente lo que esto significaba. Se apiñaron en grupos tan poco consistentes como el Movimiento de los No Alineados, o el G-77, y recalcaban sus exigencias de ayuda, o por lo menos la comprensión, a los países industrializados. Por su lado, éstos, todavía preocupados por sus propias divisiones, fueron lo suficientemente sabios como para no dejar que dichas diferencias se convirtieran en la catástrofe de una gran guerra entre ellos.
Cuando llegué a Nueva York en mayo de 1987 como representante permanente británico ante las Naciones Unidas, encontré que este estereotipo del mundo cambiaba rápidamente. La vehemencia de las discusiones ideológicas entre el Este y el Oeste había cesado. En efecto, se había tornado necesario que los países occidentales, en su propio interés, ayudaran a Europa Oriental y a la Unión Soviética. Si bien uno de los superpoderes había entrado en un callejón sin salida, el otro tenía relativamente menos poder, con obvias debilidades internas. La Comunidad Europea y Japón habían comenzado a aumentar su riqueza e influencias. El movimiento de No Alineados empezaba a desmoronarse y su lugar lo estaban ocupando las agrupaciones regionales. América Latina tenía una nueva percepción de sí misma. Se hacían esfuerzos por redefinir el desarrollo. Existía una crisis continua en el Medio Oriente, donde Israel sigue siendo una intrusión en un mundo árabe hostil, y otros países islámicos, Irak e Irán, buscaban tierras y lo que yacía debajo de ellas. En el mundo en general había surgido todo un nuevo conjunto de problemas. Con él llegó una nueva agenda global, incluyendo los temas estipulados en el informe de la Comisión Brundtland sobre el Desarrollo y el Medio Ambiente, publicado ese mismo año. Como ocurre con frecuencia en los asuntos internacionales, los procesos nuevos, una vez establecidos, comenzaron a acelerarse. Cuando me retiré de las Naciones Unidas, en septiembre de 1990, en efecto ya era otra la geografía.
Ahora quisiera volver atrás y mirar las cosas con una perspectiva más amplia. He aquí algunos puntos sencillos:
•En los últimos 2.5 millones de años, la Tierra ha estado en un período glaciar. El ritmo, más o menos, es de 100.000 años de glaciación y entre 10.000 y 15.000 años de intermedio cálido. Nosotros estamos en la segunda parte del último intermedio.
•Los últimos 10.000 años han visto toda clase de civilizaciones.
•En los últimos 250 años, la revolución industrial ha cambiado la faz del planeta. Esto está basado en un consumo sin precedente de los recursos naturales.
• Los últimos 20 años han visto una creciente conciencia de las consecuencias. Somos tal vez la primera generación en ver el lado oscuro de la revolución industrial.
¿Cuáles son sus consecuencias? En los países que la promovieron, ha habido un asombroso incremento en el nivel de vida. La opulencia económica se incrementó a una tasa casi increíble durante la mayor parte de este siglo. En 1900 el producto interno bruto global era aproximadamente de US$ 600 mil millones. En 1960 se encontraba en US$ 5 billones, y casi alcanzaba los US$ 17 billones en 1988. Dicho crecimiento era sumamente desigual: de los US$ 17 billones, cerca de US$ 15 billones provenían de los países industrializados (que corresponden al 23% de la población mundial) y cerca de 2 billones, del resto del mundo (el 77% de la población).
A finales del siglo XVIII Malthus escribió sobre la relación entre los recursos y la población y el desastre que seguiría al desequilibrio entre los dos. Su manera de calcular pudo estar equivocada. Cada vez que se ha llegado a un punto crítico, hasta ahora hemos podido encontrar maneras de evadir o esconder el problema. Tal vez el último fue la revolución verde. Desafortunadamente esto no significa que podamos ser igualmente hábiles en el futuro.
El éxito de los países industrializados se basaba en su habilidad para alimentar sus poblaciones en crecimiento. Cada uno tuvo una revolución agraria antes de una industrial. A otros no les ha ido tan bien. Para el año 2025, el total de la población mundial será superior a los 8 mil millones. Sin embargo la habilidad para alimentar dicha población está en duda: el desplazamiento del campo a la ciudad complica enormemente la situación, y las perspectivas de cualquier incremento sustancial del nivel de vida, en los países sin recursos y la experiencia de la industria, son meras ilusiones.
Aun si los recursos fueran ilimitados, la condición de la vida, es decir el medio ambiente, seguramente se deterioraría y ya lo está haciendo. Debemos mirar los efectos de la revolución industrial sobre la tierra, el mar y el aire.
El cambio más significativo en el uso de la tierra no ha sido el esparcimiento de ladrillos, piedras, concreto, casas, fábricas y calles, sino la aceleración de la destrucción de la capa forestal y la declinación de la fertilidad de los suelos. Según las cifras que acaban de ser publicadas por el Instituto de Recursos Mundiales, más del 10% del suelo mundial que produce vegetación ha sufrido una degradación de moderada a extrema, debido a las actividades humanas desde 1945. La totalidad de la tierra afectada es más o menos del tamaño de India y China juntas. Aunque la capa forestal se está incrementando un poco en los países industrializados, su destrucción en otras partes junto con la pérdida de especies es tal, que podría cambiar el ecosistema global. Cualesquiera que sean las diferencias en las diversas partes del mundo, la consecuencia total es que los seres humanos están consumiendo el capital de los recursos de la tierra, en vez del ingreso derivado de ellos.
El agua fresca es un problema especial. El uso global del agua se duplicó entre 1940 y 1980, y se espera que lo vuelva a hacer para el año 2000. El 97% del agua del planeta es agua de mar y del otro 3 %, el 2 % se encuentra en forma de hielo en los polos. El 1 % restante ya tiene una demanda excesiva, no sólo para la agricultura y el consumo humano, sino también para la industria. Muchos países ya sufren de severa escasez y sequía. La competencia por el agua ha sido una de las principales fuentes de conflicto en el pasado y seguramente continuará siéndolo en el futuro; por ejemplo los conflictos en el Nilo, que atraviesa cinco Estados, cada uno de los cuales planea extraer mucha más agua, sin tomar en consideración el abastecimiento por parte de Etiopía y Uganda.
Igualmente existen los efectos directos de la industrialización: la contaminación y los recientes accidentes han demostrado el carácter internacional de los riesgos industriales. Dentro de la enorme extensión de tierra que tiene la Unión Soviética, alrededor de un 16% fue recientemente declarado zona de desastre ecológico por los científicos rusos. La contaminación en Europa Oriental. Tal vez sea la peor del mundo. No obstante, cada país industrializado tiene sus propios problemas de contaminación que directamente tocan la calidad de la vida.
Los desastres nucleares inspiran un horror especial. La precipitación radioactiva en la atmósfera debida a Chernobyl, fue cincuenta veces mayor que la de Hiroshima. Europa es una de las áreas más pobladas del mundo y un accidente de una magnitud comparable podría, si el viento estuviera soplando en la dirección equivocada, perjudicar a largo plazo tanto a la gente como a la tierra. Sin embargo existen dieciséis centrales eléctricas del tipo de Chernobyl en Europa Oriental y Rusia Occidental, y algunas son notoriamente inestables. De los tres principales riesgos nucleares, la seguridad es el que se podría mejorar enormemente; pero hasta ahora no existe una solución verdaderamente satisfactoria al problema de eliminación de desechos y pocos quieren la proliferación de armas nucleares.
Es grave la contaminación marina, pero no es una fuente de conflicto inmediata. Pero la competencia por los recursos pesqueros y una vez más el carácter transnacional de la contaminación, hace que los mares sean una fuente importante de disturbios en el futuro.
Luego vienen los problemas de la atmósfera. La precipitación acida es un problema para aquellos que están a sotavento de las industrias; sin embargo es más un problema local o regional y se puede solucionar si existe la voluntad política para hacerlo.
La disminución de la capa de ozono es mucho más grave. Las moléculas "milagrosas" conocidas como cloro fluoro-carbonos y halógenos (para uso como refrigerantes, desodorantes, extinguidores de incendios, etc.) han venido disminuyendo la pantalla protectora que previene que la radiación ultravioleta de onda corta alcance la superficie de la tierra. El deterioro del metabolismo humano (por ejemplo el melanoma) nos puede parecer alarmante, sin embargo el problema fundamental para el planeta podría ser el de los efectos sobre los organismos críticos en la secuencia en que cada uno se alimenta del inferior, incluyendo el foto plancton en los océanos.
El calentamiento global, por intensificar el efecto natural e indispensable de invernadero, podría afectar casi todos los aspectos de la sociedad humana. Acaban de confirmarse las principales conclusiones del Panel Intergubernamental sobre el Cambio del Clima, publicadas en 1990. Sobre la hipótesis de que si continuamos vertiendo a la atmósfera monóxido de carbono, metano, óxido nitroso y otros gases que retienen el calor de la luz solar en la superficie de la tierra, a la misma velocidad de incremento actual, habrá un alza en la temperatura media global de aproximadamente 0.3QC por década, llegando a un alza general de 2.5QC para cuando el monóxido de carbono atmosférico se duplique, como se espera, hacia mediados del próximo siglo. Tal vez parezca poco. No obstante, la temperatura media global era tan sólo 5Q menos en la época del último período glaciar.
Las variaciones regionales serían extensas, con una redistribución general de los patrones meteorológicos, en ocasiones con drásticos efectos locales. Por lo tanto tal vez no habría cambios en el ecuador, pero la capa de hielo y nieve hacia los polos se vería sustancialmente reducida. Algunas áreas, como el Oeste Medio de los Estados Unidos y la cuenca del Mediterráneo, podrían volverse más secas, pero en general habría más precipitación, especialmente en áreas que están sujetas a los monzones. Los efectos sobre el océano, así como los efectos del océano sobre la atmósfera, son más difíciles de determinar. Los niveles del mar aumentarían, como lo han hecho antes, debido a la expansión térmica y a la fusión del hielo, como también podría cambiar la actual distribución de corrientes. Un resultado paradójico podría ser una Europa Occidental más fresca si la corriente del Golfo de México cambiara de dirección.
Claro está que existen muchas incertidumbres, pero ninguna, ya sea sola o en conjunto, cambia los principales pronósticos. Dentro de las incertidumbres están las variaciones en la radiación solar, las nubes y el ciclo hidrológico, el papel de los océanos como especie de termostato, el ciclo del carbono, y el comportamiento de las capas de hielo polar y el hielo marítimo.
He dejado para el final las consecuencias de la revolución industrial sobre las otras formas de vida. La biodiversidad, o la variedad de vida, se encuentra bajo un ataque grave y continuo. Como muchas otras especies del reino animal, hemos cambiado el medio ambiente para satisfacer nuestras necesidades. Los efectos sobre los otros organismos han sido devastadores. En efecto, pueden compararse con desastres anteriores en la historia de la Tierra; la eliminación del 90% de las especies a finales de la época pérmica, o la famosa extinción a finales de la época cretácea. Desde el fin de la última glaciación, ha habido una pérdida incalculable; sin embargo los cálculos actuales sugieren que en el próximo cuarto de siglo, tal vez estará en grave peligro una cuarta parte de la biodiversidad que queda en el mundo.
La destrucción de una especie puede causar profundos cambios en todo el ecosistema. Los antiguos equilibrios se pueden ver seriamente afectados. Algunos cambios podrían ser rápidos, como la evolución de nuevos virus y bacterias; otros podrían ser muy lentos, como el remplazo de dinosaurios por mamíferos en la época paleocena y eocena a lo largo de millones de años. Claro está que una vez destruida una especie, ésta se ha ido para siempre. Como bien se ha dicho: "La muerte es una cosa; el fin del nacimiento es otra".
La mayoría de las pérdidas actuales resultan de la destrucción de la selva húmeda tropical y en menor grado, de los arrecifes coralinos. Dichos bosques cubren sólo un 7% de la superficie terrestre del planeta pero contienen por lo menos el 50% de sus especies. Al disminuirse las otras especies, la nuestra se incrementa. Los seres humanos hoy en día utilizan, desperdician o se apropian de alrededor de un 40% de toda la productividad primaria neta, con todo lo que esto implica para las otras especies y sus sistemas para mantenerse con vida.
Dichos cambios son impulsados por dos fuerzas principales: el consumo de recursos por los países industrializados cuyos niveles de vida, reales o supuestos, son un modelo para los demás; y la presión ejercida sobre los recursos en otras partes, a través de la pobreza, la mala adaptación, el mal manejo y el incremento en la población. La mayoría de los economistas aún están reacios a comprender que la tierra tiene recursos limitados y que la riqueza yace tanto en el capital social, que produce un ingreso de generación en generación, como en las vulgares nociones de crecimiento, que a menudo implican un deterioro de la base de recursos naturales. Por lo tanto en muchos países industrializados, el consumo y el desecho aún se conservan como virtudes; y en otros lugares, tales recursos renovables como los bosques, son tan poco renovables como el carbón, el petróleo o el gas natural.
Estas diferencias fueron especialmente evidentes durante los preparativos para la Cumbre de la Tierra que se realizó en Rio en el mes de junio. Los países industrializados tienden a pensar que los problemas del medio ambiente son asunto de los demás. Se les olvida que son directa o indirectamente responsables del problema (por ejemplo, producen el 70% de las emisiones de carbón generadas por el ser humano, de éste un 23% es por parte de los Estados Unidos únicamente); sus patrones de consumo, que son una causa de raíz, hasta ahora no han cambiado; carecen de credibilidad por no dar un ejemplo de refrenamiento y por seguir pregonándoselo a los demás; son tan culpables como cualquier otro por continuar utilizando instrumentos económicos y métodos de pensamiento que no toman en cuenta la dimensión del medio ambiente.
Por su parte los países no industrializados creen —en mi opinión erróneamente— que tienen a los países industrializados bajo la férula: de alguna manera perciben una ganga en la cual canjean una medida de refrenamiento ambiental por enormes cantidades de apoyo, perdón de sus deudas y nuevos términos de comercio. Ellos son igualmente culpables, aunque de manera más perdonable, de utilizar análisis y políticas económicas que son obsoletas. Puede que aún vean la inquietud en los países industrializados sobre el medio ambiente, como una trampa para retrasar su desarrollo y mantenerlos en una pobreza servil.
Es mi opinión que ambos tipos de países están equivocados. La división entre ellos es artificial. El ambiente les concierne a todos y así mismo el desarrollo. Los intereses que comparten son mucho más grandes que los que los dividen. Aún más importante, el cambio en el ambiente los afectará a todos; sin embargo, causará más daños a los países pobres que a los ricos.
Los pobres son sumamente vulnerables. La mayoría se encuentra en zonas que se han visto afectadas por pequeños cambios en el clima. Carecen de recursos, ya sean naturales o técnicos, para reaccionar al cambio. A menudo se encuentran sin estructuras gubernamentales o administrativas capaces de organizar la adaptación. Por contraste, con el tiempo un gran número de países industrializados se las podrá arreglar. No obstante, podrían difícilmente prosperar en un mundo empobrecido, cuando serían una proporción menor de la población y donde serían vulnerables a la invasión, infiltración y a la creciente contaminación de los demás. La pobreza y la riqueza no pueden permanecer juntas mucho tiempo. El interés global lo comparten los gobiernos, las comunidades y los individuos. Sin embargo los que más lo necesitan son los pobres.
Es obvio que en este complejo de asuntos tenemos todas las potencialidades de un mayor conflicto entre los estados, pueblos y comunidades. Puede que se obtenga un dividendo de paz como producto del fin de la carrera armamentista entre los principales países industrializados: pero en otras partes no hay indicios de ella. Al derretirse el hielo ideológico se ha levantado el peso que había suprimido los nacionalismos locales, así como los resentimientos y conflictos intercomunitarios. Para el historiador es tal vez asombroso lo duraderas y profundamente arraigadas que son estas antiguas animosidades.
El cambio ambiental, en la forma de nuevas presiones sobre recursos, podría empeorarlas. Existen obvios catalizadores. El incremento de poblaciones, cuando se combina con el deterioro de la primera capa del suelo y cambios en los patrones del clima, ya es una de las primordiales causas de inestabilidad en África. También existe la posibilidad de incremento en el nivel del mar. Una proporción sustancial de la población habita en las tierras bajas, que se inundarían o estarían propensas a mareas altas u olas de tempestades. También se verán afectados los acuíferos subterráneos y los suministros de agua fresca.
No tendría sentido tratar de calcular todas las consecuencias. Sin embargo, dos sobresalen por su importancia. Primero, debemos esperar un gran incremento en el desplazamiento humano. En 1978 hubo alrededor de 5 millones de refugiados políticos en el mundo. Para 1989 la cifra había aumentado a 14.5 millones por la misma razón. Creo que ahora existen más de 17 millones. Si añadimos aproximadamente 10 millones de refugiados ambientales o emigrantes económicos, significa que en la actualidad hay más de 25 millones de refugiados en todo el mundo. Con la disolución de los actuales patrones de vida, ese número aumentaría dramáticamente. No es extravagante calcular que con el incremento en la población mundial a 8 o 10 mil millones, la tasa de refugiados podría elevarse desproporcionadamente con alarmantes consecuencias para la integridad de la sociedad humana en conjunto.
Igualmente, habría más riesgos directos para la salud humana con los cambios existentes en los patrones de enfermedad. Tanto la temperatura como la humedad son puntos críticos para la habilidad de multiplicación de los virus, bacterias e insectos. Por lo tanto veríamos la propagación de enfermedades que habíamos pensado que estaban bajo control o erradicadas; la contaminación de suministros de agua; un incremento en el cáncer de la piel, melanomas y cataratas debido a la disminución en la capa de ozono en la atmósfera; un empeoramiento de los problemas respiratorios debido al smog petroquímico en las áreas urbanas; la desnutrición y enfermedades relacionadas con la pobreza; así como la propagación de nuevas e imprevisibles enfermedades (como la sífilis en el siglo XV o el sida en nuestra época). Tampoco deberíamos olvidar que con la pérdida de biodiversidad, sería menos fácil aprovechar el mundo natural para conseguir los componentes de drogas útiles para salir adelante con los cambios en las colonias de organismos bacteriales y virales.
He reunido algunas cifras dramáticas para la galería de una cámara de horrores. Algunas pueden ser más aterradoras que otras. Sin embargo espero que estén de acuerdo en que a pesar del ingenio de nuestra especie animal, la mayoría parece muy real. Si la inseguridad ha sido nuestra condición en el pasado y es nuestra condición en la actualidad, seguramente será nuestra condición en el futuro. ¿Hay algo que podamos hacer para disminuirla?
Francamente, lo dudo. No obstante hay tanto en juego, que por lo menos deberíamos intentarlo. Nuestra habilidad para matar y mutilarnos los unos a los otros, así como para dañar el sistema de vida de nuestro planeta, ha creado un reto único para ésta y futuras generaciones. Cualquier respuesta a dicho reto deberá incluir desde la mente del individuo y el comportamiento de los gobiernos, hasta el funcionamiento colectivo de las instituciones internacionales.
Cambiar pensamientos es lo más difícil. Pero si existe algún mensaje en esta disertación, es que el modelo que tenemos de este mundo ya no encaja. Está repleto de anomalías e inconsistencias y necesita de un reemplazo con urgencia. Por el momento dejo a un lado asuntos tan trillados como la soberanía nacional, los derechos humanos, o los varios prejuicios incorporados en la sabiduría convencional. Veamos en cambio el mundo natural. No nos enfrentamos al fin de la naturaleza, sino al cambio de la misma, de muchas maneras una aceleración de los procesos de la vida.
Al mirar hacia el futuro, debemos primero tener en cuenta nuestro alarmante grado de ignorancia. Sencillamente no sabemos lo suficiente acerca de cómo funciona el mundo. Mucha de la ciencia actual trata sobre el detalle y el corto plazo. Poca trata de abarcar el escenario en su totalidad; a menudo es vista con sospecha cuando lo hace. Sigue la característica de muchos cambios. Por lo general vemos el cambio como algo gradual. Sin embargo el cambio en situaciones críticas es con frecuencia abrupto. Procede por saltos o umbrales en lugar de suaves líneas continuas. Irrumpimos, en vez de progresar, de un estado aparentemente estable a otro, y la irrupción (y el reajuste necesario) puede ser bastante dolorosa para aquellos que están cerca en el momento. Por último están las sorpresas. La mayoría de las personas piensan que siempre ocurrirá algo para detener el desastre; sin embargo han ocurrido desastres en el pasado y seguirán sucediendo. El descubrimiento de los huecos en la capa de ozono fue totalmente inesperado. Debemos esperar más hechos semejantes.
En cuanto a los gobiernos, de quienes esperamos liderazgo, el cambio también es indispensable. Deben plantearse de nuevo los principales grupos de temas: las personas, la población y los refugiados; la generación y utilización de la energía; el uso de la tierra y el agua fresca; el manejo de la industria y los desechos que produce; y la conservación de la vida como parte del capital natural del planeta tierra. Para poder manejar cualquiera de estos asuntos efectivamente, los gobiernos también necesitan reorganizarse para incorporar la dimensión ambiental a cada aspecto del manejo social y económico. Algunos ya han empezado. No obstante y a pesar de los acuerdos logrados en la Cumbre de la Tierra en Rio, muchos aún tienen que reconocer que los problemas pueden ser bastante serios. Como alguien alguna vez dijo de un ex presidente de Sudáfrica, la cabeza está tan sumergida en la arena que sólo se le puede reconocer por la forma de los dedos de los pies.
En cuanto a las instituciones internacionales, ellas también están atrasadas. Todavía hay que resolver las implicaciones de Rio. Aunque las expectativas de un nuevo orden mundial ambiental —por el momento ─están frustradas, creo que se están construyendo los cimientos para percibir y manejar los problemas de significación global. Nadie refuta ahora el que algunos problemas no desaparecerán y que con cada año que pase se acentuarán aún más. Cuanto más pronto se ponga a funcionar la maquinaria, más fácil será de manejar.
Hasta ahora las Naciones Unidas se han concentrado en violencias a menor escala entre Estados. De aquí su papel en sucesivas operaciones de preservación de la paz mundial. No se han aventurado muy lejos en los procesos de ejecución de la paz y sólo recientemente, en el caso de los kurdos, han quebrantado las antiguas nociones de soberanía, al proteger a la gente contra sus propios gobiernos. El progreso en este sentido seguramente será lento. Será dirigido por una opinión pública en evolución y por la disposición favorable de los países más poderosos para utilizar sus fuerzas en una causa internacional. Una fuerza policíaca permanente o designada podría estar aún distante pero no se encuentra muy lejos del horizonte.
Las Naciones Unidas han adquirido una nueva importancia simbólica como guías en un mundo mágico, en el cual el género humano es uno en la oscuridad del espacio. No importa que el mito no corresponda a la realidad o que no se observen los principios y las normas. La verdad detrás de cualquier conjunto de mitos, principios y normas, es la aceptación de las aspiraciones que se tienen en común. Ésa es la máxima fuerza de las Naciones Unidas.
Quisiera concluir con un par de citas. La primera proviene de John Reader, quien bien ha dicho:
En el breve espacio de tiempo que la civilización ha sido característica de la existencia humana, no ha demostrado ninguna tendencia a producir un estado estable y bien regulado, por medio del cual las personas están bien alimentadas y seguras, generación tras generación. La civilización se distingue mejor por sus ciclos erráticos (...). Repetidas veces ha surgido dramáticamente del campo del esfuerzo humano, para luego desplomarse y caer. El ingenio humano para imponer una restricción apropiada la hace caer. Las invenciones proporcionan el impulso inicial, el intelecto suministra los métodos de uso y las soluciones a los problemas que surgen, a medida que el sistema se expande y crece, pero en cada instancia hasta ahora, el crecimiento no controlado de la civilización ha arrojado en últimas más problemas de los que puede solucionar el intelecto humano.
La segunda cita proviene de un libro que fue publicado por Dennis Meadows, Donella Meadows y Jorgen Randers. Su obra Los límites del crecimiento, publicada en 1972, causó una sensación intelectual y cambió el pensamiento de toda una generación. Su nuevo libro Más allá de los límites tal vez haga lo mismo. Con base en el modelo de 1972, demuestran que la economía mundial, primero que todo, se excede de la capacidad, debido a la creciente población y al continuo crecimiento económico. Para poder sustentar dicho crecimiento, la gente reduce el nivel de los recursos por debajo de ciertos umbrales, con lo cual la economía entera se comporta de forma diferente. Eso se debe al carácter escalonado y no lineal del cambio, que describí anteriormente. En últimas, el sistema sencillamente ya no puede continuar. Los autores escribieron que su modelo —"Mundo 3"— tiene:
Una fuerte tendencia a excederse y desplomarse. En las miles de pruebas de modelos que hemos ensayado a lo largo de los años, el resultado más frecuente ha sido el de la excedencia y desplome (...). El abastecimiento de alimentos de una población se puede reducir sin causarle impacto a la salud en mucho tiempo, pero si el alimento per cápita pasa cierto límite, la tasa de mortalidad aumenta abruptamente. Una nación puede extraer minerales cupríferos hasta alcanzar niveles cada vez más bajos, pero si se pasa cierto nivel los costos de extracción aumentan enormemente (...). La presencia de umbrales hace que la consecuencia en los retrasos de regeneración sea aún más grave (...). Cualquier sistema de población-economía-medio ambiente que tiene retrasos de regeneración y rendimientos físicos lentos, que tiene umbrales y mecanismos erosivos, es literalmente inmanejable. En la mayoría de las pruebas del "Mundo 3" (...) no se agotan ni la tierra, ni el alimento, ni los recursos, ni la capacidad de absorción de contaminación del sistema mundial; se agota la capacidad de manejarlos.
Asegurémonos nosotros de no hacerlo.