La encrucijada teórica actual: algunas reflexiones en torno al caso de la disciplina de las relaciones internacionales
Carlo Nasi L.
Investigador del Centro de Estudios Internacionales, Universidad de los Andes.
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22-32
01/01/1993
01/01/1993
La disciplina de las relaciones internacionales atraviesa por una profunda crisis en la que cada vez resulta más difícil establecer linderos. Ya no hay claridad frente al objeto de estudio, la metodología a seguir, por qué y para qué se estudia lo que se estudia. Este problema se ha visto acentuado al menos por tres factores: primero, a diferencia de lo ocurrido en las ciencias naturales, en la disciplina de las relaciones internacionales no ha habido una sustitución de paradigmas a través del tiempo. Recordando el texto clásico de Kuhn acerca de las revoluciones científicas, el conocimiento en ciencias naturales ha avanzado más por reemplazo de paradigmas teóricos que por un proceso netamente acumulativo[1]. Ciertos marcos teóricos (como la física newtoniana) han sido desplazados por paradigmas alternos, con mayor poder explicativo del mundo. En las relaciones internacionales, en cambio, a través de los últimos años han surgido numerosos paradigmas que en ningún caso han remplazado los preexistentes.
Los nuevos paradigmas han surgido en parte como reacción y crítica a los anteriores, pero nunca han tenido la contundencia suficiente como para significar la abolición de los antiguos marcos teóricos. De manera que en la actualidad se verifica una comunidad bastante heterogénea de analistas de relaciones internacionales que se adscriben o al realismo, o a la teoría de la interdependencia, o a las teorías estructurales, o al postmodernismo, etc. La realidad pluriparadigmática ha sido defendida por algunos bajo el argumento de que es imposible contrastar los distintos enfoques de las relaciones internacionales, por cuanto se emplean diferentes conceptos, preguntas y referentes factuales[2].
Segundo, con frecuencia se superponen los principios de distintos paradigmas. Quizá por el temor a excluir porciones relevantes de la realidad internacional o en un intento por alcanzar algún grado de síntesis de aproximaciones, representantes de distintos paradigmas han mostrado una tendencia conciliatoria con algunas premisas de marcos teóricos rivales. De suerte que es posible hallar cierto terreno común, por ejemplo, entre realismo e interdependencia (en la consideración del Estado como actor relevante de las relaciones internacionales, aunque para la interdependencia intervengan otros actores), entre postmodernismo y teoría crítica (en la búsqueda de entender y rebasar los factores que limitan la libertad humana), entre estructuralismo y teoría crítica (en la consideración de la realidad como algo que supera un simple agregado de unidades), etc.
Tercero, los mismos teóricos han tenido un proceso de evolución que con frecuencia ha determinado cambios de paradigmas. Keohane ha evolucionado de interdependentista a neorrealista, mientras Roseanau la encarnación de la ortodoxia realista sorprendente y tardíamente ha dirigido sus pasos hacia el postmodernismo. Más aún, los teóricos suelen ser clasificados por otros teóricos, lo que revela con frecuencia la ausencia de consenso. Richard Ashley ha sido clasificado como neorrealista, posmodernista y representante de la teoría crítica, alternativamente.
Toda esta encrucijada teórica ha pasado relativamente desapercibida en Colombia, en parte por simple desinterés en la disciplina de las relaciones internacionales, en parte por la tardía difusión de los últimos desarrollos que se han dado en la materia en los países industrializados (sin contar que son pocos los textos traducidos al español), y en una mayor proporción, por la clara dominación de una ortodoxia que hace aparecer lo teórico como fútil, "alejado de la realidad" y que, en el mejor de los casos, como algo marginal. Estamos en la era del pragmatismo total, donde se da poca cabida a las vacilaciones teóricas. Lo importante es hacer, realizar, ser prácticos. Surgen imperativos de la nada, de lugares comunes que no dan lugar a análisis detenidos.
Por ejemplo, se afirma que Colombia debe integrarse con Venezuela y con México, ¿por qué?, "porque el mundo se está dirigiendo hacia la conformación de macrobloques y no nos podemos quedar atrás". Lugar común, superficialidad en la que no existe orientación alguna. No se ha hecho un cuestionamiento serio sobre el significado de la integración (¿qué integración? ¿por qué integración? ¿para qué integración? ¿integración entre quiénes? ¿a quién beneficia y a quién perjudica la integración?). Lo que se quiere destacar es que "integración" nunca ha constituido un concepto directriz de una política. Con la ola pragmática, la palabra integración se limita a un rótulo ambiguo y bastante vacío que incluye, prácticamente, todo lo que involucre a un colombiano, un venezolano y un mexicano juntos. De hecho, muchas veces se asume que nos estamos integrando en la medida en que comerciamos más, de donde aparecería la integración como cuasi sinónimo de libre comercio (en ese caso, América Latina, en general, siempre ha estado bastante "integrada" con los Estados Unidos, mientras la "integración" intralatinoamericana ha permanecido a la zaga. Además, el criterio predominante en materia de comercio es el del beneficio individual, pasando a un plano muy secundario lo mancomunado, lo colectivo frente a terceros, que es lo que parece desprenderse de manera principal de la idea de integración).
Frente a este panorama, de por sí confuso, en la disciplina de las relaciones internacionales se debe realizar una distinción entre pluralismo y complacencia intelectual. La coexistencia de múltiples paradigmas teóricos es considerada por muchos como algo no problemático, en el sentido de que se subrayan las virtudes explicativas de distintas porciones de la realidad por parte de los distintos enfoques. Se trata de un eclecticismo que se justifica mediante la asunción de un ropaje "tolerante", "pluralista". No obstante, hay aspectos irreconciliables entre distintos paradigmas que requieren tomar posiciones para imponer un mínimo de rigor teórico (lo que no contradice la existencia simultánea de conceptos compartidos). Porque si el propósito fundamental de la disciplina de las relaciones internacionales es conocer, "aprehender la realidad internacional", debe haber mecanismos para distinguir entre lo que es y lo que no es teóricamente viable. No se trata de negar las virtudes del pluralismo, sino de evitar su utilización a manera de seudo justificación de la carencia de rigor intelectual.
Ahora bien, lo anterior tampoco debería conducir a abrazar de manera acrítica cualquiera de los "ismos" existentes (realismo o posmodernismo, por ejemplo), para evitar posiciones eclécticas. A lo que apunta el presente artículo es a reflexionar acerca de algunas de las bases del conocimiento presentes en distintos enfoques de las relaciones internacionales, de manera que se facilite tomar opciones. Se trata, ante todo, de recoger aportes de un debate que se está desarrollando principalmente en Inglaterra y los Estados Unidos, sin entrar estrictamente en categorías. Por el momento, antes que definir si uno es posmodernista, preestructuralista o "cuasirracionalista semirrealista preterintencional", es necesario retomar los términos de un debate referente a las bases mismas del conocimiento, implícitas en los distintos en-foques teóricos.
La crisis en la disciplina de las relaciones internacionales se ha propiciado con la aparición de nuevos paradigmas teóricos que constituyen perspectivas alternas para interpretar la realidad global. En particular, el feminismo, el postmodernismo, la teoría crítica y enfoques que toman como punto de partida las relaciones entre grupos étnicos (más que entre Estados) en el ámbito internacional, se han constituido como los principales retos a los enfoques realista, interdependentista y neorrealista. Pero el debate interparadigmático acerca de cuál es la perspectiva más adecuada para interpretar la realidad internacional se ha localizado, además, en el terreno de lo metateórico. En otras palabras, no se podría llegar lejos en el debate ni comparar la validez de los distintos enfoques por la vía de simplemente aceptar que cada perspectiva representa un cristal distinto para interpretar la realidad y, por ende, cada uno hace luz sobre ciertos aspectos del mundo y oculta otros.
Por este camino se llegaría a verdades de Perogrullo, tipo que el feminismo explica mejor lo referente a las relaciones entre géneros en las relaciones internacionales, mientras el realismo explica mejor las relaciones globales estratégicas entre Estados, al tiempo que la interdependencia explica mejor lo referente a la economía y la incidencia de las transnacionales en el orden mundial, etc. Como quien dice, se haría un razonamiento circular por el que cada enfoque se juzga por lo que se propone hacer. Esto no permite comparar paradigmas y decidir, sobre una base común, qué es válido y qué no es válido. De ahí que se haya localizado en lo metateórico el espacio adecuado para adelantar los términos del debate. Sólo en los fundamentos mismos del conocimiento, que muchas veces están ocultos o implícitos en las distintas teorías, se puede hallar un terreno común para juzgar los distintos paradigmas.
De ahí que se puedan realizar, incluso, lecturas alternativas de las varias teorías de relaciones internacionales y enfoques aparentemente antagónicos resulten con una base epistemológica similar. A continuación se presentarán algunas consideraciones acerca de los fundamentos teóricos de los principales paradigmas vigentes en las relaciones internacionales, con el doble propósito de mostrar contrastes y evaluar la validez de distintas premisas. Cabe destacar que los términos de este debate han sido planteados, principalmente, por la teoría crítica y el postmodernismo.
La gran ortodoxia en ciencias sociales y, en particular, en la disciplina de las relaciones internacionales, es tanto positivista como empiricista[3]. Es decir, por un lado considera que la realidad o lo real es algo puesto, que existe de manera totalmente separada del sujeto, al tiempo que por el otro lado toma la experiencia (lo empírico) como la única fuente de conocimiento.
Esta concepción se explica en buena medida por la adopción de una aproximación científica al conocimiento de la sociedad, perspectiva que tomó particular fuerza en el presente siglo. Si bien es posible hallar antecedentes de una aproximación científica a lo social desde tiempos antiguos (el caso de Hobbes en el siglo XVII es uno de los más citados a raíz de su intento de "asimilar la psicología y la política a las ciencias físicas exactas"[4]), esta aplicación apenas se hizo extensiva al conjunto de estudios sociales desde finales del siglo XIX, época en la que, además, empieza a producirse una desagregación de dichos estudios en distintas áreas a partir de la matriz común de la sociología.
El surgimiento de la disciplina de las relaciones internacionales como ente autónomo y escindido de la ciencia política se sitúa a comienzos de siglo, época en la que por vez primera se funda una cátedra en Inglaterra. Esto tiene que ver directamente con la primera guerra mundial y el interés de la época por evitar conflictos internacionales. De ahí en adelante se generaron entre otros dos debates de significación: el primero, acerca de la justificación de mantener la disciplina de las relaciones internacionales como ente separado y autónomo (discusión que pronto perdió momentum) y luego, el gran debate entre tradicionalismo y behaviorismo en los años sesenta. Este último debate definió la preeminencia de la aproximación científica en las relaciones internacionales.
Es decir, hasta la década de los años sesenta se dio la coexistencia de dos corrientes distintas en las relaciones internacionales: una tradicionalista, que ponía énfasis en los atributos de juicio, sensibilidad e intuición del analista y que, de hecho, descartaba la posibilidad de descubrir leyes generales en lo político-histórico[5]. Por otro lado, estaba el behaviorismo que buscaba un conocimiento más "científico" de la realidad internacional aplicando criterios de rigor, precisión y cuantificación, con la idea de producir teorías de carácter general acerca de lo internacional. El debate entre las dos corrientes desembocó en la preeminencia del cientifismo, que además de ganar adeptos, determinó los principales parámetros que regirían a la disciplina hasta la década de los años ochenta[6].
En cierta medida, los grandes logros en ciencias naturales contribuyeron a generar una fe desmesurada en lo científico como fuente de conocimiento. El estudio de tipo anecdótico-subjetivo perdió prestigio frente a lo científico que mostraba precisión y, como elemento característico, la presencia de un método. Cabe anotar que el intento de aplicar el método científico a lo social produjo una suerte de metamorfosis. Al no poder reproducirse en la sociedad la llamada "prueba de laboratorio" que controla las condiciones del experimento, se recurrió a artificios alternativos como entrevistas y encuestas. La observación de repeticiones en la historia se asumió también como mecanismo de verificación.
No obstante, en las relaciones internacionales (y quizá en las ciencias sociales en general) nunca se logró un grado de predicción confiable en el sentido de establecer que, por ejemplo, las condiciones a, b y c producen el resultado z. De hecho, siempre ha habido cierta confusión frente al significado del término "predicción" en lo científico (especialmente en ciencias sociales)[7]. En ningún caso se ha tratado de prever el futuro y adivinar que en un momento x se producirá el evento y (nadie ha tratado de anticipar el tiempo y el lugar en el que caerá un rayo). Se ha tratado, más bien, de establecer qué conjunto de condiciones y elementos tienden a producir un resultado o fenómeno determinado, aspecto en el que las ciencias sociales han fallado de manera protuberante. No existen fórmulas, de manera que una sumatoria de condiciones sociales (pobreza, dictadura, inflación, entre otras) producen un resultado unívoco (revolución, por ejemplo). Se habla entonces de probabilidades en términos de que la presencia de una serie de condiciones sociales tiende a reforzar un resultado histórico determinado. No obstante, el número de variaciones históricas existente y la ausencia de relaciones de causalidad unidireccionales ha resaltado el carácter "explicativo a posteriori" de las ciencias sociales, más que predictivo. Es decir, solamente en presencia de una revolución específica cobra sentido hablar de las condiciones de pobreza anteriores que contribuyeron a generarla, dando por sentado que en miles de casos de pobreza acentuada no se producen revoluciones.
Lo que se debe resaltar es que en los años sesenta y setenta se generó una excesiva fe en lo científico y más aún, en lo numérico. Entre más se pudiera cuantificar y hablar de cifras en relaciones internacionales, más "científico" el tipo de conocimiento. Esta visión "cientifista" del mundo sigue siendo la predominante en la disciplina al cubrir toda suerte de estudios empíricos que, si bien no se adscriben formalmente a ninguna corriente teórica en particular, revelan creencias y fundamentos comunes con aproximaciones de tipo científico. De manera adicional, con la reciente consolidación del pragmatismo se ha vuelto corriente denigrar de visiones "ideologizadas" de la realidad social, recreándose el mito de la posibilidad de una aproximación a la realidad libre de sesgos e intereses.
La posibilidad de un conocimiento libre de intereses fue cuestionada desde comienzos de siglo por la Escuela de Frankfurt, especialmente por Habermas, y ha sido retomada por la teoría crítica y el postmodernismo[8].
El positivismo se fundamenta en una serie de oposiciones que asumen la separación absoluta de conceptos. Así, al estar la realidad "puesta", como algo externo, se asume la separación total entre sujeto y objeto, entre teoría y práctica. Para refutar lo primero se puso de manifiesto que un objeto constituye algo que va más allá de su simple materialidad, incluyendo sus mismas definiciones. De hecho, cualquier objeto cobra sentido solamente en virtud de una relación con el sujeto (lo innombrado permanece indefinido-indeterminado). En el caso de la teoría y la práctica, sin implicar que los conceptos son intercambiables e indiferenciables, se puso de manifiesto que toda teoría es una forma de práctica, a la vez que muchas prácticas tienen un implícito teórico (por ejemplo, la práctica de un partido de fútbol implica una serie de normas acerca de lo que es permitido y lo que no)[9].
Ahora bien, establecidos los parámetros anteriores, ya se tiene un marco general que permite ubicar las objeciones formuladas por la teoría crítica y el postmodernismo a los en-foques realista, interdependentista y neorrealista en sus componentes positivistas y empiristas. Los últimos tres enfoques comparten una concepción del mundo en términos de dicotomías, como si la separación sujeto objeto fuera total. La realidad se asume de manera totalmente independiente y externa al sujeto, lo que encubre su carácter socialmente construido. Se trata, entonces, de estudiar la realidad internacional (externa) y de aproximarse al objeto de estudio de manera que se pueda producir un discurso (o teoría) verídica. De ahí surge un conocimiento "objetivo" de "la realidad".
Lo que se cuestiona a este tipo de aproximaciones por parte del postmodernismo y la teoría crítica es precisamente esta pretensión de neutralidad y objetividad. En el caso del realismo, por ejemplo, el simple hecho de localizar al Estado en el centro mismo del análisis y considerar que las relaciones internacionales son relaciones entre Estados es una práctica en la que se reifica dicho ente. Culturalmente se reproduce (en todos los que acceden a la literatura realista) una posición no problemática frente a la existencia misma del Estado, que aparece como algo "natural" ("objetivo") y, en esencia, no criticable. Cabe aclarar que no se excluye del todo un espacio para la crítica, pero sí se limita dicha crítica a unos parámetros "benignos". En el realismo no se da cabida a aseveraciones que pueden cuestionar a fondo al Estado y que, en consecuencia, puedan conllevar prácticas similares. Algún Estado puede ser tildado de "ineficiente", "agresivo", pero en últimas, la crítica nunca se dirige hacia un cuestionamiento de la naturaleza misma del Estado, de los propios fundamentos de su existencia. Se dejan intactos sus cimientos, quizás ignorando también que, en su mayor parte, la historia de las relaciones internacionales se ha desenvuelto sin Estados (el Estado-Nación es una realidad histórica del siglo XIX). Se deja, entonces, al margen del discurso la pregunta acerca de la necesidad misma del Estado, aceptándolo como algo, si no bueno, necesario. Es el discurso positivista, que asume la realidad como dada, luego, no problemática.
Algo similar sucede con el neorrealismo y la interdependencia, que comparten con el realismo el mismo juego de las dicotomías, siendo formas de legitimación de otros actores (las multinacionales, por ejemplo).
Por otro lado, la refutación del empirismo se refiere más concretamente a la dotación de poder explicativo causal a lo invisible. En el realismo, la interdependencia y el neorrealismo, lo real suele corresponder, las más de las veces, a fenómenos susceptibles de ser experimentados u observados. Solamente lo que se apareja con la experiencia es lo real y tiene poder explicativo. La teoría crítica, en cambio, resalta que lo real puede ser invisible y que lo invisible puede tener poder explicativo sobre lo social.
Otro aspecto problemático en cuanto a los fundamentos del conocimiento se refiere al individualismo metodológico. Se entiende por individualismo metodológico, la perspectiva según la cual las relaciones y los fenómenos sociales se explican a partir de los principios que rigen el comportamiento de los distintos individuos y sus circunstancias[10]. En otras palabras, el individualismo metodológico hace una aproximación a la realidad en términos de un conjunto de unidades, de donde se desprende una operación para lograr el conocimiento de esa realidad: descomponer la totalidad, estudiar cada unidad o parte por separado y de la sumatoria del conocimiento de las distintas unidades se logrará el conocimiento de la totalidad[11].
El individualismo metodológico se halla presente en los grandes enfoques ortodoxos de las relaciones internacionales: el realismo, la interdependencia y el neorrealismo. Para el realismo, el mundo está compuesto por Estados que interactúan, mientras que para la interdependencia intervienen otros actores tales como las multinacionales, las empresas privadas, la sociedad civil, grupos de presión que alteran la racionalidad del Estado, etc. El neorrealismo no se diferencia mucho del enfoque interdependentista en tanto incluye actores distintos al Estado, aunque asume al Estado como actor principal del ámbito internacional y considera lo económico como algo de mayor relevancia en materia explicativa que lo simplemente militar-estratégico. De manera adicional, hubo un intento de introducir una teoría sistémica en el neorrealismo por parte de Kenneth Waltz que en últimas nunca superó el individualismo metodológico[12].
Lo que se debe resaltar, en todo caso, es el terreno común de estos tres enfoques. Al margen de la discusión de si las relaciones internacionales incluyen sólo Estados, o Estados, multinacionales, grupos de presión y cualesquiera otros agentes, subyace un concepto común: lo internacional se entiende de manera "actorcéntrica". Es decir, se concibe el mundo en término de un número discreto de unidades o actores, cada uno con características propias, que interactúan entre sí. Las relaciones internacionales se reducen al anterior concepto.
La validez de este tipo de entendimiento de la realidad internacional ha sido cuestionada por aproximaciones de tipo orgánico o holistic. Algunos utilizan también el concepto de teorías sistémicas, pero en realidad no se trata de sinónimos, tal y como se desprende de lo siguiente.
Las aproximaciones de tipo orgánico refutan la posibilidad misma de partir del Estado, o de cualquier actor o conjunto de actores, como unidades de análisis. En efecto, explicar una totalidad a partir de las características de sus unidades es tan falaz como tratar de entender la razón de ser de un ejército a partir de las propiedades de los soldados. Las aproximaciones orgánicas, entonces, ponen el principal énfasis en el aspecto relacional entre las distintas unidades como factor constitutivo de la identidad misma de esas unidades. Se recobra con esto, en cierta medida, el concepto de sistema aplicado, entre otros, por Parsons y Moore dentro del estructural-funcionalismo que define sistema como un conjunto de partes interrelacionadas donde cada parte hace algo necesario (tiene una función o consecuencia social) para las otras partes y para el sistema como un todo. Cada parte está relacionada y depende de otras[13].
Pero las aproximaciones orgánicas no deben confundirse con el estructural-funcionalismo. De hecho, se critica del último enfoque su conservadurismo, en el sentido que asume todo cambio social como un proceso adaptativo al medio externo. Se toma, entonces, como "disfuncional" y, por ende, negativa, toda ruptura con el orden existente. Debe darse una adaptación, nunca un cambio radical. De ahí que las aproximaciones orgánicas retomen apenas el concepto de sistema del estructural-funcionalismo.
Un ejemplo de una aproximación de tipo orgánico, de hecho, el caso que usualmente se menciona en relaciones internacionales, es el World-System Theory, cuyos representantes más conocidos son Immanuel Wallerstein, André Gunder Frank y Samir Amin. También suelen incluirse en esta corriente los autores de la teoría de la dependencia en América Latina, quienes parten de supuestos comunes con los autores mencionados, aunque se centran en el caso regional. Dichos autores, y en particular Wallerstein, sostienen que el mundo se convirtió en un sistema a partir del siglo XV[14], lo que se explica en conexión con el surgimiento, desarrollo y carácter expansivo del capitalismo en cuanto fenómeno vinculador de regiones en todo el globo. Desde entonces empezó a producirse la articulación de las economías de las distintas partes del mundo al régimen capitalista, lo que permite hablar de un único mundo: de un sistema global.
De ahí que el World-System Theory considere al mundo como algo que va más allá de un simple agregado de 150 o más Estados (considerados como entidades discretas) que interactúan. Tampoco se puede entender el sistema global como los patrones de comercio e intercambio económico entre esas unidades nacionales (...) Hay estructuras sociales globales que hacen posibles esos patrones de comercio y política internacional.[15]
Se requieren varias precisiones y ejemplos para aclarar lo que se propone en términos de una aproximación de tipo orgánico a lo internacional: primero, cuando se propone una aproximación orgánica no se debe confundir, necesariamente, con el World-System Theory. Esta teoría constituye apenas un caso específico de una aproximación orgánica a lo internacional que se empleó en su momento para explicar el desarrollo de unos países y el subdesarrollo de otros como fenómenos interconectados (dos caras de la misma moneda). De aquí, además, provienen los conceptos de centro, periferia y semiperiferia, ampliamente utilizados y también criticados en la disciplina de las relaciones internacionales. Como sea, se quiere rescatar la aproximación orgánica en sí, en cuanto marco conceptual adecuado para entender lo internacional en contraste con el individualismo metodológico.
Segundo, lo que buscan las aproximaciones orgánicas es invertir la lógica del individualismo metodológico, privilegiando el aspecto relacional en la conformación de la identidad de las unidades, en vez de partir de unidades con una identidad intrínseca que se relacionan después. Vale la pena recurrir a ejemplos para aclarar lo anterior. Uno de los más socorridos es el del dibujo de una figura geométrica. Un pentágono se puede descomponer en sus unidades constitutivas, que son cinco líneas rectas (que a la vez se pueden descomponer en puntos). El problema es que el agregado de unidades (las cinco líneas rectas) de por sí no puede explicar la totalidad (el pentágono). Cinco líneas rectas dispuestas en cualquier posición no configuran un pentágono. Lo fundamental es la forma como las cinco líneas están organizadas entre sí: eso es lo que realmente determina que haya un pentágono. De una manera similar, Colombia no produce primordialmente café por casualidad, o por una racionalidad de aprovechar ventajas climáticas del trópico, o por responder a la demanda internacional por este producto, al igual que los países industrializados no producen alta tecnología porque son más "civilizados". Se produce café por un pasado de dominación que condujo a que ciertos países se organizaran dentro del orden económico mundial en calidad de proveedores de materias primas, lo que a su vez fue básico para el proceso de industrialización de otros. Esto pone de manifiesto la importancia de lo relacional, pero a la vez se trasciende este plano. En efecto, se trata de identificar los principios y las estructuras que conducen a una organización determinada del mundo.
Tercero, los supuestos de los paradigmas realista, interdependentista y neorrealista están errados, en la medida en que niegan el carácter orgánico del mundo. Si tomamos las unidades planteadas por dichos paradigmas (distintos Estados con mayor o menor poder y recursos, multinacionales, grupos de presión, organismos internacionales, etc.), se crea la ilusión de un juego de paridades: en el ámbito internacional se observa una especie de juego de costos y beneficios entre distintas unidades independientes, con características más o menos similares, que se relacionan entre sí y donde los más "hábiles" ganan. De ahí que se oculten estructuras de dominación y el carácter histórico de muchos problemas actuales de fondo. Es como si dichos actores hubieran existido siempre, dado que las aproximaciones individualistas-metodológicas son ahistóricas. Se puede hacer una pequeña concesión a las aproximaciones de la interdependencia asimétrica donde, por lo menos, no se niegan las disparidades pero, en general, la crítica se aplica a los enfoques ortodoxos.
Cuarto, lo que se propone con las aproximaciones de tipo orgánico es un entendimiento del mundo a la manera de un sistema global. Debe quedar muy clara la distinción entre sistema global y sistema internacional[16]. El último privilegia únicamente el sistema conformado por Estados-naciones (y, eventualmente, organismos internacionales), lo que, de hecho, limita una comprensión adecuada del mundo y es una herramienta legitimadora de los Estados. Se trata, entonces, de trascender esta limitación y comprender estructuras globales a nivel económico, político, cultural y social. Pero también se debe prevenir un reduccionismo en el extremo opuesto, negando la presencia de características particulares a nivel local. No todo se puede reducir a lo global[17], pero las estructuras globales tienen mucho poder explicativo acerca del desarrollo del mundo y de las identidades a nivel local[18].
Si se acepta lo anterior debe notarse, además, que pierden sustento muchos trabajos de tipo empírico que de manera implícita niegan la importancia del aspecto relacional. Análisis que establecen separaciones sugeridas por sus mismos títulos, como "Colombia y América Latina", o "Colombia y la cuenca del Pacífico", asumen que Colombia se puede separar o de América Latina o de la cuenca del Pacífico, de las cuales forma parte. Sería más prudente y globalista hablar de Colombia en la cuenca del Pacífico o en América Latina, lo que constituye más que un simple ejercicio semántico. En últimas, con esto se hace luz sobre el aspecto relacional entre Colombia y América Latina, en vez de partir de un actor (Colombia) y relegar a América Latina al estatus de simple "telón de fondo".
En conclusión, se trata, pues, de evitar definir actores a priori. Se propone privilegiar el concepto de relación e identificar estructuras y principios de organización en el ámbito global. Este debe ser el punto de partida del análisis del cual luego se deduzcan los actores involucrados. La lógica de definir primero actores para luego estudiarlos oculta la historicidad de dichos actores y niega la existencia de estructuras de dominación. Más aún: es una práctica de legitimación de determinados actores que simultáneamente "invisibiliza" a otros.
En concordancia con lo afirmado anteriormente, se debe mencionar el sistema de inclusiones y exclusiones implícito en los distintos enfoques. Se requiere una aclaración previa. Todo enfoque y toda aproximación a la realidad es selectivo: ninguna perspectiva pretende "agotar" la totalidad de elementos que incluye la realidad, sino seleccionar aquellos que de manera principal explican el devenir del mundo. A manera de ejemplo, el realismo considera como elementos determinantes claves en las relaciones internacionales las políticas de poder de los Estados (los Estados actúan por interés, definido en términos de poder, como afirmaba Morgenthau)[19]. Eso es lo que determina de manera principal las relaciones entre Estados y la evolución global.
Ahora bien, cuando en los enfoques postmoderno y de la teoría crítica se habla del sistema de inclusiones y exclusiones, se hace referencia a algo más profundo que a los problemas de "agenda". Es decir, las exclusiones van más allá de lo que cada enfoque afirma excluir de manera explícita y justificada en su discurso (por ejemplo, el realismo, al seleccionar como objeto de estudio las políticas de poder de los Estados, excluye todo lo demás como de poca relevancia para explicar las relaciones internacionales). El sistema de inclusiones y exclusiones se refiere más a lo que Derrida llamó logocentrismo, en conexión con la estructura misma del discurso (y con el sistema de dicotomías arriba mencionado).
De manera breve, y retomando lo afirmado por Donna U. Gregory[20], se entiende por logocentrismo lo que ha sido la columna vertebral del pensamiento occidental desde los griegos: el procedimiento de construir significados a través de dicotomías. En otras palabras, una cosa se define en relación directa con su opuesto (o lo que la cosa no es), con lo que habría "parejas de términos"/ antinomias de "suma cero". De acuerdo con el postmodernismo, y en especial con Derrida, no solamente los significados se construyen a la manera de oposiciones, sino que se establecen jerarquías entre las palabras. Existe una carga valorativa en las antinomias, de manera que en las palabras opuestas siempre hay una palabra "dominante" y una palabra "denigrada". La segunda suele localizarse al margen de lo "deseable" y su función consiste en resaltar y legitimar a la dominante[21].
Con el postmodernismo se denuncia este sistema de inclusiones y exclusiones donde el discurso reproduce estructuras de dominación. Se propone una labor deconstructiva que niega la existencia de dicotomías de "suma cero", dado que cada término se define en relación con una multiplicidad de otros términos y los significados van cambiando a través de la historia. Se trata, entonces, de desenmascarar las relaciones entre términos dominantes y subordinados e incluir textos marginales. En este punto es necesario un ejemplo aclaratorio.
Richard Ashley realiza una deconstrucción de una piedra angular del paradigma neorrealista (y del realismo en general), que establece la oposición radical entre "anarquía" y "soberanía"[22]. En efecto, en dicho paradigma se realiza una separación entre lo doméstico y lo internacional, como si se tratara de dos ámbitos totalmente distintos. En el ámbito doméstico existe el Estado soberano, como autoridad suprema de una organización jerárquica y como ente ordenador de lo social. En contraposición, se plantea el ámbito internacional como anárquico, asumiéndose este espacio como problemático dada la ausencia de un poder máximo, de un poder soberano capaz de imponer un orden. Dice Ashley que esto configura una práctica heroica: en efecto, se establece una contraposición entre lo "interno", representado como racional, con orden y significado, y lo "externo", entendido como aleatorio y peligroso[23]. Aquí, el término dominante es el de "soberanía", que se asume como lo bueno, deseable, mientras que lo anárquico adquiere un estatus subordinado y negativo. Lo que se debe anotar es que, con el neorrealismo, se evita la pregunta de cómo alcanzar un orden internacional a falta de un poder jerárquico (ordenador) supremo (lo que se conoce como regímenes internacionales). Sólo se plantea la existencia de una supuesta anarquía, como si no hubiera espacios de consenso, cooperación y organización. Pero, además, lo que Ashley denomina como práctica heroica es la reificación del Estado como realidad internacional. Si no se presentara a la anarquía de manera subordinada, con toda su valoración negativa y peligrosa, quizás el Estado soberano no podría ser privilegiado como algo superior, o necesario, o bueno. A la vez, si se rompe la dicotomía y la jerarquización, la anarquía podría ser explorada en términos de otros significados.
El postmodernismo, entonces, busca rescatar todos los textos que han sido marginados justamente en virtud de cargas valorativas negativas. Una lectura no dicotómica del mundo permitiría entender cómo y por qué surgieron los términos dominantes, que en últimas han servido para reproducir estructuras de dominación. Las aproximaciones no blancas, no occidentales, no masculinas y no racionales del mundo simplemente han sido silenciadas o excluidas de los discursos, lo que de por sí constituye una forma de dominación. De cierta manera, el postmodernismo permite el rescate de textos excluidos.
Ahora bien, se notará que, en este aspecto específico el postmodernismo y la teoría crítica se separan.
Para el postmodernismo, la ruptura de dicotomías y jerarquías se traduce en que "todo vale". Se rescatan todos los términos y textos excluidos de donde, por ejemplo, lo lógico de un discurso no tiene por qué ser privilegiado sobre lo retórico de ese mismo discurso. El postmodernismo se opone a los dogmatismos, a los discursos de corte cerrado que conllevan prácticas de exclusión. Frente a la acusación de que, en últimas, todo está permitido, se argumenta una "ética de la libertad" en contraposición de ortodoxias excluyentes[24]. Ese es el punto de discordia con la teoría crítica. La teoría crítica trata de establecer diferencias, criterios de verdad y falsedad, que permitan distinguir el estatus epistemológico de distintos discursos, a diferencia del postmodernismo, que compromete la posibilidad misma de conocer.
El ideal emancipatorio es otro elemento que distingue a la teoría crítica y al posmodernismo de los enfoques ortodoxos, a saber, el realismo, la interdependencia y el neorrealismo. En efecto, retomando lo afirmado por la teoría crítica, en especial por Habermas, la razón ha perdido toda función emancipadora al ser incorporada en la racionalidad científica[25]. A lo que se dirige esta afirmación es a atacar la preeminencia de una concepción tecnocrática del conocimiento y de la política.
Con los enfoques ortodoxos se tiende cada vez más a concebir lo político como problema de orden técnico. A manera de ejemplo, el Estado se asume como un ente neutro que debe resolver problemas, lo que se limita muchas veces a definir "quién obtiene qué, cuándo y cómo"[26]. De ahí que se evite sistemáticamente la pregunta por qué y nunca se cuestione el orden existente.
Como la palabra "emancipación" puede dar lugar a una serie de equívocos, cabe anotar que la teoría crítica, si bien marxista en sus orígenes, luego se separó de dicha corriente de pensamiento. La teoría crítica no considera que el proletariado sea un sujeto histórico privilegiado y que se deba producir una revolución comunista. Se critica al marxismo además su carácter limitado en cuanto al concepto de dominación que utiliza: se reduce la dominación a un problema de clases sociales, lo que no toma el concepto como problema de tipo militar, nacional, étnico y de género[27]. Junto con el postmodernismo, la teoría crítica reifica el concepto de libertad que, en últimas, se asimila a la idea de emancipación. En esencia se trata de lograr una conciencia acerca de todos los condicionamientos y limitantes de la libertad humana como forma de trascenderlos. Si se acepta un "orden" determinado y no se pregunta acerca de sus fundamentos últimos, no queda más remedio que aceptar las reglas del juego y tratar de maximizar beneficios. En todo caso, por el simple hecho de aceptar esas reglas se entra en una práctica de legitimación del orden mencionado.
Un ejemplo en lo internacional puede aclarar un poco el concepto. Si se parte de las premisas realistas de que el mundo está compuesto por Estados que buscan maximizar su poder, y que lo prioritario (la "alta política") se refiere a lo militar-estratégico, América Latina estaría condenada de antemano a permanecer para siempre en un lugar enteramente subordinado en la esfera internacional. Hay mucho que se puede cuestionar y reevaluar si se indaga acerca de los supuestos de dichas premisas. De las premisas realistas se deduce un concepto de poder en función de la capacidad militar, como si, de hecho, la posesión de armas se constituyera en argumento privilegiado y suficiente para definir una suerte de jerarquía internacional y como si, necesariamente, se debiera acatar la voluntad de los que poseen más misiles, aviones de guerra y tanques. Si se adoptara dicho punto de partida, la carrera armamentista sería la única alternativa para que América Latina adquiriera protagonismo en el globo (hecho si no imposible, absurdo y limitado dados los recursos disponibles); ya que mientras no se incremente el poder intimidatorio-destructivo de la región no habría posibilidades de participar decisiva y activamente en la construcción del orden internacional. En otras palabras, los supuestos del paradigma realista pueden llevar a una pasividad total a los países de menor desarrollo relativo. Se debe superar esto.
Luego de este breve recorrido a través de algunas de las dimensiones del debate actualmente planteado por parte de la teoría crítica y el postmodernismo a los enfoques ortodoxos en las relaciones internacionales, quedan abiertos muchos interrogantes. En la actual fase del debate parecen desprenderse de manera principal una serie de prevenciones acerca de qué es lo que se debe evitar en el terreno meta-teórico para no derivar en ulteriores y graves inconsistencias. De igual manera, se sugieren algunas pautas de orden epistemológico y metodológico que pueden servir como guías de alguna utilidad.
En todo caso, se debe observar que, hasta el momento, los mayores esfuerzos de la teoría crítica y del postmodernismo se han conducido en contra del positivismo, del empirismo y del individualismo metodológico, lo que constituye una labor ante todo crítica. A nivel de contrapropuesta, se sugiere una aproximación de tipo orgánico a la realidad, se incluye un ideal emancipatorio y se plantea una lectura que trasciende los significados explícitos de los discursos. Si consideramos que lo último las labores de tipo deconstructivo se puede asimilar a las críticas a la ortodoxia, el panorama puede parecer un tanto difuso. En efecto, tanto el postmodernismo como la teoría crítica aparecen como excelentes herramientas para atacar las concepciones ortodoxas pero demuestran, quizás, cierta debilidad en constituirse como alternativas. No basta con criticar. Como afirma Keohane, si no se traducen dichos enfoques en propuestas de investigación con un alto poder explicativo que abarquen, efectivamente, los principales eventos y la evolución de la política mundial, difícilmente se podrán erigir como nuevos paradigmas dominantes de la disciplina de las relaciones internacionales[28]. No obstante, la discusión apenas está madurando y los rumbos se empiezan a definir. Las críticas contra la ortodoxia parecen demasiado fuertes como para que se pueda regresar a posiciones de tipo realista, neorrealista o interdependentista, por la simple razón de que "explican mejor" lo empírico: lo inmediato, que se ve como relevante en las relaciones internacionales. El debate debe proseguir en la dirección de definir un paradigma que abarque un mundo cada vez más complejo, donde resulta difícil mantener la centralidad de los estados. Más aun teniendo en cuenta que los temas y textos tradicionalmente marginados de los discursos oficiales han tenido un proceso expansivo constante y en esa medida son de incuestionable utilidad para explicar el devenir global. La discusión permanece abierta, y la construcción de programas de investigación alternativos, a partir de las nuevas propuestas, es un reto inaplazable.
[1] A este respecto véase T. S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, México DF, Fondo de Cultura Económica, 1971, pp. 149-175.
[2] A esto se alude en Fred Halliday, "State and Society in Internacional Relations: A Second Agenda", en Millenium, Vol. 16, No. 2,1987, pp. 215-216.
[3] Se excluye dentro de lo que se considera como "grandes ortodoxias" al estructuralismo, que en relaciones internacionales ha tenido un papel marginal.
[4] Véase George H. Sabine, Historia de la teoría política, Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 1976, p. 339.
[5] Véase Michael Banks, "Two meanings in the study of international relations", en The Yearbook of International Affairs, Vol. 20,1966, p. 222.
[6] Para hacerse una idea de los términos del debate entre tradicionalismo y behaviorismo, véase ibid., pp. 221-240 y Morton Kaplan, "The New Great Debate, Traditionalism vs. Science in International Relations", en World Politics, abril, 1966, pp. 1-20.
[7] Este argumento es presentado, entre otros, por John Maclean en su artículo "Marxism and International Relations: A Strange Case of Mutual Neglect", en Millennium, Vol. 17 No. 2,1988, p. 304.
[8] La teoría crítica, de hecho, se identifica con la Escuela de Frankfurt, lo que no constituye ninguna novedad. Lo novedoso ha sido el rescate y la aplicación en la década de los años ochenta de los principios de la teoría crítica a las relaciones internacionales por parte de autores como Mark Hoffman, Andrew Linklater, John MacLean, Richard Ashley, Robert Cox y otros. Cabe destacar que dicha aplicación no se ha realizado de manera mecánica a la vez que, a lo mejor, se dificulta hablar de un cuerpo teórico homogéneo correspondiente a la teoría crítica. Si bien hay líneas definidas en cuanto al grueso de la teoría crítica, existen variaciones y, a veces, la mezcla de teorías no propiamente derivadas de la Escuela de Frankfurt (me refiero concretamente a la aplicación de Gramsci a las relaciones internacionales por parte de Robert Cox). A nivel preliminar se debe aclarar, además, que la teoría crítica se halla a la vez emparentada y separada del marxismo. Emparentada, en tanto de cierta manera deriva de la tradición marxista en ciencias sociales, pero separada en cuanto se estableció una crítica en varios de los puntos cardinales del marxismo. Por ejemplo, la teoría crítica no considera que el proletariado sea el principal sujeto de la historia ni la encarnación misma de la conciencia. No obstante, se toman algunos elementos de la metodología marxista.
[9] Esta acepción en las ciencias sociales; véase, entre otros, Luciano Tommasini, La política internacional en un mundo postmoderno, Buenos Aires, GEL Ed., 1991, p. 23. Con frecuencia se afirma que "los hechos no hablan por sí mismos", lo que hace alusión a la no separación entre teoría y práctica. No obstante, en la disciplina de las relaciones internacionales la preeminencia de enfoques empiristas constituye una constante transgresión a dicha máxima.
[10] Véase John McLean, "Political Theory, International Theory and Problems of Ideology", en Millenium, Vol. 10, No. 2, 1981, pp. 108-109.
[11] Para un debate más amplio acerca de lo que supone el individualismo metodológico, véase Steven Lukes, "Methodological Individualism Reconsidered", en Britisli Journal o/SocioIogy, Vol. 19,1968, pp. 119-127. Allí se revisa el debate entre esta perspectiva y perspectivas de tipo sistémico u organicista que datan de los comienzos del siglo.
[12] Véase Richard Ashley, "The Poverty of Neorrealism", en R. Keohane (ed.) Neorealist and Its Critics, Nueva York, Columbia University Press, 1986, pp. 255-301.
[13] Traducción libre de Thomas Richard Shannon, an Introduction to the World-System Perspective, Londres, Westview Press, 1989, p. 2.
[14] Véase Silviu Brucan, "The State and the World-System", en International Social Science Journal, Vol. XXXII, No. 4,1980, pp. 760-761. Véase también Shannon, op. cit,, pp. 20 y ss.
[15] Traducción libre de Albert Bergesen, "The Emerging Science of the World-System", en International Social Science Journal, 34, No. 91, 1982, pp. 23-36.
[16] Esta distinción se hace, entre otros, en Brucan, p. 761.
[17] Los riesgos de un organicismo llevado al extremo se mencionan en Shannon, p. 165.
[18] Se suele no problematizar la existencia de Estados en América Latina y en otras partes del mundo, aceptándola como un hecho "natural". Lo cierto es que el Estado, tal y como se conoce actualmente, es el producto de una exportación exitosa de un modelo europeo. No obstante, se asume como algo "natural". Para una ampliación sobre la difusión de la forma del Estado en el globo, véase el excelente artículo de James Mayall, "International Society and International Theory", en M. Donelan (ed.) The Reason of States, Nueva York, George Alien y Unwin, 1978, pp. 122-141.
[19] Véase Hans Morgenthau, Política entre naciones, Buenos Aires, GEL, 1986 (3a Ed.) pp. 13 y ss.
[20] Véase el prólogo de Donna U. Gregory en James Der Derian y Michael Shapiro International-Intertextual Relations, Lexington (Massachussets), Lexington Books, 1989, pp. XIV-XXI.
[21] Ibid., pp. XV y XVI.
[22] Véase Richard Ashley, "Untying the Sovereign State: A Double Reading of the Anarchy Problematique", en Millenium, Vol. 17, No. 2,1988, pp. 227-262.
[23] Ibid., p. 230.
[24] Véase Andrew Linklater, "The Question of the Next Stage in International Relations Theory: A Critical-Theoretical Point of View", en Millenium, Vol. 21, No. 1, 1992, pp. 88-89.
[25] Habermas es citado y aplicado al caso de las relaciones internacionales por Mark Hoffman en "Critical Theory and the Interparadigm Debate", Millenium, Vol. 16, No. 2,1988, pp. 234-235.
[26] Ibid. p. 234.
[27] Andrew Linklater, op. cit., p. 80.
[28] Ibid. P. 77