Palabras de la señora ministra de Relaciones Exteriores, doctora Noemí Sanín de Rubio, en el acto de instalación del III Foro Colombia en la era del Pacífico
"El otro mar"
Noemí Sanín de Rubio
Ministra de Relaciones Exteriores
es
33-36
01/04/1993
01/04/1993
Ningún escenario mejor que esta Popayán de siempre, que esta Popayán nuestra que no pudieron destruir la naturaleza ni la adversidad para evocar cómo al relatar la conquista del Istmo de Panamá por los españoles, en su Historia general de las Indias, cuenta Francisco López de Gomara que cuando Panquiaco, hijo del cacique Comagre, vio con cuánta violencia reñían las gentes de Balboa por el reparto de los presentes de oro que generosamente les ofrecía su padre, arrojó indignado los preciosos objetos y dijo: "Si tanta gana de oro tenéis, que matáis a los que lo tienen, yo os mostraré una tierra donde os hartaréis de ello". Hablaba del "otro mar".
Un tiempo después, el 25 de septiembre de 1513, antes del mediodía, Balboa y los suyos contemplaban jubilosos el mar del Sur. Se abría para ellos el camino de la gloria y, tal vez, de la riqueza. Para el mundo era el primer contacto entre Europa y ese otro mar ilimite, el gran océano que Magallanes llamara Pacífico al navegar sobre sus aguas hasta el Asia y convertir así en realidad el primer sueño de Colón.
Cuatrocientos setenta y nueve años más tarde, otro 25 de septiembre por curiosa coincidencia, en el marco de la IX Reunión General del Consejo de Cooperación Económica del Pacífico, PECC, celebrada en San Francisco el año pasado, se formaliza el ingreso de Colombia a dicho organismo, en calidad de miembro asociado.
Este hecho, sumado al ingreso de nuestro país en el Consejo Económico de la Cuenca del Pacífico, Pibec, habla con elocuencia de la nueva carta de navegación que Colombia está utilizando para adentrarse en ese mar de interminables oportunidades de desarrollo, integración y mesura.
La participación en los dos importantes organismos crea un espacio de complementación decisivo para la internacionalización de nuestra economía. Baste decir que tan sólo el Pibec reúne a cinco mil grandes empresarios de los principales países de la región. Zona que, entre otras cosas, produce cerca del 60% de las transacciones comerciales y financieras mundiales; cuenta con las dos más grandes bolsas de valores, con los diez mayores bancos y con seis de los diez mayores puertos del mundo. Adicionalmente, representa en términos aproximados el 70% del valor económico agregado en tecnología y cerca del 80% de la robótica mundial.
Me atrevo a afirmar que esta conjunción de posibilidades para un país como el nuestro, en donde hace tan sólo un año existían meras expectativas sobre el tema, tiene, como lo tuvieron para Balboa sus propias circunstancias, un enorme contenido simbólico. En este caso, el ingreso definitivo de Colombia a la era del Pacífico. Una era que comenzó a principios de este siglo, de manera imperceptible para muchos en Occidente, con la industrialización del Japón, el incipiente despegar de Australia, el inusitado desarrollo de California y los avances en infraestructura portuaria en el extremo oriental de la antigua Unión Soviética.
Este tiempo adquiere resonancia particular en los años setenta y ochenta con el rápido crecimiento económico de los llamados "cuatro dragones" asiáticos (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwan), ve irrumpir a Estados Unidos y Canadá en las costas del Pacífico americano, y a Indonesia, Tailandia y Malasia en el Sudeste Asiático, como nuevos faros de desarrollo alrededor de la dilatada cuenca oceánica. Sin embargo, para Colombia, eso que hasta hace poco constituía motivo de admiración y estupor, ya no lo es más. Ya no miramos el poderoso desarrollo de estas naciones como una lejana ficción propia de aquellos silenciosos e inescrutables orientales.
Creo sinceramente que el turno de acceder a más elevados estadios de prosperidad, en este histórico desplazamiento del eje planetario del desarrollo, ha llegado ya para países como el nuestro. Y estoy segura de que Colombia se ha venido preparando de manera adecuada para sortear airosamente este desafío. No podemos hoy hablar del Lejano Oriente.
Firmemente arraigada en sus convicciones democráticas, nuestra patria ha construido, persistente y laboriosamente, el conjunto de sus instituciones políticas hasta alcanzar la estabilidad que hoy exhibe, como el mejor pasaporte hacia el desarrollo.
Ese esfuerzo, aunado a la claridad de objetivos en la conducción económica, ha rendido sus frutos. Durante la denominada década perdida para el desarrollo económico en América Latina, nuestro país creció alrededor del 4% en promedio anual, con un incremento real del ingreso per cápita, con niveles de inflación controlados y con un notable crecimiento y diversificación de sus exportaciones. Colombia ha sido el único país latinoamericano que no ha reestructurado su deuda externa, manteniendo un sólido acceso a flujos netos positivos de crédito. Estos logros se encuentran vinculados al modelo de modernización e internacionalización del país, y de apertura de nuestra economía, que ha venido transformando progresivamente su estructura productiva.
Con el mismo propósito se cumplieron importantes transformaciones en materia cambiaría, tributaria, financiera, laboral, en el esquema de comercio exterior y en el régimen de inversión extranjera. La integración andina, las nuevas formas de acción propiciadas por el Grupo de los Tres y las expectativas del libre comercio hemisférico otorgan un notable impulso al proceso evolutivo de la economía colombiana.
En lo que concierne directamente al Pacífico, el país mantiene amplios vínculos comerciales, diplomáticos y de cooperación con la mayor parte de los países ribereños. Baste recordar que más del 60% del comercio exterior colombiano se realiza con países de la cuenca pacífica. Y, a través de 19 embajadas en toda la cuenca, mantenemos relaciones diplomáticas con 26 de los 29 países que conforman el espacio pacífico, sin contar los catorce Estados-islas del Pacífico y del Pacífico Sur. He ahí, una muestra de la clara expectativa de desarrollo que ha puesto Colombia en el área. Aunque eso no es todo. Falta destacar algo que recientemente ha venido a complementar con amplitud esa vocación: nuestro gran salto hacia el otro lado de la cuenca.
Hasta hace unos meses nuestra presencia en esa latitud llegaba a siete sedes diplomáticas y consulares. Ahora, con la apertura de nuevas misiones en Malasia y Singapur, de la embajada en Nueva Zelanda y la oficina comercial en Taiwan, hemos dado un paso fundamental, tanto cuantitativo como cualitativo, para sellar nuestra entrada activa en esa pujante orilla de la cuenca del Pacífico.
Por otra parte, en el campo subregional, Colombia, Chile, Ecuador y Perú conforman la Comisión Permanente del Pacífico Sur, organismo cuyo principal objetivo es contribuir al uso adecuado de los recursos vivos y minerales de las aguas y también, desde hace poco, participar en el ámbito económico de la zona.
Esta comisión posee unos antecedentes de acción importantes, pues durante muchos años abogó ante las Naciones Unidas por una reglamentación de los derechos del mar. Gestión que, sin duda, tuvo mucho que ver con el proceso que condujo a la Convención sobre el Derecho del Mar, suscrita por más de 150 Estados.
La mención de nuestro país como partícipe activo en la elaboración de fórmulas para el uso adecuado de los recursos que ofrece el vasto océano nos lleva necesariamente a tocar el tema del medio ambiente y el desarrollo, clave para la expansión de los países del área.
Colombia tiene una importante herramienta para su inserción en la dinámica de la cuenca: su impresionante biodiversidad. Con esa base, participa en múltiples programas y proyectos que sobre el tema desarrolla la Comisión Permanente del Pacífico Sur. Entre otros, las investigaciones sobre las pesquerías de la zona (que representan el 75 % de la pesca mundial) y sobre la contaminación del medio marino prometen resultados esclarecedores en la búsqueda de soluciones a los problemas que afectan directamente un desarrollo equilibrado en la zona.
Además, a través de la moderna Base Naval de Bahía Málaga, la armada nacional ejerce hoy una celosa soberanía sobre nuestras áreas marinas y submarinas. También, con igual denuedo, colabora en la preservación del medio marino, utilizando tecnologías avanzadas a través del Centro de Control de la Contaminación del Pacífico.
En fin, es bastante lo que puede decirse sobre nuestro franco proceso de inserción en esta "hermandad marítima", pero como es evidente, una salida satisfactoria hacia aguas profundas requiere buen puerto de arranque. De ahí que el país no sólo escrute el lejano horizonte, sino que se preocupe por lo que ofrecen sus propias costas.
En ese sentido, el Plan Pacífico, cuya aprobación apenas tiene poco más de un año, ya muestra resultados tangibles en el mejoramiento de la zona. Esos resultados han sido apoyados con eficiencia por los departamentos de la región agrupados en el Corpes de Occidente.
En efecto, el mejoramiento de la red troncal nacional, la adecuación de las carreteras que unen el interior con el litoral —en especial con Buenaventura—, la rehabilitación de 1.600 Km. de vía férrea y la transformación a fondo del sistema portuario, con el fin de modernizarlo y hacerlo más eficiente, constituyen la columna vertebral de la inserción colombiana en el Pacífico.
Entre 1992 y 1993 se han realizado grandes inversiones en la zona, o están en proceso de ejecución. Para el puerto de Buenaventura se han asignado 6.228 millones de pesos, para el muelle maderero 516 millones y para el puerto pesquero en Tumaco 825 millones. Las vías también recibirán un fuerte impulso. El corredor vial de Buga-Buenaventura recibirá 3.942 millones y las vías de Pasto a Tumaco obtendrán una inversión de 10.437 millones de pesos.
Incluyendo telecomunicaciones y sector eléctrico, la inversión total en infraestructura asciende a 65.583 millones. Deseo destacar también el importante paso dado en virtud del acercamiento con el Pacífico a través de la misión empresarial liderada por el Ministerio de Comercio Exterior.
Queda, por último, abierto a la voluntad de futuro de los colombianos, el más preciado de nuestros recursos frente al espacio pacífico: el istmo centroamericano termina en el suelo del Chocó colombiano, a pocos kilómetros de las aguas del más occidental de los mares atlánticos, el Caribe, y precisamente allí empieza nuestro dilatado litoral de cerca de 1.300 Km. sobre las costas del Pacífico oriental.
La geografía, la historia y la cultura nos dotan, pues, de una envidiable situación para ser sitio de confluencia, de enlace y de tránsito. Precisamente este foro debe servirnos para analizar conjuntamente, de manera abierta, todas las alternativas, los proyectos, las iniciativas que permitan a Colombia cumplir con su vocación pacífica y de punto de encuentro de las tres Américas.
A lo largo de las doce conferencias previstas y a través del diálogo que se establezca podremos obtener luces sobre el camino a seguir.
Temas tan importantes como la tecnología, la protección de la biodiversidad, la integración de Colombia en la cuenca del Pacífico, el desarrollo económico y social de Occidente, las estrategias del gobierno nacional hacia la región, y las infraestructuras de comunicación, vías ferroviarias, fluviales y carreteras serán presentados por distinguidos panelistas, a quienes tengo el gusto de saludar y dar la bienvenida.
Precisamente, otro foro, la Comisión de Vecindad Colombo-Panameña, reunida a principios del mes pasado, sirvió para discutir el tema del tapón del Darién y proponer estudios más detallados que congregan intereses regionales, nacionales y ecológicos, como es nuestra responsabilidad. Esta Comisión aceptó con entusiasmo la propuesta colombiana de evaluar un proyecto de transporte mediante un sistema de ferry, el cual permitiría resolver temporalmente la discontinuidad de la carretera panamericana.
Entonces, no cabe duda, nuestro propósito es dinamizar la búsqueda para llegar a formulaciones más concretas, y contribuir al establecimiento de mecanismos que permitan articular estas iniciativas de futuro con las posibilidades y realidades del presente. Esa es la razón de ser de este foro que me complazco en declarar instalado desde esta resplandeciente "ciudad blanca" de Popayán, siempre presente y siempre activa en los grandes retos de la historia nacional.
Un querido colombiano, don Marco Fidel Suárez, caracterizó en una sola frase: "Réspice Polum" (mirar en dirección al Polo Norte), la orientación esencial de la política internacional de Colombia, a principios de siglo.
Hoy, cuando finaliza la centuria, cumplidas ya tantas fases en nuestro recorrido de nación libre y soberana, me atrevería a afirmar que los imperativos de la historia contemporánea, y el derecho de nuestro pueblo a la patria digna, próspera y amable que estamos empeñados en construir, nos llevan a adoptar una nueva consigna complementaria: "Réspice Pacificum". Que, como lo he mencionado a lo largo de esta intervención, es una mirada en serio, con resultados y sin más límites que el de hacer nuestra esa ruta que en el pasado surcaran navegantes visionarios y conquistadores alucinados. Ese es el deber para una nación como la nuestra, en cuyo suelo el civilizado occidente se torna en oriente promisorio y el profundo sur americano empieza a ser norte sin fronteras.
Me siento complacida y orgullosa al confirmar la capacidad de convocatoria que han logrado estos foros. En este tercer encuentro agradezco de manera especial a los señores conferencistas, parlamentarios, embajadores y periodistas que hoy nos acompañan. Ya pueden darse muestras definitivas de nuestro proceso de integración con la dinámica de la cuenca y también pruebas concretas de la atención que se le está prestando internamente a nuestra área pacífica. Esto le da un alcance muy importante a esta reunión de gestores del desarrollo del país pues, además de estudiar nuevas propuestas, se podrá realizar un seguimiento de lo hecho hasta el momento en este inaplazable redescubrimiento.
Quisiera que este ánimo expuesto hasta el momento se acrecentara, y llegáramos a pensar en ese "otro mar" como seguramente lo pensó Pablo Neruda al mirarlo desde su casa en Isla Negra. Para él ese océano Pacífico era como "un pozo en cuyas aguas la noche deja sus estrellas".
Ese brillo también nos corresponde.