Asia en la mira
Pío García
Filósofo, especialista en relaciones internacionales.
es
9-13
01/07/1994
01/07/1994
Si alguna región del planeta puede servir de laboratorio para probar la capacidad de los colombianos de acabar de internacionalizar su economía y ponerse al día con las exigencias de los tiempos actuales, es Asia. La dependencia colonial de Europa, la posterior subordinación a Norteamérica y la consanguinidad con Latinoamérica fueron llevando al país a una relación natural y sosegada con toda la cuenca atlántica y del Pacífico Oriental. Por el contrario, los vínculos con las naciones allende el vasto mar de Balboa son inéditas y desafiantes.
En la inmensidad asiática, el borde sobre el Pacífico tomó un vuelo inusitado en las últimas décadas. Estos pueblos paupérrimos hace tan sólo 25 o 30 años ahora manipulan las tecnologías más sofisticadas; sociedades en luchas sanguinarias que ahora saborean los frutos de la convivencia; culturas ignotas ahora admiradas por los extraños.
Para Colombia, hoy en día Asia Oriental reviste una doble importancia: es objeto de interés teórico y práctico. Primero por la necesidad de explicar y aprender de su rápido desarrollo económico y, segundo, por la urgencia de aprovechar un mercado tan activo como difícil de conquistar.
El este de Asia pasa por una fase de modernización económica, política y cultural, sustentada en una industrialización vigorosa. El proceso, que arrancó en Japón al concluir la Segunda Guerra Mundial y se extendió progresivamente a su periferia, tiene un patrón particular. Lo que podría denominarse "la vía este asiática de desarrollo" combina factores técnicos y culturales. Se trata de un proceso de planes estrictos, dirigido por el Estado, en concertación con las élites empresariales y sindicales, y soportado y controlado por una burocracia apta y honesta.
La dirección desde las instancias máximas del Estado le imprime un carácter centrista y autoritario, con una dosis atenuada de represión política, pues el despotismo de otros tiempos y otros lugares se obvió esta vez, gracias a la convergencia en los planes oficiales de los intereses de los grupos económicos y de buena parte de los de la masa obrera. La gran atención a la dimensión distributiva mermó a cada paso la impugnación de los objetivos gubernamentales de crecimiento. Con el paso del tiempo, y en la medida que la capacidad privada de gestión ha ido en aumento, disminuye la coacción económica y política, motivo por el cual la madurez económica en Corea, Taiwán o Singapur, por ejemplo, ha permitido el afianzamiento de las prácticas de la democracia política. Los asiáticos del Extremo Oriente, en su proceso modernizador, le han dado mayor importancia al aspecto distributivo o de la participación económica que al representativo de la democracia. Consideran la democracia económica como un mejor sustrato de la política democrática.
La senda por la que han buscado transitar los países del oriente asiático es una carrilera de planes económicos, con objetivos explícitos. Japón, Corea, China, Tailandia o Malasia, se encaminan sobre metas a mediano y largo plazo que tratan de cumplir en forma rigurosa. Si Corea o Singapur se propusieron ser naciones industrializadas antes del año 2000, China lo quiere ser antes del 2020. Por lo general, esos países están obteniendo sus objetivos antes del tiempo previsto.
Por supuesto, en estipular metas no está la gracia: fácil es soñar... Los ambiciosos planes serían un fracaso, de no ser por la acción de una burocracia oficial bien preparada, honesta y eficiente, capaz de prever lo imposible y de orientar y controlar las ejecuciones contempladas en los planes económicos. Así, Japón, Corea, Singapur y Taiwán, en la década de los cincuenta estudiaron y estipularon mecanismos de reorientación productiva, que después se tradujeron en una exitosa reforma agraria, financiera y fiscal. En la década de los setenta fueron Indonesia, Tailandia y Malasia los países que acogieron reformas para desencadenar su potencial, a través de la inyección de capital y tecnología extranjeros. Sus resultados se vieron en la década de los ochenta, cuando emergieron como economías de alto dinamismo y competitividad exportadora. Otro tanto puede decirse de China, país que presenta una expansión industrial acelerada, gracias a la buena conducción de las reformas implantadas en 1978, bajo el liderazgo de Deng Xiaping.
El hecho de tener personal calificado en el lugar requerido, así como una población capacitada, resultó ser la ventaja comparativa de estos países en el tránsito hacia la sociedad industrial, bajo las condiciones del final del siglo XX. Primero, porque la dura competencia para acceder a los puestos del gobierno permite contratar a los mejor dotados. Segundo, porque la mayor parte de la masa laboral está en condiciones de ser adiestrada con rapidez en el manejo de instrumentos complejos, propios de la producción industrial avanzada. En estas sociedades funciona, entonces, la meritocracia, la cual sólo es posible en lugares donde la población está en igualdad de condiciones de ilustración, principio sagrado de la tradición confuciana.
En síntesis, si algo puede rescatarse de esta experiencia asiática es la existencia de un trasfondo de racionalidad que fortalece el ingenio natural humano a través de la educación y que es capaz de aprovechar, gracias a una burocracia hábil y competente, todos los recursos disponibles, incluso aquellos "irracionales" de las creencias y los hábitos colectivos, como el sentido gregario de esos pueblos.
Aun sin tener plena conciencia de "la vía este asiática de desarrollo", Colombia se va involucrando en ella, a través de las tres opciones a la mano: el cubrimiento diplomático, la participación en los entes de cooperación y las actividades de los agentes particulares.
Del olvido ancestral del Asia, los últimos gobiernos han pasado a la febril apertura de misiones. En poco más de una década, la solitaria gestión del representante en Japón pasó a ser acompañada por un contingente diplomático que aunque modesto hace presencia en todo el Pacífico asiático, con la sola excepción de la península indochina. Los funcionarios colombianos en Seúl, Tokio, Beijing, Hong Kong, Bangkok, Kuala Lumpur y Yakarta, según las disposiciones de las últimas administraciones, tienen la función no sólo de representar el país, sino de promover los negocios.
Esta punta de lanza nacional en cabeza de la diplomacia colombiana está reforzada ahora por la intervención en los organismos de cooperación económica más fuertes del Pacífico: el PECC y el PBEC, ambos de profunda raigambre japonesa y con la participación activa de los países asiáticos aledaños. Colombia es miembro pleno del PECC y del PBEC a partir, respectivamente, de abril y mayo del presente año. Por medio de esos instrumentos, las entidades públicas y privadas colombianas tienen la oportunidad de interactuar con los 22 principales países de la cuenca, cientos de centros académicos y más de 2.500 empresas.
En gran medida, estas gestiones oficiales y de ciertas entidades privadas son el eco de una profusa colección de inquietudes e ideas que pululan por todo el ámbito nacional. Por encima de todo, estas expectativas pretenden, con razón, hallar la clave para penetrar el atractivo mercado de Asia Oriental. Y no sin razón, pues el sentido asiático, además de dar lecciones de desarrollo, es un mercado halagüeño de 2 mil millones de dólares, cuyo comercio crece un 10% cada año. Su aprovechamiento depende, sin duda, de la sincronización de los esfuerzos oficiales y privados.
Durante la década pasada, Asia Oriental elevó ligeramente su participación en el comercio exterior colombiano, al subir a 7% el monto inicial de 6%. Las relaciones económicas de Colombia con el este asiático tienen a Japón como columna vertebral. Con ese país ocurre el 90% del comercio, y otro tanto de las inversiones y la cooperación económica y técnica.
Fuera del Japón, los principales socios del país al otro lado del Pacífico son Corea del Sur, Taiwán y Hong Kong. Esta tendencia al incremento en el intercambio de bienes, aun cuando lenta, persevera en los noventa. Poco a poco, en este circuito comercial colombiano intervienen China, Indonesia, Malasia y Tailandia y con menor intensidad Filipinas y los países de la península de Indochina.
Dos principales características presentan el comercio transpacífico del país. De un lado, soporta un desbalance crónico, que no pudo ser remediado ni siquiera durante los años en que se indujo la generación de superávits comerciales para atender el servicio de la deuda externa, como, por ejemplo, el período 1982-1986.
De otro lado, es un comercio de complementariedad absoluta, en el que a la colocación colombiana de insumos industriales y alimentos corresponden compras de bienes manufacturados de diversa índole. La oferta nacional restringida a unos pocos productos contrasta con la amplia lista de productos industriales. Café, esmeraldas y carbón daban cuenta, en 1990, del 80% de las ventas, mientras el grupo de acero, la maquinaria en general, los vehículos, los aparatos telefónicos y otra veintena de artículos similares correspondía un porcentaje de igual tamaño en las importaciones.
El panorama económico, desde su eje en el comercio, es completado con los flujos técnicos y financieros, a través de las inversiones, los créditos y los programas de cooperación. En estos aspectos, al igual que en el intercambio de bienes, se destaca la posición del Japón, seguido de lejos por Corea y China. Con el repunte del influjo japonés en el sector automotor colombiano, en 1991 la inversión nipona directa se elevó a 100 millones de dólares. Fue en ese año la mayor inversión extranjera en el país. Con todo, su participación en el total de la inversión extranjera en Colombia escasamente alcanza el 3%, lo cual revela el amplio espacio por cubrir, dado que las empresas japonesas poseen el 13% de la inversión externa en América Latina y, junto con las estadounidenses, poseen los mayores activos en todo el mundo.
En el ramo financiero, el poder japonés se agigantó, como resultado de la apreciación del yen. Su participación se cuadruplicó a lo largo de la década de los 80. El país asiático se colocó como el segundo acreedor colombiano, después de los Estados Unidos, con un 13% de los créditos públicos cuando inicialmente era de sólo el 3%.
La cooperación técnica y financiera japonesa ha servido, asimismo, entre otros proyectos, para los estudios de rectificación de la carretera Bogotá-Buenaventura, el plan hidroeléctrico del río Atrato, la remodelación del Parque Simón Bolívar en Bogotá, la tecnificación del transporte urbano capitalino, y construcción de la represa de San Rafael en La Calera.
La inversión coreana inicialmente buscó ubicarse en el sector agroindustrial, pero le ha ido mejor en el automotor. La China se dirigió a la pesca. En la cooperación técnica, Corea le ha prestado valiosa ayuda a Telecom, y China a los departamentos de Nariño y Arauca en su producción agropecuaria.
¿Qué, entonces, hacer para aprovechar mejor el potencial económico este asiático?
La estrategia certera para capitalizar, en favor del país, el auge económico de Asia Oriental exige un gran esfuerzo colectivo gubernamental y privado. Poco a poco aparecen variados diagnósticos y propuestas en acción. En la obra "Mirar al Asia" dedicada a este asunto[1], se indagan algunos problemas y soluciones al respecto.
El primer gran problema por atacar es el bloqueo cognoscitivo. Falta un conocimiento mayor de los pueblos asiáticos, que además de geográficos son antípodas en el pensamiento. Hay una relación directa entre el desconocimiento de esas sociedades y la magnitud pequeña de los negocios. La familiaridad intelectiva, por medio de publicaciones, seminarios, cursos universitarios, etc., facilitaría el comercio, las inversiones, la cooperación técnica. La extensión de estudio de los asiáticos debe cubrir no sólo sus sistemas económicos, sus estructuras políticas, sino su sociología y sus idiomas. El chino y el japonés deberían ser, desde hace rato, cursos regulares en las universidades con programas de comercio exterior y relaciones internacionales, pues así como en América Latina el extranjero puede abrirse paso con el inglés pero le va mejor al que maneja bien el español, en Asia tiene más herramientas en la mano quien conoce las lenguas locales.
En segundo lugar, es preciso domesticar y asimilar los aportes institucionales asiáticos. El ambiente óptimo para este propósito es el generado por el PECC y el PBEC, que como se dijo antes, ya forman parte del sistema multilateral en el que se mueve Colombia. Mientras en el segundo de ellos, los empresarios tratan de interactuar unos con otros y de dar pautas a los gobiernos para garantizar la libertad de comercio, en el primero se estipula el encuentro y la acción combinada de los gobiernos, los hombres de negocios y los miembros de las instituciones educativas y de investigación dedicados al estudio de los asuntos relativos al Pacífico.
El aporte gubernamental ha de servir de tutor, y para tal fin se debe aprovechar al máximo el despliegue diplomático en el Pacífico asiático. Sin embargo, las acciones afuera deben estar acompañadas del esfuerzo oficial por modernizar la infraestructura y los servicios del país. Colombia, por concentrar su estructura productiva en el interior, siente la ausencia de acceso rápido al mar como un verdadero cuello de botella en su proceso de internacionalización y de inmersión en la dinámica económica de la cuenca pacífica. En este sentido, los asiáticos han operado en una forma distinta, y volcaron desde tiempo atrás o mueven su producción industrial hacia el litoral. Todos los centros industriales y financieros de esa región están pegados o próximos al mar, lo cual constituye una considerable ventaja comercial.
Para Colombia es imposible utilizar con fines de producción industrial su costa pacífica, por la fragilidad del ecosistema. Pero sí puede convertirla en un lugar adecuado para el tránsito de bienes. En este sentido, es responsabilidad oficial adecuar y ampliar la red vial y portuaria hacia la costa pacífica. A más lentitud en las posibilidades de acceso terrestre rápido al mar, mayor será el rezago frente a los competidores.
Adicionalmente, se tiene que continuar con la modernización de los servicios aéreos y las telecomunicaciones. Una buena parte de la oferta de productos frescos como flores, hortalizas y algunas frutas tienen que arribar a Asia Oriental por avión.
Para terminar de redondear el conjunto de acciones del gobierno, es indispensable reiterar la necesidad de garantizar la seguridad, pues si algo inhibe el desplazamiento de los inversionistas o de los compradores asiáticos a nuestro país son los altos índices de inseguridad que registra Colombia.
En tercer lugar, y más allá del marco de operaciones provisto por el gobierno, está el gran desafío para el sector privado de arribar y sostenerse en mercados amplios y dinámicos como el japonés, el coreano, el malasio, el tailandés, el indonesio y el chino mismo. Se suele insistir en lo complicado de sus sistemas, en las trabas paraarancelarias, en la distancia, etc. Pero lo cierto es que hay ejemplos de comercio exitoso con esos países y los latinoamericanos. Sobresale el caso de Chile, país que ahora les vende más a los asiáticos que a los norteamericanos. También es notable el intercambio logrado por Brasil y México.
Algunos de los retos para los productores y organizaciones empresariales de Colombia frente al oriente de Asia pueden resumirse en los siguientes enunciados:
a) Acopiar la información más detallada y actualizada posible sobre las oportunidades comerciales y de negocios. Existen para tal fin diversos medios, como las oficinas permanentes de Colombia en esos países, las redes de información comercial y las oficinas asiáticas en Colombia.
b) Participar en las ferias, exposiciones y eventos comerciales que organizan los países asiáticos. Nada supera la promoción que se puede lograr a través de los contactos directos.
c) Realizar regularmente misiones comerciales y de negocios al Asia. Preparar para ello el material visual y audiovisual pertinente y suficiente.
d) Elevar la calidad de la oferta de bienes y diversificarla.
e) Establecer alianzas estratégicas con otros productores y con las comercializadoras asiáticas, que son las que mejor conocen esos mercados y pueden facilitar la inevitable labor de aprendizaje.
f) Crear o reforzar las cámaras binacionales de comercio.
g) Proponer y exigir al Ejecutivo las medidas de política económica y de mejoramiento de la infraestructura y los servicios, con el fin de tener los medios adecuados para fortalecer los nexos transpacíficos. El PECC y el PBEC son instrumentos idóneos para lograr este objetivo.
Desde la doble perspectiva teórica y práctica, la transformación económica de Asia Oriental es de interés para Colombia. La forma como las dirigencias políticas en esos países han logrado conjugar los intereses de sectores vastos de la población y encauzarlos hacia metas claras de desarrollo económico y político es objeto de reconocimiento y de estudio.
Por otra parte, en el este de Asia hay un cúmulo de experiencias de industrialización, de capitales, de recursos tecnológicos, así como de nuevas necesidades por satisfacer con bienes importados. Con laboriosidad y gran destreza negociadora, ese grupo de países aprovecha de manera ejemplar sus relaciones externas. Bien conocido y manejado su legado puede llegar a propinar el empujón que el desarrollo económico y social colombiano requiere.