Discurso del ministro de Relaciones Exteriores, Rodrigo Pardo, al instalar la XXIII Reunión de Comisiones de Asuntos Fronterizos
Rodrigo Pardo
Ministro de relaciones exteriores.
es
35-38
01/10/1995
01/10/1995
Puerto de la Cruz, Venezuela, 16 de noviembre de 1995
Señor ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, doctor Miguel Ángel Burelli Rivas, señores presidentes de las Comisiones de Presidenciales de Asuntos Fronterizos, señores comisionados, autoridades de la República de Venezuela, señoras y señores:
Nos reunimos en Puerto de la Cruz a propósito de la celebración de la XXIII reunión de las Comisiones Presidenciales de Asuntos Fronterizos. Se trata, sin duda, de una gran oportunidad para hacer un balance de las labores realizadas, un análisis de sus logros y una evaluación de sus objetivos futuros.
Tal vez nunca, como ahora, fue tan necesaria la existencia de las Comisiones de Vecindad, como las llamamos en Colombia. Hace cinco años, cuando se pusieron en marcha, las Comisiones constituyeron toda una innovación. No fue una idea sacada de los libros, ni de experiencias de otras latitudes: fue una respuesta colombo-venezolana, y muy bolivariana, para hacerle frente a nuestra realidad.
Una realidad, de hecho, muy original: cerca de siete millones de venezolanos y colombianos han vivido durante años en la región fronteriza y han convivido bajo una especie de integración natural, de integración espontánea.
Las Comisiones reconocieron la realidad de la binacionalidad de los asuntos que afectan a estos siete millones de venezolanos y colombianos, y sirvieron de entes coordinadores para entrar a trabajar por sus condiciones de vida. Estas actividades cambiaron el concepto de la frontera, que dejó de ser una línea divisoria para entenderse más bien como una zona común de grandes oportunidades.
El ambiente en la frontera evolucionó, y su mejoramiento se reflejó en el estado global de las relaciones bilaterales las cuales encontraron, como debe ser, espacios abiertos para uno de los procesos de integración más exitosos de nuestro continente.
Don Ramón J. Velásquez y Enrique Vargas presidieron estos exitosos esfuerzos, labor que fue reforzada por Ornar Baral y Valmore Acevedo.
Cinco años después, el panorama de la frontera es otro. Los problemas que nos causan mayor preocupación son otros: la criminalidad, la acción de la guerrilla, el narcotráfico. Además, el rápido incremento de la actividad comercial ha cambiado la realidad de nuestras ciudades fronterizas, que durante décadas tuvieron el papel de actores únicos del comercio entre las dos naciones.
Junto al éxito indudable de los programas y planes coordinados por las Comisiones de Asuntos Fronterizos, hay que pensar en estos nuevos fenómenos. La evaluación que harán las dos comisiones de sus trabajos, aquí en Puerto de la Cruz, será la mejor plataforma para replantear sus acciones dirigidas a enfrentar la realidad de la frontera más viva de América Latina en los años noventa.
Sobre la experiencia vivida, y las lecciones aprendidas, nos corresponde ahora reconocer la binacionalidad de nuestra realidad de nuestras oportunidades y de nuestros problemas, con el fin de abonar el terreno para el trabajo conjunto y para las soluciones binacionales.
Uno de los asuntos que merece nuestra acción prioritaria es el robo de vehículos y su traslado a Colombia, tema que ha estado presente en los trabajos de las comisiones desde sus orígenes. Los dos países firmaron en 1983 un tratado bilateral dirigido a mejorar los instrumentos jurídicos con los que se le puede hacer frente a este perturbador problema, el cual fue ratificado por Venezuela y cumple actualmente el último trámite previsto por la Constitución de Colombia para su perfeccionamiento: el visto bueno de la Corte Constitucional.
Recientemente, los miembros de la comisión prevista en dicho instrumento se han reunido con carácter de Grupo de Trabajo y han identificado las acciones concretas que se deben adelantar para acabar con esta práctica delictiva y lograr el retorno de los vehículos a sus dueños legítimos.
Por instrucciones precisas del presidente Ernesto Samper, en Colombia se han inmovilizado los vehículos que estaban en poder de entidades oficiales y se identificaron aquellos que podrían ser de procedencia venezolana e ilegal. Con la presentación de las denuncias respectivas por parte de las autoridades venezolanas, que está en proceso, lograremos la recuperación de los primeros carros.
No hemos llegado aún a donde deseamos, pero sin duda estamos más cerca.
Otro asunto que ha centrado la atención de la opinión pública es el de la seguridad. Diversas modalidades criminales se han convertido en amenazas contra la integración y la convivencia fructífera de los ciudadanos de la frontera. Los gobiernos hemos respondido con lo que sin duda alguna constituye la mejor actitud frente a los criminales: el trabajo coordinado de nuestras Fuerzas Armadas y de Policía.
Que nadie se llame a engaño. El enfrentamiento en la frontera es entre las Fuerzas del Orden de Colombia y Venezuela contra los enemigos comunes: el narcotráfico, la guerrilla y todos los criminales. En esta batalla conjunta no nos faltará ni la decisión ni la energía que se necesitan para triunfar.
La reunión de los ministros de la Defensa de los dos países, el general Moisés Orozco Graterol y el doctor Juan Carlos Esguerra, hace una semana, es una invitación al optimismo. Decidieron ellos "Reafirmar el compromiso de fortalecer la presencia de las Fuerzas Armadas en la frontera y de adelantar operaciones coordinadas, cada fuerza en su respectivo territorio, para evitar que la línea fronteriza sea utilizada por los delincuentes como un medio para eludir la acción de las autoridades y la aplicación de las leyes de ambos Estados".
Hoy en día, la presencia de los hombres uniformados en la zona fronteriza es una medida que genera confianza, que es ampliamente bienvenida y que le abre las puertas a la seguridad y a la paz.
No hay duda de que los criminales desean poner a prueba la integración. Pero tampoco la hay de que los dos gobiernos sabrán superarlas con éxito y de que la victoria final estará de nuestro lado.
También ha sido un gran avance la conclusión obtenida por la Comisión Negociadora en su reciente reunión de Miami. Acogiendo una propuesta del presidente Rafael Caldera, convinieron intensificar la labor de demarcación de la frontera terrestre en la Serranía del Perijá. Mi país tiene las mangas arremangadas para comenzar a trabajar, con la convicción de que esta tarea disminuirá los riesgos de que se vuelvan a presentar incidentes como los de hace unas semanas.
El narcotráfico también se ha constituido en un grave desafío. No existe país alguno, como Colombia, que haya sufrido tanto sus consecuencias temibles y que haya hecho mayores esfuerzos para combatirlo. En esta tarea hemos tenido éxito: en los años setenta sacamos a los cultivadores de marihuana, en la década de los ochenta destruimos al cartel de Medellín y en 1995 estamos a punto de desmantelar al cartel de Cali.
Durante este año los colombianos hemos aprendido que sólo se puede tener éxito en la lucha contra el narcotráfico si ponemos en marcha una política multilateral. El narcotráfico no tiene nacionalidad: es un fenómeno cuyos tentáculos se extienden a muchos países y a varios continentes. Es indispensable atacarlos simultáneamente en todas sus facetas: el cultivo, el procesamiento, el tránsito, la distribución, el consumo, el lavado de dinero y la desviación de los precursores químicos que se utilizan para producir la droga maldita.
Si no combatimos al mismo tiempo todas estas actividades, los únicos resultados que podemos alcanzar en el corto plazo es el de cambios temporales en los precios, en las rutas o en los lugares de producción. Pero si anhelamos reducir el problema, que tiene carácter internacional, tenemos que poner en marcha una estrategia igualmente internacional.
Con el virtual desmantelamiento del cartel de Cali, y la política de la administración Samper de erradicar cultivos, que nos llevará al final de 1995 a destruir más de 30.000 hectáreas de coca y amapola, la comunidad internacional tiene una gran oportunidad. Tenemos que aprovechar este momento en que la columna vertebral del narcotráfico está a punto de quebrarse para ajustar la estrategia transnacional contra las drogas.
Por una vez, la sustitución de cultivos, el descenso en los precios de la materia prima y el aumento de los de la droga en las calles de Nueva York o de Chicago ponen al alcance de nuestra mano la posibilidad de herir de muerte al narcotráfico con todo su inmenso potencial de corrupción y violencia.
Mi país ha promovido la realización de una reunión mundial para estudiar mecanismos de cooperación internacional, y dedicarle un segmento especial del Consejo Económico y Social de la ONU a este problema. Igualmente, el presidente Samper propuso en la Cumbre de las Américas hace un año la firma de una Convención hemisférica contra el lavado de dinero.
Quisiera referirme a una dimensión adicional de nuestro proceso de integración: me refiero al papel de los medios de comunicación de los dos países. A ellos les cabe la responsabilidad de construir los simbolismos colectivos y, por intermedio de ellos, las percepciones de la opinión pública sobre la integración binacional.
Los medios de comunicación son los pedagogos cotidianos de la integración. Son el lente a través del cual nuestras gentes conocen los procesos integracionistas, sus actores, sus realizaciones, sus obstáculos y sensibilidades.
Unos medios de comunicación comprometidos con la integración son fundamentales en la tarea de que Colombia y Venezuela se conozcan más y mejor, en forma no oficial. Nuestras naciones en su conjunto se conocerán mejor a través del acercamiento franco y abierto entre los periodistas y comunicadores de los países.
Los medios son los ojos de la integración: siguen procesos, fiscalizan, analizan, promueven. A través de ellos la opinión pública de nuestros países observa el proceso binacional. Por eso su papel debe estar, y así sucede en la gran mayoría de los casos, a la altura de la responsabilidad histórica de consolidar la integración binacional.
En dirección a conseguir ese objetivo, es necesario que superemos los análisis reactivos y simplemente coyunturales, por análisis más propositivos, de mediano y largo plazo. Sólo así es posible alcanzar el objetivo de ubicar la integración entre Colombia y Venezuela en su contexto verdadero. Con sus complejidades, presentada en forma objetiva y equilibrada.
Los medios de las dos naciones son, para la fase de la consolidación, tan importantes como el motor de integración que representaron a principios de la década los sectores industriales y comerciales de los dos países.
Una prensa comprometida con la integración binacional, mas nunca abandonando su natural función fiscalizadora y analítica, es garantía sine qua non si se quieren generar procesos integracionistas verdaderamente arraigados en las bases mismas de nuestras sociedades.
Por eso creemos que la creación de una comisión sobre la realidad de los medios puede ser un gran aporte. En primer lugar, porque dos sociedades que se acercan y se integran tienen que acercar también a sus comunicadores. Tal como lo han hecho los gobiernos, los empresarios, los intelectuales, los deportistas, las mujeres y los hombres de frontera, también los comunicadores deben subirse al tren de la integración.
La integración de Venezuela y Colombia ha sido un motivo de admiración en nuestro continente y debe seguir siéndolo. En un mundo hostil y caótico, con tendencias preocupantes hacia el intervencionismo y con oportunidades abiertas por la creciente interdependencia de nuestras naciones, Colombia y Venezuela, más que nunca, tienen que aferrarse al mandato del Libertador.
No hay mejor respuesta que la unidad, para los interrogantes del mundo de hoy.
Ni hay mejores oportunidades para nuestras gentes, que aquellas que construimos juntos.
A pesar de las dificultades, el comercio entre las dos naciones sigue creciendo. En el primer semestre de 1995 superamos los 1.000 millones de dólares y al terminar el año duplicamos esa cifra. Colombia se ha convertido en el principal mercado para los productos no tradicionales de exportación de Venezuela, y Venezuela en el segundo para Colombia. Esta es una joya que tenemos que preservar.
En su reciente visita a Bogotá, el presidente Caldera se refirió a este tema con lucidez ejemplar. Es un hecho que ante todo queremos preservar la integración y salvarla de los embates de los problemas internos y externos de nuestras naciones. Allí está nuestra mejor defensa y nuestra única tribuna para mirar con optimismo el porvenir.
Algunos temas, como el transporte, los cambios en la tasa de cambio, los desequilibrios temporales y el más eficiente funcionamiento de las aduanas, deben concentrar nuestra atención.
Sé que los colombianos y venezolanos esperan que sus gobiernos manejen con sabiduría la vecindad geográfica de nuestros países. No podemos fallarles. Sigamos trabajando por la ruta del camino seguro que nos llevará al buen puerto de la prosperidad común.