Conflictos étnicos y fracaso de la propuesta integradora del Estado en África

Benjamín Herrera Chaves

Profesor de la Maestría de Ciencias Políticas y de la Maestría de Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana; profesor de la Maestría del Instituto adscrito a la Academia Diplomática. Investigador asociado IEPRI, Universidad Nacional de Colombia

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01/07/1996

01/07/1996

En abril de 1996 se inició otro enfrentamiento armado entre las diferentes fracciones que se disputan el poder en Liberia, pequeño país del África subsahariana occidental, situado en la franja tropical del continente sobre la costa de Guinea. El número de muertos y heridos en esta guerra de cinco años y medio, por el control del poder central, se cuenta en centenas de miles y el de desplazados y refugiados en cerca de un millón, para un país que contaba en 1990 con 2,5 millones de habitantes.

Los enfrentamientos en este pequeño país comparten, con la mayoría de los conflictos intraestatales en el África negra, la característica de ser interétnicos. Lo que los diferencia es que ellos no están directamente relacionados con la herencia política del período colonial. Liberia (junto con Etiopía) no fue una dependencia de las potencias europeas, siendo reconocida por éstas como un Estado independiente; de hecho, la primera unidad política del África negra en gozar de este estatuto jurídico internacional, que hoy es la norma aceptada de inserción en el sistema internacional.

Liberia posee otro rasgo que la diferencia de los otros países africanos: fue constituida en república en 1847 por libertos negros norteamericanos, quienes se habían instalado en el territorio gracias a los auspicios de la American Colonization Society y el apoyo del presidente Monroe (de donde proviene el nombre de su capital, Monrovia). El territorio, constituido por el cabo Mesurado y terrenos colindantes, fue adquirido por Robert Stockton, agente de la sociedad, en 1821 por compra al rey Pedro del Brasil, a cinco reyes y otros reyezuelos locales. Los descendientes de los afroamericanos constituyen el 3% de la población; el porcentaje restante está compuesto por 28 grupos étnicos, sin que ninguno de ellos sea mayoritario.

Desde su constitución como república hasta 1980, el control político fue ejercido por los descendientes de los afroamericanos. El último representante de este grupo en la presidencia fue William R. Tolbert quien fue derrocado y asesinado en abril de 1980 por Samuel K. Doe del grupo étnico krhan, quien a su vez murió bajo tortura en septiembre de 1990, después de ser capturado por una de las fracciones rivales durante uno de los pasajes de la guerra civil que estalló en diciembre de 1989.

Dejando de lado estos rasgos distintivos, la guerra civil en Liberia, que antes que civil debería ser designada como étnica, no presenta grandes diferencias con los otros conflictos de similar naturaleza que han tenido y tienen lugar en distintos países del África negra en el período postcolonial: un "señor de la guerra", quien para el caso es Charles Taylor —antiguo ministro de Samuel Doe, caído en desgracia y fugitivo—, ingresa a territorio liberiano desde la vecina Sierra Leona al mando de 200 o 300 hombres armados, con el fin de derrocar a su antiguo patrón. La respuesta de este último es una represión sangrienta e indiscriminada, en particular contra miembros de los grupos étnicos gio y mano. La respuesta a la represión es un incremento del apoyo a la lucha armada y actos de venganza contra los grupos étnicos de donde proviene el principal apoyo al entonces presidente (las etnias khran y mandingo).

 El desarrollo del conflicto acarrea desplazamientos masivos de refugiados tanto al interior como al exterior del país, creando factores de fricción con poblaciones locales de los países vecinos y convirtiéndose en un elemento desestabilizador para la región. Frente a la desagregación del Estado liberiano, los gobiernos miembros de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (Ecowas), liderados por Nigeria, crean una fuerza de intervención, denominada Grupo de Moni toreo del Cese al Fuego (Ecomog).

Las acciones de este último llevan en varias oportunidades a las fracciones enfrentadas a acuerdos que son violados otras tantas veces. El último data de agosto de 1995, con la creación de un gobierno provisional, integrado por representantes de todos los grupos. Los enfrentamientos iniciados el pasado abril tienen su causa inmediata en el intento de arresto y enjuiciamiento del jefe de una de las fracciones khran, Roosevelt Johnson, miembro de la junta provisional de gobierno y ministro de Desarrollo Rural.

El porqué de la recurrencia de este tipo de acontecimientos y de la persistencia de las identidades tribales después de más de tres décadas de independencia para la mayoría de los países africanos— y de cerca de 150 años de existencia independiente en el caso liberiano— nos lleva a interrogarnos sobre la pertinencia de la forma de organización política de las sociedades africanas, forma que no es exclusiva de este continente y que de hecho ha sido adoptada por todas las sociedades del planeta, el Estado. El interrogante sobre el Estado no es válido solamente para este continente; la persistencia de las identidades étnicas sobre aquellas denominadas "nacionales", en una alta proporción de los 185 Estados reconocidos actualmente, hace que este interrogante tenga validez universal.

El Estado es considerado como la expresión de la modernidad política y como la estructura organizativa hacia la cual deben tender en su evolución todas las sociedades. Aún más, se plantea al Estado como la expresión más acabada de la "nación", es decir, el punto culminante del proceso de diferenciación-autoidentificación de las comunidades humanas. De allí se deriva el concepto de Estado-nación.

Durante tres siglos la estructura estatal estuvo circunscrita al continente europeo[1]. Durante el siglo XIX, algunos de los Estados europeos se repartieron el mundo en nombre de la civilización ("el fardo del hombre blanco") y de la supuesta superioridad de su sistema político, lo que implicó la creación de unidades políticas dependientes (dominios, colonias, protectorados). La misión "civilizadora", en el plano político-administrativo, de este período colonial pregonaba como objetivo dotar a las sociedades políticas atrasadas de estructuras modernas.

El fin del período colonial, que tiene lugar, en lo fundamental, en los años posteriores a la terminación de la segunda guerra mundial, y particularmente durante la época de los sesenta, implica que las sociedades que han recobrado su independencia asuman la estructura estatal como forma de organización política.

La universalización del Estado es asumida como un proceso que va en el sentido de la historia y, en parte, como una respuesta a la voluntad "nacional" de las sociedades anteriormente dependientes. Estos supuestos son los que van a ser puestos a prueba en las décadas posteriores a la descolonización, hasta la época actual.

En el caso de las sociedades de África al sur del Sahara, es posible afirmar que el Estado como estructura política moderna fracasa. Fracaso que es posible evidenciarlo en varios niveles de análisis (administrativo, económico, militar), pero en donde es más patente es en lo político-social. El Estado en África no logra convertirse en el factor integrador de grupos humanos con identidades distintas (la identidad vista como el resultado de una red de interrelaciones sociales, políticas, económicas, culturales, religiosas y lingüísticas).

Este fracaso plantea, igualmente, el de la concepción de la historia que considera que todas las sociedades humanas siguen pautas de desarrollo similares y que aquello que las diferencia es la etapa en que se encuentran. Los supuestos ideológicos y políticos de los movimientos independentistas en los territorios coloniales africanos, así como de las distintas instancias —políticas, económicas o técnicas— de los países occidentales comparten esta concepción. De hecho, lo que las diferencia es el cómo superar etapas que consideran atrasadas y a dónde conducir el proceso.

Para todos, el Estado constituye el instrumento de la modernización social y económica. La modernización política se reduce a la construcción del sistema democrático. Se parte de la premisa que el aparato estatal está esbozado en los aparatos administrativos heredados de la época colonial. No es necesario construirlo, simplemente perfeccionarlo.

 

La construcción de la "nación"

Los países que acceden a la independencia en el África negra no corresponden a las unidades políticas que existían en este continente en las épocas anteriores a la colonización[2]. La independencia y el reconocimiento internacional le fue atribuido a países que se definían territorialmente por las fronteras heredadas del período colonial.

Para los dirigentes de las antiguas metrópolis como para los dirigentes de los nuevos "Estados" africanos era evidente que las fronteras de estas unidades políticas encerraban en cada caso (con la excepción de Somalia) una diversidad de grupos étnicos y que la unidad "nacional" era simplemente una ficción, que había cumplido un papel durante el proceso de independencia, pero que carecía de bases sociales reales. No existía una sociedad zaireña (en el caso del antiguo Congo Belga, hoy Zaire) ni una sociedad nigeriana. Cada nuevo Estado cubría una diversidad de comunidades, cuyas identidades impedían que, fuera del discurso, pudiesen ser concebidas como formando parte de una sola sociedad. Retomando a Jackson, se podría afirmar que el África negra postcolonial había dejado de ser un gran archipiélago para convertirse en una multiplicidad de archipiélagos, con fronteras "claramente definidas": los nuevos Estados.

Ante la evidencia de la diversidad étnica, los dirigentes de estos nuevos Estados y los científicos sociales realizan un malabarismo teórico: a diferencia de la experiencia euro-occidental, en donde el Estado surge (o por lo menos ésta es la posición aceptada tanto en medios académicos como políticos) del crisol de la nación, las unidades políticas que surgen del período de la descolonización deben aunar a las otras funciones que les corresponden como estructuras estatales, la de forjar la nación.

Las contradicciones que plantea la creación de naciones a partir de una multiplicidad de comunidades, integradas por grupos étnicos distintos, en las nuevas unidades políticas independientes, se agudizan por la declaración de la intangibilidad de las fronteras heredadas del período colonial[3]. La aceptación de esas delimitaciones fronterizas implica que a un lado y otro de estas divisiones políticas se encuentran comunidades que se identifican a sí mismas como pertenecientes al mismo grupo étnico.

Una de las razones que se aduce y que constituye uno de los postulados centrales de la Organización de la Unidad Africana (OUA) es que la aceptación de las fronteras coloniales es un factor fundamental para garantizar la paz entre los nuevos Estados, evitando que a partir de consideraciones históricas, geográficas, humanas, se den reclamaciones territoriales y se recurra al uso de la fuerza para sustentarlas[4].

Tenemos, entonces, que la realidad política del continente negro en la época de la universalización del Estado da lugar a la constitución de unidades políticas basadas en las estructuras burocráticas (también heredadas del período colonial) centralizadas, con un ejército "nacional", con reconocimiento por parte de la comunidad internacional, con una multiplicidad de comunidades étnicas y con un proyecto de construcción nacional y de desarrollo económico.

 

El fracaso del proyecto integrador del Estado o de la construcción de la "nación"

Si bien es posible rechazar las posiciones extremas que plantean que el surgimiento y la existencia de estos Estados es simplemente obra del reconocimiento internacional y que su constitución no obedece, por lo tanto, a la dinámica de procesos endógenos (que comprenden tanto el desarrollo de estructuras políticas propias, como el dominio "soberano" de esas estructuras sobre un territorio determinado), implicando que estas nuevas entidades políticas sean consideradas como "cuasi-Estados" (Jackson, Robert R, 1990), es necesario admitir que las bases internas que las sustentan —económicas, políticas, sociales, culturales— son precarias.

El problema que plantea esta última constatación es saber si esta precariedad era (y es) una situación temporal que podía ser superada gracias a la elaboración y puesta en marcha de políticas integradoras y de planes de desarrollo a partir del Estado. En otras palabras, si el Estado realmente se puede constituir en el crisol donde se forje la nación.

Para los dirigentes africanos, sin importar su orientación ideológica, socialista (pro-china o pro-soviética) o pro-occidental, la división étnica y comunitaria de sus sociedades expresaba el atraso de las mismas con respecto a las sociedades "civilizadas". Como una manifestación del economicismo en boga durante el período de la segunda postguerra, se vinculaba directamente este atraso social y político al precario desarrollo económico.

Según las tesis desarrollistas, la modernización económica, que para la época era fundamentalmente equivalente a la industrialización, ya se diera ésta por las vías de la economía de mercado o por economías centralizadas, conduciría a los habitantes de un país a romper con las estructuras sociales atrasadas (o tradicionales) e insertarse en procesos de modernización social. El desarrollo económico, al potenciar la división social del trabajo, traería aparejado la creación del "ciudadano", para quien la identidad dejaría de ser determinada por factores sanguíneos, localistas, culturales (lengua, religión, costumbres) y lo sería por el marco "nacional". La acción del Estado, al tiempo que integraba la "nación", desintegraba las estructuras sociales tradicionales.

La lógica era intachable. El Estado africano[5], legitimado en lo externo por el reconocimiento que le otorgaba la comunidad internacional, que le daba derecho a un asiento en la Organización de las Naciones Unidas, encontraba un factor de legitimación interna al convertirse en el principal agente de desarrollo económico, el cual, de paso, le permitiría solucionar el problema de la diversidad comunitaria y étnica, construyendo la "nación".

Los procesos económicos, políticos y sociales en el continente negro durante algo más de tres décadas han destruido esta lógica. Aunque, en la mayoría de los casos, los movimientos "nacionales" heredaron un andamiaje político-administrativo de sus antiguas metrópolis, su dinámica carecía de un factor esencial, la "racionalidad". El paternalismo se convirtió en la norma de los nuevos países africanos. Desvirtuando otra creación de la modernidad, bajo el ropaje del "partido único", personajes de los más diversos orígenes (padres de la independencia, como Sedar Senghor en Senegal y Jomo Kenyatta en Kenia; militares como Mobuto Sese Seko en Zaire y Milton Obote en Uganda) se apoderaron de la cúpula del Estado, convirtiéndolo en su dominio personal. Es decir, la estructura tradicional de poder se trasladó de sus ámbitos geográficos restringidos al nivel macro de la nueva unidad política.

Pero todo tipo de dominación requiere de una base social. Los "padres" de las "naciones" africanas no fundaron las bases de su poder político dentro de una perspectiva integradora, sino que recurrieron a sus grupos étnicos de referencia. Las estructuras político-administrativas del Estado se convirtieron en el principal mecanismo de inserción económica y los puestos de trabajo fueron otorgados, en su mayoría, a miembros de la comunidad de la cual provenía el "dirigente máximo". Así, por ejemplo, Guinea fue dominada durante 25 años por los mandingos, grupo al cual pertenecía Sekou Toure; Nigeria ha sido y sigue siendo dominada por los fulani, Etiopía por los amhara, Burundi por los tutsis, etc.

Esta situación propició una segregación y marginalización económica, política y social de los otros grupos étnicos, los cuales recurrieron a un reforzamiento de su identidad comunitaria como un mecanismo de defensa. Reforzamiento de los lazos "tradicionales", que en algunos casos se manifiesta en la búsqueda de la autonomía del espacio geográfico en el cual se encuentran ubicados, la independencia y la constitución de un Estado propio[6], o la lucha por el poder, es decir, por apropiarse del aparato estatal, desplazando al grupo étnico que lo domina.

 

Conclusión

El Estado en África negra surge del proceso de descolonización. El Estado, producto del proceso de la modernidad en Europa occidental, se plantea en el continente negro como el mecanismo generador de la modernidad, entendida ésta como la superación de las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales que caracterizan a las comunidades africanas, las cuales son consideradas "atrasadas" gracias al dominio de una concepción lineal de la historia, que plantea que todas las comunidades humanas siguen un proceso evolutivo similar.

La superación de las estructuras sociales tradicionales debería ser el resultado de la construcción de la "nación" dentro de las fronteras heredadas del período colonial, construcción de una identidad común a partir de la destrucción de múltiples identidades, gracias a la dinámica de mecanismos integradores, que se consideraba eran fundamentalmente económicos.

El proceso real llevó a una imposición de las estructuras políticas tradicionales a nivel del Estado, lo cual repercutió en una agravación de las fracturas comunitarias y étnicas. La profundización de estas fracturas no ha llevado hasta el momento a una redefinición de las fronteras heredadas del período colonial o a la creación de nuevos Estados (con la excepción de Eritrea), pero es algo que no puede darse por descontado.

Ningún país del África al sur del Sahara está libre de estas fracturas y las tendencias centrífugas se presentan en todos con mayor o menor intensidad. Los acontecimientos de Liberia, donde el mundo asiste a la implosión de un Estado; la reciente firma de la nueva Constitución de la República Sudafricana, que el partido Zulu Inkhata se negó a ratificar por considerarla excesivamente centralista; o las elecciones en Uganda, donde la tribu baganda pretende expresar su descontento por la ausencia de una autonomía real, son manifestaciones claras de la precariedad y del fracaso del Estado en África.

 

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[1]     El desarrollo de la estructura estatal en la sociedad de los Estados Unidos de Norteamérica es para algunos analistas políticos bastante relativa (Badie, Birnbaum, 1979). El desarrollo del Estado en los países independientes de Iberoamérica se prestaría aún a más interrogantes.

[2]    África, en términos de R.H. Jackson (1990, p. 69), era un "archipiélago continental de sistemas políticos poco definidos" (más de mil), caracterizados por la carencia de gobiernos institucionalizados, cuya autoridad se iba desdibujando a medida que se pasaba del centro a la periferia; con fronteras vagas y en ocasiones superpuestas; sin leyes escritas, con preponderancia del dominio personal, con ausencia de una tecnología política (ejércitos organizados, medios de transporte, burocracia, división de labores, moneda, etc.) y con estructuras sociales definidas por sistemas de parentesco.

[3]    Se dan pocas excepciones a esta política de carácter global para el continente negro; una de ellas es Tanzania, que se constituye a partir de Tanganica y Zanzíbar.

[4]    Si se toma en cuenta la gran cantidad de puntos de fricción, se puede afirmar que esta política ha tenido un éxito relativo. Los conflictos interestatales han sido pocos en los últimos cuarenta años. Los más significativos son: Etiopía y Somalia, por la región de Ogaden; África del Sur y el gobierno angoleño del MPLA; Burkina Fasso y Malí; Libia y Chad.

[5]     Al igual que el Estado en las otras regiones del llamado mundo subdesarrollado, es decir, de las sociedades que se encontraban en etapas de desarrollo por debajo del estándar de las sociedades europeas y norteamericanas, el cual era considerado el punto de llegada obligada de todas las comunidades humanas.

[6]     El único caso exitoso hasta el momento ha sido la separación de Eritrea de Etiopía, en 1992, y, posiblemente el fracaso más patente, la guerra de secesión de Biafra en Nigeria, en 1964, en la que los ibos buscaban crear su propia entidad política.