Hacia una teoría sobre nuevos partidos políticos
Lawrence Boudon
PhD (c), profesor asistente del departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes.
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28-38
01/07/1996
01/07/1996
Después de que Lipset y Rokkan expusieron su ahora famosa sentencia, que afirma que una vez los sistemas de partidos son establecidos, las lealtades de los votantes se congelan[1], los politólogos han prestado poca atención a la posibilidad de que nuevos partidos políticos puedan surgir y consolidarse dentro de un sistema existente. La mayoría de los nuevos partidos que han aparecido en décadas recientes han sido rechazados, como fenómenos efímeros o como movimientos enfocados en un solo tema. Esta negligencia se debe en parte a la dificultad que los nuevos partidos encuentran cuando intentan establecerse en los Estados Unidos o Gran Bretaña, donde las leyes electorales y la Ley de Duverger[2], impiden la consolidación de los mismos. Aún más, si las divisiones societales permanecen sin cambios importantes —es difícil medirlo— no debe existir la necesidad de nuevos partidos. Finalmente, si los partidos existentes son de tipo multiclasista, o "atrapa-todo", deben poder adaptarse a las demandas cambiantes.
Sin embargo, un examen de los países democráticos revela que en varios casos nuevos partidos políticos han aparecido y se han consolidado, o institucionalizado[3]. Solamente en América Latina han surgido recientemente los siguientes: Partido Trabalhista (PT) en Brasil, Partido de la Revolución Democrática (PRD) en México, Cambio 90 en el Perú, y Causa Radical en Venezuela, para sólo mencionar algunos. Si las lealtades de los votantes son tan estáticas, como sostienen Lipset y Rokkan, ¿por qué han aparecido estos nuevos partidos? y ¿cuál es la teoría que apoya su capacidad de consolidarse?
Este artículo pretende explorar este interrogante, desde un punto de vista teórico. En particular, el ensayo sostiene que Lipset y Rokkan no anticiparon la posibilidad de que los partidos políticos pudieran entrar en crisis, la cual abriría la puerta a nuevos competidores. Esta crisis, entonces, es un factor necesario, pero no suficiente, para la aparición y consolidación de nuevos partidos. El artículo analizará, además, parte de la literatura existente sobre nuevos partidos y sugerirá otras variables que impiden o contribuyen a la institucionalización de nuevos partidos. Estos factores se agrupan según su lugar de origen, dentro de los nuevos partidos o por fuera de ellos. Mientras que el ensayo no postulará cuál combinación de variables es más apropiada o beneficiosa, sí contribuirá a la creación de una teoría general sobre nuevos partidos políticos.
Al proponer su aserción sobre sistemas de partidos y lealtades de los votantes, Lipset y Rokkan incluyeron en su definición de partidos políticos que éstos poseen funciones expresivas e instrumentales, la primera de las cuales requiere que "desarrollen una retórica para la traducción de contrastes en la sociedad y la estructura cultural en demandas y presiones para acción o inacción"[4]. Ésta, en efecto, ha sido una suposición existente desde hace mucho tiempo sobre los partidos políticos, que son los principales vehículos, si no los únicos, para canalizar las demandas públicas y representar los múltiples intereses de la sociedad. Los partidos políticos han evolucionado a través del tiempo hasta convertirse en partidos de masas —que son organizaciones estructuradas jerárquicamente con miembros identificados— o en partidos "atrapa-todo"— que son partidos multiclasistas, con estructuras poco concretas y con un gran atractivo[5]. En cualquiera de los dos casos, se suponía que los partidos políticos continuarían representando los intereses de los constituyentes. Kirchheimer opina que
para razones electorales, el partido "atrapa-todo" democrático, que busca aplicar la red más grande posible sobre una clientela potencial, debe continuar expresando las preocupaciones populares (Mair, 1990: 56).
Fueron pocos los politólogos que previeron que vendría el día cuando esta función sería en gran parte abandonada por los partidos políticos.
Los partidos políticos empezaron a entrar en crisis cuando llegaron a ser incapaces, o no tuvieron la voluntad para cumplir sus funciones expresivas. Lawson, entre otros, reconoció esta tendencia alarmante. Ella sugirió que los partidos "fracasan" cuando dejan de ser linkage (enlace) entre la ciudadanía y el Estado.
El partido político es la única agencia que puede reclamar tener como su raison d'etre la creación de una cadena entera de linkage, una cadena de conexiones que empieza con los votantes y pasa por los candidatos y el proceso electoral hasta llegar a los oficiales del gobierno (1988:16).
Lawson elabora más sobre el concepto, explicando que existen cuatro tipos de linkage que son separados, pero no mutuamente exclusivos, que utilizan los partidos políticos: participativo, electoral, clientelista, y directivo. En el contexto latinoamericano, los dos tipos más comunes son el electoral y el clientelista. El primero exige que los candidatos respondan a las demandas constituyentes, pero movilicen a sus afiliados solamente para tareas electorales. El segundo consta del arreglo clásico de "votos por favores" (1988:16-17). Los dos tipos son vulnerables a la crisis; el linkage electoral fracasa cuando los oficiales elegidos no responden a las demandas constituyentes, mientras que el linkage clientelista falla cuando la red patrón-clientela se deshace, por una variedad de razones.
Lawson subraya que, cuando los partidos fracasan en el sentido de linkage, surgen organizaciones alternativas[6], pero éstas no necesariamente perduran. Aunque la autora no discute la posibilidad de que lo que podría emerger serían nuevos partidos políticos, tampoco lo descarta explícitamente. En una obra previa (1976), Lawson sugirió que los nuevos partidos surgen después de una crisis sistémica, la cual podría ser resultado de problemas como la legitimidad, la integración o la participación. En otras palabras, los nuevos partidos pueden aparecer después de un cambio de régimen (legitimidad), adquisiciones territoriales (integración) o demandas sociales crecientes (participación). Dentro del contexto latinoamericano, son más comunes las primeras y terceras crisis, ya que la mayoría de estas naciones no han experimentado serios ajustes territoriales desde hace casi un siglo. Los grupos indígenas, sin embargo, podrían crear, y así lo han hecho, nuevos partidos con el objetivo de integrarse, pero esto apenas constituye una crisis sistémica.
Sin embargo, el tipo de crisis que este artículo trata no es la sistémica, sino la de tipo endémico. Esta crisis es gradual, y es producida por varios factores dentro de los cuales se encuentra la modernización. Los procesos continuos de desarrollo social y económico han contribuido a que las sociedades latinoamericanas sean cada vez más complejas. América Latina hoy en día es urbana, educada, industrializada (o por lo menos semiindustrializada) y pasa por profundos cambios estructurales[7]. Como resultado, están emergiendo nuevas demandas dentro de estas sociedades, que no encuentran, necesariamente, representación en los partidos tradicionales, muchos de los cuales siguen utilizando la práctica obsoleta del clientelismo. Aún más, la sociedad moderna es sustantivamente más atomizada que antes, y el achicamiento del Estado ha contribuido a lo que llama Rial (1995) "el analfabetismo político", lo cual, a su vez, ha creado un tipo de desconfianza en la clase política en general, pero en particular en aquellas personas percibidas como vinculadas al viejo orden. Rial y otros autores ven una correlación entre el desprestigio creciente de los partidos tradicionales y la aparición del fenómeno "outsider"[8], encarnado por líderes como el presidente peruano Alberto Fujimori.
Una línea de pensamiento distinta sobre los partidos políticos la expone Mair, quien plantea que no están en crisis, sino que se trata de una de sus tres "facetas" (el partido de base). Las otras dos facetas —el partido en la oficina pública (elegida) y la organización central— se han vuelto profesionales y, entonces, están más aisladas de sus constituyentes. Sugiere que la crisis representa un cambio, desde un arreglo jerárquico a uno más "estratárquico", dentro del cual las caras distintas llegan a ser más autónomas la una de la otra.
Es esta combinación particular de acontecimientos que puede haber proveído la razón por el sentimiento anti-partidista cada vez más difundido, que ahora caracteriza la política de masas en las democracias occidentales (1994:19).
Los partidos políticos, por eso, tal vez no se encuentran en estado de declive, sino en un proceso de cambio. Los votantes, sin embargo, están dejando saber, de una manera u otra, que no están contentos con estos cambios.
En Exit, Voice and Loyalty, la obra corta pero bien reconocida de Hirschman (1970), se dice que los ciudadanos inconformes, como los consumidores, son leales a su partido, sólo con tal de que se sientan satisfechos con su desempeño. Cuando dejan de estar satisfechos pueden expresar su malestar con la intención de reformar el partido, pueden salir del partido, buscar otro partido que mejor represente sus ideas, o simplemente estar apáticos cuando no encuentran alternativa. Este comportamiento nos ayuda a explicar la crisis actual de los partidos políticos. Muchos votantes en América Latina y en otros lugares del mundo han decidido dejar su partido, después de haber llegado a estar insatisfechos con el desempeño de éste.
Existen dos tendencias que confirman este comportamiento. Primero, el abstencionismo está aumentando. Para mencionar sólo dos ejemplos relevantes, en Colombia el porcentaje de votantes hábiles que votan ha disminuido del 58,1% en 1974 al 43,5% en 1990[9], mientras que en el país vecino, Venezuela, donde el sufragio es obligatorio, la abstención entre los votantes hábiles ha aumentado del 3,5% en 1973 al 39,8% en 1993[10]. Estas cifras son parecidas a las de otros países. Segundo, hemos visto la aparición de alternativas, como lo habría predicho Lawson, aunque en muchos casos estas alternativas son nuevos partidos políticos.
De esta manera, los votantes que optan por dejar su partido, o abstenerse de la política completamente, cambian sus lealtades a estas nuevas alternativas, sean "outsiders" como Fujimori o nuevos partidos políticos, tal como Causa Radical de Venezuela.
Parece, entonces, que Lipset y Rokkan se equivocaron. Una vez que se forman los sistemas de partidos, las lealtades de los votantes no llegan a congelarse. Las crisis, sean sistémicas o endémicas, tienden a perturbar las cosas que en algún momento parecían estar estables. Los partidos establecidos, de cualquier tipo, muchas veces son incapaces de ajustarse a las crisis, bien porque la crisis es demasiado severa, o porque no están bien dotados para adaptarse a las circunstancias cambiantes. Los partidos de masas pueden estar demasiado rígidos estructuralmente para permitir un ajuste fácil, mientras que los partidos "atrapa-todo" tal vez no poseen una organización suficiente para mantener el linkage. Así es que Rose y Mackie, en su estudio multinacional de partidos políticos (1988), descubrieron que los partidos antiguos tenían menos posibilidades para perdurar que los partidos que aparecieron después de una crisis.
Una crisis de partidos o sistemas, entonces, parece ser la condición necesaria para la aparición de nuevos partidos políticos, pero, como dice Lawson, no basta para que persistan. Su estudio reveló que organizaciones alternativas (incluyendo partidos políticos) no perduran solamente por proveer el mismo tipo de linkage abandonado por los partidos tradicionales, aunque sí encontró que estas organizaciones adoptan el tipo de forma que les permitiría hacerlo (1988:30-31). Curiosamente, Lawson descubrió que es más probable que estas organizaciones provean este linkage, a que desaparezcan. La razón parece ser que los partidos tradicionales adoptaron muchas de las políticas y prácticas asumidas por estas organizaciones, utilizando así un tipo de cooptación. Por lo tanto, el comportamiento de los partidos existentes es una variable importante para considerar, ya que los nuevos partidos no aparecen de la nada. Lawson concluye que:
En suma, aunque los fracasos de linkage de los grandes partidos pueden resultar en la creación de organizaciones alternativas que son bien diseñadas para llenar el vacío de linkage así producido, la capacidad de estas organizaciones para prosperar y perdurar parece depender tanto de las variables externas —la naturaleza de otros partidos, otras instituciones, y actitudes populares— como de factores dentro de su propio control. Mirar las organizaciones alternativas como agentes sustitutos de linkage entre ciudadano y Estado nos ayuda a entender de dónde vienen, pero debemos considerar otras variables sistémicas para comprender para dónde van. (1988: 32).
Este artículo se dedicará a continuación a estas otras variables.
La primera pregunta que surge en relación con los nuevos partidos políticos, es: ¿comparten o no los mismos objetivos y prioridades que los partidos establecidos? Si la respuesta es negativa, ¿cuáles son?
Para los grandes partidos, el orden de posibilidades y preferencias, normalmente sería el siguiente: en primer lugar, gobernar con una mayoría absoluta; en segundo lugar, gobernar en coalición, como socio mayor; en tercer lugar, gobernar en coalición pero como socio menor; y en cuarto lugar, presentar una oposición al gobierno. Ya que se puede suponer que los grandes partidos están institucionalizados, no es necesario considerar otras preferencias, como la posibilidad de que éstos desaparezcan. Su existencia continua está, más que todo, dada como hecho.
Los nuevos partidos políticos sin duda perseguirían objetivos parecidos a aquéllos de los partidos establecidos, pero con algunas modificaciones. Su primera prioridad sería llegar a ser un partido institucionalizado, con la posibilidad de obtener una mayoría electoral. La segunda sería llegar a ser institucionalizado, con la posibilidad de entrar en una coalición gobernante. La tercera sería institucionalizarse como partido de oposición. La cuarta sería institucionalizarse, pero quedarse como partido minoritario[11]. Y la quinta, y menos deseable, es fracasar en el intento de institucionalizarse; es decir, desaparecer. Como nuevo partido, la institucionalización no es dada como hecho, sino como objetivo. Es cierto que algunos partidos se orientan hacia un solo tema y entonces, tal vez, posean otro orden de preferencias, pero en este caso se supone que un nuevo partido aparece como organización alternativa que trata de aprovecharse del descontento de los votantes con los partidos establecidos. Aparecen en un entorno de crisis y por eso se dice que representan más de un tema.
Luego de haber elaborado un esquema de preferencias para los nuevos partidos políticos, ¿qué dice la literatura acerca de las variables que podrían favorecer o impedir la persistencia, o institucionalización? Como se mencionó anteriormente, el optimismo de Lipset y Rokkan sobre la congelación de las lealtades de los votantes tuvo el efecto desafortunado de congelar también el análisis académico sobre nuevos partidos y es por eso que existe tan poca teoría al respecto. El propósito de este artículo es contribuir a llenar ese vacío.
Una variable obvia que se debe considerar con respecto a nuevos partidos políticos es el liderazgo. El tipo de liderazgo que posee un partido puede ser vital para su éxito, ya que son los líderes quienes están más visibles frente al público votante y, según Michels, fijan la política y el programa para el partido y toman las decisiones importantes[12]. Pero aun así, la literatura se contradice en este tema. Duff (1985), por ejemplo, postula que un liderazgo "transaccional" es preferible al "transformacional", en términos de construir un partido cohesivo. En otras palabras, los políticos con capacidad para negociar y construir una organización benefician el partido más a largo plazo que los líderes carismáticos, cuyos talentos se basan en hacer apelaciones emocionales a las masas. La tesis de Duff es que los líderes transformacionales tienden a crear un culto de personalidad que los hace indispensables para el partido. Es decir, construyen partidos personalistas que casi nunca sobreviven después de su fallecimiento. Los líderes transaccionales, en cambio, dejan una organización de larga duración.
Un problema con el argumento de Duff es que se enfoca en los partidos mayoritarios, aunque muchos de ellos son personalistas. Es más, no considera plenamente las circunstancias variables bajo las cuales los líderes se encuentran. Cuando un nuevo partido entra en un sistema existente, por ejemplo, es más importante desde el principio poder distinguir ese partido de los demás, una tarea mejor llevada a cabo por un líder carismático. Por otro lado, si el líder se ve negociando con los partidos existentes y desprestigiados, habrá menos posibilidad de que los votantes descontentos salgan y escojan ese nuevo partido. De otra parte, los líderes transaccionales quedan más vulnerables a la cooptación, ya que se enfocan más en la posibilidad de entrar en una coalición que en formular una ideología concreta y coherente.
Es totalmente posible que un nuevo partido esté agraciado con un líder que es a la vez carismático y pragmático, pero Rose y Mackie (1988) argumentan que los líderes de partidos enfrentan un gran trade-off entre cuánto tiempo y esfuerzo pueden dedicar a las presiones internas vs. externas. En otras palabras, los líderes de partidos deben intentar simultáneamente construir una organización cohesiva (interna), mientras tratan de conseguir votos (externa). Rose y Mackie consideran que este trade-off es un juego de suma cero; los líderes tienen que cambiar el uno por el otro; no pueden hacer los dos a la vez. Así que los ideólogos darán más importancia a la cohesión interna, mientras aquellos líderes con sus ojos puestos en el gobierno sacrificarán los principios del partido para ganar más votos.
En una línea relacionada con la anterior, Kitschelt escribe que el éxito de un partido se determina en parte por el tipo de liderazgo que tiene y por la estrategia que ese liderazgo escoge. A diferencia de Duff, Kitschelt considera que el liderazgo es plural:
Los partidos son sistemas de conflicto con subcoaliciones de activistas abogando por una variedad de estrategias y objetivos diferentes (1989:47).
Así que la estrategia es el producto de coaliciones, las cuales llegan a ser dominadas por tres diferentes tipos de líderes: ideólogos, lobbyists y pragmáticos, cada uno con un distinto orden de preferencias. Los ideólogos, por ejemplo, prefieren la lógica de la representación constituyente a la lógica de la competencia electoral. En el otro extremo, los pragmáticos favorecen la competencia electoral sobre la representación constituyente.
Mientras que Kitschelt no aboga por una estrategia sobre otra, argumenta que la competitividad de un partido[13] determina en gran parte el tipo de liderazgo que tendrá y la estrategia que seguirá.
Mientras que el poder de un partido para formar alianzas con otros partidos o ejercer influencia en la política gubernamental crezca y el partido obtenga una posición de punto central en el sistema de partidos, atraerá más líderes pragmáticos y lobbyists, anticipando unas reformas increméntales y la satisfacción de intereses particulares (1989: 57).
Contrariamente, un partido en una posición débil tiende a atraer más ideólogos. Por eso, Kitschelt considera como importantes los factores ambientales para determinar la estrategia de un partido.
La teoría de Kitschelt cuadra bien con nuestro orden de preferencias. Cuando aparece un nuevo partido, su objetivo inicial es simplemente sobrevivir. En consecuencia, es probable que tenga un líder ideológico, el cual se dedica a construir la cohesión y organización del partido. Si experimenta éxito electoral en algún momento —este artículo arguye que es preferible crecer gradualmente— se hace más probable que el liderazgo se expanda para incluir personas pragmáticas y lobbyists. Mientras que ocurre esto, el liderazgo empezará a enfocarse más en los asuntos externos (votos) que en los asuntos internos (organización), como lo predijeron Rose y Mackie. Con tal de que el partido haya tenido tiempo suficiente para poder construir la organización, este movimiento hacia un enfoque externo es natural, e incluso deseable, y permite al partido alcanzar el próximo nivel de preferencias. El peligro, sin embargo, se presenta cuando este cambio de estrategia ocurre antes de que la organización del partido se haya formado. Los nuevos partidos que experimentan el éxito meteórico, al principio corren este riesgo.
En suma, entonces, un liderazgo carismático es preferible inicialmente, ya que no solamente permite al partido distinguirse de los ya existentes, sino que enfatiza la organización interna, uno de los tres requisitos para la institucionalización. Hauss y Rayside, quienes se han preocupado más por la cuestión de la persistencia y fracaso de los nuevos partidos, están de acuerdo:
Los nuevos partidos necesitan liderazgo efectivo. Aquellos [partidos] que han tenido líderes carismáticos con alta visibilidad han utilizado esa popularidad para construir por lo menos su base de apoyo inicial (1978: 51).
Mientras que el partido experimenta un ascenso gradual en las encuestas, su liderazgo debe llegar a ser cada vez más pragmático y su estrategia debe cambiar hacia el ambiente electoral. Normalmente, no es ventajoso para un nuevo partido tener un éxito electoral inmediato, porque eso provoca cambios radicales en el liderazgo y la estrategia, antes de que el partido haya tenido tiempo suficiente para organizarse. Una pérdida posterior de la popularidad, en este caso, dejaría al partido con poca o ninguna base social sobre la cual replegarse.
Hauss y Rayside (1978: 37) han sugerido también otras tres variables, las cuales, creen ellos, han influido en el éxito y fracaso de los nuevos partidos políticos: 1) el comportamiento de los partidos existentes, 2) el compromiso de las masas con un cambio político, y 3) la organización de los nuevos partidos. De éstas, ellos argumentan que la primera puede ser la más importante, ya que los partidos existentes poseen varios mecanismos que pueden usar para apretar a los nuevos partidos. Aquéllos pueden reformar las reglas electorales en su propio beneficio, pueden negar el reconocimiento legal, o pueden simplemente empeñarse en la cooptación, la cual puede encarnarse en una de dos formas: primero, los partidos existentes pueden, en esencia, usurpar la posición programática ocupada por el nuevo partido; es decir, robar sus ideas y presentarlas como propias. Budge, Robertson y Hearl (1987) sugieren en su análisis espacial multinacional que se puede calificar este tipo de comportamiento como cooptación. Segundo, los partidos existentes pueden tratar de cortejar el liderazgo del nuevo partido, ofreciendo cargos gubernamentales importantes. Tercero, la cooptación puede manifestarse a través de las coaliciones. Puede ser que un nuevo partido con orientación radical, por ejemplo, tenga que moderarse una vez que se desempeña en el acto de gobernar. Esta forma de cooptación tiene además la ventaja de convertir a los "outsiders" en "insiders", y así hacerlos parte de la crisis.
Si los partidos existentes se desempeñan en la cooptación, los nuevos, con liderazgo pragmático, serán más susceptibles que aquéllos con líderes carismáticos, como ya fue enunciado. Es probable que los partidos existentes usen este mecanismo cuando puedan y en particular si se sienten amenazados por el nuevo partido. Sin embargo, la severidad de la crisis en la cual el nuevo partido aparece puede hacerlos incapaces de utilizar la cooptación, especialmente cuando sus propias fortunas electorales han menguado mucho. Al fin y al cabo, la cooptación es herramienta de los fuertes para subyugar a los débiles. Su efecto, entonces, depende directamente de la fortaleza del partido que la usa. Por eso, mientras más débiles son los partidos existentes como consecuencia de la crisis, menos pueden usar la cooptación.
La segunda variable mencionada por Hauss y Rayside —el compromiso de las masas con el cambio político— también es fundamental para la permanencia de los nuevos partidos, ya que sin un electorado que ha escogido la opción de abandonar, los nuevos partidos tienen pocas posibilidades. Aunque es difícil medir los sentimientos de los votantes fuera de las encuestas, se puede decir que esta variable es meramente una reiteración de nuestra condición necesaria, pero no suficiente: una crisis sistémica o partidaria. Las señas de apatía electoral o el descontento abierto con los partidos existentes, combinado con las crisis persistentes políticas o económicas, pueden servir como evidencia de este compromiso con el cambio político. También lo puede ser la voluntad de los votantes para apoyar a los "outsiders". Ésta es nuestra variable necesaria que refuta la teoría de Lipset y Rokkan.
Finalmente, Hauss y Rayside subrayan la importancia de la organización, sin la cual los nuevos partidos tendrán poca posibilidad de ganar las lealtades de los votantes, o de sobrevivir después de la muerte de un líder carismático. La organización de un partido, en particular en el nivel local, provee el linkage que enfatiza Lawson. También permite al partido cumplir con una de sus funciones principales: canalizar y agregar las demandas populares. La organización da a los nuevos partidos la posibilidad, aunque no la inevitabilidad, de la institucionalización. La organización crea la estructura y la estructura conduce a la permanencia. La organización facilita a los nuevos partidos establecer sus raíces en la sociedad y garantiza que estén sensibles a las prioridades cambiantes de los votantes. Finalmente, la organización permite a un nuevo partido competir en las elecciones nacionales y movilizar a sus simpatizantes.
El argumento propuesto aquí es que, de manera parecida a la velocidad de los éxitos electorales, los nuevos partidos deben enfocarse, por lo menos al principio, en construir una organización que pueda enlazar los niveles nacionales y locales. Es más, el énfasis debe estar en la construcción de una base local de apoyo, más no en obtener el éxito electoral nacional. Tener una base local de apoyo puede representar un trampolín a nivel nacional, mientras que al contrario tiende a dirigir al tipo de desenlace que, Lawson nos avisa, incurre en el fracaso partidario. Las raíces de un partido no se establecen en el nivel nacional, sino en el local, y forman parte de la red que une a los líderes con sus constituyentes. Como han observado Rose y Mackie,
fundar un partido sobre un grupo social organizado ofrece mayores posibilidades de la institucionalización que intentar crear un partido sin base social (1988: 537).
Una organización local también ayuda en el reclutamiento y entrenamiento de los líderes para el nivel nacional, y los éxitos que se obtengan a nivel local pueden proveer una poderosa propaganda electoral. Adicionalmente, la construcción de una base local de apoyo puede ayudar al nuevo partido a establecer su identidad y mantenerla frente a la posibilidad de la cooptación. En un estudio de varios partidos latinoamericanos de izquierda, Fox cuestiona la lógica de seguir estrategias coalicionales apuntadas hacia ganancias electorales. En cambio, dice que los nuevos partidos deben empeñarse en construir su organización desde abajo[14]. En suma, es más probable que un nuevo partido persista cuando tiene la capacidad de establecer una organización de antemano y que esta organización tenga sus raíces en el nivel local.
Para resumir la discusión hasta ahora, la condición necesaria, pero no suficiente, para la aparición de un nuevo partido es una crisis sistémica o partidaria, marcada por el abstencionismo creciente y la baja popularidad de los partidos existentes. La posibilidad de que un nuevo partido persista, o llegue a ser institucionalizado una vez que ha aparecido, depende de diversas variables contingentes: primero, debe tener un liderazgo carismático al principio y no debe experimentar un gran éxito electoral, que produciría un movimiento hacia el pragmatismo. Segundo, el uso de la cooptación por los partidos existentes debe ser mínimo. En general, mientras más severo es el desprestigio de los partidos existentes por cualquier razón, menos pueden éstos utilizar este mecanismo destructivo, en cualquiera de sus varias formas. Y tercero, los nuevos partidos deben enfocar sus esfuerzos en construir una organización efectiva, que enfatice una base local de apoyo, más no una estrategia electoral nacional. El partido debe ser construido desde abajo hacia arriba y no al revés.
Seguramente hay otros factores que influyen en el éxito y fracaso de los nuevos partidos. El listado no se agota aquí. Unas variables son aquellas que se podrían llamar externas, o circunstanciales. Entre éstas existe el tipo de sistema electoral, la disponibilidad de modelos en el sistema partidario actual, unas crisis políticas y/o económicas persistentes y los constreñimientos ideológicos. Empecemos con las reglas electorales.
No hay mucho desacuerdo entre los académicos sobre el impacto de las reglas electorales en cuanto al éxito de los nuevos partidos. Como se dijo al principio, una de las razones por las cuales éstos han recibido tan poca atención en los Estados Unidos y en Gran Bretaña es que el esquema de la uninominalidad y la mayoría absoluta impiden severamente su institucionalización. Los dos países usan la uninominalidad, bajo la cual el candidato que recibe más votos que los demás gana el escaño. El efecto de esto en los votantes es sencillo. Aunque ellos tal vez prefieren un tercer candidato, votarán por uno de los dos candidatos pertenecientes a los partidos tradicionales, por temor de desperdiciar su voto, creyendo que su candidato no tiene ninguna posibilidad de ganar. La Ley de Duverger es más que todo psicológica, pero su efecto es innegable.
Es evidente, entonces, que la representación proporcional tendería a favorecer, o por lo menos a no perjudicar a los nuevos partidos políticos. Bajo este arreglo, los partidos reciben curules según el porcentaje del voto que obtienen. La variable clave en estos sistemas es la magnitud distrital, o sea el número de escaños disputados en cada distrito electoral. Según Taagepera y Shugart,
mientras más grande sea la magnitud distrital, más corresponde la proporción de curules que gana cada partido a la proporción del voto obtenido" (1989:19).
Entonces, es más probable que una legislatura con 100 escaños y un solo distrito nacional tenga una mejor distribución que una legislatura parecida con 10 distritos regionales cada uno con 10 escaños. El mecanismo utilizado para distribuir las curules impacta en lo que Kim y Ohn llaman el sesgo de conversión[15]. Algunas reglas distributivas, como el Sainte-Lagüe o el Sainte-Lagüe modificado, tienden a favorecer a los partidos minoritarios, más que sistemas como el Imperiali o el d'Hondt[16]. Basta decir que no existe un sistema perfecto. En cuanto a los nuevos partidos, es beneficioso surgir dentro de un sistema con un bajo sesgo de conversión o con un sesgo que favorezca a los partidos minoritarios.
Cuando aparecen los nuevos partidos, como se ha dicho antes, no entran al vacío. Existen ya otros partidos que sirven como modelos para los nuevos. Por eso, el tipo de modelo disponible en el sistema puede ser una variable importante, según Ware (1987), quien arguye que los nuevos partidos tienden a copiar lo que ven. Es menos probable que innoven. En ese sentido, entonces, si un nuevo partido entra en un sistema que contiene solamente partidos clientelistas con poca organización, es probable que éste también llegue a ser clientelista, con poca organización. La lógica es: "si funciona para ellos, debe funcionar también para nosotros". Desafortunadamente, al imitar a los partidos existentes, el nuevo, sin saberlo, puede seguir el mismo camino que lo condujo a la crisis en el principio; los partidos tradicionales no mantuvieron su linke. ge. El nuevo partido, pues, puede ser víctima del mismo desprestigio.
Para persistir, entonces, los nuevos partidos deben evitar la tendencia a copiar los modelos existentes, siempre y cuando haya sido el modelo en sí la causa del problema. Por otro lado, si los partidos existentes están en crisis, debido a problemas sistémicos, como un escándalo político, el imitarlos tal vez no sería tan perjudicial, en particular si se puede caracterizar a estos partidos como bien organizados y con bases locales de apoyo. La tarea aquí es poder copiar la estructura del partido, sin imitar el comportamiento que condujo a la crisis, la cual es otra variable.
Como se ha planteado anteriormente, una crisis es necesaria para la aparición de los nuevos partidos y, en algunos casos, una crisis persistente los puede ayudar a consolidar. Una crisis[17] política y/o económica prolongada, generalmente, debilita los partidos políticos gobernantes y sus aliados, abriendo la puerta a los recién llegados. El peligro es que el nuevo partido llegue a ser asociado con la crisis —si entra a una coalición, por ejemplo— o que llegue a ser desacreditado por oponerse a medidas que luego ayuden a resolver la crisis. Los nuevos partidos deben mantenerse entre la necesidad de distanciarse de las crisis y el deseo de jugar un papel importante en tratar de resolverlas. Cueste lo que cueste, deben evitar la percepción de ser "parte del problema", y, en cambio, deben tratar de ser "parte de la solución". Esto no es tarea fácil, y muchos de los nuevos partidos han fracasado precisamente porque se rindieron frente a la crisis.
Por último, se debe considerar el impacto de la ideología, un concepto que va mano a mano con los partidos políticos. Uno de los problemas principales que enfrentan globalmente los nuevos partidos después de 1989 es la escasez creciente de ideologías disponibles y una convergencia hacia el centro del espectro político. Los años ochenta fueron coyunturales políticamente. En una sola década, los dos extremos del espectro fueron notablemente desacreditados. Las transiciones que tuvieron lugar en Europa del sur y América Latina revelaron al mundo los horrores de las dictaduras militares de la extrema derecha. Sólo en Argentina, se estimó que unas 30.000 personas murieron en la guerra sucia, entre 1976 y 1982. A fines de la década ocurrió el colapso del comunismo soviético, trayendo como consecuencia transiciones democráticas en casi toda Europa Oriental. Como ideología, el socialismo ha quedado como una alternativa poco atractiva.
Como resultado de los ochenta, el espacio político se ha estrechado bastante, por lo menos hacia el futuro previsible. La democracia y el neoliberalismo están de moda, mientras que el autoritarismo derechista y el socialismo son obsoletos. El lado positivo de esto es que, hoy en día, la democracia tiene mayores posibilidades de sobrevivir que en, quizás, cualquier otro momento de la historia (Huntington, 1992).
Las alternativas a la democracia ya no son tan atractivas. El lado negativo es que los nuevos partidos tienen menos espacio para ubicarse. Les toca ingresar a un espectro que incluye solamente el centro, el centro-izquierda, y el centro-derecha. Bajo estas circunstancias, es más difícil destacarse de los partidos existentes y, en vez de la ideología, éstos tienen que enfocarse, a veces, en temas específicos, como la lucha contra la corrupción o el esfuerzo para abrir el sistema político. Mientras que una orientación temática no es en sí problemática, sí deja a los nuevos partidos más vulnerables a la cooptación y, si en algún momento realizan su objetivo temático, pueden perder su visión, su raison d'être. Aunque a veces la ideología puede ser demasiado rígida, representa una fuerza que ata mejor que los temas.
Para reiterar el argumento planteado en este artículo, es obvio que Lipset y Rokkan no anticiparon el hecho de que los partidos políticos pudieran entrar en crisis, la cual es marcada o por la falta de linkage con la sociedad, o por una crisis sistémica a la que los partidos no han podido adaptarse con suficiente rapidez. —la crisis—, que ha llegado a ser bastante generalizada en las democracias occidentales, ha desacreditado en gran parte los partidos existentes y ha convencido a muchos ciudadanos de escoger la opción de dejar el partido, o de abstenerse totalmente de votar, o buscar organizaciones alternativas, incluso nuevos partidos políticos. Por esto, la primera variable en juego la crisis es necesaria para la aparición de los nuevos partidos, pero no suficiente para su persistencia. Es necesario un análisis más profundo de otras variables.
El tipo de liderazgo parece ser un factor crítico para la institucionalización de los nuevos partidos, aunque la literatura existente no está de acuerdo sobre cuál tipo es preferible. Mientras que Duff argumenta que los líderes "transaccionales" o pragmáticos beneficiarían a los partidos políticos a largo plazo, Hauss y Rayside sostienen que los líderes carismáticos son preferibles, por lo menos al principio. Rose y Mackie sugirieron solamente que los dirigentes enfrentan una escogencia (trade-off), entre enfocar sus esfuerzos en construir el partido desde adentro o en apelar a los votantes por fuera. Kitschelt, mientras tanto, afirma que es la fortaleza relativa del partido la que determina qué tipo de liderazgo tendrá. Los nuevos partidos con poco apoyo electoral tienden a ser dominados por ideólogos, mientras que los partidos con posibilidades coalicionales tienden a tener un liderazgo más pragmático.
El argumento planteado aquí, entonces, es que para los nuevos partidos es preferible tener un liderazgo carismático, porque esto les ayuda en la tarea de destacarse de los partidos existentes y en solidificar su base de apoyo. Mientras que el nuevo partido asciende en el orden de preferencias (i.e. desde el deseo de sobrevivir a la institucionalización, a la posibilidad de gobernar) debe tener cada vez más dirigentes pragmáticos. Este movimiento hacia un liderazgo más pragmático no debe ocurrir demasiado rápido y tampoco debe percibir éxitos electorales meteóricos. De esta manera el liderazgo llegará a estar muy enfocado en ganar votos, más no en consolidar la organización del partido.
La organización del partido es otra variable importante. Es tal vez el único factor que permite a los partidos políticos —nuevos o existentes— cumplir una de sus funciones esenciales: canalizar y agregar las demandas populares. Los partidos con poca o ninguna organización no pueden esperar mantener el linkage y, por eso, son estos partidos los que, dice Lawson, fracasan con más frecuencia. El enfoque aquí está sobre el establecimiento de raíces en la sociedad y sobre la construcción de una base local de apoyo. En suma, los partidos deben ser construidos desde abajo hacia arriba. Rose y Mackie sugieren que es más probable que los nuevos partidos persistan cuando se fundan sobre una base social. Fox cuestionó la lógica común de seguir una estrategia de coalición antes de enfocarse en el nivel local. Aquí también es importante para los nuevos partidos proceder lentamente, pero ésta es tarea difícil, en particular cuando los votantes están buscando alternativas.
Otra variable importante es el comportamiento de los partidos existentes. El argumento en este caso es sencillo: cuando los nuevos partidos entran en un sistema en el cual los partidos existentes han sido debilitados, pero todavía conservan bastante fortaleza, deben esperar a estar sujetos a la cooptación, en cualquiera de sus varias formas. Los nuevos partidos tienen más posibilidades de consolidarse cuando la cooptación no es efectiva, o es limitada. Con esta variable también es importante considerar otro factor externo: una crisis política y/o económica prolongada. Se ha establecido que se necesita una crisis para que los nuevos partidos aparezcan, pero parece que su persistencia está vinculada a la duración de esa crisis o a la aparición de otra. Al fin y al cabo, las crisis debilitan a los grupos en el poder y, por eso, disminuye su capacidad de usar la cooptación. La dificultad para los nuevos partidos con respecto a las crisis, sin embargo, es que deben seguir siendo vistos como parte de la solución, sin llegar a ser parte del problema.
En general, las reglas electorales no se consideran como críticas para el éxito o fracaso de los nuevos partidos, a menos que el sistema sea uninominal con mayoría absoluta, caso en el cual se aplica la Ley de Duverger, que impide los partidos minoritarios. La representación proporcional con magnitudes distritales más grandes es preferible, obviamente. No obstante, la clave en este caso es si existe o no un sesgo de conversión que perjudique a los nuevos partidos. Pero aun así, éstos pueden sobrevivir y prosperar si logran establecer una base local de apoyo.
Finalmente, queda poca duda de que la implosión ideológica que ocurrió en los años ochenta ha representado una camisa de fuerza para los nuevos partidos políticos, aunque en algunos sentidos ha sido liberadora, ya que los dogmas del pasado están siendo reemplazados por unos pensamientos más innovadores. Es más, nuevos partidos fueron reprimidos debido a su ideología radical. El hecho de que las clases gobernantes ya no temen a las revoluciones comunistas ni a dictadores fascistas sugiere que los nuevos partidos, tal vez, enfrentarán unas condiciones más justas cuando aparezcan, a pesar de sus limitaciones ideológicas. La otra implicación es que los temas, más no la teoría, dominan el discurso hoy en día. El peligro, nuevamente, es que los temas se cooptan con mayor agilidad que la ideología.
La teoría elaborada dentro de este artículo no agota las posibilidades, pero sí nos lleva un poco más hacia una teoría generalizada sobre los nuevos partidos políticos. La tarea en este momento es, entonces, llevar a cabo unos estudios cualitativos y cuantitativos sobre una variedad de casos para comprobar la teoría y para descubrir unas variables adicionales que puedan tener un impacto sobre la institucionalización de los nuevos partidos políticos.
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[1] Véase Seymour Martin Lipset y Stein Rokkan, Party Systems and Voter Alignments: Cross-National Perspectives; New York: The Free Press, 1967.
[2] Duverger (1954) escribió que los sistemas de pluralidad sencilla tienden a fortalecer sistemas bipartidarios, mientras que la representación proporcional favorece la competencia multipartidaria. Riker (1982) luego revisó y aumentó este argumento.
[3] Según Rose y Mackie, para ser institucionalizado —es decir, para merecer reconocimiento como partido político establecido— un grupo de políticos debe hacer tres cosas: (1) crear una organización [crosslocal] para disputar elecciones por toda la nación; (2) nombrar candidatos para disputar las elecciones a nivel nacional; y (3) continuar nombrando candidatos en las elecciones siguientes. Un partido que nombra candidatos en una sola elección no es institucionalizado, sino efímero; un grupo que no nombra candidatos es un grupo de presión; y un grupo que no sea crosslocal tiende a apoyar a un individuo (Lawson y Merkl, 1988:535).
[4] Seymour Martin Lipset y Stein Rokkan, "Cleavage Structures, Party Systems, and Voter Alignments", en Peter Mair, eds. The West European Party System; Oxford: Oxford University Press, 1990, p. 93.
[5] Según Kirchheimer, "al abandonar los intentos al encadrement intelectual y moral de las masas (el partido atrapa-todo) vuelve la atención cada vez más al escenario electoral, tratando de cambiar la efectividad a fondo por una audiencia más amplia y mayores éxitos electorales". (Mair, 1990:52).
[6] Lawson menciona como posibles alternativas organizaciones ambientales, suplementarias, comunitarias y antiautoritarias.
[7] Estos cambios son aquellos que se asocian con el neoliberalismo y con el alejamiento de la llamada matriz Estado-céntrica (Cavarozzi, 1994) en favor de un enfoque en el mercado. Una implicación importante de este proceso es el achicamiento o reducción del Estado y su papel en la economía política de América Latina.
[8] Según Cotler (1995), los "outsiders" son aquellos políticos que carecen de partido político, y además los rechazan. Utilizan su imagen como persona honesta para atacar flagelos como la corrupción. Recurren a los medios masivos de comunicación para hacer su campaña, y su mensaje se enfoca en el simbolismo y promesas vagas de salvación.
[9] Fuente: Dieter Nohlen, coordinador enciclopedia electoral latinoamericana y del Caribe, Instituto Interamericano de Derechos Humanos, 1993, pp. 145-146. Las cifras corresponden únicamente a las elecciones presidenciales.
[10] Fuente: Jennifer McCoy y William C. Smith, "From Deconsolidation to Reequilibration? Prospects for Democratic Renewal in Venezuela", en Jennifer McCoy, Andrés Serbín, William C. Smith, y Andrés Stambouli, eds., Venezuelan Democracy Under Stress; New Brunswick: Transaction Publishers, 1995, p. 257.
[11] La diferencia entre partido mayoritario y minoritario sigue la definición de relevancia formulada por Sartori (1976). Partidos minoritarios son aquellos que reciben menos del 20% del voto popular, pero son relevantes debido a su potencial para construir una coalición. Éstos, entonces, poseen una función expresiva, con el potencial para una función instrumental.
[12] Para más información sobre la "Ley Hierro de la Oligarquía", véase Robert Michels, Political Parties; New York: Dover, 1959.
[13] Kitschelt dice que la competitividad de un partido es función de: "(1) el nivel y la tasa de cambio de) apoyo electoral, (2) la fragmentación del sistema de partidos, y (3) el número de posibles coaliciones gubernamentales que excluyen el partido" (1989:57).
[14] Jonathan Fox, "The Crucible of Local Politics", en Nacla Report on the Americas, vol. 29, No. 1, Julio/Agosto 1995, p. 15.
[15] El sesgo de conversión se calcula simplemente al dividir la proporción de escaños que recibe un partido por la proporción del voto popular que obtuvo. Mientras más cerca a uno sea el número resultante, menos hay un sesgo de conversión; más cerca a cero, más hay un sesgo (Kim y Ohn, 1992:586).
[16] Para más información sobre las reglas electorales, véase Rein Taagepera y Matthew Soberg Shugart, Seants & Votes: The Effects and Determinants of Electoral Systems; New Haven: Yale University Press, 1989.
[17] Crisis se define como un momento coyuntural, un período crítico. En este artículo se dice que existe una crisis siempre y cuando el público percibe que existe, sin importar los hechos objetivos.