EL PROCESO DE PAZ PALESTINO-ISRAEL: CONDICIONES, BALANCE Y PERSPECTIVAS

Luis E. Bosemberg

Profesor del Departamento de Historia de la Universidad de los Andes

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3-11

01/10/1997

01/10/1997

INTRODUCCIÓN

El 13 de septiembre de 1993 se firmó en Washington un histórico acuerdo conocido como la Declaración de Principios u Oslo I. Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), quienes se reconocían mutuamente, acordaron poner en marcha un plan de autonomía palestino[1]. Se estableció un período interino de cinco años durante el cual se fundarían unas zonas autónomas palestinas en Gaza y Cisjordania[2]. Al final de este período se negociarían los temas más espinosos, tales como, el status definitivo de Jerusalén, la definición de fronteras, las colonias judías en tierras palestinas, la cuestión de los refugiados y el Estado palestino.

Sin embargo, después del alborozo inicial hoy en día las negociaciones están en su punto más bajo. La dinámica de la paz no ha fructificado. El ambiente de reconciliación no ha sido creado. Israel y los Estados Unidos, las partes más poderosas de la negociación, no están dispuestas a satisfacer las necesidades nacionales de los palestinos. Éstos controlan tan sólo unas ciudades aisladas unas de las otras. La situación económica se ha deteriorado en las zonas invadidas. La colonización de tierras palestinas continúa por parte de los israelíes. ¿Qué ha sucedido?

El siguiente artículo tiene tres objetivos: mostrar qué condiciones gestaron el proceso de paz, hacer un balance de sus resultados y presentar unas perspectivas y sugerencias. Se analizará el papel de americanos, israelíes y palestinos señalando sus objetivos y problemas.

¿Por qué ha habido pocos éxitos para una verdadera paz? Se plantea que el cambio en la administración americana con el presidente Clinton, el giro a la derecha del electorado israelita y la pérdida de prestigio de la Autoridad Palestina han sido fatales para el proceso.

LAS CONDICIONES

El ensayo parte de la tesis de que las grandes transformaciones de finales de la década de los ochenta y principios de los noventa tuvieron un impacto tal en el conflicto que condujeron a las primeras tentativas de paz. Así, el proceso estaba enmarcado dentro de lo que se denominaba el nuevo orden mundial: el final de la Guerra Fría, la Guerra del Golfo, la globalización y la solución pacífica de conflictos —pero también la hegemonía americana.

La coyuntura era ideal. Los americanos estaban reposicionándose en la región como nunca antes lo habían hecho, e iniciar el proceso de paz era parte de esa evolución. La paz se enmarca dentro de unos intereses de larga duración: la hegemonía regional[3] y el apoyo a Israel. La coyuntura de la nueva situación fue el gran disparador. Con la debilidad y posterior desaparición de la URSS, la destrucción de Irak y el fortalecimiento de las alianzas regionales en la Guerra del Golfo la posición americana era única. Además, estaba en juego el prestigio de ser el agente pacificador.

Mientras esto sucedía, la situación en las zonas invadidas era onerosa[4]. La Intifada, o levantamiento palestino que estalló en 1987, fue la reacción ante esa situación. Señaló el advenimiento, a nivel regional e internacional de un gran impulso en el conflicto. Se trataba de una nueva generación de palestinos nacidos bajo la ocupación, menos prisioneros de los viejos clanes y sobre todo convencidos de que sus mayores no hacían mucho por la liberación de su patria[5]. Era un movimiento autogestionado, popular y directo de una generación que estaba cansada de la politiquería y de los enfrentamientos de sus mayores. Su impacto fue inmenso en la opinión pública regional y mundial. La enconada resistencia hizo ver a Israel que los métodos represivos no bastaban y que era con los palestinos con los que había que negociar.

Con respecto a Israel existen dos interpretaciones diversas, aunque complementarias de los hechos: por un lado, la polarización a escala regional disminuía (la URSS y sus aliados perdían fuerza) teniendo como consecuencia un fortalecimiento de la posición israelí en el marco del posicionamiento americano. Aquí se observan elementos de continuidad de la estrategia tradicional. Por el otro, se necesitaba una readecuación a la nueva situación internacional y regional: Israel no podía seguir sosteniendo una economía de guerra, no podía seguir dependiendo de las finanzas y ayudas americanas y no podía permanecer ajeno a los mercados regionales. A esto contribuiría el redimensionamiento de las relaciones entre Washington y ciertos países árabes, las presiones americanas para que Israel se incorporara al proceso de paz y al de negociación regional, así como también el deterioro del concepto de inviolabilidad de la seguridad a raíz de los ataques por parte de Irak y la Intifada.

La propuesta de Baker era un juste milieu que satisfacía a árabes e israelíes: aquéllos, que habían propugnado por un acercamiento global, veían cumplidas sus expectativas en las conferencias multilaterales por realizarse; éstos, que defendían la propuesta de las negociaciones bilaterales, también se sentían recompensados[6]. Hombres de negocios, tanto de la región como de otros países, aplaudían estas iniciativas —la globalización parecía que hacía su aparición triunfante en la región—. Los americanos se convertían en los grandes promotores.

Como resultado directo de la Guerra del Golfo los americanos lograron reunir a las partes en Madrid a finales de 1991. Esto significaba el diálogo directo de todos los contrincantes. Empero, los israelíes no reconocían a la OLP.

Todavía el gobierno israelita bajo Shamir, mucho más ideologizado que su contraparte el laborismo, se mostraba intransigente. El disparador para el inicio de una negociación fue el triunfo electoral del partido laborista (1992) con Rabin a la cabeza a quien le tocó reconocer que el único interlocutor válido era la OLP —lo que el Likud nunca hubiera permitido.

Se trataba del triunfo de los moderados y pragmáticos. Esto se manifestó cuando Rabin reconoció que se habían ganado militarmente cinco guerras, pero políticamente ninguna, pues la OLP todavía existía. Él representaba a aquellos que creían en modelos alternativos de cooperación y seguridad regional y que insistían en desarrollar la economía más que la estrategia militar. Rabin llegó a pensar que las amenazas externas habían disminuido considerablemente. En un discurso ante los graduados del Colegio de Defensa Nacional opinó:

El mundo ya no está contra nosotros... Estados que nunca nos tendieron la mano, Estados que nos condenaban, que lucharon contra nosotros, que ayudaron a nuestros enconados enemigos... nos consideran hoy como un interlocutor digno y respetable[7].

Su concepto de "paz por tierra" (base de los acuerdos de 1993) era visto como un proyecto que eliminaría el ciclo de la violencia y reformularía la posición de Israel a nivel regional.

Su ascenso al poder mostraba una opinión pública en mutación. La Intifada trajo de manifiesto la imposibilidad de mantener la ocupación y creaba inseguridad en una población que además fue bombardeada durante la Guerra del Golfo. Había una nueva generación de judíos que ya no vivía bajo el trauma del holocausto y se preocupaba más por su alto nivel de vida que por la conquista de territorios. Por ejemplo, el retiro de tropas israelíes en 1994 no fue la gran noticia[8].

La clase empresarial judía estaba interesada en la globalización económica: su preocupación consistía tanto en expandir sus negocios como captar inversión extranjera. Se sentían bloqueados por el conflicto con los árabes. El boicot árabe y consideraciones políticas y económicas dificultaban la cooperación con firmas internacionales. Durante veinte años las zonas invadidas habían sido un sustituto parcial. Pero sus beneficios —un mercado cautivo y mano de obra barata— se redujeron a raíz de la Intifada[9].

Israel se dio cuenta de que para acercarse a los países árabes había que solucionar la cuestión palestina y no como pretendió por muchos años —negociar con los Estados árabes sino los palestinos—. Había subestimado las relaciones entre los palestinos y sus aliados, incluyendo el apoyo popular de las masas árabes.

El partido Likud perdió las elecciones pues muchos lo acusaban de haber tenido fricciones con los Estados Unidos (los americanos habían congelado garantías de préstamos por valor de US$10.000 millones para presionar al gobierno de Shamir a que asistiera a Madrid); las derechas religiosas le habían retirado su apoyo por haber iniciado las negociaciones; y millares de emigrantes de origen soviético, que Shamir esperaba que votasen por la derecha, al no conseguir empleo, escogieron al laborismo.

Rabin, el nuevo jefe del laborismo, era considerado como la mano dura del partido a diferencia de su antecesor, Peres, que para muchos era muy laxo. Además, el partido se había despojado de su programática socialista.

También en la OLP constatamos el triunfo de los moderados y pragmáticos. Ya en la década de los setenta esta organización inició un lento camino hacia la moderación, cuando indicó la posibilidad de fundar un Estado en territorio liberado, es decir, aun al lado de Israel.

Pero la década de los ochenta fue muy difícil. Los diversos gobiernos israelíes, quienes compartían el poder de manera paritaria, estancaron cualquier propuesta de solución mientras que los Estados Unidos, con Reagan a la cabeza, despreciaban a la OLP y la consideraban, dentro del contexto de la segunda Guerra Fría, la avanzada de la URSS. Iniciando la década la OLP fue expulsada del Líbano viéndose así privada de la opción militar mientras que pugnas internas la debilitaban. La Intifada la tomó por sorpresa y los fundamentalistas tenían cada vez más adeptos. Si bien logró unificarse en 1987, a raíz de la alianza con Irak durante la Guerra del Golfo fue marginada y varios de sus aliados regionales le suspendieron apoyo financiero. Había perdido el apoyo de la URSS y la caída de esta superpotencia fortalecía a Israel. La época revolucionaria había terminado.

Pero no todo estaba perdido para la OLP. Los moderados deciden, teniendo como telón de fondo la Intifada, reconocer a Israel en 1988. Se cumplía un paso más en su lento camino hacia la moderación. Su liderazgo en buena parte del levantamiento palestino en las zonas le hizo ganar capacidad de negociación. Aunque no fue invitada a Madrid, su presencia detrás de la delegación jordana era conocida por todos.

Así las cosas, Arafat firmó porque se presentaba como el único interlocutor válido a pesar de sus reveses y pensaba que la paz desactivaría a los radicales; la situación en las zonas se deterioraba y las colonias judías proliferaban; la continua colonización judía hacía pensar que había que salvar lo existente y no perderlo todo; era mejor negociar un mal acuerdo que continuar con el sufrimiento de los palestinos; en últimas, existía una creciente brecha entre la fraseología revolucionaria y oficial y las nuevas realidades, —así que la OLP se tornó pragmática.

En síntesis, en el marco del llamado nuevo orden, los americanos dispuestos y el triunfo de los moderados, apoyados popularmente, parecía lo necesario para lograr la paz.

LOS IMPASSES

Sin embargo, a cuatro años de la firma de los acuerdos el balance es bastante negativo. Se podría argumentar que la euforia global de inicios de la década (basada en un supuesto nuevo orden, solución a conflictos por la vía pacífica, etc.) era compartida tanto por palestinos como por israelíes. Pero muchos creían que la solución era a corto plazo cuando en realidad era exactamente lo contrario —a largo plazo. Después de todo, ¿cómo sembrar confianza entre dos partes que llevaban más de medio siglo de odios y enfrentamientos?

Muchos de los que creían en la paz se desilusionaron rápidamente. Los palestinos creían que la situación en Gaza y Cisjordania mejoraría de la noche a la mañana: todos celebraron con júbilo la firma de los acuerdos en 1933; pocos hicieron lo mismo con los del 1995[10].

La violencia de ambas partes ha incidido tanto en el lento devenir como en la victoria de Netaniaju y las derechas. Los actos violentos de ambas partes desacreditaron las propuestas. Muchos creyeron que la violencia terminaría rápidamente, lo cual era muy ingenuo.

Cuatro escenarios nos ayudan a comprender los impasses de la paz: la actitud conservadora de los americanos con la administración Clinton, los diversos problemas en la Autoridad Palestina en Gaza y Cisjordania, la actitud de una parte del electorado israelí y el estancamiento en las conferencias internacionales de cooperación global que deberían haber resuelto diversos problemas regionales.

Sin duda alguna, el papel que han cumplido los americanos es fundamental; es más, es en ellos en quienes reposan las grandes soluciones. Pero a los afanes de la administración Bush siguió una administración Clinton muy conservadora.

Si el gobierno de Bush estaba decidido a lograr la paz para cristalizar sus alianzas con los árabes, dentro de la euforia de la derrota del Irak y el final de la Guerra Fría, y así tener una presencia inusitada en la región, el gobierno de Clinton cree que la hegemonía es posible sin necesidad de una verdadera solución al conflicto.

Los cambios de la administración Clinton se aplican en términos de política interna: el electorado pro-israelita y el lobby judío son parte integral de la coalición electoral[11]. Ya durante las negociaciones en 1993 el gobierno americano mostraba una inclinación a un proceso de paz conservador, es decir, a favor de los derechos israelíes. Esto condujo a que las negociaciones se trasladaran a Oslo[12].

Por primera vez fondos americanos han financiado la construcción de colonias en las zonas. Cuando se refieren a aquéllas ya no se trata de "obstáculos para la paz" o de "asentamientos ilegales", sino de "un factor complicado". En 1995 vetaron una resolución del Consejo de Seguridad, respaldada por 14 de sus miembros, que instaba a Israel a abandonar la política de confiscación de tierras en Jerusalén, actividad que otrora varios gobiernos americanos habían declarado estar violando la Convención de Ginebra.

La otra parte del proceso han sido una serie de conferencias internacionales. Al inicio de las conferencias económicas se venció un cierto resentimiento entre hombres de negocios árabes y judíos y se hicieron muy palpables las acuciantes necesidades de la región. Pero ya en la Conferencia de Casablanca (1994) no se logró ni la creación de un mercado regional, ni el levantamiento del boicot árabe a Israel y la creación de un banco de desarrollo para el Medio Oriente. La cuestión política entorpeció la reunión: los árabes criticaron la gran ausencia de Siria. (Su ausencia era un método para presionarla a firmar la paz). Los árabes estuvieron de acuerdo en que primero debía haber una paz global[13].

Al año siguiente la cumbre de Amman intentó asegurar un ambiente propicio para la inversión, acelerar el paso de la privatización y liberalización y poner en marcha proyectos concretos. Pocos fueron los logros[14]. La tercera conferencia que se reunió en El Cairo en diciembre de 1996 en su comunicado final no hizo ningún llamado a terminar el boicot a Israel como se había hecho en las dos anteriores. La tendencia era clara: sin solución al problema palestino no habría una integración económica[15]. Las nuevas estrategias no contribuían a solucionar problemas socioeconómicos ya que el sistema colectivo estaba articulado a la solución del conflicto árabe-israelí.

Muchos comenzaban a opinar que una total apertura hacia Israel desembocaría en una hegemonía. Es decir, lo que Israel no había conseguido por la vía militar lo conseguiría conquistando mercados; el resultado sería una especialización del trabajo que condenaría a los árabes a ser productores de materias primas y alimentos y las inversiones irían a parar a Israel, que goza de una mano de obra calificada de alto nivel, o a Egipto en textiles y alimentos. Pero el desarrollo sería desigual[16].

El gobierno de Rabin puede ser interpretado como el reino de los moderados enfrentados a durísimas exigencias. Se propiciaba un proceso de paz mediante garrote y zanahoria. Por un lado, los enemigos de la paz dentro de Israel presionaban —los colonos, el ejército, el Likud, los minipartidos religiosos— y para satisfacerlos Rabin, por ejemplo, aun contra del espíritu de Oslo, continuaba confiscando tierras palestinas o demoraba las negociaciones. Pero, por el otro lado, llegó a firmar los acuerdos de 1995 que otorgaban un territorio mayor a la Autoridad Palestina en Cisjordania. Este juego fue fatal. Le costó la vida a Rabin, hizo que la oposición fundamentalista, judía e islámica, continuara atacando y desprestigió a Arafat. Tal vez no había otra posibilidad de actuar.

Violentos ataques y contraataques enrarecieron el aire y la seguridad se convirtió en el tema de la opinión pública. Finalizando el año de 1995 y comenzando el de 1996 tuvieron lugar una serie de hechos que introdujeron incertidumbres tanto en la política interna como en las perspectivas del proceso de paz. En un principio se creyó que el magnicidio perpetrado contra Rabin fortalecería el campo de los negociadores laboristas, ya que tuvo un efecto inhibidor en los sectores de derecha que criticaban fuertemente al primer ministro. En esta coyuntura el gobierno laborista adelantó las elecciones creyendo en una victoria segura. Pero no fue así.

A finales de 1995 la seguridad israelí asesinó a dos líderes fundamentalistas. La reacción no se dejó esperar. Atentados de Jamas en febrero y marzo del año siguiente causaron la muerte a 59 personas y produjeron casi 200 heridos. Desde el sur del Líbano las guerrillas Hezbollah atacaban a Israel. El contraataque israelí en abril lo conduce a arremeter sobre las bases de operación en el sur del Líbano, incluyendo objetivos civiles. La operación fracasa y es criticada nacional e internacionalmente. Peres, sucesor de Rabin, pierde popularidad y se le acusa de haber puesto en juego la seguridad del país.

En el plano internacional, Israel logra un reconocimiento en la lucha contra el terrorismo. La cumbre antiterrorista de Sharm el-Sheik promovida por Washington, y en donde éste decide un gran apoyo en materia de logística e información, fue interpretada como la crisis en la búsqueda de métodos pacíficos. Para muchos la alianza israelita-americana no estaba propiciando efectos positivos.

Al mismo tiempo la Autoridad Palestina colabora con los servicios secretos israelíes y persigue a sus opositores islámicos. El gobierno palestino es criticado, como se verá más adelante.

Netaniaju basó su campaña electoral en la necesidad de la seguridad y condujo a que creciera el electorado de la derecha. Amenaza real o ficticia, el hecho es que era percibida. Tocaba los temores de unos votantes que se sentían inseguros por la violencia. Para muchos judíos ésta debería haber terminado de la noche a la mañana —pero no sucedió así.

Al mismo tiempo, al interior de Israel se producen importantes transformaciones. El partido laborista perdió el apoyo del Histradut, el sindicato de todos los trabajadores y primer empleador del país (con la partida de sectores pacifistas e izquierdistas). La pérdida de homogeneidad en el campo laborista condujo a Rabin a rodearse de militares y sectores de derecha[17].

La OLP tuvo una acogida positiva a raíz de la firma de los acuerdos de 1993. Arafat había fracasado en la lucha armada, pero había logrado establecer un poder palestino en Palestina. La realidad, empero, mostró la complejidad de las cosas.

La Autoridad Palestina prometía a diestra y siniestra un mejoramiento en el nivel de vida y en seguridad personal a una población hastiada de la dominación militar israelí, y que además, no veía grandes progresos en la Intifada[18]. Si durante el primer año hubo fallas en el gobierno palestino se atribuían a las restricciones israelíes o a la falta de experiencia de los nuevos burócratas.

Pero el desencanto comenzó a cundir. Las críticas se dejaron sentir con vehemencia. Es probable que muchos no hayan leído la declaración de principios. Había que tener en cuenta que una declaración de esta índole se compone tan sólo de propuestas por desarrollar, pero contiene pocas cosas concretas —mejor dicho, estaba todo por decidirse.

La situación económica de las zonas comenzó a deteriorarse. Según el FMI, a partir de 1993 el desempleo ha aumentado de 18% a 34%[19]. La economía está bajo el control de Israel. Este país controla el movimiento de la fuerza laboral. Cuando cierra sus fronteras con las zonas (después de un acto terrorista) causa desempleo automático. Así, los salarios caen y la capacidad de negociación disminuye. Israel también controla el movimiento de mercancías. Los planes de autonomía han dejado aisladas a las comunidades palestinas, impidiendo su integración económica. Los inversionistas no se sienten seguros. Los problemas son desempleo, crecimiento bloqueado y movimiento restringido de mercancías y trabajo[20].

Merecen mención los actos terroristas de los islámicos y la reacción del gobierno judío. La respuesta israelita de cerrar fronteras dejando a miles de palestinos desempleados y la campaña antiterrorista de la Autoridad Palestina (AP) presionada por Israel, levantaron severas críticas contra ésta. Surgió la idea de que la suerte económica de los palestinos estaba en función del desequilibrio reinante entre la AP y los israelitas —es decir, a merced de éstos. Mientras que la AP intentaba demostrar que la calidad de vida de los palestinos era independiente de las negociaciones con Israel, el cierre de fronteras demostraba exactamente lo contrario. Algunos, inclusive, han llegado a expresar que se está formando un contubernio entre los israelíes y la AP.

Muchas críticas se le han hecho a Arafat. Klein sugiere que los antiguos métodos de la OLP siguen siendo utilizados en la Autoridad Palestina a pesar de que ya a finales de los ochenta en aquella organización se habían exigido reformas, tales como un liderazgo colectivo y democrático o el nombramiento de funcionarios, teniendo en cuenta capacidades y no lealtad. Así pues, se le critica a Arafat el deseo de aprobar todas las cuestiones importantes o de mantener rivalidades para permanecer como el líder que logra compromisos entre facciones rivales[21].

Arafat ha sido acusado de marginar oposición. Se le reprocha que las medidas coercitivas de su gobierno se llevan a cabo para satisfacer a Israel y a Occidente, pero no para apuntalar su gobierno en las zonas. Algunos señalan que Israel instó a que Arafat silenciara a los fundamentalistas para así desacreditarlo. Otros perciben un culto a la personalidad en los medios.

Se podría argumentar, a manera de hipótesis de trabajo, que la transición de revolucionario de la vieja escuela a gobernante ha conllevado muchas complicaciones: una cosa era la revolución y otra la gestión. Gobernar no es lo mismo que hacer la revolución. Este tránsito sería interesante de estudiar.

A la Autoridad Palestina se le critica que no ha sido capaz de desafiar las políticas de Israel o de movilizar la comunidad extranjera a su favor.

Para completar males, después de diversas tensiones los recién llegados (la OLP) dominan las instituciones de la AP. Es así como el retorno de Arafat a las zonas autónomas no fue fácil, ya que los diversos funcionarios que llegaron con él en 1994 sintieron la rivalidad con los palestinos locales —familias de notables, jóvenes líderes creados por la Intifada y fundamentalistas.

Para terminar estos factores hay que recordar que otro golpe duro para Arafat fue la firma en 1994 de un acuerdo entre Jordania e Israel sin participación palestina que hacía temer una actuación conjunta en su contra. El acuerdo deja la competencia abierta entre jordanos y palestinos por las zonas.

No parece haber una alternativa a la Autoridad Palestina encabezada por Arafat. Los fundamentalistas son minoritarios, pues se les culpa de entorpecer la paz y contribuir a la victoria de Netaniaju, la izquierda radical con sus consignas revolucionarias no tiene mucho eco, la AP pierde terreno y los indiferentes son numerosos. Según una encuesta, el 34% de la población palestina confía en la organización de Arafat, el 29,4% ya no confía en nadie, mientras que tan sólo un 6,5% confía en Jamas[22]. Una situación así es explosiva, pues no presenta alternativas y causa desosiego.

En síntesis, la AP ha perdido prestigio y se ha debilitado. Por lo consiguiente, las futuras negociaciones presentan a un Israel fuerte ante una AP con poca capacidad de negociación.

CONCLUSIONES Y PERSPECTIVAS

A la dinámica de los inicios de la década le siguió el estancamiento. La realidad rebasaba las ilusiones de los primeros acuerdos. La situación internacional y el feliz encuentro de los sectores moderados no fue suficiente para perpetuar las esperanzas. Americanos e israelíes pasaron de ser los apologetas del proceso a convertirse en aquellos que obstaculizan un proceso real de paz. La situación no parece cambiar: para un electorado creciente israelí la violencia no ha cesado, para los palestinos su situación se deteriora, la AP pierde prestigio y americanos e israelíes ya no son los motores de inicios de la década. La solución a la cuestión nacional palestina sigue sin resolverse e Israel retomó el camino de la intransigencia.

Se está llevando a cabo un proceso de paz conservador y los americanos son, en últimas, responsables de ese impasse. Ellos están hoy por hoy en una situación única de remodelar la región. Y eso es en parte lo que están haciendo. Pero están pensando en el corto plazo. Ellos deben reconocer las necesidades de ambas partes y no de una sola. Históricamente las potencias hegemónicas tarde o temprano han sido desafiadas.

La actitud conservadora equivale a jugar con fuego. Le da credibilidad a los sectores antiimperialistas que critican con vehemencia la arrogancia y hegemonía estadounidenses. Si los actos de la administración Bush fortalecieron a los abogados de la paz, los de Clinton hacen lo contrario —los debilitan.

Los americanos poseen la clave para la paz. Son ellos los que pueden imponerse apoyando una paz justa. Fueron ellos quienes presionaron financieramente a Shamir a asistir a la Conferencia de Madrid (habían congelado garantías de préstamos a Israel por valor de US$10.000 millones). Contrario a lo que muchos creen, la dependencia de Israel es enorme y esta carta podría ser jugada[23].

Si los palestinos reconocieron a Israel ya es hora de que éste reconozca las aspiraciones nacionales y legítimas de aquéllos. El conflicto es un caso de autodeterminación en contra de una potencia regional —de ahí que la asimetría en las negociaciones es apabullante—. Por ello no hay que aprovecharse del más débil.

¿Desean los israelíes una segunda Intifada, pero esta vez, de la población palestina en contra de la AP? La penosa situación en Gaza y Cisjordania apuntaría en esa dirección. Como están las cosas, se están creando unos bantustanes, es decir, una autonomía dependiente del control israelí. Israel no debe continuar presionado a la AP a que ceda a su favor. Esto la desprestigia y la hace ver como colaboradora de sus enemigos.

Contrario a lo que muchos creen, el triunfo de las derechas con Netaniaju en 1996 no ha sido el punto de quiebre en la tormentosa evolución. Como lo hemos mostrado, varios escenarios ya hacían vislumbrar el impasse.

¿Qué le depara a la Autoridad Palestina? ¿Autoritarismo, fundamentalismo o democracia? El fundamentalismo no es mayoritario, pero Arafat debe ser más democrático. No debe repetir el autoritarismo de tantos otros líderes árabes. Hay que tener en cuenta que hay sectores que desean reformas de apertura política dentro de los palestinos y dentro de la OLP.

La falta de resultados tangibles a tono con los acuerdos de 1993 fortalece a los enemigos de la paz tanto seculares como religiosos y mina la posición de los moderados en Israel y Palestina. Se necesita el fortalecimiento de estos últimos.

Netaniaju probablemente se verá obligado a reajustar paulatinamente su estrategia pues tendrá que tener en cuenta ciertas consideraciones. Persistir en una posición intransigente va en contravía de la seguridad que él cree defender. ¿Acaso cree que derrotar el terrorismo es fácil? Si Israel no ha podido derrotarlo en los últimos 50 años, ¿por qué cree que podrá hacerlo ahora? Una mejor manera de erradicar a los violentos es apoyando una paz más justa. La proyección hacia los mercados regionales es una necesidad para los muchos empresarios; otros plantean la necesidad de no ser dependientes de los americanos. La diferencia de votos que lo condujo al poder no es muy grande y podría volver a cambiar. En las elecciones para Primer Ministro en 1996, Netaniaju consiguió el 50,4% del electorado, mientras su homólogo Peres, 49,6%. La diferencia era tan sólo de 14.729 votos[24].

No es tan real la tesis de la seguridad que manejan las derechas israelíes y que fue parte importante de la campaña de Netaniaju. Israel es un país seguro. Por un lado, un Estado palestino no sería una amenaza. Israel es la potencia militar regional por excelencia[25]. En el caso de que los palestinos comenzaran a competir en armamento Israel podría invadirlos en cuestión de horas. Por el otro lado, no sólo países importantes como Egipto o Arabia Saudita no desean otra guerra, sino que otrora enemigos de los judíos, como Irak o Libia, han sido destruidos o minimizados. Siria, cercana en una época a la URSS, al perder su apoyo se insertó en el nuevo orden americano.

Una verdadera paz se logrará con lo que se pactó en la Declaración de Principios: el retiro de tropas de Israel, una verdadera autodeterminación palestina y el derecho de Israel a vivir en paz y en fronteras reconocidas. El éxito será posible con un apoyo internacional y un apoyo popular masivo.

Aunque la versión generalizada es que la violencia frena las negociaciones, como hemos visto, hay otro tipo de impedimentos. El terrorismo no debe ser la razón para entorpecerlas, mucho menos para interrumpirlas. Dilatarlas es lo que quieren sus enemigos. A pesar de que se continúa derramando sangre, se debe seguir adelante. Detenerlas es hacerle caso a los violentos. Jamas, así, favorece a las derechas israelíes. Y viceversa. ¡Qué paradoja!



[1]     Véase el texto completo de los acuerdos en Relaciones Internacionales, no. 66, abril-junio 1995, pp. 105-110.

[2]     Se trata de dos de las zonas invadidas por Israel en la guerra de 1967. Nos referiremos a ellas con su nombre propio, el de zonas invadidas o simplemente zonas.

[3]     Si se hace un balance de la situación americana, está claro que nunca había estado tan a su favor: la URSS desapareció, Israel no sólo ha sobrevivido sino es la potencia regional por excelencia, el panarabismo ha abandonado su radicalidad de antaño y el petróleo (o casi todo) se halla en manos de aliados dependientes de los americanos. Para un balance de la política exterior, véase Michael C. Hudson, "To Play the Hegemon: Fifty Years of US Policy towards the Middle East", en Middle East Journal, v. 50, no. 3, verano 1996, pp. 329-343.

[4]    "Micheline Paulet : Israel, en pays conquis", en Le Monde Diplomatique, aout 1991. La bibliografía sobre las zonas invadidas publicadas por la ONU, muy crítica de las políticas israelíes y bajo el Comité para el ejercicio de los derechos inalienables del pueblo palestino, es muy extensa; véase, entre otros, "Niños palestinos en los territorios ocupados", Nueva York, 1981; "La condición jurídica de Jerusalén", Nueva York, 1981; 1982; "Asentamientos israelíes en Gaza y la ribera occidental (incluida Jerusalén): su carácter y objetivo", Nueva York, 1982; "Política de Israel sobre los recursos hídricos de la ribera occidental", Nueva York, 1980.

[5]    Jean-Pierre Langelier, "Les enfants de 1967", en Le Monde, 5 de junio de 1987.

[6]    La propuesta consistía en, por un lado, negociaciones bilaterales entre Israel y sus oponentes y, por el otro, en una serie de conferencias internacionales y multilaterales sobre desarrollo y control de armas. Véanse más detalles en Robert J. Bookmiller y Kirsten Nakjavani Bookmiller, "Behind the Headlines: The Multilateral Middle East Talks", en Current History, enero 1996, pp. 33-38.

[7]    Efraim Inbar, "Contours of Israel's New Strategic Thinking", en Political Science Quarterly, no. 1, primavera 1996, p. 44 citado por Luis Mesa Delmonte, "Israel: seguridad nacional, conflicto y política", en Revista de África y Medio Oriente, vol. 13, no. 1, 1996, 135-136.

[8]    Clyde Haberman, "Rich is One Thing: Happy is Another", en The New York Times, junio 26 de 1994.

[9]    Yoav Peled, "From Zionism to Capitalism: The Political Economy of Israel's Decolonization of the Occupied Territories", en Middle East Report, mayo-junio/julio-agosto 1995, pp. 13-17.

[10]   En septiembre de 1995 se firmó el acuerdo conocido como Oslo II, por medio del cual se amplió la autonomía palestina a siete ciudades en Cisjordania y se acordó la celebración de elecciones en las zonas. El Acuerdo de Oslo I tan sólo había otorgado autonomía a una ciudad en Cisjordania —Jericó.

[11]   Hudson, "To Play the Hegemon", op. cit.

[12]   Michael Hudson, "The Clinton Administration and the Middle East: Squandering the Inheritance?", en Current History, febrero 1994, pp. 49-54.

[13]   Samir Sobh, "Casablanca : la manne n'est pas pour demain", en Arables, diciembre 1994.

[14]   "Amman/95", en Arabies, octubre 1995.

[15]   Arabies, diciembre 1996.

[16]   Sara Roy, "La prospérité ou l'affrontement en", Le Monde Diplomatique, agosto 1994.

[17]   Marión Sigaut, "Pourquoi Rabin a Tourné le dos á la paix" en Arabies, mayo 1995, pp. 18-23.

[18]   Graham Usher, "Why Gaza Mostly Say Yes", en Middle East Report, 459, septiembre 1993, pp. 19-20.

[19]   Alain Gresh, "Naissance et agonie des accords d'Oslo", en Le Monde Diplomatique, abril 1997, p. 7.

[20]   Para una buena síntesis de la penosa situación económica, véase Jennifer Olmsted," Thwarting Palestinian Development", en Middle East Report, octubre-diciembre 1996, pp. 11-18.

[21]   Mehachem Klein, "Quo Vadis? Palestinian Authority Building Dilemas since 1993", en Middle Eastern Studies, vol. 33, no. 2, abril 1997, pp. 383-404.

[22]   Mouin Rabbni, "Palestinian Authority, Israeli Rule: From Transitional to Permanent Arrangement", en Middle East Report, octubre-diciembre 1996, p. 6.

[23]   El 98% de las armas israelíes son importaciones norteamericanas y su ejército es totalmente dependiente de la tecnología militar más sofisticada. Entre 1949 y 1984, los americanos proveyeron a Israel US$28.000 millones en asistencia económica y militar, la mitad fueron verdaderas donaciones. Han dado miles de millones en subsidios, que incluyen tratamiento favorable en impuestos sobre donaciones privadas, extensión de créditos por el Export-Import Bank, exención de aranceles de importación en aduanas estadounidenses, y acceso libre a tecnología de avanzada—entre otras. Desde 1984, ha aumentado la ayuda hasta llegar a un promedio de US$1.800 millones anuales en donaciones militares y US$1.200 en préstamos. En resumen, Israel recibe anualmente, contando todas las diversas ayudas públicas y privadas, entre US$4 y 5 mil millones, lo que corresponde, según algunos, al 15-20% de su PNB. ES decir, US$4.000 por cada familia israelí. Muchos economistas judíos opinan que sin todo esto el colapso sería eminente. Véase Jerome Slater, "A Palestinian State and Israeli Security", en Political Science Quaterly, vol. 106, no. 3,1991, p. 425, quien cita entre otros a Yakir Plessner, "Change from Within", en Israeli Democracy, primavera 1990, p. 8; Cheryl Rubenberg, Israel and the American National Interest, Universidad de Illinois, Champaign, 1986, p. 333.

[24]   Baruch Kimmerling, "On Elections in Israel", en Middle East Report, octubre-diciembre 1996, p. 14.

[25]   Israel es el único país en la región con armas nucleares, posee un ejército de 540.000 soldados, misiles de intermedio y corto alcance, 700 aviones de guerra, 4.000 tanques y miles de piezas de artillería, en Joseph Alpher et al., "The West Bank and Gaza: Israel's Option for Peace". Centro de Estudios Estratégicos Jaffe, Universidad de Tel Aviv, 1989. Este mismo estudio concluye que no habría ninguna amenaza por parte de un Estado palestino, debido a la superioridad israelita, citado por Slater, op. cit. pp. 416-417.