DOCUMENTOS OCASIONALES No. 46

LA GLOBALIZACIÓN Y LOS PAÍSES DEL SUR: UNA APROXIMACIÓN INTERPRETATIVA

Hugo Fazio Vengoa

Profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional y del Departamento de Historia de la Universidad de los Andes

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51-75

01/10/1997

01/10/1997

Este trabajo constituye un balance parcial de la investigación "Estudio comparado de las formas de inserción de América Latina, África Subsahariana y el Medio Oriente en el nuevo sistema mundial", realizada conjuntamente por profesores de las universidades Nacional y los Andes, que contó con el apoyo financiero de Colciencias.

Una de las mayores dificultades que enfrentan los analistas internacionales en la actualidad consiste en encontrar un mapa conceptual que permita interpretar y entender el voraginoso presente. Si bien la mayoría de los estudiosos del mundo contemporáneo concuerdan en señalar que la caída del muro de Berlín, la desaparición del sistema socialista en Europa Central y Oriental y la desintegración de la Unión Soviética han sido los acontecimientos capitales de este final de siglo que sentaron las bases para poner fin a más de cuatro décadas de competición inter sistémica y de guerra fría, profundas diferencias se presentan a la hora de precisar los factores que desencadenaron tal cambio y los factores sobre los cuales se está erigiendo la nueva configuración planetaria.

Las lecturas fundamentales pueden resumirse esquemáticamente en dos corrientes interpretativas. La primera, íntimamente asociada a la lógica del poder internacional, privilegió en las décadas anteriores la competición inter sistémica como vector principal de la vida internacional, en el entendimiento de que ese eje estructurador de la política mundial no sólo se mantendría durante largo tiempo, sino que actuaría de igual forma como garantía para la reproducción de aquellos elementos que prolongaban la superioridad económica, política y militar de las dos superpotencias. Con la caída del muro de Berlín se erosionaron los fundamentos de este discurso y de esta práctica política. Como una forma de conservar su predominio se pretendió proyectar un nuevo esquema de supremacía con la introducción de la noción "nuevo orden mundial", en el cual las antiguas potencias competidoras por la supremacía junto a los demás grandes Estados actuarían en un marco de colaboración para solucionar los problemas más candentes de la nueva configuración planetaria. Si bien esta noción fue popularizada en el lenguaje político por el entonces presidente norteamericano George Bush, en relación a la Guerra del Golfo, ideas similares sostenían los principales dirigentes soviéticos de la época de Gorbachov. Esta lectura realizada en función del poder y desde éste terminó siendo bastante precaria para explicar el mundo actual. Las múltiples tensiones y situaciones disruptivas del mundo de posguerra fría tempranamente acabaron con cualquier tentativa de dotar de sentido a la noción de nuevo orden mundial.

La segunda lectura, inspirada en una visión más sistémica, constituyó, en la época de la Guerra Fría, una mirada que centraba su atención precisamente en los nuevos elementos que habían aparecido en la vida internacional y sobre todo en aquellos que estaban erosionando el poder de las grandes potencias. Aun cuando era muy heterogénea en cuanto a sus postulados e intereses, agrupaba indistintamente concepciones que sostenían la interdependencia, así como los trabajos que defendían la idea de un sistema mundial o reclamaban un nuevo orden económico mundial. Para estas perspectivas analíticas, el derrumbe del sistema socialista fue un acontecimiento importante en la medida en que posibilitó la universalización de tendencias que se encontraban reprimidas por la lógica bipolar del poder. Esta lectura, centrada en lo económico y en una percepción del poder que traspasa la actividad de los Estados, ha puesto su atención en las tendencias que están dando origen a la conformación de un nuevo sistema mundial. En la posguerra fría, esta lectura en lugar de pregonar la conformación de un nuevo orden mundial ha sostenido el surgimiento de una vida internacional más compleja, fortuita y menos estructurada desde el punto de vista del poder.

Si bien la mayoría de los estudiosos del mundo contemporáneo concuerdan en señalar que la caída del muro de Berlín fue un acontecimiento capital que sentó las bases para poner fin a más de cuatro décadas de competición inter sistémica y de Guerra Fría, ello no nos debe llevar a pensar que la nueva configuración planetaria se configuró a partir de la nada. La caída del muro de Berlín significó en efecto el fin de la bipolaridad y de la supremacía de los vectores políticos y militares como elementos ordenadores de la vida internacional, pero supuso igualmente la profundización y ampliación de otras tendencias de índole económica, tecnológica y comunicacional que, desde tiempo atrás, habían comenzado a constituirse y sobre las cuales se ha empezado a establecer la matriz de la nueva configuración planetaria. El derrumbe del sistema socialista puso fin a un período en el cual las relaciones internacionales se articularon esencialmente en torno a tres vectores: el eje Este-Oeste o la competición inter sistémica, fundamento principal de la entonces vida internacional, que se regulaba sobre la base de la disuasión nuclear, la supeditación de los elementos económicos a los factores políticos y estratégicos y la reproducción en la periferia de la lógica establecida por el eje bipolar articulador de las relaciones internacionales[1].

Pero el componente perdurable más importante que se derivó del desvanecimiento del sistema socialista fue la desaparición del principal modelo de organización de la sociedad alternativo al capitalismo, el socialismo soviético, lo que significó la recomposición del escenario mundial, pues el desfallecimiento de la otrora superpotencia puso término a aquellas largas y difíciles décadas de oposición inter sistémica y despejó el camino para la configuración de un nuevo sistema mundial. La desintegración del campo socialista se tradujo en la eliminación del último gran obstáculo que existía para la universalización de un modelo de acumulación que desde la década de los años setenta se encontraba en ciernes: el capitalismo transnacional.

LA NATURALEZA DEL CAPITALISMO TRANSNACIONAL

Ya en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial se observaron cambios importantes en el funcionamiento del sistema capitalista internacional. Éste estaba ingresado en una nueva fase de su desarrollo, caracterizado por el mayor dinamismo que estaban comenzado a tener los procesos de índole internacional, los cuales cumplían una función agregadora de las disímiles economías nacionales. El Acuerdo de Bretton Woods, la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, el GATT, e inclusive la Organización de las Naciones Unidas fueron fieles testimonios de esta transformación. Esta internacionalización, que encontró su máxima expresión en la revolución tecnológica, traspasó las fronteras nacionales y vinculó a pueblos y civilizaciones diversos para intentar situarlos dentro de su propia racionalidad. La mundialización, sin embargo, no pudo transformar totalmente el espacio mundial porque chocaba con cuatro procesos que mantenían el perfil de la anterior configuración. De una parte, los Estados seguían siendo la articulación principal de la vida internacional. La creación de instituciones, como las Naciones Unidas, que tenían una vocación universal para dar estabilidad, paz y prosperidad al mundo, se construían con base en acuerdos interestatales y en los Estados recaía la legitimidad de la misma.

De otra parte, la tarea de reconstruir las economías nacionales en la mayoría de las naciones desarrolladas, duramente golpeadas por la segunda conflagración bélica, así como la necesidad de conformar nuevos pactos sociales que impidieran que se amplificara el descontento social latente en los países desarrollados, llevó a que se fortaleciera el capitalismo dentro de una modalidad "nacional", que estimulaba el desarrollo económico básicamente dentro de las fronteras territoriales de los Estados y favorecía principalmente el crecimiento económico interno[2]. Ello fue sin duda un significativo obstáculo para los nuevos procesos de transnacionalización. El crecimiento económico, la prosperidad y la estabilidad del capitalismo crearon las condiciones para que las relaciones económicas se regularan a partir de la actividad de los Estados. En tal sentido, el proceso internacional que alcanzó una alta expresión en el Acuerdo de Bretton Woods y que creó un sistema de regulación internacional del capital, no pudo escapar al control del Estado porque finalmente el movimiento del dinero y de la producción quedó supeditado a la vigilancia que ejercían los Estados-naciones.

En tercer lugar, la universalización de esta modalidad capitalista enfrentaba un serio obstáculo debido a que coexistía con otros dos modelos de desarrollo que pretendían competir su liderazgo y hegemonía: las estrategias desarrollistas entre las naciones del Tercer Mundo y el modelo soviético en los países del Este. Al igual que el fordismo en las naciones industrializadas, estos modelos prevalecientes en el Este y en el Sur se estructuraban sobre bases nacionales y concebían el desarrollo a través de una parcial desvinculación de sus economías respecto de la economía mundial.

Por último, el surgimiento de dos superpotencias con pretensiones hegemónicas a escala mundial frenó la tendencia hacia la mundialización porque centró la actividad internacional en torno a la lucha inter sistémica catalizada por su poderío económico, político y militar de los grandes Estados. El carácter irreconciliable de la oposición ideológica y el estímulo a la competición entre los dos sistemas socioeconómicos, sobre la base del amedrentamiento nuclear, alineó a los países en torno al vector político y militar. Las relaciones internacionales en esta época se erigieron sobre una débil base transnacional, pero mantuvieron como referente la actividad desplegada por los Estados en torno a las directrices geopolíticas y militares de las superpotencias. Esta dualidad de las relaciones internacionales se dirimió en las décadas de los años cincuenta y sesenta por el predominio que ejerció la competición inter sistémica, configurada a partir de las acciones externas de los Estados.

En este sentido, durante las dos primeras décadas posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial se creó una serie de situaciones que estimularon la consolidación de factores y procesos internacionales, pero que, debido a la dinámica política generada por la competición Este-Oeste, no pudieron trascender la lógica interestatal de funcionamiento de las relaciones internacionales. Este "orden democrático liberal" imperante en el mundo occidental, articulado en torno a un conjunto de nuevas instituciones y relaciones entre los países altamente industrializados, basados en la propensión a la apertura económica, la reciprocidad política y los acuerdos multilaterales[3], desempeñó, sin embargo, un papel muy importante en la creación de las condiciones para la consolidación de la nueva modalidad de acumulación capitalista que se encontraba en ciernes.

Hacia mediados de la década de los años setenta, el período de expansión postbélica llegó a su fin y nuevamente se produjo un paulatino deslizamiento del poder internacional hacia los procesos y factores transnacionales. Esta reorientación fue parcialmente el resultado del declive de la hegemonía de las dos superpotencias en sus respectivas áreas de influencia y la pérdida de importancia de los mecanismos políticos y militares. Sin embargo, más importante aún fue el hecho de que los tres modelos de desarrollo ingresaron en una fase de crisis, de la que sólo el capitalismo industrializado de los países desarrollados pudo encontrar una salida mediante la sustitución del anterior modelo por un proceso de acumulación flexible. Como acertadamente han señalado los partidarios de la Teoría de la Regulación[4], los sistemas productivos entraron en crisis por razones similares, debido a que respondían a evoluciones análogas. Los cambios en el sistema de funcionamiento del capitalismo tuvieron lugar porque se produjeron alteraciones en los sistemas productivos, lo que posibilitó la paulatina consolidación de una nueva modalidad ampliada de reproducción del sistema capitalista mundial.

Los orígenes de la crisis del sistema soviético se remontan a finales de la década de los años sesenta cuando en los países occidentales se dio inicio a la llamada Tercera Revolución Industrial, proceso que significó una renovación sustancial de la producción gracias a importantes avances tecnológicos. Desde la década de los años cincuenta, la Unión Soviética y los países de Europa del Este, bajo la égida de Moscú, se habían trazado como objetivo alcanzar y sobrepasar a los países capitalistas en términos de desarrollo económico. Sin embargo, por razones estructurales inherentes a las economías de estos países y a pesar de las grandes innovaciones científicas y tecnológicas que realizaron, no pudieron dar el salto de un desarrollo extensivo —basado prioritariamente en el uso indiscriminado de la mano de obra y de los recursos y en la lenta modernización de los aparatos productivos— a uno intensivo[5]. La profundización de la crisis durante la década de los años ochenta hizo completamente inviable la actualización del modelo. En todos estos países se optó finalmente por una ruptura radical con el sistema soviético y por la introducción de la economía de mercado, para restablecer los vínculos con los flujos mundiales.

Una situación similar se presentó en muchos de los países del Tercer Mundo. Con la excepción de aquellos Estados que podían extraer beneficios de la nueva dinámica que estaba empezando a imperar a nivel mundial, debido a su tamaño, como la India y Brasil, y otros de dimensiones pequeñas pero que introdujeron una apropiada estrategia orientada hacia la exportación, básicamente los Nuevos Países Industrializados del sudeste asiático, el resto de los países del Tercer Mundo entró en una etapa de crisis. El agotamiento golpeó por igual a las diferentes estrategias de desarrollo que se habían impulsado en los años inmediatamente anteriores. Fuera la estrategia autárquica, encaminada a desarrollar actividades económicas dentro de las fronteras nacionales, la promoción de exportación de productos tradicionales, la estrategia de valorización de los recursos o la substitución de importaciones[6], todas ellas ingresaron en una etapa de anquilosamiento, dado que era cada vez más difícil encontrar los medios para satisfacer las múltiples demandas sectoriales de la sociedad y de los mismos Estados.

A pesar de sus logros iniciales, las políticas desarrollistas no pudieron romper el círculo vicioso de la dependencia. La estrechez del mercado interno, la escasa eficiencia, la insuficiente inversión productiva, el desarrollo deficiente de la productividad a nivel internacional, las abismales diferencias sociales y económicas y el interés en fomentar un desarrollo industrial que marginó la agricultura y la esfera de los servicios condujo a una parcial desvinculación y pérdida de participación de los países del Tercer Mundo en el mercado mundial[7]. Su inserción en los flujos planetarios se limitó casi exclusivamente a la exportación de materias primas y artículos con escaso grado de elaboración, es decir, una producción cuyo valor e importancia estratégica, con excepción del petróleo, ha tendido hacia la baja.

Además, en algunas regiones del Tercer Mundo, la implantación de estos modelos no se tradujo en un cambio radical con respecto a los esquemas imperantes con anterioridad. En África, por ejemplo, este modelo, desde un punto de vista de la acumulación, no distó mucho de los esquemas prevalecientes en el período colonial: el desarrollo de economías agrarias de crecimiento extensivo y, consecuentemente, de débil productividad. Este modelo de desarrollo tampoco pudo romper con los marcos de la antigua división internacional del trabajo. Se mantuvo la tendencia a la exportación de productos agrícolas y mineros con escaso valor agregado[8].

Pero fue, sin duda, la crisis de la deuda externa lo que estimuló la veloz transformación de los modelos de desarrollo de los países del Sur. La detonación de esta crisis sirvió de justificación para eliminar de raíz cualquier intento por mantener los esquemas desarrollistas. Además de restablecer los grandes equilibrios macroeconómicos, las políticas de ajuste patrocinadas por el FMI y el Banco Mundial propiciaron el establecimiento de un nuevo patrón de acumulación y crecimiento, el cual se caracterizó por la adaptación de las economías de los países en desarrollo a las normas prevalecientes en el capitalismo transnacional.

Como lo indican sus propias denominaciones, señala Jean-Philippe Peemans, los programas de ajuste no tienen ya como fundamento los problemas del desarrollo de las naciones y pueblos, sino la adaptación de los espacios económicos nacionales a las exigencias de funcionamiento y de coherencia del espacio económico internacional, es decir, en última instancia, también a los criterios internacionales de la valorización del capital[9].

Como manifestación de los cambios que se estaban produciendo en las propuestas de desarrollo para las naciones del Tercer Mundo, en esta época, se puso en boga una nueva vertiente de la doctrina de la modernización: el neoliberalismo. Al igual que ocurriera con la teoría de la modernización, popularizada años atrás, esta concepción, íntimamente asociada a los intereses de Estados Unidos y de las restantes naciones altamente industrializadas de Occidente[10], contenía un recetario que debía estimular el crecimiento y el desarrollo entre las naciones atrasadas. El neoliberalismo, al igual que su antecesora, prescribía desde Occidente la introducción de un modelo nuevo para las naciones en desarrollo.

A pesar de las similitudes que existen entre la primera y la segunda ola de la teoría de la modernización, subsisten, empero, significativas diferencias. La más importante de todas es que mientras antes se argumentaba la necesidad de crear un poderoso Estado que equilibrara el peso de los sectores público y privado, en la década de los años ochenta se ha respaldado básicamente el desarrollo del sector privado, el mercado y las estrategias de desregulación de la economía[11].

En general, este programa, patrocinado por las grandes instituciones multilaterales internacionales, constó de tres etapas. En la primera se propugnaba la introducción de políticas de estabilización monetaria, encaminadas a controlar el flagelo de la inflación por medio básicamente de una drástica reducción del déficit fiscal. Después vinieron los programas de ajuste estructural, orientados a poner en funcionamiento la economía de mercado a través de la eliminación de las distorsiones a los precios y al mercado, la reducción del papel del Estado en la economía, la desregulación del comercio y de las inversiones, la flexibilización de las relaciones laborales y el impulso a la privatización de las empresas estatales. Por último, se dio inicio a una tercera etapa caracterizada por el estímulo al crecimiento de las exportaciones, a través de la incitación al desarrollo del sector privado el cual debía provocar la modernización de la producción, la diversificación de la oferta exportable y de los mercados y propiciar el arribo de inversionistas extranjeros, los cuales debían, por su parte, contribuir con tecnología, capitales, instrumentos y conocimientos para el acceso a los grandes mercados de los países desarrollados[12].

La crisis de los modelos de desarrollo no fue, empero, un fenómeno exclusivo a los países del Este y del Sur. El mismo problema se presentó también entre las naciones altamente industrializadas. Como es sabido en el período de posguerra entre los países industrializados se expandió y fortaleció el fordismo como mecanismo de acumulación intensiva sobre la base de la consolidación de las técnicas taylorianas y de la automatización como paradigma tecnológico, una sistemática redistribución de las ganancias en productividad entre las diferentes clases sociales, una producción y consumo de masas como régimen de acumulación, elevadas normas de productividad, sistema contractual de fijación de las medidas salariales e internacionalización del capital. Su funcionamiento se constituía a partir de un equilibrio de poder entre el capital, el Estado-nación y el movimiento obrero.

Desde finales de la década de los sesenta y comienzos de los setenta este modelo industrializador entró en crisis como producto de la excesiva internacionalización de los mercados y de los circuitos productivos que, al no acompañarse de una armonización internacional en el plano salarial, favoreció la inclinación por el aumento de la productividad en detrimento del crecimiento de los mercados internos, los cuales prontamente llegaron a un nivel de saturación, el agotamiento de las reservas de racionalización del trabajo de la organización taylorista lo que agudizó el problema de la financiación de la inversión, a lo que se sumaron las apremiantes innovaciones tecnológicas, las crisis fiscales y financieras y el shock petrolero de 1973 que obligó a aumentar las exportaciones para cancelar las compras del crudo. Paralelamente el Estado perdió ciertos atributos que le permitían actuar como mediador y propulsor del desarrollo[13].

A diferencia de los casos anteriores, la crisis del fordismo pudo ser superada al encontrarse un sustituto en el capitalismo transnacional o "liberal productivista" como lo define A. Lipietz. Se inició así una nueva fase de acumulación flexible[14], la cual se tradujo en significativos cambios en los procesos laborales, de producción y formas de consumo. El encarecimiento del capital, el acortamiento del ciclo de producción y las altas inversiones en investigaciones impulsaron a las empresas a buscar nuevos mercados en el exterior para amortizar las altas inversiones y acrecentar los beneficios. Con ello, la anterior inclinación de las empresas de producir para un mercado interno se sustituyó por la producción para los mercados mundiales. El aumento de volumen de capital que requerían las nuevas inversiones debido a la aceleración del cambio tecnológico y la reducción del tiempo útil de la producción determinó que la capacidad adquisitiva en el mercado nacional no bastara para amortizar estas elevadas inversiones. La internacionalización, de esa manera, se convirtió en un requisito para la sobrevivencia de las empresas y para mantener la competitividad de las economías nacionales. De otra parte, la transnacionalización se aceleró por la liberalización de las finanzas internacionales y por las grandes transformaciones producidas en el campo de los transportes y de las comunicaciones. En este sentido no tan sólo las firmas sino también los mercados —nacionales, regionales y mundial— se convirtieron en un proceso transnacional. De esta manera, la crisis de los modelos de desarrollo indujo a la paulatina erosión y desmonte de esos sistemas productivos nacionales y a una correlativa recomposición de la economía mundial.

Al mismo tiempo, algunos de los puntos derivados del Acuerdo de Bretton Woods fueron reemplazados por un sistema de tasas de cambio flotantes. Con ello el capital productivo se volatizó en dinero y se orientó hacia inversiones de racionalización, por oposición a las inversiones destinadas a aumentar la capacidad productiva[15]. La anterior asociación entre Estado-nación, economía nacional y capital productivo se desdibujó completamente. La rotación de los capitales aceleró la erosión de los sistemas productivos nacionales y contribuyó a la interpenetración de las economías nacionales en un único sistema mundial.

En esta fase del desarrollo capitalista se alteró radicalmente la naturaleza de las relaciones económicas internacionales. De una parte, la relación externa, comercial y/o financiera, se convirtió en el aspecto más dinámico de las "economías nacionales". Cada vez un porcentaje mayor de los bienes y servicios producidos traspasaban las fronteras con destino al comercio mundial. La economía mundial dejó de ser el resultado de la suma de las economías nacionales que funcionaban de acuerdo con sus propias leyes y sólo entraban en relación de forma marginal, a través del comercio. Estas economías nacionales empezaron a convertirse en partes integrantes de un único sistema mundial.

El sistema monetario no fue ajeno a estos procesos: se flexibilizó, se concentró en las actividades a corto plazo, le imprimió una veloz aceleración a la rotación del capital, dinamizó las relaciones económicas internacionales, y se orientó hacia otras actividades lucrativas que no siempre eran productivas. Los Estados no tan sólo perdieron el control sobre el capital, sino que se vieron obligados a empezar a competir por atraerlos y conservarlos[16].

De otra parte, las superpotencias hicieron frente a estos nuevos desafíos intentando conservar los referentes políticos y militares mediante el desencadenamiento de la segunda guerra fría y de la aceleración de las innovaciones tecnológicas para mantener su liderazgo. En este sentido, valdría la pena recordar que la Iniciativa Estratégica o "Guerra de las Galaxias" tenía un objetivo político-militar contra la Unión Soviética, que consistía en inducir a las autoridades soviéticas a llevar la carrera armamentista a un nuevo nivel, lo que tendría que ocasionar un debilitamiento de su economía, y contenía de igual forma un componente antijaponés, que se traducía en conservar el liderazgo norteamericano en las industrias de punta y principalmente en el área de la informática. De tal suerte, las relaciones internacionales conservaron la coexistencia dual de procesos transnacionales y político-estatales. Pero la gran diferencia consistió en que, si antaño los segundos lograron supeditar a los factores transnacionales, ahora estos últimos adquirieron una gran relevancia e incluso obligaron a las superpotencias a adecuarse a los nuevos imperativos de la época. Algunos ámbitos de las relaciones internacionales empezaron a tener vida propia al margen de la actividad externa de los Estados.

Como vemos, los cimientos de este nuevo orden se forjaron durante las décadas de los años setenta y ochenta. Sin embargo, en ese entonces, su universalización era poco probable porque existían factores políticos y militares que frenaban sus posibilidades de expansión y hacían además que, para algunos, se mantuviera el sueño de hacer realidad los anhelos de un orden más justo para el Tercer Mundo. La división del mundo en torno al eje Este-Oeste, aun cuando éste ya se encontrara cercano a su ocaso, mantenía aún la validez de los referentes revolucionarios y de los modelos desarrollista y soviético como progresos potencialmente posibles para las naciones en vías de desarrollo y las socialistas. Pero más importante aún era el hecho de que los países desarrollados estaban en la obligación de hacer grandes concesiones a las naciones del Tercer Mundo para impedir que éstas pudiesen gravitar hacia la URSS o utilizar la "carta" soviética.

LAS TRANSFORMACIONES EN EL MUNDO DE POSGUERRA FRÍA

Con los cambios ocurridos en la Unión Soviética, sobre todo desde el momento en que despuntó el Glasnost internacional, la posterior crisis del socialismo en Europa del Este, la finalización de la bipolaridad entre las superpotencias y de la competición militar y nuclear, la posición marginal que desde ese momento pasaron a ocupar los gobiernos revolucionarios en el Tercer Mundo, la reunificación alemana en torno a la República Federal Alemana y la posterior disolución de la Unión Soviética crearon las condiciones no sólo para poner fin a la Guerra Fría, sino para universalizar las potencialidades contenidas en el orden económico mundial que comenzaba a definirse.

Con la reorientación de los antiguos países socialistas a la lógica del mercado y las nuevas formas de vinculación de las naciones en desarrollo a la economía mundial como resultado del agotamiento de su modelo anterior de desarrollo y el impacto de la crisis de la deuda externa se crearon las condiciones para la universalización de esta nueva modalidad capitalista que desde la década de los años setenta venía madurando entre las naciones altamente industrializadas: el capitalismo transnacional. Con su nueva modalidad de funcionamiento, este capitalismo induce, como lo señala J. Ph. Peemans, a la creación de polos exitosos de acumulación, que se caracterizan por constituir un conjunto de empresas con elevadas tasas de crecimiento y rentabilidad que funcionan según las normas internacionales, muy abiertas al resto del mundo en términos de flujos de productos, tecnología, capitales e información, lo que ha dado origen al surgimiento de "redes transnacionales de poder". Estos polos transnacionales se distinguen por el hecho de que establecen relaciones internacionales "internas" a los sistemas productivos. De esta manera, abordan desde un nuevo ángulo la espacialización de la economía mundial capitalista.

La naturaleza de este capitalismo es, de la misma forma, cualitativamente diferente al de las fases anteriores, porque, además de tener una vocación universalizadora, ha introducido transformaciones en la matriz misma del capitalismo, pues, como lo señala Peter Drucker, ha desvinculado la economía de los productos primarios de la economía industrial, el empleo de la producción y ha desligado los vínculos que anteriormente existían entre producción, movimiento del capital y comercio internacional[17].

Con estas transformaciones el mundo de posguerra fría atraviesa en la actualidad por un período transitorio en el cual se está constituyendo esta nueva matriz de funcionamiento del capitalismo, se están formalizando las nuevas relaciones de fuerza y poder y se encuentran en proceso de maduración los valores y formas de acción que estructuran la naciente configuración mundial[18].

La dimensión global del capitalismo transnacional

Esta transfiguración de los sistemas productivos nacionales y la reconversión de los polos transnacionales en engranajes de una economía mundial han dado lugar al surgimiento de espacios diferenciados pero interconectados de articulación de los circuitos económicos. El primero de éstos se observa en la consolidación de un espacio mundial o globalizado, o sea, el terreno de acción de las grandes empresas transnacionales o de los polos exitosos a nivel de los mercados, la producción o las finanzas. Este ámbito, comúnmente definido como globalización de los circuitos económicos, se caracteriza porque con su densificación se contribuye a profundizar, acelerar y ampliar el radio de acción del emergente sistema mundial. Con la noción de profundización queremos denotar la intensificación cada vez mayor de los vínculos que se producen entre las economías, los Estados, los agentes transnacionales y las sociedades. Como señala Anthony Giddens

la globalización puede definirse como la intensificación de relaciones sociales planetarias, que aproximan a tal punto los lugares distantes que los acontecimientos locales sufren la influencia de hechos ocurridos a miles de kilómetros y viceversa[19].

Con base en estas interrelaciones se están conformando los cimientos del moderno sistema mundial. La aceleración anuncia una dimensión temporal, un tiempo mundial, para retomar el título de un reciente libro de Zaki Laidi, que se define como

el momento en que todas las consecuencias geopolíticas y culturales de la posguerra fría (el mundo sin puntos de referencia) se encadenan con la aceleración de los procesos de globalización (un mundo sin fronteras) económica, social y cultural[20],

y alude también al hecho que precipita la adaptación de las funciones de los Estados y las sociedades a los ritmos que imponen los circuitos transnacionalizados. Por último, la ampliación se refiere al surgimiento de un ámbito internacional que penetra y trasciende las sociedades y Estados para situarlos dentro de su propia racionalidad. Es la existencia de una serie de fuerzas impersonales, provenientes básicamente del mercado mundial, que están determinando aspectos fundamentales del poder e induciendo a la adopción de cambios estructurales en los diferentes países desarrollados y en desarrollo[21]. En tal sentido, la globalización podemos definirla como un proceso multidimensional que pone en interacción a las diversas sociedades, Estados y regiones del planeta de una manera desigual tanto a nivel internacional como nacional.

Esta globalización se profundiza, acelera y amplía a través de complicados mecanismos que conjugan indistintamente interacciones y reacciones frente al sistema. La globalización no debe ser interpretada como un proceso que se desarrolla de manera rectilínea: se produce a través de situaciones que tienden a veces a una mayor integración mundial, o sea, la adaptación de los disímiles actores a la lógica de funcionamiento del sistema (las políticas de apertura), y en otras hacia la fragmentación, es decir, cuando se propende por una recomposición de los Estados o la constitución de "bloques económicos" para adaptarse al sistema; en ocasiones se gravita alrededor de un cierto universalismo (el proclamado fin de la historia de Francis Fukuyama), o, como, por ejemplo, cuando se intenta afirmar los valores universales de la democracia, y en otras hacia los particularismos, sean éstos nacionales, étnicos o religiosos; por último, en algunas oportunidades se propende hacia el fortalecimiento de una determinada homogeneización cultural (inglés: lingua franca) o a lo que Ignacio Ramonet denomina el Estado globalitario[22], y en otras se estimula la búsqueda de la diferencia (la defensa de la idiosincrasia francesa) o la constitución de un Estado cultural[23].

En tal sentido, la globalización, si bien en sus orígenes fue un proceso básicamente estimulado por el desarrollo económico y las nuevas condiciones tecnológicas, constituye una interrelación de diferentes ámbitos que van desde la economía y los nuevos circuitos comunicacionales, pasando por la política, la cultura y la ideología. La globalización, sin embargo, no borra las diferencias nacionales y regionales, sino que se articula con ellas. Como lo señala un autor,

la cadena de causalidad va de la reorganización espacial de la producción al mercado internacional y la integración de los mercados financieros. Si en general ha sido visualizada como una fuerza homogeneizante totalizadora, la globalización se articula con las estructuras locales de diferentes maneras sin llegar a erosionar las diferencias nacionales y regionales[24].

Dicho, en otros términos, lo cultural actúa como una intermediación que encadena lo global en lo local, lo que se asocia más a un problema de "tipología que de geometría"[25].

Plantear en estos términos la noción de globalización, como intersección entre lo internacional y lo doméstico, constituye un elemento importante por cuanto nos permite entender la multiplicidad de formas de inserción en la economía mundial y de adaptación de los países a los procesos de globalización. Independientemente de sus regímenes políticos o de sus propuestas de desarrollo, la experiencia demuestra que las diversas naciones se ven en la necesidad de acoplarse al sistema. Pero no existe una fórmula exclusiva o única de asimilar la globalización. Sin pretender agotar la amplia variedad de estrategias, se observa que, como lo sostiene A. Lipietz, entre las naciones desarrolladas prevalecen tres esquemas fundamentales: los países que han propendido por la flexibilización productiva y laboral (los países anglosajones), los que han dado origen a un modelo de brasileñización (Francia), que consiste en que se han conservado los principios de organización taylorista del trabajo, en condiciones de informatización de la economía, sin las ventajas que otorgaba el fordismo y, por último, los capitalismos articulados en torno a la "movilización del recurso humano", negociación que se realiza a nivel de las firmas (Japón), de la rama industrial (Alemania y la Italia del norte) o de la sociedad entera (Suecia), que pretenden aumentar la productividad del trabajo, conservando ciertos alcances sociales del fordismo.

Entre las naciones de la Europa Centro-oriental que han realizado el tránsito del socialismo al capitalismo se han configurado modelos que se vinculan con el tipo de transformación aplicado por los respectivos gobiernos. Éstos podemos agruparlos en la economía de "bazar" o "lumpenizada" propia a la mayor parte del universo soviético[26], Albania y en menor medida Bulgaria y Rumania, la transformación rápida de mercado de inspiración neoliberal de la República Checa, y los mercados regulados de Polonia y Hungría[27].

En cuanto a las naciones del sur se ha propendido por diferentes esquemas de desarrollo. Algunos han privilegiado las estrategias neoliberales (v. gr., Chile y México), en otras se conservan bajo una determinada modalidad las políticas de sustitución de importaciones (por ejemplo, Brasil), otros han destacado la creación de polos exitosos con anterioridad a la apertura (Corea del Sur) y otros emprenden una desregulación y liberalización económica, al tiempo que siguen defendiendo principios socialistas y la necesidad de conservar un Estado fuerte (Cuba y Vietnam).

Igualmente, se ensayan diferentes fórmulas de inserción en los flujos internacionales y transnacionales: en algunos países se destacan actividades para facilitar la integración con los respectivos polos económicos y financieros de alcance global (v. gr., México con Estados Unidos), en otros casos se privilegia la celebración de acuerdos bilaterales de libre comercio que inserten al país en el mundo (Chile, por ejemplo), otros optan por densificar vínculos multilaterales intra y extrarregionales (v. gr., el Mercosur y la Unión Europea) y los últimos pretenden conjugar de manera simultánea estos procedimientos de multilaterización y bilateralización de la inserción, modalidad en la que podría ubicarse a Colombia.

Existe la falsa inclinación a imaginar que globalización, uniformidad y progreso son, en el presente, nociones prácticamente equivalentes. Lo que induce a suponer que existe esta correspondencia es, en parte, el resultado de la amplia aceptación de un discurso y una práctica que confiere a los factores globales un poder descomunal en las determinaciones de las opciones y políticas, al tiempo que reduce a una mínima expresión la dinámica interna en la identificación de estas estrategias. Es también el resultado del peso que actualmente tiene el discurso neoliberal, el cual no sólo asume que la transnacionalización y la globalización constituyen procesos y estadios inevitables y deseables para todos los pueblos, sino que pretende destacar que la única forma acertada de inserción internacional se produce a través de la completa liberalización y desregulación de los circuitos económicos.

Esta interpretación neoliberal se articula en torno a la idea de que el libre movimiento de capitales y bienes produce una distribución más eficiente de los recursos y posibilita una mayor cooperación internacional como resultado de la interdependencia que existe entre los Estados y pueblos. La globalización, por lo tanto, es presentada como sinónimo de eficiencia, democracia, bienestar y progreso. Esta interpretación altamente ideologizada, pretende oscurecer la desigualdad[28] que subyace en el sistema actual porque ignora deliberadamente las asimetrías inherentes a los procesos de globalización, el carácter piramidal de las relaciones de poder y la heterogeneidad de los diversos países en cuanto a los niveles de desarrollo de la tecnología, la producción, las comunicaciones y el comercio, etc.

Este discurso igualmente pretende pasar por alto el hecho que la globalización reproduce nuevas modalidades de conflicto social: antagonismos entre capitalistas por la conquista de mercados, rivalidades neomercantiles entre Estados, una acentuada ampliación de las disparidades regionales e intrarregionales en favor de los ámbitos transnacionalizados, y sobre todo agudiza

la principal contradicción de nuestro tiempo, el conflicto entre las zonas de la humanidad integradas y las excluidas en la nueva división internacional del trabajo[29].

Una de las más agudas tensiones que se desprende de esta nueva realidad mundial es que la consolidación de la democracia en numerosas regiones del Este y el Sur no ha ido de la mano con la ampliación de las oportunidades. Por el contrario, el abanico de elección para los países que tienen una posición más débil en el concierto internacional se ha constreñido considerablemente, debido a que sólo se puede competir de modo más o menos independiente en la economía y sobre todo en las áreas del comercio y de las inversiones, pero la capacidad de estos países para extraer beneficios de esta situación se ha reducido enormemente, debido a que el sistema mismo establece grandes límites a su manejo externo porque induce a una adaptación a la lógica de reproducción del mismo sistema[30].

Los principales agentes y beneficiarios de estos circuitos globalizados son los actores transnacionales, los polos de eficiencia en el ámbito del comercio, las finanzas y la producción y, de modo particular, las corporaciones transnacionales[31]. En el nuevo sistema mundial, las antiguas empresas multinacionales, que tenían su centro en un determinado país y cuyos beneficios se orientaban hacia la nación donde se encontraba la casa matriz, se han transformado en corporaciones transnacionales, es decir, en empresas que están localizadas en varios países, abarcan diversos estadios de la producción y corporativamente se reparten los beneficios. La empresa transnacional, además de disponer de todo el planeta como campo de acción, establece una integración de tipo vertical que trasciende las fronteras nacionales, lo que le permite abarcar los diversos niveles de producción, transporte, distribución y venta de los productos y transformarse en un sustituto al mercado. Este último aspecto reviste una importancia particular, porque si bien el discurso predominante pretende reducir las externalidades que inciden en los mercados, la empresa transnacional al dominar verticalmente la producción y la comercialización de sus productos y/o servicios erige fronteras artificiales entre los mercados externos a ella y los que construye en su interior.

Aun cuando las empresas transnacionales sigan realizando la producción hacia el mercado mundial sobre una base nacional, ya que sólo en el caso de los pequeños países desarrollados la participación de las empresas en términos de producción y trabajo de las filiales en el extranjero supera la base nacional, la globalización constituye una propuesta de reorganización de la economía mundial para adecuarla a las nuevas normas de beneficio de las empresas transnacionales[32].

El poder de estas empresas es inmenso. Para finales de 1994 existían aproximadamente cuarenta mil sociedades transnacionales que tenían 250 mil filiales en el extranjero. Cinco países —Estados Unidos, Japón, Francia, Alemania y el Reino Unido— disponían de 172 de las 200 empresas transnacionales más grandes del planeta. En dicha lista no figuran empresas de ningún país en vías de desarrollo. A finales de 1992 las ventas de las 200 empresas más grandes alcanzaron los 5.900 mil millones de dólares y su participación en el producto bruto global fue del 26,8%. Estas firmas disponen de una inversión directa acumulada de alrededor de 2 mil billones de dólares, un tercio del cual está en manos de las 100 corporaciones más grandes[33]. La cifra de negocios de algunas de ellas supera el Producto Interno Bruto de ciertos países: en 1992 General Motors registró una cifra de negocios de 132,4 millones de dólares, superior al PIB de Dinamarca (123,5) y Exxon (115,7) sobrepasó a Noruega (112,9). Las cinco firmas más grandes en conjunto tuvieron una cifra de negocios que casi duplicó el PIB de toda el África Subsahariana[34].

Pero su importancia no se mide únicamente en su crecimiento cuantitativo. Estas empresas se han convertido en instituciones políticas que están rediseñando el panorama económico y político mundial en la medida en que han desplazado a los Estados de algunas funciones económicas, han intensificado la internacionalización de las economías nacionales, han introducido un quiebre en la reglamentación de las relaciones laborales y han desvertebrado la articulación entre el Estado y las empresas en el plano impositivo. Como señala Susan Strange, las empresas transnacionales se han enquistado en el campo de poder de los estados.

Están ejerciendo una creciente autoridad paralela a los gobiernos en materia de gestión económica que afecta la distribución de la industria y la inversión, la orientación de la innovación tecnológica, la administración de las relaciones laborales y la sustracción fiscal de la plusvalía[35].

El aspecto, sin duda, más importante del papel desempeñado por estas corporaciones transnacionales es que a través de la inversión extranjera directa establecen un puente de comunicación entre las economías nacionales con lo que han comenzado a crear un sistema de producción internacional, que se está convirtiendo en el núcleo productivo de una economía mundial globalizada[36]. Su carácter expansivo se visualiza asimismo en el hecho de que las principales corporaciones transnacionales en el transcurso de 1983 a 1992 aumentaron la inversión directa, a un ritmo cuatro veces mayor que el crecimiento de la producción y tres veces más rápido que el comercio mundial.

Para las empresas transnacionales el derrumbe del sistema socialista y la reorientación económica de aquellos países que siguen manteniendo un discurso radical les ha permitido por primera vez tener acceso al conjunto del mercado mundial. China, por ejemplo, ha atraído a 16.000 filiales de transnacionales, sobrepasando a Estados Unidos y Alemania en lo que respecta a este tipo de inversiones[37]. Este país fue asimismo en 1993 el segundo receptor de inversión extranjera directa (IED) en el mundo, con aproximadamente 46 mil millones de dólares, sólo superado por las inversiones en EE.UU., donde la IED ascendió a 49 mil millones de dólares. Un dato que permite visualizar la importancia que le asignan a China las corporaciones transnacionales es que la inversión extranjera directa en este país dobló la registrada en 1993 por América Latina, el África Subsahariana y el Medio Oriente en su conjunto.

Con la presión que ejercen las organizaciones financieras internacionales —el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional— y el puntal sobre el cual se construye la Organización Mundial del Comercio se ha ampliado inconmensurablemente el poder de estas corporaciones, porque entre los países del Sur se ha impuesto

la obligación de aceptar a todo inversionista extranjero, las empresas extranjeras, independientemente de su actividad, deben ser tratadas como "compañías nacionales", se deben eliminar los derechos de aduana y las cuotas de importación y se tienen que abolir 'los obstáculos no tarifarios', tales como la legislación sobre el trabajo, la salud y el medio ambiente[38].

Con el propósito de crear mejores condiciones de competitividad internacional, un informe de la Ocde recomendaba recientemente

aumentar la flexibilidad del tiempo de trabajo, crear climas favorables a las empresas, acrecentar la flexibilidad de los costos salariales mediante la supresión de los factores que impiden que los salarios reflejen las condiciones locales y el correspondiente nivel de calificación y revisar las disposiciones relativas a la seguridad del empleo que frenen su expansión en el sector privado[39].

De otra parte, las finanzas también han desarrollado un radio de acción planetaria. Además de conservar su alto grado de concentración en las principales bolsas —Nueva York, Tokio, Londres y Fráncfort— disponen de un poder inconmensurable: diariamente las transacciones sobrepasan el billón de dólares, del cual sólo un pequeño porcentaje se transforma en inversiones productivas. En una perspectiva a largo plazo, la IED ha tenido el siguiente comportamiento: de US$39,5 mil millones en promedio anual a finales de la década de los setenta, subió a US$43,0 mil millones en el primer lustro de los ochenta, US$162,8 en el segundo lustro y llegó a US$173,4 mil millones en 1993. Las inversiones de portafolio en el mismo período mostraron la siguiente tendencia: US$26,2, US$76,6, US$215,4 y US$620,5 mil millones. Esta impresionante masa monetaria en circulación no regulada puede poner en jaque a cualquier Estado y desestabilizar el sistema, tal como quedó demostrado durante la crisis de septiembre de 1992 que descompensó el Sistema Monetario Europeo, llevó a México a una grave crisis en diciembre de 1994 e hizo tambalear las economías más débiles del sudeste asiático a mediados de 1997. No obstante, la autonomía alcanzada por el mundo de las finanzas, existe una evidente interacción con las "economías nacionales" a través de la manipulación gubernamental de las tasas de cambio e inversión. En tal sentido, la "autonomización" de los ámbitos financieros corresponde con la lógica del sistema y en ningún caso actúa contra él.

Estos circuitos que escapan en buena medida al control de los Estados, porque se trata de sistemas no territoriales, nos permiten pensar que esta dimensión de las relaciones internacionales dejó de ser el punto de intersección de la actividad de los Estados para convertirse en un espacio con dinámica y lógica de funcionamiento que le son inherentes. En esto precisamente reviste la importancia que actualmente tiene el medio externo en la definición de la política internacional de los Estados y de los modelos de desarrollo que pongan en funcionamiento los diferentes países.

La dimensión regional

A continuación de los ámbitos globalizados, se encuentran los segmentos intermedios caracterizados por el surgimiento de los regionalismos multinacionales, del tipo de la Unión Europea, el Nafta, el Mercosur o la Asean. La amplia difusión de estas modalidades de regionalización no es contradictoria con la globalización. Más bien se puede argumentar que, debido a la inexistencia de un único centro hegemónico y a la aguda competición entre los polos económicos y comerciales mundiales, se produce la inclinación por asumir la globalización de modo interno o regionalizado.

Dos modalidades de regionalización caracterizan el mundo actual. De una parte, se asiste a una nueva forma de regionalización, cuyas fronteras no están determinadas por motivos políticos ni institucionales, sino por una invisible normatividad económica. A veces son regiones nucleares dentro de fronteras estatales (v. gr., Sao Paulo en Brasil, Cataluña en España, Alsacia y Lorena en Francia, Baden-Württemberg en Alemania) y en otras traspasan estas fronteras e interaccionan a regiones de dos o más países (v. gr., San Diego y Tijuana, Hong Kong y el Sur de China, las regiones rusas situadas entre Irkutsk y Blagoveschensk y Manchuria, etc.)[40]. Estas regiones se afirman como actores en el campo económico que crean nuevas actividades, polos de competencia tecnológicos y, cuando es el caso, políticas de ayuda al desarrollo.

La otra modalidad se produce a través de la celebración de programas de integración, como el de la Unión Europea que se ha propuesto la creación de instituciones que garanticen y posibiliten la viabilidad de la integración supranacional de los Estados miembros. Estas regionalizaciones más o menos institucionales pueden asumir diferentes modalidades: zonas de libre comercio que consisten en el compromiso de los países que suscriben el acuerdo a comprometerse en la eliminación de los aranceles y demás barreras no tarifarias en su comercio mutuo; la unión aduanera es cuando a las preferencias de la zona de libre comercio se les añade el establecimiento de una política comercial con un arancel externo común; el mercado común que es una unión aduanera que establece una determinada liberalización de algunos factores, como productos, capitales, personas, etc.; y, por último, la unión económica que se orienta a establecer políticas económicas comunes entre los países miembros. En el cuadro 1 se puede observar cómo, en el transcurso de los últimos años, han crecido los intercambios dentro de las regiones, hasta alcanzar un mayor dinamismo, aun cuando la tendencia a la regionalización no sea en absoluto nueva.

A nivel mundial la amplia difusión de estas regionalizaciones es una clara demostración de las limitaciones del actual sistema internacional para integrar una economía mundial. La inexistencia de un poder dominante que establezca formas consensuales de orientación económica y política explica la inclinación de numerosos Estados por la regionalización, por ser ésta una fórmula a través de la cual se busca la adaptación al sistema y, al mismo tiempo, se defienden sus más inmediatos intereses nacionales. En otras palabras, como lo señalaba recientemente un analista,

el grado de cooperación multilateral necesario para mantener una economía global relativamente abierta no es posible en un mundo multipolar. La integración regional representa, en este sentido, un compromiso: son áreas idóneas para las negociaciones multilaterales y lo suficientemente amplias como para permitir ganancias en el comercio y en las economías de escala[41].

 

CUADRO1 EVOLUCIÓN DE LOS INTERCAMBIO INTRARREGIONALES EN PORCENTAJES DEL TOTAL DEL COMERCIO EXTERIOR

 

1928

1938

1948

1958

1968

1973

1979

1983

1993

Europa Occidental

50,7

48,8

41,8

52,8

63,0

67,7

66,2

64,7

69,9

Europa Este

19,0

13,2

46,4

61,2

63,5

58,8

54,0

57,3

19,7

América Norte

25,0

22,4

27,1

31,5

36,8

35,1

29,9

31,7

33,0

América Latina

11,1

17,7

20,0

16,8

18,7

27,9

20,2

17,7

19,4

Asia

45,5

66,4

38,9

41,1

36,6

41,6

41,0

43,0

49,7

Africa

10,3

8,8

8,4

8,1

9,1

7,6

5,6

4,4

8,4

Medio Oriente

5,0

3,6

20,3

12,1

8,1

6,1

6,4

7,9

9,4

Mundo

38,7

37,4

32,9

40,6

47,0

49,3

45,8

44,2

50,4

Fuente: Frédérique Sachwald, "La régionalisation contre la mondialisation", en Mondialisation au-delà des mythes, op. cit., p. 140.

 

A partir de estos espacios diferenciados, la globalización desarrolla un esquema piramidal de relaciones internacionales a partir de los primeros núcleos transnacionalizados. Es un esquema asimétrico de relaciones de poder en el cual se destacan los principales centros o polos económicos y financieros de alcance mundial (Estados Unidos, la Unión Europea y Japón), las regiones integradas a los mismos (el Nafta, los países de la EFTA y el Sudeste Asiático, correlativamente), los países o regiones que por razones comerciales o estratégicas pueden suscitar la atención de los respectivos vértices (el Medio Oriente, los países más desarrollados de América Latina y parte del Asia Meridional) y, por último, las regiones marginadas, en las cuales se incluyen una parte de los países latinoamericanos menos desarrollados, los países del Acuerdo de Lomé y varias islas del Pacífico. En este sentido, el sistema mundial en formación establece relaciones asimétricas de poder y reconstituye nuevas relaciones de significación y dependencia.

Si a nivel de los principales polos económicos y comerciales observamos el fortalecimiento de acuerdos macros de integración regional, entre las naciones del Sur y del Este esta tendencia es mucho más débil. Numerosos factores explican esta situación. De una parte, para el conjunto de estos países la densificación de los vínculos con el Norte se mantiene como fuerza de atracción debido al carácter asimétrico de las relaciones de poder, la composición de la oferta exportable y la necesidad de acceder a los grandes mercados, capitales y tecnología. De otra parte, el carácter piramidal y en alguna medida excluyente de las actuales relaciones internacionales ha minado la confianza para que a través de la creación de macro regionalizaciones se puedan resolver los problemas ligados a la malformación del desarrollo. Sin duda, por esta razón difícilmente encontraremos macro regionalizaciones en la Europa del Este y en el Sur que sean ampliamente exitosas y puedan rivalizar con las de los países altamente industrializados.

No obstante estas dificultades, la constitución de estos espacios ampliados de integración comercial entre las naciones del Sur revisten una especial importancia, al constituirse en procedimientos a través de los cuales se promueve y consolida la reestructuración neoliberal y se equipara a estos países con las tendencias mundiales, en la medida en que

fomentan la tendencia a privatizar, desregular y liberalizar la economía, al tiempo que los grandes capitales corporativos nacionales e internacionales desempeñan un papel clave en el sector privado y en la consolidación de tales relaciones. Se desplaza entonces el poder económico y político al sector privado en detrimento de la capacidad que tenga el Estado para ejecutar un programa más activo y progresista[42].

La dimensión nacional

En tercero y último lugar, a continuación de los espacios globalizados y las macro regionalizaciones, tenemos los espacios nacionales, es decir, los lugares donde se sigue ejerciendo un poder político y jurídico explícito y donde se reproducen las relaciones sociales. El Estado conserva su relación política: sigue siendo el lugar por excelencia donde se constituye, reproduce y transforma el "bloque en el poder", se organiza y expresa la sociedad, se corrigen las disfunciones económicas y sociales y se estimula el capitalismo aun cuando sea bajo una lógica transnacional.

En una economía globalizada, el Estado sufre una transformación radical. De una parte, algunas de sus funciones le son conculcadas por las fuerzas transnacionales. La transnacionalización ha reducido sensiblemente la soberanía del Estado en el control macroeconómico. El multimillonario de las finanzas, George Soros, definió claramente esta nueva realidad cuando señalaba:

los mercados votan todos los días; fuerzan a los gobiernos a adoptar medidas en realidad impopulares, pero indispensables. Son los mercados los que tienen el sentido del Estado[43].

Pero, de la otra, el Estado se ha convertido en un vínculo que une al respectivo país con la economía mundializada y actúa como agente de este proceso. Igualmente, los Estados recurren a diferentes mecanismos de intervención para mejorar las condiciones de competición internacional. Por consiguiente, la transnacionalización no está minando al Estado, sino que está simplemente transformando sus funciones. El Estado está compartiendo funciones de poder con otras instancias e instituciones.

Una consecuencia que estos procesos de globalización han tenido para los países en desarrollo es que ha aumentado la vulnerabilidad del Estado. Cuando no han perdido el control en áreas estratégicas, como ha sido el caso de Afganistán o Mozambique, donde la autoridad y a veces la misma institucionalidad ha pasado a manos de los barones locales, o cuando simplemente, en otros casos más extremos, el Estado ha desaparecido, como ha ocurrido en Ruanda o Somalia[44], los Estados de los países en desarrollo conservan su debilidad en términos de eficiencia y desarrollo democrático con equidad. Pero, en las nuevas circunstancias, han perdido, además, el control de sus circuitos económicos, no como resultado de su autonomía, sino por su dependencia de la economía mundial.

Asistimos, por lo tanto, a un doble desbordamiento del Estado-nación. De una parte, el espacio nacional se ha transnacionalizado para convertirse en una esfera de acción y competencia de los grupos económicos transnacionales. De otra parte, el Estado-nación ha sido rebasado hacia adentro

o sea hacia la articulación de las políticas públicas y privadas en los mercados regionales a fin de generar procesos productivos específicos que puedan ligarse directamente con el mercado mundial y para maximizar la eficiencia de las inversiones públicas y privadas[45].

Además, el Estado ha visto seriamente comprometida su autonomía no porque deba hacer frente a sociedades civiles dinámicas, sino porque debe supeditarse a influencias y presiones internacionales[46].

Por último, como resultado tanto de la globalización como de la ideología neoliberal en que se fundamenta para reproducirse ideológicamente, el Estado ha comenzado a perder su legitimidad en tanto que lugar de identificación de consensos y de solidaridad funcional entre clases sociales[47].

Un claro ejemplo de esto lo podemos encontrar en el caso de México, país donde un segmento que representa entre un cuarto y un quinto de la población, compuesto por aquellos sectores que reciben ingresos de familiares que se encuentran en EE.UU., los grupos que trabajan para el sector exportador, los 600.000 mexicanos que trabajan en la industria maquiladora y los empleados en el sector turístico, constituyen un grupo bastante numeroso y lo suficientemente disperso a nivel nacional como para garantizar la viabilidad del modelo de apertura impuesto y estabilizar el País[48].

Todas estas transformaciones que, a final de cuentas apuntan a una relativa "autonomización" de las relaciones internacionales con relación a las actividades de los Estados no significa, empero, que los Estados hayan dejado de ser los actores por excelencia en los circuitos externos. Siguen siendo agentes importantes, pero su naturaleza, interna y externa, está siendo objeto de grandes alteraciones y sus anteriores actividades son competidas por parte de los actores y unidades transnacionales. El Estado-nación, en calidad de actor unitario, en sus diferentes modalidades: socialista, corporativista, benefactor y desarrollista, donde ha logrado sobrevivir, se ha atomizado en un aparato que articula funciones dispersas y desiguales. El Estado actual obedece a lógicas de funcionamiento diferentes.

La autonomización de circuitos de la vida internacional y las funciones desagregadas del Estado han vuelto más difusa la dicotomía "interno" y "externo" y de manera evidente inciden en la formación de la política internacional contemporánea. Ésta se diferencia de las políticas exteriores por el mayor peso gravitacional que ejerce el sistema mundial sobre los condicionantes internos. Antes, el mundo no estaba tan transnacionalizado y se podían desarrollar estrategias de inserción en el plano externo, conservando las prerrogativas nacionales. En la actualidad, por el contrario, el sistema mundial se apoya en una serie de procesos y procedimientos de alcance global que "usurpan" funciones que antes estaban en manos del Estado. La influencia mayor del medio externo sobre la política internacional contemporánea es el resultado de la centralidad que tienen estos procesos transnacionales en la autonomización de las relaciones internacionales.

Esta desagregación del espacio mundial en tres dimensiones básicas, que coexisten, se contraponen y compenetran, plantea una serie de interrogantes sobre la dinámica de funcionamiento del emergente sistema mundial[49]. Uno de los problemas más importantes radica en la desavenencia de intereses, procedimientos y objetivos de las fuerzas económicas, sociales y políticas que se mueven prioritariamente en cada uno de estos escenarios. Así, por ejemplo, mientras el espacio nacional es el escenario privilegiado de la actividad de las pequeñas y medianas empresas industriales, comerciales y agrícolas, el nivel macrorregional es el ámbito donde operan firmas nacionales que obtienen ventajas de la ampliación de sus antiguos mercados nacionales por uno regional y se benefician igualmente de las restricciones que se derivan para la actividad de las empresas de terceros países; las grandes empresas transnacionales, por su parte, sobre todo aquellas que tienen actividad en el ámbito de la industria aeroespacial, la electrónica, los semiconductores y la industria farmacéutica, en decir, en aquellas ramas en las que sus niveles de tecnología requieren de mercados interregionales, despliegan el grueso de sus actividades en el ámbito mundial[50]. De aquí se desprenden tensiones y choque de intereses que sólo se resuelven por medio de relaciones de fuerza y poder.

EL SUR EN EL NUEVO SISTEMA MUNDIAL

Ante estas profundas transformaciones, ¿cuál es el lugar de los países en desarrollo en este nuevo sistema mundial? ¿Cuáles son los efectos que han tenido estos cambios globales en el conjunto de estos países? Desde varios ángulos, se puede intentar responder estos interrogantes. Desde un punto de vista global, el fin de la Guerra Fría se ha traducido en una pérdida de significación de estos países. En la época anterior, el antagonismo entre las dos grandes potencias se diseminó por todo el planeta convirtiendo al Tercer Mundo en un escenario predilecto de competición entre los dos sistemas. La importancia estratégica que el Sur tenía para las superpotencias se convirtió en una garantía para la afluencia constante de recursos económicos, financieros, políticos y militares. Por consiguiente, al desaparecer la Guerra Fría, los países del Sur perdieron su importancia estratégica y se restringieron los recursos provenientes del Norte.

Quienes más duramente resintieron esta nueva realidad fueron los países en desarrollo que gravitaban en torno a la órbita geopolítica de Moscú, por cuanto tuvieron que realizar una drástica modificación de sus políticas para readaptarse a la economía y política mundiales, dominadas por las grandes naciones industrializadas de Occidente y acceder a las condiciones impuestas por los organismos financieros multilaterales para relanzar sus, en general, maltrechas economías. En la actualidad, es improbable, por no decir imposible, que un país pueda desarrollar una política internacional que le sea totalmente autónoma. Esto lo observamos tanto en los países más desarrollados, dotados de inmensos recursos, como en los más contestatarios, los cuales, si bien a nivel del discurso o de la acción política siguen defendiendo unos principios específicos, sistemáticamente han tenido que acoplarse a la lógica que subyace en la actual dinámica mundial.

Además de los comúnmente comentados casos de China y Cuba, Vietnam es otra de las naciones socialistas en proceso de acelerada transformación. En el transcurso de los últimos años el gobierno de Vietnam se ha comprometido en unas reformas que han propiciado un lento pero significativo restablecimiento del sector privado, el cual contribuye en la actualidad con el 4% de la producción industrial, asegura el 90% del comercio minorista, el 51 % de los transportes, el 52% de la construcción y poco a poco se va fortaleciendo un sector privado en el campo[51]. Como resultado de ello Vietnam se ha hecho acreedor de importantes créditos e inversiones extranjeras, provenientes de China, Hong Kong, Corea del Sur, Australia, Reino Unido y Australia, obtuvo el levantamiento total del embargo norteamericano en febrero de 1994 y ha recibido igualmente el apoyo de Washington para su ingreso a la Conferencia de Cooperación Económica del Asia-Pacífico.

Además del menoscabo de su significación estratégica, se observa también una clara transformación de las relaciones Norte-Sur, en favor del primero. Los países del primer grupo gozan de un mayor poder negociador frente al Sur debido a la improbabilidad actual de introducir modelos de desarrollo diferentes al occidental, al poder de los organismos financieros multilaterales, al monitoreo que realizan dichas instituciones, a los programas de estabilización y ajuste estructural que han impuesto en gran parte del Este y del Sur para reconvertir estas economías y orientarlas al mercado mundial y al debilitamiento de la importancia estratégica de la oferta exportable de buena parte de los países en desarrollo.

Cabe, sin embargo, destacar que en esta nueva dinámica de la relación Norte-Sur se producen disimilitudes significativas con el pasado debido a las diferencias que se presentan entre los tres polos en cuanto a la manera como entienden el desarrollo. Japón en el Sudeste Asiático y Alemania en Europa del Este se caracterizan por destinar grandes recursos en forma de inversiones directas, ayuda al desarrollo y exportación de capital. Inclusive una misión japonesa para asistir a Vietnam en la reestructuración de su economía proponía recientemente al gobierno de dicho país delinear una política industrial que le permita conservar parte importante del sector estatal de la economía[52]. Con la excepción de México, Estados Unidos en los últimos años ha limitado el volumen de exportación de capitales hacia América Latina. De otra parte, las empresas tanto japonesas como alemanas han involucrado a los países asiáticos en sus redes de producción y comercio, lo que se ha traducido en acceso a tecnología y mercados. Por último, las dos potencias "mercaderes" ponen énfasis en la mano de obra calificada y en los estados eficientes, mientras Estados Unidos se inclina por la utilización de mano de obra barata y por restringir el papel del Estado[53]. Esta realidad lleva a pensar que la ubicación geográfica de los países del Este y del Sur va a jugar un importante papel en las posibilidades para estos países de aumentar y mejorar su inserción internacional.

En el actual sistema mundial, no sólo son menores las posibilidades de introducir fórmulas alternas de desarrollo a las exigencias que plantea el FMI, sino que son, además, mucho más escasas las posibilidades de "ascender" dentro del sistema, debido a que existe una única meta-estructura, el capitalismo transnacional, que establece los procedimientos y parámetros para la movilidad. Esta realidad, por su parte, incide fuertemente en las opciones que se presentan a los países en vías de desarrollo. El éxito de la inserción externa radica en la capacidad de cada Estado individual para realizar las necesarias reformas, desarrollar las "ventajas comparativas", crear oportunidades de mercado y atraer el capital extranjero. Esta individualización de las opciones afecta de modo peculiar a los diversos países. Los Estados económicamente más débiles o los que se ubican en un área geopolítica de escaso interés para los polos centrales del sistema deben hacer frente a una mayor manipulación y presión por parte del Norte. Los más desarrollados y los que poseen mejores condiciones de negociación, tienen posibilidades para optimizar sus capacidades negociadoras individuales. Esta individualización, en síntesis, además de contribuir a minar los vínculos de solidaridad entre las naciones del Sur y debilitar sus mecanismos e instituciones de negociación internacional, multiplica la diversidad de países en cuanto a sus niveles de desarrollo. Igualmente, cabe destacar que, salvo contados casos, tal como lo demuestra la experiencia de los países del Sudeste Asiático, el desmonte institucional inducido por la inserción internacional de los países en desarrollo no sólo hace inviable el desarrollo, sino que tiende a reducir las tasas de crecimiento.

Por último, cabe recordar que, como lo señalábamos anteriormente, los países en desarrollo, con la obvia excepción de los Nuevos Países Industrializados, no representan un importante interés estratégico a nivel comercial ni financiero para los tres polos económicos y financieros mundiales.

La desagregación de los espacios mundiales, los disímiles ritmos de interacción de estos espacios en la economía mundial y la extrema diferenciación económica de estos países ha introducido una extrema desigualdad entre los países del Tercer Mundo y ha destruido la validez argumentativa de las nociones con las que anteriormente se dividía el mundo, tales como centro y periferia, primero, segundo y tercer mundo, etc. En particular, la vieja idea desarrollada por la teoría de la dependencia y de los globalistas, de que el mundo se dividiría en un núcleo, una periferia y una semi periferia, con una clara división internacional del trabajo, dejó de ser útil por cuanto en el mundo actual se han construido nuevos vínculos verticales articulados en torno a las ventajas comparativas acompañados por una densa red de relaciones horizontales. Un analista, al respecto, recientemente escribía:

las viejas categorías no capturan la complejidad de la integración de la economía mundial, así como los mecanismos que constriñen a las regiones y Estados a adaptarse al capital transnacional. La transformación global en curso no sólo desdibuja la antigua división del trabajo y reorganiza geográficamente las actividades económicas, sino que limita la autonomía estatal y quebranta la soberanía[54].

La diferenciación de las naciones en desarrollo

El vaciamiento de estas nociones que, en la actualidad, no dan cuenta de las nuevas realidades planetarias, no nos debe inducir a la falsa idea de que se ha evaporado la contradicción Norte-Sur. Tampoco nos debe conducir a asumir como válidas las ideologizadas conclusiones del Banco Mundial que en un trabajo relativamente reciente señalaba que “las economías del mundo en desarrollo... están, en suma, creciendo más rápido que las de los principales países industrializados”[55], con lo cual se pretende deducir que el nuevo orden mundial se estaría cumpliendo, ya que la brecha entre las naciones ricas y las pobres se estaría cerrando, lo que estaría conduciendo a un mundo más igualitario y creador de oportunidades idénticas para todos.

Basan la argumentación en la tesis de que los principales indicadores económicos internacionales estarían mostrando que la brecha Norte-Sur se estaría cerrando como resultado de la aceleración y del vertiginoso crecimiento de los países en vías de desarrollo. Un economista del Banco Mundial llegó incluso a sostener que "los países en desarrollo (incluidas las economías en transición) son la fuerza motriz de la globalización", dado que, como resultado de las reformas encaminadas a una mayor inserción en la economía mundial, la parte correspondiente a los intercambios en su PIB aumentó en 10 dígitos entre mediados de la década de los años ochenta y la actualidad[56] y se prevé que al despuntar el próximo milenio ya podría haber ascendido del 43% a más del 50%. A inicios de la década de los años noventa, es decir, entre 1991 y 1993, en momentos en que los países desarrollados atravesaban una grave recesión, a los países en desarrollo les correspondió el 75% del crecimiento de las exportaciones mundiales.

Otro informe del Banco Mundial[57] sostiene que la integración de estos países en la economía mundial ofrece la mejor oportunidad para que, a largo plazo, aumenten su riqueza. Para avalar esta tesis generalmente se argumenta el crecimiento de la participación de los países en desarrollo en el PIB mundial, que para 1993 pasó a representar el 13% del total. El informe del Secretario General de la Unctad a la novena sesión de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre comercio y desarrollo, intitulada "El desarrollo frente a dos corrientes poderosas: la globalización y la liberalización", aun cuando revela la existencia de algunos obstáculos de índole más bien técnica que afectan básicamente a las naciones del Sur para insertarse en los flujos mundiales, sostiene que los procesos de liberalización y globalización crean oportunidades nuevas para el desarrollo.

La conclusión con éxito de la Ronda Uruguay permite esperar que aumentará el acceso efectivo de los exportadores presentes y potenciales de los países en desarrollo a los mercados mundiales. Los flujos crecientes de inversión extranjera están ofreciendo mayores oportunidades de recibir del extranjero financiación para inversiones, pero también, lo que a veces es más importante, de tener acceso a la tecnología, las calificaciones y los métodos de gestión esenciales al desarrollo[58].

En efecto, de acuerdo con la información contenida en varias publicaciones internacionales del Banco Mundial, la Unctad y de la Organización de Naciones Unidas, la participación de los países en vías de desarrollo en el comercio mundial creció entre 1990 y 1993 del 23% al 28%, mientras que los países del antiguo campo socialista (por efectos de la transición del socialismo al capitalismo) y las naciones industrializadas (debido a la recesión) vieron disminuir su participación. En lo que atañe a las exportaciones de mercancías, los países en desarrollo registraron un crecimiento del 23 al 25%, entre los años 1990 y 1993.

También como resultado de las reformas impulsadas desde la década de los años setenta se ha hecho posible una mayor integración internacional de estos países en los mercados de capital. El monto de los flujos de capital privado hacia los países en desarrollo entre 1990 y 1994 se cuadruplicó. Hacia estos países se destina en la actualidad aproximadamente el 40% de la inversión extranjera mundial.

Un análisis más minucioso de la información contenida en estos balances estadísticos nos demuestra las incongruencias que esconden este tipo de argumentos. En realidad, lo que nos muestra esa misma estadística es que la brecha Norte-Sur, en lugar de reducirse, se sigue ampliando. Dos procedimientos se podrían emplear para contrarrestar esos argumentos. De una parte, si tomáramos una perspectiva temporal más amplia, es decir, los últimos 30 o 35 años, podríamos observar que el producto interno bruto per cápita se ha mantenido constante en los países del Sur, mientras que ha crecido sensiblemente en las naciones del Norte industrializado[59]. Un análisis en términos de longue durée demuestra que, en la amplia mayoría de los indicadores, los países del Sur se mantienen a la zaga en términos de desarrollo y que, en realidad, muy poco es lo que en estas últimas décadas ha cambiado. Así, por ejemplo, la distancia entre la quinta parte de la población mundial más rica y la más pobre se duplicó entre 1960 y 1991, al pasar de una relación de 30/1 a 61/1. Ese segmento más rico generó el 84,7% del PIB mundial, el 84,2% del comercio, el 85,5% del ahorro interno y el 85% de la inversión, mientras el quinto más pobre contribuyó con el 1,4% del PIB, el 0,9% del comercio mundial, el 0,7% del ahorro interno y el 0,9% de la inversión interna[60].

La otra perspectiva consiste en partir de la premisa de que entre las naciones del Sur se está produciendo un acelerado proceso de diferenciación. Un conjunto de países, compuesto por once naciones en desarrollo del Sudeste Asiático y América Latina[61] han logrado insertarse en los flujos mundiales y se han convertido en los responsables del crecimiento de la participación del conjunto de países en desarrollo en la economía mundial y que, en momentos de recesión en el Norte, han actuado, en efecto, como locomotora de la globalización. Pero el resto de naciones en desarrollo, 128 países en total, exceptuando a los países de Europa Central y Oriental que son sociedades en transición que responden a otro tipo de problemática, han sido testigos de una sensible disminución en su participación en los flujos mundiales. Por lo tanto, la brecha Norte-Sur se sigue ampliando y se mantiene como una de las contradicciones fundamentales del mundo actual.

Como se puede observar en los gráficos 1 y 2, la distribución del PIB mundial entre 1990 y 1993 se ha traducido en un aumento de la parte correspondiente a las naciones industrializadas que pasaron del 79% al 81%, una disminución de Europa del Este del 5% al 3%, un crecimiento de las 11 economías más dinámicas del mundo en desarrollo que pasaron del 10% al 11% y una reducción de la participación del resto de naciones en desarrollo que bajaron del 6% al 5%.

 

GRAFICO 1 DISTRIBUCIÓN MUNDIAL PRODUCTO BRUTO 1990

 

Fuente:  Banco Mundial, Data Work 1996.

GRÁFICO 2 DISTRIBUCIÓN MUNDIAL PRODUCTO BRUTO 1993

Fuente: Banco Mundial, Data Work 1996.

 

El comercio mundial registró el siguiente comportamiento entre los años 1990 y 1992 (gráficos 3 y 4). Los países desarrollados representaron el 72% de las exportaciones mundiales en 1990, Europa del Este el 6%, los 11 en desarrollo el 11% y el resto de las naciones en desarrollo el otro 11%. Para 1992, los países desarrollados, como producto de su recesión, se mantuvieron estancados en 72%, Europa del Este disminuyó al 2%, los 11 aumentaron al 13% y al resto de los países del Sur les correspondió el 13% restante. Es decir, durante este período se observa un crecimiento similar de los 11 y del resto de países en desarrollo. En el plano de las importaciones durante el mismo período, la repartición fue: en 1990 los países industrializados absorbieron el 70% de las importaciones mundiales, los 11 el 13%, Europa del Este el 7% y el resto de naciones en desarrollo el 10%. Para 1992, los primeros se mantuvieron en el 70%, los 11 se posicionaron con el 16%, Europa del Este descendió al 3% y el resto de los países del Sur subió al 11 %.

 

GRÁFICO 3 EXPORTACIONES 1990

Fuente: Handbook of Trade, Unctad 1996.

GRÁFICO 4 EXPORTACIONES 1992

Fuente: Handbook of Trade, Unctad 1996.

Si lo miráramos en una perspectiva de más largo plazo, 1980-1990, los datos nos indican que al comenzar la década pasada los once representaban el 28% del total de las exportaciones mundiales de los países en desarrollo y las restantes 128 naciones el 72%. Al despuntar la década de los años noventa, se alcanzó una paridad de 50% para cada uno. En lo que respecta a las importaciones, en 1980 los 11 representaban el 37% de las importaciones mundiales realizadas por los países en desarrollo y el resto el 63% y en 1990 los 11 ascendieron al 55% y el resto de países del Sur bajó su participación al 45% (gráficos 5 y 6).

Los indicadores de exportación de mercancías son los que a primera vista permitirían sostener la idea del crecimiento general de los países del Sur en la economía mundial (gráficos 7 y 8). Como resultado de la recesión económica por la que atravesaron las naciones industrializadas al despuntar la década de los años noventa, su participación en las exportaciones mundiales de mercancías disminuyó entre 1990 y 1993 del 76% al 72% y, por lo tanto, el crecimiento registrado en esos años recayó en el dinamismo de las economías del Este y del Sur. Los países de Europa del Este pasaron del 1% al 3%, los 11 en desarrollo del 14% al 17%, pero el resto de naciones del Sur vieron disminuir su participación del 9% al 8%. En 10 que respecta a las exportaciones mundiales de bienes y servicios, los 11 pasaron de 1990 a 1993 del 12 al 16%, los países desarrollados disminuyeron del 74% al 71% y el resto de naciones en desarrollo disminuyó del 10% al 8%.

 

GRÁFICO 5 IMPORTACIONES PVD1980

Fuente: Handbook of Trade, Unctad 1996.

Si tomamos otros indicadores del Banco Mundial más desagregados, vemos que se mantiene la misma tendencia. En las exportaciones mundiales de alimentos, los 11 aumentaron del 16% al 17% mientras el resto disminuyó del 12% al 7%. En cuanto a las exportaciones de manufacturas, los 11 se mantuvieron con el 12% de las exportaciones mundiales, mientras los países en desarrollo disminuyeron del 5% al 4%. En los textiles, los 11 crecieron del 29% al 33% y el resto se mantuvo en el 12%.

Por último, en el tema de la deuda externa los 11 disminuyeron del 58% al 28%, mientras el resto de naciones en desarrollo ascendió del 40% al 71% de la deuda externa mundial. Es decir, aun cuando la capacidad de exportación de muchos de los países del Sur ha aumentado y la deuda representa cada vez un porcentaje menor con respecto a la capacidad exportadora del país, el problema de la deuda no ha dejado de ser una preocupación mayor para los países en desarrollo. Si bien no representa la magnitud de los años ochenta, el volumen de la deuda entre estas naciones continúa creciendo a un promedio de aproximadamente US$100 mil millones por año, y ya en 1994 había alcanzado los US$1.945 mil millones.

GRÁFICO 6 IMPORTACIONES PVD 1990

 

Fuente: Handbook of Trade, Unctad 1996.

 

GRÁFICO 7 EXPORTACIÓN MERCANCÍAS POR REGIONES 1990

Fuente: Banco Mundial, Data Work 1996.

 

GRÁFICO 8 EXPORTACIÓN MERCANCÍAS POR REGIONES 1993

Fuente: Banco Mundial, Data Work 1996.

A esto cabría sumarle el hecho de que entre los años 1985 y 1992 el flujo neto del Sur al Norte por concepto de servicio de la deuda ascendió a US$280 mil millones, cifra que supera ampliamente el flujo de recursos financieros provenientes de los países del Norte.

En materia de inversión extranjera directa, IED, se presenta una situación análoga (gráficos 9 y 10). La repartición geográfica de los flujos de IED que se destinan a estos países nos muestra una disminución de los flujos hacia los países industrializados del 83% al 68%, un aumento de Europa del Este del 0% al 3%, un abultado crecimiento de los 11 en desarrollo que del 11% pasaron a absorber un 21 % y un aumento más lento, pero significativo del resto de los países en desarrollo que avanzaron del 6% al 8%. En cuanto al origen de la IED, el comportamiento es similar: las naciones industrializadas registraron una baja del 93% al 87%, Europa del Este se mantuvo en el 0%, los 11 en desarrollo pasaron del 4% al 12% y el resto de naciones del Sur descendió del 3% al 1% (gráficos 11 y 12). El mismo panorama se presenta en las carteras de portafolio y de bonos. En este campo, América Latina y el Asia del Este absorbieron el 90% de estos flujos entre 1989 y 1993.

GRÁFICO 9 DISTRIBUCIÓN FLUJOS NETOS DE INVERSIÓN INFLOWS, 1990

Imagen que contiene Interfaz de usuario gráfica

Descripción generada automáticamente

 

Fuente: World Investment Report 1996.

 

 

GRÁFICO 10 DISTRIBUCIÓN DE FLUJOS NETOS DE INVERSIÓN INFLOWS, 1993

 

 

Fuente: World Investment Report 1996.

Estos datos nos demuestran que, cuando aislamos a los 11 países en desarrollo que han alcanzado posiciones más sólidas en la economía mundial, la distancia entre el Norte desarrollado y el Sur se mantiene como la contradicción principal de nuestro tiempo y que la brecha en lugar de cerrarse ha aumentado. Esto debilita el argumento de aquellas personas o instituciones que sostienen que la nueva realidad mundial está favoreciendo básicamente a las naciones en desarrollo.

La conclusión que se desprende de este análisis es que debemos categorizar nuevamente a los países en desarrollo para poder dar cuenta de su situación real. En este sentido, a pesar de su heterogeneidad económica, social, histórica, política y cultural, los 11 en desarrollo conforman un nuevo grupo de países, cuyas características son una rápida industrialización, una gran integración en los flujos mundiales y una elevada atracción de capital extranjero. El argumento de fondo que permite separar a este grupo del resto de naciones en desarrollo es que, además de su sólida inserción en los flujos comerciales mundiales, los 11 en desarrollo ya superaron el estadio de centrar su actividad en atraer a inversionistas extranjeros,

 

GRÁFICO 11 DISTRIBUCIÓN FLUJOS NETOS DE INVERSIÓN OUTFLOWS, 1990

 

 

Fuente: World Investment Report 1996.

capitales y a las grandes corporaciones transnacionales para crear las condiciones que fortalezcan su presencia en el sistema mundial. Con la creación de polos exitosos de acumulación, han ingresado en una fase en que su integración está mediada por sus colocaciones de bienes y servicios en los mercados extranjeros y en la exportación de IED a nuevas zonas, incluidas las altamente industrializadas. En el resto de las naciones en desarrollo la inserción todavía está signada por la capacidad de estos países para obtener beneficios del resto del mundo y como resultado de su insuficiencia en polos exitosos de acumulación es aún incipiente el grado de inserción en los flujos mundiales.

Este mismo ejercicio podemos ahora llevarlo al resto de naciones en desarrollo, por cuanto estos países tampoco son homogéneos. América Latina, el África Subsahariana y los países del Medio Oriente no sólo difieren en cuanto a sus niveles de desarrollo, también se distinguen por poseer niveles diferenciados de inserción en esta economía globalizada.

En lo que respecta a las exportaciones mundiales, el comportamiento de estas tres regiones ha sido dispar. América Latina en 1980 representaba el 5,3% del total mundial, en 1990 descendió al 39% y para 1993 registra un nuevo crecimiento para posicionarse con el 4,5%. El Medio Oriente tuvo una caída aún más pronunciada, al pasar, en los mismos años, del 10,5%, al 3,1%. Lo mismo ocurrió con África que descendió del 4,7% en 1980 al 1,9% en 1993. En lo que respecta al crecimiento intrarregional, el porcentaje que le correspondió a América Latina en el total de exportaciones de la región pasó del 21,2% en 1980 al 13,6% en 1990 para remontar al 20,4% en 1993.

 

GRÁFICO 12 DISTRIBUCIÓN FLUJOS NETOS DE INVERSIÓN OUTFLOWS, 1993

Interfaz de usuario gráfica, Aplicación, Teams

Descripción generada automáticamente con confianza media

Fuente: World Investment Report 1996.

Para el Medio Oriente, el comercio intrarregional es menos denso: pasó del 5,2% en 1980 al 12,1% en 1990 y se elevó levemente al 12,5% en 1993. En África, por último, se pasó del 3,1% en 1980 al 7,4% en 1993. Estos dos indicadores nos muestran las siguientes tendencias: primero, sólo América Latina se ha encontrado en condiciones de asumir la globalización, insertándose más fuertemente en los mercados mundiales. De otra parte, sólo nuestro continente ha potenciado el comercio intrarregional como mecanismo de afirmación en los circuitos mundiales. Las otras dos regiones distan mucho de ello.

La misma tendencia se observa en lo que respecta a las inversiones extranjeras directas. En su conjunto las tres regiones de las que estamos hablando representaron en 1993 el 45% del total de la IED que se destinó a China. Descontando a México, Brasil y Argentina, el resto de América Latina recibió el 1,7% de la IED en 1990 y el 5,9% en 1993. África, incluidos los países del norte del continente y descontando a Sudáfrica, fueron receptores del 1% y el 1,4% en los años señalados y el Medio Oriente descendió del 1,5% al 0,6%. El panorama se vuelve más gris para las dos últimas regiones si tenemos en cuenta que las políticas de privatizaciones fueron responsables del 52% de la IED que se destinó al África Subsahariana en 1993, el 22,3% en el Medio Oriente y el 16,9% del total de la IED destinado a América Latina entre 1989 y 1993. En tal sentido, se puede esperar que una vez finalizados estos programas en África Subsahariana y el Medio Oriente la inversión extranjera directa tienda a disminuir.

La variedad en estas tres regiones nos conduce a la conclusión preliminar de que todo lo que hemos denominado anteriormente el resto de países en desarrollo se encuentra también en un proceso de acelerada diferenciación. Aun cuando se presenten diferencias significativas, como las que existen entre el Caribe y la América Latina continental, la región en general mantiene singularidades que la convierten en un grupo especial. Sus características más representativas son la realización de ingentes esfuerzos para adaptarse a los procesos de globalización mediante la desregulación y liberalización de sus economías; el crecimiento del PIB supera el crecimiento vegetativo de la población, el inicio de conformación de polos exitosos de acumulación, la inclinación por la celebración de acuerdos regionales de libre comercio como una forma de asimilar la globalización; por la existencia de mercados internos medianamente interesantes, la región ha podido atraer a inversionistas extranjeros, interesados en las oportunidades de negocio que ofrecen; sus economías se encuentran en proceso de diversificación, disponen de una "relativa" estabilidad política y, por último, debido a su posición geográfica en proximidad a uno de los grandes polos económicos y comerciales mundiales, mantienen la atención por parte de Estados Unidos. En síntesis, la mayoría de estos países se encuentran en proceso de modernización y adaptación a la lógica del sistema.

Un cuarto grupo está conformado por países que en general pueden tener una escasa población, es escaso el nivel de industrialización, distan de un aproximación a un proceso de modernización de sus estructuras económicas, pero poseen recursos estratégicos en gran cantidad que son estratégicos (Libia, Irán, Gabón, Botswana, etc.). Por su riqueza e importancia estratégica se ubican en un lugar de relativa importancia para los grandes centros económicos mundiales, aun cuando en la actualidad su participación en el PIB mundial y en el comercio mundial se encuentre detenido.

Por último, con contadas excepciones, el África Subsahariana se presenta como una zona relativamente homogénea y se encuentra parcialmente desvinculada de los principales circuitos mundiales, no obstante, el hecho de contar con abundantes recursos naturales. Carece de recursos estratégicos, es incipiente la industrialización, débil la inserción en los flujos comerciales y financieros mundiales y la fragilidad de sus estados ha acrecentado la inestabilidad económica y política.

Los países de la Europa Centro-oriental y los surgidos de las cenizas de la antigua Unión Soviética constituyen también un grupo específico. Su característica básica es ser sociedades en transición, que disponen de abundantes recursos económicos y humanos, así como de una importante infraestructura y se encuentran en una zona geopolítica estratégica en cercanías de la Unión Europea y de la incierta Rusia. Con el tiempo difícilmente mantendrán su homogeneidad y probablemente algunos se convertirán en países próximos a los industrializados en desarrollo (por ejemplo, la República Checa y Polonia), otros harán parte del grupo de países poseedores de ventajas comparativas (Turkmenistán) y otros se podrán asemejar en sus características de desarrollo a las naciones de nivel intermedio de América Latina.

En síntesis, las diferencias que se presentan en la forma de insertarse en los flujos mundiales y las disparidades en cuanto a los objetivos alcanzados nos llevan a plantear que, dentro de esta contradicción Norte-Sur, se está produciendo una gama de matices de diferentes tonalidades, que da cuenta del carácter multifacético del mundo actual. Tomando como eje articulador el fenómeno de la globalización podemos distinguir las siguientes categorías de países: el primer lugar en esta pirámide lo ocupan los polos económicos y comerciales mundiales (Estados Unidos, Japón y el eje francoalemán), países fuertemente interconectados entre sí, lugares de donde fluye y se realiza la parte fundamental de los procesos de transnacionalización. El segundo lugar, está integrado por las restantes naciones de la OCDE, que se caracterizan por su elevado PIB, su alta inserción externa y su gravitación directa en torno a uno de estos tres polos. En tercer lugar, los 11 nuevos países industrializados, conjunto heterogéneo que aun cuando mantienen diferencias fundamentales con las naciones de la OCDE, se encuentran en un acelerado proceso de crecimiento y desarrollo. En cuarto lugar, la mayor parte de las sociedades en transición de Europa Central y Oriental son países que poseen abundantes recursos humanos y manufactureros y una sólida infraestructura, que los puede convertir a mediano plazo en nuevos "tigres económicos". En quinto lugar, se ubica buena parte de los países latinoamericanos, más débiles en su posicionamiento internacional, pero donde están surgiendo ciertos nichos transnacionalizables. En sexto lugar, las naciones petroleras del Medio Oriente, poseedoras de recursos estratégicos, pero cuya importancia tiende hacia la baja. Por último, la mayor parte de las naciones africanas que registran un aumento poblacional mayor que el crecimiento de sus economías y que se encuentran en un proceso de pérdida de participación en los circuitos mundiales[62].

De tal manera, la globalización, como configuración piramidal, con sus asimetrías en cuanto a las relaciones de poder y a las posibilidades de optimizar recursos para la inserción internacional, está introduciendo una gran diferenciación entre las naciones, principalmente en el mundo en desarrollo y, con la individualización de las oportunidades, está destruyendo los mecanismos de solidaridad que permitan luchar por un mundo mejor y más justo. Tal como lo demuestran numerosas experiencias, una estrategia basada en la desconexión no garantiza alcanzar una mejor posición en la nueva configuración mundial ni satisfacer las apremiantes necesidades internas. La única alternativa que le queda a los países en desarrollo consiste en tonificar un Estado, cohesionar la sociedad y relegitimar políticas y estrategias de desarrollo que permitan enfrentar de mejor manera la tendencia mundial a la globalización. De otra parte, el papel que siguen desempeñando los estados para inducir o regular ciertos componentes de la economía global, la delegación de los países más poderosos de ciertas funciones orientadoras a los organismos financieros multilaterales y la relación que subsiste en la actualidad entre Estado y mercado nos muestran que la manera como se establece la globalización refuerza una determinada configuración internacional del poder que, aunque de modo difuso, reproduce mecanismos de desigualdad y dependencia.



[1]     Véase Zaki Laïdi, bajo la dirección de, L 'ordre mondiale relâché, París, Presses Universitaires de France, 1993, capítulo primero.

[2]    Gabriel Misas Arango, "Globalización y economía", en varios autores, El Nuevo Orden Global: dimensiones y perspectivas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia y Universidad Católica de Lovaina, 1996; Alain Lipietz, Espejismos y milagros. Problemas de la industrialización en el Tercer Mundo, Santafé de Bogotá, Tercer Mundo Editores y Universidad Nacional de Colombia, 1992.

[3]    Véase, G. John Ikenberry, "The Myth of Post-Cold War Chaos", en Foreign Affairs, mayo-junio de 1996.

[4]    Véase Robert Boyer, "La théorie de la régulation dans les années 1990", en Actuel Marx no. 17, Paris, primer semestre de 1995.

[5]    Véanse Hugo Fazio, La Unión Soviética: de la Perestroika a la disolución, Santafé de Bogotá, Ediciones Uniandes y Ecoe Ediciones, 1992, capítulo segundo y Gerard Roland, Économie politique du système soviétique, Paris, L'Harmattan, 1989.

[6]     Véase Michel Verrières, Économie des Tiers-Mondes, Paris, Económica, 1991.

[7]     Véase Samir Amin y Pablo González Casanova, bajo la dirección de, Mondialisation et accumulation, Paris, L'Harmattan, 1993 y Pablo González Casanova y John Saxe-Fernández, (comps.), El mundo actual: situación y alternativas, México, siglo XXI, 1996.

[8]     Bernard Founou-Tchuigoua, "L'échec de l'ajustement en Afrique", en Alternatives sud, Louvain, La Neuve, vol. I, no. 2,1994, p.67.

[9]     Jean Philippe Peemans, "Globalizacion y desarrollo: algunas perspectivas, reflexiones y preguntas", en varios autores, op. cit., p. 16.

[10]   Es interesante destacar que Japón de manera reiterada ha mostrado una actitud crítica con las propuestas de modernización propiciadas por los organismos financieros multilaterales. Véanse, The Economist, Londres, 24 de junio de 1995, W. D. Lakshman, "L'État et l'économie de marché", en Alternatives sud, vol. 2, no. 2 de 1995, París, y Osvaldo Sunkel, "El Marco histórico en la reforma económica contemporánea", en Revista de Ciencia Política, vol. XV, no. 1-2, Santiago de Chile, 1993.

[11]   David Slater, "Itinerarios de la teoría del desarrollo. Capitalismo, socialismo y después", en Nueva Sociedad, no. 137, Caracas, mayo-junio de 1995, pp. 37-38; John Brohman, "Universalism, eurocentrism and ideological bias in development studies: from modernisation to neoliberalism", en Third World Quarterly, vol. 16, no. 1,1995.

[12]   Duncan Green, "Latin America: neoliberal failure and the search for alternatives", en Third World Quarterly, vol. 17, no. 1,1996, pp. 109-110.

[13]   Alain Lipietz, La société en sablier. Le partage du travail contre la déchirure sociale, Paris, La Découverte, 1996, p. 29 y "Hacia una nueva inserción de Europa en la economía mundial", en Estudios Internacionales, año XXIII, no. 89, Santiago de Chile, enero- marzo de 1990, pp. 21-44.

[14]   David Harvey, The Condition of Postmodernity, Cambridge, Bassil Blackwell, 1990, capítulo novena.

[15]   Carlos Ominami, "Tercera revolución industrial y opciones de desarrollo", en Carlos Ominami (ed.), La tercera revolución industrial. Impactos internacionales del actual cambio tecnológico, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1986, p. 18.

[16]   Véase Arturo Ortiz Wadgymar, "Neoliberal capitalism in the new world economy", en International Journal of Politics, Culture and Society, vol. 8, no. 2, invierno de 1994.

[17]   Peter F. Drucker, "The Changed World Economy", Nueva York, en Foreign Affairs, vol. 64, no. 4,1986.

[18]   Véase Zaki Laidi, "Après les guerres, la mêlée généralisée", en Le Monde Diplomatique, Paris, enero de 1996.

[19] Anthony Giddens, Les conséquences de la modernité, Paris, L'Harmattan, 1994, p. 70.

[20] Le temps mondial, Bruselas, Editions Complexes, 1997, p. 12.

[21] Al respecto, véase Susan Strange, The retreat of the State. The difussion of power in the world economy, Gran Bretaña, Cambridge University Press, 1996.

[22]   "L'État globalitaire", en Le Monde Diplomatique, Paris, enero de 1997,

[23]   Yoshikazu Sakamoto, "A perspective on the changing world order : a conceptual prelude", en Yoshikazu Sakamoto, editor, Global transformation : challenges to the state system, Tokio, United Nations University Press, Tokio, 1994 y Hugo Fazio, "Fortalezas y debilidades del nuevo sistema mundial", en Análisis Político, no. 18, Bogotá, enero-abril de 1993.

[24]   James H. Mittelman, "The globalisation challenge: surviving at the margins", en Third World Quarterly vol. 15, no. 3, 1994, p. 284.

[25]   Véase Zaki Laidi, bajo la dirección de, El tiempo mundial, op. cit., capítulo primero.

[26]   Jacques Nagels, La Tiers-mondialisation de l'Ex-URSS ? Bruselas, Universidad Libre de Bruselas, 1993.

[27]   Hugo Fazio, "¿Hacia dónde va la Europa Centro-oriental? en Análisis Político, no. 25, mayo-agosto de 1995.

[28]   Véase, Andrew Hurrell and Ngaire Woods, "Globalisation and inequality", en Millennium, vol. 24, no. 3,1995.

[29]   James H. Mittleman, op. cit., p. 441; véase también Ethan B. Kapstein, "Workers and the world economy" en Foreign Affairs, mayo-junio de 1996.

[30] Manfred Bienefeld, "The New World Order: echoes of a new imperialism", en Third World Quarterly, vol. 15, no. 1,1994.

[31]   Véase, Saskia Sassen, "The spatial organization of information industries: implications for the role of the State", en James H. Mittelman, Globalization: critical reflections, Boulder Colorado, Lynne Rienner, 1996.

[32]   Robert Boyer, "Les mots et les réalités", en Mondialisation au-delà des mythes, les dossiers de l'état du monde, Paris, La Découverte, 1997.

[33]   Stephen Gill, "Globalization, market civilization, and disciplinary neoliberalism", en Millennium, vol. 24, no. 3,1995.

[34]   Susan George, "Le danger d’une chaos financier généralisé", en Le Monde Diplomatique, Paris, julio de 1995.

[35]   Susan Strange, op. cit., p. 65.

[36]   World Investment Report 1995. Transnational corporations and competitiveness, Nueva York, Naciones Unidas, 1995. David Ostry, "The domestic domain. The new international policy arena", en Transnational Corporation, vol. 1, no. 1, Nueva York, febrero de 1992, pp. 7-26.

[37]   Frédéric F. Clairmont y John Cavanach, "Sous les ailes du capitalisme planétaire", en Le Monde Diplomatique, Paris, marzo de 1994.

[38]   Edward Goldshmith, "Une seconde jeunesse pour les comptoir coloniaux", en Le Monde Diplomatique, Paris, abril de 1996.

[39]   Ocde, Accélérer la mise en œuvre : le chômage dans la zone de l'Ocde, 1950-1997, Paris, Ocde, 1996.

[40]   K. Ohmae, "Rise of the regional State", en Foreign Affairs, vol. 72, no. 2, Nueva York, primavera de 1993, pp. 78-87.

[41]   Stephen J. Kobrin, "Regional integration in a globally networked economy", en Transnational Corporations, vol. 4, no. 2, agosto de 1995, p. 21.

[42] Ricardo Grinspun y Robert Kreklewich, "Consolidación de las reformas neoliberales. El libre comercio como marco condicionante", en Nueva Sociedad, no. 137, Caracas, mayo-junio de 1995, p. 121.

[43] Citado en Ignacio Ramonet, "Poivoits fin de siècle", en Le Monde Diplomatique, Paris, mayo de 1995.

[44] Michael T. Klare, "The New Challenges to Global Security", en Current History, vol. 92, no. 573, abril de 1993, p. 158.

[45]   Darío Restrepo, "Neoliberalismo y reestructuración capitalista. Espacialidad, descentralización y apertura", en J. Child et al., Rompiendo la corriente. Un debate al neoliberalismo, Santa fe de Bogotá, CEIS, 1992, p. 25.

[46]   Yoshikazu Sakamoto, op. cit, p. 31.

[47]   Véase el número especial de Nouveaux cahiers de I'IUED, L'économie á la recherche du développement, crise d'une théorie, violence d'une pratique, no. 5, Ginebra, octubre de 1996.

[48]   Jorge G. Castañeda, "El círculo mexicano de la miseria" en Política Exterior, vol. X, no. 54, Madrid, noviembre/diciembre de 1996.

[49]   Véase, Renato di Ruzza, "Théorie des systèmes productifs et recomposition de l'économie mondiale", en Actuel Marx, no. 17, Paris, primer semestre de 1995, pp. 59-60.

[50]   Stephen J. Kobrin, op. cit., pp. 20-21.

[51]   Nguyen Duc Nhuan, "Le Vietnam tourne la page", en Le Monde Diplomatique, Paris, abril de 1994; "A survey of Vietnam. The road to capitalism", en The Economist, 8 de Julio de 1995.

[52]   The Economist, 24 de junio de 1995.

[53]   B. Stalling, "El nuevo contexto internacional del desarrollo: América Latina desde una perspectiva comparada", en F. Rojas y W. Smith (eds.), El Cono Sur y las transformaciones globales, Santiago de Chile, Flacso, North-South Center, Cladde, 1994, pp. 77-78.

[54]   James H. Mittelman, "Rethinking the intonational division of labor in the context of globalization", en Third World Quarterly, vol. 16, no. 2,1995, p. 274.

[55]   World Bank, Global economic prospect and the developing countries, 1994, Washington, p. 5.

[56]   Zia Qureshi, "La globalización: nuevas oportunidades, grandes desafíos", en Finanzas y Desarrollo, marzo de 1996, p. 31.

[57]   Banco Mundial, Las perspectivas económicas globales y los países en desarrollo, Washington, 1995.

[58]   Nueva York y Ginebra, Naciones Unidas, 1996.

[59]   Robin Broad y Christina Melhorn Landi, "Whither the North-South gap?", en Third World Quarterly, vol. 17, no. 1,1996, p. 70.

[60]   PJMUD, Rapport pour le développement humain, Paris, 1994.

[61]   Argentina, Brasil, México, India, China, Corea del Sur, Malasia, Singapur, Hong Kong, Indonesia y Tailandia.

[62]   Véase, Sanou Mbaye, "L’Afrique noire happée par le marché mondial", en Le Monde Diplomatique, Paris, marzo de 1994.