REGIONALISMO E IDENTIDADES COLECTIVAS: LA EXPERIENCIA EUROPEA

Thomas Risse

Profesor de Política Internacional de la Universidad Libre de Berlín.

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El artículo estudia la forma en que actuales procesos de regionalización inciden en la creación de identidades, tomando como ejemplo el caso de la Unión Europea y tres países que hacen parte de ella desde el principio: Alemania, Inglaterra y Francia. Tras un análisis histórico en el que se enuncian algunas particularidades de cada uno, el autor evidencia que cuarenta años de un proceso de integración han traído consecuencias disímiles sobre las identidades colectivas de los países estudiados en la medida en que "lo europeo" ha sido asumido/interiorizado de forma diferente para cada caso. Aunque el artículo concluye que la identidad supranacional como la nacional pueden coexistir dados los fuertes nexos entre ambas, la competencia entre estos dos niveles de identidad seguirá planteando un reto para la futura profundización de la integración.

Unión Europea / identidad / integración regional

This article analyzes the ways in which current integration processes within the European Union influence the formation of identities in Germany, Great Britain and Trance. Following a historical discussion of identity formation processes in each country, the author argues that European integration exercises distinct types of influences upon collective identities in the three nations, in the sense that "Europeaness" is absorbed and interiorized in different ways. Although the article concludes that supranational and national identities can coexist, given that strong linkages are apparent between the two, competition between distinct levels of identity also constitutes a challenge to the further deepening of regional integration.

European Union/ identity/ regional integration

5-24

01/09/2001

01/09/2001

Este artículo es una versión revisada de la ponencia presentada por el autor en el taller "El estado del debate contemporáneo en las relaciones internacionales" organizado por el Departamento de Ciencia Política y Gobierno de la Universidad Torcuato Di Telia, Buenos Aires, 27 y 28 de julio de 2000.

 

INTRODUCCIÓN[1]

Cualquier entidad política que funcione efectivamente requiere que sus miembros le otorguen legitimidad. Los sistemas políticos necesitan del apoyo de sus miembros para poder llevar a cabo e implementar decisiones que de otra manera podrían encontrar resistencia. Los esfuerzos por alcanzar una integración regional por medio de los cuales los estados miembros combinan, comparten o transfieren partes de su soberanía nacional a instituciones supranacionales, no son una excepción. La pregunta entonces es ¿cuál es el grado de identificación colectiva con estas entidades supranacionales y con la integración que se requiere para sostener dichos esfuerzos? ¿Es que los argentinos comunes tienen que identificarse con el Mercosur y sentirse apegados a sus compañeros latinoamericanos para que las élites económicas y políticas puedan promover la integración regional? Por supuesto que la respuesta varía con el grado y extensión de la integración regional: una unión aduanera probablemente requiere un menor grado de identificación colectiva que un mercado común, mientras que una moneda única como el euro o el desarrollo de una política común de seguridad y defensa con un ejército integrado, son asuntos totalmente diferentes. En estos últimos casos, la organización regional obtiene más y más competencias que, hasta ese momento, han sido propiedades del estado nación.

Este trabajo se concentra en la experiencia europea. Primero, el esfuerzo europeo de integración se extiende a través de cinco décadas y, por lo tanto, uno esperaría algún impacto sobre los procesos de identificación colectiva. Segundo, en comparación con otros procesos de integración regional, la Unión Europea (UE) es, por lejos, la organización regional más desarrollada y profunda que ya ha adquirido muchos de los rasgos de una federación. Las competencias son compartidas entre varios niveles de gobernabilidad (supranacional, nacional, subnacional) en casi todas las áreas temáticas sensibles de la vida política, desde la agricultura hasta las políticas sociales. Sería interesante comparar la experiencia europea con la latinoamericana, pero es imposible hacerlo en este trabajo, dada mi falta de conocimiento del Mercosur y otros intentos de cooperación regional.

Aquellos que teorizan sobre una entidad política europea emergente siempre han estado interesados en las cuestiones relativas a la formación de identidades colectivas. Los padres fundadores de la teoría de la integración regional tales como Haas y Deutsch, también fueron pioneros de la literatura sobre la construcción de naciones y el nacionalismo (Deutsh, 1957: 5-6, 129; Haas, 1958). Los "euro-pesimistas" desafían la lógica evolutiva de la integración europea basándose precisamente en estos fundamentos. Argumentan que una entidad política europea es imposible, debido a que no puede lograrse una integración en términos de identidad colectiva (Kielmansegg, 1996; Smith, 1992). Después de casi cuarenta años de integración europea, sabemos muy poco aún con respecto a cómo los procesos de europeización actuales y la emergencia gradual de una entidad política europea han afectado a las identidades colectivas en los varios niveles de afiliaciones subjetivas. Los datos surgidos de encuestas de opinión, como el Eurobarómetro, que son llevados a cabo dos veces al año en los quince estados miembros de la Unión Europea por medio de cuestionarios idénticos, nos dicen relativamente poco, a pesar de que incluyen preguntas sobre identidades sociales para los últimos diez años. Estos datos sugieren esencialmente que la identificación de los europeos con "Europa" es menor que la identificación con sus estados nación y sus regiones locales. Pero ¿qué significa esto?

Para empezar, el concepto de identidad europea es bastante elusivo. ¿Se identifica la gente —grupos sociales e individuos— con Europa y, de ser así, qué significa esto para sus identidades nacionales, subnacionales, de género u otras identidades? ¿Es que la "identidad europea" significa que se tiene que renunciar a las identidades nacionales u otras afiliaciones subjetivas? Yo afirmo que establecer una "identidad europea" contrastándola con identidades nacionales o regionales ya enmarca el tema de una manera cuestionable. Más bien, los individuos y grupos sociales poseen múltiples identidades y la verdadera pregunta que debe hacerse tiene que ver, por lo tanto, con cuánto espacio hay para "Europa" en las identidades colectivas dadas. También afirmo que las ideas con respecto a Europa y al orden europeo resuenan de diferentes maneras con culturas políticas e identidades nacionales determinadas.

Este trabajo se desarrolla de acuerdo con los siguientes puntos. Primero, trato de clarificar el concepto de "identidad colectiva" y sugiero tres formas para pensar sobre la relación entre la identidad supranacional y las otras identidades que la gente posee. Segundo, presento los hallazgos procedentes de un proyecto de investigación que examina las construcciones de identidad de las élites políticas en tres países europeos. En el caso británico, las nociones de "lo inglés" han sido construidas mayormente como diferenciadas de la noción "Europa" y han permanecido así desde los años cincuenta. La identidad inglesa de estado nación prevaleciente aún percibe a Europa como el (amistoso) "otro" y esto sigue siendo incompatible con las visiones federalistas o supranacionalistas del orden político europeo, como lo experimenta Tony Blair cada día cuando trata de mover un poco más a Gran Bretaña hacia la eurozona. En contraste, la identidad alemana (occidental) de estado nación fue reconstruida a fondo durante los años cincuenta cuando las visiones puramente nacionalistas estaban cada vez menos disponibles después de la catástrofe de la Alemania nazi y de la Segunda Guerra Mundial. Una "Alemania europea" era vista como una forma de sobreponerse al pasado nacionalista alemán. La identidad de "estado nación alemán europeo" sobrevivió al fin de la Guerra Fría y a la unificación alemana y explica por qué las élites políticas alemanas, ya sean demócratas cristianos o social demócratas, han apoyado que se dieran mayores pasos hacia la integración europea. Mientras que Gran Bretaña y Alemania son, en consecuencia, casos de continuidad desde por lo menos fines de la década de los cincuenta, ha habido cambios sustanciales en las identidades colectivas francesas de estado nación. A fines de la mencionada década, predominaba una visión claramente nacionalista de una identidad francesa de estado nación. La Quinta República del presidente de Gaulle combinaba la historia francesa de un estado centralizado, de ilustración y de republicanismo, con una visión de grandeur e indépendance. Los sucesores de de Gaulle descubrieron, sin embargo, que estas visiones de Francia eran crecientemente inconsistentes con la realidad de la integración europea. Como resultado, las élites políticas —comenzando con la centroizquierda durante los años 1980 y continuando con la centroderecha— incorporaron a "Europa" a la identidad colectiva francesa adoptando una visión de Europa como el estado nación francés en un sentido amplio.

¿Qué es la identidad colectiva y cómo podemos pensar sobre las identidades supranacionales?

Para clarificar el concepto de soberanía colectiva, tomo prestados algunos elementos de la sicología social, particularmente las teorías de la identidad social y de auto categorización (Abrams y Hogg, 1990; Turner, 1987; Oakes, Haslam y Turner, 1994; Tajfel, 1981). El término colectivo tiene que ser enfatizado en el sentido de los entendimientos de identidad compartidos intersubjetivamente que se han hecho consensuales entre grupos sociales. Mientras que las élites políticas están casi constantemente construyendo identidades colectivas, sólo algunas de estas construcciones son consensuales en algún punto dado en el tiempo. Las identidades sociales contienen, primero, ideas que describen y clasifican la pertenencia de un individuo a un grupo social incluyendo los componentes emocionales, afectivos, y de evaluación. Grupos de individuos perciben que tienen algo en común y sobre esta base forman una "comunidad imaginada" (Anderson, 1991). Segundo, esta condición común se ve acentuada por un sentido de diferencia con respecto a otras comunidades. Los individuos frecuentemente tienden a ver al grupo con el cual se identifican en una forma más positiva que al "grupo de afuera". Para muchos argentinos, por ejemplo, los brasileños parecen ser un "grupo de afuera" y viceversa. Sin embargo, esto no significa que las diferencias percibidas entre el "grupo de adentro" y el "grupo de afuera" estén basadas necesariamente en juicios de valor y que el "otro" sea usualmente tenido a menos (Eisenstadt y Giesen, 1995). Tercero, las identidades nacionales construyen las "comunidades imaginadas" de los estados nación (principalmente definidos en forma territorial) y están, por lo tanto, estrechamente vinculadas a ideas sobre soberanía y condición de estado (Bloom, 1990). Las identidades nacionales a menudo contienen visiones de órdenes políticos y sociales justos. Cuarto, las identidades sociales están constreñidas por un contexto (Oakes, Haslam y Turner, 1994: 100). Esta condición significa que se invocan diferentes componentes de las identidades nacionales dependiendo del área de políticas en cuestión. Las "identidades nacionales" en relación a las reglas de ciudadanía podrían verse diferentes de las "identidades nacionales" que implican elementos del orden político y del estado. Este trabajo se relaciona más con esto último que con lo primero, de modo que a continuación utilizaré el término identidad de estado nación para delinear las diferencias con otros componentes de identidades colectivas nacionales. La condición de limitación del contexto y de contestación de las identidades colectivas ha llevado a muchos autores a concluir que las identidades sociales son fluidas y sujetas a cambios frecuentes (Neumann, 1996). Pero lo último no resulta de lo anterior. La sicología cognitiva y la teoría de la auto clasificación argumentan que cuanto más cambian las categorizaciones propias y de otros, más se incorporan en instituciones, mitos y símbolos, como así también en entendimientos culturales (Fiske y Taylor, 1984; Oakes, Haslam y Turner, 1994). Esto debería ser particularmente relevante para las identidades colectivas pertenecientes al estado nación que usualmente toman bastante tiempo y esfuerzo para ser construidas y que luego son incrustadas (quedan implantadas) en las instituciones y en la cultura política de un país.

Podemos distinguir entre, por lo menos, tres formas de conceptualizar de qué manera las identidades supranacionales se relacionan con otras identidades que constituyen grupos sociales. Primero, está el modelo "suma cero" de identidad colectiva. Aquí, la identificación con un grupo social se produce a expensas de identificarse con otros grupos. Cuanto más uno se identifica con América Latina, menos se identifica con Argentina. La europeidad reemplaza en forma gradual y creciente a las identidades nacionales, sub-nacionales u otras relacionadas con espacios territoriales. Los padres fundadores (hay pocas madres, desafortunadamente) de la teoría de integración europea pensaron, por ejemplo, que aquellas élites políticas, económicas y sociales que más se benefician con la integración europea, se identificarían cada vez más con Europa y que, como resultado, se sobrepondrían a sus identidades nacionales (Haas, 1958: 16). La emergente entidad política europea obtendría en forma creciente la lealtad del pueblo europeo, comenzando por el nivel de las élites. Una mirada rápida a la evidencia empírica desautoriza completamente este argumento. Los grupos sociales tales como los granjeros, que discutiblemente son quienes más se benefician de la integración europea en términos económicos, no son particularmente conocidos por expresar un gran afecto por Bruselas y la Unión Europea. Más aún, los fundamentos teóricos de este concepto de identificación colectiva han fallado. Resulta problemático suponer que los individuos sólo tienen disponible un espacio limitado para identificarse con colectividades y que cuanto más uno se identifica con Europa (o el Cono Sur, para el caso), menos lealtad puede sentir por su estado nación (Argentina), su región, o su localidad (Buenos Aires). Una visión tan "suma cero" de las identidades colectivas es bastante cuestionable.

A través de la sicología social y de la sociología sabemos que los individuos poseen identidades múltiples que son invocadas dependiendo del contexto social (Abrams y Hogg, 1990; Eisenstadt y Giesen, 1995; Giesen, 1999). Los sicólogos sociales sugieren que cuanto más sobresaliente se vuelve un contexto social, mayor es el número de gente que se identifica con el grupo social respectivo (o lo rechaza fuertemente). Esto conduce a la proposición que dice que los niveles de identificación con Europa o de un rechazo consciente deberían aumentar, cuanto más importante se vuelva la UE en la vida de la gente. Así, deberíamos esperar un salto en las tasas de identificación o de rechazo con la introducción del euro como dinero en los bolsillos de la gente en 2002. Cuanto más importante se vuelva el Mercosur en las vidas de la gente común, mayor debería ser su identificación o su rechazo consciente con el mismo.

Dicha comprensión de identidades múltiples y contexto-dependientes conduce a un segundo concepto de pensamiento con respecto a las identidades colectivas que podría llamarse el modelo de "torta en capas". En consecuencia, la gente y los grupos sociales tienen identidades múltiples y estas identidades sociales están superpuestas en capas. Luego, cuál de estas identidades múltiples es invocada y se vuelve prominente depende del contexto social de interacción. Dos ejemplos: un porteño puede sentir una fuerte lealtad hacia Buenos Aires cuando visita las provincias argentinas, pero se identifica con Argentina cuando visita Brasil. Un europeo alemán bávaro vestido con sus típicas calzas de cuero puede sentirse intensamente bávaro cuando visita el Berlín "prusiano", mientras que puede sentir con fuerza su "alemanidad" (su condición de alemán) cuando se queja de la falta de eficiencia del control de tráfico aéreo italiano mientras está varado en el aeropuerto de Bolonia. Sin embargo, cuando este alemán bávaro visita un bar en el oeste medio norteamericano, podría rápidamente identificarse con compatriotas europeos con fuertes sentimientos respecto a su "europeidad," ya que no pueden encontrar ni una cerveza decente, ni un vino decente (no estoy sugiriendo aquí que la identidad europea sólo concierne a la comida y a la bebida, sin embargo). Esta noción de los procesos de identificación múltiple es ahora bastante común en los estudios sobre identidades europeas. La mayoría de los académicos ya no piensan que las identidades europeas y nacionales constituyan proposiciones de "uno u otro".

Tercero, existe un concepto de identidades colectivas que uno podría llamar el modelo de la "torta de mármol o marmolada". Este concepto sostiene que la gente posee múltiples identidades y que estas identidades son invocadas en forma contexto-dependiente. Sin embargo, la idea aquí es que las identidades no están ordenadas y formadas en capas de una manera tan prolija como supone el ejemplo del europeo germano bávaro o del porteño argentino. Más bien, el modelo de "torta marmolada" sugiere que las identidades colectivas se entretejen y fluyen entre sí, que no existen límites claramente definidos entre, digamos, la "italianidad" o la "europeidad" de un individuo. La idea es que las identidades múltiples están anidadas o incrustadas antes que prolijamente formadas en capas. Quizás, uno no pueda ni siquiera describir qué significa ser griego (o italiano, o alemán, o...) sin que se hable también de Europa y la "europeidad". La historia y herencia cultural de una nación pueden estar tan entretejidas con la historia y herencia cultural de Europa que se hace muy difícil desenredarlas cuando se describe la identidad colectiva nacional de uno. Lo mismo puede ser cierto para las identidades regionales fuertes —desde Sicilia hasta la tierra del Rin—. En el caso de Argentina, el modelo "torta marmolada" de identidad colectiva sugiere, por ejemplo, que existe cierta identificación con Europa antes que con Sudamérica entre muchos argentinos que podrían, por supuesto, entorpecer los intentos de alcanzar la integración regional en el Mercosur.

Dos conclusiones resultan de esta conceptualización de identidad europea. Primero, puede que haya un grado mucho mayor de "europeidad" enraizada en las culturas nacionales y, por lo tanto, una identidad europea colectiva mucho más fuerte de lo que usualmente se supone. Este proceso de identificación podría abarcar una historia mucho más larga —y probablemente también más contendida— que los cuarenta años de integración europea. Segundo, queda muy poco claro, sin embargo, si es que los griegos, italianos, franceses, o alemanes quieren significar lo mismo cuando hablan sobre su "europeidad". La noción francesa de mission civilisatrice, por ejemplo, podría traducirse en estos días en una misión civilizadora europea. Pero los alemanes probablemente no se sentirían muy cómodos al ser confrontados con semejante interpretación de "europeidad". Nuevamente, las percepciones de la investigación psicológica social sugieren que las crecientes identidades europeas entre los italianos, alemanes, y franceses podrían en realidad conducir a evaluaciones menos positivas de italianos, alemanes, y franceses entre sí. Si la gente simplemente transfiere los valores positivos y componentes de identidad de su "grupo de adentro" a una colectividad más grande, podría distanciarse más profundamente de los "grupos de afuera" pertenecientes a la categoría de menor nivel. Si los alemanes se identifican fuertemente con Europa, pero "Europa" es simplemente Alemania en un sentido amplio, la distancia social que ellos sienten con Italia podría de hecho aumentar. Esta es una percepción bastante perturbadora y contra intuitiva que surge de la investigación psicológica social que sugiere que la tolerancia social en Europa podría decrecer con sentimientos más fuertes de identidad europea. También, si muchos argentinos se sienten "europeos" antes que latinoamericanos, esto podría incrementar su distancia social de, digamos, los brasileños o los chilenos.

En suma, entonces, el concepto "torta marmolada" sostiene, por un lado, que hay mucha más europeidad arraigada en las identidades colectivas nacionales, regionales, u otras, de lo que usualmente se supone. Por el otro lado, el significado de Europa podría diferir profundamente en los varios contextos nacionales, subnacionales, y otros. Podemos entonces reformular la cuestión de la identidad europea en si es que plantea que los diferentes significados de Europa muestran alguna superposición y si es que hay, no obstante, algunos entendimientos comunes de europeidad, aun cuando su arraigo histórico y cultural difiera profundamente. Para suministrar un ejemplo: los atenienses podrían relacionar su entendimiento de la democracia europea con la antigua Grecia. La europeidad francesa también comprende los valores liberales, pero estos están relacionados con una versión europeizada de la ilustración francesa y los valores republicanos.

A continuación, utilizo el concepto de "torta marmolada" de identidades colectivas para explorar de qué manera la europeización ha influenciado las identidades de estado nación en Francia, Alemania, y el Reino Unido a lo largo de los últimos cincuenta años. Me concentro empíricamente en los discursos entre las élites políticas, en particular en los principales partidos políticos de los tres países. Las construcciones de identidad pueden ser distinguidas siguiendo dos dimensiones: primero, ideas sobre cómo Europa se relaciona con identidades dadas de estado nación; segundo, visiones sobre el orden político y económico europeo. El grado en el que estas construcciones de identidad fueron representadas en los discursos políticos en los tres países varió considerablemente. Más aún, diferentes construcciones de identidad ganaron prominencia y se volvieron consensuales.

EUROPA Y LA EVOLUCIÓN DE IDENTIDADES DE ESTADO NACIÓN EN GRAN BRETAÑA, ALEMANIA Y FRANCIA

Europa como el "otro" de Gran Bretaña

Quizás el rasgo más notable de las actitudes de las élites británicas hacia la integración europea es su estabilidad y falta de cambio (Knopf, 1997). Las orientaciones fundamentales hacia la Comunidad Europea han permanecido esencialmente las mismas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y han sobrevivido a los altos y bajos en las políticas británicas hacia la CEAJE. Más de veinte años después del ingreso a la Comunidad Europea, Gran Bretaña todavía es considerada como "de" antes que "en" Europa; continúa siendo el "socio incómodo" y "semi alejado" de Europa (Bailey, 1983; George, 1994). Esta actitud general no ha cambiado desde los años cincuenta: "¿Dónde estamos parados? No somos miembros de la Comunidad Europea de Defensa, ni tenemos la intención de ser fusionados en un sistema federal europeo. Sentimos que tenemos una relación especial con ambos. Esto puede ser expresado por preposiciones, por la preposición 'con' pero no 'de' —estamos con ellos, pero no somos de ellos—. Tenemos nuestra propia Mancomunidad e Imperio" (Churchill, 1953).

Las actitudes británicas hacia el proyecto europeo reflejan creencias colectivamente sostenidas sobre la identidad británica, particularmente la identidad inglesa, ya que lo "británico" ha sido identificado con lo "inglés" a través de gran parte de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. Esto sólo ha cambiado durante la última década cuando las identidades regionales tales como la escocesa o la galesa se volvieron crecientemente prominentes en los debates políticos británicos. Entre las cinco construcciones de identidad típicas ideales presentadas arriba, la identidad nacionalista prevaleció claramente en los discursos políticos británicos. Aún persiste el sentimiento de "ellos" versus "nosotros" entre Gran Bretaña y el continente. "Europa" continúa siendo identificada con el continente y percibida como "el otro" en contraste con la condición de "lo inglés". La construcción social de "lo inglés" como el núcleo de la identidad británica del estado nación comprende significados adjudicados a instituciones, memoria histórica, y símbolos. Resulta difícil reconciliar a cada uno de estos componentes con una visión de un orden político europeo que vaya más allá del inter gubernamentalismo (Lyon, 1991; Schauer, 1996; Schmitz y Geserick, 1996). No es sorprendente que partes de la identidad inglesa de estado nación sean vistas con frecuencia como potencialmente amenazadas por la integración europea. Instituciones como el Parlamento y la Corona forman elementos importantes de una identidad colectiva de estado nación. Los significados relativos a la identidad, adjudicados a estas instituciones, se centran alrededor de una peculiar comprensión de soberanía nacional. La Corona simboliza "soberanía externa" en términos de la independencia de Roma y el Papa como así también del continente europeo desde 1066. La soberanía parlamentaria o interna representa un principio constitucional muy importante que se relaciona con una tradición parlamentaria de 700 años de antigüedad y de victorias duramente ganadas sobre el rey. La soberanía inglesa está, así, directamente vinculada a mitos sobre una historia continuada de evolución liberal y democrática y de "ingleses nacidos en libertad". Las objeciones británicas en contra de transferir soberanía a instituciones supranacionales europeas son justificadas usualmente con base en la ausencia de responsabilidad pública democrática, queriendo significar parlamentaria. Los entendimientos de soberanía parlamentaria relativos a la identidad están vinculados directamente a las visiones prevalecientes de un orden europeo que comprende a estados nación independientes. Esto se demuestra en las siguientes citas de 1950 y de 1990:

Ministro de Finanzas Laborista, Sir Stafford Cripps, 1950: "No nos parece, según lo aconsejado actualmente, ni necesario ni apropiado... investir a una autoridad supranacional de personas independientes con poderes para sobrepasar las decisiones parlamentarias y gubernamentales en los países participantes. (...) Ciertamente, este Parlamento siempre ha ejercido la mayor cautela en cuanto a acceder a cualquier remoción de su propio control democrático de cualquier elemento importante de nuestras políticas o poder económico" (Cripps, 1950).

Primer ministro Margaret Thatcher, 1990: "Pero —y se trata de un pero que es crucial— nunca aceptaremos el enfoque de aquellos que quieren ver a la CE como un medio para remover nuestra habilidad para gobernarnos como una nación independiente. El Parlamento británico ha perdurado por 700 años y ha sido un faro de esperanza para los pueblos de Europa en sus días más oscuros" (Thatcher, 1990).

Primer ministro John Major, 1993: "Está claro ahora que la Comunidad permanecerá como una unión de estados nacionales soberanos. Eso es lo que sus pueblos quieren: tomar decisiones a través de sus propios parlamentos. Eso protege la forma de vida, las diferencias culturales, las tradiciones nacionales ... Son las naciones las que deben construir a Europa, y no Europa la que debe intentar pasar sobre las naciones"(Major, 1993).

Estas y otras declaraciones muestran una continuidad notable en las actitudes británicas hacia la Unión Europea y las construcciones de identidad relacionadas, desde la década de los cincuenta (y antes) hasta el día de hoy. También demuestran que las identidades de estado nación superan las orientaciones ideológicas entre los dos partidos principales. En suma, la identidad británica de estado nación parece estar muy poco afectada por la integración europea y "Europa" todavía es construida mayormente como el "otro," si bien un "otro" amistoso. Mientras que el caso británico es uno de no adaptación a la Unión Europea, la identidad alemana de estado nación sufrió una transformación orientada hacia Europa antes de que el proceso de integración pudiera dejar su marca. En otras palabras, Gran Bretaña es un caso de fuerte incompatibilidad entre Europa y el estado nación, mientras que Europa resuena bien con la identidad alemana contemporánea de estado nación.

El pasado alemán como el "otro" de Europa: el caso de la República Federal.

El caso alemán es un ejemplo de reconstrucción profunda y total de la identidad de estado nación luego de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial (Engelmann-Martin, 1998; Risse y Engelmann-Martin, en prensa). El dictum de Thomas Mann expresando que "no queremos una Europa alemana, sino una Alemania europea" rápidamente se convirtió en el mantra de las élites de posguerra de Alemania Occidental[2]. A partir de los años cincuenta, un consenso fundamental ha emergido entre las élites políticas y ha sido compartido por la opinión pública en el sentido de que la integración europea es de un interés vital para Alemania (Bulmer, 1989; Katzenstein, 1997a; Banchoff, 1999).

Después de 1945, el entonces recién fundado Partido Demócrata Cristiano (PDC) inmediatamente abrazó la unificación europea como la alternativa al nacionalismo del pasado. Como lo expresara Ernst Haas, "en los principales círculos del PDC, el tríptico formado por un anti-nazismo muy sensibilizado, valores cristianos, y una dedicación a la unidad europea como medio para la redención por los pecados alemanes del pasado, ha jugado un rol ideológico crucial". (Haas, 1958: 127). El cristianismo, la democracia y, más tarde la economía social de mercado se convirtieron en los tres pilares sobre los que habría de basarse una identidad europea colectiva. Se distinguía nítidamente del pasado nacionalista y militarista alemán y, durante fines de la década de los cuarenta y principios de los cincuenta, del comunismo soviético y del marxismo. En otras palabras, el propio pasado de Alemania al igual que el comunismo, constituían a los "otros" en esta construcción de identidad.

Pero, durante los primeros años de la década de 1950, no había un consenso de élites sobre la identidad alemana de estado nación. Los socialdemócratas (PSD) eran el principal partido de oposición a las políticas de Adenauer en ese tiempo. En el período entre guerras, el PSD había sido el primer partido alemán importante en abrazar el concepto de un "Estados Unidos de Europa" en su programa Heidelberg de 1925. Cuando el partido fue forzado al exilio durante el período nazi, el liderazgo abrazó plenamente la noción de una federación europea democrática que se volvería casi naturalmente un orden socialista. Como en el caso del PDC, "la idea europea fue invocada primeramente como un valor espiritual en los primeros años de la emigración... Cómo sería Europa después de Hitler era una pregunta de segundo orden, aunque se tomaba como algo auto evidente que sería socialista. En este período, Europa era vista como una antítesis de la Alemania nazi" (Paterson, 1974: 3). En consecuencia, cuando el PSD fue refundado en 1946, su primer programa apoyaba a los "Estados Unidos de Europa, una federación socialista y democrática de estados europeos. [La social democracia alemana] aspira a una Alemania socialista en una Europa socialista" (Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1946). Así, Europa, Alemania, la democracia, y el socialismo eran percibidos como idénticos.

El primer líder de posguerra del PSD, Kurt Schumacher, un sobreviviente de los campos de concentración nazis, promovió fuertemente el concepto de una "Europa como una tercer fuerza" para la nueva identidad alemana de estado nación. Argumentó vigorosamente en contra de la política de la integración occidental, ya que excluía las perspectivas de una reunificación rápida de las dos Alemanias (Paterson, 1974; Rogosch, 1996). Schumacher denunció al Consejo de Europa y a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA o ECSC) como "antieuropeos", como una "mini Europa," (Kleinsteuropa), como conservadores, clericales y capitalistas. Al mismo tiempo, el PSD se esforzó por discutir que no se oponía a la integración europea como tal, sino sólo a esta versión en particular.

Después de dos grandes derrotas electorales (1953 y 1957), el PSD cambió de curso. Siempre había existido una oposición interna contra las políticas de Schumacher. Estas élites partidarias apoyaban la construcción de identidad de una Alemania europea moderna como parte de la comunidad occidental de estados liberales y democráticos. Para fines de los años cincuenta, este grupo tomó el liderazgo del partido. Los socialdemócratas alemanes reformaron a fondo su programa doméstico y de política exterior. Con respecto a esta última, volvieron a revisar el programa Heidelberg de 1925 y se convirtieron en firmes partidarios de la integración europea. Los cambios culminaron en el programa Godesberg de 1959 (Bellers, 1991; Rogosch, 1996).

El giro dado por el PSD puede explicarse en parte por los intereses instrumentales percibidos. El partido necesitaba atraer a nuevos votantes quienes aparentemente apoyaban las políticas de Adenauer, mientras que la oposición de Schumacher no obtenía resultados. La nueva orientación ideológica del partido resultó de un cambio en el liderazgo que trajo a la facción europeísta y atlanticista al poder. Así, los intereses instrumentales explican que "algo" tenía que hacerse. Los objetivos políticos y la identidad colectiva de los nuevos líderes del partido dan cuenta del contenido y sustancia del cambio.

A partir de los años sesenta en adelante, prevaleció un consenso federalista ("Estados Unidos de Europa") entre las élites políticas alemanas que comprendían a los partidos principales desde la centroderecha hasta la centroizquierda. Este consenso sobrevivió a los cambios en el gobierno del PDC al PSD en 1969, del PSD al PDC en 1982, y el cambio reciente hacia una coalición entre el PSD y el partido Verde en 1998. Aún más significativo, la unificación alemana no dio como resultado una reconsideración de las políticas europeas de Alemania. Con el fin inesperado del conflicto Este/Oeste y una soberanía alemana recuperada, emergió una amplia gama de oportunidades relativas a la política exterior creando una situación en la cual las élites alemanas podrían haber redefinido sus intereses nacionales. Pero Alemania no reconsideró sus orientaciones fundamentales sobre política exterior, ya que el compromiso de Alemania con la integración europea había sobrevivido largamente al contexto en el cual había emergido originalmente (Banchoff, 1999; Hellmann, 1996; Katzenstein, 1997a). Luego de la unificación, el gobierno alemán aceleró, en lugar de aminorar, su apoyo para un mayor progreso en la integración europea. El apoyo alemán a una moneda única y en favor de una unión política europea estaba perfectamente en concordancia con actitudes de larga data hacia la integración y la identidad europea del estado nación del país.

Este consenso federalista alemán iba de la mano con una peculiar construcción de identidad en la secuela de la Segunda Guerra Mundial. La noción alemana de lo que constituye el "otro," el no europeo, está relacionada con la historia nacionalista alemana y europea. El nacionalismo alemán llegó a ser visto como autoritarismo, militarismo, y antisemitismo. El pasado nacionalista y militarista de Alemania constituía al "otro" en el proceso de formación de identidad "pos nacional" por medio del cual la europeidad reemplaza a las nociones tradicionales de identidad de estado nación. Todos los gobiernos federales, desde Konrad Adenauer en adelante, estaban determinados a hacer que el proceso de unificación europea fuera irreversible porque estaban convencidos de que el concepto de una Europa unificada era el seguro más efectivo en contra del renacimiento del nacionalismo y de conflictos desastrosos. Hoy en día, un "buen alemán" equivale a un "buen europeo" que apoya a una Europa unida. "Europa" en esta construcción de identidad significa un orden de paz estable sobreponiéndose al sangriento pasado del continente, la democracia y derechos humanos (en contraste a la historia autocrática europea y alemana), como así también una economía de mercado social que incluye al estado benefactor (en contraste tanto con el comunismo soviético como con el capitalismo anglosajón del "laissez-faire") (Bellers y Winking, 1991; Katzenstein, 1997a).

En suma, y contrastando con Gran Bretaña, el caso alemán es un caso de transformación comprensiva de una identidad de estado nación pos Segunda Guerra Mundial. La europeidad alemana, como una construcción de identidad particular, fue combatida a lo largo de toda la década de los años 1950, pero se volvió consensual después, en parte debido a que convenía a los intereses instrumentales percibidos de las élites políticas. El proceso europeo de integración no creó esta identidad. Más bien, la reforzó y estabilizó al demostrar que Alemania puede prosperar económicamente y recuperar fuerza política en Europa mediante una política de auto-vinculación con las instituciones europeas. El euro patriotismo alemán afectó profundamente las percepciones de las élites sobre los intereses nacionales del país y sus actitudes hacia la integración europea y permaneció estable a pesar de sufrir varios desafíos que de otra manera hubieran podido conducir a cambios en los intereses instrumentales.

Europa como Francia en un sentido amplio y la transformación del excepcionalísimo francés

En contraste con Gran Bretaña y Alemania, las actitudes hacia Europa compartidas por las élites políticas francesas experimentaron cambios considerables a través del tiempo (Roscher, 1998). Los formuladores de políticas de la Tercera República, tales como Aristide Briand y Eduard Herriot, estuvieron entre los primeros en abrazar una visión federalista de "les Etats Unis d'Europe" durante el período entre guerras (Bjol, 1966: 172-173). No obstante, sus visiones no se hicieron consensuales dentro de sus propios partidos sino hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Durante los años cincuenta, y en conjunción con los primeros esfuerzos hacia una integración europea, tuvo lugar un debate nacional que concernía a la identidad francesa y a orientaciones políticas básicas en la era de la posguerra. La Segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana fueron experiencias traumáticas que hicieron que la identidad francesa de estado nación se volviera problemática y contendida. Muchas controversias se centraron en torno a cómo manejarse con Alemania que en ese momento representaba el "otro" más significativo para Francia. Los partidarios de la integración europea argumentaban en favor de una estrategia vinculante y de crear instituciones supranacionales con el fin de contener el poder alemán de una vez y para siempre, mientras que los opositores favorecían las estrategias basadas en el equilibrio de poder para manejar el problema alemán, como lo evidencian las siguientes afirmaciones:

El líder socialista, Guy Mollet, 1947: "La única manera de desinfectar al pueblo alemán del nazismo y democratizarlo es rodear a Alemania en una Europa democrática" (Mollet, 1947).

Líder del MRF; Alfred Coste-Floret, 1952: "No hay Europa sin Alemania y no hay solución al problema alemán sin Europa" (Coste-Floret, 1952).

Estas prescripciones fueron correlativas con las construcciones de identidad de estado nación prevalecientes en los respectivos partidos en ese momento. No existía ningún consenso entre las élites políticas francesas con respecto a la integración europea como una solución al problema alemán. La derrota del tratado sobre la Comunidad Europea de Defensa, en la Asamblea Nacional Francesa, en 1954 mostró las profundas divisiones existentes entre las élites políticas.

La siguiente coyuntura crítica para la identidad francesa de estado nación fue la guerra en Argelia y la crisis que atravesaba la Cuarta República. Cuando la Quinta República empezó su existencia en 1958, su padre fundador, el presidente Charles de Gaulle, reconstruyó la identidad francesa de estado nación y logró reunificar una nación profundamente dividida en torno a una visión común del rol francés en el mundo:

"Cuando uno es la capa Atlántica del continente, cuando uno ha plantado su bandera en todas partes del mundo, cuando uno esparce las ideas, y cuando uno se abre a sí mismo al ambiente, en suma, cuando uno es Francia, uno no puede escaparles a los grandes movimientos en tierra." (de Gaulle, 1950).

La construcción de identidad de de Gaulle se relacionaba con los mitos históricos de lo francés y los combinaba de una forma única. Como el líder de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, se sobrepuso al trauma del régimen de Vichy y se relacionó con entendimientos del estado nación francés que combinaban un significado específico de soberanía con los valores de la ilustración y la democracia. La noción de soberanía —comprendida como independencia nacional de la interferencia externa junto con un sentido de singularidad (grandeur) — fue usada para construir un puente entre la Francia republicana posrevolucionaria y la monarquía prerrevolucionaria. La comprensión del état-nation francés connotaba la identidad de la nación y la democracia como también la identidad de la sociedad francesa con la República. Finalmente, de Gaulle reintrodujo la noción de la excepcionalidad y singularidad francesa en términos de una misión civilizadora para el mundo (mission civilisatrice) destinada a diseminar los valores universales de la ilustración y de la revolución francesa. Ninguna de estas construcciones de identidad de estado nación era particularmente nueva, pero de Gaulle las combinó de una manera especial y logró usarlas con el fin de legitimar las instituciones políticas de la Quinta República.

Por supuesto, estos entendimientos eran difíciles de reconciliar con las visiones federalistas de un orden europeo. Antes, "l'Europe des nations" (la Europa de los estados nación) se convirtió en el grito de guerra durante la presidencia de de Gaulle. Pero la específica construcción gaullista de identidad de estado nación sólo continuó siendo consensual entre las élites políticas por alrededor de otros diez años después de la renuncia de de Gaulle. Comenzando a fines de los años setenta, la europeización gradualmente transformó a la identidad francesa de estado nación entre las élites, en conjunción con dos críticas coyunturas —el fracaso de las políticas económicas del presidente Mitterrand a principios de los 1980 y el fin de la Guerra Fría a fines de esa misma década— (Flynn, 1995; Schmidt, 1997).

Cuando Mitterrand y el partido Socialista llegaron al poder en 1981, inicialmente se embarcaron en un proyecto de creación del socialismo democrático en Francia basado en el keynesianismo izquierdista. Este proyecto fracasó amargamente cuando las reacciones adversas de los mercados de capitales golpearon a la economía francesa ocasionando, a su vez, una severa pérdida de apoyo electoral para las políticas de Mitterrand. En 1983, Mitterrand prácticamente no tenía otra opción que cambiar de curso dramáticamente, si quería permanecer en el poder. Este cambio político condujo a una profunda crisis dentro del partido socialista que abandonó gradualmente el proyecto socialista y se movió hacia ideas que alguna vez habían sido catalogadas irónicamente de "socialdemócratas". Al cambiar de curso, el partido siguió al presidente François Mitterrand quien había definido a la construcción de la Comunidad Europea como un tema central durante su mandato: "estamos en el momento en el que todos se unen, nuestra patria, nuestra Europa, Europa nuestra patria, la ambición de sostenerse los unos a los otros, la excitación de nuestra tierra y de la gente que produce, y la certeza de una nueva dimensión que los espera" (Mitterrand, 1986: 15-104).

La movida del PS hacia Europa incluía un esfuerzo por reconstruir la identidad francesa de estado nación. Los socialistas franceses comenzaron a resaltar la herencia cultural e histórica europea común. Discutían en forma creciente que el futuro francés habría de encontrarse en Europa. La izquierda francesa empezó a abrazar la noción de una "Francia europea" extendiendo la visión de la mission civilisatrice francesa hacia Europa en un sentido amplio. Los peculiares legados históricos y culturales de Francia fueron transferidos del "primer estado-nación" en Europa al continente como un todo, porque todos los estados europeos eran vistos como hijos de la ilustración, la democracia y el republicanismo. Francia imprimió sus marcas sobre Europa. Esta construcción de identidad usó elementos tradicionales de "lo francés" y del estado-nación francés y los extendió a Europa. En contraste con las construcciones de identidad inglesas en las cuales Europa todavía es el "otro," este entendimiento incorpora a Europa en la propia identidad colectiva de estado nación y sus entendimientos sobre soberanía y orden político. La identidad francesa es transformada, pero sólo en el grado en el que las ideas sobre Europa puedan ser incorporadas a, y estar en resonancia con, las anteriores visiones del estado. Este cambio se corresponde bastante con el modelo "torta marmolada" de identidad colectiva discutido más arriba.

Se produjeron cambios similares en las visiones prevalecientes del orden europeo y las reconstrucciones de la identidad francesa de estado nación en la derecha francesa, aunque más tarde. El heredero de las visiones de Charles de Gaulle, el Rassemblement pour la République (RPR), provee otro ejemplo de la élite política francesa cambiando de curso. El fin de la Guerra Fría fue el momento decisivo que constituyó otra "coyuntura crítica" y una experiencia de crisis para la identidad francesa. Cuando cayó el muro de Berlín, Alemania se reunificó, y se construyó el orden europeo de seguridad de la pos Guerra Fría, Francia, la grande nation, permaneció mayormente a un costado. Los esfuerzos diplomáticos franceses fracasaron miserablemente. Como resultado de esto, una gran parte de la élite política comprendió la gran ilusión de la grandeur y la indépendence. La salida estaba en Europa (Flynn, 1995). Los debates políticos que se desarrollaron en torno al referéndum sobre los tratados de Maastricht en 1992 representaban discursos relacionados con la identidad sobre el nuevo rol de Francia en Europa y el mundo después del fin de la Guerra Fría. Como sucedía en la década de 1950, el temor al poder alemán dominaba los debates. Los partidarios de Maastricht y de la Unión Monetaria, particularmente en la derecha francesa, argumentaban a favor de una estrategia vinculante, mientras que los opositores apoyaban un retorno a la política tradicional de equilibrio de poder. Esta vez, los partidarios de la integración europea prevalecieron en todos los partidos principales.

En suma, la mayor parte de la élite política francesa incorporó gradualmente a Europa en las nociones de lo distintivo francés (de singularidad francesa) y comenzaron a identificar el futuro de Francia como un estado nación con el orden europeo. Pero una marcada minoría a través del espectro político se mantiene fiel a los viejos conceptos gaullistas de la grandeur y la indépendence francesas. De los tres países considerados en este trabajo, Francia es el único que llevó a cabo importantes cambios de formato y posición en el discurso de la élite sobre la identidad del estado nación en las dos últimas décadas. Queda por verse, sin embargo, hasta qué punto la identificación con una "Europa" que se parece a Francia es realmente compatible con un proceso de integración europea que contiene fuertes rasgos federales que son muy diferentes de los del estado francés.

CONCLUSIONES

La investigación empírica indica que las identidades de estado nación cambian lentamente. En el caso del Reino Unido, lo inglés aún se define en contraste a la "europeidad", por lo cual "Europa" constituye el "otro" de la identidad de estado nación. Casi veinte años como miembro de la CE/UE no parecen haber hecho gran diferencia. Por contraste, en el caso alemán se produjo una reconstrucción a fondo de la identidad del estado nación en el período post Segunda Guerra Mundial. Una vez que la europeidad alemana se hizo consensual entre las élites políticas a principios de la década de 1960, esta identidad de estado nación ha permanecido estable desde entonces. La europeidad alemana, antes que seguir detrás del progreso en la integración europea, lo precedió. Pero la integración europea estableció una diferencia en el caso francés en cuanto a que transformó la identidad de estado nación gaullista. A partir de la década de 1980, las élites francesas, desde la centroderecha hasta la centroizquierda, han comenzado a identificarse con lo europeo antes que con lo estrictamente francés.

¿Cómo pueden explicarse estos desarrollos diferentes? De acuerdo con lo argumentado en la introducción y siguiendo la línea del modelo "torta marmolada" de identidades colectivas, las nuevas ideas sobre orden político y construcciones de identidad tienen que armonizar con las nociones arraigadas en las identidades colectivas de estado nación. Las clásicas nociones británicas de orden político, por ejemplo, enfatizan la democracia parlamentaria y la soberanía externa y es por esto que sólo las versiones intergubernamentalistas del orden político europeo resuenan con la soberanía interna y externa. En el caso francés, el republicanismo centrado en el estado —el deber de promover valores tales como la hermandad, libertad, igualdad y derechos humanos, en suma, la "civilización"— constituye un elemento sostenido en el discurso francés sobre orden político. Por lo tanto, cualquier idea europea que resuene con el excepcionalismo francés y que no viole el concepto de republicanismo centrado en el estado puede ser promovido con legitimidad en Francia, incluyendo a una excepcionalidad europea antes que sólo francesa. Las discusiones actuales en Francia sobre la finalité politique de la Unión Europea indican, sin embargo, que una federación europea no se reconcilia fácilmente con las nociones francesas del estado nación (l'état-nation). En Alemania, los conceptos de una economía social de mercado, la democracia y el federalismo político, eran elementos centrales en el discurso de las élites alemanas exiliadas durante la guerra y entre la clase política entera después de la Segunda Guerra Mundial. Las ideas sobre el orden político europeo que resonaban con estos conceptos eran, por lo tanto, considerados legítimos en el debate político alemán. Además, el militarismo y el nazismo habían desacreditado totalmente una noción nacionalista de Alemania. Europa proveyó una construcción de identidad alternativa y, de este modo, una salida. Dada la similitud institucional entre la estructura del federalismo alemán y la emergente federación europea (Bulmer, 1997; Katzenstein, 1997b), debería resultarle más fácil a la identidad post nacionalista alemana ajustarse a Europa que a las visiones francesas de estado nación.

Pero, ¿cómo podemos explicar los cambios producidos en las identidades colectivas relativas a Europa, según lo experimentado en Alemania a fines de los años cincuenta, y en Francia a principios de los ochenta? Situaciones de crisis, coyunturas críticas, en conjunción con intereses instrumentales parecen dar cuenta de estas transformaciones. En la República Federal de Alemania, el PSD alcanzó su coyuntura crítica de mediados a fines de la década de los cincuenta cuando miembros pertenecientes al liderazgo del partido comprendieron que la visión de Kurt Schumacher de "Europa como una tercera fuerza" ya no era una opción viable, dadas las realidades de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (ECSC), el Tratado de Roma, y de dos severas derrotas en las elecciones federales, sufridas una seguida de la otra. Al mismo tiempo, el concepto occidental moderno de identidad europea resonaba bien con el programa doméstico de los reformadores del partido quienes apoyaban la democracia liberal, la economía de mercado, y el estado benefactor, al mismo tiempo que abandonaban visiones socialistas de mayor alcance. El deseo de obtener poder político facilitó el cambio ideológico del programa partidario de los socialdemócratas y su reconstrucción a fondo de la identidad alemana de estado nación.

En el caso francés, sólo era una cuestión de tiempo para que la identidad de estado nación francesa-gaullista se volviera incompatible con el proceso de europeización y el apoyo francés general que tenía. Mientras que la europeidad alemana y la integración europea iban de la mano, la brecha entre una identidad de estado nación nacionalista francesa y la realidad de la integración europea se ensanchaba a través del tiempo. Cuando las políticas económicas del presidente Mitterand se toparon contra el Sistema Monetario Europeo en 1982-83, éste se vio forzado a optar entre Europa y sus metas socialistas-francesas. Mitterand optó prontamente por Europa para permanecer en el poder, pero puso entonces en acción un proceso que los socialdemócratas alemanes habían experimentado 25 años atrás: la democratización social paralela y la adaptación a Europa en la identidad de estado nación de los socialistas franceses. Para fines de la década, lo francés y la europeidad se habían reconciliado dentro de la centroizquierda francesa. Los gaullistas franceses pasaron por un proceso similar después del fin de la Guerra Fría cuando gradualmente comprendieron que la excepcionalidad francesa y su mission civilisatrice sólo podría ser preservada dentro de una construcción de identidad europea. Así, la europeidad francesa se volvió consensual entre una mayoría de las élites políticas desde la centroderecha hasta la centroizquierda durante principios de la década de 1990.

En suma, más de cuarenta años de integración europea tuvieron diferentes efectos sobre las identidades colectivas de estado nación en los tres países. El supranacionalismo permanece, aunque resulta incompatible con nociones profundamente atrincheradas de lo inglés y conceptos de soberanía británica. En contraste, la emergencia de una entidad política europea reforzó y fortaleció la europeidad alemana de posguerra. Finalmente, la europeización gradualmente contribuyó a cambiar la identidad de estado nación francesa. Lo francés y la europeidad ya no son incompatibles, pero no debe pasarse por alto que esta investigación correspondía exclusivamente al nivel de las élites políticas. No queda nada claro si los hallazgos también se aplican al nivel de públicos masivos. Los datos indican, por ejemplo, que el apoyo de las élites a la integración europea permanece extraordinariamente alto entre los quince miembros de la UE (sólo "varía" de alrededor de 84% [Dinamarca] a 98% [Alemania]), mientras que la UE está mucho más cuestionada a nivel de la opinión pública masiva (variación de un 27% [Austria] a un 75% [Italia]). La brecha concerniente a los niveles de apoyo para integrar la UE entre las élites y las masas es de casi un 60% en Alemania, 45% en Francia, y 51% en el Reino Unido (1998 datos del Eurobarómetro) (Spencer, 1998). Aunque estos datos no hacen mediciones de identidades, sugieren que Europa y la UE enfrentan importantes problemas de legitimidad en lo que concierne al apoyo público.

En conclusión, quisiera referirme a dos preguntas: Primera, ¿es que realmente importa que haya más espacio para "Europa" en las diversas identidades de estado nación de lo que previamente se había supuesto? Segunda, ¿qué podemos aprender de la experiencia europea que pueda aplicarse a otros esfuerzos de integración regional?

En lo que respecta a la primera pregunta, la respuesta es ambigua. Está claro, por ejemplo, que no hay una conexión inmediata entre el nivel de identificación de las élites con Europa y las políticas nacionales hacia la UE en general. Por ejemplo, parece haber poca correlación entre las identidades europeas de las élites y el grado de cumplimiento con las leyes de la UE. Gran Bretaña, por ejemplo, tiene uno de los mejores récords de cumplimiento con las leyes y regulaciones de la UE, mientras que Francia está segundo entre los peores. O, tomemos el caso de Italia: Son pocos los estados miembros de la UE en donde la gente, tanto élites como masas, parecen identificarse más con Europa. Sin embargo, Italia posee el peor récord de cumplimiento entre los estados miembros (según una nueva base de datos desarrollada en el IUE; Börzel, comunicación personal).

¿Significa esto que la identificación es totalmente irrelevante cuando se trata de las políticas reales hacia la UE? ¿Estamos estudiando algún epifenómeno? Pese a las dificultades señaladas arriba, uno no debería perder de vista que existen elementos importantes y rescatables en este tema. La identificación con Europa entre las élites políticas parece tener mayor importancia cuando se trata de decisiones sobre tratados. Hemos argumentado que las políticas hacia la moneda única en el Reino Unido, Francia y Alemania no pueden ser explicadas sobre la base de intereses económicos o geoestratégicos, sino que tienen que ser comprendidas dentro del contexto de la política basada en identidades (Risse, 1999). El debate sobre el referéndum en Dinamarca que condujo a un rechazo del euro no hace sino subrayar este punto. Esto no es muy sorprendente, desde que la moneda de una nación concierne directamente las decisiones constitucionales sobre el orden europeo que están estrechamente relacionadas con visiones sobre el orden social y político apropiado que hacen a parte de nuestra propia identidad de estado nación.

¿Cuáles son entonces las lecciones que han de aprenderse de la experiencia europea para otros esfuerzos en pos de una integración regional? La buena noticia es que está decididamente mal suponer que las identidades nacionales tienen que ser superadas en favor de identidades supranacionales y que dicha identificación supranacional es un requisito previo para la integración regional. La gente posee identidades múltiples y actúa sobre la base de estas identidades en formas que son dependientes del contexto (contexto-dependientes). Más aún, el concepto de "torta marmolada" de identidades múltiples sugiere que los diversos niveles de identificación están incrustados (enraizados) unos dentro de otros. La identidad de estado nación de un pueblo podría de hecho abarcar referencias a su parte del mundo más amplia. La mala noticia es que la identificación con la propia región del mundo a veces viene en colores muy diferentes. La identificación de un brasileño con América Latina podría verse muy distinta del concepto de la identidad latinoamericana prevaleciente en Argentina. Si uno sigue las discusiones en la conferencia de Buenos Aires, las cosas pueden complicarse aún más, ya que muchos argentinos parecen identificarse más con Europa que con América Latina. Si esto es ciertamente el caso y la "europeidad" de los argentinos contradice directamente su "sudaméricaneidad", los esfuerzos en pos de una integración regional tendrán que superar unos cuantos obstáculos. Más aún, la tarea no es necesariamente más fácil en el caso de moverse hacia una mayor integración regional si las diversas identidades supranacionales simplemente consisten de la identidad nacional de uno, pero en un sentido amplio. Por último pero no menos importante, un mayor movimiento en el camino de la integración no fortalece necesariamente a la identificación con la propia región del mundo. Una mayor prominencia de las instituciones supranacionales en la vida de la gente podría muy bien resultar en un mayor rechazo que, a su vez, obtendría una mayor significancia política. La Unión Europea ha sido en gran medida una empresa impulsada por una élite que está en peligro de perder el apoyo de los ciudadanos europeos. Las élites en otras democracias alrededor del mundo que están llevando a cabo esfuerzos de integración regional deberían estar conscientes de este problema y deberían tratar de no repetir las equivocaciones europeas.

 

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[1]    Agradezco a los participantes, particularmente a Roberto Russell, por sus comentarios. El trabajo informa sobre los resultados del proyecto de investigación "Ideas, instituciones, y cultura política: la europeización de identidades nacionales" financiado por la Germán Research Association (Deutsche Forschungsgemeinschaft). La investigación empírica fue llevada a cabo por Daniela Engelmann-Martin, Hans-Joachim Knopf, Martin Marcussen, y Klaus Roscher a quienes les estoy muy agradecido por sus aportes. Lo que sigue es una versión revisada de Risse (2000). Ver también Marcussen (1999).

[2]    A continuación, utilizo "Alemania" rutinariamente para la República Federal, incluyendo el período previo a la unificación.