LA TERCERA GUERRA DEL GOLFO: LOS ESTADOS UNIDOS CONTRA IRAQ, 2003

Luis E. Bosemberg

Profesor asociado del Departamento de Historia de la Universidad de los Andes.

es

Desde una aproximación de larga duración la tercera guerra del Golfo se relata como el enfrentamiento de dos estados en una lucha por el poder. El texto busca a partir de una reflexión histórica, presentar el conflicto entre Estados Unidos e Iraq no como un simple ejercicio del imperialismo norteamericano, sino como un proceso con dinámicas propias e intereses comunes en la región, que se apoyan en la lógica de la expansión territorial devenida de siglos atrás. El texto asume una postura analítica del conflicto desarrollando una doble argumentación donde enfrenta las versiones oficiales a las críticas para definir si finalmente se dará paso o no, a un ordenamiento democrático en la región.

guerra del Golfo/ orden regional/ imperialismo/ expansión/ nacionalismo árabe/ terrorismo

From a longue durée perspective the third Gulf War is examined as the confrontation between two states in a struggle for power. The article utilizes a historical framework to present the conflict between the United States and Iraq, not as a simple exercise of U.S. imperialism, but rather as process with unique dynamics and common interests in the region that build upon the logic of territorial expansion characterizing earlier periods. The author adopts an analytical posture regarding the conflict characterized by a dual argument in which official versions of the war are contrasted with critical ones in order to then analyze the feasibility of a democratic order in the region.

gulf war/ regional order/ imperialism/ expansion/ terrorism/ nationalism

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01/05/2002

01/05/2002

Recibido: 03/03/003 - Aprobado: 04/08/003.

El presente artículo indaga, en una presentación histórica, sobre los diversos factores que condujeron a la tercera guerra del Golfo. Parte de la idea de que dos proyectos hegemónicos se enfrentaron en una corta guerra a principios de 2003: Estados Unidos contra Iraq. Se trata de mostrar, por un lado, el ascenso y la caída de Iraq, y, por el otro, la escalada norteamericana en la región. Los Estados Unidos son los herederos de intereses occidentales para los que prima la estabilidad, la consecución del petróleo y que, en múltiples ocasiones, por ello, han apoyado regímenes autoritarios para tener influencia en la región. Mientras que Iraq, inicialmente fundado por intereses occidentales y reaccionando más adelante contra dichos intereses y sus aliados regionales, estableció un modelo que en su momento fue progresista y modernizador y que enarbolando la bandera del panarabismo quiso convertirse en un líder regional.

No se trata simplemente del imperialismo norteamericano y una de sus víctimas. Diversos actores regionales han poseído una dinámica propia y no han sido meramente objetos pasivos. Algunos han sido hábiles y han sabido aprovecharse tanto de los espacios o tensiones que producen las potencias occidentales, ya sea entre ellas mismas o entre ellas y actores regionales, así como también de las tensiones y sucesos regionales. Iraq fue uno de ellos.

No queremos presentar una visión maniquea, tan corriente en estos días, por ejemplo, en la mayoría de los medios norteamericanos. Una serie de procesos históricos explican el presente. No queremos personificar ad absurdum lo que queremos mostrar, es decir, no se trata de culpar a un solo personaje de todo lo que está sucediendo. Inclusive, una dictadura no es sólo la obra de un hombre, depende de circunstancias políticas que posibilitan su llegada al poder, circunstancias que la dictadura también puede llegar a alterar. Satanizar personajes equivale a extraerlos de su contexto histórico y utilizarlos como herramientas para justificar acciones. Creemos que la tesis de los proyectos hegemónicos, explicados históricamente, es un intento de objetividad, o por lo menos, un intento de distanciamiento, una visión desde afuera, o si se quiere, una mirada desde una tercera posición. Mejor dicho, hay que tener en cuenta la historia de los actores en cuestión, sus intereses, la relación entre determinados países occidentales y los actores regionales y las relaciones entre los actores regionales.

Igualmente, por falta de espacio, nos vamos a concentrar en aquello que hemos llamado los dos proyectos hegemónicos, y, en menor medida, en otros factores. Tan solo al final del texto intentaremos exponer unas perspectivas que incluyen el nivel regional.

Así pues, en una primera parte, haremos un recuento histórico, y en una segunda, analizaremos la crisis actual.

Una primera aproximación, en larga duración, consiste en mostrar a estados enfrentados y, por consiguiente, una lucha por el poder. En ese sentido, se trata de procesos en la longue durée que siempre han acompañado al Medio Oriente. Históricamente, varios imperios meso-orientales se han lanzado a la conquista de territorios diversos más allá de sus fronteras iniciales, entre ellos, los de Europa. Imperios islámicos conquistaron España por varios siglos o estuvieron a las puertas de Viena en dos ocasiones en los siglos XVI y XVII. Pero desde el siglo XIX la ecuación cambió. Occidente la Gran Bretaña, Rusia y Francia se lanzó sobre la región; en el 2003 presenciamos a los Estados Unidos enfrentados a un país: a Iraq.

INTERESES OCCIDENTALES Y EL ASCENSO DE IRAQ

Los intereses occidentales son relativamente nuevos y datan, mal que bien, del siglo XIX (Hourani, 1992: 279-312; Cleveland, 1994)[1]. Ya en los albores del siglo XX al Imperio británico le interesaba el crudo de la región y después de la primera guerra mundial deseaban el iraquí (además de, por ejemplo, proteger a la India).

Después de la primera guerra mundial, la destrucción del imperio otomano no condujo a un nuevo orden sino a un nuevo desorden. Sus consecuencias están vigentes: así, la primera posguerra es fundamental para entender la política actual; allí se sitúan las raíces de un sinnúmero de conflictos territoriales, luchas de liberación nacional, conflictos interestatales y enfrentamientos internos que se convirtieron en normales. Esto es lo que el profesor Avi Shlaim denomina el síndrome post-otomano (Shlaim, 1995: 18).

El vacío de poder que produjo la desaparición del imperio turco fue ocupado por la Gran Bretaña, el nuevo hegemón regional. En términos legales, su llegada a la región estuvo legitimada por la recién creada Sociedad de las Naciones. Esta le adjudicó los territorios de Iraq y Palestina.

En estos territorios la Gran Bretaña fundó Iraq, el Emirato de TransJordania (la futura Jordania), el Mandato Británico de Palestina (el futuro estado de Israel) y Kuwait. Las nuevas fronteras se hicieron trasplantando principios de soberanía territorial de origen europeo a una región en donde las tribus eran más importantes que un Estado, en donde las fronteras tribales eran más claras que los límites nacionales y en donde prevalecía la ley del desierto.

La Gran Bretaña, en la medida en que definía estados, creía que estaba reduciendo las fricciones existentes entre las tribus. Además, divide et impera. Pero los nuevos estados eran autoritarios, inestables, sus gobernantes carecían de legitimidad y sus arbitrarias e ilógicas fronteras darían paso a reivindicaciones irredentistas. La tensión entre Kuwait e Iraq es todavía vigente. Algunas exigencias fueron satisfechas por la Gran Bretaña, otras no: estas generarían fricciones e inestabilidad.

La fundación del Reino de Iraq, en 1921, obedeció a los intereses políticos, estratégicos y comerciales del nuevo hegemón y de una familia de notables árabes y sus clientes: la dinastía Jachemita. El Iraq original constaba de dos provincias turcas: en el sur, Basora, de población shiíta árabe y, al norte de esta, Bagdad, de población también árabe, pero sunita. Los británicos adhirieron la provincia de Mosul, rica en petróleo y de población kurda, para conformar el nuevo reino. Sobre una verdadera torre de Babel de lenguas, pueblos y religiones Inglaterra trazó el mapa actual del país legitimando un poder tradicional y oligárquico y reforzando el carácter autoritario del régimen a través de elecciones. Las aspiraciones nacionales de los kurdos, por ejemplo, no fueron tenidas en cuenta, como tampoco las fracturas entre musulmanes shiítas y sunitas; los conflictos no tardarían en aparecer.

Se trataba de una soberanía limitada que frenaba también aquellas nuevas aspiraciones nacionalistas y panárabes de las cuales, décadas después, Saddam Hussein sería una de sus figuras, que surgen como reacción al régimen imperante. Ya en aquella época los nacionalistas sostenían que los británicos habían dividido a la nación árabe y que habían fundado un régimen autoritario. Cuando en 1941 un golpe de estado de militares de este tipo derrocó la monarquía, el ejército británico recuperó, mediante una intervención militar, la corona para los Jachemitas. El nacionalismo se resintió aún más tanto con la presencia inglesa como con la de la monarquía. Este tipo de acciones intervencionistas, en general, minaron y desprestigiaron la presencia de Occidente y, en específico, condujo a la caída de la monarquía en 1958. (¿Será que si se hubiera negociado con los militares iraquíes o se hubiera esperado a que el cambio se produjese desde el interior, los intereses británicos habrían estado protegidos de mejor manera?)

En suma, la llegada de la Gran Bretaña creo un estado artificial un mapa impuesto sobre comunidades muy diversas que generó brotes de violencia reiterativos y sentimientos nacionalistas antibritánicos y antioccidentales.

El vacío de poder que generó la paulatina caída del imperio británico posibilitó nuevas injerencias extranjeras: la rivalidad entre soviéticos y norteamericanos que después de la segunda guerra mundial produjo una recomposición de fuerzas concentró inicialmente los esfuerzos estadounidenses en Turquía e Irán (Pawelka, 1993: 71). Toda esta situación creó espacios para el triunfo de revoluciones nacionalistas árabes.

La novedad radicaba no solo en la desaparición del dominio directo de las potencias europeas sino también en la creación de estados independientes. La revolución que derrocó al régimen probritánico en Bagdad, en 1958, y, sobre todo el partido Baaz, en el poder desde 1968, que planteó el lema de "unidad, libertad, socialismo", se consideraba nacionalista, secular, incluía un proyecto social de redistribución de la riqueza y estaba orientado a la unificación de los árabes, lo que se traduciría en unas pretensiones imperiales. En la década de los setenta se inició un programa de modernización desde arriba, basado en una economía petrolizada, una alianza con los soviéticos y un gigantesco gasto público. El gobierno gastaba tanto en importación de productos de consumo para mejorar los niveles de vida, como en educación y en salud. En industria el gasto público aumentó doce veces, en transporte once veces y en construcción nueve veces. La nueva riqueza hizo al país menos dependiente de la Unión Soviética. Las relaciones con los Estados Unidos, aunque oficialmente rotas, mejoraban y se manifestaban, para finales de la década de los ochenta, en US 800 millones de dólares en importaciones (Miller y Mylroie, 1990: 104-105).

La otra cara del régimen iraquí la componía un poder dictatorial acompañado de un gran uso de la violencia. La heterogeneidad del país reforzada por el gobierno iraquí (Picard, 1993: 551-578)[2] heterogeneidad también resultante de las fronteras trazadas por los británicos, y sus consecuentes luchas por el poder han hecho de la violencia un instrumento cotidiano. La dictadura se convirtió en la manera tradicional para sofocar revueltas diversas y mantenerse en el poder. El régimen, inicialmente progresista, abrazó el autoritarismo. El Baaz se convirtió en partido único y omnipresente como instrumento esencial para intimidar la población (Baran, 2002: 26), apoyado por el ejército. En la última década Hussein, en contravía de los planteamientos modernos del partido, fomentó lealtades tribales (Martínez Muñoz, 200: 103-108).

El triunfo de la revolución islámica en Irán, en 1979, condujo a una recomposición de las fuerzas. Iraq invadió a Irán, potencia regional, para ocupar el vacío que las luchas internas de la revolución islámica estaban produciendo en la región, iniciándose así la primera guerra del Golfo (1980-1988).

La revolución islámica, un golpe contra la presencia norteamericana en el Golfo, acercó como nunca a iraquíes y estadounidenses. Estos abastecerían a aquellos con armas, recursos tecnológicos, partes de misiles computadores, químicos, insecticidas e información (Leser, 2003). Junto con los millones de dólares que aportaron las petromonarquías, Bagdad culminó un proceso de modernización, en este caso, fortaleciendo sus capacidades militares y tecnológicas. Cuando la guerra terminó se había convertido en una potencia regional que mantenía buenas relaciones con los Estados Unidos quienes lo veían como un firme aliado regional.

Así las cosas, Hussein, fortalecido en la década de los setenta y ochenta, se lanzó a una experiencia expansionista y hegemónica pensando en que había llegado la hora de ser el líder de la nación árabe y que, además, contaba con el apoyo estadounidense, de acuerdo con la famosa entrevista entre él y April Glaspie, embajadora norteamericana en Bagdad (Salinger y Laurent, 1991: 62-79)[3]. En la segunda guerra del Golfo (1991) quería romper el statu quo producto de la primera guerra mundial y convertirse en el Bismarck de la región. Derrotaría a los persas al oriente y a los israelitas y las monarquías al occidente[4].

Al mismo tiempo, Hussein comenzaba a observar una nueva situación. Como señaló en un discurso en 1990, la posguerra fría conduciría a nuevos peligros; una vez desaparecida la Unión Soviética, los Estados Unidos se convertirían en los dominadores de la región. La primera guerra del Golfo estaba, en parte, muy vinculada a la segunda: Iraq deseaba poder, riqueza, expansión territorial y militar, pero esta vez no quería depender de nadie. Quería evitar una dominación extranjera.

En resumen y en aras de matizar los problemas, en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial triunfó, con la revolución de 1958, un proyecto modernizante y nacionalista, como reacción a la hegemonía occidental que supo fortalecerse extrayendo ventajas de las superpotencias, a través de una economía petrolizada, una gran dosis de violencia y de coyunturas tales como el triunfo de la revolución islámica en Irán y el consiguiente apoyo norteamericano y de las petromonarquías.

LA POLÍTICA EXTERIOR NORTEAMERICANA EN EL GOLFO: LA ESCALADA

Durante el período de entreguerras los norteamericanos no tenían grandes intereses vitales y estratégicos en el Medio Oriente, no tenían clientes regionales ni bases militares.

Después de la segunda guerra mundial la política exterior estuvo signada por la seguridad y aprovisionamiento del crudo y la conservación de la independencia y estabilidad de los países productores, el control de posiciones estratégicas de la región, la defensa de Israel, el silenciar estados que "no cooperan" (Laurens, 1991) y, por supuesto, la contención de la URSS, una política que veía a Moscú detrás de cualquier proceso anti gringo.

En ese orden de ideas, un recorrido histórico nos muestra una escalada en la posición norteamericana; militarizando paulatinamente la región se pasó de una política de gendarmes regionales apoyando regímenes autoritarios ya fuesen monárquicos o repúblicas de militares a un dominio directo cuya manifestación más clara es su actitud actual.

La década de los setenta nos muestra varios ejemplos iniciales. Una de las consecuencias del famoso shock petrolero de 1973 consistió en una transferencia de armas, bienes, servicios y recursos hacia los países productores de petróleo. Al mismo tiempo, los norteamericanos, quienes no tenían los suficientes recursos, mantenían una presencia a través de gendarmes regionales: la Doctrina Nixon. El Irán monárquico y autoritario debía salvaguardar el Golfo para Occidente. Entre 1973 y 1980 Irán y Arabia Saudita compraron armas por un valor de 30 mil millones de dólares (Shlaim, 1995: 65). Los Estados Unidos apoyaban, así, a dos monarquías, poco importaba si eran o no regímenes democráticos o si la venta de armas pudiese desestabilizar la región.

Pero la caída de Irán, con el triunfo de la revolución islámica, y la invasión rusa a Afganistán (ambas en 1979), crearon un sentimiento de vulnerabilidad en Washington. Su gendarme había desaparecido y por primera vez tropas soviéticas invadían un país que no era del bloque comunista. La respuesta fue la Doctrina Cárter que especificaba que el Golfo representaba un interés vital para los Estados Unidos. Era una clara advertencia a la Unión Soviética. En 1980 Cárter tuvo acceso a Masira, una isla cercana al Golfo que le pertenecía a Omán, y a bases de apoyo en Somalia, Mombasa y Egipto. Pero en el Golfo todavía las monarquías no veían con buenos ojos la presencia militar directa estadounidense pues, por un lado, consideraban que la amenaza provenía de Israel y no de la Unión Soviética y, por el otro, temían que ello condujese a enfrentamientos dentro de sus países. De todas maneras, los saudíes les continuaban comprando armas y ayuda profesional militar, al mismo tiempo que los fondos norteamericanos 5,5 mil millones de dólares entre 1981 y 1982 no eran suficientes para una presencia directa (Khaddurij, 1998: 143-145).

Aunque todavía en la década de los setenta Iraq tenía el lema "ni Oriente ni Occidente" e intentaba llevarlo a cabo, para los Estados Unidos era un aliado de la Unión Soviética. No bastaba que Bagdad hubiese liquidado al partido comunista y condenado la invasión rusa a Afganistán demostrando así independencia de la Unión Soviética. Pero las relaciones cambiaron en la década de los ochenta. Ante la desaparición del gendarme Irán, Iraq se perfiló como el sucesor de esa política. La primera guerra del Golfo (1980-1988) creó la oportunidad: el objetivo común iraquí-norteamericano consistía en detener la triunfante revolución islámica en Irán. Los Estados Unidos y sus aliados árabes armaron a Hussein. Para aquellos, además, el crudo no podía caer en manos de los revolucionarios islámicos.

En síntesis, a finales de la década de los ochenta la administración Reagan consideraba a Iraq su nuevo aliado regional, como anteriormente había sido Irán, continuando así la política de los gendarmes prooccidentales. Lo consideraba moderado, bastión de estabilidad regional, le continuaba vendiendo sofisticada tecnología y le otorgaba créditos del Export-Import Bank. Sobre el régimen represivo y la violación de derechos humanos los norteamericanos callaban. El nuevo gendarme parecía un buen aliado.

Pero la década de los noventa marcó una cesura. La invasión iraquí a Kuwait condujo a la segunda guerra del Golfo (1991) y los Estados Unidos entendieron que Hussein ya no era el aliado de los ochenta sino un nuevo rival. Diez años de intereses comunes desaparecieron de la noche a la mañana. Otro gendarme más dejaba de serlo.

Iraq pudo ser destruido, además, porque los Estados Unidos como única superpotencia, una vez desaparecida la Unión Soviética, contaban con un campo de acción más libre en la región.

Con la desaparición de la URSS, la destrucción de Iraq durante la segunda guerra del Golfo, el fortalecimiento de las alianzas regionales y una presencia militar directa en el Golfo bases en Arabia Saudita, el estacionamiento de aviones de guerra en Kuwait y patrullaje con una de sus flotas los americanos se posicionaron en la región como nunca antes lo habían hecho. Por primera vez, desde la retirada británica en 1971, el Golfo comenzó a ser vigilado directamente por una potencia occidental. Los saudíes permitieron bases norteamericanas en su territorio ya que las relaciones con Israel mejoraban, a pesar de críticas internas.

La presencia militar de Washington aumentó. La seguridad de las monarquías dependía ahora de la presencia directa estadounidense, al mismo tiempo que compraban armas. Con la política de la "doble contención" y la doctrina de los "estados picaros" (rogue states) se intimidaba a Iraq y a Irán: el objetivo principal consistía en conservar el statu quo y prevenir cualquier desequilibrio en contra. Se había alcanzado la hegemonía regional (Hudson, 1996: 329-343)[5]. Así como la hegemonía británica en entreguerras era incontestada la política gringa después de 1991 no tenía grandes rivales militares.

LAS RAZONES DE LA CRISIS ACTUAL: VERSIONES OFICIALES Y VERSIONES CRÍTICAS

Así llega nuestro recorrido histórico a la crisis actual. Ya antes del estallido de la tercera guerra del Golfo las versiones oficiales de los estados enfrentados circulaban en los medios de comunicación. Veámoslas más de cerca.

Una parte de la versión oficial norteamericana aducía que se trataba de combatir el terrorismo internacional y eliminar una potencia peligrosa que poseía armas de destrucción masiva ya fuesen nucleares, químicas o bacteriológicas. Claro está que destruir a Iraq hacía parte de los planes; después de todo, este país que en algún momento pensó liderar la causa árabe nacionalista se convirtió en un rival de la superpotencia.

Pero la pregunta es, ¿qué tan peligroso era Iraq? o, ¿si en la década de los noventa se alcanzó la hegemonía estadounidense por qué la avanzada del 2003? Si Bagdad hubiera estado verdaderamente armado tal vez hubiese presentado un verdadero desafío a la hegemonía gringa: el choque de dos proyectos hegemónicos en el 2003. Es decir, de nuevo hubiera estado en juego quién decidiría los destinos del Golfo Pérsico. Esta historia se encuentra en la larga duración.

Pero todo parece indicar que no se trataba de una amenaza mundial, sobre todo si tenemos en cuenta la contundente derrota militar en 1991, doce años de embargo, las limitaciones a su espacio aéreo, el haber estado bajo constante vigilancia y la consiguiente rápida derrota del 2003. Formulemos la tesis, más bien, de que se invadió el país más débil de la región como el primer paso a un nuevo tipo de hegemonía regional: la presencia definitiva, directa y militarmente masiva; la culminación de la escalada en el eslabón menos fuerte de los estados regionales. Hasta el momento no se han encontrado las famosas armas de destrucción masiva, y si las hubiese habido, ¿no las hubiera utilizado el como dirían los gringos "despiadado" dictador?

Otra parte de la versión oficial dice que las acciones iraquíes eran el producto del "mal". Pero valdría la pena considerar qué causa el antiamericanismo en Iraq o en la región en general. Muchos ven en la política norteamericana la continuidad de la hegemonía occidental, otros critican el apoyo irrestricto a regímenes autoritarios, a otros les provoca una gran indignación el apoyo norteamericano a Israel en contra de los derechos nacionales palestinos.

Continúa la versión oficial añadiendo que se trata de acabar con una dictadura en nombre de la democracia. Pero los norteamericanos en diversas ocasiones y continentes las han apoyado. Ya vimos cómo el "malo" Hussein fue apoyado por los EE. UU. Más correcto sería afirmar que se trata de eliminar una dictadura que es "enemiga" de los Estados Unidos. Es decir, no es una cuestión de principios jurídico-políticos, sino de Realpolitik.

Una parte de la versión iraquí señalaba que los norteamericanos, ante todo, querían derrocar al gobierno de turno para colocar uno cercano a sus intereses, apoderarse del petróleo y tener el poder en la región; es decir, no se trata de la simple destrucción de armas una versión que se ajusta más a la realidad. La otra parte de la versión que apunta a denunciar una agresión contra un país árabe y solicita la solidaridad frente al imperialismo, nos parece más ideologizada pues como ya hemos demostrado Hussein no sido meramente una víctima.

Si miramos más allá de las versiones oficiales hay que tener en cuenta los imperativos económicos del crecimiento estadounidense. Hoy en día se encuentran en el poder los sectores más conservadores de la sociedad que han lanzado una estrategia global en donde cuentan intereses militares y estratégicos, ideológicos y económicos y que defienden una política unilateral que ve al mundo como un escenario real de conflictos y lleno de peligros (Mohamedi y Sadowski, 2001: 13-14).

Desde los inicios de la actual administración las acciones unilaterales han sido muy variadas aunque después de los hechos de septiembre se hizo necesaria la cooperación multilateral; el conflicto debería asumir un carácter planetario contra un enemigo planetario. Pero la guerra se produjo sin la aprobación de las Naciones Unidas, lo que indicó el retorno a las acciones unilaterales. Al escribir estas líneas, sin embargo, algunos países, como la Gran Bretaña, revindicaban las acciones del famoso organismo multilateral y los norteamericanos parecían estar de acuerdo, sobre todo en lo concerniente a su participación en el nuevo Iraq. Todo parece indicar que dentro del gobierno norteamericano existen desavenencias al respecto.

Como en el caso de la Gran Bretaña después de la primera guerra mundial, el petróleo juega también hoy un papel. Algunos analistas opinan incorrectamente que no es propiamente por el crudo porque si de ello se tratase los norteamericanos estarían a punto de invadir a Venezuela por la crisis que allí se atraviesa. Este razonamiento parte de una premisa falsa: los Estados Unidos atacan cuando ven estrangulados sus recursos de crudo. Pero ese no es el problema. Los norteamericanos poseen fuentes alternas. Se trata, más bien, de construir opciones a largo plazo. Un gobierno a su favor en Bagdad seguramente privilegiaría a sus compañías en vez de las rusas o francesas que ya en la década pasada habían negociado con Iraq su presencia en este país, una vez terminase el embargo. Aquí estaña una parte de la explicación de por qué Rusia y Francia no ven con buenos ojos una hegemonía gringa.

Pero la historia es más extensa. Con la caída de la Unión Soviética y el surgimiento de repúblicas independientes en la Transcaucásica y Asia central, estas dos regiones, que incluyen el Mar Caspio, se convirtieron en objeto de una rivalidad de multinacionales y sus respectivos estados. La prospección petrolera y la construcción de oleoductos hacia los mares se convirtieron en objeto de rivalidad internacional. Los Estados Unidos desean, pues, acceder a las vastas reservas petroleras y a los oleoductos. En el siglo XIX a la competencia entre las potencias en esta región se le denominó el "Gran Juego" (Chetarian, 2001: 16-17; Rashid, 2001: 219-239).

Diversos cálculos precisan que la dependencia norteamericana del crudo crecerá con el pasar del tiempo. Se necesita no solo diversificar las fuentes extranjeras sino también controlarlas ya que varias de esas regiones petroleras son inestables, o son antiamericanas, o, al menos, podrían presentar algún tipo de resistencia a cualquier presencia gringa.

Un estudio del Deutsche Bank señala que más de una veintena de compañías petroleras, con Rusia y Francia a la cabeza, y que incluyen, además, a Argelia, Malasia, Turquía, China, Italia y Gran Bretaña, estarían compitiendo por establecerse en Iraq. Se trata de 112 mil millones de barriles sin contar con las reservas todavía en prospección a lo largo de la frontera con Arabia Saudita y Jordania, que probablemente contienen entre 60 y 200 mil millones de barriles. La competencia es grande.

La cuestión no tiene que ver solamente con intereses petroleros. Si la tendencia a la consecución del petróleo no es nueva, los eventos de septiembre les presentó la oportunidad para llevar a cabo unas estrategias militares que apuntan a hacer de los Estados Unidos el hegemón planetario. Después del 11 de septiembre surgió la idea de emplear fuerzas preventivas y cada vez más ágiles, más efectivas, y que, contando con el gran uso de las tecnologías más sofisticadas, pudiesen llegar a cualquier parte del mundo. Hace más de 40 años el presidente norteamericano Eisenhower advirtió sobre la inadmisible influencia en la política del "complejo militar-industrial". Hoy por hoy, los analistas hablan del triángulo industria armamentista, militares y políticos que toman decisiones sobre estrategia, asignación de recursos y sistemas de armas. De las diez compañías productoras de armamento más importantes, siete se sitúan en los Estados Unidos. En el gobierno actual están presentes otrora ejecutivos de compañías petroleras y de armamentos. El presupuesto nacional de defensa es 25 veces más alto que la totalidad de los presupuestos de aquellos que Estados Unidos denomina "picaros": Irán, Iraq, Libia, Siria, Sudán, Corea del Norte y Cuba.

Más aún, la actual administración quiere distinguirse claramente de su predecesora a quien ve como poco efectiva en materia de política exterior. Clinton estaría para Bush en la línea de toda una tradición de ciertos grupos llamados aislacionistas. Para éste el 11 de septiembre es un claro indicio de que "América" no puede darse el lujo de permanecer aislada. Se trata de un expansionismo mesiánico en nombre de la democracia, la religión y la lucha contra el terrorismo. Bush cree que definitivamente los valores occidentales democráticos van a llegar a Iraq y que el atraso y, por ende, el terrorismo del Medio Oriente se debe a la falta de democratización. Más aún, Bush es un fiel creyente. Está convencido de que Dios está con él, es decir con el "bien" y que la lucha en contra del "mal" es justa. Se trata también de una cruzada con tintes religiosos: la tónica estadounidense "con nosotros o contra nosotros" es la misma desde los eventos de septiembre: ¿una guerra religiosa?

Como en 1990, los EE. UU. movilizaron sus tropas antes de cualquier arreglo. La guerra estaba decidida desde un principio. Ellos señalaron desde el comienzo quién era el enemigo.

A MANERA DE CONCLUSIÓN

El conflicto, pues, se inscribe en una serie de continuidades de vieja data que junto con la historia contemporánea mezcla intereses occidentales y regionales.

Si en una época lejana el mundo islámico avanzó sobre Occidente, desde el siglo XIX presenciamos el caso contrario: la avanzada occidental. La Pax Británnica del período entre guerras como la Pax Americana actualmente no presentan grandes rivales y ambas, en aras de la estabilidad, no vacilaron en apoyar regímenes autoritarios. Para las dos primaba el petróleo y la estabilidad.

En términos geopolíticos todo parece indicar que se está produciendo una avanzada hegemónica norteamericana sin precedentes, ya que en los últimos 50 años presenciamos una escalada norteamericana en la región del Golfo Pérsico: de la política de gendarmes y la rivalidad con la Unión Soviética al control directo sin competencia.

Al mismo tiempo, la fundación de Iraq en 1921, inicialmente prooccidental y autoritaria, condujo a una reacción nacionalista triunfante: la revolución de militares de 1958. Pero esta ideología, sumada a una modernización acelerada y petrolizada, despertó ánimos expansionistas. Así, Iraq creció y se fortaleció gradualmente. Un país dependiente y débil se transformó en una potencia regional, de progresista a expansionista, lo que produjo su caída.

Hussein soñó con ser el heredero de los grandes gobernantes históricos de Mesopotamia pero su proyecto lo condujo a tres guerras. La primera lo fortaleció, la segunda lo debilitó y la tercera produjo su caída definitiva. El pueblo iraquí, víctima tanto del embargo que los norteamericanos obstinadamente durante toda la década pasada se rehusaron a levantar, y del régimen dictatorial, fueron otra vez las víctimas en la tercera guerra del Golfo.

Así pues, los problemas creados por la primera posguerra no han desaparecido. Como diría el profesor Shlaim: continúa el síndrome post-otomano.

PERSPECTIVAS

En ese orden de ideas, ¿quién se beneficiará? ¿hasta qué punto se creará un orden estable?

Muchos justifican la acción norteamericana porque la democracia florecerá en Iraq (Winter, 2003: 2-18) y eso, de por sí, vale la pena. Pero ¿es así de fácil? Dos de las estructuras fundamentales de las últimas décadas, el Baaz y el aparato militar, colapsaron pero las fricciones étnicas y religiosas, es decir, la gran diversidad que el régimen mantuvo a raya no ha desaparecido, ¿se producirán conflictos internos? La guerra podría destapar rivalidades entre regiones y rencores que Hussein contuvo con su dictadura militar partidista. No existe una gran tradición de fuerzas democráticas, ¿surgirán de la noche a la mañana con la varita mágica estadounidense? El tribalismo fomentado por Hussein, ¿se convertirá en otra fractura más? ¿Podrá ser desmontado el excesivo centralismo autoritario? La Pax Americana no parece tener en cuenta la complejidad y fragmentación de Iraq. ¿Cómo se va a tratar a los prisioneros de guerra? ¿Como a los Talibán en Guantánamo?

La campaña norteamericana se justificó también con la idea de acabar con un régi- men despótico. Pero, resulta que regímenes despóticos como los de Arabia Saudita y Egipto son aliados de los Estados Unidos. Por supuesto que a ellos no se les va a invadir.

Los kurdos, habitantes del norte de Iraq, creen en algún tipo de federación que les otorgue sus libertades perdidas, ¿será posible realizar ese plan teniendo en cuenta que Turquía, aliada de Norteamérica, ve con malos ojos cualquier autonomía kurda iraquí? A Turquía le ha convenido que Iraq mantuviese a raya a sus kurdos; así ha debilitado a los kurdos turcos. Al escribir estas líneas los norteamericanos acababan de invitar a oficiales turcos a participar en las acciones del norte del Iraq. ¿Será el inicio de una serie de limitantes que se le impondrán a los kurdos iraquíes?

Los shiítas iraquíes, que son entre el 65 y el 70% de la población, y que habían sido excluidos del poder por la minoría sunita de Hussein están aprovechando la nueva situación para reivindicar sus aspiraciones reprimidas por tanto tiempo. Ya intentaron hacerlo en 1991 cuando creyeron que el régimen se había debilitado por la guerra. Recordemos que en aquel entonces no fueron apoyados por los Estados Unidos. Más aún, ¿qué hará el Irán shiíta? ¿apoyará a sus correligionarios en Iraq ahora que estos gozan de espacios políticos?

Bush padre, durante la segunda guerra del Golfo y para movilizar apoyo, formuló la idea de un nuevo orden democrático, un programa de cinco puntos para la región: democracia, desarrollo económico, control de armas, seguridad en el Golfo y solución al problema palestino. Los resultados nunca se vieron. Un solo ejemplo: en la inmediata posguerra, kurdos y shiítas fueron duramente reprimidos por Hussein y no recibieron el apoyo gringo para lograr reformas políticas. ¿Será que los estadounidenses esta vez sí van a garantizar las aspiraciones libertarias de las múltiples comunidades iraquíes? Según ellos, sí.

Tal parece que no va a haber un gobierno marioneta en Bagdad que probablemente atizaría el tradicional antiamericanismo en la región, ánimos antioccidentales y, por ende, antiliberales. Elecciones libres son un paso positivo, pero una larga permanencia militar podría desacreditar a los estadounidenses. Imaginemos una discusión interna en el Medio Oriente, ¿cómo podrían intelectuales modernos de la región convencer a sectores antioccidentales de los beneficios de Occidente cuando este está permaneciendo largamente en un país?

Suponiendo que Iraq fuese un centro del terrorismo internacional, ¿la acción militar es la solución al problema? Para acabar con el terrorismo se necesita una solución a las injusticias que lo crean. Más que un problema militar, ¿no es un problema social? Bueno, según Bush, es un problema de falta de democracia.

¿Establecerán los norteamericanos, como lo hizo la Gran Bretaña, una democracia restringida? Al terminar estas notas los gringos no veían con buenos ojos las manifestaciones shiítas, que interpretan como la intervención de Irán a favor de un gobierno islámico. ¿Qué pasaría si en un juego democrático el clero shiíta llegase al poder? La tesis de un Irán que exporta la revolución se parece a la que utilizaban durante la Guerra Fría ciertos norteamericanos cuando culpaban a los soviéticos de estar detrás de movimientos sociales en el Tercer Mundo. Tanto en este caso, como en el actual, se ignoran las circunstancias históricas del correspondiente país y se apela a una teoría simplista de la conspiración.

Igualmente, oficiales turcos han sido invitados por los norteamericanos al norte del Irak y milicias de guerrillas kurdas comienzan a ser desarmadas. ¿Están interviniendo los turcos en el futuro del norte de Iraq? Los norteamericanos critican —en aras de la democracia— la intervención de terceros, como a Irán; pero invitan a otros terceros: a los turcos. ¿Al fin qué?

Muchos en el Medio Oriente detestan la intervención gringa como también el régimen de Hussein. Pero además han visto cómo muchos regímenes dictatoriales han sido apoyados por los Estados Unidos. A ellos les cuesta trabajo creer que esta vez Norteamérica sí va a apoyar la democracia en Iraq. En Afganistán, por ejemplo, a pesar de la invasión gringa, hoy en día se están fortaleciendo los señores de la guerra. Es decir, las fracturas tradicionales del país están cada vez más al orden del día. Una vez eliminado el enemigo talibán, la situación afgana perdió el interés.

Invadir Iraq, uno de los estados más importantes de la región, conlleva otros riesgos ya que el equilibrio de poder regional se redefinirá. Sus vecinos que ya no tendrán a los debilitados ejércitos iraquíes al otro lado de la frontera ¿qué harán? ¿Se sentirán amenazados? Dos enemigos tradicionales de los gringos se verán rodeados: Irán y Siria. ¿Serán los próximos objetivos "preventivos"? A Siria le convendría un enemigo tradicional derrotado pero quedaría rodeado de enemigos: Israel, Turquía, Jordania y Estados Unidos ¿cómo reaccionará? Al momento de este escrito, los Estados Unidos comenzaban a ejercer fuertes presiones sobre Siria. La retórica en contra de este país es la misma que se acaba de utilizar contra Iraq: ¿el preludio a otra invasión?

¿Qué pasará en Irán? Por una parte, ya hay tropas norteamericanas en su frontera oriental, concretamente en Afganistán, ¿se va a sentir presionado con la ocupación militar al occidente de su frontera? ¿Se agudizará el conflicto interno? (Bosemberg, 1997: 51-65; Khosrokhavar y Roy, 2000) ¿O se unirá versus EE. UU.? El campo reformista liderado por Jamenei que está intentando abrir espacios más democráticos, ¿se verá debilitado a favor del sector conservador que en los lineamientos de Jomeini desea una sociedad más cerrada y una política más antioccidental? Por otra parte, a Teherán le convendría ver a un enemigo tradicional derrotado y así probablemente ingerir en Iraq a través de los shiítas. El petróleo en manos norteamericanas que deseen maximizar la inversión conduciría a bajar los precios, lo que le convendría a EE. UU. pero no a Irán; tampoco a Arabia Saudita.

Otro aspecto que hay que tener en cuenta son las consecuencias de orden internacional. La Unión Europea se está dividiendo, y probablemente la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) también siga por ese curso. Puesto que la guerra tuvo lugar sin la aprobación de las Naciones Unidas su desprestigio es inmenso y, seguidamente, dará pie para más acciones unilaterales y no sólo por parte de los Estados Unidos.

La guerra tuvo lugar porque sólo en el Medio Oriente es posible. En otro escenario no. A los norteamericanos les va a quedar imposible luchar contra la otra parte del "eje": Corea del Norte. Con unos chinos y japoneses presentes en el Lejano Oriente tocará tomar otra alternativa.

Una vez más vuelve al vocabulario intelectual y político la famosa frase de Hungtinton "el choque de civilizaciones". Pero la historia entre Occidente y el Medio Oriente no ha sido siempre un "choque"; está llena de amores y odios, de intercambios y de bloqueos, de aceptación y de rechazo, de guerra y de paz. La negación de los derechos nacionales palestinos, el terrorismo islámico y la hegemonía norteamericana, contribuyen a que hoy en día la relación entre las dos partes no sea la mejor. Desde el siglo XIX se han sucedido innumerables intervenciones occidentales. Esta es otra de ellas. Lo que se necesita es un diálogo entre las civilizaciones. Porque recolonizar en nombre de la democracia puede ser dañino para las democracias occidentales.

En alguna ocasión nos referimos a la segunda guerra del Golfo como una de las grandes cesuras de la región[6]; todo parece indicar que la tercera guerra del Golfo es otra de ellas.

Algunos festejan ya la caída de Bagdad como un gran triunfo pero todavía es muy temprano para hacer un balance real de la situación.

 

Ajami, Fouad, "Iraq and the Arabs Future", Foreign Affairs, enero-febrero 2003, pp. 2-18.

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Bosemberg, Luis E., "Neoliberalismo, reformas y apertura en Irán: ¿un nuevo país?", Historia Crítica, No. 15, julio-diciembre 1997, pp. 51-65.

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Leser, Eric, "Les Etats-Unis ont lourdement armé l'Irak dans les années 1980", Le Monde Diplomatique, 7 de marzo 2003.

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Shlaim, Avi, War and Peace in the Middle East: A Concise History, Londres: Penguin Books, 1995.



[1]     Los intereses variaban según la potencia y eran de tipo comercial, financiero, etc.

[2]     Picard hace un balance sobre los efectos de los gobiernos de militares.

[3]     Durante la entrevista Hussein pensó que los norteamericanos le habían dado luz verde, entre otras, cuando la embajadora le expresó que el conflicto fronterizo Irak-Kuwait no incumbía a los norteamericanos. Algunos autores opinan que se trató de un juego para provocar a Hussein.

[4]    En el mundo árabe muchos decían que así como Alemania fue unida "a sangre y hierro" Hussein estaba haciendo lo mismo. Bismarck no sólo unificó a Alemania después de tres guerras derrotando a Dinamarca, Austria y Francia, sino que explícitamente expresó que "las cuestiones de la época no la deciden ni los discursos ni los acuerdos de la mayoría...(sino) el hierro y la sangre".

[5]     Si se hace un balance de la situación americana está claro que nunca había estado tan a su favor: la URSS había desaparecido, Israel no sólo había sobrevivido sino que era la potencia regional por excelencia, el nacionalismo árabe había abandonado su radicalidad de antaño y el petróleo (o casi todo) se halla en manos de aliados dependientes de los americanos.

[6]     Nos referíamos a los impactos producidos por la primera guerra mundial; la primera guerra árabe-israelita, 1948-1949; la segunda guerra árabe-israelita, 1956 y la tercera guerra árabe-israelita, 1967.