ADMINISTRANDO LA ADVERSIDAD: RESPUESTAS EMPRESARIALES AL CONFLICTO COLOMBIANO
Angelika Rettberg
Profesora asistente. Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes
es
El análisis del conflicto interno colombiano ha estado centrado en los actores armados, el estado, sus implicaciones políticas y económicas y sus alcances a nivel internacional; actores privados o no combatientes parecen no tener lugar en el mismo. Este artículo no solo se refiere al comportamiento del sector empresarial y a la forma en la que se ha visto afectado por el conflicto, sino a su definición como agente definitivo en la resolución del mismo. Sin embargo, el texto repara en la heterogeneidad de la composición del sector y de las respuestas que pueda dar; por tal razón se refiere a la dificultad de conceptualizarlo como un cuerpo indiviso proactivo en la construcción de la paz.
conflicto armado colombiano/ sector empresarial/ actores no combatientes/ costos del conflicto/ nuevos agentes de resolución
Analyses of Colombia 's internal conflict have focused upon armed actors, the state, the political and economic implications of the war, and its international projection, while private actors and non-combatants have received scant attention. This article not only refers to the behavior of the private sector and the ways in which it has been affected by the conflict, but also discusses this sector as a definitive agent of conflict resolution. However, the author also highlights the heterogeneity of both the private sector and its reactions to conflict, leading her to discuss the difficulties of conceptualizing il as a unitary, proactive participant in the construction of peace.
Colombian armed conflict/ private actors/ conflict cost/ new parties of resolution
37-54
01/05/2002
01/05/2002
Este artículo se basa en la ponencia ¿Oportunidad, inspiración o necesidad? Un análisis de las respuestas empresariales al conflicto colombiano, presentada en el foro La economía política del conflicto colombiano, organizado por el Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, el 16 de agosto de 2002. Presenta resultados parciales de dos investigaciones en marcha: Angelika Rettberg (investigadora principal), "Empresarios y paz: un estudio comparado de la participación de los empresarios en las negociaciones de paz en El Salvador, Guatemala y Colombia", gestionada por el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional, financiada por Colciencias y avalada por el grupo de investigación Guerra, nación y democracia, del IEPRI y Angelika Rettberg (investigadora principal), "Building Peace Locally: Business-Led Peace Initiatives at the Local Level in Colombia", gestionada por las facultades de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario y el departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, con la financiación del Crisis States Programme del London School of Economics. Agradezco a Allison González por su valiosa asistencia de investigación. Gracias también a Enrique Chaux, Roberto Gutiérrez, Jaime Ruiz, Daniel Suárez, Diana Trujillo y dos evaluadores anónimos por sus comentarios y sugerencias respecto a una versión anterior de este artículo.
Recibido: 02/10/003 - Aprobado: 03/26/003.
En años recientes el conflicto colombiano se ha convertido en objeto de estudio de la boyante literatura sobre la economía política de los conflictos armados. Esta perspectiva ha arrojado nuevas aproximaciones y explicaciones innovadoras sobre los complejos nexos entre los móviles políticos y económicos de las partes en guerra como factor explicativo fundamental de la dinámica y la naturaleza del conflicto (e.g. Camacho, 2002; Richani, 1997 y Rubio, 1997). Este artículo sugiere que es preciso sumar a estos estudios el análisis de actores no combatientes que adaptan su comportamiento político y económico a las circunstancias del conflicto. Aquí se propone que el sector privado colombiano es uno de estos actores cuyo comportamiento se ve directa o indirectamente afectado por —y a su vez afecta— el conflicto.
Como otros sectores de la sociedad, los empresarios[1] colombianos han sido víctimas, espectadores y protagonistas del conflicto armado nacional. Sin embargo, se distinguen de otros sectores por dos razones, fundamentalmente: por un lado, es notable la magnitud del costo económico que han asumido como consecuencia del conflicto (basado en indicadores como la tributación legal e ilegal, pérdida de oportunidades de inversión y destrucción de infraestructura productiva); por otro lado, los empresarios serán actores imprescindibles en una posible salida al conflicto.
En efecto, como fuentes de tributación, inversión y empleo, los empresarios se constituyen en poderes con capacidad superior de veto sobre las políticas públicas. De su cooperación depende el logro de metas como el crecimiento económico y el de un mayor bienestar para una sociedad (Lindblom, 1977, 1984; Evans, 1992, 1997). Como consecuencia, el imperativo de atraer y mantener un ambiente favorable para la inversión y la necesidad de propiciar las condiciones para que la actividad productiva prospere se encuentran entre los constreñimientos y metas más constantes e implacables de la acción estatal (Winters, 1996). La superación del conflicto colombiano ilustra esta relación, pues dependerá en buena medida de la generación de incentivos para que los empresarios se vinculen al esfuerzo que ello demanda.
A la luz de este enunciado y con base en entrevistas con empresarios y una extensa revisión de la literatura primaria y secundaria, este artículo analizará de qué manera los empresarios colombianos se han visto involucrados en el conflicto. En una según da parte, describirá qué estrategias han adoptado frente a él. Con ello, el artículo busca aportar al conocimiento de la economía política del conflicto armado colombiano y al debate internacional sobre la relación entre sector privado y conflicto.
La creciente literatura sobre la economía política de los conflictos armados propone que éstos pueden generar incentivos económicos para diversos actores, quienes desarrollan un interés en la continuación de los mismos (Keen, 1998; Berdal y Malone, 2000). En ese sentido, cuestiona que los conflictos necesariamente acarrean consecuencias negativas para la totalidad de las sociedades afectadas, constituyendo algo así como una desviación de una 'normalidad' pacífica. Por el contrario, sugiere que pueden adquirir visos de normalidad a medida que los actores internalizan las circunstancias y adaptan su comportamiento a ellas. Por otro lado, en su empeño por analizar la interacción entre factores económicos y políticos, ha destacado de qué manera la actividad económica de determinados actores puede contribuir al mantenimiento de los conflictos, intencionalmente o como efecto secundario de su actividad.
El sector privado ilustra estas proposiciones. Como lo han sugerido diversos estudios, por medio de su actividad económica éste ha contribuido a la profundización o al mantenimiento de conflictos en distintos países: por ejemplo, en Nigeria, la petrolera Shell ha sido implicada en la represión social liderada por el gobierno contra opositores a la exploración[2], mientras que la comercializadora surafricana de diamantes DeBeers ha sido criticada por contribuir a la consolidación financiera de los rebeldes de Angola, de la República Democrática del Congo (anteriormente Zaire) y de Sierra Leona por medio de la adquisición de diamantes extraídos de minas bajo control rebelde (Global Witness, 1998, 2000; Cilliers y Dietrich, 2000). De forma similar, la actividad de empresas petroleras como la canadiense Talismán en Sudán y la estadounidense Oxy en Colombia ha puesto sobre el tapete la pregunta acerca de los lazos entre la búsqueda de lucro y rentabilidad por parte de compañías privadas y la profundización o mantenimiento de los conflictos locales (Bennett, 2001; Mack, 2002)[3].
Según la literatura, la contribución —intencional o como efecto secundario— de estas compañías a la profundización o mantenimiento de los conflictos opera en distintas direcciones. Por un lado, las empresas pueden contribuir al mantenimiento y profundización de los conflictos comprando materias primas a los rebeldes (como en el caso de los diamantes y la madera), generándoles viabilidad financiera (Global Witness, 2001). Pagar secuestros y extorsiones también contribuye a la financiación de los actores armados. Además, muchas empresas en contextos de conflicto financian milicias privadas para proteger sus actividades, generando muchas veces un nuevo foco de violencia (Lilly, 2000; International Consortium of Investigative Journalists, 2002). En cuarto lugar, muchas veces las empresas han pagado sobornos a funcionarios estatales para mantener sus operaciones en zonas contenciosas, apoyando así gobiernos corruptos e ilegítimos (Davies, 2000). Por otro lado, si bien los conflictos deprimen los precios de algunos bienes y servicios, también elevan los precios de otros, como los servicios de seguridad y la fabricación de armamento, generando así mercados lucrativos para empresas especializadas en estos campos (Center for Public Integrity, 2002). Finalmente, la incertidumbre resultante de los conflictos y el retiro de aquellas compañías más adversas al riesgo permite a las firmas que resisten controlar la producción, beneficiándose también de una disminución de las restricciones legales a sus actividades y de la posibilidad de pagar bajos salarios (Cilliers y Dietrich, 2000; Global Witness, 1999, 1998). En conjunto, estos factores muestran que distintas empresas han contribuido a la profundización de los conflictos por medio de su actuación económica a la vez que han derivado oportunidades de negocios de los conflictos armados en sus países anfitriones[4].
Esta literatura —de gran riqueza empírica— ofrece un marco general de obligatoria referencia para analizar la relación entre sector privado y conflicto. Sin embargo, quedan varios temas por explorar. En primer lugar, el énfasis en el sector extractivo concentra el análisis en aquellas compañías más directamente involucradas en el conflicto. Ello descuida las acciones y reacciones de otros sectores empresariales que, sin estar en medio del fuego, también pueden estar contribuyendo al conflicto o sufriendo sus consecuencias, llevándolos a modificar sus prácticas. Este es el caso del sector financiero o de aquellos empresarios que se desenvuelven en el ámbito urbano, menos inmerso en el conflicto que el campo. Conviene entonces expandir la mirada para abarcar un conjunto más amplio de posibles retos y estrategias del sector privado en un contexto de conflicto.
En segundo lugar, la literatura tiende a presentar al sector privado como un actor unificado. Sin embargo, la heterogeneidad que en la práctica caracteriza sus reacciones en contextos de conflicto sugiere que es necesario explorar algunas distinciones internas al sector privado para explicar la variación. Una de esas distinciones es aquella entre sector privado doméstico e internacional. Hasta ahora, la literatura sobre sector privado y conflicto ha privilegiado el estudio de las compañías transnacionales que obtienen sus insumos de países en situaciones de crisis interna. Su visibilidad internacional, su exposición a la presión de grupos de la sociedad civil en sus países de origen, su peso económico en las economías anfitrionas y su frecuente vinculación al sector extractivo —por lo general en el nudo del conflicto (de Soysa, 2000) — explican este sesgo.
Sin embargo, este acento ha descuidado el sector privado local, las particulares circunstancias políticas y económicas que enfrenta, las motivaciones que lo guían y las opciones y estrategias que explora. Algunas de esas diferencias atañen a las alternativas de acción disponibles para empresarios nacionales versus extranjeros, como también —al interior del sector privado nacional— la forma en la que experimentan el conflicto empresarios de diferentes sectores de la economía. Sumados a las distinciones entre las condiciones urbanas y rurales del conflicto, estos factores sugieren que sectores como el agro, el comercio, la industria, el financiero y sus diversos subsectores experimentan el conflicto de forma distinta y disponen de estrategias diferentes para enfrentarlo. Es preciso integrar estas consideraciones para un análisis más completo de los conflictos.
En tercer lugar, el énfasis en cómo el sector privado contribuye a los conflictos subestima las motivaciones empresariales en dirección contraria. Varios casos donde los conflictos armados han cesado (por ejemplo en El Salvador y en Suráfrica) contaron con el decidido apoyo de los empresarios nacionales (Azam et. al, 1994; Gerson, 2001; Haufler, 2001; Rettberg, 2003; Wood, 2001). Sin embargo, hasta ahora la literatura no se ha preocupado por identificar a aquellos empresarios que contribuyen activamente a la superación del conflicto.
Aquí se exploran algunos de estos puntos a la luz del caso del empresariado colombiano. En Colombia, como en otras partes del mundo, hay empresarios que se lucran del conflicto, que logran permanecer al margen, que han tenido que modificar y limitar sustancialmente sus actividades y, finalmente, que han iniciado o apoyado proyectos y actividades concretas en dirección a la superación del conflicto. Al describir estas múltiples respuestas, el artículo busca aportar información que apunta a complementar el énfasis en el sector extractivo de la literatura referida con la consideración del comportamiento empresarial en otros ámbitos de su quehacer. Además, el enfoque en el empresariado nacional pretende ampliar una mirada centrada exclusivamente en el impacto de las compañías transnacionales. Por otro lado, la descripción de las múltiples estrategias adoptadas apunta a importantes distinciones que es preciso trazar al interior del empresariado nacional. Así, la identificación de la multiplicidad de estrategias que emplean, las motivaciones que los guían y los retos que enfrentan los empresarios aportará conocimiento acerca de la diversidad de los papeles del sector privado. Finalmente, el artículo incluye en sus consideraciones las estrategias empresariales que buscan superar el conflicto, ampliando así el espectro de efectos posibles de la acción empresarial.
A pesar del conflicto armado interno y en contraste con otros países en situación similar, Colombia ha mantenido niveles de crecimiento superiores al promedio latinoamericano (Echeverry, 2002). Ello no obsta para desatender los altos costos que el conflicto haya generado en el desempeño económico colombiano. Distintos autores coinciden en estimar este costo entre 2 y 4 puntos del Producto Interno Bruto (PIB), correspondientes a entre USD $2,000 millones y USD $4,000 millones anuales (Badel y Trujillo, 1998; Granada y Rojas, 1995; Rubio, 1997)[5].
Una buena parte del costo del conflicto colombiano ha recaído en la actividad productiva y ha sido asumido por los empresarios. El costo es difícil de precisar, pues varía de sector en sector y dependiendo de las variables consideradas. Sin embargo, los datos relacionados a continuación permitirán identificar algunas de las diferentes formas en las que se manifiesta el costo del conflicto en la comunidad empresarial.
Nelson (2000: 20-25) sugiere que el costo del conflicto asumido por los empresarios puede dividirse en dos tipos. Por un lado, un costo general (o social), que se deriva del contexto en el que los empresarios obran y toman decisiones y que afecta los cálculos, las estrategias y los resultados financieros de la actividad empresarial. Ese costo no discrimina particularmente entre sectores de la sociedad. Por otro lado, el costo específico o directo que es aquel que se dirige y afecta particularmente a la comunidad empresarial[6]. La Tabla 1 resume ejemplos de ambos tipos de costo en el caso del empresariado colombiano. Los párrafos siguientes discutirán cada uno en mayor detalle.
Tabla 1.
El costo del conflicto para los empresarios colombianos
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Costo general (contexto) |
Costo específico (dirigido a empresarios) |
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* Incertidumbre e inseguridad * Fuga de cerebros/ personal calificado * Fuga de capitales * Riesgo país * Destrucción de la infraestructura |
* Secuestros |
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* Boleteo y vacuna |
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* Ley 002 |
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* Bonos de paz |
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* Bonos de guerra |
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Según un estudio del Departamento Nacional de Planeación y de la Corporación Invertir en Colombia (Coinvertir), la inseguridad figura entre los temas de principal preocupación para las empresas colombianas (Coinvertir, 2000). La inseguridad y la incertidumbre generalizada generan distintos efectos para la economía del país. En primer lugar, para protegerse, en todos los sectores los empresarios se ven en la necesidad de invertir en diversos servicios de seguridad y vigilancia. Según cálculos publicados en 2000, el tamaño de la inversión en seguridad de las empresas colombianas oscila entre 4 y 6 por ciento del presupuesto de las empresas (The Economist, 2000).
Otro efecto de la inseguridad es la fuga de capitales, un fenómeno masivo de retiro y traslado de inversiones y activos y cierre de cuentas bancarias que refleja un diagnóstico pesimista respecto a las posibilidades de generar rendimientos al capital invertido en el país. Según el presidente de la Bolsa de Bogotá, en Colombia la fuga ha alcanzado diez mil millones de dólares en los últimos cinco años (El Tiempo, 2003)[7]. Por otro lado, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) reporta que más de un millón de colombianos abandonaron el país en los últimos cinco años (OIM, 2002; BBCNews, 2001; Forero, 2001). La mayoría de ellos son de clase media o alta y con elevados niveles de educación (Semple, 2001). Ello implica que el país está perdiendo una gran cantidad de capital social y financiero necesario para impulsar e invertir en la innovación y el desarrollo.
También, como consecuencia de la inseguridad y la incertidumbre, los empresarios temen invertir y es difícil conseguir socios internacionales o atraer inversión extranjera. Ello se deriva en buena parte del alto costo que impone el riesgo país (correspondiente al pago de una suma adicional para compensar por el mayor riesgo de una inversión). Las calificaciones del riesgo colombiano emitidas por empresas calificadoras como Standard & Poors's se han mantenido alrededor de BB en una escala que va de AAA a C. Además de variables como tamaño del déficit fiscal y realización de reformas pensiónales, incide en su definición el costo para la inversión impuesto por el conflicto interno (El Tiempo, 6 noviembre 2002; Portafolio, de 6 noviembre de 2002).
Por otro lado, la destrucción de la infraestructura genera altos costos para la producción y la distribución de productos. Según datos de Interconexión Eléctrica S.A. (ISA) (citado en Echeverry, 2002), entre 1999 y 2001 se dinamitaron 654 torres de energía en Colombia (comparado con 211 en el período 1985-1998). Según datos del Instituto Nacional de Vías (INVIAS), entre 1999 y 2001 han sido derribados 38 puentes y 25 peajes como fruto de atentados. La consecuente interrupción del flujo eléctrico y del transporte, sumada al deterioro de la red de telecomunicaciones, ha afectado considerablemente el bolsillo empresarial (Portafolio, 30 enero 2002), pues deteriora los procesos de producción y distribución de bienes. En particular, los sectores afectados han sido el comercio, el transporte y el turismo. El caso de la compañía de transporte terrestre Expreso Bolivariano ilustra esta situación. La compañía ha tenido que interrumpir su servicio a ciertas regiones porque sus vehículos han sido objeto de quemas y retenes ilegales, situación que la ha llevado a la bancarrota (El Tiempo, 18 febrero 2002). Otra industria afectada por estas condiciones ha sido el turismo. Sumado a la drástica caída del número de visitantes extranjeros, el temor de los colombianos de caer en los retenes ilegales —las llamadas pescas milagrosas— si viajan por las carreteras del país así como los mayores niveles de inseguridad rural han representado grandes pérdidas para esta industria, reflejadas en bajos porcentajes de ocupación hotelera (El Tiempo, 14 agosto 2002; Asociación Hotelera de Colombia, 2002).
Finalmente, los analistas financieros recuerdan la importancia de considerar el costo de oportunidad que el conflicto impone a la actividad empresarial. Entendido como todo lo que se invierte para protegerse del conflicto y que podría ser utilizado en usos más productivos como innovación tecnológica o capacitación, o que se deja de invertir por temor a perderlo, el costo de oportunidad ha sido descrito por Badel y Trujillo (1998) como pérdidas de productividad, disminución de la inversión, deficiente asignación de recursos y aumento de los costos de transacción (ver también Corredor, 2001).
Sumado al costo general que impone una situación de conflicto interno a la actividad económica, una serie de costos se dirigen específicamente al sector empresarial. En primer lugar, Colombia es el país con el índice más alto de secuestros en el mundo: desde 1998, más de 3000 personas han sido secuestradas cada año (País Libre, 2002). Muchos plagiados caen en retenes ilegales en las vías del país (Dirección Antisecuestro, Policía Nacional, 2002). A pesar de que el espectro socioeconómico de personas "secuestrables" se ha ampliado considerablemente, los empresarios se encuentran entre las víctimas más frecuentes. Según datos de País Libre, de los 2253 secuestrados que van en el año 2002, quince por ciento son comerciantes, ganaderos, agricultores, empresarios e industriales[8]. Entre los empresarios, el grupo más golpeado son los comerciantes (63%), los ganaderos (20%) y los agricultores (16%). A la carga del secuestro se suma el boleteo, una forma de extorsión generalizada en el campo colombiano. Según cifras de Fedegán, gremio que representa el sector ganadero, uno de los más afectados por el conflicto, entre 1999 -2001 la extorsión le costó 299, 560 millones al sector, un uno por ciento del PIB sectorial (DAÑE, 2002; DNP, 2002; Portafolio, 26 de julio, 2001).
Otro costo directo del conflicto para los empresarios se deriva de la llamada ley 002, un mecanismo ingeniado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que "grava" a los patrimonios mayores de 1 millón de dólares por una cantidad que oscila entre el 5% y el 10% de su patrimonio (FARC-EP 2000). Desde la promulgación de la medida, en marzo de 2000, hasta abril del 2001, las FARC lograron recaudar más de 408 millones dólares (Reyes, 2001).
Además de este gravamen ilegal los empresarios han destinado más de 1.6 billones de pesos en diversas formas de impuestos para financiar el gasto militar del estado colombiano en los últimos ocho años, según datos del Consejo Gremial. En 1997, el gobierno de Ernesto Samper adelantó una emisión de bonos de paz que debían adquirir los contribuyentes con un patrimonio líquido superior a 150 millones de pesos. Con ese mecanismo se recaudaron 412.000 millones de pesos. En 1998, el gobierno Pastrana creó los "bonos de solidaridad para la paz" (Ley 487 del 24 de diciembre de 1998) en los que los grandes contribuyentes (empresas y personas naturales con patrimonios superiores a los 210 millones de pesos colombianos o US$125.000 dólares) han tenido que invertir forzosamente un 0.6% de su patrimonio líquido (El Tiempo, 22 julio 2002).
A esto se suman los "bonos de guerra", incluidos en la propuesta de reforma tributaria del recién instalado gobierno de Álvaro Uribe para obtener dos billones de pesos para el rubro de defensa[9]. Esta nueva carga tributaria exige el pago del 1.2% de su patrimonio líquido a empresas e individuos con patrimonios brutos iguales o superiores a 169,5 millones de pesos. Si bien los empresarios han apoyado la nueva carga tributaria (La República, 25 febrero, 2002; Portafolio, 23 de agosto, 2002), su elevado monto y la posibilidad de su transformación en medida permanente han generado fisuras en el respaldo empresarial. Como resultado, el proceso de definición de la reforma tributaria ha estado marcado por negociaciones para lograr prórrogas y planes de pago, en las que participan incluso las empresas grandes (El Tiempo, 27 de octubre, 2002; Forero, 2002).
Si bien los diferentes costos recaen en sectores y tipos de empresas distintos (ganaderos y agricultores están más expuestos al boleteo mientras que la tributación de guerra afecta principalmente a las grandes empresas), la descripción anterior ilustra los diferentes aspectos de un entorno conflictivo de cuyas consecuencias negativas pocos empresarios pueden sustraerse. Las encuestas empresariales evidencian de qué manera el conflicto y sus distintas manifestaciones pesan en la percepción del sector privado[10]. Según una encuesta de opinión industrial conjunta, patrocinada por la Asociación Nacional de Industriales (ANDI), en el año 2000, el 57.5% de los encuestados opinó que para mejorar el clima de inversión se requería mejorar la seguridad (Encuesta de opinión industrial conjunta, 2000). De 2000 a 2002 ha aumentado de 9.9% a 13.4% el número de industriales que mencionan el orden público como uno de los principales problemas de la industria (Encuesta de opinión industrial conjunta, 2000, 2002). Ilustrando el mismo patrón, la Encuesta de opinión empresarial de la Federación Nacional de Comerciantes (Fenalco) refleja un progresivo deterioro en las percepciones empresariales acerca de las condiciones económicas y sociopolíticas para la inversión.
No existe un solo indicador suficiente para evaluar el costo que el conflicto impone a los empresarios colombianos. De igual forma, el conflicto no afecta a todos por igual. Sin embargo, como los ilustran los párrafos anteriores, el costo del conflicto es real y sustancial. Ante este contexto, los empresarios colombianos han respondido de diferentes maneras, respuestas que serán objeto de la siguiente sección.
Así como el conflicto armado nacional no ha recaído con el mismo peso ni de la misma forma en los empresarios colombianos, su respuesta tampoco ha sido uniforme. Las diferentes estrategias, resumidas en la Tabla 2, serán objeto de los siguientes párrafos.
Tabla 2Respuestas empresariales al conflicto colombiano

Aún en condiciones de creciente deterioro del conflicto muchas empresas toman decisiones sin tener en cuenta esta causal y pueden ocuparse de variables tradicionales como "preferencias de los consumidores" o "tamaño y demanda del mercado". En palabras de Echeverri (2002: 319), ello reflejaría la "internalización de la violencia como un choque permanente sobre la economía". Para muchas empresas en esta situación, generar empleo y pagar los impuestos basta como contribución aceptable para la superación del conflicto.
Una característica que distingue la reciente ola migratoria hacia el exterior —más de un millón de personas en los últimos años—, (OIM, 2002; BBCNews, 2001; Forero, 2001), es la elevada proporción de individuos con capacidad de ahorro e inversión. Muchos de ellos han sido empresarios que abandonan el país en reacción al riesgo y la incertidumbre. Sin embargo, a pesar de la atracción que puede ejercer, esta no es una opción para muchos. Para trasladar actividades a otro país, enfrentar la competencia y ser exitosos, los empresarios requieren atributos no comunes como movilidad, flexibilidad, capacidad de inversión internacional, capacidad tecnológica, conocimiento de las nuevas reglas de juego y del nuevo mercado. Muchos activos empresariales son altamente específicos al contexto nacional, poco móviles y dependen de un ámbito familiar para su desempeño. En consecuencia, irse puede ser una de las opciones menos factibles para los empresarios[11].
Como ocurre a nivel internacional, también en el nivel local colombiano ha surgido una lucrativa actividad que se nutre del conflicto. El caso más obvio es el de los fabricantes y distribuidores de armas y dotaciones militares, nacionales e internacionales, encargados de equipar un creciente número de combatientes. También ganan las empresas de vigilancia privada. En efecto, el número de compañías de seguridad en Colombia ha aumentado de 380 a 600 en seis años, mientras que el número de guardias privados ha subido a 140 mil de 93 mil. A su vez, la población de guardaespaldas se ha multiplicado por siete, para alcanzar 21.800. Según Badel y Trujillo (1998: 33-34), en 1980 había 17.096 personas vinculadas a la industria de vigilancia y seguridad privada, cifra que aumentó a 85.546 en 1987, reflejando un crecimiento promedio anual del diez por ciento. En tercer lugar, las empresas aseguradoras, que limitan la cobertura de riesgos asegurables y elevan las primas de acuerdo con la intensidad del conflicto, también han ganado. A pesar de ser ilegal, muchas potenciales víctimas de secuestro en Colombia están aseguradas contra este flagelo. En palabras del zar antisecuestro, "los seguros tienen un efecto inflacionario en el monto de los pagos de rescate" (Semple, 2001), ya que el seguro puede representar un incentivo perverso que redunde en el aumento del número de secuestrados y de los montos exigidos. Así, el conflicto ha generado una industria de profesionales administradores de crisis, que va desde los intermediarios free lance en la negociación de la liberación de los secuestrados hasta las empresas de seguridad (Semple, 2001; Lilly, 2000)[12].
En muchas zonas del país los empresarios han estado involucrados en la financiación de grupos de autodefensa paramilitar. Como respuesta a la presión ejercida por la guerrilla a través de extorsiones y destrucción de la infraestructura y ante la debilidad del estado para proteger la actividad productiva, muchos departamentos han visto crecer la presencia paramilitar. Ilustrando los nexos empresarios-paramilitares, la Fiscalía General de la Nación adelanta por lo menos dos procesos mayores contra empresas y empresarios involucrados en financiación de paramilitares[13]. Reflejando la creciente desaprobación de los Estados Unidos frente a la actividad paramilitar, en octubre de 2001 fueron canceladas las visas de empresarios vinculados a estos procesos.
Los empresarios adoptan estrategias diferentes en contextos parecidos. Es así como muchas empresas y grupos de empresas han comenzado a invertir en proyectos productivos o educativos locales con el fin expreso de superar el conflicto con base en esfuerzos impulsados desde lo local. El diagnóstico en el que se basan se resume en que los costos económicos que impone el conflicto son demasiado altos, que la paz duradera va de la mano del desarrollo, que los intereses empresariales de largo plazo dependen de la solución del conflicto y que la viabilidad de las otras alternativas (por ejemplo irse o permanecer pasivos) es limitada o indeseable.
La experiencia de la empresa Indupalma es quizá la iniciativa empresarial de desarrollo local y construcción de paz más divulgada. A mediados de los años noventa esta empresa productora de aceite de palma se vio enfrentada a una inminente bancarrota, fruto de las demandas sindicales, del cambio de reglas producto de la apertura comercial adoptada a comienzos de la década y del conflictivo contexto de la zona del Magdalena Medio en la que opera. En reacción a esta situación, la empresa se sometió a un profundo proceso de reorganización. Reestructuró sus operaciones en un sistema de cooperativas de trabajadores a quienes ofrece capacitación y créditos. Aunque enfrenta la creciente presión de grupos paramilitares, el experimento ha arrojado resultados positivos como el aumento de la eficiencia de la empresa, el mejor desempeño de las cooperativas y la disminución del número de homicidios en la zona (Fadul, 2001).
Otro ejemplo de iniciativa empresarial lo constituye Vallenpaz, fundada en el Valle del Cauca tras el secuestro masivo de los feligreses de la iglesia La María, en enero del 2000, por parte del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Bajo el liderazgo del ex alcalde de Cali, Rodrigo Guerrero, diversos líderes empresariales de la región se reunieron alrededor de un proyecto para estimular la inversión, otorgar créditos y préstamos para "construir paz" en las zonas de mayor presencia armada de los departamentos del Valle y Cauca. Implícita en la estrategia está la intención de apoyar y reconstruir instituciones estatales locales. Si bien los fundadores de Vallenpaz fueron en su mayoría empresarios vallecaucanos, hoy su principal pero esquiva fuente de financiación es pública (por ejemplo, el Fondo de Inversiones para la Paz (FIP)), e internacional (por ejemplo, el PNUD y la Unión Europea).
Finalmente, el Foro de Presidentes de la Cámara de Comercio de Bogotá ha promovido un modelo de construcción de paz a través del desarrollo de capacidades gerenciales en la administración y la educación públicas de Bogotá. Compuesto por aproximadamente 140 presidentes de empresas, el Foro ha desarrollado una relación cercana de colaboración y consulta con la alcaldía convirtiéndolo en socio esencial para mejorar la calidad de la educación pública por medio de alianzas público-privadas. Hace tres años al interior del Foro se organizó un grupo de trabajo explícitamente dedicado al tema de la construcción de la paz por medio de la promoción de principios y técnicas para la resolución de conflictos en los currículos escolares y en las empresas. Sin embargo, celos institucionales no han permitido la consolidación de este proyecto.
Si bien esta muestra de iniciativas responde a situaciones locales diferentes, emplea medios distintos y ha escogido campos de acción diversos, comparte un interés en generar desarrollo local en respuesta a una situación de marginalidad local o regional que es percibida como causante o agravante del conflicto armado nacional así como del deterioro económico de la(s) empresa(s). En su mayoría, se trata de alianzas público-privadas, en las que la contraparte empresarial aporta tiempo, conocimiento, capacidad y know how, pero no capital. Todas estas iniciativas pioneras enfrentan el mandato de ser rentables a mediano o largo plazo y de arrojar resultados positivos para mantener el interés y el impulso de quienes participan. Como en otras actividades empresariales, la escala es determinante y la forma que adopten las iniciativas será clave para saber cómo va a evolucionar la relación entre sector privado y conflicto en Colombia.
Finalmente, con un ímpetu sin precedentes, los empresarios se vincularon a las conversaciones de paz entre el gobierno de Andrés Pastrana y los grupos guerrilleros FARC y ELN. Hasta poco antes de la ruptura de los diálogos con las FARC, en febrero del 2002, el tema de la paz estaba de moda en foros, mesas, asambleas y otros eventos empresariales. En contraste con las anteriores estrategias, esta actividad ha estado marcada por el notable protagonismo de los gremios, organizaciones cuya función es representar intereses empresariales pero que no son em- presas per se[14]. A través de pronunciamientos públicos y comunicados de prensa, estas organizaciones se han convertido en interlocutores empresariales obligados en la discusión sobre el logro de la paz en Colombia. Así lo sugiere la asistencia de representantes gremiales a la primera audiencia pública convocada por la Mesa de Diálogo con las FARC en el Caguán y su participación como voceros en las principales reuniones de la sociedad civil que han enmarcado el proceso con el ELN, como la de julio de 1998 en Maguncia, Alemania, en la que se dio inicio formal al proceso, y la de noviembre de 2001 en La Habana, Cuba, en la que se le fijó un nuevo rumbo[15].
Sin embargo, la participación empresarial en las conversaciones de paz no se ha reducido a los pronunciamientos gremiales. También se manifestó desde el inicio de los procesos por medio de una gran influencia —más discreta pero no menos efectiva— en la posición del gobierno a través del equipo negociador. Es así como en ambos procesos importantes líderes empresariales fueron miembros del equipo negociador, consejeros y asesores directos del gobierno en la elaboración de su postura. En este sentido, cabe resaltar la actividad de la Fundación Ideas para la Paz, creada por un grupo de grandes empresarios en 1999 con el propósito expreso de contribuir tanto a la construcción de paz en el nivel regional como a las negociaciones entre las partes.
Los ejemplos reflejan un gran activismo empresarial en torno al logro de una solución negociada al conflicto. Sin embargo, no deben dejar la impresión de que la comunidad empresarial ha experimentado un vuelco masivo en favor de esa opción. Por el contrario, su relación con el proceso de paz ha sido pendular, oscilando entre la euforia y el pesimismo, combinando apoyo a una solución negociada con expresiones de gran escepticismo. Así, mientras las primeras declaraciones y acciones del entonces presidente electo Andrés Pastrana fueron recibidas con aprobación —llevando a la propuesta de financiar a la guerrilla como contraprestación a un cese al fuego— cuatro años más tarde los gremios se encontraban entre sus críticos más severos y eran partícipes de la cancelación del proceso. Así lo ilustró el homenaje a las Fuerzas Armadas que los gremios organizaron en simultánea nacional en agosto de 2001 (El Tiempo, 28 agosto 2001; 29 agosto 2001) así como el apoyo a los bonos de guerra que propuso el gobierno de Álvaro Uribe, elegido con el abrumador apoyo de los empresarios (El Tiempo, 1 julio 2002; Semana, 19 agosto 2002). Sin embargo, ese retorno a una posición más conservadora frente al tema de unas eventuales negociaciones puede ser temporal.
Como lo ha ilustrado este artículo, la comprensión de la economía política del conflicto armado colombiano demanda la consideración del sector privado en tanto actor que modifica y adapta su comportamiento a las posibilidades y limitaciones que impone el enfrentamiento. Frente al conflicto armado interno los empresarios colombianos han producido respuestas variadas que difieren en cuanto al campo de acción, al impacto esperado, la escala y el diagnóstico que las subyace. Las respuestas difieren también en cuanto al grado de activismo que implican y si son fruto de decisiones individuales (como la fuga o la pasividad) o colectivas. En particular, aquellas dirigidas a la superación del conflicto por medio de proyectos productivos regionales o por medio del apoyo a los esfuerzos de negociación se distinguen de las demás por representar esfuerzos de cooperación y coordinación entre varios actores empresariales. Sólo la última respuesta —apoyar las negociaciones de paz— incluye una significativa presencia gremial.
En buena medida, la diversidad de las reacciones empresariales frente al conflicto muestra cómo el mismo fenómeno afecta el contexto empresarial de manera distinta, generando un abanico de opciones de acción con impacto político y económico. De igual manera, la variedad de respuestas ilustra la heterogeneidad del sector privado nacional en cuanto a forma organizacional y capacidad de reacción y organización frente al conflicto.
Por consiguiente, este artículo tiene varias implicaciones para la literatura sobre las relaciones entre empresarios y política, en general, y sobre sector privado y conflicto, en particular. Por un lado, la variedad de la reacción empresarial colombiana subraya la necesidad de explorar el nivel doméstico y, en especial, las realidades regionales y locales, además de la dimensión internacional. En breve, el artículo ha destacado que conviene distinguir y explorar las opciones y estrategias de empresarios nacionales y de empresarios transnacionales en condiciones de conflicto.
Por otro lado, la enorme heterogeneidad en la reacción empresarial recuerda que es preciso cuestionar la existencia de algo parecido a "la" posición empresarial frente al conflicto. La rica gama de respuestas posibles no sólo ilustra los efectos variados del conflicto (una variable exógena) en los cálculos y estrategias empresariales, sino también apunta a la importancia de tomar en cuenta variables endógenas del empresariado —como pertenencia sectorial, tamaño y capacidad organizativa— para explicar sus respuestas específicas.
Finalmente, las distintas respuestas muestran que el sector privado puede ser parte del problema pero necesariamente tendrá que ser parte de la solución. Como lo reflejan varias de las respuestas empresariales, la necesidad de garantizar la viabilidad de las empresas en un entorno complejo puede conllevar a la profundización de los conflictos, como lo ha subrayado la literatura sobre sector privado y conflicto, pero también representa un incentivo poderoso para la vinculación de empresarios a distintos esfuerzos de construcción de paz[16]. En ese sentido, el artículo aporta conocimiento para identificar los potenciales interesados empresariales (stakeholders) de la construcción de paz en Colombia.
Quedan, sin embargo, por lo menos dos cuestiones importantes sin resolver: 1) ¿Por qué los empresarios escogen cada estrategia o combinación de estrategias? y 2) ¿cuál es la frecuencia o peso relativo de cada estrategia o combinación de estrategias en la suma del comportamiento empresarial frente al conflicto? Investigaciones en marcha[17] brindarán respuestas a estos interrogantes para ahondar en las motivaciones y condiciones específicas que llevan a preferir una estrategia o combinación de estrategias en el convulsionado contexto del conflicto colombiano.
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[1] Aquí se utilizarán de manera intercambiable los términos empresarios, empresariado, inversionistas y sector privado para hacer referencia a los dueños y administradores de compañías privadas. Líderes empresariales pueden ser tanto dirigentes gremiales (cuya función es defender los intereses empresariales) como otras cabezas visibles del empresariado, como presidentes de empresas. Adaptado de Durand (1999).
[2] En 1994, el gobierno nigeriano ejecutó a nueve miembros de la tribu Ogoni por haber participado en protestas contra las prácticas ambientales de la Royal Dutch/Shell. Esas ejecuciones llevaron a que la compañía fuera sometida a duras críticas por grupos de protectores de derechos humanos. Bennett (2001), Amnesty International y The Prince of Wales Business Leader Forum (2000).
[3] El punto sobre la relación entre presencia de inversión extranjera y desestabilización en los países anfitriones no es nuevo, como lo ilustra una amplia literatura sobre la relación entre multinacionales y regímenes militares. En suma, estos factores cuestionan la relación necesaria entre inversión extranjera, mayor crecimiento y mayor bienestar y liberalización política, amplia literatura sobre la relación entre multinacionales y regímenes militares. En suma, estos factores cuestionan la relación necesaria entre inversión extranjera, mayor crecimiento y mayor bienestar y liberalización política, apuntando al potencial desestabilizador de la inversión extranjera (Coatsworth, 1998).
[4] En reacción a la creciente evidencia en esta dirección y frente a la presión de ONG y centros de investigación como Amnistía Internacional, International Alert y el Prince of Wales Business Leader Forum, diversos organismos internacionales han adelantado operaciones para llamar la atención a este respecto y han elaborado códigos y principios de conducta para las empresas. Ver, por ejemplo, Organización de Naciones Unidas (ONU) Global Compact; Organization for Economic Cooperation and Development (OECD) (2001); Amnesty International y The Prince of Wales Business Leader Forum (2000). Sin embargo, verificar y monitorear el cumplimiento de estas normas a nivel internacional, sobre todo cuando suponen una pérdida de competitividad para las empresas que las acatan frente a las que no lo hacen, representa aún un reto importante para la aplicación de estas normas. Por otro lado, las empresas no se han quedado de manos cruzadas frente al endurecimiento de reglas corporativas: recientes intentos por aumentar la transparencia de las prácticas empresariales en reacción a diversos escándalos financieros en los Estados Unidos han chocado con la amenaza de varias compañías de retirarse de la bolsa para evitar el mayor control y los costos asociados (Clow, 2002).
[5] Las divergencias entre los estimativos se deben, por un lado, a lo que se incluye en el cálculo de los costos y, por el otro, a la consideración de los costos de la paz, que es algo que muchos omiten cuando se estima el crecimiento económico en ausencia de conflicto. Según un reciente estudio del Departamento Nacional de Planeación (DNP), en sentido estrictamente económico, lograr la paz en Colombia costaría 16 billones de pesos (inversiones equivalentes a ocho puntos del PIB) (Echeverry, 2002). En una importante desviación de este patrón, Guerrero y Londoño (1999, p. 85) estiman el costo de la violencia colombiana en 24,7% del PIB.
[6] Un evaluador anónimo sugiere, con razón, que las distinciones entre lo general y lo específico no son nítidas. La división que aquí se propone reconoce la fluidez de los límites entre uno y otro, pero reitera la utilidad de proporcionar categorías que permitan una diferenciación aunque sea aproximada.
[7] Según una encuesta realizada en el 2000 a pequeños y medianos empresarios, 38.9% querían irse del país. Esa suma había ascendido a 53.6% en 2001 (El Tiempo, 13 de marzo 2001).
[8] País Libre no define cada categoría.
[9] El Tiempo, 22 de julio de 2002a y, 22 de julio de 2002b.
[10] Tiempo, 20 de marzo, 2000; Economist.com, 14 diciembre, 2000; Foro de Anif, 8 de febrero, 2001; Portafolio, 22 de abril, 2002.
[11] Por eso, muchas veces detrás del patriótico "yo me quedo" hay una pragmática aceptación de que no hay otra opción
[12] Ver también El Tiempo, 1 de diciembre, 2001; Revista Fasecolda, abril -junio 2001.
[13] Los procesos se nutren de la información obtenida en allanamientos en Montería y el Valle del Cauca. El Tiempo, 25 de mayo, 2001; El Tiempo, 28 de mayo, 2001; El Tiempo, 20 de octubre, 2001; El Tiempo, 21 de octubre, 2001; El Tiempo, 31 de octubre, 2001; The New York Times, 7 de junio, 2001; The New York Times, 7 de septiembre, 2000.
[14] Para una descripción detallada reciente de los gremios colombianos ver Rettberg (en imprenta; 2002).
[15] No siempre les ha ido bien en estas experiencias: Cuando asistieron a la primera Audiencia Pública, realizada el 9 de abril del 2000 sobre el tema del empleo y el crecimiento económico, los gremios fueron abucheados y sufrieron una silbatina. El Tiempo, 13 de abril, 2000. Además, los guerrilleros de las FARC trataron de requisar los dirigentes gremiales, a lo que se opusieron 10 de los 13 dirigentes presentes.
[16] En este sentido, el potencial empresarial para construir paz es enorme. Según Haufler (2001), industrias como el turismo y las telecomunicaciones pueden hacer enormes contribuciones.
[17] Angelika Rettberg (investigadora principal), "Empresarios y paz: un estudio comparado de la participación de los empresarios en las negociaciones de paz en El Salvador, Guatemala y Colombia".