La distincion entre lo doméstico y lo internacional como sustrato epistemologico de las relaciones internacionales

Paola Castaño

Paola Castaño es estudiante de último semestre de Ciencia política e Historia de la Universidad de los Andes.

es

Este texto analiza la distinción que los diferentes enfoques de la disciplina de las relaciones internacionales (realismo, neorrealismo, interdependencia, institucionalismo neoliberal y constructivismo) establecen entre las esferas domestica e internacional como condición para la producción de conocimiento científico. Posteriormente, se examinan las críticas que las corrientes postmodernas o reflexivas han formulado a dicho criterio de cientificidad en el campo.

esfera doméstica, esfera internacional, disciplina de las relaciones internacionales

This article analyzes the distinction that different international relations theories (realism, neorealism, interdependence, neoliberal institutionalism, and constructivism) establish between the domestic and international spheres as a prerequisite for the production of scientific knowledge in the field. Subsequently, the author examines the criticisms that postmodern, or reflexives theories have formulated of this specific notion of science in international relations.

domestic spheres. international spheres, science in international relations

132-147

01/06/2003

01/06/2003

Recibido: 25/06/2003; Aprobado: 22/07/2003.

El objetivo de este artículo es abordar, desde una perspectiva analítica, él supuesto epistemológico fundamental de las Relaciones Internacionales como disciplina: la distinción entre lo doméstico y lo internacional. El eje central se delimita a partir de la pregunta por la forma en que las teorías de las relaciones internacionales la plantean a partir de su relación con el referente de 'ciencia'. Lo que quiere sustentar es que esta distinción es constitutiva de la pretensión de cientificidad de una determinada aproximación teórica.[1] Lo anterior encuentra corno base la continuidad que se constata entre las teorías que parten de una apuesta por producir un conocimiento científicamente válido, y una insistencia fundamental en esta distinción; y, por otro lado las aproximaciones post-positivistas con su crítica al pensamiento científico, y la sospecha que plantean frente a la misma.

Dada su amplitud y riqueza, una mirada sobre las teorías de las relaciones internacionales puede ser objeto de distintos puntos de entrada y el elegido en este escrito es sólo uno de ellos. Sin embargo, la elección no es del todo arbitraria. Como lo dice Alexander Wendt: "en efecto, en la actualidad es casi una rutina el que los artículos académicos y los libros sobre algún aspecto concreto de la vida internacional, se estructuren alrededor de hipótesis explicativas en competencia, provenientes del realismo, el racionalismo, el constructivismo y/o de la postmodernidad. (Wendt; 2002: 5) Lo que se quiere evidenciar aquí, más que el momento de las 'hipótesis explicativas en competencia es el paso previo. Esto es, la forma en que estas teorías se establecen sobre un consenso tácito, sobre un fondo común: lo doméstico y lo internacional como esferas diferentes o por lo menos diferenciables.

Con base en estos planteamientos, el texto se organiza de la siguiente forma: en primer lugar, se esboza una premisa general de la argumentación; segundo, se caracteriza la relación entre ciencia y constitución de dominios de conocimiento separados; tercero, a partir de la pregunta previamente planteada, se aborda el Neorrealismo de Kenneth Waltz, el Institucionalismo Neoliberal de Alexander Keohane, la Paz Democrática y el Constructivismo de Alexander Wendt para, terminar con el señalamiento de algunos ejes centrales sobre el problema a partir de las críticas denominadas 'postmodernas'. Finalmente, se intentará sugerir que éste no es un problema meramente epistemológico, y que la escisión naturalizada entre lo doméstico y lo internacional es articuladora de una serie de prácticas hegemónicas en el sistema internacional. Esto, en tanto que encarna una apuesta normativa sobre lo que debe ser un Estado a nivel interno, por oposición a su caracterización del ámbito internacional.

Sobre lo primero, la premisa, se parte de la idea de que la teoría y la realidad no existen independientemente la una de la otra: la primera tiene un papel central, en este caso, en la configuración de la división entre lo doméstico y lo internacional. Como lo ha planteado Steve Smith (1995: 17) "las teorías no ofrecen explicaciones de un mundo que las preexiste sino que son constitutivas de ese 'mundo"' —concretamente de los entendimientos de la vida global en términos de soberanía y anarquía, adentro y afuera, estado y mundo—. Pero, como también lo recuerdan Jim George y David Campbell, (1990: 287-288) esto no implica sostener que sean totalmente responsables de él. Los objetos de conocimiento no son una facticidad natural, y las distinciones y categorizaciones que los dotan de existencia, hacen parte de la misma práctica teórica.

En lo referente al segundo punto, cabe insistir en la centralidad de la categorización como un dispositivo privilegiado del conocimiento científico moderno y la forma en que la constitución de un dominio de saber científico pasa por la segmentación de la 'realidad'. Para el caso de las ciencias sociales éste ha sido un tema particularmente discutido en términos de las escisiones entre lo social, económico, político, cultural, como si fueran 'pedazos de mundo' a los que les corresponde una disciplina. El asunto se ha resuelto por la vía de las ''ventajas en la especialización"[2] como condición de posibilidad para la producción de conocimiento científico. Sin embargo, siguiendo de nuevo a Smith, (1995: 2) esto se ontologiza. De ahí que aquello que caracteriza a los discursos que se revisten del estatuto de 'ciencia' sea el silencio sobre los supuestos de las categorizaciones: las disciplinas comentan, observan, evalúan o explican un dominio empírico, no IO constituyen.

Lo anterior resulta comprensible apelando al carácter eminentemente moderno de la idea de ciencia. En un sentido muy general, siguiendo a Adorno y Horkheimer, (1998: 66) el proyecto de la modernidad se basa en la pretensión de cognoscibilidad del mundo cuya condición de validez es la posibilidad de hacer de la realidad algo manipulable y controlable, de regir la praxis. El dispositivo privilegiado para este fin es la abstracción, en tanto suspensión de las "múltiples afinidades entre lo existente". En términos de Elías (1995: 136-140) el pensamiento moderno, en particular bajo la forma 'ciencia', necesita crear la ficción de algo 'inmutable' para poder pensarlo con precisión. Por lo tanto, para operar sobre el mundo, el conocimiento con pretensiones de cientificidad debe taxonomizarlo a partir de una serie de 'pautas binarias' que se piensan como autónomas.

Así, para las Relaciones Internacionales, la dicotomía doméstico-internacional es constitutiva de su configuración disciplinar y de su aspiración al apelativo de ciencia: delimita un ámbito con lo cual provee un marco para los supuestos sobre el tipo de cosas que se encuentran en la vida internacional, cómo se relacionan y cómo pueden ser conocidas. Es claro que el Estado y el sistema internacional no son algo ‘accesible por sí mismo’ que pueda ser 'descubierto' por cualquiera, sino su identificación misma está informada teóricamente. Con base en estos elementos, es posible realizar un acercamiento a las teorías.

Teorías tradicionales de las Relaciones Internacionales

Varios trabajos han mostrado el carácter constitutivo de la hegemonía americana en el perfil teórico de la disciplina de las Relaciones Internacionales.[3] Pero esto no es problemático en sí mismo, sino en la medida en que se pasen por inadvertidas algunas de sus implicaciones. Así, para una aproximación a las teorías tradicionales, un punto de partida importante es la mirada al Realismo como un referente fundacional de la disciplina a mediados de los años cuarenta en Estados Unidos. Gran parte de los supuestos de la disciplina fueron realistas, y esta teoría contribuyó a postular a las Relaciones Internacionales como una disciplina independiente. Siguiendo a Stefano Guzzini, (1998: 7) el Realismo "le dio a la nueva disciplina una demarcación con respecto a otras ciencias con base en la afirmación de una diferencia esencial entre la política doméstica y la internacional". Igualmente, dio forma y fue formado por las preocupaciones de la política internacional de Estados Unidos y los criterios académicos típicos de las ciencias sociales en ese país.

Ole Weaver (1998) ha señalado la centralidad para la disciplina de la idea referida a que los problemas pueden ser resueltos y que la ciencia es el instrumento privilegiado para hacerlo. El criterio de cientifización y, de paso, la creencia en sus alcances se constituyó a partir de varios elementos: la imagen de las ciencias naturales y la economía; la apuesta por encontrar unas pautas y competencias estandarizadas, y la necesidad de contar con un concepto organizador y un lenguaje científico. Esto se apuntaló sobre el supuesto fundacional de la disciplina, que el nivel de análisis doméstico o de la unidad y el sistémico podían ser separados, lo cual ser el marco incuestionado al interior del que podían darse las discrepancias; la gramática común que permitiría el entendimiento entre distintas lenguas.

A partir de estos puntos es posible abordar la caracterización que hace el Neorrealismo de esta distinción a partir de la diferencia entre teorías reduccionistas y las sistémicas. En palabras de este autor: "las teorías de política internacional que concentran las causas a nivel individual o nacional son reduccionistas; las teorías que conciben las causas a nivel internacional son sistémicas". (Waltz, 1988: 33) El punto de partida está dado por la necesidad de demostrar cómo pueden definirse diferencialmente el nivel sistémico y el de las unidades. El sistema internacional es definido como un conjunto de unidades interactuantes y una estructura, la cual se caracteriza a partir de su principio ordenador, su diferenciación funcional y la distribución de las capacidades entre las unidades. Y según Waltz, las fuerzas causales más importantes operan al nivel del sistema: las teorías sistémicas explican debido a que la estructura de un sistema actúa como fuerza limitadora y de disposición, lo cual permite ubicar a las unidades y predecir las continuidades del sistema.

Desde estos criterios se diferencia lo doméstico de lo internacional: a nivel interno se da por sentado que los sistemas son centralizados y jerárquicos, que hay un centro ordenador y una división funcional, mientras que los sistemas internacionales son descentralizados y anárquicos y sus unidades (los Estados) no están diferenciadas funcionalmente.[4] De igual forma, hay unos supuestos muy claros sobre los intereses y los fines de los Estados a partir de los referentes de racionalidad, autointerés, seguridad, supervivencia, lo cual se propone como prefigurado por la anarquía. Pero más que detenerse en esto, lo importante aquí es el sentido que tiene esta distinción en Waltz a partir del mayor o menor poder explicativo del 'todo' y las partes. Los Estados (en tanto actores unitarios y racionales), aparecen como "cajas negras" —tomando prestada la expresión de Vendulka Kubálková. (Kubálková, 2001)— y su posicionamiento, no sus atributos, es lo que realmente importa. Es interesante ver la forma en que se justifica la abstracción del carácter de las unidades en la explicación de la estructura: "¿Por qué deben omitirse cuestiones obviamente tan importantes?, deben omitirse para que podamos diferenciar las variables a nivel de las unidades de las variables a nivel sistémico. El problema consiste en desarrollar conceptos teóricamente útiles". (Waltz, 1998: 120).

Con base en lo anterior, es posible acercarse a los referentes epistemológicos claves de esta teoría: continuidad, simplificación, generalidad, causalidad y capacidad predictiva. La continuidad, para Waltz, aparece como el sustrato ontológico para afirmar la 'elegancia' explicativa y predictiva de la teoría. Una muestra de ello la constituye su tesis de que en la anarquía los intereses, los objetivos, los elementos en juego y las relaciones entre los Estados siempre son los mismos. En la oposición entre teorías sistémicas y reduccionistas, el nivel sistémico sería el marco proveedor de esta inexorable regularidad.

El eje central de una teoría es entonces la abstracción de 'lo importante': el problema es cómo "descubrir lo que realmente deseamos saber sin 'sobrecargarse de detalles inútiles"', (Waltz, 1998: 13) Por consiguiente, la teoría explica una parte de la realidad, un cuadro delimitado, aislado, indicando que unos factores son más importantes que otros para ocuparse intelectualmente de ellos. De nuevo, el punto no es si es 'realista' o no, sino si es útil, funcional. Y esta utilidad se justifica a partir de los poderes explicativos y predictivos de la teoría. Lo que está en juego es el deseo de controlar en palabras de Waltz: "¿qué es explicar? saber qué esperar y por qué". El autor aclara la prioridad del estudio del sistema en siguientes términos: "Si los propósitos, políticas y acciones de los Estados se convierten en el exclusivo centro de atención o, incluso en la preocupación principal, "estamos forzados a retroceder al nivel descriptivo; y a partir de simples descripciones no se pueden extraer generalizaciones Válidas". (Waltz, 1998: 98). En esta medida, la distinción doméstico-internacional es comprensible en su relación con un movimiento epistemológico sostenido en la abstracción, simplificación y delimitación como condición de posibilidad para la producción de conocimiento. Pero esta funcionalidad no es sólo analítica: ver a los Estados como 'cajas negras' para la teoría internacional permite reducir el margen de impredecibilidad para hacer de un mundo, que se piensa en permanente situación de conflicto potencial, algo más seguro.

El Institucionalismo Neoliberal, por su parte, opera con los mismos referentes epistemológicos del Neorrealismo en cuanto al carácter sistémico de la aproximación y conserva ejes analíticos: la premisa de que los Estados son los principales actores internacionales, que actúan racionalmente y buscan poder e influencia. Más que cuestionar directamente esto, lo que se hace es 'agregar' que no son los únicos y que también hay actores supra y subnacionales. De igual manera se sostiene que los Estados son actores racionales, aunque no a partir de una información completa ni con preferencias incambiables; y que el poder y la influencia no siempre son militares, sino también económicos. También se da por sentada la existencia de la anarquía, si bien se difiere en cuanto a su fuerza causal, ya que las instituciones pueden mitigar sus efectos posibilitando la cooperación internacional. La pregunta central que se hace Keohane, (1988: 19) es la de ver "cómo ha sido y puede ser organizada la cooperación en la economía política mundial cuando existen intereses comunes", y no le interesa explorar de qué manera pueden crearse dichos intereses. Al igual que para el Neorrealismo de Waltz, se postula el carácter pragmático de la aproximación y más exactamente la pretensión funcional de la teoría, ya que, por ejemplo, el estudio de los casos en que fracasa la cooperación se hace "con la esperanza de aumentar nuestra capacidad de prescribir remedios".

Este autor insiste en la necesidad de estudiar estos problemas con "rigor científico" y dice: "yo lo estudio, a pesar de la carencia de datos ricos y variados adecuados para la comprobación de hipótesis y a pesar de la relativa escasez de teorías relevantes, a causa de su significado normativo". (Keohane, 1988: 23). Lo interesante en esta afirmación es tanto la idea de comprobar las hipótesis con datos, como la referencia a que una teoría normativa sería irrelevante' desde un punto de vista científico. A su vez, el autor apela a dispositivos metodológicos de la microeconomía y la teoría de juegos.

En cuanto al enfoque sistémico, Keohanc (1988: 42) sostiene que la conducta estatal puede estudiarse desde 'adentro a afuera' o desde 'afuera a adentro' y que esta última ubica a los atributos internos "como constantes y no como variables". Es clara la idea de dar algo por sentado para delimitar un objeto de estudio: lo interior 'no es relevante' en cuanto a las prioridades analíticas en las que se juega la teoría, razón por la cual se asume como 'constante'. En este sentido, coincide con Waltz en lo erróneo que resulta teorizar en el nivel-unidad, lo cual sustenta a partir de dos argumentos: en primer lugar, el análisis causal es difícil a este nivel debido a la importancia de los factores idiosincráticos (desde la personalidad de un líder hasta las peculiaridades de las instituciones de un país). Es decir, elementos muy volátiles que no podrían ser tratados con rigor científico. Y segundo, porque la mirada de 'adentro a afuera' lleva a ignorar el contexto de la acción, concretamente, las "presiones ejercidas sobre todos los estados por la competencia que existe entre ellos".

De nuevo, al igual que para el autor neorrealista, la idea de ciencia debe fundamentarse en las grandes continuidades que plantea el sistema, no en los pequeños 'ruidos' que resultan obstáculos para la elegancia explicativa y la posibilidad predictiva. De la misma forma, el referente estructural se entiende a partir de su carácter constrictivo e incentivador que genera unos marcos homogéneos para todas las unidades. Esta necesidad de explicar la conducta con base en factores que se piensan como permanentes sustenta la pretensión de "construir sólidos modelos de conducta explicativos". (Doyle, 1999: 27) Así, no es mucho lo que está en juego en el debate entre Neorrealismo e Institucionalismo Neoliberal, en tanto que este último no altera el marco del primero ni complica excesivamente su planteamiento epistemológico. Los presupuestos de 'cientificidad' que se articulan con la distinción doméstico-internacional y la inferioridad explicativa de optar por el primer polo de esta dicotomía, están en clara continuidad con los del realismo.

En el caso de la Paz Democrática pueden hacerse algunos señalamientos que la vinculan con el mismo sustrato epistemológico de las anteriores frente a la idea de 'ciencia'. En primer lugar, es claro que no se cuestiona la distinción doméstico-internacional, sino que plantea una vía distinta para entenderla: las implicaciones internacionales de los principios e instituciones liberales domésticos. Es decir, se invierte la relación causal postulada por las anteriores teorías. En palabras de Michael Doyle (1999: 27), a pesar de que los Estados liberales no se han escapado a la inseguridad causada por la anarquía en el sistema internacional, "los efectos de la anarquía internacional han sido domesticados en las relaciones entre los Estados de un carácter similarmente liberal". La tesis sobre la 'pacificación del mundo liberal' permitiría entonces contrarrestar el planteamiento realista de que sólo importa la estructura anárquica del sistema (la cual tampoco se niega) y no el tipo de régimen, a partir de la abstracción en el concepto de soberanía del carácter democrático, oligárquico o autocrático de los Estados. En segundo lugar, se encuentra la relación que plantea esta teoría entre el carácter democrático-liberal de un Estado como variable independiente y el conflicto como la dependiente. Ésta se sustenta en la constatación de una continuidad histórica (la ausencia de guerras entre Estados democráticos), la cual deviene, a la vez, evidencia empírica y referente explicativo. Se trata de una tesis con claras pretensiones de generalización y sistematización a la que subyace una apuesta normativa sobre las bondades de estos regímenes no sólo a nivel 'interno', sino 'externo'. En tercer lugar, en un plano más específico, y en el caso de un posible conflicto a nivel internacional, se argumenta que los Estados democráticos liberales se irán al mismo bando ''a pesar de la complejidad real de los factores históricos, económicos y políticos que afectan sus políticas exteriores". (Doyle, 1999: 14)

Esta formulación es particularmente interesante en tanto que revela el lugar de la abstracción en esta teoría de 'todo lo demás' que no es democrático-liberal en un Estado. El movimiento es entonces prescindir de todos los otros atributos de la unidad que puedan contrarrestar su tesis; y, a partir de la correlación previamente mencionada, plantear una relación de causalidad que pretende poseer el estatuto de ley comprobada empíricamente. La importancia de la continuidad histórica como sustento de la tesis, por ejemplo, no repara en distinguir entre los Cantones Suizos del siglo XVIII y el en 1975 (ambos tienen el mismo estatuto corno 'evidencia' de la tesis), lo cual permite afirmar que en la Paz Democrática los Estados liberales también son 'cajas negras' pero con una etiqueta que facilita su clasificación. Por consiguientes la regularidad que los Neorrealistas e Institucionalistas Neoliberales encuentran en el sistema en esta teoría radica en el comportamiento internacional de las democracias entendidas individualmente.

El planteamiento alusivo a que su 'naturaleza' hace que los Estados liberales no se hagan la guerra entre sí tiene como supuesto que estas guerras se hacen en nombre de principios liberales. Lo central aquí es ver que estos 'principios' no son categorías 'objetivas' o evidentes en sí mismas. Se trata de referentes normativos: las variables que definen a un Estado liberal son ideológicas. Esta fe en la compatibilidad en el sistema de creencias de los Estados liberales se transforma en explicación. Es Claro que distinciones como liberal/no liberal son dispositivos ideológicos funcionales para crear pautas de identificación y actuación en el sistema internacional: el liberalismo no existe aparte del discurso que lo define y lo sostiene en la práctica.[5] El éxito doméstico del liberalismo se da por supuesto, así como la intolerancia natural de un Estado liberal frente a otro no liberal. En este sentido, desde la Paz Democrática se hace visible la fuerza de las ideas para el estudio de las relaciones internacionales crean realidad, propiedades, poderes, disposiciones, significados.

Con base en esta esquemática mirada sobre el Neorrealismo, el Institucionalismo Neoliberal y la Paz Democrática, es preciso aclarar que aquí no se trata de hacer demandas a las teorías por su 'miopía' o por 'lo que les faltó ver', sino de reparar en el estatuto no sólo explicativo sino normativo que confieren a la distinción entre lo doméstico y lo internacional. El punto no es sólo decir que estas teorías los dan por sentado sin problematizarlos, sino ver cómo esto se construye desde la práctica internacional y, a su vez, tiene fuertes implicaciones en la misma.

El constructivismo de Alexander Wendt

El caso del constructivismo de Wendt es mucho más complejo, ya que su objetivo es construir una 'vía media' —o por lo menos un 'puente'— entre los enfoques racionalistas y reflectivistas en la teoría de las relaciones internacionales. Esto es precisamente lo que ha hecho de él objeto de críticas de ambos 'bandos': los unos por ir demasiado lejos y los otros por no hacerlo lo suficiente.[6]

Apelando a ciertos marcos cognitivos de la sociología, Wendt quiere mostrar que el Estado se construye en las interacciones a nivel internacional. Si bien esto no supone en absoluto negar la materialidad que sustenta a una organización política para denominarse Estado, lo central es el planteamiento de que su identidad no es un punto de partida, ni un supuesto universalmente válido corno en las teorías tradicionales de las relaciones internacionales. Un primer elemento que cabe subrayar es cómo Wendt asume la funcionalidad de la adjudicación de rasgos antropomórficos a los Estados sin problematizarla, en tanto condición de posibilidad para usar las herramientas de la teoría social y estudiarlos como los principales actores del sistema internacional. De ahí el uso a veces indistinto de las categorías de agente y Estado, y la referencia constante a identidades, intereses, comportamientos y aprendizaje.

Para Wendt, (1993: 13) las identidades de los Estados se configuran en una estructura de interacciones, pero dichas identidades están constituidas, no sólo causadas por la misma. En principio, es posible hablar de la construcción social de los Estados en un sentido causal a partir del señalamiento de que una creciente interacción genera procesos de habitualización e institucionalización[7] partir de los cuales las interacciones subsecuentes son aprehendidas como expresiones de significad. Consecuentemente, los hábitos e identidades que ahí se configuran adquieren un carácter de conocimiento acumulado y de patrones reguladores para las próximas interacciones. Pero el asunto no se explica sólo de forma sino constitutiva, en tanto que los Estados tampoco existen por fuera de la estructura de interacciones, ésta los constituye No es algo que tiene vida propia y sólo 'afecta' su comportamiento: "las propiedades de los elementos de la relación son internos a la relación y no existen aparte de ellas". De esta manera es preciso desligar la asociación naturalizada entre explicación y causalidad, para ver que las aproximaciones constitutivas también explican.

Una mirada constitutiva, en palabras de Wendt, busca dar cuenta de las propiedades de las cosas con referencia a las estructuras en virtud de las cuales existen, es una pregunta por sus condiciones de posibilidad. Así, es posible explicar que los Estados actúan por determinadas razones (causalmente) o con determinadas razones (constitutivamente). Lo que está en juego aquí es una crítica a la concepción estrecha de la ciencia a partir del referente de la "causalidad", pero no al ideal de producir conocimiento científico como tal.

Esta propuesta se ubica en medio de la tensión entre su apuesta ontológica post-positivista y su epistemología positivista. Esto es, como el mismo Wendt lo dice, la idea de que es posible dar cuenta de una forma "científicamente respetable" (epistemología) de procesos como la construcción de las identidades y el papel de las ideas en la vida internacional (ontología) de optar por una 'vía media'. De esta manera, sostiene que a pesar de la diferencia ontológica entre los objetos de la ciencia natural y social, no hay una diferencia epistemológica fundamental entre ambas en la medida en que las condiciones de verdad de un enunciado radican en su correspondencia con 'estados del mundo', en su relación con la forma en que efectivamente funciona el mundo.

Para Wendt los Estados y el sistema son estructuras 'reales', lo cual permite que su naturaleza pueda ser abordada por la ciencia. Esto supone un ''realismo científico", es decir, la asunción de que el mundo existe independientemente de los seres humanos, que las teorías científicas maduras se refieren a este mundo, incluso cuando se trata de inobservables. Pero, para los fines que aquí interesan, es preciso subrayar que la creencia de Wendt en la ciencia es indisociable de la postulación de una cierta 'existencia objetiva' de lo doméstico y lo internacional, así como de factores materiales, aunque sin 'perder de vista' las condiciones discursivas que los invisten de significado.

Así, al igual que para los autores previamente mencionados, la teorización siempre es particular a un dominio: el constructivismo permite ver cómo los actores son socialmente construidos, pero no dice qué actores estudiar o dónde son construidos. Este autor insiste en que antes de que podamos ser constructivistas sobre algo debemos elegir unidades y niveles de análisis, o los agentes y las estructuras en los que están emplazados. (Wendt, 1999: 7). Consecuentemente, es claro que el supuesto de estos planteamientos es que el nivel de análisis doméstico o de la unidad y el sistémico pueden ser separados y que es preciso dar por sentado al Estado internamente para estudiar lo internacional: "no podemos estudiar todo a la vez, y hay buenas razones para distinguir al sistema de Estados como un fenómeno distinto" (Wendt, 1999: 14). Esas 'buenas razones' nunca son explicitadas, pero sí se afirma que cualquier esfuerzo explicativo necesita tomar algo por dado, debido a "simple hecho de que es humanamente imposible" problematizar todo.

Como se ha dicho, si bien Wendt puede ser objeto de lecturas en otros niveles que lo separan de las teorías tradicionales, en el nivel de análisis planteado por este escrito es posible decir, con Guzzini, que es "ortodoxo desde el punto de vista de la identidad disciplinaria y heterodoxo en cuanto al punto de vista de la teoría que la debe alimentar". Así, "acepta los estrechos límites determinados por Waltz (1979) para la disciplina, así corno las estrechas fronteras del conocimiento clásico de sí mismo de la sociedad internacional". (Guzzini, 2002: 54-55).

Enfoques posmodernos o reflectivistas

Por otro lado, están los enfoques postmodernos, o en un sentido más general los reflectivistas que son los que cuestionan las premisas epistemológicas de la disciplina y, en general, de las formas de conocimiento en su sentido moderno según fue esbozado previamente. Siguiendo a Jim George a David Campbell (1990: 260), se trata de una "variedad de voces disidentes" que están más unidas por lo que rechazan que por lo que aceptan. En cuanto a los aspectos epistemológicos que cuestionan, está la posibilidad de formular verdades objetivas y empíricamente verificables sobre el mundo, el proceso de construcción de conocimiento a partir de 'fundamentos externos' desde su insistencia en la construcción lingüística de la realidad. Lo central aquí es que estos teóricos —que la narrativa de la disciplina en términos de los 'grandes debates' ha situado bajo el apelativo del "Tercer Debate"— han realizado un esfuerzo por cuestionar los supuestos de las Relaciones Internacionales como campo de producción de conocimiento.

En palabras de James Der Derrian (1998: 36) lo que plantean estos enfoques —en particular el post-estructunlista donde él se inscribe— es un método intelectual para "invertir los actos de confinamiento teórico y neutralización política que han sido establecidos por la teoría de las relaciones internacionales norteamericanas". Frente a esto, proponen la textualización de los dominios de análisis: textualizar un dominio de análisis, es reconocer, en primer lugar, que cualquier "realidad" está mediada por un modo de representación y, segundo, que las representaciones "no son descripciones de un mundo de facticidad, sino que son formas de crear facticidad" (Shapiros 1989: 13-14). Así, su valor no puede discernirse en su correspondencia con algo, sino en las economías de posibles representaciones dentro de las cuales participan. De ahí su crítica a la forma 'ciencia' sobre la supuesta existencia de estándares de racionalidad universalmente aplicables y la correspondencia con una 'realidad' preexistente y externa que hace de todos sus constructos algo natural e incuestionable.

En el campo de las relaciones internacionales, las críticas a la teorización convencional, especialmente al Realismo, son un espacio privilegiado por los 'postmodernos', señalando, como lo hace R.B.J. Walker, que no es la tradición teórica hermética y monolítica que parecería, sino que está cruzada por muchas tensiones irresueltas propias del pensamiento occidental. (Walker, 1987). Otro componente fundamental en el marco de estos enfoques pasa por 'desnaturalizar' las categorías con las que se opera, a través de un distanciamiento, de un extrañamiento frente a lo que se cree familiar. (Der Derrian, 1998: 36). Se pretende articular una crítica a los postulados que se dan por sentados en los discursos prevalecientes.

Las dicotomías aparecen así como un eje privilegiado de la crítica postmodernista. Siguiendo la idea de que la característica fundamental del pensamiento moderno es la instrumentalización del pensamiento a través de la reificación de lo que se conoce, se señala que el dispositivo principal para hacerlo es el lenguaje, conceptualizado de una forma particular. El lugar del lenguaje en la modernidad es el de instrumento con el que se busque clasificar la realidad nombrándola. Clasificar supone poner aparte, separar: "El acto de clasificar postula que el mundo consiste en entidades conscientes y distintivas; a continuación indica que cada entidad tiene un grupo de entidades similares o adyacentes a las que pertenece y con las que —en conjunto— se opone a otras entidades". (Bauman, 1991: 74). Se trata de una operación que utiliza una distinción para marcar partes: una secuencia de operaciones como señalización de fronteras.

Desde los planteamientos de Derrida, esta operación (adentro-afuera, yo-otro, soberanía-anarquía, identidad-diferencia, universalidad-particularidad, centro-periferia) es fundamental para la construcción de conocimiento en Occidente y es la que tipifica el procedimiento logocentrista. Este constituye una orientación práctica que a la vez presupone, invoca y efectúa una expectativa normalizadora al funcionar como un principio de interpretación. (Ashley, 1989: 261). Así, la demarcación de la esfera de la 'política internacional', supondría un movimiento logocentrista; hay un límite absoluto entre el adentro y el afuera, y se privilegia el conocimiento de este último para afirmar normativamente al primero.

En palabras de Walker (1995: 308), "las teorías de las relaciones internacionales han sido construidas en gran medida como una negación de los supuestos sobre la vida política dentro de la comunidad auténticamente estatista, como un discurso de ausencia hecho posible por un discurso anterior de presencia". Este discurso anterior de presencia no es otro que el del Estado. El 'adentro' aparece como el espacio de la identidad y la continuidad, donde habría un control racional, una demarcación definitiva y un ordenamiento jerárquico, mientras que el afuera es el espacio de la diferencia y la discontinuidad, el espacio residual del otro.

Es en esta medida que la distinción doméstico-internacional supone un referente normalizador: donde no hay poder soberano no puede haber orden y la autoridad centralizada aparece como si fuera la precondición de la vida política, eje de la distinción entre teoría internacional y teoría política. De ahí que pueda sostenerse que las prácticas de los teóricos de las relaciones internacionales participan en la estabilización del significado de soberanía en tanto discurso sobre los límites.

Desde la Teoría Crítica este problema adquiere una dimensión más específica al reparar en la función ideológica del Neorrealismo y el Neoliberalismo como teorías tradicionales[8], ya que presentan 'lo prevaleciente' como inmutable y al describirlo contribuyen a reproducirlo, y por lo tanto "a reproducir sociedades injustas". Según Robert Cox, el hecho de que la teoría neorrealista considere a las variables sociales como si se mantuvieran fijas (igual que el químico trata las moléculas o el físico las fuerzas en movimiento) contribuye frenar las posibilidades de cambio del sistema y por consiguiente a mantener y a reproducir un sistema internacional injusto. Desde aquí la apuesta es por visibilizar el conocimiento como voluntad de poder o, en otro plano más, se trata de ver cómo nuestras explicaciones participan de un 'estado de fuerzas', de luchas constantes entre prácticas discursivas. (George y Cambpell, 1990: 281).

Es claro que la complejidad temática que plantean estas aproximaciones tiene diferentes implicaciones más o menos radicales para el estudio de las Relaciones Internacionales que van desde la parálisis de la posibilidad de producir conocimiento, hasta la generación de una mayor reflexividad con respecto a las categorías y al proceso de teorización. Un punto central que es pertinente recoger para los propósitos de este escrito es la forma en que, a partir de la crítica al tipo de pensamiento de la modernidad, se entiende que la distinción doméstico-internacional no se sustenta con base en una existencia o verdad ontológica. Peto, a la vez, las posibilidades de hacer ciencia pasan, en gran medida, por su reificación. Igualmente, permiten ver hasta qué punto las categorías parten de supuestos que ellas mismas pretenden realizar, lo cual da cuenta de sus condiciones sociales de producción en la pretensión de tener esferas delimitadas y espacios de regulación social bajo la imagen del Estado' por oposición a lo 'internacional'.

Sin llevar estos argumentos al extremo, el punto no es que los autores reconozcan o no en los Estados entidades más complejas, que nieguen sus atributos, o que efectivamente en el desarrollo de su teoría hagan algo distinto de lo que explícitamente proponen 10, sino que en sus formulaciones teóricas —con pretensiones, de 'cientificidad'— lo abstraen y lo tratan como una unidad a-problemática. De ahí que no baste quedarse en la crítica deconstructivista y llamar 'desde afuera' a la superación de las dicotomías, sino precisamente ver la fuerza de la idea de ciencia en su funcionalización, reparar en la "eficacia naturalizadora de los saberes modernos". (Lander, 1999; 13) frente a las separaciones que producen, de lo cual las teorías previamente referidas son una muestra bastante clara.

Consideraciones finales

Para finalizar, es importante señalar que la distinción entre lo doméstico y lo internacional en las teorías de las Relaciones Internacionales no es sólo un asunto de refinamiento epistemológico. Es claro que el conocimiento no puede desligarse de las relaciones de poder y la naturalización de estos referentes a partir de una disciplina eminentemente norteamericana así lo revela. Muestra de ello es el planteamiento de un tipo ideal con pretensiones de esquema universal sobre lo que es un Estado en el sistema internacional (unitario, fuerte, soberano) en tanto que plantea como horizonte y da por sentados supuestos que no son accesibles para todos, y que a través de hegemónicas se convierten en 'deseables' o en 'estándares evaluativos'.

Con base en estos planteamientos, se ha insistido que estos esquemas no sirven para el caso de los países de la llamada periferia o del Tercer Mundo en varios sentidos: estos Estados no responden al criterio de racionalidad que presuponen estas teorías; en ellos el tipo de conflicto es intraestatal no interestatal, es decir, la soberanía está en disputa y no puede darse por sentada; y sus relaciones con los Estados más poderosos del sistema no pueden entenderse como anárquicas, sino por el contrario, son jerárquicas. (Neuman, 1998: 13-19). Sin embargo, en estos ejercicios, que sin duda son importantes y necesarios, lo que se hace es reforzar un esquema particular de representaciones. Es decir, no se critica la naturalización de los referentes que hacen de estos Estados una forma de anomalía. Pero aquí también se debe recordar que tampoco estos atributos internos tomados como constantes, se ajustan a los Estados hegemónicos, sino a una imagen idealizada de ellos (centralización política, identidad, continuidad, control racional, demarcación definitiva y ordenamiento jerárquico), la cual resulta funcional a la hora de suponerlos como modelos para los Estados periféricos y esto no puede darse por fuera del vínculo entre prácticas, interacciones, dispositivos de representación, relaciones de poder y formas de conocimiento. De ahí que sea posible afirmar, para el caso de las teorías de las relaciones internacionales, que sus categorías (soberanía, anarquía, racionalidad, capacidades, seguridad) parten de supuestos que ellas mismas pretenden realizar.

El conocimiento del sistema internacional, en los términos en que lo hacen las teorías tradicionales, no es sólo una elección de optimización explicativa, sino que también es una manera de afirmar normativamente al Estado como entidad reguladora de la vida política. Como lo ha mostrado Foucault, las disciplinas históricamente han producido conceptos y prácticas normalizadoras, y las Relaciones Internacionales en absoluto pueden set pensadas por fuera de esta dinámica. (Foucault, 1991). Es desde aquí que se han configurado como campo de conocimiento. En síntesis, la suposición de lo doméstico como un todo autocontenido y no problemático, por oposición a lo internacional, administra un silencio sobre la historicidad de esta distinción y naturaliza la esfera de 'lo internacional', no sólo como espacio de conocimiento, sino como ámbito de práctica política.

Si bien esto es algo que no puede analizarse aquí en todas sus implicaciones y condiciones de posibilidad, interesa ver cómo adquiere una solidez tal que hace que en sí misma la distinción no pueda ser problematizada o explicada. Y esto encuentra su correlato en la vinculación con el referente de lo científico, que la dota de racionalidad, neutralidad y la articula con la promesa pragmática de la ciencia moderna, en términos de su capacidad de resolución de problemas.

Por último, cabe insistir en que es precisamente a partir del encuentro con la fuerza explicativa que adquieren las categorizaciones y con la dificultad de cuestionar sus supuestos por temor a quedarse sin fundamentos para producir conocimiento avalado académicamente, desde donde se puede afirmar que no hay una 'solución', en el sentido de nuevas teorías que reemplacen a las anteriores y que no es muy clara la apuesta nihilista de negarlas, en tanto que hacer teoría de las relaciones internacionales es básicamente imposible sin ellas. Lo fundamental es que ya no sea posible pensar lo doméstico y lo internacional bajo una forma reificada y que se pueda entender o por lo menos sospechar de lo que está en juego en sus usos y en la promesa de cientificidad sobre la que se basan. Ahí radica el potencial de las críticas reflectivistas, en propiciar un espacio de reflexividad sobre lo que suele darse por sentado, sobre el consenso tácito y raramente cuestionado a partir del cual todos los internacionalistas disienten.

 

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[1] Esta pregunta ya ha sido sugerida por Richard Ashley para el caso del Neorrealismo y su pretensión de ofrecer una aproximación 'científica' de las relaciones internacionales, (Ashley;1986).

[2] "Las divisiones en las ciencias sociales son arbitrarias. El objeto de estudio (lo socia) es uno y sus compartimentalizaciones se justifican por una finalidad netamente práctica que es profundizar. Esta misma lógica explica las subdivisiones dentro de cada disciplina (así como el estudio de las relaciones internacionales), lo que supone una cierta ventaja en la especialización". (Nasi, 1998: 13)

[3] Ver, ejemplo Waever (1998) y Hoffman (1991)

[4] Aquí es necesario precisar que Waltz no está hablando de dos posibilidades que se cancelan, sino de un continuum entre anarquía y jerarquía.

[5] El punto más evidente al que se puede aludir aquí es la asociación entre la seguridad americana y la 'cruzada' democratizadora del mundo.

[6] Desde la perspectiva de los reflectivistas las críticas apuntan a distintos niveles: el intento por desarrollar una aproximación científica; la subordinación de la aplicación constitutiva a la causal; la relación entre lo material y lo ideacional, que hace de esto último poco más que un 'anexo' de lo primero; la atribución de rasgos antropomórficos al Estado, como 'actores reales', antológicamente anteriores al Sistema; y la atribución de poderes agenciales una forma social colectiva, entre otros. Y, en un sentido más general, el hecho de que no pueda salir de los problemas epistemológicos que él mismo plantea. El cuestionamiento ha apuntado a qué tan diferente es el modelo del mundo social de Wendt con respecto a los ‘racionalistas’. (Guzzini, 2000) Como puede verse, la discusión sobre este autor ofrece amplias posibilidades, pero aquí todos estos elementos se harán converger hacia el punto de la distinción entre lo doméstico y lo internacional.

[7] La institucionalización ocurre cuando hay una tipificación recíproca de acciones habitualizadas por tipos de actores, las cuales se construyen en el curso de la historia y establecen patrones de conducta predefinidos que aparecen como 'dados', 'evidentes' y que son reipificados, esto es, experimentados como existentes por fuera de las interacciones y de los actores que las encarnan.

[8] La "teoría tradicional", según Horkhegmer, es la que establece una separación radical entre sujeto cognoscente y objeto conocido, y por lo tanto entre conocimiento e intereses. La "teoría critica", en cambio, no admite esa separación, especialmente en el ámbito de las ciencias sociales. (Horkheimer, 2000).