Introducción[1]
Desde el inicio de su andadura democrática a principios de la década de 1980, Honduras se ha caracterizado por ser uno de los sistemas políticos más estables de la región y por contar con uno de los sistemas de partidos más antiguos, en el que los miembros del Partido Liberal (PLH) y del Partido Nacional (PNH) se han alternado en el poder alcanzando niveles de concentración electoral superiores al 90%.
Sin duda, la crisis política desencadenada el 28 de junio de 2009, que supuso la expulsión del entonces presidente Manuel “Mel” Zelaya y que provocó un golpe de Estado y la posterior instauración de un gobierno interino presidido por Roberto Micheletti,[2] generó una fuerte polarización política y social que se trasladó rápidamente al escenario político hondureño.
En este contexto de marcada polarización se llevaron a cabo las elecciones generales de 2013, en las que los hondureños eligieron, además de presidente, tres designados a la Presidencia (vicepresidentes), 128 diputados propietarios, un número igual de suplentes, 20 diputados para el Parlamento centroamericano y 298 alcaldes municipales, mostrando al mundo que habían retomado la senda democrática y superado la crisis política provocada por el golpe de Estado de 2009.
La relevancia de las elecciones celebradas el 24 de noviembre de 2013 deriva de una serie de razones; en primer lugar, por primera vez contaron con la participación de nueve partidos políticos —cuatro de ellos surgidos trasel golpe de Estado— que pusieron en duda la permanencia del férreo bipartidismo que caracterizó a Honduras. En segundo lugar, por primera vez la contienda política no se dirimió entre los dos partidos tradicionales, sino que en esta ocasión tres o quizás cuatro partidos políticos tuvieron opciones reales de resultar vencedores. Asimismo, estas elecciones representaron una novedad en cuanto a la incorporación de actores políticos, destacando entre ellos varios movimientos sociales que participaron activamente en la campaña electoral y manifestaron su oposición a los dos grandes partidos tradicionales.[3]
Este artículo analiza los resultados de estos comicios, que dieron como ganador a Juan Orlando Hernández, del conservador PN, quien derrotó a su principal rival, Xiomara Castro, candidata por el Partido Libertad y Refundación (Libre) y esposa del derrocado presidente Manuel Zelaya. Asimismo, este trabajo centra su atención en el impacto de este proceso electoral, examinando algunos elementos que permiten vislumbrar una reconfiguración del sistema partidario hondureño.
1. Los pasos previos del proceso electoral
a. Las elecciones primarias e internas de 2012
El 18 de noviembre de 2012 se celebraron las elecciones primarias e internas, según lo establece la LEOP,[4] en las que se enfrentaron las corrientes internas de los principales partidos políticos, tanto para seleccionar el candidato a la Presidencia como para definir los candidatos a las diputaciones y a los cargos municipales. En estas elecciones el PNH, el PLH y Libre definieron las autoridades partidistas en un proceso electoral marcado por la presencia de nuevos actores políticos. El resto de los partidos no realizó primarias al no contar con movimientos internos reconocidos.[5]
Además de la presencia de los dos partidos tradicionales, en esta oportunidad también se contó con la participación de Libre, que en este caso solo llevó a cabo el proceso de selección de candidatos a diputados, alcaldes y regidores. Por su parte, el Partido Anticorrupción (PAC) no participó en esta instancia porque este proceso de selección de candidatos fue efectuado a través de un estudio centralizado por el propio Nasralla (Barrachina 2014, 75).
En las elecciones primarias, realizadas de forma simultánea, tal como lo establece la LEOP, se presentaron tres facciones internas por el PLH, siete por el PNH y cinco por el partido Libre, con un total de quince movimientos en competencia. En este sentido, es pertinente mencionar que el PNH ha sido históricamente el partido con menos facciones internas, mientras que el PLH ha estado siempre muy dividido internamente, aspecto que parece haberse revertido en estas elecciones.[6] Pese a los múltiples movimientos que participaron, no todos constituyen facciones estructuradas, sino que muchos de ellos carecen de capacidad organizativa para lograr representantes y están vinculados a la búsqueda de intereses y a la negociación de futuros puestos en el gobierno con el movimiento ganador (Otero 2013).
En estas elecciones el PLH no solo definió —una vez más— el candidato presidencial y —por tercera vez— los candidatos a diputados y alcaldes,[7] sino que también renovó la directiva del partido. En esta ocasión se enfrentaron las corrientes lideradas por Mauricio Villeda, Yani Rosenthal y Esteban Handal, y resultó ganador el representante del ala más conservadora del partido, Mauricio Villeda, con el 52% de los votos.
Es pertinente mencionar que el resultado tan ajustado entre la facción de Villeda y la de Rosenthal provocó enfrentamientos entre ambas facciones, que sin duda marcaron la campaña electoral del candidato vencedor y signaron su suerte durante las elecciones generales. Si bien la elección de autoridades del partido no había generado inconvenientes en anteriores oportunidades, porque, tal como lo establece el Artículo 53 del Estatuto del partido, las máximas autoridades se eligen indirectamente a partir de los votos obtenidos en las primarias, siendo los resultados de la candidatura presidencial los que definen la integración de Comité Ejecutivo Central. Sin embargo, los resultados de las primarias no mostraron un claro ganador, ya que la facción liderada por Rosenthal fue la más votada en gran parte de los departamentos y obtuvo más candidatos a alcaldes y, en función de estos resultados, logró más convencionales para la elección de la nueva directiva. Pero Villeda, pese a obtener menos convencionales, obtuvo más votos en el nivel nacional y fue el ganador de la candidatura presidencial, por lo que su movimiento debía obtener la presidencia del Consejo Central Ejecutivo del Partido Liberal (CCEPL). No obstante, en la convención del partido, celebrada en mayo de 2013, se formalizó la unidad de la organización en torno a su candidato presidencial y se juramentaron las autoridades del CCEPL, ocho para el movimiento villedista y seis para el de Rosenthal (Otero 2013, 274). A pesar de este acuerdo de unidad, la crisis interna del PLH surgida tras el golpe de Estado fue acentuándose cada vez más, provocando que la candidatura de Mauricio Villeda para las elecciones generales quedase abandonada a su suerte.
En las primarias del PNH se enfrentaron siete movimientos, aunque el proceso electoral se dirimió entre dos de ellos, el liderado por el candidato Juan Orlando Hernández, actual presidente del Congreso Nacional, y el liderado por el alcalde de Tegucigalpa y presidente del partido, Ricardo Álvarez. Los resultados proclamaron vencedor a Juan Orlando Hernández, con el 45,5% de los votos, quien ganó la mayoría de los departamentos rurales y menos poblados y se hizo con la mayoría de las candidaturas a diputados y alcaldes.
Por su parte, Libre participó por primera vez en las elecciones primarias y presentó como única candidata presidencial a Xiomara Castro, esposa del derrocado presidente Manuel Zelaya, al contar con el apoyo de las cinco corrientes internas de la organización. A pesar de sus escasos meses de actividad, Libre movilizó un numeroso grupo de simpatizantes, poniendo en evidencia el gran poder de convocatoria del partido, permitiendo entrever el nuevo escenario político hondureño. A su vez, en esta jornada electoral, y al igual que los otros partidos, los partidarios de Libre eligieron las autoridades partidistas a través de una urna diferente, en la que se confirmó a Manuel Zelaya como coordinador general del partido. Para mayor información sobre los resultados de las elecciones primarias presidenciales ver tabla 1.
b. Campaña electoral: sondeos electorales y ejes temáticos
Como puede observarse en el gráfico 1, durante los noventa días de campaña electoral,[8] la disputa por el apoyo electoral estuvo centrada en dos candidatos, dejando por primera vez afuera de esta lucha al candidato de uno de los partidos tradicionales, el PL. Según datos publicados por la consultora Cid-Gallup, la candidata por el Partido Libre, Xiomara Castro, contó con un elevado apoyo desde el inicio de su campaña electoral y permaneció prácticamente estable a lo largo de la misma, aspecto que refleja que desde un principio logró el apoyo de un sector de la sociedad insatisfecho tras la crisis de 2009, que vio que sus expectativas estaban representadas por el Partido Libre. No obstante, este partido no logró ampliar su base de apoyo a lo largo de la campaña.
Gráfico 1.
Evolución de la intención de voto entre los principales candidatos presidenciales (en porcentajes)
Por su parte, el candidato del Partido Nacional, Juan Orlando Hernández, inició su campaña electoral con un escaso apoyo (cercano al 17%); sin embargo, supo direccionar su campaña ampliando su base de apoyo de forma notoria a lo largo del tiempo. En este sentido, el candidato del PNH hizo hincapié en una de la principales problemáticas que afectan a la población hondureña: la inseguridad ciudadana, proponiendo medidas para hacerle frente que lograron una gran aceptación por parte de la ciudadanía.
La discusión sobre la inseguridad ciudadana como principal problema que afecta al país y la actuación o no por parte de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad fueron el centro del debate durante la última campaña electoral. De cara a las elecciones presidenciales y legislativas, los distintos candidatos discutieron sobre la militarización de la seguridad pública. En este sentido, Xiomara Castro, la candidata de Libre, afirmó que “los militares deben estar en los cuarteles”, y propuso como medida para combatir la inseguridad crear una Policía Comunitaria y reservar para las Fuerzas Armadas la tarea de vigilar las fronteras, a fin de impedir que la droga ingrese al país. En la misma línea se pronunció el candidato del PAC, quien propuso que los militares deben estar “sentados detrás de un escritorio”. Por el contrario, el candidato del partido oficialista, Juan Orlando Hernández, manifestó su intención de llevar a cabo una política de mano dura, y para ello planteó implementar una Policía Militar para combatir el crimen organizado y abogó por la utilización masiva de los militares en la lucha contra la violencia, validando de esta manera la Policía Militar que fue creada para estos fines por la administración de Porfirio Lobo.[9]
Evidentemente, la política de mano dura planteada por el candidato del PN logró mayor aceptación y provocó que la balanza se inclinara finalmente a su favor. La instauración de la inseguridad ciudadana como principal problema que afecta al país en la agenda política, sin duda fue de la mano con el sentimiento generalizado de la sociedad de turbación ante el crecimiento exponencial que se registró en los últimos años en los niveles de violencia.[10] Según el Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional de Honduras, de una tasa de 37 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2005, el país pasó a una tasa de 85,5 homicidios en 2013[11] (Rodríguez 2014). En la misma perspectiva, los datos de PELA correspondientes al período 2014-2018 confirman que los parlamentarios hondureños consideran que uno de los principales problemas que enfrenta Honduras en estos momentos es la inseguridad ciudadana/delincuencia.[12] A su vez, puede observarse que este es un problema que tradicionalmente ha afectado a Honduras, ya que los parlamentarios del período 2010-2014 también lo identificaron como prioritario.[13]
2. Elecciones generales
El 24 de noviembre de 2013 se celebraron las elecciones generales, donde resultó electo Juan Orlando Hernández, por un período de cuatro años, para suceder en el cargo a Porfirio Lobo, su correligionario del gobernante Partido Nacional.[14] Estos comicios pusieron en duda la permanencia del viejo bipartidismo que caracterizó a Honduras, encarnado en el Partido Nacional (PN) y el Partido Liberal (PL), ambos conservadores y con más de un siglo de historia.
Por primera vez, nueve partidos políticos —cuatro de ellos surgidos trasel golpe de Estado— participaron en la contienda, si bien solo se presentaron ocho candidatos presidenciales, debido a la formación de una alianza entre dos agrupaciones políticas.Además del nacionalista Juan Orlando Hernández, se presentaron el candidato liberal Mauricio Villeda; Orle Solís, del partido Democracia Cristiana (DC); Jorge Aguilar, de PINU; Andrés Pavón, candidato de la Unificación Democrática (UD) y el Frente Amplio Político Electoral en Resistencia (FAPER), y Salvador Nasralla, candidato del Partido Anticorrupción (PAC). A su vez, también participaron en los comicios dos protagonistas del golpe de 2009: el general Romeo Vásquez, de la Alianza Patriótica, quien durante la administración de Zelaya era el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas y a su vez fue el encargado de ejecutar la expulsión de Zelaya del país; y por último, la esposa del derrocado presidente, Xiomara Castro, candidata de Libre, quien adquirió un fuerte protagonismo político al estar al frente de las protestas que se desencadenaron tras el golpe.
De las cuatro fuerzas políticas surgidas tras el golpe, dos de ellas proceden del FNRP: por un lado, el Partido Libertad y Refundación (Libre), que ha sido refugio de muchos liberales que abandonaron el partido. La segunda es el Frente Amplio Político Electoral en Resistencia (FAPER), también situado a la izquierda pero desmarcado del anterior. La reacción crítica al bipartidismo tradicional también se manifestó por la creación de dos fuerzas conservadoras: por un lado, la Alianza Patriótica Hondureña, y por otro, el Partido Anticorrupción (PAC) (Otero 2013). Por tanto, los hechos de 2009 ocasionaron una polarización política y social que se trasladó con rapidez al mapa partidista; sin embargo, las voces críticas al funcionamiento del bipartidismo hondureño no representan necesariamente un mismo sector, ya que unas estaban a favor del cambio que implicaba la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), y otras, si bien manifiestan el cambio, lo hacían desde una óptica más conservadora.
Los datos contenidos en la tabla 2 permiten observar los resultados de las pasadas elecciones, que dieron como vencedor al candidato del oficialista PN y dejaron por primera vez en la historia democrática al PL en tercer lugar, que obtuvo aproximadamente un escaso 20% de los votos.[15]
Los resultados de los comicios —a pesar de las denuncias presentadas por Libre— fueron aceptados y considerados legítimos por los numerosos observadores internacionales presentes durante la jornada electoral.
3. Composición del Congreso
La amplia oferta electoral que caracterizó a estas elecciones tuvo como consecuencia una fragmentación política en el Legislativo, lo que implicó que el candidato del PN llegara al gobierno sin mayoría propia al obtener 48 de los 128 escaños legislativos, frente a los 37 de Libre. Teniendo en cuenta que son necesarios 65 escaños para contar con mayoría simple, el PN se vio forzado a buscar apoyos de las otras fuerzas políticas para sacar adelante su agenda legislativa y garantizar la gobernabilidad política.[16]
Como puede apreciarse en la tabla 3, el Congreso Nacional quedó conformado por primera vez por representantes de siete partidos políticos, siendo 48 diputados del PN, 37 de Libre, 27 del PL, 13 de PAC, y 3 a razón de uno cada uno logrados por la Democracia Cristiana (DC), el Partido Innovación y Unidad-Socialdemócrata (PINU) y el Partido Unificación Democrática (UD).
4. Concentración electoral
La erosión del viejo bipartidismo puede observarse con mayor claridad al analizar los niveles de concentración electoral de los dos partidos tradicionales. En el gráfico 2 se puede apreciar la notoria disminución de los niveles de concentración electoral de los dos partidos tradicionales (PNH y PLH) en el último proceso electoral. Este indicador permite saber el grado de concentración de votos que poseen los dos partidos principales.[17]
Sin duda, el clientelismo ha sido el mecanismo que ha permitido fortalecer la concentración electoral durante décadas en ambos partidos tradicionales, reforzando a través de vínculos clientelares y de patronazgo las lealtades partidistas. Así, el intercambio clientelar ha sido el elemento fundamental para la victoria electoral, más que la conexión ideológica o programática con los electores, siendo esta una forma más asequible de satisfacer necesidades inmediatas para la población de escasos recursos, que en Honduras sigue siendo mayoritaria (Otero 2013, 260).
El mantenimiento de las redes clientelares ha asegurado el apoyo político durante décadas y ha puesto de manifiesto que las lealtades partidistas dependen del ciclo electoral y de las posibilidades de triunfo de los partidos. A su vez, el arraigo del clientelismo ha impactado también en la implementación de políticas públicas y programas sociales, que muchas veces han acabado beneficiando a los simpatizantes del partido de turno, o en el tipo de actividades de los políticos, convertidos en patrones, cuya carrera política depende totalmente del acceso a bienes de diferente tipo (Taylor-Robinson 2010).
Sin embargo, en Honduras los costes del clientelismo han ido aumentando en una sociedad cada vez más numerosa y compleja, cuyas necesidades no han sido satisfechas. Esto ha provocado una disminución del voto duro de los partidos, ubicado tradicionalmente en sectores rurales y con menor nivel educativo. A esto se añade que son cada vez más los ciudadanos que, sin una fuerte identidad partidista, cambian su voto entre elecciones (Otero 2013). Estas circunstancias provocaron una disminución de la concentración electoral en la última elección al inclinarse el electorado por nuevas ofertas partidistas.
5. La distribución territorial del poder
Si bien los resultados electorales a nivel nacional mostraron un cambio en la configuración del sistema de partidos que puso en jaque las bases del férreo bipartidismo que caracterizó al país, los resultados a nivel subnacional reflejan la persistencia del viejo bipartidismo tradicional, que continúa exhibiendo mucha fuerza a nivel local.
Como puede observarse en la tabla 4, en las corporaciones municipales la persistencia del bipartidismo fue más contundente, al obtener el Partido Nacional y Liberal en forma conjunta 266 corporaciones municipales (183 y 83 alcaldías, respectivamente), frente a las 31 alcaldías de Libre.[18] En este sentido, es pertinente destacar dos aspectos: en primer lugar, Libre, a pesar de su corta existencia, logra instalarse con una importante fuerza en gran parte de los municipios, y en segundo lugar, si bien el PAC no logró triunfar en ninguna alcaldía, aparece con más fuerza en las zonas urbanas del país, y estuvo muy cerca de resultar victorioso en la ciudad de San Pedro Sula, uno de los principales centros urbanos.
La continuidad del bipartidismo a nivel subnacional está vinculada al carácter rural de la mayoría de los departamentos del país, donde el caciquismo y las estructuras partidarias siguen siendo instituciones clave.[19] En este sentido, queda reflejada la fortaleza de las estructuras partidarias tradicionales a lo largo del territorio nacional.
No obstante, tomando en consideración los resultados de las elecciones a nivel subnacional, se observa que los principales partidos (PNH, PLH, Libre y PAC) tienen presencia en municipios de todos los departamentos del país; por tanto, se puede afirmar que si persiste esta tendencia, y los nuevos partidos tienen la capacidad de ir estructurando sus bases políticas a lo largo y ancho del país, el bipartidismo tradicional tiene muchas posibilidades de desaparecer del escenario político, dando paso a un sistema partidario más amplio (Barrachina 2014).
6. Participación electoral
El último proceso electoral registró un aumento en los niveles de participación electoral, después de un largo período que se caracterizó por el aumento progresivo de la abstención. Los elevados niveles de abstención registrados en períodos anteriores, en gran parte estaban vinculados al desalineamiento político, es decir, a la pérdida de identificación partidista que manifiesta la población, producto del descontento generalizado por la situación política y económica que afronta el país. Sin embargo, también influye el creciente número de emigrantes hondureños en el extranjero, principalmente en Estados Unidos, que no ejercitan el voto. También debe tomarse en consideración que, si bien Honduras cuenta con el voto obligatorio, no hay sanciones para aquellos que incumplen la norma (Rodríguez 2011).
Tal como se puede observar en el gráfico 3, la participación electoral presentó un aumento aproximado del 10% respecto de los comicios celebrados en 2009, valores que pueden interpretarse como un símbolo de la revitalización de la política que emergió como consecuencia del golpe de Estado de 2009 y que se manifestó en el surgimiento de numerosos movimientos sociales que reivindicaban la figura de Zelaya y la necesidad de una Reforma Constitucional.
Consideraciones finales
Los comicios celebrados en 2013 en Honduras dieron como ganador a Juan Orlando Hernández, quien sucedió en el cargo a Porfirio Lobo. Estas elecciones se definieron por el carácter polarizado de la misma y el resultado ajustado que se presentó por primera vez entre dos partidos, uno de ellos de reciente formación. Su impulso a lo largo del territorio nacional provocó una reconfiguración del sistema partidario.
Sin duda, el cambio político más relevante que evidencian los resultados electorales es la erosión del viejo bipartidismo político tradicional al incorporar a nuevos actores en la dinámica política. Sin embargo, los datos a nivel subnacional confirman la fortaleza de las estructuras partidarias tradicionales y la capacidad de movilización electoral de estos partidos.
Asimismo, el proceso electoral mostró la crisis interna del PLH, quien se presentó como el gran perdedor y que enfrenta la difícil tarea de recomposición interna tras el derrocamiento de Zelaya, que provocó una fuerte escisión que dio lugar al surgimiento de Libre. Por su parte, Libre ha demostrado ser una opción política con fuerte adhesión y muy atractiva para muchos movimiento sociales, pero además encarna, junto al PAC, el cambio político al aglutinar a aquellos sectores que manifiestan su descontento hacia los partidos tradicionales.
Sin duda, la necesaria formación de alianzas en el legislativo genera expectativas en el plano político, ya que implica la negociación de los partidos tradicionales para hacer frente a las nuevas agrupaciones políticas y lograr así la pervivencia en el sistema político. Sin duda, los resultados electorales demuestran que está en curso un proceso profundo de reconfiguración del sistema de partidos políticos, que con el tiempo podrá definir si es posible la continuidad de estos nuevos actores políticos y la convivencia con las viejas estructuras partidarias.





