Cómo citar: Cireddu, Alessandra, Karen Hinojosa y Zaida Muxí Martínez. "Enseñanzas inclusivas para la práctica arquitectónica. Género, ciudad y arquitectura". Dearq no. 40 (2024): 4-9. DOI: https://doi.org/10.18389/dearq40.2024.01

Enseñanzas inclusivas para la práctica arquitectónica. Género, ciudad y arquitectura

Alessandra Cireddu

acireddu@tec.mx

Tecnologico de Monterrey, México

Karen Hinojosa

khinojosa@tec.mx

Tecnologico de Monterrey, México

Zaida Muxí Martínez

zaida.muxi@tec.mx

Tecnologico de Monterrey, México

Este texto explora cómo la integración de los feminismos y la perspectiva de género en la pedagogía del diseño y la planificación urbana puede generar espacios más equitativos y justos. A través de una evaluación crítica de la literatura, se evidencia la necesidad de revisar la historia, los valores y los métodos de enseñanza en arquitectura y urbanismo. Los resultados destacan la importancia de proyectos pedagógicos, arquitectónicos, urbanos y metodologías críticas que fomenten la empatía y reconozcan los cuidados como base fundamental de la sociedad, promoviendo así entornos más inclusivos y habitables para todas las personas.

Palabras clave: arquitectura, urbanismo, enseñanzas, feminismo, género, pedagogía crítica.


Este número especial de Dearq está integrado por voces muy diversas que comparten la firme convicción de que los feminismos y la perspectiva de género, al integrarse a la pedagogía del diseño y la planificación urbana, resultan fuerzas poderosas para la creación de espacios más equitativos y justos, para dar respuestas a necesidades no consideradas desde el sesgo patriarcal y sexista del conocimiento.

Estamos cerrando el primer cuarto del siglo XXI, un tiempo marcado por desafíos urgentes y crisis sociales, climáticas, económicas y políticas, todas atravesadas por desigualdades de género. En un tiempo en el que habitar en las ciudades se vuelve incrementalmente complejo, enseñar a pensar en espacio, tiempo, desplazamiento y habitar es imperativo.

Desde finales del siglo XIX y principios del XX, las mujeres comenzaron a luchar por su derecho a la educación superior, al tiempo que cuestionaban la falta de representación y la discriminación en las aulas (Perkins Gilman 1898; De Beauvoir 1965; Freire 2005) analizando cómo las estructuras y prácticas educativas influían en la construcción de género y perpetuaban la desigualdad (Hinojosa y Cireddu 2023).

El conocimiento y el aprendizaje tienen que ser situados (Haraway 2013) desde las propias experiencias personales reconociendo las múltiples situaciones de desigualdad u opresión (De la Cerda 2023), por ello la rescritura de la historia y la incorporación de otros criterios y métodos pedagógicos es imprescindible (hooks 2007).

Las crisis del primer cuarto del siglo XXI demandan un cambio en el enfoque, los contenidos y los objetivos de la educación relacionada con los entornos construidos. Para que este cambio sea efectivo, es crucial incorporar perspectivas feministas y metodologías de género. Mientras que campos como las ciencias sociales ya han avanzado en este sentido, la arquitectura, el urbanismo y el diseño aún tienen un largo camino por recorrer.

En la década de 1970, con el auge del feminismo político, las mujeres comenzaron a consolidar su presencia en las universidades, un derecho que apenas se les había concedido a finales del siglo XIX y que se afianzó en los programas de doctorado en la década de 1960. Fue desde estas nuevas posiciones de autoridad académica que las mujeres empezaron a narrar y construir su propia historia, incluyendo su rol en la ciencia.

Al considerar la relación entre género y ciencia, es vital examinar las estrategias metodológicas que permitan una reconstrucción feminista del conocimiento científico. Esto implica no solo reconocer el papel de las mujeres como creadoras de conocimiento, sino también identificar y eliminar los sesgos de género presentes en la ciencia y la teoría científica. Diana Maffía hace referencia al trabajo de Londa Schiebinger quien reveló cómo los prejuicios de género, clase y raza han influido en las investigaciones de los "padres" de la ciencia moderna, afectando las clasificaciones y descripciones de seres humanos, plantas y animales. Este enfoque crítico revela cómo los científicos, como miembros privilegiados de la sociedad, crean imágenes y explicaciones de la naturaleza que refuerzan sus propios valores culturales y posiciones.

Deconstruir y reconstruir el conocimiento científico desde una perspectiva feminista implica reinterpretar la ciencia con el objetivo de contribuir a la emancipación de las mujeres. Esto requiere concebir la ciencia como una construcción comunitaria, influenciada por diversas variables sociales y no solo por parámetros disciplinarios. El conocimiento producido debe ser accesible y relevante para toda la sociedad, y no restringirse únicamente al ámbito académico (Maffía 2022). La utilidad de estos conocimientos situados sobre la identidad y la cultura se basa en la combinación de un "saber por qué", teórico o episteme, y un "saber cómo", práctico o téchne (Zebracki 2020).

En línea con esta perspectiva, es esencial la integración de modelos no androcéntricos, femeninos y no heteronormativos en los planes de estudio, exposiciones e historias de la arquitectura dentro del ámbito académico. Esto, además de proporcionar una visión más completa y diversa de la historia, también empodera a las mujeres que egresan de estas disciplinas, preparándolas mejor para los desafíos profesionales que enfrentarán (Stratigakos 2016). No hay que olvidar que la brecha salarial de género persiste en los países de la OECD en un promedio del 11,9% (OECD 2023), pero puede superar el doble en las disciplinas espaciales debido a la segregación horizontal, donde las mujeres se concentran en trabajos peor remunerados, y la segregación vertical, que limita su acceso a niveles laborales superiores (Rorke-Wickins y Wilson, 2009; Clark 2012; Nikkhah Manesh 2020; Sánchez de Madariaga 2021). En este contexto, la revisión situada de la historia de las mujeres arquitectas destaca la riqueza e importancia de sus contribuciones y abre caminos para una mayor equidad y reconocimiento en el campo.

En la formación arquitectónica, la invisibilización de las mujeres aún es evidente. A pesar de sus importantes contribuciones, nombres como Marion Mahony, Jane Drew, Eileen Grey, Charlotte Perriand, Jane Jacobs, Aino Aalto, Lilly Reich, Denise Scott Brown, Carme Pinós son raramente mencionados en la literatura académica y, cuando lo son, a menudo se les presenta en relación con figuras masculinas, o invisibilizado su sexo al disminuirse a sus iniciales o apellidos. Esta supresión cultural contribuye a que sus nombres no se retengan, reflejando una subvaloración sistemática de sus aportes (Muxí 2018).

Textos históricos de cabecera como Historia crítica de la arquitectura moderna de Kenneth Frampton, cuya primera edición se hizo en 1980 y sigue reeditándose en la actualidad, y Modern Architecture since 1900 de William Curtis, de 1982, también con reediciones constantes, apenas mencionan a mujeres arquitectas, subrayando este desequilibrio y evidenciando que es un problema que aún está presente. La ausencia de mujeres en los textos de referencia no solo perpetúa su falta de reconocimiento, sino que también limita la capacidad de las y los docentes para ofrecer una educación más completa. Por tanto, es imperativo desarrollar y adoptar una bibliografía expandida que visibilice las contribuciones de las mujeres arquitectas, urbanistas y pensadoras.

Si, por un lado, es fundamental apoyar y promover la participación activa de las mujeres en todos los niveles fomentando la presencia femenina en las aulas en términos de profesorado, bibliografía etc., por otro lado, es necesario integrar de forma más amplia la perspectiva de género en experiencias didácticas, lo cual significa plantear reflexiones y ejercicios que reviertan la manera tradicional de ver las cosas para ampliar la mirada, las voces, aportar casos de estudio y metodologías de investigación con perspectiva de género. La pedagogía feminista convoca a un aprendizaje comprometido al reflexionar continuamente sobre la propia persona, involucrándose con el material de estudio, colaborando para superar prejuicios y discriminaciones, trabajando con la comunidad y movimientos sociales para impulsar el cambio (Shrewsbury 1987).

Las prácticas pedagógicas feministas, al centrarse en la colaboración, la escucha activa y la facilitación, no solo transforman los entornos educativos, sino que también generan resultados tangibles en los ámbitos del arte público y las exhibiciones. Estas manifestaciones artísticas sirven como extensiones de los procesos educativos, permitiendo que los conocimientos y las reflexiones críticas trasciendan las aulas y lleguen a la población en general. Además, facilitan los cuidados al crear entornos que fomentan el bienestar y la inclusión. A través de estas salidas, se promueve una educación continua y accesible, donde el arte se convierte en un vehículo para cuestionar y reimaginar las estructuras sociales y culturales. El arte público y las exhibiciones que emergen de prácticas pedagógicas feministas actúan como plataformas democratizadoras, involucrando a diversas comunidades en diálogos sobre identidad, poder y justicia social.

La incorporación de una perspectiva de género en los planes de estudio de la educación media superior ha sido desigual debido a la alta estratificación de este nivel educativo. Las instituciones varían mucho en recursos y enfoques, lo que afecta la implementación efectiva de políticas educativas que promuevan la igualdad de género. En los niveles más altos de formación académica, la incorporación de contenidos con perspectiva de género responde más a una lógica disciplinar. Esto significa que los programas de estudios en las universidades se diseñan para profundizar en temas específicos de cada campo académico. Para que la inclusión de estos contenidos alcance su potencial transformador en la educación, deben estar integrados tanto a nivel curricular como institucional. Esto requiere una gobernanza robusta y un acompañamiento de competencias transversales como el pensamiento crítico, la colaboración y el enfoque sistémico (Carney y Carty 2024). En el caso de títulos habilitantes como es el de arquitectura en la mayoría de los países latinoamericanos, esta dificultad es aún mayor, ya que la formación técnica y profesional específica añade otra capa de complejidad a la integración de la perspectiva de género.

Integrar temas de género y sexualidad en la enseñanza de la arquitectura, el urbanismo y el diseño, promoviendo la apertura, la experimentación y la adaptabilidad, conlleva también riesgos y resistencias. Ante esta situación, es crucial crear redes de apoyo entre instituciones y obtener el respaldo universitario (Vallerand 2018). Cada contexto académico es distinto, lo que dificulta dar recomendaciones precisas o métodos pedagógicos aplicables universalmente. Sin embargo, examinar diferentes técnicas disruptivas puede sugerir formas innovadoras de abordar estas resistencias.

Los artículos seleccionados abordan de diversas formas el cuestionamiento de las narrativas dominantes en arquitectura y urbanismo, enfatizando la necesidad de desafiar la supuesta neutralidad de los espacios y de los métodos con los que los trabajamos. A través de la crítica, la reflexión y la transformación de los espacios domésticos y públicos, se revela cómo se han perpetuado roles de género estereotipados y se proponen nuevas formas de ocuparlos. Los artículos que aquí se presentan visibilizan experiencias y espacios marginalizados o periféricos, no solo en la casa o la ciudad, sino en la educación.

Otro tema recurrente en este número es la integración de perspectivas interseccionales que abordan el género tanto como otros ejes de desigualdad como la raza, la clase y la sexualidad. Esta aproximación integral es necesaria para ofrecer soluciones efectivas a las diversas necesidades espaciales de la sociedad. Esta diversidad también se refleja en las aulas, donde la educación adquiere una importancia especial para aquellos estudiantes que enfrentan múltiples formas de opresión y discriminación. En estos casos, la educación actúa como una herramienta de empoderamiento, que desarrolla las habilidades necesarias para cuestionar y transformar las estructuras opresivas en sus futuras prácticas profesionales.

Los artículos sugieren metodologías como narrativas personales y comunitarias, prácticas de campo, dinámicas de aprendizaje experiencial, recorridos territoriales con perspectiva de género, investigación-acción participativa, grupos de discusión, talleres colaborativos comunitarios, intervenciones urbanas temporales, asesorías técnicas, procesos de autoconstrucción y aprendizaje basado en proyectos seleccionados cuidadosamente para contextos específicos. Estas metodologías establecen una fuerte conexión entre la teoría, la práctica académica y la acción, que permite llevar los conocimientos adquiridos en el aula y en la calle a proyectos reales que promuevan la justicia espacial.

Un tema subyacente en varios de los artículos es la necesidad de crear entornos de apoyo en el ámbito educativo. Abordar la salud mental y el bienestar sin perder de vista tanto las cargas adicionales a las que se puede enfrentar una persona que estudia o enseña, como el impacto del trauma, el estrés y la marginación en el aprendizaje. Es decir, la reflexión sobre los cuidados exige también la construcción de espacios de aprendizaje seguros donde cada persona sea respetada.

En cuanto a los proyectos seleccionados para este número doble, buscamos mostrar ejemplos que desde diferentes escalas acompañan y promueven los cuidados compartidos. Hemos querido que la selección fuera desde el detalle y lo efímero hasta el planeamiento.

Hemos pedido a Laura Pérez Castaño que escriba un texto de marco a las políticas de cuidado en las ciudades para fundamentar los proyectos escogidos como ejemplificación de la aplicación material de las ideas. Pérez Castaño construye una reflexión histórica y teórica acerca de los cuidados en la ciudad, en el planeamiento y la movilidad, sobre la base y convicción de que un urbanismo feminista tiene que poner en el centro las vidas y los cuidados.

En el apartado de creación de la revista, Aracelia Barbero y Ximena Ocampo nos sensibilizan sobre la vida cotidiana urbana, revelando cuerpos y actividades a menudo invisibles, convirtiendo el caminar y observar en actos de resistencia y transformando espacios públicos en narrativas vivas.

Abordar el género no es solo "trabajo de mujeres" (Fincher 2007, 5). El género no es hablar de mujeres, sino hablar de los roles binarios, complementarios y excluyentes en los que nuestras sociedades están basadas. El género femenino, asignado y realizado mayoritariamente por mujeres, es aquel que realiza las tareas de cuidados, de sostenimiento de las vidas. Rol muchas veces desconocido y, sin embargo, imprescindible. Por lo tanto, situar los cuidados en el centro del aprendizaje de la arquitectura, el diseño y el urbanismo es imprescindible para lograr una sociedad equitativa, igualitaria y justa. Se trata de una responsabilidad compartida e imprescindible. En el aula, esto implica un diálogo pedagógico que combina la reflexión crítica con la acción crítica. Esto impulsa al estudiantado a cuestionar sus condiciones sociales y desarrollar la capacidad de autogestión, tanto de manera individual como colectiva (Peters 2016).

Para hooks (1990), el concepto de yearning o anhelo es un deseo profundo y persistente por la conexión, la justicia y el cambio social. Esto implica centrarse en la propia posición en relación con las estructuras para generar cambios. Nuestro compromiso en esta edición es claro: inspirar y empoderar a la comunidad académica y profesional a reflexionar sobre cómo el diseño del entorno construido puede influir en la creación de ciudades más inclusivas y habitables para todas las personas. Es un llamado a la acción para redefinir nuestras prácticas desde la enseñanza para abrazar la diversidad de voces que dan forma a nuestras ciudades.

bibliografía

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