
Cómo citar: Vallejo Rodríguez, Johanna Liliana y Josep-Lluís Rodríguez i Bosch. "Corporeidad y habitabilidad: recorridos entre espacio y tiempo". Dearq 44 (2026): 12-19. https://doi.org/10.18389/dearq44.2026.02
Johanna Liliana Vallejo Rodríguez
johannaliliana.vallejo@autonoma.cat
Universidad Autónoma de Barcelona, España
Josep-Lluís Rodríguez i Bosch
Universidad Autónoma de Barcelona, España
Recibido: 12 de diciembre de 2024 | Aceptado: 6 de agosto de 2025
El cuerpo, como primer lugar donde el habitar acontece, es una trama en la que convergen dimensiones simultáneas de la experiencia humana: lo orgánico (posturas), lo biomecánico (movimientos) y lo simbólico (gestos). La percepción, como mediadora, integra esas capas del cuerpo y proyecta esta experiencia dotándola de sentido. En una lectura hermenéutica, la arquitectura se presenta como una extensión dinámica y significante de la corporeidad, distinta a la noción de cuerpo, y en ella posturas, movimientos y gestos reflejan y transforman la relación entre espacio y tiempo. La habitabilidad, más allá del hecho de habitar, es un acto interpretativo y transformador: el habitante y su entorno coexisten, se resignifican mutuamente y proyectan —ambos— su sentido. Por consiguiente, este enfoque abre una reflexión sobre la corporeidad y la habitabilidad, situándolas en el centro de la creación espaciotemporal, en la que ambas devienen lenguaje y acción.
Palabras clave: arquitectura, cuerpo, habitar, corporeidad, habitabilidad, espacio y tiempo.
"Y el Verbo se hizo carne"
— Jn 1,14
Esta reflexión se enmarca en la hermenéutica como horizonte metodológico, un camino que desvela el sentido como acto interpretativo. En este contexto, se propone distinguir entre cuerpo y corporeidad, así como entre habitar y habitabilidad. Mientras el cuerpo y el habitar pueden comprenderse como condiciones biológicas y físicas que implican ocupar un espacio, la corporeidad y la habitabilidad emergen cuando dicha relación se vuelve consciente, simbólica y situada.
El cuerpo, en su dimensión más elemental, permite el habitar desde la organicidad, el instinto y la adaptación funcional. Habitar, entonces, se reduce a ocupar un espacio. Es un acto que puede darse desde el automatismo y la univocidad. En este sentido, la corporeidad implica una conciencia del cuerpo como horizonte de experiencia, capaz de proyectar sentido. Como señalan Duch y Mèlich:
La corporeidad como escenario sobre el cual se desarrolla la relacionalidad humana constituye una complejidad armónica de tiempo y espacio, de reflexión y de acción, de pasión y de emotividad, de intereses diversos y de responsabilidad. Esta complejidad armónica [...] tiene lugar, a través de las peripecias de la vida cotidiana, como manifestación plástica e histórica de la espaciotemporalidad, la cual [...] es el distintivo más característico de los seres humanos. (2006, 241, cursivas en el original)
Del mismo modo, entendemos por habitabilidad la posibilidad de que un espacio devenga significado, por su disposición sensible de acoger, afectar y transformar ante la presencia del otro. En esta perspectiva, la habitabilidad no es una propiedad técnica, sino una cualidad relacional y narrativa del espacio, a saber: el cuerpo se vuelve lenguaje (Merleau-Ponty 1945) y, en su gesto simbólico, se revela una voluntad de ser habitado; una voluntad que no se impone, se ofrece; una apertura ética al otro (Levinas 1998) o bien una trama de sentido donde el gesto se convierte en relato (Ricœur 1981).
En este texto, se entiende por corporeidad el modo en que el cuerpo se da como horizonte de significación y relación con el mundo, y no se reduce al cuerpo físico ni funcional; más bien, implica una estructura sensible que articula postura, movimiento y gesto como formas de inscribir el sentido en el espacio vivido. La postura ancla el cuerpo en un lugar, el movimiento activa una temporalidad vivida y el gesto condensa el grosor simbólico de la presencia.
Desde su base biológica, la postura del cuerpo resulta de un equilibrio fino entre tono muscular, sistema vestibular y retroalimentación propioceptiva, que regulan constantemente la verticalidad, el eje corporal y la orientación en el espacio. En su dimensión biomecánica, el movimiento nace de un estímulo que puede surgir tanto de una necesidad interna (voluntad, deseo y emoción) como de un acicate externo (vibración sonora, temperatura, luz). Estos estímulos activan una cadena neurofisiológica: las áreas motoras del cerebro (corteza motora primaria, ganglios basales y cerebelo) planifican y ejecutan el signo motor, mientras la médula espinal transmite la orden hacia los músculos (Bueno 2021).
Y, en la capa más simbólica, el gesto condensa el grosor emocional de la presencia. Aquí, la percepción interoceptiva (cómo sentimos el cuerpo por dentro) y la experiencia emocional se unen: el sistema límbico, especialmente la amígdala y la ínsula, traducen la carga afectiva en formas expresivas, en tensión muscular, respiración, tono de voz, dirección de la mirada. El gesto es una síntesis (Castellanos 2022).
En paralelo, la habitabilidad se presenta como la capacidad del espacio de volverse significativo, no por sus características técnicas, sino por su disposición a recibir, afectar y transformarse gracias a la presencia temporal. Siguiendo a Zumthor (2007), un espacio es habitable cuando la corporeidad tiene postura (estructura), movimiento (dinámica) y gesto (atmósfera simbólica).
Desde esta mirada, la arquitectura se presenta como un texto en espera, abierto a la interpretación de la corporeidad y la habitabilidad. En este diálogo, en el que el sentido no preexiste, emerge un acto interpretativo constante. La hermenéutica, así, fundamenta este cuerpo textuado permitiendo articular una comprensión del habitar como creación de sentido, acto en el que la corporeidad deviene lenguaje y la habitabilidad se revela como una dimensión resignificada por la presencia y la acción.
La corporeidad, entendida como una forma consciente y simbólica de habitar el mundo, se manifiesta en tres dimensiones: postura, movimiento y gesto. Estas representaciones, además de aspectos funcionales, son formas de inscripción de sentido que permiten pensar cómo un cuerpo se vuelve lenguaje en su vínculo con el entorno.
La corporeidad es territorio de experiencias: una casa simbólica que, a través de lo orgánico, lo temporal y lo simbólico, dialoga con el mundo. Se trata de una relación que también la transforma. Desde esta mirada, la corporeidad es mediadora: no presenta el mundo, lo representa.
Merleau-Ponty (1945) concibe la corporeidad como una estructura sensible que, además de recibir estímulos, también actúa y percibe como unidad viva configurando nuestra manera de habitar. Esta interacción da forma a nuestra experiencia del espacio y nuestra manera de transitar los escenarios del tiempo, en un flujo en el que lo corporal y lo espaciotemporal se entrelazan permitiendo un encuentro con la alteridad (Levinas 1998).
Lejos de ser una estructura cerrada o un objeto contenido, la corporeidad se presenta como una apertura sensible al mundo. En cada contacto —con la tierra, con el entorno, con los otros— percibimos y también somos percibidos. Y se manifiesta así, como una relación recíproca. No habitamos desde fuera; lo hacemos desde una implicación vivida que transforma tanto al sujeto como al espacio. La corporeidad es el lugar en el cual el mundo acontece como experiencia. Esta relación no es neutra ni automática, es profundamente simbólica: cada desplazamiento, cada pausa, cada gesto dejan una huella que refigura el entorno y activa una memoria compartida (Merleau-Ponty 1945).
En este sentido, la corporeidad es afectada por el espacio, al tiempo que lo transforma. Foucault (1976) la concibe como un texto activo en el que se ejercen control y resistencia, una mirada que permite entender cómo ciertos espacios imponen restricciones, delimitan comportamientos y moldean la manera en que la corporeidad debe ser. Sin embargo, Haraway (1991) plantea que la corporeidad también puede performativizar el espacio, resignificarlo, transgredirlo, es decir, dotarlo de nuevos sentidos mediante sus gestos, desplazamientos y acciones. En este gesto performativo, la corporeidad no se limita a ser moldeada, pues subvierte y resignifica los marcos espaciales que la contienen trascendiendo sus límites impuestos y generando nuevas formas de experimentarse. La corporeidad es agente de resignificación espacial: es determinada por el entorno, pero también lo reconfigura mediante sus trayectorias y gestos.
Al igual que la arquitectura, la corporeidad es contenido y forma, un texto vivo que es escrito por el espacio que habita. Eco (2000) refuerza esta dimensión simbólica desde la perspectiva semiótica, si se concibe el espacio como un texto abierto a la interpretación y a la significación. Así como la corporeidad lee y reinterpreta el espacio que recorre, también la arquitectura es una superficie de sentido que se activa por esa experiencia: ambas coexisten en un lenguaje de presencia, trayecto y memoria.
La corporeidad, por tanto, no se limita a responder al entorno: lo transforma. Esta transformación no proviene solo de la conformación fisiológica; también deriva de la capacidad del cuerpo de proyectar sentido, de generar relación simbólica con el espacio. Desde una lectura hermenéutica, Gadamer (1997) plantea que comprender es un modo de estar en el mundo, no un proceso abstracto. Esta comprensión es situada y se da en el encuentro, así que asentarse también implica un proceso interpretativo en el que el diálogo con el entorno permite construir sentido e identidad.
Ricœur (1981) conecta esta interpretación con la narrativa del tiempo. Concretamente, las acciones humanas inscriben relatos en el espacio, transformándolo en escenarios simbólicos. En este entramado simbólico, la cultura y la literatura —como muestran Sade y Masoch— revelan cómo las representaciones de la corporeidad influyen en la percepción del espacio y en la manera en que vivimos el tiempo.
Un cuerpo desvinculado de su propia conciencia corporal difícilmente alcanza una habitabilidad plena. La ausencia de conciencia corporal puede convertir el espacio en un lugar inhóspito, no porque carezca de forma, sino porque falta la presencia significativa de la corporeidad. La arquitectura, desde esta perspectiva, encuentra en la corporeidad su primer campo de acción, pues es el espacio originario a partir del cual se configura nuestra relación con el mundo (Merleau-Ponty 1945).
La corporeidad, en este contexto, no es un acto individual: es un proceso colectivo que requiere educar la relación entre el cuerpo y lo espaciotemporal. Gadamer (1997) indica que la comprensión del espacio surge de un proceso hermenéutico, en el cual el cuerpo, al interactuar con su entorno, interpreta y transforma el lugar que habita, otorgándole significado a través de sus acciones y trayectorias. Además, el cuerpo inscribe historias y sentidos en el espacio resignificándolo como un escenario simbólico y dinámico.
La forma en que el cuerpo se desplaza, se sitúa y se expresa en un espacio está atravesada por significados culturales y éticos. La corporeidad, en su acción, revela que todo habitar con sentido comienza por el cuerpo, pero requiere un carácter educativo y colectivo del habitarse (Pallasmaa 1996 y 2005).
La habitabilidad es el resultado de una relación dinámica en la que la corporeidad, a través de la percepción, configura la coordenada espaciotemporal y viceversa. Esta interacción revela que el orden del habitar se encuentra en ambas orillas (Le Breton 2012). Así como la corporeidad se expresa a través de posturas, movimientos y gestos —manifestaciones de prácticas funcionales y simbólicas (Mauss 1971)—, siendo el resultado de una organización física, mental y emocional que conecta corporeidad con habitabilidad (Castellanos 2022), la habitabilidad es una extensión simbólica de la corporeidad; un espejo interpretativo que materializa las relaciones entre lo interno y lo externo, lo individual y lo colectivo, como también lo material y lo inmaterial (Duch y Mèlich 2005).
En este sentido, la arquitectura concebida por Zumthor (1998 y 2007), así mismo vivenciada en la diversidad cultural e histórica desde la perspectiva de Foucault (1976) y Haraway (1991), se inscribe en un continuum en el que la corporeidad es atravesada por la narrativa del tiempo y se articula en la habitabilidad, generando una experiencia que no solo se habita, sino que también se reescribe con cada narración que el ser humano proyecta sobre ella.
Desde una perspectiva biológica, las posturas son el resultado de un proceso sensorial y emocional que proporciona estabilidad, anclaje y una disposición física (Pallasmaa 1996). El cuerpo, como receptor primario, organiza y anticipa el mundo a través de los sentidos, enviando señales al cerebro que se entrelazan con respuestas emocionales en el sistema límbico (Castellanos 2022). Estas experiencias, interpretadas casi de forma simultánea, dotan de significado nuestra percepción del espacio (Bueno 2021). Así, el cuerpo, la mente y la emoción no operan de forma aislada, sino en un flujo dinámico que organiza la percepción del espacio y condiciona las posturas que adoptamos y las narrativas que construimos en relación con el entorno.
Desde la arquitectura, la postura se manifiesta en la verticalidad de un rascacielos, que invita a la elevación; en la horizontalidad de un frontispicio, que comunica estabilidad; o en la curvidad de una espiral, que evoca calidez y acogida. No obstante, esta postura no adquiere plenitud sin la interacción de la corporeidad que la interpreta y la vive. Por ejemplo, un templo no es solemne solo por sus columnas; también lo es porque las posturas de quienes lo atraviesan dotan el espacio de una narrativa espiritual. Se trata de un hecho que trasciende lo físico para situarse en el ámbito de lo simbólico (Gadamer 1997).
La postura del espacio responde al estado del habitante, a la vez que lo transforma. Así pues, un banco rígido y de líneas angulares puede proyectar una postura funcionalista que limita la interacción y la comodidad del cuerpo. Sin embargo, es posible resignificar este entorno a través de la acción humana: cambiar la movilidad de los enseres, reorganizar el espacio o bien crear escenarios que favorezcan el movimiento corporal y su interacción (Mauss 1971). De manera similar, las normativas de un mobiliario ergonómico, por ejemplo, de una biblioteca, con líneas suaves y una iluminación cálida, sugieren una postura de acogida que invita a la introspección (Elorza et al. 2017). Aun así, esta percepción puede alterarse, si quien habita el espacio llega con una respiración acelerada o un estado emocional agitado que dificulte el silencio (Castellanos 2022).
La arquitectura, por ende, es un agente activo que moldea la experiencia del cuerpo, condicionando sus gestos, movimientos y estados emocionales. Pero también la corporeidad, a través de sus posturas y acciones, transforma el espacio que habita. Este diálogo recuerda que la habitabilidad no es un acto pasivo; más bien se trata de una interacción constante en la que corporeidad y espacio-tiempo se reinterpretan y resignifican mutuamente (Merleau-Ponty 1945; Gadamer 1997).
La habitabilidad, al igual que la corporeidad, adopta una postura que no es autónoma ni neutral, pues emerge en sintonía con quienes habitan el espacio y con la arquitectura que lo define. Es una disposición física, relacional y simbólica que se convierte en narrativa, proyectando las intenciones y emociones de los cuerpos presentes a través de las formas, los materiales y las proporciones que componen su diseño. La habitabilidad es una extensión de la corporeidad y su postura refleja tanto la presencia humana como la estructura arquitectónica que la sostiene.
El movimiento es una trayectoria física trazada por su diseño, y así mismo una dinámica textuada del encuentro, que implica una relación temporal y relacional entre corporeidad y habitabilidad. Un pasillo puede sugerir un recorrido lineal y continuo, pero será el desplazamiento de la corporeidad —con su velocidad, pausas y direcciones— el que teja la narrativa final de ese trayecto. Así, la habitabilidad se reconfigura a través de la acción corpórea dejando atrás la idea de un escenario pasivo (Mauss 1971; Castellanos 2022). Merleau-Ponty (1945) subraya que la corporeidad no solo recorre, sino que habita con intención. Y Levinas (1998) incorpora el tiempo a la experiencia: hilvanando pasado, presente y futuro en cada desplazamiento.
Bajo esta óptica, la habitabilidad es entendida como un organismo vivo, influyente en dinámicas internas —como la luz o el flujo de aire— y externas —como las trayectorias corporales— que se entrelazan en un encuentro dialogal (Le Breton 2012). La percepción multisensorial, desde la mirada de Pallasmaa (2005) y el diseño intencionado de Zumthor (2007), modula el carácter y el vaivén de cada recorrido.
Al desplazarse, la corporeidad ocupa sucesivamente diferentes lugares, que se integran y asocian a estímulos sensoriales que conjugan su percepción del entorno. Esta dimensión multisensorial, desde la perspectiva de Pallasmaa (2005), no se limita a la visión, dado que abarca además el tacto, el oído, la temperatura e incluso la percepción del olor y la textura del aire que se desplaza. La corporeidad, en sintonía con las cualidades internas y externas antes mencionadas, elabora una experiencia de tránsito dual entre lo espaciotemporal, en la que la cognición y la emoción se entrelazan agregando matices y ritmos que dan forma a cada itinerario (Le Breton 2012; Bueno 2021; Castellanos 2022).
La arquitectura, por su parte, no actúa como un telón, sino que orienta e incide en los movimientos corporales mediante un diseño intencionado. Zumthor (2007) destaca cómo la disposición de materiales, proporciones y secuencias espaciales influye en la forma de recorrer un edificio o un espacio abierto modulando las sensaciones corporales y las velocidades del desplazamiento. Un corredor estrecho o una escalera helicoidal, por ejemplo, canalizan el paso del cuerpo, al tiempo que imprimen una cadencia particular que altera la forma en que se perciben la progresión temporal y la conexión con el entorno. Así, el movimiento se convierte en un acto relacional en el que la corporeidad y la habitabilidad abren el campo a comprensiones más ricas sobre el modo de habitar y experimentar lo espaciotemporal.
El gesto, en el espacio, es una expresión dinámica que emerge entre la interacción de la corporeidad y la habitabilidad. Mientras la postura se vincula con la estabilidad física y el movimiento con la relación temporal, el gesto introduce la dimensión simbólica actuando como un lenguaje interpretativo que la corporeidad y la habitabilidad construyen de manera conjunta. La arquitectura, con sus líneas, materiales y proporciones, plantea una trama formal que, sin la vivencia corpórea, permanece incompleta. Es el habitante quien le imprime vivencia activando su gesto y convirtiéndolo en una narrativa experiencial (Ricœur 1991; Gadamer 1997; Pallasmaa 2005).
Así, un ventanal no se limita a ser una abertura material; su gesto de apertura y conexión nace cuando el cuerpo que lo habita proyecta su mirada reconociéndolo como un umbral simbólico que conecta el interior con el exterior (Ricœur 1991).
El gesto introduce una dimensión expresiva y comunicativa. Merleau-Ponty (1945) lo define como una forma en la que el cuerpo interpreta su entorno trascendiendo lo funcional para adentrarse en el ámbito simbólico. Así, las líneas curvas de un espacio pueden sugerir acogida, pero es el habitante quien completa este gesto de suavidad a través de su percepción y movimiento pausado. Por tanto, el gesto del espacio no es estático ni absoluto: requiere la corporeidad para revelarse. Activar la habitabilidad precisa del gesto como un acto de encuentro en el que la corporeidad y lo espaciotemporal se alimentan mutuamente.
Entonces, la corporeidad es la experiencia integral del cuerpo como un espacio vivido, sentido y habitado. Trasciende su materialidad física para constituirse en una dimensión simbólica, emocional y social, arraigada en nuestra relación con el mundo (Le Breton 2012). Desde una perspectiva hermenéutica, Merleau-Ponty (1945) concibe el cuerpo no como un objeto, sino como una forma de estar en el mundo: un ser que percibe, interpreta y resignifica el espacio en un lenguaje gestual. Ricœur (1991) y Gadamer (1997) entienden esta relación como una resignificación del espacio a través de la acción. Por su parte, Duch y Mèlich (2005), y también Le Breton (2012), enfatizan cómo los gestos encarnan la interacción emocional y relacional con el espacio habitado revelando la dimensión simbólica del cuerpo en su entorno.
Un espacio proyecta gestos a través de una atmósfera simbólica. En este caso, son la corporeidad y la habitabilidad las que activan su lenguaje simbólico. Las curvas suaves de una escalera gesticulan ligereza cuando un cuerpo sube con dinamismo comunicando fluidez y elevación. Sin embargo, esa misma escalera puede transmitir pesadez o melancolía si el cuerpo que la recorre lo hace con lentitud, quizá debido a dolencias físicas o a una falta de entrenamiento en la suspensión. Este ejemplo puede que revele algo esencial: ocupamos los espacios desde el habitar corporal, es decir, mediante un acto instintivo y automático, y no desde la corporeidad y la habitabilidad con sentido y reflexión (Duch y Mèlich 2005).
De hecho, se educan la corporeidad y la habitabilidad para desarrollar una relación consciente con el espacio. Como destaca Bueno (2021), la educación de la conciencia corporal integra cuerpo, cognición y emoción facilitando así un aprendizaje profundo. Desde la arquitectura, los gestos se materializan en elementos formales: las líneas rectas proporcionan estructura y orden y las líneas curvas gesticulan acogida y suavidad. Una puerta entreabierta puede ser un gesto de invitación, mientras que una pared sin aberturas comunica límite o aislamiento. Sin embargo, estos gestos arquitectónicos no se completan sin la participación de la corporeidad y la habitabilidad que los interpretan y animan (Merleau-Ponty 1945; Le Breton 2012).
Los gestos también imprimen su narrativa en el espacio. Un cuerpo que camina con confianza convierte un corredor en un gesto de dirección y propósito; un cuerpo que se detiene y observa transforma ese mismo corredor en un gesto de contemplación. En este sentido, la arquitectura no es un lenguaje cerrado, sino un sistema abierto que se enriquece y reescribe continuamente a través de las acciones de la corporeidad que lo recorre. Esta interacción convierte la atmósfera simbólica en gesto arquitectónico, en una expresión compartida que se expresa en un espacio físico abierto a toda creación (Ricœur 1991; Gadamer 1997).
La corporeidad, en su diálogo constante con el espacio y el tiempo, revela que la habitabilidad no es un acto pasivo, sino interpretativo y transformador. Las dimensiones orgánicas (posturas), biomecánicas (movimientos) y simbólicas (gestos) permiten comprender una narrativa viva en la que corporeidad y habitabilidad se resignifican una a otra.
Desde una lectura hermenéutica, la habitabilidad adquiere un carácter colectivo y educativo: no se trata solo de disponer espacios; además se reconoce en ellos una apertura que nos afecta y nos interpela. En este encuentro, el cuerpo no solo habita: interpreta, dialoga, transforma y es transformado. Así, el habitar se vuelve un modo de inscribir identidad y sentido en el devenir del tiempo, allí donde espacio y cuerpo coexisten, se configuran y se cuestionan.
De este modo, las formas arquitectónicas —rectas, curvas, aberturas, cierres— son gestos formales que, al ser recorridos o simplemente sentidos por la corporeidad, revelan algo del espacio y algo de quien lo habita. Pero también el espacio guarda su propia elocuencia: hay cualidades en su materia, luz y disposición que se afectan, incluso sin que medie una habitabilidad plena. Habitar requiere intencionalidad, aunque no siempre sea explícita: a veces basta con estar, sentir o dejarse atravesar. Así, la arquitectura se convierte en un acto relacional donde corporeidad y habitabilidad coexisten y se codeterminan.
Por ello, la educación en corporeidad y habitabilidad no apunta a una técnica corporal, sino a una práctica sensible que integre percepción, movimiento y sentido. Como plantea Bueno (2021), esta educación articula cuerpo, cognición y emoción en una experiencia en la que lo simbólico se encarne. Desde esta perspectiva, la habitabilidad no preexiste sin la corporeidad que lo anima; y, al mismo tiempo, hay algo en el espacio que nos espera, incluso antes de ser nombrado. Quienes diseñan, gestionan o transitan los espacios (arquitectos, educadores, habitantes) están llamados a reconocer este diálogo en el que el gesto arquitectónico no se impone, sino que se ofrece como posibilidad abierta de sentido.