Cómo citar: Mondragón López, Hugo y Elizabeth Wagemann. "Pandemia, utopía y proyecto. Futuros urbanos imaginados desde el confinamiento". Dearq no. 37 (2023): 32-42. DOI: https://doi.org/10.18389/dearq37.2023.04
Hugo Mondragón López
Escuela de Arquitectura.
Pontificia Universidad Católica de Chile
Elizabeth Wagemann
elizabeth.wagemann@mail.udp.cl
Escuela de Arquitectura.
Universidad Diego Portales, Chile
Recibido: 8 de septiembre de 2022 | Aceptado: 10 de abril de 2023
La pandemia por covid-19, que se sumó a la degradación ambiental, la distribución desigual de la riqueza, los desastres socionaturales y la crisis de la democracia, aumentó la percepción de malestar urbano. Históricamente, esta percepción ha contribuido a la generación de visiones tanto apocalípticas como utópicas, que se han asociado a un espacio construido que las acoge. Este artículo reflexiona sobre la relación entre malestar y utopía urbana mediante un examen crítico de los futuros urbanos imaginados por estudiantes de arquitectura en dos talleres internacionales que se llevaron a cabo en 2020, cuando todos los participantes estaban confinados.
Palabras clave: malestar, incertidumbre, esperanza, utopía urbana, porvenir.
El sentimiento de vivir en un presente fallido ha alentado el pensamiento utópico. La pandemia derivada de la aparición del covid-19 vino a sumarse a una incertidumbre económica, ambiental y política que ya existía. Imaginar una utopía en la cual los fantasmas que nos atormentan en el presente han desaparecido es una táctica utilizada para intentar superar una situación que se percibe como límite.
Mientras la literatura del siglo XX se sintió más atraída por las distopías —visiones pesimistas, sombrías y alienantes del futuro—, la urbanística moderna se inclinó por las utopías —visiones de un mundo y sociedad ideales—. Desde la Garden City de Howard (1899), la Cité Industrielle de Garnier (1904) o la Città Nuova de Sant'Elia (1914) hasta la New Babylon de Constant Babylon-Nieuwenhuys (1956-1974), la Ville Spatiale de Friedman (1956-1962) o las Cities de Archigram (1960-1974), la cultura urbanística del siglo XX fue prolífica en imaginar utopías donde los males derivados de la industrialización resultaban corregidos.
Pero entre mayo de 1968 y la Crisis del Petróleo de 1973, las utopías pasaron a ocupar una posición periférica en los debates urbanísticos. Al comenzar la última década del siglo XX, el fin de la Guerra Fría y la creencia en que el "modelo norteamericano" había resultado vencedor estimularon la idea de que vivíamos en la utopía que algunos liberales del siglo XIX —como Tocqueville— habían imaginado. Con el ascenso de la dupla capitalismo y democracia, algunos se apresuraron a decretar el fin de la historia (Fukuyama 1992).
Durante la última década del siglo XX, el pensamiento utópico se mantuvo en la periferia de los debates urbanísticos, pero una serie de eventos aumentaron el malestar:1 la guerra de los Balcanes, el genocidio de Ruanda o el miedo al "efecto Y2K" fueron seguidos por el atentado contra las Torres Gemelas en 2001. Al comenzar el siglo XXI, capitalismo y democracia se percibían como una dupla incapaz de cumplir la promesa emancipadora de la modernidad. En los hechos, pobreza y represión se imponían sobre la abundancia y libertades prometidas.
En el siglo XXI, los conflictos medioambientales han sido los emisarios encargados de anunciar el fin del capitalismo industrial. Por otra parte, desarrollos recientes en tecnología digital, como las cámaras de reconocimiento facial que permiten a gobiernos autoritarios vigilar a sus ciudadanos permanentemente, han acercado a la realidad las distopías más siniestras del siglo XX (Žižek 2020). Es sabido que los algoritmos predicen y condicionan las preferencias políticas, de consumo, sexuales y de ocio (Woolley y Howard 2019), y algunos sostienen que la inteligencia artificial dejará fuera del mercado laboral a multitudes de personas (Chase 2016), mientras la biotecnología tendrá la capacidad de diseñar superhumanos (Harari 2016).
Los párrafos anteriores son útiles para recordar que antes de la aparición del covid-19 ya existían profundos niveles de malestar e incertidumbre que se manifestaron bajo la forma de escaramuzas, como las protagonizadas por los chalecos amarillos en Francia, el estallido social en Chile, las protestas estudiantiles en Hong Kong o la migración a escala masiva. La pandemia y el confinamiento resultaron ser clave para que la utopía recobrara su función: otorgar esperanza para imaginar "buenos lugares".
Con la crisis ambiental y el desarrollo tecnológico, se instaló la idea de que las ciudades del futuro debían ser "inteligentes" para ser sostenibles. Ciudades basadas en la tecnología, las redes y la integración de los sistemas, donde los objetivos ambientales son alcanzados gracias a los sistemas de datos (Bach, Wilhelmer y Palensky 2010). Por otra parte, nuevas formas de comunicación han dado sustento a la idea de que el futuro se puede encontrar en el ciberespacio o en el "metaverso", un hipotético mundo paralelo disponible en una plataforma digital lanzada por Beta —anteriormente Facebook— y que algunos señalan como la evolución de las "ciudades inteligentes" (Allam et al. 2022; Bibri 2022).
El confinamiento hizo evidentes serios problemas urbanos. Aparecieron las desigualdades socioespaciales, el hacinamiento, la falta de servicios y el acceso limitado a espacios verdes, a los que se añadieron el desempleo, la pérdida de renta, la menor protección y la incertidumbre de nuevos brotes o enfermedades (González Pérez y Piñeira Mantiñán 2020; Torres Pérez 2021; Bolea Tolón, Postigo Vidal y López Escolano 2022; Arana Velarde, Uribe Hinostroza y Casas Vásquez 2022; Ruvalcaba-Sánchez, Zendejas-Santín y Gómez-Vera 2022). Entonces aparecieron modelos urbanos alternativos, como la ciudad compacta, las supermanzanas o la ciudad de los quince minutos, sin autos y autosuficiente (Nieuwenhuijsen 2020; Ruvalcaba-Sánchez, Zendejas-Santín y Gómez-Vera 2022; Moreno et al. 2021).
Frente a los problemas urbanos que la pandemia dejó al descubierto, algunas escuelas de arquitectura se avocaron a imaginar el futuro de las ciudades pospandemia. Partiendo de dos experiencias académicas, este artículo examina las propuestas elaboradas por estudiantes de distintos países que, en medio de los confinamientos de 2020, fueron desafiados a imaginar el futuro de sus ciudades. El artículo realiza una presentación analítica de los resultados, intentando precisar el papel que desempeñó el pensamiento utópico en la elaboración de los futuros urbanos y discutir cómo frente a la percepción de un presente sombrío, los equipos imaginaron sus visiones del porvenir.
En este artículo se analizan los resultados de dos workshops en línea realizados entre julio y agosto de 2020, organizados por dos universidades latinoamericanas y abiertos a países de otros continentes: WAUM 2020 y Non Fictional Cities.
En el workshop "WAUM 2020. Artefactos urbanos: reparando la ciudad"2 se constituyeron seis grupos de trabajo con 91 estudiantes de pregrado y veinte docentes de Argentina, Chile, España, Estados Unidos y Reino Unido. A partir de tres visiones —la ciudad de las delicias, la ciudad distribuida y la ciudad saludable—, los equipos elaboraron seis proyectos que, mediante sistemas, edificios o estructuras, funcionan como "reparadores", partiendo de la hipótesis de que las ciudades se encuentran obsoletas y que la pandemia agudizó los problemas existentes. Por su parte, en el workshop "Non-Fictional Cities-Post Covid Imaginary"3 participaron estudiantes y docentes de Argentina, Australia, Colombia, Chile, China, Reino Unido, Rusia y Venezuela. Se examinan aquí las propuestas elaboradas por el equipo chileno que conformó siete grupos de dos estudiantes cada uno, quienes bajo el tema "Arqueología del futuro inmediato"4 plantearon sus propuestas a partir de la experiencia del covid-19.
En ambos casos, las propuestas se desarrollaron de manera colaborativa mediante plataformas en línea. Los seis proyectos del workshop "WAUM 2020" y los siete proyectos del equipo chileno de "Arqueología del futuro inmediato" se analizaron en forma y contenido, con el objetivo de interpretar sus visiones de futuro. Se seleccionaron diez casos para examinar las descripciones y analizar visualmente las propuestas (fig. 1). Estas se clasificaron en tres tipos de expresión formal (megaestructuras, andamios o sistemas espaciales, parásitos o móviles) y dos líneas del pensamiento utópico (progresistas y regresivos).
Figura 1_ Matriz de análisis visual de las propuestas. Fuente: Elizabeth Wagemann
Por una parte, resultó evidente que el vocabulario formal de los proyectos no se vinculó con las tecnologías de la información (ciudades digitales o metaverso), sino con referentes anteriores, como San't Elia, Nieuwenhuys, Friedman, Superstudio, Archigram o Archizoom. Aparecieron grandes edificios para alojar los programas, sistemas espaciales que mediante estructuras livianas se despliegan por la ciudad y parásitos o sistemas móviles que se instalan sobre la infraestructura existente.
Por otra parte, en relación con las líneas de pensamiento, se distingue una línea progresista centrada en las infraestructuras urbanas y otra línea regresiva que propone un retorno al pasado. Mientras los proyectos que transitan por la primera línea confían en el progreso, exaltan la tecnología y la utilizan para configurar ciudades supuestamente más equitativas y justas, los proyectos que optaron por la segunda línea idealizan el pasado premoderno, rechazando la industrialización y la tecnología. Entre estos dos extremos existen matices que aparecerán en la presentación de cada propuesta.
En "Farm city" (fig. 2) se visualiza una organización de la sociedad en células productivas formadas por grupos de aproximadamente mil personas. Existe un esfuerzo colectivo por producir productos básicos para el autoconsumo y se propone el regreso a una economía basada en el trueque. En esta visión de futuro, la utopía propone un regreso a las lógicas de producción y consumo preindustriales, transformando en granjas urbanas —a través del uso de tecnologías de bajo impacto ambiental— los antiguos edificios de oficinas abandonados, debido a la práctica masificada del teletrabajo.
Figura 2_ Farm City. Corte. Docentes: Hugo Mondragón y Manola Ogalde. Estudiantes: Francisca Amenábar y Josephina Torrubiano
El proyecto "Ciudad distribuida-estaciones de servicio" (fig. 3) anticipa el ocaso del automóvil y utiliza el concepto de la ciudad de los quince minutos como una oportunidad para intervenir la red de estaciones de servicio. Las gasolineras en desuso aparecen como una infraestructura distribuida homogéneamente en las ciudades, sobre las cuales se instalan una serie de módulos estructurales que albergan programas y servicios que la ciudad no tiene. Esta propuesta busca crear una ciudad más equitativa, con servicios que llegan a todas partes, de la misma forma en que actualmente llegan autos y estaciones de servicio.
Figura 3_ Ciudad distribuida-estaciones de servicio. Docentes: Emilio Marín, María Rodrigues Mori y Christian Paul Bartlau. Estudiantes: Carmen Barra, Nicolás Contreras, Daniela Bascuñán, Ronald Cáceres, Catalina Castillo, Álvaro Darrigrande, Ángela Facuse, Alonso Fernández, Guillermo Galaz, María Inés Correa, Sofía Ivanovic, Emma Maey O'Connell, Celeste Chiari y Daniela Cabrera.
"Ciudad saludable-parásitos" (fig. 4) se basa en una serie de piezas tomadas del imaginario futurista de las décadas de 1960 y 1970 para plantear programas que se acoplan sobre edificios ya existentes. En esta ciudad pospandemia se propone adoptar un estilo de vida basado en los requerimientos sanitarios y crear espacios para el desarrollo físico y mental. En este caso, la intervención arquitectónica se aprovecha de la ciudad existente, "parasitando" edificios, techos, plazas y patios con programas como puestos de vacunación, cuartos de aislamiento, huertos urbanos, espacios de meditación y áreas de deporte.
Figura 4_ Ciudad saludable-parásitos. Docentes: Ricardo Atanacio, Macarena Cortés, Max Aldunate y Francisca Evans. Estudiantes: Yaritza Pereira, Joaquín Rea, Felipe Hernández, Dayana Horna, Bastián León, Sofía Maulén, Javiera Moya, Catalina Orellana, Javiera Oyarzún, Lilián Quijada, Ignacio Quinteros, Stefano Pesenti, María Paz Eyzaguirre, Carolina Recondo, Verónica Giménez y Brian Castro.
De forma más extrema, "Ciudad saludable-globos móviles" (fig. 5) desarrolla un dispositivo repetible que impulsa el concepto de bienestar con estructuras que casi no tocan la ciudad existente. Este proyecto propone unos globos móviles que se desplazan sobre patas mecánicas, entregando servicios y programas donde más se requieren. Esta idea de futuro busca colonizar los espacios públicos y las áreas vacías de la ciudad con el objetivo de democratizar el acceso a servicios y programas.
Figura 5_ Ciudad saludable-globos móviles. Docentes: Isabel Matas, Fabrizio Pugliese y Jan Aranda. Estudiantes: Rocío Pareja, Felipe Cortez, José Rivano, Camila Vargas, Yilberto Vásquez, Karime Zarhi, Sebastián Sandoval, Camila Arriagada, Antonella Bacchiega, María Barría, Tamara Cadima, Hernán Carvajal, Teresa Planelles Ferrer, Tatiana Risso y Laila Alfie.
"Darwin's parasite" (fig. 6) proyecta la obsolescencia de oficinas, centros comerciales, hoteles y restaurantes, debido a los constantes rebrotes de covid-19. En esta utopía, las medidas sanitarias son la base de la vida en sociedad. El proyecto consiste en un marco estructural que puede replicarse indefinidamente, y que alberga un sistema de transporte de alta velocidad que conecta la "ciudad confinada" con la "ciudad libre", creada por desertores de la urbe pandémica. Esta nueva ciudad con bares, discotecas y estadios se proyecta como un espacio desregulado. Se trata de una ciudad que no busca desvincularse de la ciudad confinada, sino que mantiene con esta una relación ambivalente, como si estuviera imposibilitada de desarrollarse por sí sola.
Figura 6_ Darwin's Parasite. Docentes: Hugo Mondragón y Manola Ogalde. Estudiantes: Luciana Truffa y Luca Garnerone
"Hyper-social distancing city" (fig. 7) exagera el distanciamiento socioespacial entre dos ciudades: la de los privilegiados y la de los excluidos. Los privilegiados habitan en burbujas libres del virus, que flotan sobre las ciudades existentes. De ellas obtienen suministros en lugares protegidos por rejas y policías. Aquellos que viven fuera de las burbujas están expuestos al contagio y, por eso, aspiran a llegar a ellas. Se trata de una visión distópica que lleva al extremo la segregación socioespacial del presente, una crítica a la ciudad contemporánea que la pandemia hizo visible: la distancia socioespacial entre la ciudad de los ricos y los pobres.
Figura 7_ Hyper-social distancing city. Docentes: Hugo Mondragón y Manola Ogalde. Estudiantes: Melinka Bier y Javiera Lorca.
La "Ciudad de las delicias" (fig. 8) propone restaurar la relación armónica entre naturaleza y ciudad, mediante un nuevo ecosistema que se instala sobre la ciudad existente utilizando grandes vías, ríos y valles, así como otros hitos naturales y edificios de gran envergadura. Para lograr esta "vuelta a lo natural" se utilizan artefactos de "reactivación" y "producción" que mediante andamios crean plataformas con nuevos programas como servicios públicos y huertos urbanos. No se trata de un regreso al "paraíso" tipo vergel, sino a una naturaleza "tecnificada", cuyo objetivo es producir alimentos y generar nuevas experiencias de "deleite".
Figura 8_ La ciudad de las delicias. Docentes: Verónica Eltit, Sabir Khan y Luca Montanarella. Estudiantes: Isidora Jerez, María Jesús Pradenas, Ornella Alarcón, Melissa Ríos, Claudia Carrasco, Loreto Aguirre, Rodrigo Villegas, Aynoa Mettifogo Guarachi, Victoria Salas, Álvaro Martínez Pérez, Ariel Albornos, Catalina Santero, María Agustina Bramuglia, María Clara Pellegrini y Kyla Dowlen.
En "Post-productivity city" (fig. 9) se parte del supuesto de que serán abandonadas áreas de la ciudad ocupadas por edificios de oficinas. Aparecerán nuevas viviendas con espacios para el teletrabajo. El ocio emergerá como la actividad socialmente más valorada. Un edificio de viviendas continuo y denso se encierra sobre sí mismo creando un recinto interior de varias hectáreas que contiene elementos naturales de la ciudad existente —un cerro y un río—, destinados a actividades de ocio. El aumento de la densidad permitirá reubicar en el edificio-cinta a toda la población que actualmente vive en la periferia de la ciudad. La mancha urbana será abandonada y se transformará en campos de cultivo. Aquí la función de la utopía es escapista y restaurativa. Se produce un escape del mundo del trabajo hacia el ocio, y se restaura el antiguo orden agrario preindustrial.
Figura 9_ Post-productivity city. Docentes: Hugo Mondragón y Manola Ogalde. Estudiantes: Maira Vega y Hernán Sánchez.
"Federal urbanism" (fig. 10) propone una división política y socioespacial de la ciudad en distritos federales. Estos distritos son comunidades autoabastecidas y autogobernadas, "islas de orden" que se oponen al "caos" de la megápolis actual. El signo más visible es un sistema de muros que, como ocurría en las ciudades de la Antigüedad, sirve para señalar los límites políticos y espaciales del cuerpo social que habita en su interior. Además de una barrera física, los muros son una zona políticamente neutral donde se ubican los programas cívicos y se producen los intercambios propios de la vida urbana. Aquí la utopía busca restaurar la medida socioespacial de las polis de la Grecia clásica para recobrar sentido de pertenencia y gobernanza.
Figura 10_ Federal urbanism. Docentes: Hugo Mondragón y Manola Ogalde. Estudiantes: Pilar Lira y Javiera Paúl.
Finalmente, el proyecto "Roof-city for golden agers" (fig. 11) transforma los techos de edificios ubicados en el centro de una ciudad en "santuarios para vivir los años dorados". Se trata de una suerte de paraíso en las alturas que promueve un ocio alejado de la ciudad hiperproductiva que transcurre por debajo. Para lograr la interacción entre ambas ciudades, la propuesta considera aduanas sanitarias dispuestas en los pisos intermedios de los edificios para que los adultos mayores puedan ser visitados por sus familiares. Aquí la utopía tiene que ver con la justicia y la equidad social: solo los "ancianos de la tribu" tienen derecho a acceder a este jardín del Edén en las alturas, donde viven una vida de sociabilidad, lejos del temor a contagiarse con un virus que para este grupo etario es particularmente mortal.
Figura 11_ Roof-city for golden agers. Docentes: Hugo Mondragón y Manola Ogalde. Estudiantes: Daniela Manzur y Catalina Quintana.
¿Qué nos dicen las propuestas elaboradas por los estudiantes acerca de la función de la utopía en sociedades que se encuentran en conflicto con el estado actual de las cosas? ¿Cómo situarlas en relación con una más amplia tradición del pensamiento utópico?
En su obra canónica El principio esperanza, Ernst Bloch (1947) sostiene que toda utopía nace de un descontento, de un sentimiento de malestar con el presente. En la medida en que ese descontento moviliza al sujeto a querer "demoler" aquello que identifica como la fuente de su malestar, Bloch propone que en el comienzo de toda utopía existe una protesta productiva (Gálvez Mora 2010).
La movilización ocasionada por el malestar no tiene como único propósito la demolición de aquello que se identifica como su fuente, porque, según Bloch (1947), un "optimismo militante", una confianza en la existencia de un "todavía-no" que puede ser alcanzado, se constituye en el verdadero corazón de la utopía. Se trataría de un "todavía-no" que tiene verdadera potencia de ser y que, por lo tanto, alienta un legítimo sentimiento de esperanza.
Así, la movilización original que ha comenzado como puro impulso destructivo, se transforma en impulso constructivo, al poner en movimiento al sujeto hacia la conquista de una meta: transformar en una realidad la promesa que porta la utopía. Para Bloch (1947), la función de la utopía es movilizar a la humanidad hacia el futuro, al encuentro del "todo" —la realización total de la utopía— o de "la nada" —el fracaso—.
Interesa insistir en la manera como ese "malestar" freudiano ha alimentado el pensamiento utópico. En los workshops, los estudiantes tuvieron la oportunidad de expresar el malestar que les produce el estado actual de las ciudades y buscaron corregirlo. La mayor parte de las propuestas se construyeron como una reacción contra ese malestar que se quería demoler, y que en la mayoría de los casos apareció como cierta forma de injusticia o desarreglo socioespacial.
Pero no todos los pensadores tienen una visión tan optimista como Bloch del devenir de la utopía en las sociedades modernas. Manfredo Tafuri (1976) sostiene que la utopía, junto con su función anticipadora y su potencial transformador, fue exiliada del trabajo del intelectual moderno, incluyendo a los pensadores del porvenir de la ciudad. Mientras el pensamiento utópico se fue apagando —sostiene Tafuri—, emergió una ideología que, inscrita en una "política de las cosas", resultaba funcional al mantenimiento y reproducción del statu quo.
En urbanística, esta "ideología" se manifestó como "ideología del plan", un instrumento que según Tafuri (1976) congeló la aparición de nuevas utopías. El planning fue una herramienta diseñada por economistas para anticipar el futuro y minimizar los riesgos propios del porvenir. En urbanística, el futuro de las ciudades comenzó a ser anticipado por el plan urbano que, transformado en instrumento de facilitación del ciclo producción-distribución-consumo, expulsó de sus dominios a la utopía.
Los futuros urbanos imaginados por los estudiantes están lejos de actuar con las reglas del planning. En esto reside su potencia subversiva. El pensamiento utópico no es lineal y, por ello, los saltos lógicos y las analogías están permitidos y son deseables. No obstante, en la mayoría de los futuros urbanos imaginados por los estudiantes se percibe la presencia de una mezcla entre realismo y utopía que Tafuri (1976) identificó como característica del pensamiento utópico decimonónico.
Por otra parte, en su Historia de las utopías, Lewis Mumford (1922) les recuerda a sus lectores que la palabra utopía se encuentra tensionada entre dos posibles significados: no lugar y buen lugar. Entendida como no lugar, la utopía alcanza el propósito de su existencia en el mundo de las ideas y las imágenes. Este tipo de utopía no busca transitar al mundo de la realidad vivida, sino que es pura representación. En cambio, entendida como buen lugar, la utopía supone un tránsito entre el mundo de las ideas/imágenes y el mundo de la realidad vivida. En este caso, la utopía opera como un dispositivo que busca anticipar una realidad lejana con la voluntad de existir en el futuro o en un lugar remoto. El desplazamiento táctico del autor de la utopía en el tiempo o en el espacio le permite proyectar su presente hacia un futuro en la cual se han corregido los trastornos y desarreglos que experimenta.
Atendiendo a la distinción propuesta por Mumford (1922), la mayor parte de las propuestas elaboradas por los estudiantes son "buenos lugares". Lejos de querer constituirse como un fin en sí mismas, las propuestas operan como medios que transportan ideas e imágenes hacia una realidad urbana conocida que se pretende transformar.
Si, como sostiene Bloch (1947), en el comienzo de toda utopía existe un malestar, ¿qué nos dicen los futuros urbanos imaginados por los estudiantes de su sentimiento de malestar? Las críticas aparecen dirigidas hacia una ciudad que reproduce la segregación socioespacial y se organiza en torno a un productivismo que conduce al cansancio (Han 2015). Desde este malestar compartido por varios grupos, se dirigen críticas hacia la producción extractiva que degrada el ambiente; hacia la exclusión de los grupos sociales improductivos, como los niños y los ancianos, y hacia la falta de lugares de ocio. También existe un malestar por la expulsión de la agricultura del entorno urbano. Desde el punto de vista de la ciudad vivida, existe una crítica a la pérdida de la relación orgánica entre ciudadanía y ciudad que se perciben como abstracciones sin sentido.
¿Muestran las propuestas preferencia por imaginar el futuro en términos optimistas o pesimistas? No hay propuestas que imaginen un futuro totalmente sombrío, pero tampoco pleno de esperanza. En este sentido, lo que se puede observar es una actitud crítica que escapa al reduccionismo propio de los extremos.
¿Cómo son los "contenidos" de las utopías imaginadas? Quizá por la corta duración de los ejercicios, esta dimensión aparece poco desarrollada. En una de las propuestas se plantea invertir la posición de un grupo históricamente excluido de las sociedades enfocadas en la productividad (ancianos), pero poco se dice de los otros grupos etarios. Algo semejante ocurre con otra propuesta que imagina una ciudad hedonista orientada fundamentalmente a los jóvenes. En síntesis, se imaginan utopías para grupos específicos de la sociedad, pero no para la sociedad como conjunto.
¿Cómo son las "formas" de las utopías imaginadas? Curiosamente, el vocabulario formal de la mayor parte de los proyectos procede de Archigram, Super Studio o Archizoom. La monumentalización de las infraestructuras, los dispositivos parásitos, las estructuras neumáticas, las megaestructuras, el high-tech, los robots y la ciencia ficción aparecieron como elementos vigentes para imaginar el futuro.
Resulta paradójico que el futuro se imagine con imágenes tomadas del pasado. Ningún proyecto se asoció con visiones futuristas contemporáneas como las ciudades inteligentes, tecnologías de inteligencia artificial, big data, realidad extendida o "metaverso". Quizás se deba a la sobrexposición digital durante la pandemia o a que los entornos virtuales, como las ciudades inteligentes, han levantado alarmas sobre la hipervigilancia y cercanía con una sociedad del control (Allam et al. 2022; Krivý 2018).
Finalmente, es difícil encontrar en las propuestas nociones explícitas de lo que se entiende por bien común. Es posible inferir definiciones fragmentarias y por negación. El bien común no es capitalista, ni individualista, ni productivista. El bien común puede surgir si se incorpora a aquellos grupos sociales históricamente marginados. El bien común supone respeto por el medio ambiente. El bien común implica recuperar la relación orgánica con la ciudad vivida.
Durante mucho tiempo, las sociedades occidentales han sentido una fascinación por imaginar futuros sombríos; pero cuando la realidad se vuelve sumamente distópica, como ocurrió en 2020, imaginar futuros esperanzadores se convierte en una necesaria forma de cuidado contra una angustia forjada al calor de los males del presente.
1 Siguiendo a Freud (1979), usamos la palabra malestar como sinónimo de neurosis colectiva.
2 Elizabeth Wagemann (directora del WAUM 2020, organizado por Universidad Mayor, Chile).
3 Claudio Rossi y Daniela Atencio (coordinadores de Non-Fictional Cities), Universidad de los Andes (Bogotá, Colombia).
4 Equipo docente: Hugo Mondragón y Manola Ogalde, de la Escuela de arquitectura Pontificia Universidad Católica de Chile.