Si no cambiamos, no nos cambiamos; es decir, si no cambiamos de vida, no cambiamos la vida. Cuando digo cambiar de vida, no es dejar de ser albañil para pasar a ser médico. No es eso. Hay que cambiar la formas de entender el mundo. El mundo necesita acción; pero no se llega a la acción sin que eso haya sido elaborado por el espíritu.
José Saramago, Juventud rebelde, La Habana, 19 de junio de 20051
Escribimos desde el encerramiento. Son ya más de cinco meses los que llevamos contemplando la ciudad a través de nuestras ventanas. Más de cinco meses en los que los encuentros entre colegas y amigos se dan mediante pantallas y a merced de conexiones satelitales. Más de cinco meses sin aguantar la movilidad diaria hacia los lugares de trabajo. Más de cinco meses de encierro que, además de eso, han debido ser productivos y provechosos al emplearlos en pensar más de lo que lo hacíamos, aunque menos de lo deseado y en actualizarnos también, como si fuéramos sistemas operativos caducos.
Tras este periodo raro e indescifrable, concluimos que no queremos volver a la ansiada normalidad. Que este momento contiene la potencia necesaria para generar un cambio profundo en cada uno de nosotros, en lo que somos como sociedad, en la educación de la que hacemos parte, en la forma como se plantean y construyen la ciudad y la arquitectura, en lo que somos como especie que habita de manera tan particular este planeta.
¿Serán las ciudades el lugar donde estar en estos tiempos que vienen? En Europa, desde hace años, las ciudades se han venido vaciando y la pandemia puede acelerar este proceso. En América Latina, el desplazamiento campo-ciudad es reciente y, en determinados casos, lleva asociadas unas circunstancias que parecieran dificultar el imaginar escenarios reversibles. ¿Qué seguirá para una ciudad como Bogotá?, cuyas últimas administraciones han apostado por volverla cada vez más densa, construyendo enjambres para personas provenientes de todos los rincones. ¿Será el nuevo Plan de Ordenamiento Territorial un documento que refleje estas nuevas circunstancias y plantee una idea de ciudad acorde a estos tiempos que nos esperan?
Como decía Bernardo Secchi en los años setenta: “Las condiciones han cambiado”. Y nadie nos previno que ahora volverían a cambiar de forma tan drástica. Vivimos una época inédita, llena de escepticismos, propensa a cuestionarnos, como nunca antes, el valor de estar presentes y en la que debemos aprender, pues parece que lo hemos olvidado, a confiar en nuestros semejantes.
Esas condiciones diferentes nos han llevado a experimentar realidades que antes hubiéramos imaginado con dificultad. Nuestras casas, sin dejar de ser lo que eran, se convirtieron en talleres, oficinas, aulas de clase, guarderías, gimnasios… como en la Edad Media, cuando todo ocurría en el mismo espacio, sin tanta especialización. Más allá del espacio privado del que cuesta salir, vemos que cada día las cosas cambian y algunas para bien: el trabajo en casa cambió el tráfico y lo pacificó, mejoraron las condiciones ambientales y la fauna y la flora reverdecieron saliéndose de los límites ordenados y artificiales que les impusimos, volvimos a oír pájaros en las mañanas y a ver especies que creíamos ya no existían en nuestras urbes. Sin embargo, los parques se vetaron y ya no son el lugar de encuentro, sino que se debe conservar el distanciamiento, los juegos infantiles quedaron encerrados en cintas amarillas y debimos recurrir a otras formas para encontrarnos y para divertirnos. Los lugares de encuentro masivo, como teatros, estadios, bares y discotecas, permanecen cerrados, adquiriendo cada día un aire más cercano a lo que se abandona. Los centros comerciales, exponentes del “espacio seguro”, aislados del resto de la ciudad, acondicionados artificialmente, se volvieron inseguros precisamente por esos mismos motivos, al no garantizar unas condiciones higiénicas propensas para nuestra salud.
Esta época que vivimos y el tiempo que vendrá después parecen propicios para ciertas actividades que antes no encontraban su sitio con facilidad en nuestra agenda diaria. La investigación se ha visto potencializada por estos encierros obligados y, además, se ha vuelto más necesaria que antes, para, entre otras cosas, entender lo que está por venir. Como dijo Carlos García en una bellísima charla en la Universidad de los Andes hace algo más de un año: la investigación en arquitectura y ciudad es un campo de trabajo abierto, un campo ávido de ideas y aportes, un campo que desde hace mucho ha estado ahí y que en estos momentos se revela como un modo de vida que, además de permitirnos el sustento, es muy gratificante y necesario.
En ese sentido, números como este, abierto a aportes provenientes desde distintas áreas, con intención de conectar personas, instituciones y lugares, así como dar a conocer investigaciones y procesos de trabajo valiosos, se hacen irremediables en esta labor de repensar lo que somos y lo que hacemos. ¿Cómo deberían ser las ciudades y las arquitecturas en las que habitar estos tiempos inciertos? ¿Cómo dar respuesta a nuestros nuevos estados de ánimo? En estos momentos, ¿qué nos hace ser eso que creemos que somos? ¿Se trata solo de adaptar espacios con delimitaciones demarcadas que mantengan distancias de seguridad o la adaptación es más profunda y debe incluirnos a cada uno de nosotros y a todo lo demás? ¿Qué es el habitar hoy?
Este número que aquí presentamos no trata este tema preciso; tampoco intenta responder estas preguntas que han surgido durante los meses de encierro, pero sí pretende invitarnos a cuestionar algunas circunstancias con las que convivimos y, sobre todo, a tener la mente abierta a otras miradas.