Habitar no es construir o edificar, recuerda Ingold siguiendo a Heidegger. Habitar es situarse en la temporalidad específica del cuidado, es decir, en esa especie de conversación silenciosa que se teje en nuestras relaciones cotidianas y ordinarias con el lugar donde vivimos. Habitar es situarse en un devenir del lugar, o más exactamente, en sus líneas.
Jean-Marc Besse, Habitar
En los años treinta del siglo XX, Mies van der Rohe escribía, en el Programa para la Exposición de Construcción de Berlín, que la vivienda de su tiempo no existía, que estaban en mora de concebir un nuevo modelo para las sociedades que habitaban la ciudad de esa época. Creemos que esa frase todavía tiene vigencia para la discusión contemporánea del habitar. Los problemas siguen siendo los mismos; no han cambiado. Tal vez lo que se ha transformado, afectado por el tiempo, son los enfoques o las soluciones. Estamos nuevamente a tiempo de implementar nuevas soluciones a viejos problemas.
Quizás nos ayude detenernos y cuestionar el significado de la palabra habitar. El filósofo e historiador francés Jean-Marc Besse, en su libro Habitar, planteó un entendimiento basado en el concepto de resistencia a lo que se deteriora, de cuidado de nosotros y de eso que nos rodea y en lo que somos. Esta aproximación nos permite comprender la relevancia de la vivienda en nuestro día a día, una vivienda que cuidar y que nos cuida. ¿Algún propósito más relevante en nuestro estar en el mundo? Cuidar y ser cuidados.
Aunque no podamos decir que no existe la vivienda para este tiempo, sí podemos afirmar que es difícil encontrar en nuestros contextos formas de habitar —o de cuidar— que propongan un cambio en los paradigmas establecidos y se acerquen a las necesidades reales de nuestras poblaciones.
No debemos buscar estas nuevas propuestas ni en la oficialidad ni en las constructoras, más preocupadas por sacar un rédito económico que por experimentar con modelos alternativos (ante circunstancias contemporáneas, urgentes y vitales). Esto porque las normas urbanísticas, las técnicas constructivas y la necesidad de unos beneficios económicos en nuestras ciudades, donde el precio del suelo es cada vez más alto, llevan ya mucho tiempo condicionando las pautas de proyecto y dejando de lado no solo la experimentación, sino también el surgimiento de otras alternativas de desarrollo.
Una mirada hacia la investigación, la academia y los proyectos periféricos puede darnos una alternativa para esta discusión. En este número, encontramos resultados de investigaciones y proyectos cercanos a las necesidades y deseos de los habitantes, donde estos últimos son realmente el centro de la reflexión. Lugares donde hay ciudadanos organizados que emprenden intervenciones participativas, que crean unidades flexibles, que mezclan usos dentro de la vivienda y que se adaptan a los cambios. En síntesis, comunidades que ayudan a la regeneración del tejido social, algo de gran relevancia en un país como el nuestro, que atraviesa un proceso de posconflicto, entre otros procesos difíciles y prolongados en el tiempo.
Por lo general, los habitantes no se organizan solos, y para ello es necesario que también existan programas, políticas y asociaciones en capacidad de proponer nuevos procesos y que ayuden a consolidar estas unidades vecinales. Dearq recoge una serie de reflexiones, investigaciones, proyectos y escenarios con centro en el habitar y la vivienda contemporánea, que plantean una mirada fresca, que permite cuestionar la calidad de vida de nuestras ciudades. En todo esto, la arquitectura desempeña un papel fundamental ante la actual crisis social y medioambiental y es protagonista por razones como la participación, la innovación, la densidad, la flexibilización y, sobre todo, por quienes la cuidan (o la habitan).