Dearq: Hablemos de su libro Open Architecture (2018), que lleva al lector en una serie de paseos y paradas a través de diferentes áreas y edificios de un zona de Berlín. Ello le permite no solo comprender algunas arquitecturas y el contexto disciplinar que las generó, sino también las experiencias de aquellos quienes las habitan. Partiendo de su uso de este método (con todos sus beneficios y sus posibles carencias), ¿se podría decir que nos dirigimos hacia una nueva forma de escribir la historia de la arquitectura? De ser así, ¿cuáles serían sus principales objetivos, sus instrumentos y sus métodos?
Esra Akcan (EA): El libro imagina a un lector que da un paseo por el distrito de Kreuzberg, en Berlín, y que se detiene en siete lugares para ver más de cerca la renovación urbana que se implementó a fines de la década de 1980. Esta estructura de paseos y paradas refleja mi antiguo interés por una historia global o —prefiero este término— entrelazada de la arquitectura. Mi libro anterior, titulado Architecture in Translation, desarrolló esta cuestión, y Open Architecture es un nuevo intento por escribir una historia global o entrelazada, incluso cuando uno camina por un solo vecindario. ¿A qué me refiero cuando hablo de una historia global o entrelazada? Aunque el libro se concentra en el área de Kreuzberg, los capítulos que corresponden a las paradas aluden a ideas que han circulado por el mundo entero y que culminaron y se tradujeron en Alemania. La historia de esta parte de Berlín es también la historia de un puñado de arquitectos e ideas provenientes de Bélgica, Gran Bretaña, Italia, Japón, Países Bajos, Polonia, Portugal, España, Turquía, Estados Unidos, entre otros países. Así, cuando hablo de historia global o entrelazada, no me refiero a circunnavegar todo el planeta, sino a mostrar las conexiones e interdependencias que existen entre diferentes lugares del mundo, por distantes que estén. En este sentido, la estructura de paseos y paradas del libro asume este proceso de renovación urbana (IBA-1984/87), no solo como una colección de proyectos, sino como un microcosmos de los amplios debates internacionales de su tiempo.
Por otra parte, Open Architecture reconoce las voces de los que habitan estos espacios. Metodológicamente, la historia oral y la narración fueron claves para desentrañarlas. Después de tocar en todas las puertas en Berlín-Kreuzberg entre 2009 y 2017, llegué a identificarme con sus habitantes y a generar confianza entre algunos de ellos, que estuvieron dispuestos a contarme sus historias en profundidad, en algunos casos a lo largo de varios años. Me gustaría hacer hincapié en esta distinción metodológica, entre la historia oral y otros métodos que habitualmente se utilizan para analizar a los habitantes de un lugar. En la investigación arquitectónica, el residente (a menudo llamado usuario, una entidad abstracta y universal) puede ser, y muchas veces ha sido, analizado a través de la sociología, que involucra métodos precisos y predeterminados, a partir de la recolección de muestras suficientemente grandes y la codificación los resultados en datos cuantificables y procedimientos repetibles y “objetivos”. Al ser cuantificables, los métodos sociológicos ofrecen poco margen para tratar con las preguntas abiertas y los criterios impredecibles que caracterizan las voces de las personas. La etnografía también ha sido un método muy utilizado, y fue fundamental en los inicios de la historia del arte —una disciplina que reflejó la curiosidad occidental por lo supuestamente “primitivo, otro y no occidental”—. En términos generales, la etnografía se funda en la premisa de que la identidad de cada individuo proviene de su pertenencia a un grupo. Y con base en esta, durante mucho tiempo la etnografía ha operado con un sentido de autoridad, desde la cual el científico, el etnógrafo, define esta identidad al escribir su propia narración.
Opté por la historia oral como método para escribir Open Architecture para evitar generalizaciones, especialmente referidas a etnias o grupos, y para inscribir en la historia los nombres de aquellos individuos que habitualmente se encuentran subrepresentados. La historia oral ni pretende ser general, ni representar a todo el mundo; puede apoyarse incluso en un solo testigo. Dado que siempre está influenciada por los recuerdos de los narradores, es preciso reconocer su contingencia y su parcialidad y, sin embargo, la historia oral nos permite reconocer a los residentes como actores históricos sin necesidad de la autoridad implícita los métodos etnográficos, especialmente cuando no se cuenta con documentos de archivo que nos permitan acceder a registros de estas voces subrepresentadas. En otras palabras, la historia oral construye un archivo, amplía los archivos existentes y produce sus propios documentos.
Al traducir varias historias orales en mis textos, me entretuve con la idea de la narración como método para escribir la historia de aquellas arquitecturas que habitualmente llamamos participativas. Los escritos de Okwui Enwezor y Walter Benjamin me ayudaron a tomar esta decisión. A diferencia de la novela aislada o la autopista de la información (siempre veloz), Walter Benjamin caracterizó la narración como aquella experiencia que se transmite de boca en boca, y al narrador, como el mediador que transmite “consejos entretejidos en la trama de la vida real”. Okwui Enwezor, por otra parte, situó la narración entre lo documental y lo cuasidocumental, especialmente en sus comentarios sobre cine. Sobre estas bases pude definir un narrador de la historia de la arquitectura que alterna entre la voz del autor y los testimonios del residente; un narrador que reconoce que la cotidianidad y la experiencia de un espacio individual también hacen parte de la historia de ese espacio.
Antes que hacer una distinción entre los aspectos visibles e invisibles de la arquitectura abierta, estaba pensando en cómo lograr una arquitectura abierta en términos formales, programáticos y procedimentales, pero también en un compromiso ético y político más amplio de la arquitectura con el inmigrante, el hasta ahora forastero, el “otro”.
Desde esta perspectiva, la historia de la arquitectura no empieza a escribirse cuando el edificio deja la mano del arquitecto. La narración oral extiende esta historia al combinar el tiempo del diseño del edificio con el tiempo de una ocupación específica. La contingencia y la parcialidad de la narración que resultan de esta amalgama de los dos periodos reconoce la naturaleza necesariamente abierta e inacabada de la historia de la arquitectura. De hecho, se podrían escribir varias historias del mismo espacio basadas en narraciones orales de diferentes ocupaciones en diferentes momentos. Esta forma de escribir la historia no apunta a narrativas generalizables o repetibles. Desarrolla en cambio un sentido de empatía a través de historias concretas. La historia oral nos demuestra que la gente no se limita a ocupar espacios, sino que también los construye. Confío en que las historias de mi libro les permitirán a los lectores comprender las desigualdades, las heridas y los racismos inexcusables, así como las solidaridades y resiliencias inspiradoras que están documentadas en estas historias de migrantes. Creo que contar historias es la forma en la que construimos empatía y entendemos los impactos muchas veces negativos que las decisiones políticas tienen en las personas, y cómo esas personas logran superar esos daños.
Dearq: Continuando con su rechazo a las historias generales y pretendidamente objetivas, ¿por qué parece tan urgente hoy en día examinar y evaluar el conocimiento del entorno construido a través de los relatos de muchas personas diferentes? ¿En qué sentido sugiere este enfoque el paso de un estudio de la imagen general de los edificios al estudio de su uso interior y cotidiano? Finalmente, ¿qué consecuencias —si las hay— cree que tendría esta forma de escribir la historia de la arquitectura en la educación de los futuros arquitectos?
Figura 1.
Esra Akcan, Fotografías tomadas por la autora durante la investigación para el libro Open Architecture.
EA: No es que antes el diseño del espacio interior no hubiera tenido importancia en la disciplina arquitectónica. Sin embargo, espero que las historias que muestran cómo los habitantes interpretan, se apropian y comentan los espacios nos lleven a un cambio sustancial en nuestra forma de entender la arquitectura, e inspiren a los arquitectos a ser más generosos con aquellos grupos humanos diferentes a los que habitualmente encuentran durante el proceso de diseño. Espero que este contacto con diferentes historias nos lleve a reconocer cuán decisivo es lo que llamo arquitectura abierta.
Abrir la definición de arquitectura a la apropiación de los residentes también fue un gesto feminista, por medio del cual pude inscribir a más mujeres en la historia de la arquitectura. No era mi intención original, pero la mayoría de los personajes que decidieron contribuir a la historia oral en el libro fueron mujeres migrantes de primera generación. Las llamo arquitectas residentes. Honrando las historias de estas arquitectas residentes, tanto como las de los arquitectos diseñadores, podemos dejar de ver la arquitectura como una ocupación históricamente practicada solo por hombres.
¿Qué efectos tendría este enfoque en la educación arquitectónica? Espero que fomente una educación que tome en serio la justicia social, de género, racial y global; una educación que invite a los estudiantes a ser moralmente conscientes de su compromiso con el mundo, en lugar de delegar esa responsabilidad en los Estados-nación o en los gobiernos inmediatos; una educación que deje de perpetuar el mito del arquitecto genio, situado por encima de la sociedad y cuya responsabilidad se limita a satisfacer a un cliente; una educación que sensibilice a los estudiantes sobre su responsabilidad ante el mundo en general y que ponga fin a la supremacía masculina blanca, como si no hubiera nada que aprender de la historia y las ideas de los demás. Una vez cambiemos estos valores convencionales, podemos pensar en horizontes mucho más amplios.
Dearq: Siguiendo con la educación, su libro entiende la arquitectura como una forma de trabajo colectivo y, por lo tanto, se aleja de la educación arquitectónica tradicional, especialmente por su insistencia en formar jóvenes arquitectos como artistas demiurgos. En otras palabras, su libro sugiere un cambio de paradigma pedagógico con respecto al proyecto arquitectónico y la forma en que se enseña y evalúa el diseño en las escuelas de arquitectura. En su opinión, ¿cuáles deberían ser las perspectivas pedagógicas más relevantes sobre el proyecto arquitectónico y su diseño en la actualidad?
EA: Las escuelas podrían tener más talleres de diseño comprometidos con la comunidad. Los estudiantes podrían tener más experiencia colaborando con otros estudiantes de arquitectura, así como con estudiantes de otras disciplinas. Pero, sobre todo, la arquitectura abierta es una cuestión de cambio de valores. Por tanto, mucho depende de los cursos de historia-teoría-crítica. El cambio hacia una historia arquitectónica global o entrelazada, antirracista, anticolonial, feminista y cosmopolita ya se viene gestando en algunas escuelas desde hace algún tiempo.
Dearq: En relación con la tríada historia-teoría-crítica que recién menciona, su libro nos ha recordado mucho aquel gran libro de Marina Waisman, titulado El interior de la historia (1990), cuyo subtítulo le apunta de manera explícita a una “historiografía arquitectónica para uso de latinoamericanos”. Para nosotros es evidente que usted ha realizado un esfuerzo enorme para desarrollar una historiografía verdaderamente original (Akcan 2018, 54 y 55). ¿Cree que los instrumentos y los métodos que definen su forma de escribir la historia son específicos y, por lo tanto, limitados al estudio de arquitecturas abiertas únicamente?
EA: Gracias por los cumplidos. Una forma abierta de escribir la historia no está limitada a escribir únicamente la historia de las arquitecturas abiertas. Esto está claro en el libro que analiza el espacio desde un enfoque abierto, pero no afirma que todos los edificios de Kreuzberg correspondan a una “arquitectura abierta”. En realidad, es todo lo contrario. El tema del libro se desarrolla en su formato y en su método. De esta forma, traté de mostrar cómo el pensar la arquitectura de determinada manera puede llevarnos a innovaciones historiográficas. Como he dicho, quise explorar una forma abierta de escribir la historia, dándole voz no solo a un puñado de arquitectos establecidos, sino también a otros arquitectos menos estudiados que también fueron invitados a construir viviendas públicas en Kreuzberg, y a los residentes inmigrantes que he venido mencionando.
Dearq: Hablemos de estos arquitectos, más o menos conocidos. A diferencia de las estrategias de diseño que les atribuye a arquitectos de renombre como Josef Paul Kleihues y Rob Krier (centradas principalmente en el plano como evidencia de una geometría clara que puede ser documentada y verificada, para ser procesada de manera gráfica, transparente y objetiva), su definición de una arquitectura abierta considera diferentes cualidades que a menudo son invisibles y, por lo tanto, requerirían otros medios de representación. Este argumento es especialmente claro en la segunda parte de su libro, donde revela estas cualidades en el edificio de Álvaro Siza, así como en la Torre de Berlín de John Hejduk (especialmente a través del testimonio de Yeliz Erçakmak). ¿Cómo llegó a interesarse por este aspecto más efímero, incluso podría decirse inefable, de la arquitectura abierta y, lo más importante, podría describirnos las formas en que ha desarrollado los instrumentos y métodos necesarios para comprender y comunicar estos atributos, fundamentalmente invisibles?
EA: Antes que hacer una distinción entre los aspectos visibles e invisibles de la arquitectura abierta, estaba pensando en cómo lograr una arquitectura abierta en términos formales, programáticos y procedimentales, pero también en un compromiso ético y político más amplio de la arquitectura con el inmigrante, el hasta ahora forastero, el “otro”. Me motivan las complejas relaciones que existen entre arquitectura y ciudadanía. Esto incluye el racismo, las violaciones de los derechos humanos, la desigualdad, el autogobierno, el Estado-nación como norma internacional y muchas otras capas implícitas en cualquier noción de ciudadanía. Dice mucho que la pregunta sugiera lo formal como aquello que es visible y se refiera a otros aspectos como “invisibles”. Esta distinción les da sentido a los aspectos menos convencionales del libro. Pero, por supuesto, cualquier diseño arquitectónico implica consideraciones sobre el programa, el proceso y el contexto político, entre muchas otras cosas, además de la forma. Parece que todavía tenemos la costumbre de priorizar la forma mientras teorizamos una arquitectura que, espero, podamos descentrar. Fue bastante obvio para mí desde el principio que no podía estudiar o teorizar la relación entre arquitectura y ciudadanía mirando solamente los aspectos visibles de los edificios.
Dearq: Hablemos entonces de los diferentes aspectos sociales de su investigación. En la introducción al libro, aclara usted que la colectividad y la colaboración son esenciales para su definición de una arquitectura abierta (Akcan 2018, 10). Más adelante, sin embargo, su uso del término agencia social sugiere alguna cercanía con la noción de ingeniería social fragmentaria, desarrollada por Karl Popper como antídoto para los efectos negativos de la planeación centralizada a gran escala (20). ¿Querrá esto decir que, además de la colectividad y la colaboración, su enfoque de la arquitectura abierta también implica, al menos, algún grado de competencia entre individuos en la producción del entorno construido?
Figura 2.
Esra Akcan, Fotografías tomadas por la autora durante la investigación para el libro Open Architecture.
EA: Puede que esté malinterpretando sus distinciones. Nunca pensé en la colaboración y la colectividad en relación con la planeación centralizada a gran escala. Todo lo contrario. La planeación centralizada implica un proceso de arriba hacia abajo, mientras que la colaboración generalmente abre espacio para más procesos de abajo hacia arriba o, al menos, no jerárquicos. Defino la arquitectura abierta como colectividad, específicamente en relación con la teoría de la “memoria colectiva” y la “voluntad colectiva” de Aldo Rossi, que influyó en el equipo de liderazgo de IBA-Neubau. Puede que esto no abarque todas las asociaciones históricas del término colectivo. La “competencia entre individuos en la producción del entorno construido” es un paradigma del mundo capitalista. Sin embargo, traté de pensar en la arquitectura abierta como una posición que reclama el paradigma opuesto, lo cual, reconozco, no es fácil de lograr ni parece realista en el futuro cercano.
Dearq: Siguiendo con la pregunta anterior, su afirmación de que “rara vez se apoya la colaboración, salvo cuando existe una necesidad pragmática” (Akcan 2018, 24) parece profundizar en el trabajo de Antonio Gramsci (vía Mouffe, Laclau y Foucault [Akcan 2018, 27 y 28]). ¿Podría aclarar si considera que esta necesidad pragmática es la antítesis de la colaboración y, de ser así, si es parte del “espíritu neoliberal” al que alude en páginas anteriores? (10 y 11). ¿Está sugiriendo que deberíamos descartar la racionalidad y la eficiencia como motivaciones para el cambio en el entorno construido y, en cambio, operar sobre otros tipos de moralidad más allá de la práctica? Nos interesa saber cómo cree que estas consideraciones morales no pragmáticas deberían definirse y articularse en un entorno social diverso.
EA: Lo que tenía en mente cuando escribí esa frase es que el arquitecto, en su perfil convencional, colabora con especialistas de otras disciplinas y profesiones solo porque lo necesita para implementar sus ideas. El mito del arquitecto como individuo genio crea una falsa sensación de suficiencia y superioridad, lo que hace que la colaboración sea indeseable. Tenía la esperanza de que el concepto de arquitectura abierta también pudiera cambiar esta presunción y que podamos concebir la colaboración como intención y aspiración en sus propios términos, no como un proceso que en lo posible hubiéramos preferido evitar. Estoy de acuerdo con que esto requiere otro “tipo de moralidad”, pero no creo que esta moralidad necesariamente excluya la racionalidad o la eficiencia. El libro también imagina la “colaboración” más allá de su significado literal. Por ejemplo, hablo de Aldo Rossi como colaborador de arquitectos muertos. La colaboración como concepto apunta a descentrar las mentes egocéntricas.
Dearq: Sus argumentos en pro de una arquitectura para el no ciudadano son verdaderamente fascinantes, por cuanto reconocen las limitaciones y el sufrimiento innecesario derivados de la definición de los Estados-nación y sus sistemas legales concomitantes (Akcan 2018, 32). Sin embargo, no está claro qué es exactamente lo que usted propone para remplazar la idea del ciudadano, con responsabilidades y derechos vinculados a leyes concretas y localizadas. ¿Nos está invitando a comprender al individuo en una categoría diferente y, de ser así, exigiría esa comprensión un nuevo conjunto de reglas transnacionales que todos los seres humanos del planeta deberían cumplir?
EA: Como notaron, la relación entre ciudadanía y arquitectura es una preocupación central a lo largo del libro. Al analizar las exclusiones de la ciudadanía, analizo muchos temas relacionados, incluidos el racismo, la desigualdad, los derechos humanos, la democratización de la democracia, entre otros. Los “trabajadores invitados” y los “refugiados” a quienes no se les otorgan derechos de ciudadanía son mis puntos de referencia para analizar estos temas en un contexto específico; en este caso, Alemania en la década de 1980. No me propongo remplazar la idea del ciudadano por otra, sino ampliarla para que de hecho solo haya “ciudadanos del mundo”. En otras palabras, ¿podríamos pensar en un mundo donde los derechos humanos y los derechos políticos no se basaran en ser ciudadanos de un Estado-nación?
Soy consciente de que necesitaremos usar la expresión ciudadano del mundo de manera metafórica, hasta que, si acaso es posible algún día, haya transformaciones en las esferas legal, política y del derecho internacional que actualmente sostienen la estructura del Estado-nación como norma internacional. Pero aun así, esto no tiene por qué impedir que los propios arquitectos imaginen una ciudadanía mundial y actúen en consecuencia. El libro pregunta qué habría pasado si los arquitectos practicaran la arquitectura con una ciudadanía global en mente, y llama a esta práctica arquitectura abierta. ¿Qué hubiera pasado si los arquitectos estuvieran diseñando con una nueva ética, capaz de acoger a los no ciudadanos? Hablo de ejemplos históricos y experimentos mentales del pasado en los que podemos encontrar pistas formales, programáticas o procedimentales de la práctica de esta arquitectura abierta.
Dearq: Parece contradictorio, pero de los ciudadanos del mundo nos gustaría pasar a un contexto local o, al menos, regional. Como usted sabe, este número de Dearq reflexiona sobre los espacios abiertos en las ciudades latinoamericanas. Entre otras coincidencias, hemos notado con cierta sorpresa que muchas de sus reflexiones sobre Berlín podrían, en muchos casos, referirse al modelo básico que utilizaron los colonizadores españoles en el siglo XVI para fundar cientos de ciudades en el continente americano (Akcan 2018, 52). Si bien la cuadrícula definida en las ordenanzas de Felipe II se impuso de forma violenta, como estructura, sin duda, también ha fomentado enormes cantidades de aquella colaboración (50) que usted atribuye a una arquitectura abierta. ¿Cómo entender esta aparente contradicción?
EA: No entiendo cuál es la contradicción. La ética de la arquitectura abierta es exactamente lo opuesto al colonialismo. El colonialismo se impone al otro, que es lo contrario de acogerlo. Colaborar para colonizar una tierra ejerciendo violencia sobre aquel que ya está ahí no es arquitectura abierta. Asimismo, para aquellos que aún no hayan leído el libro, contiene un capítulo que teoriza la colaboración como una de las formas de la arquitectura abierta, además de otras formas como la participación, la multiplicidad de significados, el juego de aventuras y el diseño de espacios flexibles y adaptables.
Dearq: Más allá de la cuadrícula fundacional, las ciudades latinoamericanas contemporáneas también están determinadas por el tipo de fragmentación y discontinuidad en su estructura urbana que usted ha documentado tan bellamente en una parte muy específica de Berlín. Sin embargo, a diferencia de la ciudad europea de la posguerra, en América Latina estos fenómenos suelen ser el resultado de conflictos violentos, formas extremas de pobreza, instituciones débiles y enormes migraciones internas hacia los centros urbanos que se ven obligados a crecer a una velocidad vertiginosa. Aunque formalmente tienen derechos, los migrantes internos suelen ser los mismos no ciudadanos que usted describe en el libro. ¿Ha considerado usted estas otras formas débiles de ciudadanía, generalmente causadas por la migración interna, más que internacional, y en su efecto en las grandes ciudades que son habituales más allá del contexto europeo?
EA: Sí, por supuesto. Antes de responder a su pregunta, permítame recordarle que las ciudades europeas también se han visto moldeadas por la violencia y la guerra, así como por la segregación física y conceptual resultante del racismo. Con respecto a su pregunta sobre la migración interna, el libro también analiza la idea de ciudadanía social: derechos vinculados al bienestar y la seguridad económicos, como el seguro contra el desempleo y los derechos a la atención médica, la educación, la vivienda y una pensión. Cuando se aplica a la noción de ciudadanía social, los no ciudadanos también incluyen a las personas excluidas de la ciudadanía debido a nociones socialmente construidas de clase, raza, género, etnia o religión. A menudo, a las personas que alguna vez fueron no ciudadanos se les sigue negando la ciudadanía social después de la naturalización, porque la exclusión de antiguos esclavos, súbditos coloniales o trabajadores invitados se proyecta en el presente en forma de diferencia de clases y supremacía blanca. Hannah Arendt y Étienne Balibar me ayudaron a comprender el mecanismo que niega a los ciudadanos legales el derecho a tener derechos. Por ejemplo, Balibar explica la relación entre exclusiones internas y externas de la ciudadanía. Una frontera exterior se refleja en una frontera interior hasta tal punto que la ciudadanía se convierte en un club en el que uno es admitido o no, independientemente de sus derechos legales. Aquellos que están excluidos de los beneficios de la ciudadanía social experimentan un estado de “ciudadanía debilitada”, usando sus términos. Esto significa que discutir la relación entre ciudadanía y arquitectura también nos permite explorar temas similares para los migrantes internos.
En relación con el contexto latinoamericano, agrego algo más: mi interés por la ciudadanía y los derechos humanos me llevó al libro que estoy escribiendo, donde miro las nuevas convenciones de derechos humanos que nacieron con la política social y su relación con los movimientos contra la dictadura en América Latina. Hablo, por ejemplo, de las Madres de Plaza de Mayo, en Argentina, y de las Madres de los Sábados, en Turquía, conjuntamente, como movimientos sociales que construyeron resistencias a través de su asociación con espacios urbanos específicos. Discuto las nuevas convenciones de derechos humanos, como la protección contra las desapariciones forzadas y el derecho a la verdad, a través de varias experiencias latinoamericanas. Aunque América Latina no apareció mucho en Open Architecture, cuyo enfoque específico está en Berlín, creo que hay muchas discusiones comparativas por hacer, como lo señalan sus preguntas. Estoy tratando de hacer algunas de estas comparaciones en mi nuevo libro.
Dearq: Uno de los resultados más concretos de estas ciudadanías débiles es la incapacidad de muchos para acceder y utilizar un espacio construido suficiente y adecuado, ya sea privado, público, institucional o colectivo. En la mayoría de las ciudades de América Latina, esta falta de espacio construido suficiente y adecuado puede atribuirse en igual medida a procesos rápidos de renovación y densificación urbana, llevados a cabo parcela por parcela, tanto como a macroproyectos diseñados y construidos por grandes corporaciones. Ambas expresiones de lo que comúnmente se entiende como neoliberalismo (una perversión de la economía de mercado) parecen descuidar aquel estrato institucional que tan agudamente resalta usted en su libro, cuando aclara el papel que tuvieron el gobierno y la discusión política en el éxito de IBA. Con base en su estudio riguroso del papel de alcaldes, concejos municipales y oficinas de urbanismo en la producción de la ciudad, ¿qué recomendaciones podría ofrecerles a los arquitectos latinoamericanos, habitualmente enfrentados a las formas políticas y económicas más extremas del neoliberalismo?
Figura 3.
Esra Akcan, Fotografías tomadas por la autora durante la investigación para el libro Open Architecture.
EA: Intuyo que conocen mejor que yo la respuesta a esta pregunta. Si la lectura de Open Architecture inspira su respuesta, diría que el libro cumplió su cometido. Permítanme volver al libro que estoy escribiendo en este momento, para el cual adquirí un mejor conocimiento de los debates sobre la resistencia y la memoria durante los regímenes autoritarios en América Latina y después de estos. He estado leyendo mucho sobre la repercusión del neoliberalismo en el reconocimiento de las heridas de este pasado en América Latina. Los monumentos de perdón y reconciliación erigidos después del fin de las dictaduras en Argentina y Chile se incorporaron al mercado de la memoria como una extensión de la neoliberalización generalizada en la década de 1990. En un contexto en el cual los grupos que luchan por preservar la memoria rechazan el apoyo del gobierno y necesitan sobrevivir en una economía de mercado, los sitios de trauma se integran a la industria del turismo, el lema “nunca más” se convierte en un logotipo y la conmemoración se convierte en una marca. Por ejemplo, el Parque de la Memoria de Argentina, propuesto originalmente por familiares de desaparecidos y un grupo de estudiantes, se adaptó para conmemorar otras atrocidades. Muchos han visto esta adaptación como un paso necesario para financiar el parque y atraer a más visitantes. Sin embargo, la terminación y la administración del parque enfrentaron muchos inconvenientes, debido a las ambigüedades en su estructura de financiamiento. La neoliberalización y la comercialización no solo permiten que el Estado se libre de su responsabilidad financiera, sino que también abarata el proceso, al convertir el trauma en un bien que necesita venderse bien. Si el Estado no participa en la construcción de monumentos que conmemoren la memoria de las víctimas de la violencia estatal, el resultado no es una disculpa real, y la conmemoración se deja a su suerte en un mundo neoliberal. El involucramiento del Estado es un mensaje en sí mismo. Por lo tanto, las sociedades necesitan encontrar vías para que el Estado se involucre en el financiamiento de la construcción y gestión de monumentos de perdón y reparación, mientras la narrativa se democratiza al involucrar a diferentes grupos de manera horizontal.
Dearq: Hablando de conflictos, su libro revisa una serie de tensiones inherentes a la disciplina arquitectónica. Por un lado, desafía la idea de que la arquitectura está fundamentalmente hecha o entendida a través del trabajo de unos pocos individuos. Incluso sugiere una definición más amplia del arquitecto para incluir “individuos que confirman la apertura de la arquitectura al participar en su mutación” (Akcan 2018, 76), añadiendo que la arquitectura abierta solo se puede lograr a través de la agencia colectiva (115). Sin embargo, para desarrollar su argumento todavía hace un uso extensivo de la figura del arquitecto conocido, incluso podría decirse que excepcional (e. g. Mies, Le Corbusier, Isozaki, Scharoun, Krier, Rossi, etc.). ¿Por qué algunas veces parece tan difícil escribir historias y teorías de la arquitectura sin estos nombres singulares y estructurantes? ¿Qué nos dice esto de las diferentes apuestas teóricas e historiográficas que desafían la idea del arquitecto como individuo? ¿En qué sentido —si lo hay— la erosión del individualismo en la arquitectura sería fundamental para la noción de “historia arquitectónica abierta” a la que se alude en el libro? (Akcan 2018, 76).
EA: Permítanme aclarar que mi intención como historiadora no es borrar o cancelar nombres, sino agregar nombres, descentrar el mito del Autor en mayúscula y dar el debido reconocimiento a todos los creadores. La “muerte del autor”, para usar la terminología de Roland Barthes, significa el nacimiento del lector, pero no necesariamente la eliminación total de quienes escriben un texto. La historia de la arquitectura abierta significa la redistribución de la atención en un recuento más estratificado y justo. Su objetivo es descentrar el sistema estelar y repartir gratitud y crítica de forma equitativa. El libro también trata de exponer muchos errores y hace a algunas personas responsables por sus errores. Como historiadora, considero que mi papel consiste en dar crédito y criticar donde toca.
Dearq: Hablando de arquitectos notables, en 2000 apareció la segunda edición en español del libro El diseño de soportes, de John Habraken (originalmente De Dragers en de Mensen, de 1961). En este, Habraken afirmaba el arquitecto no debe involucrarse en todas las diferentes capas de participación que definen un proceso de diseño arquitectónico. Dos décadas más tarde, ¿cómo ve el trabajo de Habraken y la red de edificios abiertos que surgió de sus investigaciones? ¿Qué aspectos de este enfoque de “responsabilidad limitada” en la producción arquitectónica cree que siguen siendo relevantes hoy en día y cuáles, en su opinión, se han hecho obsoletos?
EA: En el pasado hubo bastantes proyectos y experimentos mentales a los que podemos atribuir pistas conducentes a una arquitectura abierta. Kenzo Tange y el grupo de los Metabolistas constituyen otro buen ejemplo. Si bien sus contribuciones a la noción de adaptabilidad, crecimiento en el tiempo y apropiación para las necesidades de los habitantes siguen siendo muy relevantes hoy en día, su idea de que las vías de tránsito vehicular son infraestructuras inmutables quizás lo sea menos. En la introducción a Open Architecture ofrezco una descripción muy breve de algunos de estos experimentos. No conozco la práctica de Habraken1 lo suficiente como para comentar de qué manera su oficina responde, si es que responde, a cuestiones de inmigración, discriminación, derechos humanos y ciudadanía, que son fundamentales en mi libro.
Dearq: Entre los muchos descubrimientos que nos ha ofrecido su libro está su relectura creativa y verdaderamente inspiradora del trabajo de tres arquitectos cuya obra, a menudo, se ha tomado por reaccionaria (Akcan 2018, 23). Por ejemplo, al aclarar la oposición de Adolf Loos y Aldo Rossi al moralismo ingenuo y al funcionalismo como formas de determinismo (96-100), tácitamente les atribuye a ambos una postura radicalmente liberal (24). Además, la caricatura popular de Rob Krier como un tradicionalista favorecido por poderes obsoletos y antidemocráticos se ve desafiada por su análisis matizado de sus diseños para la IBA (65). Nos da mucha curiosidad saber qué reacciones ha generado su lectura (más vale inusual) del trabajo de estos tres arquitectos, especialmente entre los sectores más progresistas de la academia.
EA: Soy consciente de que mi trabajo molesta a algunos públicos. Exponer el autoritarismo de Ungers molesta a muchos; ver algo de franqueza en Aldo Rossi y Rob Krier inquieta a algunos lectores. Mostrar las colaboraciones y conversaciones indirectas entre Stirling y Krier, o Eisenman y Kleihues, puede parecer contradictorio para muchos. También lo es apreciar los grafitis en las superficies blancas de Siza. Pero para evitar un posible malentendido por parte de los lectores de esta entrevista que quizás no hayan leído el libro aún, en el análisis final también expongo muchas contradicciones y premisas discriminatorias en las prácticas arquitectónicas del pasado. No hace falta decir que mi intención no es categorizar a los arquitectos entre “abiertos” y “cerrados” —una lista de esa naturaleza solo puede ser una caricatura reductiva—, sino discutir ideas sobre la arquitectura abierta mediante estos arquitectos. En este sentido, todos los arquitectos que aparecen en el libro nos llevan a algunas ideas sobre la apertura y la falta de ella.
Pero, para responder a su pregunta sobre la reacción de los arquitectos, debo hablar de la ignorancia y la trivialización a la que me enfrenté y me sigo enfrentando a lo largo del camino. Como mujer turca, tengo la impresión de que pocos arquitectos le dieron crédito al valor de lo que escribo. No tuve ninguna dificultad para encontrar inmigrantes y asesores de inquilinos que quisieran contarme sus historias para el proyecto de historia oral. Pero pocos arquitectos respondieron a mi solicitud de una entrevista, aunque me comuniqué con muchos de ellos. Me gustaría reconocer y agradecer a todos los arquitectos de IBA-Altbau, como Cihan Arın, Heide Moldenhauer, Bahri Düleç, Hardt-Waltherr Hämer, Wulf Eıchstädt, Uwe Böhm y muchos otros; así como a Günter Schlusche de Neubau, Rob Krier, David Mackay, Hildebrand Machleidt, quien participó en el proyecto de historia oral, y a Rem Koolhaas, quien me abrió sus archivos y los de OMA, y a Álvaro Siza. Todos ellos respondieron a mis llamados.
Dearq: Ciertamente usted ha logrado identificar la forma en que algunas de las arquitecturas que analiza en Open Architecture precedieron a algunos enfoques actuales de la arquitectura abierta, especialmente con respecto a una condición que describe como latente o no declarada, y que en muchos sentidos se opone a la búsqueda de claridad en la forma y el desempeño de los edificios. Sin embargo, otros ejemplos de su libro, como el proyecto de Rem Koolhaas para la Kochstrasse/Friedrichstrasse, parecen abordar directamente los aspectos más obvios del contexto. En sus palabras: “OMA imaginó que una sección a través del edificio representaría una sección a través de Berlín Occidental: aliados en la base, seguidos en los niveles medios por unidades más grandes para ser ocupadas por trabajadores invitados turcos y sus familias, con alemanes viviendo en unidades pequeñas en la parte superior”. El proyecto de Álvaro Siza para el Bloque 121, en cambio, se apropia manifestaciones evidentes de discontinuidad e irregularidad formal y funcional manteniendo el perímetro existente. Frente a su defensa de la apertura como latencia, ¿cómo interpreta estas estrategias de diseño, que tratan los aspectos más evidentes del contexto a través de una formalización igualmente evidente?
Figura 4.
Esra Akcan, Fotografías tomadas por la autora durante la investigación para el libro Open Architecture.
EA: Utilizo el término arquitectura abierta latente para todas estas prácticas, sin señalar a Koolhaas o Siza. Podemos encontrar diferentes indicios de apertura y falta de apertura en casi todos los diferentes arquitectos discutidos en el libro. También muestro cómo los legisladores utilizaron la arquitectura como un mecanismo de control de la inmigración y el desplazamiento, y analizo la forma en que diferentes arquitectos respondieron a una serie de normas discriminatorias (como la prohibición de mudanza y la cuota de inmigrantes) que estaban vigentes durante la renovación urbana. Algunos arquitectos fueron cómplices, otros políticamente ingenuos; algunos pueden parecer irónicos, pero otros fueron realmente subversivos. El aparte citado su pregunta representa un enfoque a la vez irónico y subversivo de las discriminaciones contra los inmigrantes.
Dearq: Si bien la mayoría de los enfoques de la arquitectura abierta han puesto en primer plano cuestiones como la flexibilidad y la adaptabilidad en términos bastante genéricos, hasta el punto de que estos conceptos serían aplicables en cualquier lugar, su libro es en realidad bastante específico en cuanto al lugar. ¿Podría desarrollar su perspectiva con respecto a esta aparente paradoja de apertura versus especificidad?
EA: Como historiadora, me enfoco en investigar bien mi tema y darle vida en el texto, mientras teorizo para que el libro sea relevante en contextos más amplios. Es posible que las ideas de este libro no se traduzcan perfectamente en cualquier otro lugar del mundo, y eso está bien. Pero creo que son relevantes para muchos otros lugares además de Berlín-Kreuzberg. Escribir este libro me llevó a tocar todas las puertas de Kreuzberg, y a pasar días enteros realizando entrevistas. La historia oral depende de un compromiso a largo plazo, de la generación de confianza, del conocimiento del idioma con todos sus códigos contextuales para poder fomentar una conversación. Después de publicar mi libro, la gente me preguntó por qué no entrevisté a los inmigrantes italianos o yugoslavos, sino solo a los turcos. Tales preguntas pueden reflejar las expectativas creadas por los discursos contemporáneos de representación, así como los hábitos de análisis comparativo en las ciencias sociales y políticas. Pero pierden los métodos específicos y las contribuciones de la historia oral. Imaginar que una misma persona puede y debe fomentar el mismo nivel y profundidad de diálogo en todos los idiomas, es una ilusión muy peligrosa. Pero podemos traducir lo que se investiga en un contexto a otros. No veo que esto sea una paradoja.
Dearq: Una pregunta final: aunque pueda parecer un poco extraño, especialmente en comparación con la gran cantidad de posiciones que respaldan su meticulosa investigación sobre la arquitectura abierta, ¿podría decirnos en pocas palabras cuáles son las propiedades distintivas de su opuesto? En otras palabras, ¿existe una arquitectura cerrada y, de ser así, cuáles serían sus características más destacadas?
EA: Probablemente hayan notado que no utilizo el término arquitectura cerrada. Sin embargo, podemos hablar de una falta de apertura, de la que también hay bastantes ejemplos en el libro. Ejemplos de la falta de apertura incluirían despedir a los habitantes inmigrantes, hacer la vista gorda ante la discriminación, negar el derecho a tener derechos, erosionar la ciudadanía y la participación, diseñar un espacio terminado que no permita cambios, menospreciar las apropiaciones de los residentes, tratar de prohibir alteraciones, la defensa del mito del genio arquitecto egocéntrico y cosas por el estilo.
Muchas gracias por leer mi libro con tanto cuidado y por estas preguntas tan interesantes. Realmente, agradezco la oportunidad de tener esta conversación y de aclarar y desarrollar varios aspectos de mi trabajo con más profundidad. Me siento muy honrada de que mi libro Open Architecture llegue a los lectores de Dearq, y espero que su contenido sea relevante para entender y diseñar espacios abiertos en las ciudades latinoamericanas.