Introducción
Alrededor de la laguna antrópica de Keushu, al norte del Perú, yacen hoy las ruinas de estructuras funerarias y ceremoniales levantadas por culturas prehispánicas a lo largo de casi 1500 años para albergar y honrar a sus ancestros; pero también para que ellos, sus antepasados, vigilaran y ejercieran desde estos espacios su poder y derecho sobre la tierra, sus recursos y, más importante aún: sobre el agua.
El objetivo de este artículo es presentar y dar a conocer la compleja y rica relación entre el agua como elemento sagrado y económico del paisaje y la arquitectura funeraria prehispánica en el norte del Perú. Además, el artículo pretende establecer un espacio de reflexión, al presentar una arquitectura cuyos gestos poéticos, como veremos en el texto, contrastan con las decisiones que conforman nuestro entorno construido actual.
Entender aspectos de la arquitectura prehispánica y su relación con el entorno nos invita como arquitectos a repensar los paradigmas de diseño desde los cuales nos movemos actualmente y, sobre todo, a repensar el alcance de la arquitectura misma como herramienta para entender y darle significado al mundo que nos rodea.
Si bien este articulo no presenta la basta complejidad de una cultura tan alejada y opuesta en el tiempo a la nuestra, conocer que existió una arquitectura que, gracias a los muertos y con la ayuda de los dioses del paisaje, custodiaba y protegía un recurso tan valioso económica y socialmente como el agua, nos permite entender una cultura única con una compleja cosmovisión que integraba los aspectos sociales, culturales, económicos y espirituales de la vida.
Así entonces, el análisis de las estructuras funerarias en la laguna de Keushu pasa primero por entender las características del paisaje simbólico que las rodeaba, entendiendo la dimensión sagrada de las montañas, rocas, ríos y lagos del territorio donde se erigían las estructuras funerarias que construyeron las relaciones de poder y derecho frente al agua como recurso económico. Más adelante, veremos la relación entre la arquitectura mortuoria y el agua en el contexto andino prehispánico, estudiando los cambios tipológicos de su arquitectura en el tiempo, para entender luego la relevancia de características puntuales, como la orientación o la visibilidad de estas estructuras en relación con el territorio.
La conexión entre paisaje sagrado, tipologías ubicación, orientación y visibilidad, nos revelan una compleja y rica arquitectura con aspectos poéticos capaz de integrar no solo los símbolos y dioses del paisaje, sino también las actividades diarias de las comunidades vinculadas con ella.
La cosmovisión en los pueblos andinos
Todo cuanto existe en la naturaleza está lleno de vida […] Los nevados, los cerros, la tierra, los árboles, el mar, las lagunas, los ríos, las estrellas del cielo, forman un conjunto de energías vivientes llamadas colectivamente Kawsay. (Barrionuevo 2011, 23)
Las culturas prehispánicas en la región andina eran comunidades con una cosmovisión y un sistema de creencias complejo, animista y sumamente simbólico. El territorio natural donde habitaban contenía en gran medida los elementos que les permitían ordenar y concebir el universo a su alrededor, por lo que a sus componentes (las rocas, las montañas o el agua) se les otorgaban características simbólicas que se vinculaban no solo con figuras divinas, sino con los ancestros más importantes de la comunidad, cuya energía habitaba en los diferentes elementos del territorio sagrado.
Los relatos de la conquista española, los registros arqueológicos y la tradición oral a lo largo de los años describen una relación estrecha entre las prácticas funerarias y el paisaje natural en las culturas prehispánicas andinas; relación que además demostraba los lazos entre los ancestros y los recursos más importantes en el territorio (Valverde 2008). Las grandes montañas, origen y fuente del agua que alimenta la región, eran los llamados apus o apukunas, señores guardianes de todo aquello que se extiende frente a ellos y donde además habitaban los antepasados más importantes de la comunidad (Allen 1988, 41). El Huandoy o el Huascarán, picos nevados visibles desde la ciudadela de Keushu, eran probablemente considerados dos de los principales apus de la región, vistos ya sea como deidades o como ancestros comunes de gran importancia que vigilaban todo lo que se extendía en su horizonte (fig. 1).
Los apus representaban la energía masculina de la naturaleza, que se complementaba con la energía femenina de la Pachamama, diosa de la tierra y uno de los seres más poderosos en el sistema de creencias andino prehispánico y actual. Apus, Pachamama y muchos de los elementos sagrados del paisaje eran considerados seres con un carácter y personalidad definidos que interactuaban continuamente con los mortales que constantemente buscaban recibir sus favores y bendiciones.(Barrionuevo 2011).
Del agua que brota de los apus se nutren los lagos y las lagunas; entendidos en algunos casos como Pacarinas, lugares de origen de las almas de los hombres y donde al morir regresaban para retornar a la unidad primordial de donde nacieron. Decía Mircea Eliade (1961): volver al agua es volver al “modo indiferenciado de la vida”; retornar al origen del que todos venimos. El simbolismo de las pacarinas y su relación con el agua parece estar estrechamente ligada en el contexto prehispánico con el paso y ciclo de los muertos en la tierra física y simbólica de los vivos. El arqueólogo norteamericano George Lau (2016) entiende el interior de las tumbas como Pacarinas que “protegían y cultivaban la vitalidad de los ancestros”, y de donde emergían y se originaban los grupos en la comunidad.
Si consideramos que las tumbas que albergaban a los ancestros momificados en pequeños bultos, o mallki, se ubicaban junto a ríos, lagunas, o terrenos de cultivo, no parece coincidencia que fuesen considerados semillas alimentaban la tierra adonde retornaban.
Conocer estos elementos sagrados en el paisaje, los apus, las pacarinas, la Pachamama y los mallkis, contextualiza y da sentido a las decisiones arquitectónicas en el paisaje construido y simbólico prehispánico que estudiaremos a continuación, ya que estos elementos fueron referentes continuos en el territorio y actores fundamentales a la hora de entender su influencia sobre la arquitectura mortuoria (fig. 2).
El agua y el espacio funerario construido
Las prácticas funerarias en el contexto prehispánico tenían una importancia simbólica, económica y social, fundamental tanto en el fortalecimiento de la memoria colectiva en el tiempo como en las actividades diarias de obtención y apropiación de recursos en el territorio. (Herrera 2005). según los registros arqueológicos y relatos de conquistadores y extirpadores de idolatrías españoles, no solo eran comunes las prácticas donde los ancestros momificados hacían parte de rituales donde eran extraídos de sus tumbas como un acto ceremonial simbólico y de construcción social y cultural de la memoria, sino también como un sistema de demostración de poder y apropiación de recursos valiosos que eran reclamados a partir del levantamiento de las tumbas que albergaban a los mallki en lugares estratégicos del territorio (Herrera 2007; Valverde 2008).
En esta segunda parte veremos cómo la arquitectura funeraria en la cultura prehispánica andina se enlazaba estrechamente con la apropiación y obtención del agua en el paisaje a partir de dos estrategias principales: primero, la transformación tipológica de las estructuras arquitectónicas en el tiempo en relación con su visibilidad y presencia en el paisaje, y segundo, la orientación y ubicación de las tumbas con respecto a elementos hídricos en el territorio como ríos, lagunas o picos nevados.
La aparición de las chullpas
Tanto en Keushu como en la región central y norte andina del Perú encontramos tres principales tipologías de arquitectura mortuoria que fueron erigidas en periodos diferentes y que permiten entrever la intención detrás de los cambios en su estructura. Como veremos, el paso de estructuras funerarias excavadas bajo tierra a torres elevadas sobre la tierra visibles en el paisaje se relaciona con estrategias sistemáticas tanto para vincular simbólicamente al paisaje como para mostrar poderío y soberanía sobre un recurso. Veamos entonces las características principales de estas tipologías.
Las tumbas subterráneas suponen la tipología más antigua de todas; se ubican cronológicamente en el Horizonte Temprano y en los primeros años del Horizonte Intermedio, entre los años 0 y 600 d. C. (Valverde 2008; Herrera 2005; Lau 2011). Son espacios construidos bajo tierra, con largas galerías de acceso excavadas de hasta tres metros de largo, en algunos casos, y con un ancho menor a un metro, recubiertas a sus lados por rocas pequeñas y por las cuales se accedía a varias cámaras pequeñas laterales donde habitaban los ancestros de la comunidad (fig. 3).
Las tumbas bajo roca se ubicaban, como lo indica su nombre, bajo rocas de grandes proporciones que llegaban a medir hasta tres metros de altura y que custodiaban, a diferencia de las tumbas subterráneas, un único espacio semienterrado con áreas de hasta siete metros cuadrados, en el caso de Keushu. Las rocas sobre las tumbas eran, y son, todavía muy visibles en el paisaje pero fácilmente mimetizables con otras tumbas del mismo tipo a su alrededor (fig. 4).
Finalmente, encontramos las chullpas, estructuras construidas con lajas pequeñas, medianas y grandes de roca superpuestas una sobre la otra que alcanzaban, en algunos casos, dos o hasta tres pisos de altura. Tienen uno o varios accesos principales y su interior está generalmente dividido por muros en mampostería que encierran las diferentes cámaras mortuorias. En la región central y norte del callejón de Huaylas, las chullpas suelen tener una base rectangular (Herrera 2005); sin embargo, en otras zonas de Latinoamérica es posible encontrar chullpas de base circular o semicircular, adosadas a montañas o a otras superficies rocosas (Rivet 2021). En Keushu, por ejemplo (fig. 5), largas lajas de piedra ubicadas en el sentido más corto de las chullpas de planta rectangular estructuran las bases para levantar los pisos superiores y sus respectivos muros internos. La cubierta de las chullpas puede tener forma a dos aguas, ligeramente abombada o plana (Mantha y Malca 2004), para rematar una estructura que, además, suele estar levantada sobre montículos naturales o artificiales de tierra (fig. 6), un gesto proveniente de la influencia wari en la región, como argumenta el arqueólogo peruano Juan Olvera (2016).
La mayoría de las chullpas en la región de Ancash fueron construidas durante el Horizonte Medio (700-1200 d. C.), y su aparición supone un hito importante en la arquitectura andina al indicar un cambio de estrategia a la hora de erigir estructuras funerarias; hecho que al día de hoy ha generado diferentes y variadas hipótesis acerca de su incursión en la arquitectura prehispánica (Herrera 2007; Valverde 2008). Sin embargo, son muchas las teorías que coinciden en que las chullpas aparecen como un mecanismo para acentuar la apropiación sobre el territorio y sobre su recurso más valioso: el agua (Herrera 2005, 2007; Lau 2002; Valverde 2008).
Tanto en Chinchawas como en la región del Callejón de Huaylas, las chullpas surgen como la tipología arquitectónica predominante hacia el año 800 d. C., sugiriendo esto que su aparición surge a partir de la necesidad de visibilizar los monumentos construidos para los ancestros como un medio de delimitación y apropiación del territorio ante la presión de fenómenos externos (Lau 2002; Herrera 2005). Lau (2002) evidenció, por ejemplo, cambios en los patrones ceremoniales y arquitectónicos, mediante el análisis de restos cerámicos o piezas de piedra antropomórficas, atados a la llegada de la guerrerista cultura wari durante el Horizonte Medio. Así, el autor argumenta la necesidad de hacer más visibles las estructuras funerarias para reclamar el derecho sobre recursos y tierra cada vez más vitales ante la amenaza de la llegada Wari (fig. 7).
De este modo, el cambio de paradigma arquitectónico en los pueblos andinos, que buscaban visibilizar cada vez más el hogar de sus antepasados, nos revela un interés creciente por empoderar a sus ancestros y demostrar su capacidad de apropiación sobre recursos que cada vez se hacían más escasos y valiosos. Las tumbas subterráneas y bajo roca dieron paso a las chullpas, estructuras visibles para los vivos, pero también erigidas para el habitar de los muertos en lugares estratégicos que ampliaban su rango de visión sobre la tierra y el agua.
Paisaje y arquitectura
En 1970, el antropólogo Arthur Saxe planteó ocho hipótesis acerca de las prácticas funerarias de varias culturas alrededor del mundo,(Saxe, 1970) Quizás la que más ha resonado en el mundo de la antropología y arqueología es la hipótesis ocho: donde plantea que la disposición de las estructuras funerarias en el espacio “legitiman, por medio de la descendencia lineal de los muertos”, la apropiación de recursos “cruciales pero restringidos” en el territorio. Saxe basó su reflexión en el estudio de la disposición de los muertos en culturas lejanas a nuestro caso de estudio como los papuanos o los ashanti al occidente de África.
Lau (2015) demostró, a través de sus estudios acerca de la cultura Recuay, que la hipótesis planteada por Saxe aplica también a las comunidades andinas prehispánicas, al entender claramente en este caso lo que Saxe llamaba la apropiación de recursos cruciales pero restringidos, como el vínculo de la arquitectura funeraria con el agua y la agricultura en la región.
Así mismo, Lau (2015) explicó de qué forma los ancestros seguían teniendo un rol activo en el día a día de los vivos; afectando asuntos cotidianos como el pastoreo, la irrigación o los procesos de cultivo. La palabra mallki, por ejemplo, además de nombrar a los ancestros momificados en pequeños bultos, significaba también semilla, huevo, planta joven o árbol, por lo que su ubicación en las tumbas ubicadas junto a los terrenos de cultivo mejoraba física y simbólicamente la fertilidad de los campos.
Al ser el agropastoreo la principal actividad económica de la región (Valverde 2008; Herrera 2005), el agua resultaba indispensable y de gran valor para la vida en el callejón de Huaylas, donde resultaba escasa en los lugares montañosos más elevados y donde factores externos, como la llegada de los wari o las condiciones climáticas durante algunos meses del año, le otorgó un valor vital que debía ser protegido tanto por los vivos como por sus ancestros.
Citando a los antropólogos e historiadores británicos Maurice Bloch y Jonathan Parry, Lau escribe que “las prácticas funerarias se enfocan en aquel recurso que es culturalmente concebido como el más esencial en la reproducción del orden social” (2016, 175), y explica entonces de qué manera en lugares de la región de Ancash (Chinchawas, Pueblo Viejo o Nuevo Tambo, por ejemplo) las chullpas están siempre orientadas hacia los campos de cultivo y el sistema de irrigación que los alimenta, y ubicadas usualmente en zonas rocosas donde el agua puede ser escasa y difícil de distribuir, en lugar de levantarse en locaciones periféricas, donde su presencia pudo haber demarcado más claramente los límites del territorio frente a otras culturas que pusieran en riesgo su soberanía (fig. 8).
Herrera (2007) reforzó esta tesis con su estudio acerca de agrupaciones chullparias en el Callejón de Huaylas, donde la mayor cantidad de estructuras se encuentran en el costado occidental del Callejón, sobre la cordillera Blanca, de cuyos picos nevados nacen los ríos y acequias que irrigan la cordillera en diferentes puntos. Allí, las principales necrópolis: Keushu, que veremos en detalle más adelante, Awkismarka y Colltapac, están directamente relacionadas y orientadas hacia arroyos y corrientes de agua alimentadas por el nevado Huandoy. Por otro lado, en la más seca cordillera Negra, aunque Herrera identificó una menor cantidad de grupos de chullpas, estas estaban siempre orientadas hacia los principales cuerpos de agua de la cordillera. En Kunkash, por ejemplo, halló un grupo de 26 chullpas agrupadas alrededor de la zona agrícola del valle Acolló, orientadas además hacia el valle observando desde sus accesos el trayecto del río Washka.
Si levantar chullpas visibles en el espacio instauraba la presencia de una comunidad adscrita a sus antepasados comunes sobre el territorio, orientarlas hacia los recursos y a puntos sagrados en el horizonte permitía a los ancestros y a los dioses del paisaje ejercer su presencia sobre los asuntos cotidianos de los vivos. En las comunidades de la región norte de Perú estos dioses y ancestros estaban siempre, de una u otra forma, vinculados con el agua que permitía la vida y el desarrollo de sus descendientes.
Veamos finalmente cómo las estrategias espaciales mencionadas se materializan en el paisaje sagrado de Keushu, donde las estructuras funerarias se organizan alrededor de una laguna construida y planeada por los mismos habitantes del sector para facilitar el riego y la distribución del agua sobre los terrenos cultivables a su alrededor, y que están siempre en relación directa con los nevados Huandoy y Huascarán, apus vigilantes y protectores de la laguna y la región.
Keushu
El sitio arqueológico de Keushu se ubica en la región de Ancash, al norte del Perú y sobre el callejón de Huaylas, conformado por la cordillera Negra al oriente, que se levanta hasta los 4000 m s. n. m., y la cordillera Blanca al occidente, que gracias a sus picos nevados alcanza los 6760 m s. n. m. (fig. 9). El agua que alimenta la laguna central y los campos de siembra y pastoreo proviene de los ya mencionados nevados Huandoy (6395 m s. n. m.) y Huascarán (6768 m s. n. m.).
Figura 9.
Región de Ancash, norte del Perú. Fuente: mapa de libre uso con licencia CC BY-SA 3.0, 2009, tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Departamento_de_%C3%81ncash
La laguna se ubica en la región geográfica Suni, comprendida entre los 3000 y los 4000 m s. n. m. y se caracteriza por su topografía montañosa y por una alta cantidad de rocas de gran tamaño movidas durante la última era glaciar, hace más de cien mil años. Allí, durante los primeros meses del año, el clima es húmedo y lluvioso y puede llegar a temperaturas de -1 °C; mientras que los últimos meses del año son secos y calurosos, con temperaturas que oscilan entre los 10 y los 20 °C. El agua, por lo tanto, es escasa durante algunas temporadas, y al estar el sector alejado del valle y el río Santa, principal cuerpo de agua del callejón de Huaylas, se complejiza su acceso y distribución, por lo que el agua se convierte en un recurso importante y valioso en las regiones más elevadas (fig. 10).
Investigación y resultados
El complejo arqueológico de Keushu se divide en siete sectores (A-G) que facilitan su estudio y clasificación. Allí se distribuyen estructuras residenciales, productivas, ceremoniales y mortuorias, clasificadas entre tumbas subterráneas, tumbas bajo roca y chullpas (figs. 11 y 12).
Figura 11.
Plano de Keushu con tratamiento de suelos. Fuente: tomado del archivo del Proyecto de Investigación Arqueológico Wanduy.
Figura 12.
Sectores de Keushu. Fuente: tomado del archivo del Proyecto de Investigación Arqueológico Wanduy.
Durante la investigación en el lugar, se analizaron la orientación, visibilidad y tipología de las estructuras funerarias entre otros factores que, enmarcados en el contexto que presentamos en la primera parte de este artículo, nos permitieron entender el estrecho vínculo entre las tumbas más visibles y elaboradas y su orientación con respecto a los elementos sagrados más importantes del paisaje vinculados a su vez con el agua y su ciclo en el tiempo (fig. 13).
La figura 13 muestra el resultado del análisis de orientación de 90 de las 105 tumbas de Keushu. Se excluyeron las tumbas subterráneas debido a que su acceso, al ser principalmente vertical, impedía la medición de direccionamiento y orientación.
Los resultados nos muestran que la mayoría de las tumbas, independientemente de su tipología, están orientadas hacia los nevados en el horizonte los ríos, o hacia la laguna central del complejo. Sin embargo, esto se debe en gran medida a la geografía única del lugar, ya que la mayoría de las laderas donde se encuentran las tumbas bajo roca, por ejemplo, rodean la laguna y los ríos, orientando hacia los puntos más relevantes del paisaje las estructuras y sus accesos. Por ese motivo, es posible ver también una gran heterogeneidad en la orientación de las tumbas bajo roca: algunas observan los nevados; otras, las acequias, y otras, la laguna central.
Las estructuras cuya orientación podía ser manipulada y diseñada (las chullpas) presentan, por otro lado, un mayor rigor y claridad en la orientación de sus accesos, que se dirigen en la gran mayoría de los casos hacia el horizonte montañoso, donde se levantan los apus Huandoy y Huascarán (fig. 14).
Trece de las diecisiete chullpas analizadas se orientaban hacia los picos nevados en el horizonte, sin importar en qué sector o ubicación del complejo se encontraran. En este grupo de trece chullpas, la chullpa TB1 sobresale como la más grande y elevada tumba del sector, y cuyo volumen es visible desde prácticamente cualquier perspectiva en Keushu, al estar elevada además sobre un alto montículo de tierra (fig. 12).
Al realizar un análisis de visibilidad (fig. 15), y dada la particularidad geográfica de Keushu, tanto las tumbas bajo roca, ubicadas en su mayoría en laderas rodeando la laguna, como las chullpas son muy visibles desde la perspectiva de los vivos en el paisaje. Las chullpas se diferencian, sin embargo, en que su tipología resalta y contrasta con las tumbas bajo roca que se mimetizan fácilmente en el paisaje montañoso del territorio (fig. 16).
Los resultados de los estudios de orientación y visibilidad nos demuestran, en conclusión, que las estructuras funerarias con tipología de Chullpa fueron construidas principalmente para orientarse directamente hacia los principales cuerpos hídricos del paisaje, como la laguna, las acequias, los ríos, o los Apu, y para erigirse como tumbas visibles desde casi cualquier perspectiva en Keushu, dejando clara espacialmente la intención de apropiarse y proteger el sistema hídrico que alimentaba las tierras y cosechas vitales para la comunidad que habitaba este lugar. Estas decisiones establecieron una arquitectura poética cuyo diseño se basaba en la relación entre los vivos, los muertos, el paisaje, y los dioses que allí habitaban.
Arquitectura poética
Al iniciar hablábamos acerca de la arquitectura poética, como aquella que logra integrar y naturalizar los aspectos cotidianos, sociales y culturales de un pueblo, con la dimensión sagrada y primordial que todos albergamos como parte inherente de nuestra humanidad. Una arquitectura que gracias a su relación con el agua fue capaz de revelar el poder de los muertos y los símbolos de la naturaleza ocultos en el paisaje.
La palabra poesía viene del griego poiesis o poiein, que significaba hacer o revelar. Este hacer es descubrir la aletheia, o verdad para los griegos clásicos, que es aquello que nos conecta a los seres humanos con nuestra realidad primordial, con nuestro origen; aquello que es de cierto modo nuestra esencia y la esencia de las cosas que nos rodean, que originalmente es la misma (Zambrano 1993). El gesto poético ocurre en el plano físico sobre el que habitamos, por lo que hablar de origen o de dimensión simbólica no es excluir la realidad material construida y natural que nos rodea. Es necesaria en este caso tanto el agua como la arquitectura para que ocurra.
La arquitectura en Keushu era entonces poética, porque revelaba la dimensión sagrada y oculta de las cosas que la rodeaban, de los picos nevados, de los lagos, los ríos y de los dioses y ancestros cuya energía allí habitaba (Barrionuevo 2011). Poética porque gracias a las tumbas erigidas en el Callejón de Huaylas entendemos parte de la cosmovisión de un pueblo que veía en el agua un recurso valioso y estratégico económica y socialmente; un elemento tan importante que debía ser custodiado por los antepasados que salvaguardaban la soberanía y supervivencia de sus descendientes. En resumen, poética porque un gesto constructivo y espacial logró conectar cultura, paisaje, economía, mortales, ancestros y dioses, a partir del vínculo entre agua y arquitectura (fig. 17).
Gesto constructivos como la tipología, visibilidad, ubicación y orientación con respecto al agua, establecieron una arquitectura que permitió a las comunidades prehispánicas conectarse con el mundo y darle sentido al universo que les rodeaba. ¿Cómo nos permite la arquitectura hoy en día entender nuestro universo, nuestro mundo y los recursos que lo conforman?
Vale la pena reflexionar acerca de los paradigmas y parámetros arquitectónicos que rigen hoy en día nuestro entorno construido, quizás más fríos en comparación, con dioses ausentes y símbolos ilegibles; volcado en muchos casos hacia la búsqueda de resultados económicos, agotando los recursos y olvidando una parte fundamental del hombre que Heidegger (1971b) definía en su cuadratura como el habitar poético y armónico del hombre sobre la tierra, como mortal, bajo el cielo y ante los dioses (figs. 18 y 19).















