Corrientes de aire, partículas, lluvias y radiación conectan las cuencas del Yuma y del Cauca en Colombia al río de Los Ángeles en California, al río Xingú en la Amazonia brasileña y al río Yaqui en el desierto de Sonora. Dicen los mamos de la Sierra Nevada de Santa Marta que todos los cuerpos de agua están conectados. La ciencia la llama hidrosfera global. Pero la ciencia y la academia, por lo general, toman una distancia critica de sus objetos de estudio y a nosotros, en cambio, nos llama la atención otro tipo de generación de conocimiento, que conlleva un involucramiento intenso: el de pensar con el cuerpo, el de sentipensar. Este es un conocimiento pluriversal que contrasta con el conocimiento universal establecido que nos enseñan la academia y el patriarcado.
Y es que cuando duele el cuerpo, cuando el cuerpo está sediento y hambriento, cuando es expropiado y desplazado, exiliado, violado y mutilado por una motosierra, es imposible no involucrarse. Involucrarse significa dejar de considerar la naturaleza como objeto de estudio científico, o como simple objeto de contemplación estética, como algo externo a nosotros. Involucrarse es entender que uno está adentro y que hace parte de la diversidad biocultural, de la “hidrosfera global” que es la matriz en la que se despliega la actividad humana y en donde nacen las infinitas relaciones entre lo humano y lo extrahumano.
Cuando, sin que se nos haya consultado, nuestra casa es declarada bien de utilidad pública para dar paso a un megaproyecto, entonces un gesto tan sencillo como quedarse en la casa y cultivar el huerto se vuelve un gesto de oposición. Cuando la subienda se ha visto afectada por la construcción de una represa, pescar en un río en donde apenas se saca pescado se convierte en un gesto de resistencia. Cuando a nuestros territorios llegan agentes armados a desalojarnos o desplazarnos, entonces seguir recorriendo y trabajando el territorio se convierte en un gesto rebelde.
No es un gesto terco, es un gesto político que dice: NO estamos de acuerdo con la forma de vida que nos imponen. Son gestos que tejen nuestra conexión con la tierra, con los ríos y con el bosque y fortalecen nuestro deseo de permanecer en el territorio. Tirar una atarraya, barequear, arriar mulas o cultivar son acciones que reafirman el río, las playas, el bosque o los cañones como espacios públicos y bienes comunes.
Estos oficios ancestrales y artesanales, coreografías cotidianas intrínsecas a la geografía que habitamos, íntimamente relacionados a un territorio y a un ecosistema, son lo que llamamos geocoreografía. Una geocoreografía es un acto político que revierte el uso del cuerpo como herramienta para generar una nueva grafía, que imprime una imagen viva en el territorio. Una geocoreografía redibuja y redefine nuestro cuerpo y nuestros ecosistemas, produciendo un movimiento expansivo del cuerpo. Expandir el cuerpo contrarresta el miedo y el desplazamiento físico y psicológico producido por el desarrollo y por los conflictos armados generados por intereses desarrollistas.
La atarraya y la batea son una conexión entre lo humano y lo extrahumano. Mientras una represa corta el río en dos deteniendo la corriente, el río fluye libre por los huecos de la atarraya y por la superficie de la batea. En oposición a la pared de una represa que es impermeable, infranqueable y sólida, la atarraya es un objeto poroso, permeable, de estructura maleable y flexible. Mientras una represa es construida por transnacionales, sujetos corporativos, máquinas y esclavos del capital, la atarraya y la batea son tejidas y talladas una a una, a mano, por una persona.
“Batea” viene del árabe batihah, que quiere decir lugar llano, también es probable que sea un vocablo heredado de nuestros ancestros indígenas. En nuestros territorios, las bateas se tallan de árboles del bosque seco tropical como la ceiba, el orejero, el samán o el cedro. La usamos principalmente para lavar minerales que nos trae el río, sobre todo oro, pero también sirve para amasar las arepas, mezclar harina de yuca o lavar la ropa.
“Atarraya” también viene del árabe atarráha, que significa arrojar. En diferentes partes de Colombia se le llama "rayo", "espe", "red de pesca", "manta", "charrasco", "chile", "chilón". Tejer una atarraya es atar-una-raya, es dibujar haciendo nudos. Es construir a partir de enlaces. Una atarraya contiene la sabiduría del tejido. A través de la atarraya las pescadoras y pescadores encarnan el conocimiento de los tiempos del río, de sus crecientes y corrientes, de las migraciones de los peces.
En este sentido una atarraya nos puede servir como guía para un tejido social más horizontal, dinámico y equitativo.
El acto de tejer una atarraya a mano puede tomar entre diez y veinte días, depende del tamaño. Se tejen con una aguja de guadua hecha a mano también. Las medidas las da el grosor de los dedos del pescador: dos puntas, dos dedos. Las pesas son plomos fundidos de las baterías viejas de los carros. Se hierve el plomo en una olla de hierro y se vacía con un embudo hecho de latas de salchicha en unos cartuchos de hojas de cuaderno, incrustadas en una greda húmeda. Se clava un palillo de pincho engrasado en la mitad del cartucho. Cuando el plomo escurre en el cartucho se empieza a cuajar con el frío de la greda. En la atarraya siempre se pone un peso recubierto de cobre, los pescadores usan este peso de cobre para evitar pescar las malas energías que quieran hacer ahogar al pescador. El cobre ahuyenta los malos espíritus.
La mula, el huerto, la atarraya y la batea equivalen a las soberanías alimentaria, energética e hídrica y, por tanto, a la soberanía económica de nuestras comunidades rurales. Tejer y lanzar la atarraya, o lavar oro en la batea, implica un conocimiento ancestral heredado, que no se aprende en los salones de clases, o en libros como este, sino que se transmite por generaciones, de abuelas a madres a hijas a nietas. Esta transmisión de saberes está ligada a una memoria muscular, física, corporal. Estas herencias tienen que ver con la forma en que realizamos nuestros oficios y varían de acuerdo a cada familia. Algunas personas, por ejemplo, cogen la atarraya con la boca, otros se la ponen en el hombro o en el antebrazo. Algunos mueven la batea con una velocidad específica, otros mientras están sentados y otros de cuclillas a la orilla del río. Pero los cuerpos son vaciados, poco a poco, de estos gestos ancestrales, autónomos y emancipatorios, al igual que los minerales y el petróleo son drenados de la tierra por las economías extractivas.

