Cómo citar: Delgado Orusco, Eduardo y Juan Manuel Medina. "Fuera del radar". Dearq no. 37 (2023): 80-86. DOI: https://doi.org/10.18389/dearq37.2023.08
Eduardo Delgado Orusco
Escuela de Ingeniería y Arquitectura.
Universidad de Zaragoza, España
Juan Manuel Medina
Escuela Técnica Superior de Edificación.
Universidad Politécnica de Madrid, España
Contrariamente a la creencia popular, las periferias no son el lugar donde termina el mundo. Son precisamente donde comienza a desplegarse. Joseph Brodsky, On Derek Walcott
Cuando como editores invitados pensamos en el tema para esta nueva entrega de la revista Dearq, comenzamos inmediatamente un diálogo —de hecho, un diálogo mantenido entre nosotros desde hace muchos años— en el que cada uno aludía a sus obsesiones o a sus intereses más o menos profundos en relación con la arquitectura y sus saberes asociados. Y en lo que inevitablemente coincidíamos, era en la necesidad de superar la condición actual de la disciplina. Una cierta medianía —acaso la más rotunda mediocridad— derivada de la aplicación indiscriminada y poco sensible de los postulados de una modernidad bostezante y ya anciana. De alguna forma, nuestros encuentros dialécticos nos conducían al replanteamiento de unos principios cuyos resultados no nos convencían. Podría hablarse del desbordamiento del statu quo de la arquitectura que, no obstante, alcanzó a muchas otras disciplinas e incluso a la condición humana de este principio —ya no tan principio— del siglo XXI. Pero para superar este disgusto se hacía necesario explorar más allá de los límites de nuestro trabajo. Emprender un camino por campos ignotos, salir de nuestra zona de confort para adentrarnos por territorios apenas hollados, tierras vírgenes para nuestra cultura. Así, la única condición de este viaje consistía en traspasar el (o los) límites(s) de lo conocido. Buscar más allá del radar.
Reconocimos que esta acción —esta actitud— no era nueva en ninguno de los dos; que ambos estábamos interesados por la exploración más allá de la convención. Con distintas aproximaciones, cada uno de nosotros había buscado en los márgenes, más allá de los límites, muchas veces. Y todo ello tanto en nuestra trayectoria profesional como en la docente o en la investigadora, encarnando la unidad de vida —"la práctica arquitectónica, lo que los arquitectos llamamos proyectar […] todo ello es, debe serlo, un verdadero trabajo de investigación. Y, del mismo modo, su transmisión, la enseñanza de proyecto, también es, debe serlo, una verdadera labor de investigación" (Campo Baeza 2017, 13)— que debe esperarse de cualquier académico que no ha renunciado a su vocación primera como arquitecto. Enseñamos para aprender. Y enseñamos, como sostenía el maestro Alejandro de la Sota, aquello que no sabemos:
Yo me atrevería a decir que el enseñar bien es enseñar lo que no sabemos; mejor, más de lo que sabemos.
Para mí, repito, enseñar es un abrir pequeños agujeros en ese mundo desconocido de las ciencias, las letras o las artes, decir "¿Ves aquello?". No sabemos qué es; ya lo sabremos, si ponemos mucho afán y mucho amor en averiguarlo. Cogerse de la mano del que aprende e iniciar ese desconocido camino. Enseñar lo que uno sabe es poco y viejo ya; lo que sabemos, pronto se transmite; quien aprende por intuición asimila en seguida. Señalar ese camino que, repito, no conocemos, despertando inquietudes: las ciencias, las artes, no podemos estancarlas. Cerrando aquellos agujeros al mundo desconocido y enseñando lo de aquí dentro solamente, hemos anulado a quien empieza. (De la Sota 1956)
Nos alineamos hombro con hombro con nuestros compañeros de aula —nuestros alumnos, tratados de igual a igual, acaso orlados por su envidiable juventud— para averiguar qué hay más allá de lo conocido, más allá del límite. Pero la misma actitud cabe ante los proyectos y nuestros clientes —no solo los comitentes, también, sobre todo, los futuros usuarios si el proyecto es público— y en los anaqueles de las bibliotecas y ante los temas de investigación.
La actitud del arquitecto/investigador/docente, el que lo es de verdad, el que lo es en los tableros, en las aulas y en las bibliotecas, es la de un cazador. Cazador que está atento a la escurridiza presa que son las oportunidades que ofrecen los proyectos, los alumnos y los avances de todo tipo que apuntan a la investigación. Se trata de alentar la tensión necesaria para detectar y aprovechar las ocasiones de aprendizaje, de mejora, todo ello al servicio de la sociedad en la que vivimos, tanto en el plano particular como en el colectivo. El siguiente paso a esta actitud sería la práctica de la gimnasia necesaria para llevarlo a cabo. El estado de revista de las armas precisas para un combate nuevo cada vez y el adiestramiento necesario para saber utilizarlas.
Hablar de los límites remite a la idea de umbral, de movimiento, de acceso, de transición, acaso de transformación, de cambio de estado. Al otro lado de la línea definida, clara, nítida, negro sobre blanco, borde —entre dos mundos, dos universos—, lo desconocido. Hace falta decisión para aproximarse al borde, al límite y no digamos para traspasarlo. La voluntad de abandonar lo conocido, lo ya hollado, la tierra firme. La decisión de saltar sin la seguridad de encontrar una red o un aterrizaje feliz. Determinación para acometer ese viaje que puede ser muy breve pero que significa cambio, alejamiento, acaso irreversibilidad.
Como es fácil intuir la idea de viaje, es fácilmente asociable con la de límite. Por esta razón, seguramente, cuando Craig Dykers, el fundador y primer responsable de Snøhetta, la oficina de arquitectura noruega responsable, entre otros proyectos, de la nueva Biblioteca Alejandrina, trataba de explicar su trabajo en una entrega de la revista Architectural Design, con un planteamiento análogo al nuestro, en aquella ocasión editado por Brian Carter y Annette LeCuyer, utilizaba la figura de Fernando de Magallanes y el título de "Edgelessness" (2003, 9-12).
En efecto, el explorador portugués del siglo XVI, cuya gran empresa de la circunnavegación de la Tierra fue concluida por Juan Sebastián Elcano, podría decirse que encarna el ideal de nuestros intereses. Magallanes nació a finales del siglo XV, en el norte de Portugal, de linaje noble. Con este origen, el joven podría haber optado por un destino acomodado, cerca incluso de la corte. Pero el marino, encarnando la vocación de su estirpe portuguesa, un país geográficamente estrecho, tendido junto al océano, enfrentado al Atlántico, y con él a todos los mares, prefirió abandonar su origen distinguido —lo que hoy llamaríamos su zona de confort personal— y optar por la aventura, embarcándose con destino al descubrimiento de la "ruta de las especies" y con ella, indirectamente, la circunnavegación del globo.
El fracaso que significaría su fallecimiento en las Islas Filipinas, a mitad de la travesía, solo consolida la épica asociada al proyecto. Hasta nuestros días, el canal natural navegable que une el Atlántico con el Pacífico, al pie del continente americano, conserva su nombre —el estrecho de Magallanes— como reconocimiento a su voluntad de traspasar los límites, de explorar más allá de lo conocido y, desde luego, muy lejos de su cuna de nacimiento. Y, además, como es sabido, su hazaña resultó condición sine qua non para que su compañero de expedición, Juan Sebastián Elcano, llevase a cabo la suya, arribando a la Península Ibérica con el único galeón superviviente después de casi tres años de navegación —del 20 de septiembre de 1519 al 7 de septiembre de 1522— y 62 880 kilómetros de recorrido.
La dualidad fuera/dentro, implícita en la expresión que hemos utilizado como tema de esta entrega de la revista Dearq —fuera del radar— sugiere la existencia de un límite, de una línea que separa dos realidades disjuntas. Y, ciertamente, esta idea de límite se encuentra presente de diferentes maneras —como ya hemos apuntado— en nuestras investigaciones, tanto personales como reunidas en este volumen.
La aproximación más sencilla a esta realidad de límite quizá sea la que separa lo convencional de aquello que precisamente desborda su realidad, su contorno. Se trata de ese territorio, más allá del borde, en el que de una u otra forma se supera lo comúnmente admitido, lo que no ofrece duda, lo autosatisfecho.
En arquitectura, este límite podría atenderse en sus diferentes escalas y aproximaciones: desde las reflexiones y las ideas ligadas a la ciudad alternativa, a una manera distinta de agrupación, ordenación o vida. De alguna forma, la historia de la humanidad, y con ella de su hábitat, es la historia de la superación de sus límites. También la invención y el avance en la construcción, los desarrollos técnicos que permiten nuevos modos de edificar y que han marcado la evolución profunda de la arquitectura, más allá de caracterizaciones epiteliales como pueden ser los estilos. A la libertad otorgada al pensamiento del proyecto —su programa, su idea de organización, su cota cero, etcétera—, cuyo resultado es la conquista de nuevos paradigmas en la arquitectura, o incluso los avances en la representación de la propia arquitectura o la superación de los límites conocidos y reconocidos que podrían llegar a confundirse de hecho con nuevas arquitecturas.
En el párrafo anterior, descubrimos que los avances de los que queremos hablar se pueden asociar con las áreas de conocimiento o especialidades docentes presentes en la enseñanza de la arquitectura: el urbanismo, la construcción, el proyecto, la composición y la expresión gráfica, si bien su asociación se mueve en un plano más profundo donde las interferencias entre unos y otros ámbitos resulta lo natural.
Reconocemos nuestro interés por todo aquello que, de cualquiera de las formas anteriores, quiera situarse más allá del límite y, por tanto, aparecer, aunque solo sea provisionalmente, fuera del radar.
Así son los artículos que hemos recibido y seleccionado para la sección de "Investigación", con nuestro invitado "magistral" a esta entrega de la revista —el arquitecto y catedrático Salvador Pérez Arroyo—, los proyectos seleccionados y, finalmente, la propuesta del fotógrafo y también catedrático Iñaki Bergera, que ilustra la sección "Creación", y que constituyen una cartografía del desbordamiento de la profesión más asentada, planteando, cada uno de alguna manera, una apuesta por la superación del paradigma actual de la arquitectura. Desde lo medioambiental a lo disciplinar, pasando por el reconocimiento de los procesos entrópicos que afectan a las construcciones abandonadas o a la ruina, reconocidos como verdaderos autores de arquitectura. Arquitectura sin arquitectos, citando a Bernard Rudofsky, uno de los autores fetiche de Iñaki Bergera.
Hay otras formas de abandono, de superación del territorio barrido por el radar: se trataría, como veíamos al tratar de Magallanes, de la mera salida geográfica de la zona de confort de las personas. Esta dimensión nos acercaría al mundo del viaje, de la cartografía y del descubrimiento, incluso de la conquista, entendida en el mejor de los sentidos. Pero encontramos valor no en la conquista exterior o ventajista, la que produce réditos económicos u otro tipo de intereses crematísticos, sino más bien en la conquista interior, en la construcción de una realidad personal, de una mirada cultural que enriquece la colectividad, que nos enriquece a todos. Solo desde algún tipo de descentramiento se hace posible la creación. En el desprendimiento de la facilidad derivada del asentamiento dado, del autoconocimiento que, en casi todos los casos, puede asociarse con el lugar de nacimiento o primera formación. Apostamos por el viaje, por el alejamiento, por el extrañamiento como modo de conquista. En este número de la revista, Salvador Pérez Arroyo habla de la "forasteridad", aludiendo al origen de uno de sus apellidos ("Albarrán").
De hecho, esta práctica resulta casi siempre garantía de aquel enriquecimiento deseado, en la medida en que desajusta la óptica con el objeto de observación. Cuando un individuo formado —o en vías de formación— se mueve de su punto de origen, lo que hemos llamado su zona de confort, comienza un proceso de sorpresa, de captación de otra realidad y de eventual fascinación, de observación de lo ajeno que trenza una urdimbre de dos sentidos, de dos direcciones. Es la única manera de tejer. Se mira con ojos extraños, foráneos o, lo que es lo mismo, se reconoce lo ajeno, lo extranjero —en el sentido cultural— y conforma un nuevo constructo, una recepción distinta y casi siempre más rica que la observación de lo local con ojos locales.
Este vector resulta, las más de las veces, estéril. Pensemos en los cuadernos de bitácora, en los diarios de abordo, en los libros de viajes, en los álbumes de dibujo o de fotografías de los viajeros del Grand Tour o de otros itinerarios fecundos con la única condición del extrañamiento. Incluso los cuadernos de dibujo de los naturalistas o de los científicos que intentan representar sin ambición artística alguna la realidad observada y que, sin embargo, superan con frecuencia en belleza cualquier catálogo de pintura o cuaderno de dibujo con pretensiones. Incluso las nuevas formas de representación del universo o de otras realidades —aquí la escala micro y la macro se dan la mano— realizadas con medios digitales o mediante la asignación de vectores de color u otros sistemas, a los objetos o los procesos fuera del espectro visible. Su carácter tentativo nos fascina y nos atrae como nuevas realidades, fecundas imágenes de otros universos. Aquí cabría la referencia a las bibliotecas imaginadas por Jorge Luis Borges, surgidas de la combinación azarosa de todos los caracteres del alfabeto. Anhelamos descubrir el sentido oculto de las aparentemente sin sentido.
Los editores de este volumen nos reconocemos expatriados, cada uno de una forma y por un tiempo, y desde esta condición planteamos esta entrega y esta exploración. En ambos casos, ha sido la crisis (¿económica? ¿personal? ¿cultural?) la que nos ha alejado de nuestro centro de comodidad. Poco importa si se trata de una expatriación entre continentes, seguramente la más traumática y puede que por ello la más fructífera, o de la condición de viajero permanente cuando el centro de trabajo e investigación se encuentra literalmente a cientos de kilómetros del de residencia. En ambos casos, se configura la condición de ajeno, de forastero, de extraño. Un cierto desajuste interior derivado de la conciencia de que se están hollando tierras de otros, acaso derechos de otros, oportunidades de otros. En este punto, nos reconocemos migrantes, con las inseguridades pero también con las oportunidades que plantea esta condición y que esbozábamos un poco más arriba. También cabe saberse visitante, incluso turista. En todo caso, esta condición aguza la mirada, como en el caso del cazador, que siente la inseguridad del eventual encuentro, y ralentiza su tiempo interior a base de aumentar la tensión del momento. En esta circunstancia, es fácil detectar cosas nuevas, distintas de las que ve el ojo acostumbrado a su realidad circundante, desprovisto de aquella tensión. Se desarrolla la capacidad de elaborar discursos alternativos, aunque sean provisionales, fórmulas que permitan interpretar lo que se va conociendo. A veces son explicaciones parciales, sujetas a la captación de nuevos datos o al entendimiento o comprensión de las variables manejadas.
Pensemos en las dificultades planteadas por los idiomas, entendidos como verdaderos universos paralelos, microcosmos conceptuales, más allá de la pragmática capacidad para manejarse en el día a día. Esos mismos discursos parciales —puede que desacertados o en proceso de ajuste— siempre resultan, no obstante, fértiles. Ilustraría este caso la fantástica propuesta de interpretación del lenguaje de los jeroglíficos egipcios enunciada por el jesuita de origen alemán Athanasius Kircher, en el siglo XVII, quien fue capaz de proponer un sistema de traducción de aquellos dibujos perfectamente coherente y, a la vez, perfectamente falso. Nos emociona la capacidad de construcción de todo un idioma —un sistema o un universo— distinto al real. La imaginación de un cuerpo de conocimiento alternativo. Al respecto, Pérez Arroyo apunta sobre alguno de sus trabajos: "se trataba de iniciar el discurso de restauración y dejarlo a su vez incompleto, sugerir otras interpretaciones" (fragmento "Ruinas" en este número). Y nos parece menos meritorio, aunque sin duda alguna más útil, el hallazgo de la piedra Rosetta —denominación tomada de la localidad donde fue encontrada en el delta del Nilo— realizada por Jean-François Champollion siglo y medio después. La enorme piedra —conservada ¿cómo no? en el Museo Británico de Londres— con inscripciones en una de sus caras y dividida en tres registros venía a recoger un decreto promulgado por Ptolomeo V, en el año 196 a. C. en tres idiomas: el griego, el demótico —la última fase cursiva de la escritura egipcia, derivada del hierático— y el lenguaje jeroglífico. Nos maravilla la capacidad del jesuita si bien reconocemos, por diferentes motivos, a ambos personajes como fuera del radar. El uno por su consistente —y no obstante equivocada— propuesta; el otro por su instinto viajero y por su comprensión de lo que había caído en sus manos. No puede ignorarse que sin el hallazgo del explorador francés, la cultura egipcia se hubiera mantenido lejos de los límites de nuestro conocimiento. Pero más fascinante todavía resulta la idea que de aquella cultura hubiera florecido a nuestros ojos según la interpretación de Kircher y que la humanidad aceptó alrededor de 150 años.
Así pues, al convocar a la recepción de artículos para este número de la revista, propusimos la exploración de arquitecturas e intervenciones fuera del radar, trabajos cuyo epicentro cayese fuera —por así decir— de la convención y de la profesión autosatisfecha.
Se trataría de detectar ámbitos de trabajo o de atención en territorios emergentes para la arquitectura, como el cambio climático. No nos interesa tomar partido en un eventual debate sobre su gravedad o su velocidad, pero es indudable que están puestos en marcha procesos de desertificación del medio o de deshielo de masas de agua a duras penas imaginables y que se han acelerado también fenómenos catastróficos en relación con el clima, como las riadas, las tormentas extremas, los maremotos, y la arquitectura debiera generar respuestas específicas tanto para esas situaciones límite como para sus causas. Es indudable que muchos de estos procesos no son nuevos, pero puede que su mayor y mejor conocimiento pone encima de la mesa la pertinencia de nuevas respuestas derivadas, tanto de los avances técnicos como de una nueva sensibilidad en la que no cabe, o no debiera caber, la asunción de pérdidas humanas y materiales insustituibles.
En este sentido, también nos interesan las arquitecturas que se proponen para una eventual colonización del espacio, fenómeno que entendemos como una extensión de lo anterior. Es decir, el replanteamiento de las que han sido condiciones constantes en toda la historia de la humanidad: las fuerzas constantes de la gravedad y unos ciclos naturales (día/noche, verano/invierno, otoño/primavera), y con ellos los correspondientes acercamientos y alejamientos del sol y de la luna con sus consiguientes reacciones climáticas, bien conocidos a lo largo de la historia.
Otro territorio de investigación y de interés para nosotros es el que se relaciona con la sostenibilidad social, es decir, exploraciones relacionadas con la capacidad de la arquitectura para favorecer o, incluso, protagonizar transformaciones más allá de lo material que, de hecho, repercuten en las sociedades, sus economías, sus medios de vida, etcétera. Sería una suerte de invención de programas que superan lo conocido y que plantean nuevas estrategias de respuestas a situaciones de emergencia. Se trataría aquí de conocer programaciones de ciudades, núcleos de población, centros públicos y privados, estrategias de circulación, de gestión y, finalmente, de unidades o agrupaciones residenciales que propongan más allá de la convención y apunten nuevos caminos de exploración disciplinar. Algo de esto se trabaja en las aulas de las universidades y otros centros de investigación. No se nos oculta el interés por levantar un mapa de estas iniciativas, análogo a otras cartografías docentes, como las pedagogías radicales, recogidas por Beatriz Colomina junto a Ignacio G. Galán, Evangelos Kotsioris y Anna-María Meister, desde la Universidad de Princeton.
Finalmente, descubrimos en este principio del siglo XXI otros muchos temas que nos interesan y que, podría pensarse, guardan relación con los ya enunciados. La raíz común consistiría en el restablecimiento de la justicia social o de alguna de sus manifestaciones y, por lo tanto, también en cualquier forma de sensibilización hacia su causa. Un buen ejemplo de lo mencionado sería cualquier modo de recuperación del papel de la mujer en la práctica de la profesión o en la sociedad misma. Lejos de un igualitarismo, a todas luces injusto, desde nuestro punto de vista se trataría de encontrar las aportaciones específicas e insustituibles —y, por tanto, radicalmente imprescindibles— de la mujer en la arquitectura y en la cultura en general.
Es evidente que muchas de estas experiencias, aparentemente disjuntas, se unen en una actitud común. En una búsqueda de lo extraordinario, de lo más allá, de la superación de lo convencional en pro de una nueva conquista, de una sociedad mejor.
No obstante, en este número, hemos preferido obviar algunos de aquellos escenarios concretos entendiendo que todos ellos no tenían cabida en este volumen, necesariamente limitado, y muchos de ellos ya se están estudiando específicamente y que sus resultados no nos interesan tanto en este punto como las actitudes que permiten abordarlos.
Esta exploración busca, de fondo, una redefinición de los límites de la arquitectura: un debate sobre los invariantes disciplinares y aquellas otras constantes que se encuentran en cuestión y que, de hecho, están ayudando a una redefinición de la mirada de los profesionales y, con ella, de la sociedad entera.
Podría concluirse que, frente a un modo autosatisfecho y seguro de sí mismo de ejercer la profesión, pretendemos localizar textos y reflexiones —que podrían no obstante dedicarse a algún caso de estudio— más sensibles a la realidad sobre la que se trabaja, entendiéndose como parte de una operativa mucho más amplia, ya sea en lo social, en lo medioambiental o en otros terrenos entendidos hasta ahora como secundarios. Hablaríamos de discursos en torno a arquitecturas sociales, arquitecturas medioambientales o arquitecturas motoras que exploran nuevos límites, que arriesgan la centralidad del arquitecto director de orquesta para convertirse en una pieza más —imprescindible o no— en transformaciones que son signo de nuestro tiempo y que van más allá de lo disciplinar.
Todas estas exploraciones nos conducirían, finalmente, al levantamiento de una cartografía del más allá del radar; pero, como ha ocurrido siempre en estos trabajos que trataban de representar territorios conocidos provisionalmente, mediante escaramuzas y viajes muchas veces ajenos, su relación con lo ya conocido resulta incierta. Incierta en escala, en densidad, en conocimiento, en definitiva. Por no estar verificadas, se desconoce su exactitud, su peso definitivo, su importancia en el devenir del tiempo. No obstante, ya hemos señalado que no nos interesa tanto el territorio conquistado como la actitud del conquistador: el arrojo de su hazaña antes que su rentabilidad; el modelo de profesional antes que el éxito de su proyecto. En este territorio, muchas veces al lado inmediato del límite, como una conquista aparentemente minúscula, se ha superado el borde de lo conocido, se ha avanzado en el límite más allá.
Por todo lo anterior, sabemos que este volumen caerá en la obsolescencia antes que otros. Está destinado, con muchas posibilidades, al fracaso o, más bien, al olvido. Si las conquistas apuntadas lo son de hecho, el radar se centrará en ellas. Si no, serán olvidadas y de alguna forma se perderán; pero nos interesa su valor hoy. Su capacidad como instrumento de llamada, de anuncio de lo por venir. O, incluso, de último registro antes de desaparecer. Con esto nos bastaría y habríamos cumplido nuestro objetivo. Algo de esta idea está representado en la colaboración del fotógrafo Iñaki Bergera, quien fotografía en un margen estrecho de tiempo. Si lo hubiera hecho antes, encontraríamos una obra rutilante, brillante y con futuro. Si lo hubiera hecho después —al cabo de algunos años más—, el rastro de la mano del hombre sería menos reconocible, casi imposible de detectar a simple vista, sin el concurso de otros medios ligados más bien a la arqueología. Hay un margen relativamente estrecho para nuestra observación.
Deseamos fervientemente que las observaciones relativas al cambio climático, a la recuperación medioambiental, a los motores —proyectos, situaciones, etcétera— y a cualquier modo de sensibilización social se convierta en objetivo, en nuevo centro de la hoja de ruta de la arquitectura y que, por tanto, este volumen de Dearq devenga en documento precursor que solo interese a los especialistas bibliográficos, precisamente porque estos temas se conviertan en los temas habituales de futuras publicaciones y de los tableros —o las pantallas— de los profesionales. Bordes que hoy son periferias y que en el futuro pueden ser nuevas centralidades, no geográficas pero sí conceptuales y fácticas.