Cómo citar: García Vázquez, Carlos. "Aprendiendo de los urbanismos bottom-up: nuevas tácticas, nuevos tiempos, nuevos lugares, nuevos procesos y una nueva estética". Dearq no. 38 (2024): 4-13. DOI: https://doi.org/10.18389/dearq38.2024.01

Aprendiendo de los urbanismos bottom-up: nuevas tácticas, nuevos tiempos, nuevos lugares, nuevos procesos y una nueva estética

Carlos García Vázquez

ccggvv@us.es

ETSA. Universidad de Sevilla, España

En mayo de 2009, el Departamento de Transporte de Nueva York se atrevió a cerrar Times Square al tráfico, dotando al espacio público así peatonalizado de una serie de modestas jardineras. Inesperadamente, la nueva plaza se llenó de gente, tanto que la alcaldía hubo de comprar cientos de tumbonas de jardín para que pudiera sentarse. Un año después, Mike Lydon y Anthony García, directores del estudio The Street Plans Collaborative, fundaban el movimiento "Urbanismo Táctico". En el segundo volumen del libro Tactical Urbanism (2012), The Street Plans Collaborative recopiló 24 tácticas de intervención en el espacio público que el movimiento amparaba bajo su paraguas (Lydon et al., 2012). Se trataba de intervenciones llevadas a cabo en Estados Unidos durante la década anterior por grupos tales como City Repair, Rebar o Depave. Lo que compartían estas acciones era el activismo social, la informalidad, la temporalidad, el uso de materiales low cost y, muy especialmente, su carácter bottom-up: la mayoría de ellas habían sido propuestas, implementadas y gestionadas por comunidades vecinales.

La revista Dearq dedica el presente número a los denominados "urbanismos bottom-up". En realidad, su origen es muy anterior a los casos que Lydon y García recogieron en su libro. Hay quien lo sitúa en los años 1970, estrechamente vinculado a los movimientos contraculturales de esa década. En cualquier caso, lo que está claro es que los urbanismos bottom-up comenzaron a expandirse tras la crisis económica de 2008, y fueron sancionados por las administraciones públicas tras otra crisis, esta vez de carácter sanitario, ocasionada por la epidemia de COVID-19 de 2020.

Tras más de cuatro décadas de rodaje, los urbanismos bottom-up han consolidado una manera de hacer ciudad cuya principal seña de identidad es la inclusión de los vecinos en el diseño, ejecución y gestión de sus intervenciones, algo que los diferencia radicalmente del urbanismo institucional, muy dependiente de procesos top-down. En este artículo vamos a poner el foco en esta dualidad para analizar qué aportaciones pueden actualmente ofrecer los urbanismos bottom-up al urbanismo institucional. Este lleva décadas sumido en una crisis operacional debido a su falta de resiliencia, a su incapacidad para adaptarse a las múltiples crisis que las ciudades han sufrido en las últimas décadas, las crisis que, precisamente, han encumbrado a los urbanismos bottom-up (García Vázquez 2022, 141-183).

introducción

A finales de los años 1960, coincidiendo con la emergencia de la crisis ecológica y el estallido de las protestas sociales que desembocaron en el Mayo francés de 1968, aparecieron movimientos ciudadanos que decían no considerarse interpretados por sus representantes políticos, democráticamente elegidos. Exigían que se les consultase de forma directa sobre decisiones que afectaban sus vidas, pero que eran tomadas muy lejos de los lugares donde residían, por políticos que desconocían sus circunstancias y gracias a ejercer una lógica de trasmisión top-down que los dejaba fuera de juego. Estos manifestantes cuestionaban la democracia representativa y demandaban democracia directa.

Cuarenta años después, tras la crisis de 2008, la ortodoxia neoliberal supo utilizar esta misma pulsión para promover sus políticas de austeridad. Aquélla comenzó desacreditando el intervencionismo del Estado y alabando el individualismo para acabar celebrando las virtudes de la democracia directa, la participación ciudadana en la toma de decisiones. En esta línea, el gobierno conservador del Reino Unido reglamentó en 2009 un "Duty to Involve" que obligaba a las autoridades locales a promover y desarrollar en la población la cultura del compromiso, así como a empoderarla en la toma de decisiones. Todo ello formaba parte del proyecto de la Big Society, cuya intención era trasladar a la sociedad buena parte de las responsabilidades que hasta entonces había asumido el Estado. Casi todo el espectro político, de izquierda a derecha, acabó convergiendo en la idea de que esta lógica de trasmisión, conocida como bottom-up, era más legítima y democrática que la top-down. También la ciudadanía británica acabó convenciéndose de que no podía ser un pasivo terminal de las decisiones tomadas por sus representantes políticos, a menudo incapaces de ofrecer soluciones a sus problemas, y de que debía poner en marcha sus propias iniciativas, interactuando con el Estado solo cuando fuera estrictamente necesario.

En el ámbito del urbanismo, el cuestionamiento de la democracia representativa ha puesto en la mesa de debate el tema de los agentes encargados de la definición y transformación de las ciudades, en concreto, el rol que cada uno de ellos desempeña. De manera resumida, los tres agentes tradicionales han sido el Estado, los promotores y los ciudadanos. La aproximación top-down, propia del urbanismo institucional, colocaba al primero en la cúspide de la pirámide de la toma de decisiones. Este incorporaba a la misma a los promotores y los profesionales del urbanismo, relegando a los ciudadanos a la base. Hoy, dicho reparto de funciones entre los distintos agentes urbanos sufre de un profundo descrédito. Desde finales de los años 1990, numerosos académicos y urbanistas han puesto sus ojos en los denominados "urbanismos bottom-up", que intentan dar la vuelta a la pirámide con propuestas definidas e implementadas por las comunidades vecinales, a veces de manera absolutamente ajena al urbanismo institucional. Su objetivo es revolucionar las estructuras de poder tradicionales y sus formas de proceder top-down, facultando a los ciudadanos el hacer frente a cuestiones y problemas que el urbanismo institucional no es capaz de abordar en tiempo y forma. Para empoderarlos, los urbanismos bottom-up promueven la interactuación entre vecinos, los animan a catalizar y priorizar sus intereses, les facilitan el acceso a recursos y ponen en valor sus habilidades.

Esta aproximación ha enriquecido el habitual cuadrilátero de agentes del urbanismo tradicional (ayuntamiento-urbanista-promotor-ciudadano), invitando a entrar en el mismo a infinidad de nuevas figuras. La mayoría de ellas representan al sector de la ciudadanía: comunidades locales, asociaciones de intereses compartidos, activistas políticos, grupos contraculturales, artistas, colectivos desfavorecidos, etc. Otras provienen del mundo de la economía colaborativa (empresas sin ánimo de lucro, emprendedores locales, etc.) o son coaliciones empresariales (comunidades de propietarios, Business Improvement Districts, etc.). Por último, la representación del agente Estado tiende a desplegarse en una miríada de agencias urbanas con diferentes objetivos e intereses. Los tipos de relación que se establecen entre estos agentes oscilan entre la autoorganización autónoma y la coordinación estatal.

También los gobiernos neoliberales se han interesado por los urbanismos bottom-up. En ellos han encontrado una manera de llenar algunos de los vacíos originados por sus políticas de austeridad o, por decirlo de otro modo, una oportunidad para desembarazarse de parte de sus obligaciones con los ciudadanos. Los ayuntamientos, cuyos presupuestos habían sido devastados por los recortes tras la crisis de 2008, encontraron un bálsamo en las microintervenciones llevadas a cabo por el urbanismo bottom-up en espacios públicos y espacios infrautilizados, las cuales proveyeron a los ciudadanos de equipamientos que los ayuntamientos no podían facilitarles. Además, en un entorno marcado por la incertidumbre económica, social y ambiental, la flexibilidad de sus acciones informales destellaba sobre el oscuro fondo del ortodoxo, burocrático e inflexible urbanismo institucional.

Ello explica que, para los urbanismos bottom-up, la crisis de 2008 supusiera una plataforma de lanzamiento de sus propuestas, hasta entonces básicamente circunscritas al mundo de la contracultura y el activismo político. Fran Tonkiss (2013) denominó "urbanismo de austeridad" al planeamiento neoliberal lastrado por los recortes y la desregulación, defendiendo que los urbanismos bottom-up se habían aprovechado de sus grietas para intervenir intersticialmente:

Obligar a abrir las grietas en estos contextos implica identificar las debilidades, las juntas, los puntos ciegos y las inconsistencias de una determinada estrategia o lugar, y trabajar tanto en contra como con ellos. La metáfora de la grieta se materializa en un urbanismo marginal que trabaja en los bordes y en los espacios densos de las ciudades laceradas por las economías de austeridad.1 (Tonkiss 2013, 317)

Tonkiss detectó cuatro aproximaciones en la relación que las ciudades habían mantenido con los urbanismos bottom-up. Algunas habían aprobado medidas legales, políticas y de propiedad que encajaban en el marco institucional a las organizaciones que promovían los urbanismos bottom-up, autorizando así sus acciones2. Otras, no las facilitaban, pero tampoco las excluían, permitiendo ciertos espacios de tolerancia3. Un tercer grupo de ciudades, las más ortodoxas, excluían todo diálogo, dejando poco o ningún espacio a la negociación con los urbanismosbottom-up, una coerción que ejercían con políticas punitivas e incluso policiales. Por último, Tonkiss cita al grupo de ciudades que había abandonado la intervención urbana a la autoregeneración por parte de los ciudadanos4 (2013, 314).

Lo que deja claro esta diversidad de actitudes es que la conciliación de las aproximaciones top-down y bottom-up es una asignatura pendiente del urbanismo institucional. Se trata, por otro lado, de un tema ineludible, no solo porque las políticas neoliberales están muy lejos de remitir, sino también porque la flexibilización del urbanismo institucional es condición sine qua non para la ciudad contemporánea, que necesita de herramientas capaces de adaptarse a las cambiantes circunstancias espoleadas por un contexto de crisis cíclicas.

Llegados a este punto la cuestión es: ¿qué puede aprender el urbanismo institucional de los urbanismos bottom-up? Vamos a intentar responder esta pregunta, destacando las cinco grandes aportaciones de estos últimos al debate urbanístico de la última década, el descubrimiento de nuevas tácticas, nuevos tiempos, nuevos lugares, nuevos procesos y una nueva estética.

nuevas tácticas:
de la ciudad como un hecho científico a la ciudad como un hecho social

Por lo que respecta a las nuevas tácticas, estas han sido puestas en valor en el marco de una crítica genérica y conceptual al cientifismo y tecnicismo que guía al urbanismo institucional. Sobre ambos se soporta la aproximación top-down, ya que esta coloca a técnicos y expertos en el vértice superior de la pirámide de la toma de decisiones. La crítica a reducir la ciudad a un problema de racionalidad técnica está en la base de los urbanismos bottom-up, que entienden que aquélla es ante todo un hecho social. Unido al tecnicismo está el reglamentismo, el uso de leyes y normativas estrictas y precisas para implementar decisiones técnicas. De ello deriva una ciudad sobreplanificada e hipercontroladora que deja poco espacio a la improvisación, la creatividad, la experimentación, la diversidad, así como a la participación de los ciudadanos. También es una ciudad muy poco resiliente, ya que el reglamentismo encorseta las posibles reacciones ante un cambio de escenario social, económico, tecnológico o medioambiental, cambios que se han multiplicado en las últimas décadas.

El urbanismo institucional debería crear las condiciones para encajar las transformaciones derivadas de transiciones climática, financiera, social, etc. Para ello, requeriría una visión menos cientificista, menos estructurada, más fragmentada y, sobre todo, más laxa. Como reconocía Joi Ito, exdirector del MIT Media Lab, ello supondría guiarse por una especie de brújula y no por masterplans, documentos predeterminados incapaces de reaccionar a cambios inducidos por fenómenos ajenos a ellos mismos (citado en Mitchell & Tang 2018, 474-2). En este sentido, la gran lección de los urbanismos bottom-up es la opción por lo táctico, lo empírico, lo local y lo pragmático, en vez de por lo técnico, lo estratégico, lo normativo, lo universal y lo teórico. La gran escala propia de los masterplans, además, entra en contradicción con la estrategia de la intervención mínima, que es la manera que tienen los urbanismos bottom-up de responder rápida y flexiblemente a lo imprevisto. Siguiendo este ejemplo, el urbanismo institucional debería limitarse a polinizar la ciudad con microintervenciones de escala comunitaria, circunscribiendo los macroproyectos y las macroinfraestructuras al mínimo imprescindible5.

nuevos tiempos:
del largo al corto plazo

La segunda gran aportación de los urbanismos bottom-up al debate urbanístico contemporáneo ha sido el descubrimiento del valor de lo efímero en el proceso de construcción de ciudad, tanto como estrategia de espera en periodos de crisis económica o de tramitación burocrática (los denominados "meanwhile uses"), o para dinamizar la ciudad con eventos temporales (los usos "pop-up"). Estos usos temporales aportan la flexibilidad que requiere una ciudad resiliente, ya que le permite adaptarse a los cambios que se van sucediendo en un proceso de transición (fig. 1).

Figura 1

Figura 1_ Mercato Metropolitano (Londres). Meanwhile use en un solar a la espera de ser edificado. Fuente: fotografía del autor.

El urbanismo institucional debería adoptar esta nueva temporalidad de varias maneras. En primer lugar, renunciando a definir proyectos a largo plazo, ya que la incertidumbre contemporánea amenaza con que nunca puedan llegar a puerto. Por el contrario, debería limitarse a definir intenciones de futuro, siempre flexibles, y a concretar proyectos a corto y medio plazo. Como dicen Maurice Mitchell y Bo Tang: "Se debe entender la predicción como algo similar a una previsión meteorológica, que se basa en las temperaturas actuales y en la velocidad y dirección del viento, pero que tiene una posibilidad de certeza limitada en un determinado lugar y momento"6 (2018, 494). Una estrategia para implementar esta visión es fasear las intervenciones urbanísticas en periodos temporales limitados y asociarles paquetes de acciones pequeñas, de bajo coste y flexibles, conscientes de que los resultados de la ejecución de una fase condicionarán las siguientes. En este sentido, y para minimizar riesgos, sería necesario que las acciones propuestas tuvieran un carácter experimental y fueran reversibles, de manera que se pudiera volver atrás en caso de fallar. Peter Bishop y Lesley Williams denominan a este planeamiento de "cuatro dimensiones", ya que se trata de planificar la dimensión temporal de la ciudad, además de las tres dimensiones físicas (2012, 182).

Por otro lado, el urbanismo institucional debería dar encaje legal y facilitar espacialmente el despliegue de usos temporales del suelo, tanto en el espacio público como en solares vacantes. Su implementación en el primero permite alternar actividades formales e informales, lo que supone una intensificación espacial que sintoniza con la visión resiliente de la ciudad. Por lo que respecta a los solares vacantes, los usos temporales pueden desbloquear el potencial de lugares no apreciados por la iniciativa privada. Igualmente, pueden servir para dar respuesta a demandas sociales que no producen beneficios comerciales, como iniciativas solidarias, espacios deportivos para la comunidad, etc. Por último, ofrecen resultados inmediatos a la ciudadanía, un hecho especialmente valorable cuando se trata de usos de primera necesidad.

Hacer hueco a los usos temporales pone en cuestión otra de las principales herramientas del urbanismo institucional: la zonificación de usos. Aquí la idea sería sustituir el estricto funcionalismo que lo guía por una "zonificación flexible", con usos del suelo que pudieran ser modificados sin necesidad de emprender largos procesos legales. Los planes generales de ordenación urbana (PGOU) podrían incluso incluir la definición de "zonas de tolerancia" donde se permitieran usos informales y espontáneos no planificados, y que las cosas, simplemente, ocurrieran.

nuevos lugares:
de generar ciudad a reparar ciudad

El descubrimiento de nuevos lugares ha sido otra de las aportaciones de los urbanismos bottom-up. Especialmente interesante ha sido la puesta en valor de las zonas vacantes o infrautilizadas de la ciudad, las "grietas" donde por lo general actúa el urbanismo de austeridad: aparcamientos, infraestructuras obsoletas, solares vacantes por abandono, edificios en ruina, vertederos, etc. (fig. 2). El suelo urbano es un recurso no renovable, por lo que es necesario apostar por la puesta en carga de ese tipo de lugares, así como por la intensificación del uso del espacio urbano en general. Siguiendo el espíritu de intervención mínima, se trataría de optar por "reparar la ciudad" en vez de por "generar más ciudad".

Figura 2

Figura 2_ Brick Lane (Londres). Utilización de un aparcamiento como patio de comidas durante los fines de semana. Fuente: fotografía del autor.

Ello exigiría al urbanismo institucional realizar una justificada selección de los suelos donde permite intervenir, animando a descubrir oportunidades en áreas insospechadas pero aptas para acoger actividades difícilmente emplazables en el especulativo mercado inmobiliario contemporáneo. El urbanismo institucional debería articular mecanismos que posibilitaran que las zonas vacantes o infrautilizadas acogieran actividades cotidianas planificadas o espontáneas, permanentes o efímeras. Las áreas situadas bajo grandes infraestructuras urbanas, como las autopistas o los ferrocarriles elevados, podrían alojar mercadillos, talleres educativos o zonas slow. También alentaría a intensificar la funcionalidad del espacio urbano disponible complementando sus usos propios con otros compatibles. Las aceras podrían servir como zona de expansión de los comercios con los que colindan (fig. 3); los parkings como mercados de comida servidos por food trucks en días u horas de baja ocupación; y los solares vacantes y espacios residuales como huertos o jardines.

Figura 3

Figura 3_ Peckham (Londres). Aceras utilizadas como zona de expansión de los comercios. Fuente: fotografía del autor.

nuevos procesos:
de poner el foco en el resultado a optar por el place-shaping continuum

La cuarta aportación de los urbanismos bottom-up, nuevos procesos, es central para la cuestión de los agentes, ya que son aquéllos los que implementan la aproximación top-down o bottom-up. En este sentido, su contribución ha consistido en incidir en el proceso más que en el resultado. Las acciones de los urbanismos bottom-up son actos colectivos que proceden gradualmente siguiendo un protocolo diseñado con antelación. Con frecuencia, el carácter innovador de las mismas reside más en ese protocolo que en el resultado final, que a menudo son formas mediocres o funcionalidades precarias. También la trascendencia de dichas acciones se encuentra en el proceso, ya que este sirve para crear comunidad o para educarla en resiliencia. Esta estrategia, que pone el foco en los procesos de diseño y creación más que en los espacios resultantes, plantea un auténtico cambio de paradigma al urbanismo tradicional.

En el artículo "The Place-shaping Continuum: A Theory of Urban Design Process", Matthew Carmona aplica este cambio de paradigma al campo del diseño urbano, que él define como un "place-shaping continuum": "Un viaje constante a través del cual los lugares están continuamente modelándose y remodelándose (física, social y económicamente) mediante intervenciones periódicas planificadas, la ocupación cotidiana y la custodia del lugar a largo plazo"7 (2014, 34). Según Carmona, el place-shaping es informado por la tradición local en la manera de hacer ciudad, es determinado por el contexto político-económico contemporáneo y es moldeado por las relaciones de poder que se establecen entre los agentes involucrados en el proceso (diseñadores urbanos, promotores, inversores, administraciones públicas, gestores, comunidad de vecinos, etc.). Estas tres variables condicionan cuatro subprocesos: diseño, desarrollo, uso y gestión.

En el primero, "shaping through Design", Carmona identifica a la innovación como un agente activo, en referencia a la obsesión de los diseñadores urbanos educados en la tradición moderna por el arte de vanguardia. Carmona advierte de la futilidad de este agente: "Sin embargo, en general, la innovación del diseño en sí parecía tener poca importancia para los usuarios del espacio público, siendo algunas de las soluciones de diseño más sencillas las que tuvieron un mayor impacto positivo, mientras que la innovación tuvo más éxito cuando se centró en el uso del espacio más que en el estilo del mismo"8 (2014, 17). En este sentido, el diseño urbano bottom-up debería enfocar su trabajo en la resolución de problemas técnico-funcionales, y no tanto en intentar innovar trasladando al espacio urbano claves artístico-intelectuales que a menudo son incomprensibles para la población, lo que provoca falta de sintonía con los usuarios.

El segundo subproceso del diseño urbano entendido como place-shaping continuum es "shaping through Development". Tal como enuncia Carmona, este periodo viene determinado por el agente que lo lidere y coordine, ya que deberá ser él quien ponga en marcha la iniciativa, consiga el apoyo de la comunidad, busque los recursos, resuelva los trámites administrativos y coordine la fase de construcción. Entran aquí en juego tres sectores: el público, el privado y el comunitario/voluntario, también denominado "tercer sector". En principio, todo induce a pensar que el desarrollo de un diseño urbano bottom-up debería ser liderado por este último, por voluntarios sin ánimo de lucro elegidos por la comunidad. Carmona, sin embargo, es muy escéptico con esta opción, que tiende a ser idealizada:

La diversidad de las comunidades londinenses (como sus espacios) es una característica de los procesos de desarrollo urbano en toda la ciudad. Hay comunidades muy apáticas (por razones diversas y complejas), a las que hay que convencer mediante procesos de consulta formales para que hagan alguna contribución, y comunidades muy activas (generalmente acomodadas), que tienen una gran capacidad para frustrar proyectos si las propuestas no responden a sus intereses. Generalmente, por lo tanto, el papel de las comunidades es ampliamente reactivo o negativo: reaccionan contra propuestas realizadas para un lugar, a veces votando un bonito elenco de alternativas, o hacen campaña activamente contra los proyectos9 (2014, 21).

Los dos siguientes subprocesos identificados por Carmona, "shaping through Use" y "shaping through Management", prolongan el diseño urbano más allá de donde el profesional suele darlo por concluido, con la inauguración de la obra. Sin embargo, lo que comienza entonces, el uso y la gestión del espacio público, es esencial para la resiliencia del espacio construido, que deberá adaptarse a cambiantes circunstancias. Carmona concluye el apartado dedicado al subproceso "uso" con dos parámetros que insisten en su condición de proceso abierto: la adaptación del espacio urbano al cambio y a su apropiación por diferentes colectivos y para distintos propósitos. Ambos apuntan a la esencia de la resiliencia, al cambio, que no debe ser obstaculizado sino facilitado. Con este fin, el diseño urbano bottom-up debería abanderar la cuestión de la temporalidad, fomentar instalaciones efímeras, como negocios pop-up, mercadillos, o huertos nómadas, utilizando estructuras desmontables, pavimentos enrollables o contenedores de mobiliario urbano (fig. 4). Lo efímero como facilitador del cambio en un proceso de transición. Además, tal como apuntan Bishop y Williams: "la intención de ser efímero también podría sugerir un deseo de dejar huellas mínimas en el planeta"10 (2012, 214).

Figura 4

Figura 4_ Skip Garden (Londres). Huerto nomádico instalado durante la fase de construcción del complejo urbanístico de King's Cross. Fuente: fotografía del autor.

El cuarto y último subproceso del place-shaping continuum es "shaping through Management". Es la tarea de más largo recorrido y debería confiarse a la autogestión comunitaria. Los vecinos serían los encargados de definir un programa de actividades (conciertos, ferias, exposiciones, celebraciones religiosas, eventos artísticos, mercadillos, etc.) que garantice que el espacio urbano definido según las claves del diseño urbano bottom-up se convierta en un nodo vecinal, donde la comunidad se encuentre e interactúe.

nueva estética:
del activismo a la gentrificación

La quinta aportación realizada por los urbanismos bottom-up ha sido una nueva estética. A ella se debe gran parte de su éxito entre estudiantes y jóvenes arquitectos. Sus diseños son informales, divertidos, frescos, abiertos, provocadores, irreverentes y nada dogmáticos. La extrema creatividad de las intervenciones bottom-up ha hecho que algunos autores las vinculen con el discurso de la ciudad creativa, iniciado por Charles Landry en los años 1990 (2000) y posteriormente popularizado por Richard Florida con el concepto de "clase creativa" (2003). Tras décadas de cuestionamiento por parte de la teoría crítica, el paradigma de la ciudad creativa es actualmente interpretado como una expresión cultural del modelo socioeconómico neoliberal.

La estética de los urbanismos bottom-up encajaría en esta expresión cultural. Entre los materiales que suelen utilizar destacan la madera laminada, las lonas sintéticas, el césped artificial, los tubos de andamio, la arena, el serrín… y todo tipo de pinturas (acrílica, reflectante, en aerosol, etc.). Normalmente estos materiales son aplicados o ensamblados con técnicas artesanales y por los propios vecinos en un ejercicio de bricolaje. También es habitual el uso de objetos reciclados o donados, tales como sombrillas, mesas y sillas plegables, depósitos de agua, cajas de embalaje, neumáticos, pacas de paja, bloques de hormigón, bidones, bolardos, conos de tráfico… y, los reyes de la estética bottom-up: palés y contenedores (fig. 5).

Figura 5

Figura 5_ Containerville (Londres). Edificio de oficinas realizado con contenedores. Fuente: fotografía del autor.

Todos estos elementos cotidianos y familiares, ligeros y transportables, modestos y económicos, son los que se encuentran normalmente en los "third places" donde se reúne la clase creativa. Zardini defiende que la estética de los urbanismos bottom-up tiene como objetivo: "proponer estilos de vida alternativos, reinventar nuestra vida cotidiana y reocupar el espacio urbano con nuevos usos"11 (citado en Stevens & Dovey 2019, 331), es decir, desplegar espacialmente un determinado modo de vida. El propio Anthony García reconocía que una de las tendencias contemporáneas que alentaban el boom del urbanismo táctico era el cambio demográfico del que forma parte la clase creativa: "Esas comunidades tienden a ser un poco más educadas y posiblemente tengan mayores ingresos. Uno de los desafíos que plantea esta idea es que los voluntarios necesitan disponer de tiempo libre para llevar a cabo los proyectos. Así que existe el prerrequisito tácito de que es necesario contar con las capacidades propias de una comunidad comprometida"12 (Steuteville 2017).

Paradójicamente, la celebración estética ha acabado imponiéndose a la retórica insurgente y combativa con la que iniciaron su andadura los urbanismos bottom-up, allá por los años 1970. Su componente revolucionaria se quedó en el camino en pro de la convergencia con los intereses del neoliberalismo y la nueva economía. Actualmente, la clase creativa encuentra muy cool ese pasado de trasgresión de las normas, reducido hoy en día al ejercicio de leves infracciones (pintar sobre el asfalto, instalar mobiliario en el espacio público, etc.) normalmente toleradas o que, como mucho, comportan una multa fácilmente asumible por aquélla.

Todo lo anterior explica que el escenario preferente de los urbanismos bottom-up sean los barrios gentrificados de los centros urbanos, los denominados "barrios cool", que se postulan como alternativa a la ciudad burguesa tradicional. En un estudio de sus acciones en Estados Unidos, Gordon C. C. Douglas descubrió que las acciones bottom-up eran mucho más habituales en este tipo de barrios, y que la mayoría de los vecinos que se implicaban en sus procesos de diseño, ejecución y gestión pertenecían a la clase creativa (2014, 18). En palabras de Mike Lydon: "Esto ocurre mientras cada vez más personas —especialmente jóvenes y con un buen nivel educativo— continúan mudándose a barrios fácilmente transitables y anteriormente abandonados"13 (2012, 3). Algunos autores, normalmente del ámbito de la teoría crítica, incluso consideran a los urbanismos bottom-up como una herramienta de gentrificación que sintoniza con las estrategias neoliberales para regenerar la ciudad. La identificación de su componente estética con la clase creativa atrae hacia ellos a las clases media y media alta, fascinadas por el ambiente cosmopolita, progresista y vanguardista que se respira en los lugares donde se despliegan los urbanismos bottom-up (fig. 6).

Figura 6

Figura 6_ King's Cross (Londres). Librería flotante con estética bottom-up en una zona altamente gentrificada. Fuente: fotografía del autor.

epílogo

Nuevas tácticas, nuevos tiempos, nuevos lugares, nuevos procesos y una nueva estética. Estas serían las cinco principales aperturas que los urbanismos bottom-up han aportado al debate urbanístico contemporáneo durante los últimos cuarenta años. En esas cuatro décadas el urbanismo institucional, consagrado por los gobiernos socialdemócratas europeos tras la Segunda Guerra Mundial, ha entrado en una crisis sistémica.

Si bien los urbanismos bottom-up podrían ayudar a solventarla, es evidente que nunca llegarían a suplantar al urbanismo institucional. Los procesos de transformación de las ciudades contemporáneas son sumamente complejos. Convergen en ellos infinidad de factores e intereses que los urbanismos bottom-up no pueden abordar. Sin embargo, en el contexto de incertidumbre económica y social vivido en la pasada década, las ágiles prácticas intersticiales de estos últimos han iluminado las carencias del ortodoxo, burocrático y rígido urbanismo institucional. La más importante de ellas es su falta de resiliencia, su incapacidad de adaptarse a los cambios, algo especialmente grave en una dinámica como la que estamos padeciendo desde los años 1970, marcada por una secuencia de crisis de todo tipo (ecológicas, económicas, sanitarias). En este contexto, la necesidad de reinventarse es imperiosa y un buen punto de partida serían las cinco grandes aportaciones de los urbanismos bottom-up que han sido reseñadas en este artículo.

bibliografía

  1. Bishop, Peter y Lesley Williams. 2012. The Temporary City. London-New York: Routledge.
  2. Carmona, Matthew. 2014. "The Place-shaping Continuum: A Theory of Urban Design Process". Journal of Urban Design 19 (1): 2-36. DOI: 10.1080/13574809.2013.854695
  3. Douglas, Gordon C. C. 2014. "D.I.Y. Urban Design: Inequality, Privilege, and Creative Transgression in the Help-Yourself City". Tesis doctoral, University of Chicago.
  4. Florida, Richard. 2003. The Rise of the Creative Class: And How It's Transforming Work, Leisure, Community and Everyday Life. Topeka: Tandem Library.
  5. García Vázquez, Carlos. 2022. Cities After Crisis. Reinventing Neighborhood Design from the Ground-Up. New York: Routledge.
  6. Landry, Charles. 2000. The Creative City: A Toolkit for Urban Innovators. Nueva York: Earthscan.
  7. Lydon, Mike, Dan Bartman, Tony García, Russ Preston y Ronald Woudstra, R. 2012. Tactical Urbanism 2. Short-Term Action Long-Term Change. Miami-New York: Street Plans.
  8. Mitchell, Maurice y Bo Tang. 2018. Loose Fit City. The Contribution of Bottom-Up Architecture to Urban Design and Planning. New York: Routledge.
  9. Steuteville, Robert. 2017. "Great idea: Tactical urbanism". Public Square, 16 de febrero [en línea]: https://www.cnu.org/publicsquare/2017/02/16/great-idea-tactical-urbanism (consultada el 4 de junio de 2020).
  10. Stevens, Quentin y Kim Dovey. 2019. "Pop-ups and Public Interests: Agile Public Space in the Neoliberal City". En The Palgrave Handbook of Bottom-Up Urbanism. Editado por Mahyar Arefi y Conrad Kickert, 323-338. Cham (Suiza): Palgrave Macmillan.
  11. Tonkiss, Fran. 2013. "Austerity Urbanism and the Makeshift City". City 17 (3): 312-324. DOI: 10.1080/13604813.2013.795332

1 Forcing open the cracks in these contexts involves identifying the weaknesses, the joins, the blind spots and inconsistencies in a given strategy or settlement, and working both against and within them. The metaphor of the crack takes on material form in a marginal urbanism that goes to work on edges and in tight spaces in the lacerated cities of austerity economies.

2 Tonkiss citaba los casos de la política de incubadoras o broedplaatsenbeleid de Ámsterdam, o la estrategia Raumpioniere de Berlín.

3 Por ejemplo, tolerando algunas ocupaciones ilegales o estructuras temporales.

4 Esto ocurría en ciudades donde los recortes presupuestarios habían dejado a los ayuntamientos sin recursos.

5 Numerosas comunidades han comenzado a rechazar este tipo de megaproyectos. En Italia destaca la oposición al tren de alta velocidad Lion-Turín, al macropuente sobre el estrecho de Mesina, al proyecto Mose para la laguna de Venecia, etc.

6 "Prediction should be considered to be akin to a weather forecast, which is based on current temperatures, wind speed and direction, but with a limited certainty of a precise outcome at a particular place and time"

7 "An on-going journey through which places are continuously shaped and re-shaped—physically, socially and economically— through periodic planned intervention, day-to-day occupation and the long-term guardianship of place"

8 "In general, however, design innovation of itself seemed to be of little consequence to public space users, with some of the simplest design solutions delivering the greatest positive impact, whilst innovation was most successful when focusing on the use of space rather than its style"

9 The diversity of London's communities (such as its spaces) is a feature of development processes across the city. These vary from largely apathetic communities (for varied and complex reasons) who have to be coaxed through formal consultation processes into making any contribution at all, to highly active (generally well-off) communities that are highly capable of de-railing projects if proposals are not in their narrow interests. In the main, therefore, the role of communities is largely reactive or negative; reacting to proposals already made for spaces, sometimes voting on a beauty parade of options, or actively campaigning against projects.

10 "an intention to be short-lived could also suggest a desire to leave minimal traces on earth"

11 "propose alternative lifestyles, reinvent our daily lives, and reoccupy urban space with new uses"

12 "Those communities tend to be a little more educated, higher income possibly. One of the challenges with this idea is that volunteers need free time to make these projects happen. So there's an unspoken prerequisite that you need to have the capacity of an engaged community"

13 "This has occurred while more and more people— especially the young and well educated—have continued to move into once forlorn walkable neighborhoods"