hart.10961

Historias de aislamiento y resistencia. El escudo de Agua de Dios (Cundinamarca)*

Histories of Isolation and Resistance: The Coat of Arms of Agua de Dios, Cundinamarca

Histórias de isolamento e resistência. O escudo de Agua de Dios (Cundinamarca)

Fecha de recepción: 30 de enero de 2025. Fecha de aceptación: 16 de julio de 2025. Fecha de modificaciones: 17 de julio de 2025

DOI: https://doi.org/10.25025/hart.10961

Sebastián Vargas Álvarez

Historiador y Magíster en Estudios Culturales de la Pontificia Universidad Javeriana, Colombia. Doctor en Historia de la Universidad Iberoamericana-Ciudad de México, México. Profesor Asociado del Programa de Historia, Escuela de Ciencias Humanas, Universidad del Rosario.

* Este artículo es resultado de mi investigación sobre políticas de la memoria y usos públicos de la historia en Agua de Dios, Cundinamarca. Desde el 2016, profesores y estudiantes de la Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario hemos realizado varias salidas de campo al Archivo Histórico y a los albergues del Sanatorio de Agua de Dios (Empresa Social del Estado) en el marco de clases como Antropología del Cuerpo; Género, Sexualidad y Parentesco; Análisis Cualitativo; Antropología Médica; Etnografía; Archivos y Documentos; y Taller de Fuentes. En diciembre del año 2023, se llevó a cabo la Escuela de Campo Interdisciplinar “Lepra y Memoria en Agua de Dios”, en convenio con el Sanatorio, en la cual se realizó un trabajo de campo de dos semanas de duración. Como resultado de esa experiencia, se elaboró una serie de pódcast y un mapa digital interactivo que fueron socializados con la comunidad de Agua de Dios en 2025. Agradezco a todas las personas que durante este tiempo han acogido a la Universidad del Rosario en el municipio, y dedico este texto a la memoria del maestro José Ángel Alfonso.

Resumen:

El artículo analiza el escudo de armas de Agua de Dios, población ligada a la historia de la lepra y a las maneras en que el Estado colombiano y la medicina moderna han abordado dicha enfermedad a lo largo del tiempo. El escudo, obra del pintor local José Ángel Alfonso, puede interpretarse como un “lugar de memoria” que confronta el estigma social que asocia a Agua de Dios con la experiencia del aislamiento y la enfermedad, para resignificarla como “ciudad de la esperanza”, destacando la resistencia y agencia de sus habitantes. Para desarrollar el presente trabajo se llevaron a cabo entrevistas, observación etnográfica, consulta de historiografía de y sobre Agua de Dios, revisión de archivo y análisis heráldico e iconográfico.

Palabras clave:

Agua de Dios, Colombia, escudo de armas, lepra, memoria, historia subalterna.

Abstract:

The article analyzes the coat of arms of Agua de Dios, a town linked to the history of leprosy and the ways in which the Colombian State and modern medicine have dealt with the disease over time. The coat of arms, created by local painter José Ángel Alfonso, can be interpreted as a “place of memory” that confronts the social stigma that associates Agua de Dios with the experience of isolation and disease, to redefine it as a “city of hope,” highlighting the resilience and agency of its inhabitants. In order to develop this work, interviews, ethnographic observation, consultation of historiography of and about Agua de Dios, archive review, and heraldic and iconographic analysis were carried out.

Keywords:

Agua de Dios, Colombia, coat of arms, leprosy, memory, subaltern history.

Resumo:

O artigo analisa o escudo de armas de Agua de Dios, população ligada à história da lepra e às formas que o Estado colombiano e a medicina moderna abordaram tal enfermidade ao longo do tempo. O escudo, obra do pintor local José Ángel Alfonso, pode ser interpretado como um “lugar de memória” que confronta o estigma social que associa a Agua de Dios com a experiência do isolamento e da enfermidade, para ressignificá-la como “cidade da esperança”, destacando a resistência e agência de seus habitantes. Para desenvolver o presente trabalho foram realizadas entrevistas, observação etnográfica, consulta de historiografia de e sobre Agua de Dios, revisão de arquivo e análise heráldica e iconográfica.

Palavras-chave:

Agua de Dios, Colômbia, escudo de armas, lepra, memória, história subalterna.

Introducción

Agua de Dios (Cundinamarca) es una población colombiana ubicada a 125 kilómetros al suroccidente de Bogotá, la capital. Su clima es cálido (la temperatura máxima oscila entre los 34 y los 37°C) y su historia es bastante singular, pues ha corrido paralela a la historia de la lepra y de las distintas formas en que el Estado colombiano y la medicina moderna han confrontado esta enfermedad a lo largo del tiempo. Establecida en 1870 como aldea por algunos enfermos de lepra expulsados de la vecina Tocaima, Agua de Dios se convirtió en uno de los tres lazaretos administrados por el Gobierno colombiano para “controlar” la enfermedad desde finales del siglo XIX. Allí fueron enviadas personas diagnosticadas de lepra provenientes de diversas regiones de Colombia, quienes vivieron bajo un régimen de aislamiento y privación de derechos. Para evitar el contacto con el exterior y prevenir el contagio, la población fue cercada con un alambre de púas vigilado por la Policía Nacional y una policía interna conformada por los propios enfermos; las órdenes religiosas tuvieron una influencia directa en la educación y el cuidado de los pacientes y se construyeron retenes, casas de desinfección y centros médicos. Solo hasta 1961 el estado abolió los lazaretos y, dos años más tarde, Agua de Dios se constituyó legalmente como municipio, recobrando así sus habitantes la ciudadanía. No obstante, el estigma de la lepra sobre el territorio y sus pobladores no desapareció del todo, e incluso persiste hasta la actualidad.

En 1970, apenas unos años después de iniciado el proceso de municipalización, se celebró la conmemoración del centenario de fundación de Agua de Dios, ocasión en la que las autoridades locales realizaron un concurso público para la creación de los símbolos del nuevo municipio: escudo, bandera e himno. La propuesta de escudo de un joven pintor autodidacta, José Ángel Alfonso, fue seleccionada como la ganadora y acogida como el emblema oficial.

El presente artículo se aproxima al escudo de armas de Agua de Dios en tanto ejemplo relevante de las prácticas de memoria y los usos públicos de la historia que diversos actores sociales han puesto en marcha durante las últimas décadas, con la finalidad de combatir el estigma de la lepra que ha marcado de manera profunda los imaginarios y narrativas colectivas sobre dicho municipio, asociándolo con la enfermedad, el encierro, el rechazo y el contagio. A través de diferentes iniciativas, lugares y prácticas de memoria se ha tratado de trascender la identidad del municipio como “ciudad del dolor” para resignificarlo como “ciudad de la esperanza”, destacando sus aspectos positivos y dando cuenta de las múltiples formas de resistencia que emplearon sus habitantes frente a las injusticias que tuvieron que afrontar en el pasado. Asimismo, el escudo, entendido como una historia gráfica, se inscribe dentro de una tradición muy particular de comprender y narrar la historia local protagonizada por los mismos habitantes de Agua de Dios —muchos de ellos enfermos de lepra— y que plantean un cuestionamiento crítico tanto a las políticas del Estado como a la historia oficial.

Imagen 1. Pintura del Escudo de Agua de Dios firmada por José Ángel Alfonso, 1990. Ubicada en el segundo piso del Teatro Luis Vargas Tejada, Agua de Dios. Fotografía: Sebastián Vargas Álvarez (2020).

En cuanto al diseño metodológico, para el desarrollo de esta investigación fue necesario realizar entrevistas, observación etnográfica, consulta de historiografía de y sobre Agua de Dios, revisión de archivo y análisis iconográfico y heráldico. Todo esto se llevó a cabo en el curso de los últimos años de interlocución con el municipio, sus instituciones y sus habitantes (2020-2025).

El texto está estructurado en cuatro partes. En un primer momento, se le brinda al lector una contextualización histórica general de Agua de Dios, describiendo sus características como leprosorio y su transición a municipio a mediados del siglo XX. El segundo apartado se centra en el escudo: sus contenidos y sentidos iconográficos, sus contextos de emergencia y uso, y su autor. Posteriormente se presentan otras prácticas y lugares de memoria en Agua de Dios —monumentos, murales, museos, archivos históricos, patrimonialización de edificios y ruinas, recorridos turísticos, etc.— que en muchos casos se alinean con las reivindicaciones históricas representadas en el escudo. Finalmente, el último apartado, a modo de conclusiones, da cuenta de cómo el escudo y otras creaciones o prácticas promovidas por diferentes emprendedores de memoria o historiadores locales han contribuido a la resignificación de Agua de Dios como “ciudad de la esperanza”, posibilitando lecturas alternativas del pasado del municipio y nuevas proyecciones a futuro.

Agua de Dios: de lazareto a municipio

Agua de Dios fue fundada como aldea en 1870 por parte de algunos enfermos de lepra y sus familiares que fueron expulsados de las vecinas poblaciones de Tocaima y La Mesa, por rechazo y miedo a la transmisión de la enfermedad.1 El nombre de la población proviene de la cercana cascada Los Chorros, a la cual se atribuyen propiedades curativas desde la época de la Conquista.2

La aldea se estableció sobre los terrenos comprados por el estado de Cundinamarca en 1867 con la intención de construir un leprosorio o lazareto para reunir allí a personas enfermas de lepra.3 Por lo tanto, el origen de la población está estrechamente ligado a la historia de dicha enfermedad y a las maneras en que las autoridades políticas, médicas y religiosas se ocuparon de ella en el pasado. Desde la época colonial existieron en lo que hoy es Colombia tres lazaretos o leprosorios: uno en Caño de Loro, en la isla de Tierra Bomba, a donde fue trasladado el hospital de San Lázaro de Cartagena de Indias en el siglo XVIII;4 uno en Contratación, en el departamento de Santander, que se remonta a inicios del siglo XIX;5 y el de Agua de Dios. El modelo de tratamiento predominante era el de mantener aislados a los pacientes para evitar el contagio y ofrecerles un consuelo espiritual.6

Durante sus primeras décadas de vida Agua de Dios fue creciendo gra-cias a los esfuerzos y autogestión de sus pobladores, que levantaron las primeras casas, edificaciones y caminos, a pesar de condiciones adversas como el clima extremo, el desabastecimiento de agua y las epidemias de viruela y fiebre amarilla. La primera escuela pública se construyó en 1886, y los pobladores se dedicaban en su mayoría a la agricultura y la elaboración de artesanías, que comerciaban con localidades aledañas. El Gobierno central, por su parte, financió parcialmente el leprosorio desde 1871, instituyó una Junta de Beneficencia que pretendía regular las relaciones sociales desde Bogotá y brindó una atención médica bastante esporádica. A través de periódicos como La Esperanza y La Voz del Proscrito los aguadioscenses manifestaron un pensamiento político crítico e independiente, en donde se exigía tratar a los enfermos de lepra como ciudadanos con derechos.7

Tras la aprobación de la Ley 104 de 1890 el Gobierno ordenó el aislamiento obligatorio de los enfermos de lepra en los lazaretos existentes, lo cual endureció las medidas de control en los puntos de entrada y salida de la aldea,así como la prohibición de bebidas embriagantes y juegos de azar.8 La orden religiosa de los Padres Salesianos arribó a Agua de Dios en 1891 e influyó directamente en la educación y el control social y moral de la población.9 Posteriormente, en 1897, llegarían las Hermanas de la Presentación. La presencia de las órdenes religiosas en el territorio desde finales del siglo XIX fortaleció el modelo de atención al paciente desde una perspectiva más religiosa que médica y permitiría acallar las voces críticas de la prensa local que tanto preocupaban a los gobiernos de la Regeneración.10

Con la llegada del siglo XX, y conforme los médicos colombianos fueron afianzándose como un gremio profesional, se fue consolidando un nuevo régimen biopolítico para el tratamiento de la enfermedad, denominado por Obregón como la “medicalización de la lepra”. Este régimen partía de comprender la lepra como una enfermedad infecciosa y en rápida expansión que ponía en riesgo el proyecto civilizatorio trazado por las élites gobernantes, por lo que era preciso detenerla; los médicos y el Estado eran los agentes llamados a controlar esta situación en nombre del bienestar de la nación. Los médicos de la época partieron de las teorías microbianas vigentes para “justificar en términos científicos viejas prácticas de exclusión” y detenerse “únicamente en su carácter de enfermedad infecciosa”. Como resultado, el modelo de salud pública aplicado se concentró “en evitar la infección y el aislamiento se convirtió en el único medio de prevenir el contagio de lepra”.11

En 1905, bajo el gobierno del presidente Rafael Reyes, se creó la Oficina Central de Lazaretos para administrar los leprosorios de Caño de Loro, Contratación y Agua de Dios, y dos años después la Ley 14 de 1907 ordenó “hacer real y efectivo el aislamiento o secuestración de las personas atacadas con la enfermedad de la lepra”.12 En torno a Agua de Dios se erigió un “cordón sanitario”, una alambrada de púas que delimitó el perímetro del poblado para evitar que los enfermos pudieran salir, así como para restringir el paso de personas externas. Se construyeron retenes o garitas de vigilancia para controlar el paso de personas sanas o enfermas, vigiladas por la Policía Nacional y por la policía interna o “enferma”, constituida por pacientes habitantes del lugar; también casas de “desinfección”, casas médicas y hospitales para tratar a los pacientes.13

Enfermos de lepra provenientes de todo el país eran llevados por la fuerza a Agua de Dios para su confinamiento; en menor medida, algunos iban por su propia voluntad y medios para ser atendidos en lo que se convirtió en el leprocomio más grande del país. Una vez allí, eran despojados de sus documentos de identidad y se les entregaba una “cédula de enfermo”, gesto simbólico que representaba, en la práctica, la pérdida de sus derechos civiles como ciudadanos y su marcación como enfermos sujetos a un régimen diferenciado por parte del Estado y la ley.14 Con el propósito de evitar la transmisión de la enfermedad y la comunicación con el exterior, se impuso el uso de una moneda propia al interior del lazareto, conocida como “coscoja”.15 Estas medidas serían reforzadas con lacreación de la Dirección Nacional de Lazaretos en 1918, que reemplazaría ala Oficina preexistente, y se mantendrían por casi medio siglo.

Imagen 2. Fragmento de alambre de púas del antiguo “cordón sanitario”, exhibido en el Museo Médico de la Lepra, Agua de Dios. Fotografía: Sebastián Vargas Álvarez (2019).

Imagen 3. Cédulas de enfermo, coscojas, implementos médicos y objetos personales exhibidos en la Casa de la Cultura de Agua de Dios.Fotografía: Sebastián Vargas Álvarez (2023).

Los pobladores de Agua de Dios, tanto sanos como enfermos, practicaron diversas tácticas de resistencia para enfrentar el cerco y el férreo control impuesto por las autoridades estatales, médicas y eclesiásticas: fugas y destrucción de partes de la alambrada; rebeliones y protestas; contrabando, elaboración y consumo de productos no permitidos como el alcohol; contraer matrimonio con personas sanas o de otras localidades; desobediencia a los tratamientos clínicos y auto-experimentación con diversos remedios y medicinas alternativas, como el aceite de chaulmugra (Hydnocarpus wightianus). Dichas tácticas fueron con frecuencia reprimidas duramente por el Estado, incluso apelando a la militarización del lazareto.16

Poco a poco, los conocimientos sobre la lepra y las formas de tratar la enfermedad fueron cambiando. Bajo los gobiernos de la República Liberal (1930-1946) se dio prioridad a la campaña antileprosa y se propuso el concepto de “curados sociales” para referirse a aquellos pacientes que habían recibido tratamiento y no constituían una amenaza de propagación de la enfermedad. El modelo de salud pública comenzó a enfocarse en la prevención, en la separación de los niños sanos de sus familiares diagnosticados de lepra, en un sistema de dispensarios de medicamentos y en las visitadurías médicas a los lazaretos. Pero fue sobre todo el descubrimiento de la efectividad del uso de sulfonas antimicobacterianas en el tratamiento de la lepra (hacia 1941 en Estados Unidos y 1945 en Colombia) lo que llevó a la comunidad médica y al Gobierno colombiano a abandonar la política aislacionista como estrategia predominante de contención de la enfermedad.17

Esto abrió las puertas para que el lazareto de Caño de Loro fuera abandonado (no sin antes ser evacuado y bombardeado por la Fuerza Aérea en 1950) y los lazaretos de Contratación y Agua de Dios comenzaran su transición hacia su constitución como municipios, a inicios de la década de 1960 18. En 1959 se radicó un proyecto de ley para reformar toda la legislación previa relacionada con el manejo de los lazaretos y restablecer los derechos civiles y políticos a los enfermos, pero solo hasta 1961 se promulgó la Ley 148 “que les reconoció totales derechos, consideró la lepra como enfermedad sometida a control y prevención, aumentó el subsidio de alimentación a los enfermos y autorizó a la asamblea de Cundinamarca para erigir en municipio el territorio de Agua de Dios, e igualmente al de Santander para crear el de Contratación”.19

Con la Ordenanza 78 de 1963 del departamento de Cundinamarca se creó el municipio de Agua de Dios, cuyo primer alcalde fue José Manuel Hurtado Lozano, propulsor de la ley de 1961. Se levantó definitivamente el “cordón sanitario” y se reemplazó el lazareto por el sanatorio (que hasta el día de hoy está a cargo de hospitales y albergues para enfermos) y por dispensarios móviles. Si bien las autoridades sanitarias continuaron con la administración de los establecimientos médico-hospitalarios, las nuevas autoridades municipales asumieron la gestión político-administrativa. La lepra pasó a denominarse “mal de Hansen” (en honor del científico noruego que descubrió el Mycobacterium leprae), en un intento por desestigmatizar la enfermedad y a sus portadores.20

Además de la abolición del encierro y el trato inhumano, la municipalización trajo varias ventajas y mejoras para los enfermos y para la población de Agua de Dios en general: “se inició algún tipo de terapia ocupacional […], se acometieron reformas en consultorios, hospitales y demás servicios médicos, y se mejoraron las condiciones higiénicas de la población construyendo alcantarillados, letrinas, mataderos, expendios de carnes y baños públicos de aguas termales”.21 Como anota la antropóloga Claudia Platarrueda, muchos de los pacientes, ahora con libertad de irse a otros lugares, continuaron viviendo y tratando su enfermedad en los municipios de Agua de Dios y Contratación, pues “los procesos de diagnóstico, de tratamiento y de asignación de subsidios siguieron estando atados en buena medida a los sanatorios recién constituidos bajo la tutela del Ministerio de Salud”.22 En 1997, bajo la presidencia de Ernesto Samper, el tradicional subsidio otorgado a los enfermos se subió para ajustarse a un salario mínimo legal vigente “bajo el argumento de la reparación del daño causado por el aislamiento forzado”, razón por la que muchos enfermos de Hansen en la actualidad guardan una especial gratitud a este presidente.23

A pesar de todos estos cambios, y de “la eliminación de la cerca de alambre de púas que durante cincuenta años había servido de ‘cordón sanitario’, no [se] modificó la percepción de la población sobre la lepra, ni la de los habitantes de los llamados lazaretos sobre su propia condición”.24 Como varias autoras han resaltado, la conversión de Agua de Dios en municipio no significó automáticamente que se dejara de relacionar dicha localidad con una historia de rechazo, aislamiento y temor al contagio. Por el contrario, incluso hasta la actualidad, persiste el “estigma hacia la población en tanto el contenido simbólico del territorio de la lepra continúa haciendo presencia en el imaginario nacional”.25

El escudo de Agua de Dios: un símbolo con historia(s)

Los escudos de armas hacen parte de los repertorios simbólicos que comunidades políticas y/o culturales como las naciones o las ciudades elaboran en sus procesos de construcción de identidad, memoria y sentido de pertenencia. El origen de este tipo de símbolos se remonta a las batallas del periodo medieval, en las que un arma defensiva comenzó a ser usada como emblema o ícono distintivo de las diversas familias, territorios o gobiernos. La heráldica, con el tiempo, se convirtió en el arte de diseñar e interpretar los escudos de acuerdo a sus tamaños, colores, formas y figuras.26 Podemos entonces definir al escudo de armas como una imagen que normalmente tiene una medida de cinco partes de ancho por seis o siete de alto, en la que se inscriben “una serie de representaciones que son las que pretenden simbolizar de una manera unívoca a un linaje, una población, una entidad, una corporación o cualquier otra realidad susceptible de ser idealizada mediante los esquemas de la heráldica”.27

Para comprender la historia del escudo de Agua de Dios debemos situarnos en 1970, cuando, apenas unos años después de su legalización como municipio, la población se preparó para conmemorar el primer centenario de su fundación. Para dicha ocasión las autoridades locales, lideradas por la alcaldesa Beatriz de Mogollón, nombraron una Junta Pro Centenario que se encargaría de gestionar los festejos y diversas actividades conmemorativas que tuvieronuna duración de diez días, desde la medianoche del 31 de julio hasta el 10 de agosto. Durante este lapso de tiempo se realizaron desfiles militares,28 conciertos de agrupaciones musicales (Viva la Gente, Los Ocho de Colombia), presentaciones de artistas (Los Tolimeneses, El Indio Rómulo), desfiles y presentaciones musicales y corales de los estudiantes de los colegios municipales, reinados de belleza, corridas de toros, funciones de teatro, espectáculos pirotécnicos,y exposiciones de artesanía y pintura.29 También se inauguró la biblioteca pública municipal y se llevaron a cabo representaciones históricas que hacían “alegoríade nuestros primeros enfermos llegando a la población, [lo] que fue una verdade-ra sorpresa”.30

Como parte de los festejos y actividades conmemorativas, la Alcaldía y la Junta Pro Centenario abrieron una convocatoria pública a la ciudadanía aguadioscense para la creación de los símbolos municipales: la bandera, el himno y el escudo de armas.31 Se trató de un auténtico proceso de “invención de la tradición” del nuevo municipio, pero apelando a la participación democrática y no meramente como una imposición gubernamental.32

La única bandera presentada, y que fue finalmente seleccionada por el jurado, fue diseñada y confeccionada por la hermana Carmen Enelia Niño Suárez de la Comunidad de las Hijas de los Sagrados Corazones. Consiste en tres franjas diagonales en colores azul, blanco y verde con una estrella de color rojo en la franja central. El himno declarado ganador, por su parte, fue compuesto por Armando Rodríguez Jiménez, paciente del mal de Hansen. En su coro y estrofas se expone, de manera poética y con tintes religiosos, la transición de un pasado de oscuridad y dolor a un presente-futuro de claridad y esperanza, y se destacan aspectos positivos característicos del municipio, como la composición diversa de la población (que proviene de diferentes regiones), las artes y la música.33 No existe información en los archivos consultados sobre otras propuestas de himno presentadas a concurso y no seleccionadas.34

Imagen 4. Collage con fotos del escudo de Agua de Dios sobre diferentes soportes, lugares y objetos. Elaboración: Juan Mojica Arias (2024) con fotografías de Sebastián Vargas Álvarez (2019-2023).

En cuanto al escudo, se sabe que fueron sometidas a evaluación varias propuestas, entre ellas una del pintor santandereano Víctor Álvarez, quien también participó de la exposición artesanal y de pintura del Colegio Salesiano Miguel Unia. En el álbum fotográfico del centenario de Agua de Dios que se conserva en la Casa de la Cultura del municipio se pueden observar fotografías del jurado analizando algunas de las pinturas enviadas a la convocatoria (Img. 5). Si bien en un principio el jurado consideró declarar desierto el concurso, finalmente se escogió el escudo realizado por un pintor que concursó bajo el nombre de “Tiziano”, seudónimo utilizado por José Ángel Alfonso, un joven paciente del mal de Hansen que comenzaba a desempeñarse como pintor autodidacta por entonces. No obstante, solicitaron al autor realizar algunos ajustes y modificaciones al diseño original antes de declararlo ganador.35 El escudo fue utilizado a partir de entonces como emblema de Agua de Dios, reproduciéndose en diversos lugares y formatos, aunque solo fue oficializado en 1990.36

Imagen 5. Anónimo, Fotografía de integrantes del jurado que revisan algunas de las propuestas para escudo presentadas a concurso. Álbum Centenario, Casa de la Cultura de Agua de Dios, 1970. Fotografía: Sebastián Vargas Álvarez (2023).

Siguiendo las normas de la heráldica y del análisis iconográfico37 proponemos la siguiente descripción del escudo de Agua de Dios: se trata de un escudo en forma suiza con bordura roja e hilo dorado, con un campo pleno (sin particiones) de color azul en la mitad superior y verde en la mitad inferior. En el centro se encuentran dos postes de alambres de púas, uno que yace derribado y el otro de pie, coronado con un gorro frigio de color rojo y sobre el que se superpone un caduceo de color dorado. En la base del escudo, o la zona del valle, se encuentran unas partituras musicales, y en el fondo una serie de montañas, una de las cuales ostenta una cruz. En la parte superior se despliegan once estrellas en medio círculo. La bordura superior contiene las palabras “Agua de Dios” y la inferior la frase “Fraternidad y paz”.38

Como se puede observar en la Imagen 1, el escudo está compuesto por una serie de elementos iconográficos, divisas o frases breves y figuras naturales, artificiales y simbólicas 39 que en su conjunto, y a partir de una configuración específica, narran una historia gráfica particular sobre el municipio. Gracias a la publicación del libro Pinceladas de Agua de Dios y a la entrevista que realizamos a José Ángel Alfonso, contamos con valiosos testimonios escritos y orales del propio autor del escudo que contribuyen a la explicación del discurso histórico e identitario que pretendió plasmar en la composición de este símbolo.

En la parte central del escudo encontramos los postes del antiguo “cordón sanitario”, que representan el pasado de aislamiento y represión padecidos por los habitantes de Agua de Dios, tanto sanos como enfermos, y derrotados por los avances de la medicina y la institución del nuevo orden democráticoy republicano, representados respectivamente por el caduceo y el gorro frigio.40 Alfonso recuerda que pintó los postes derrotados por el caduceo y el gorro ycon la alambrada rota “para significar el fin de esa opresión. Ya con la lucha de líderes cívicos se logró romper muchos mitos que existían sobre los enfermos. Fue una lucha muy dura, ¿no? Entonces entre ellas se terminó el cerco de alambrado y los retenes, ¿no? Entonces ya el enfermo tuvo mayor libertad parasalir de este pueblo a pueblos vecinos, de pronto ir a visitar la familia, o que vinieran aquí”.41

La partitura que se encuentra en la base de la composición es un pentagrama con las primeras notas del Intermezzo n.o 1, obra del maestro Luis Antonio Calvo, uno de los más célebres músicos del siglo XX colombiano y habitante de Agua de Dios. Se trata de un interesante intertexto que se inserta en el escudo, pues la obra de Calvo es, según Alfonso, “un canto de despedida a la madre y un canto de dolor. Quise incluir esa parte importante de la historia [que] habla sobre la despedida de los hijos con las madres, esa situación dolorosa de separación, porque se decía que el que traían aquí ya no volvía a salir de aquí”.42 La introducción de este artefacto cultural en particular, el Intermezzo n.o 1 de Calvo, evoca entonces una memoria traumática relacionada con el secuestro y reclusión de cientos de personas diagnosticadas de lepra en el otrora lazareto. Sin embargo, busca al mismo tiempo mostrar una faceta positiva del municipio, relacionada con su amplia tradición artística y cultural, y recuerda a uno de los principales compositores del país como su más destacado conciudadano.43

En la parte superior del escudo se puede observar un fondo azul celeste “significando los nuevos horizontes”, con las once estrellas “que representan las veredas que conforman el municipio”, mientras que en la parte inferior predomina el verde, “color de la esperanza”, y se escenifica el valle donde queda ubicado Agua de Dios en plena provincia del Alto Magdalena, con las montañas o serranías que se extienden al oriente del municipio, dentro de las cuales se destaca “el Cerro de la Cruz como símbolo de fe”.44 Vemos entonces que el escudo de armas hace una referencia explícita al territorio en donde se inscribe la población, resaltando sus accidentes geográficos y dando cuenta de su riqueza natural y paisajística. Así mismo, remite a su tradición religiosa, presente en el nombre mismo del municipio, y que se remonta a las peregrinaciones a las fuentes milagrosas de Catarnica y Los Chorros desde los tiempos coloniales, pasando por la influyente presencia de las órdenes religiosas desde finales del siglo XIX, y terminando con la constitución del Cerro de la Cruz como lugar sagrado en lo alto de uno de sus cerros tutelares.45

Finalmente, la bordura que rodea al escudo es una franja roja delineada en dorado. En el extremo de arriba aparece en letras mayúsculas el nombre de la ciudad y en el extremo de abajo la divisa “Fraternidad y paz”. Alfonso explica que esta frase la consideró adecuada como lema para el municipio, “pues, a pesar de todas las circunstancias que sufrió el enfermo, de ser apartado de la familia y todas estas cosas […], las personas querían siempre vivir en paz y fraternidad, ¿no? Y en ese tiempo era muy unida la gente, era solidaria. Entonces de ahí el lema: Fraternidad y paz”.46

Como ya se mencionó, el escudo de Agua de Dios solo fue ratificado como símbolo oficial por las autoridades municipales en 1990; sin embargo, su propagación como emblema identitario comenzó en la misma coyuntura del centenario de 1970. Según relata Alfonso, en el marco de los festejos de aquel año, y con el correr del tiempo, el escudo “hizo presencia en gallardetes, banderines y calcomanías de diferente especie, y los reconocimientos por mi valioso aporte de sentido histórico fueron muy elocuentes y estimulantes”.47 Hoy en día los habitantes y visitantes de Agua de Dios pueden encontrar el escudo, así como los colores de la bandera diseñada por la hermana Carmen Niño o las representaciones de la moneda “coscoja”, reproducidos en diferentes formatos, lugares y materialidades: monumentos, murales, publicidad, bancas públicas, suvenires, etc. De esta forma, podemos considerar la creación de José Ángel Alfonso no solo como un símbolo de la identidad local, sino como un auténtico “ícono secular”48 y, en términos del historiador Pierre Nora, como un “lugar de memoria”49 que cobra una especial relevancia en el presente de Agua de Dios.

No podemos terminar este apartado sin aludir a la historia de vida del autor del escudo, José Ángel Alfonso: pintor, maestro, historiador local y gestor cultural del municipio de Agua de Dios. Nacido en Charalá (Santander) en 1936, con tan solo nueve años de edad fue diagnosticado de lepra, separado de su familia y llevado al lazareto de Contratación; luego fue trasladado a Agua de Dios en 1952. Comenzó a dibujar durante su reclusión en el hospital Mariano Ospina Pérez, donde las Hermanas de la Presentación descubren e incentivan su talento artístico. En 1970, tras resultar elegida su propuesta para el escudo de Agua de Dios en el concurso público del centenario, es nombrado director de la Escuela Taller de Pintura, que se inauguró con el financiamiento de la Fundación Francisco van Galen (de sacerdotes salesianos provenientes de los Países Bajos) y funcionaría en uno de los albergues del sanatorio. En 1972 la escuela cambió de nombre a “Antonio van Uden”, en honor al creador de la fundación, y posteriormente fue conocida como la Escuela Primitivista de Agua de Dios. Alfonso fue director de la escuela durante las décadas de 1970 y 1980, formando a decenas de enfermos de Hansen en el arte de la pintura, con quienes participó en veinticinco exposiciones realizadas en Agua de Dios, Bogotá, Manizales, Duitama, Pereira, Girardot y Ámsterdam (Países Bajos).50 Con el tiempo, se fue convirtiendo en uno de los principales referentes de la pintura denominada “primitivista” de Agua de Dios y de Colombia, junto con otros destacados artistas como Noé León (a quien conoció y junto con quien expuso obra en 1975), en donde se destacan los paisajes autóctonos, las costumbres locales y el alto contraste de los colores.51 Participó en más de treinta y ocho exposiciones en Colombia y en el exterior (Países Bajos, Francia), e incluso uno de sus cuadros fue solicitado para adornar la Casa de Nariño, a pedido del presidente Belisario Betancur en 1984. También es autor de dos libros sobre la historia y la cultura de Agua de Dios.

Imagen 6. Tumba de José Ángel Alfonso en el Cementerio de Agua de Dios.Fotografía: Sebastián Vargas Álvarez (2022).

José Ángel Alfonso fue paciente del mal de Hansen y vivió en el Albergue Boyacá del Sanatorio de Agua de Dios hasta su muerte, acaecida en 2021. Como argumentaré más adelante, su legado se inscribe en una tradición intelectual, política y estética a través de la cual han sido los mismos pacientes de lepra quienes han confrontado los imaginarios estigmatizantes sobre Agua de Dios para narrar y difundir la historia del municipio a través de lenguajes tan diversos como la prensa, la literatura, la pintura o la historiografía. En la conversación que sostuvimos en 2020, poco antes de su fallecimiento, nos recordaba: “Las circunstancias me limitaron bastante. Sin embargo, yo traté de luchar para dejar una huella en mi paso por esta vida”.52

Otros lugares y prácticas de memoria en Agua de Dios

Al escudo y los demás símbolos identitarios creados en la coyuntura conmemorativa del centenario de 1970 les siguieron nuevas prácticas y lugares de memoria: monumentos, placas conmemorativas, museos y patrimonialización de edificios antiguos y ruinas, murales, libros de historia y de poesía, recorridos turísticos, entre otros, han ido apareciendo en el municipio en el transcurso de los últimos años y décadas, ya sea por iniciativa de las autoridades locales o de la ciudadanía.53 En este apartado revisaremos algunos de los más relevantes, prestando especial atención a su relación con el escudo de Agua de Dios y/o con las narrativas históricas que este símbolo visual proyecta.

Varias autoras han señalado cómo en los municipios que anteriormente fueron lazaretos, como Agua de Dios y Contratación —e incluso en las ruinas de Caño de Loro— se ha venido dando un proceso de construcción del espacio y el territorio en donde coexisten diversas capas de temporalidad y experiencia histórica. Son lugares cargados de memoria que remiten a diferentes épocas, palimpsestos marcados por vivencias de violencia y exclusión, pero tambiénde resistencia y dignidad.54 En Agua de Dios han venido apareciendo durante los últimos años nuevos artefactos, espacios y ejercicios de memoria que buscan resignificar las historias de trauma y dolor desde una perspectiva crítica conrespecto al tratamiento que históricamente le dio el Estado a la lepra y a los leprosos, a la vez que proyectan nuevas representaciones del municipio, nuevas capas de sentido relativas al paisaje natural, a las expresiones artísticas y culturales y a los atractivos turísticos de lugar. Tanto los símbolos, monumentosy lugares más antiguos, como los más recientes, obedecen al “esfuerzo de des-tacar la obra de benefactores públicos, de acuñar símbolos de identificación colectiva o de recordar fechas, sucesos y eventos memorables, mantienen perenne la presencia del pasado y brindan un sentido de particularidad histórica a dichas poblaciones”.55

En primer lugar, vale la pena mencionar los monumentos de Agua de Dios, situados en lugares como la plaza principal (Parque Luis A. Calvo) y el Parque Simón Bolívar.56 Además de las estatuas y bustos de próceres de la Independencia, similares a los que encontraríamos en cualquier municipio colombiano —en el caso de Agua de Dios se trata de un monumento a Simón Bolívar— existen en estos espacios públicos aguadioscenses monumentos relacionados con la historia local. Por ejemplo, el monumento al compositor Luis A. Calvo en la plaza principal, el busto a Carrasquilla en la plazoleta ubicada frente al edificio que lleva su nombre, sede principal del Sanatorio de Agua de Dios (y en donde también se encuentra ubicado el Archivo Histórico del Sanatorio, actualmente cerrado al público por mantenimiento), el Monumento a los Fundadores, en el Parque Bolívar contiguo a la biblioteca pública, y el Monumento a la Coscoja, en el patio del Hospital Alejandro Herrera Restrepo.

El primero en ser erigido fue el monumento a Calvo, que lo representa sentado tocando el piano. La obra, del escultor Fernando Montañés, fue inaugurada en enero de 1974 y se materializó gracias a la financiación del Gobierno nacional gestionada por el Comité Pro Monumento a Calvo, del cual el histo-riador cundinamarqués Roberto Velandia fue presidente.57 Asimismo valela pena destacar el Monumento a los Fundadores, que nos interesa particularmente porque reproduce en su diseño el escudo de Agua de Dios. Se inauguró en el año 2000, con motivo de los 130 años de fundación de la ciudad, y es una alegoría del hecho fundante del territorio, que a su vez simboliza varios de los elementos claves de su historia (las aguas curativas, la medicina, el cerco sanitario, la religión):

[L]a escultura se forma con la figura de tres bastones que significan el apoyo de los enfermos y ancianos, los que rodean una pilastra con simetría triangular apareciendo en su frente principal el escudo de Agua de Dios cincelado en piedra, y en el frontal derecho los nombres grabados de los fundadores de la ciudad y a la izquierda la letra del himno de Agua de Dios. En la plataforma circular más elevada está la pirámide con el ojo de la Trinidad de Dios, de donde brota una fuente de agua que cae sobre una más baja plataforma también circular que despliega el agua de la fuente en su caída a la pila de geometría hexagonal, con lo que se significa el origen del nombre de la ciudad AGUA DE DIOS. El área se complementa con los espacios cubiertos con plantas ornamentales y lo encierra un bonito enrejado de metal, que recuerda el legendario cerco de alambrado que en el pasado circundó el perímetro de la población.58

Imagen 7. Monumento a los fundadores, Agua de Dios. Fotografía: Sebastián Vargas Álvarez (2023).

Es también común encontrar estatuas, bustos, placas conmemorativasy otras marcas de memoria relacionadas con los aportes de las comunidadesreligiosas y los sacerdotes, particularmente los salesianos, en Agua de Dios. Se destacan las referencias a los padres Miguel Unia y Luis Variara, quienes llegaron a Agua de Dios en la última década del siglo XIX; la principal institución educativa del municipio lleva el nombre de Unia, mientras que existe una avenidacon el nombre de Variara. Platarrueda sostiene que las memorias que existen sobre la obra de los Salesianos en Agua de Dios son generalmente positivas, lo cual se refuerza con su actual presencia religiosa y educativa en el municipio:“en las narraciones orales y escritas que rememoran los tiempos de antaño, se concede un especial reconocimiento a la labor salesiana en los lazaretos. A diferencia de la actitud de distanciamiento atribuida a los médicos, se manifiesta gratitud hacia los padres y hermanos de la comunidad por haber establecido con los enfermos relaciones mucho más cercanas y menos escrupulosas”.59 No obstante, también existen puntos de vista críticos con respecto a la labor de las órdenes religiosas en el pueblo, toda vez que “fueron promotores y participaron activamente de la expansión infraestructural de los lazaretos” y “llegaron a acumular poder como autoridad moral, política y económica”, dando su consentimiento a “las medidas de separación y aislamiento”.60 También existen monumentos memoriales, como el Monumento a los Caídos en el cementerio de la población, en homenaje a los enfermos asesinados durante la violenta represión de la revuelta de octubre de 1931.61

Otra de las capas relevantes que constituyen la red de lugares de memoria en Agua de Dios son las edificaciones antiguas, tanto en funcionamiento como aquellas que se encuentran en estado de ruina, que vienen siendo objeto de un proceso de patrimonialización tanto oficial como no oficial: hospitales, albergues, teatros, antiguos retenes, casas de desinfección, casas médicas, etc., en muchos de los cuales opera aún el sanatorio y se continúa atendiendo actualmente a pacientes con el mal de Hansen. Dentro de las edificaciones que siguen en operación se destacan el Edificio Carrasquilla, la Casa Médica, el Hospital Herrera Restrepo, el Teatro Vargas Tejada y el Colegio Departamental Miguel Unia; mientras que las ruinas más conocidas son el Puente de los Suspiros, la Casa de Desinfección, el Hospital San Rafael y algunos retenes antiguos.62 Es importante mencionar que gracias al trabajo de gestores culturales y emprendedores de memoria de Agua de Dios y Contratación se logró la promulgación de la Ley 1435 de 2011, por la cual se declaran como patrimonio cultural de la nación algunos inmuebles antiguos de ambos municipios, con lo cual se promueven medidas para su cuidado y preservación.63 Actualmente en Agua de Dios existen varias personas que ofrecen recorridos turísticos en estos lugares, incluyendo el perímetro del antiguo “cordón sanitario”, recopilan objetos y documentos sobre el lazareto y realizan publicaciones en redes sociales como parte de un trabajo de divulgación histórica y reactivación económica del municipio.64

Resulta también indispensable mencionar en este apartado al Archivo Histórico del Sanatorio, que durante los últimos años, con el apoyo del Archivo General de la Nación, ha adelantado un proceso de profesionalización y sistematización que garantiza que la documentación del lazareto, que se remonta a finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, sea conservada y esté disponible para futuras investigaciones históricas.65 Por su parte, el Museo Médico de la Lepra, actualmente con sede en el Albergue San Vicente, reúne objetos y documentos de la historia de Agua de Dios desde su época como lazareto y aborda la historia del tratamiento de la lepra, así como de las medidas de aislamiento y control de las cuales fueron sujetos los pacientes durante varias décadas. El museo fue inaugurado en 2009, y su curador y principal impulsor fue el médico e historiador de la medicina Hugo Sotomayor.66 Otros museos o colecciones museográficas importantes en Agua de Dios son el Museo Casa Luis A. Calvo; el Museo Histórico Fotográfico, impulsado por el periodista y emprendedor de memoria Jaime Molina, pero que actualmente está cerrado; y la Casa de la Cultura del municipio, en donde se exhiben algunas colecciones privadas dadas en comodato.67

Por último, es preciso referirnos a una expresión de memoria de más re-ciente aparición en los espacios públicos de Agua de Dios: los murales.Reconocemos principalmente dos: el de la plazoleta frente al Edificio Carras-quilla (del cual desconocemos autor y fecha de realización) y otro en la carrera 9 entre calles 15 y 16 (titulado Un encuentro histórico y colorido, realizado por Jesús Ballesteros y Jeniffer García). Se trata de murales que reproducen y escenifican visualmente varias de las imágenes, símbolos y narrativas propias de la historia y la identidad del municipio: la despedida de los familiares en el Puente de los Suspiros; el alambrado o “cordón sanitario”; la policía externa y la policía enferma; la presencia de religiosos y médicos durante la época del lazaretoy después; la moneda “coscoja”; pasajes de la novela La ciudad del dolor deAdolfo León Gómez, poemas de Rosita Restrepo; la cascada de Los Chorros y el Cerro de la Cruz, entre otros. Cabe decir que en los dos murales se incluyó el escudo de Agua de Dios, y en el de la carrera 9 también se retrató a su creador, José Ángel Alfonso.

Imagen 8. Jesús Ballesteros y Yeniffer García, Un encuentro histórico y colorido, mural. Fotografía: Sebastián Vargas Álvarez (2022).

Imagen 9. Portada de la tercera edición (1926) de La Ciudad del Dolor, ejemplar que se conserva en la Biblioteca de Filosofía y Teología Mario Valenzuela S.J. de la Pontificia Universidad Javeriana.Fotografía: Sebastián Vargas Álvarez (2023).

Como puede observarse, los lugares y prácticas de memoria en Agua de Dios son diversos y obedecen a una multiplicidad de formatos, materialidades y lenguajes. Sin embargo, poseen una característica en común: se aproximan al pasado del lazareto para remarcar una historia singular del territorio, signada por las experiencias traumáticas pero también por las tácticas de resistencia de sus habitantes, a la vez que buscan combatir los imaginarios estigmatizantes sobre Agua de Dios, dando cuenta de otros aspectos de la población no necesariamente relacionados con la historia de la lepra y su tratamiento.

De la ciudad del dolor a la ciudad de la esperanza.Historias subalternas, ciudadanas y locales de aislamientoy resistencia

En 1923 la Imprenta de Sur América publicó La ciudad del dolor. Ecos del cementerio de enterrados vivos y presidio de inocentes, libro del jurista, periodista, político y escritor Adolfo León Gómez. En el texto, de carácter autobiográfico, el autor narra su experiencia tras ser diagnosticado de lepra e internado en el leprosorio de Agua de Dios, y esgrime contundentes críticas contra la gestión estatal de la lepra, que más allá de controlar o curar la enfermedad privaba a los enfermos de sus derechos ciudadanos y multiplicaba su sufrimiento.68 A partir de entonces, en diversos medios y en los imaginarios colectivos de los colombianos, Agua de Dios pasó a denominarse como “La Ciudad del Dolor”. Cuarenta años después, en 1963, durante los actos públicos celebrados por la oficialización de Agua de Dios como municipio, el ya citado historiador Roberto Velandia la rebautizó como “La Ciudad de la Esperanza”. Con ello pretendía deslindar a Agua de Dios de las representaciones negativas que la ataban a una historia de aislamiento y tormentos a causa de la lepra, y resaltar su nuevo estatus como municipio que buscaba superar un pasado aciago caminando esperanzado hacia un nuevo porvenir.69

Comienzo esta parte final del artículo con las referencias a Gómez y Velandia, pues suele encontrarse en el escudo de Agua de Dios y en otras manifestaciones de la memoria local una constante tensión dialéctica entre la “ciudad del dolor” y la “ciudad de la esperanza”. Incluso hoy en día es común, en recorridos turísticos o visitas a los museos o lugares de memoria aguadioscenses, que los emprendedores de memoria locales hagan alusión a una transición de la ciudad del dolor hacia la ciudad de la esperanza, proceso que describen como aún en construcción. En las narrativas contemporáneas sobre el territorio esto se evidencia en dos tendencias: por un lado, en la persistente evocación de las violencias del régimen aislacionista, pero también de las resistencias de los antiguos habitantes del lazareto, de “la ciudad del dolor”; por otro, en la referencia constante a aquello que constituye la “ciudad de la esperanza” actual. El objetivo común, en ambos casos, es contribuir a la desestigmatización del municipio, a que deje de ser asociado de manera exclusiva, por propios y visitantes, con una historia de enfermedad y padecimientos.

En cuanto a lo primero, los diversos relatos dan cuenta de cómo era la vida durante la época del leprocomio, denuncian la ausencia de derechos civiles y el trato inhumano frente a los enfermos, sus familiares y demás habitantes. En algunos casos, se utiliza el lenguaje contemporáneo para referirse a estas acciones como violaciones a los derechos humanos, llegando incluso a comparar lo sucedido con experiencias propias del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial como las del campo de concentración y la experimentación médica.70 Pero, y esto es lo interesante, se lo hace desde una retórica que no representa a los enfermos de lepra como víctimas pasivas, sino que destaca su agencia histórica a través del relato de las múltiples formas de resistencia que pusieron en marcha para sobrevivir de la manera más digna posible en el sistema biopolítico que los confinó en el lazareto:

Todos aprendieron a resistir. Conocemos hoy un sin número de estrategias empleadas por los enfermos y sus convivientes para eludir el cumplimiento de las leyes interpuestas. Estrategias como esconderse en baúles de carros, escapando a los retenes, caminando por trochas llamadas desechos, o en el caso de hijos sanos de padres enfermos que se camuflaban entre los bultos de los mercados. Otros mecanismos de resistencia, que si bien no vulneraban la ley conferían al enfermo una capacidad de agencia, fueron los reinados, el teatro, las fiestas y todos los eventos que involucraban a la comunidad de enfermos, dando la posibilidad de desarrollar una cotidianidad semejante a la de las personas “sanas”, poniendo en tensión la dicotomía sano-enfermo […]. Aunque la restricción con respecto a casarse fue una de las prohibiciones más consolidadas y representativas, ningún tipo de aislamiento era efectivo para quienes querían hacerlo. Los enfermos evadían el cerco de los lazaretos para casarse en las parroquias de los poblados vecinos, contando con el consentimiento de sacerdotes que preferían vulnerar la ley del Estado a dejar que se consolidaran familias fuera del matrimonio, idea contraria al mandato de la Iglesia católica para la época.71

Con respecto a lo segundo, el escudo y las demás expresiones de la memoria local dan cuenta de diversas características que permitirían resignificar a Agua de Dios como la “ciudad de la esperanza”: entre ellas, encontramos la referencia a la solidaridad y fraternidad de sus gentes, lo cual sería vital para materializar las tácticas de resistencia recién mencionadas; su carácter multicultural, derivado de la composición de su población, proveniente de las distintas regiones del país; su riqueza natural y paisajística, que la impulsan como una localidad atractiva para las actividades agrícolas, comerciales y turísticas; y su tradición artística y cultural, representada principalmente en la música de Calvo, la literatura de Gómez y otros poetas locales, la pintura de artistas como Alfonso (que lleva la impronta de la formación artística y cultural de los Salesianos) y la presencia de periódicos locales desde el siglo XIX.72

El escudo de Agua de Dios integra en su composición varios elementos iconográficos que en su conjunto configuran una representación visual de la “ciudad de la esperanza”: el lema “Fraternidad y paz”, las montañas (incluyendo el Cerro de la Cruz), el cerco de alambre derribado, las partituras, etc. Como hemos visto a lo largo del texto, muchos de estos elementos, y aún el mismo escudo, son replicados en diversos lugares y expresiones de memoria del municipio, lo cual ha contribuido a reafirmar la identidad local en clave de “esperanza” y trascender la estigmatización asociada al “dolor”.

En las poéticas palabras del autor del escudo de Agua de Dios, la sumatoria de estos elementos configura “toda una herencia cultural acrecentada en cada día, y que se iza por los cielos como blasón de libertad y dignidad”. El paso de Agua de Dios de lazareto a municipio trajo “a estos lares nuevas primaveras y su gente se esmera con optimismo por corresponder con altura al significativo título de ‘La Ciudad de la Esperanza’, los ciudadanos engalanaron su pueblo para presentarlo como la herencia nueva, enriquecida con el cariño de todos”.73 En la entrevista que le realizamos en el Albergue Boyacá Alfonso nos confesaba su satisfacción por haber aportado a la construcción de un nuevo sentido del municipio como “ciudad de la esperanza”:

[M]e da mucha complacencia y orgullo haber podido escribir algo sobre este pueblo […]. Todo lo que se trate con difundir la nueva imagen de Agua de Dios es importantísimo, ¿no? Porque le decía antes que costó mucho trabajo superar esas etapas, etapas muy dolorosas […], el estigma social fue, es muy terrible […]. Para mí es un orgullo para Agua de Dios, porque siempre lo hice a nombre de Agua de Dios. Yo fui uno de los primeros, como se dice, que llevó una imagen nueva del pueblo de Agua de Dios a muchas partes del país y fuera del país. Entonces eso me satisface, haber cumplido esa labor, para así cambiar la imagen que se tenía de este pueblo.74

Este testimonio nos permite arribar a nuestra reflexión final: el escudo de armas de Agua de Dios hace parte de una larga tradición intelectual, estética y política de escritura de la historia sobre Agua de Dios, elaborada desde una perspectiva local por los propios pacientes de la enfermedad de Hansen. Es un eslabón de una extensa cadena de producciones de sentido histórico acerca del territorio que se ha configurado a través de múltiples géneros, lenguajes y formatos (literarios, periodísticos, historiográficos, sonoros, visuales, etc.) desde un lugar de enunciación subalterno. Considero que es una tradición de “historias subalternas” en dos sentidos: primero, porque fueron elaboradas por sujetos marginalizados o subalternizados por su condición de enfermos que debían aislarse de la sociedad; segundo, porque se constituyen en relatos alternativos que cuestionaron las políticas estatales vigentes en su época y se contraponen a una historia oficial que legitima el proyecto civilizatorio y de progreso del Estado nación moderno.75

Imagen 10. Estudiantes de la Universidad del Rosario entrevistan a Ángel Cucuñame, emprendedor de memoria local, durante recorrido por el perímetro del antiguo “cordón sanitario”. Fotografía: Sebastián Vargas Álvarez (2023).

Sin la pretensión de ser completamente exhaustivos, podríamos incluir en esta tradición los periódicos del siglo XIX como Esperanza y La Voz del Proscrito, a través de los cuales se denunciaron las crueldades del régimen aislacionista y se reclamaron los derechos civiles limitados o sustraídos a los enfermos;76 el Intermezzo n.o 1 del maestro Luis A. Calvo (1913); el relevante libro Apuntamientos para la historia de Agua de Dios, 1870-1920, de Antonio Gutiérrez Pérez (1925), enfermo de lepra llegado a Agua de Dios en 1873;77 el ya citado libro La ciudad del dolor de Adolfo León Gómez (1923); las poesías de Rosa Restrepo Mejía (1889-1969); el escudo de Agua de Dios pintado por José Ángel Alfonso y el himno del municipio compuesto por Armando Rodríguez (1970); las obras de investigadores y cronistas locales como Edgar Rodríguez, Luis Antonio Martínez, Jaime Molina, Jaime Andrei Puentes y el mismo Alfonso;78 y los lugares y prácticas de memoria más recientes llevados a cabo por los aguadioscences en el transcurso de los últimos años.79

En conclusión, es posible afirmar que el escudo de Agua de Dios es una historia gráfica de este lazareto devenido en municipio, de la antigua ciudaddel dolor que se proyecta a futuro como ciudad de la esperanza, elaborada desde una perspectiva local y subalterna inscrita en una tradición que se remonta a finales del siglo XIX. Asimismo, se trata de un ejercicio de historia popular y ciudadana, pues las motivaciones para su elaboración no provienen del Estado o las autoridades municipales —como casi siempre ocurre con las historias oficiales o los símbolos patrios— sino que parten de la comunidad, de los ciudadanos mismos, en este caso aquellos aquejados por el bacilo de la lepra y que históricamente fueron marginados. Por último, quisiera defender la idea de que el escudo es un ejercicio de historia pública,80 en la medida en que busca narrar la historia de Agua de Dios a públicos amplios y diversos, apelando a un lenguaje que no se limita al texto escrito académico o especializado, para generar transformaciones sociales positivas en su contexto, como el mismo Alfonso lo reconoció al hacer referencia a su responsabilidad, como enfermo de Hansen que vivió la época del lazareto, de investigar y difundir la historia a las nuevas generaciones de aguadioscenses.81

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Cómo citar:

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  2. 2. En el siglo XVI, Gonzalo Jiménez de Quesada, el conquistador español que fundó Bogotá, llegó a este lugar en busca de sus aguas terapéuticas para aliviar sus dolencias. Según el historiador Pedro María Ibáñez, Jiménez murió de lepra en Mariquita en 1579, lo que refuerza la teoría de que sería el “primer leproso” de la historia colombiana, y de que la introducción de la enfermedad a nuestro territorio se hubiera dado por vía de la expansión europea. Velandia, Enciclopedia, 559; Diana Obregón, Batallas contra la lepra. Estado, medicina y ciencia en Colombia (EAFIT/Banco de la República, 2002), 9.

  3. 3. Según la definición más reciente de la Orga-nización Mundial de la Salud, la lepra o mal de Hansen es una enfermedad infecciosa crónica causada por la Mycobacterium leprae, que afecta principalmente a la piel, los nervios periféricos, la mucosa de las vías respiratorias superiores y los ojos. Si no se trata, puede causar discapacidad progresiva y permanente. Las bacterias causantes de la enfermedad se transmiten a través de las gotículas expulsadas por la boca y la nariz cuando hay un contacto estrecho y frecuente con una persona infectada que no haya recibido tratamiento. La lepra se puede curar asociando varios fármacos en el tratamiento. Además de las deformaciones físicas, los afectados sufren también estigmatización y discriminación. Véase: “Lepra (mal de Hansen)”, Organización Mundial de la Salud, 24 de enero de 2025, https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/leprosy.

    Se trata de una enfermedad de la cual existe registro desde las civilizaciones antiguas y a la cual se le han atribuido significados culturales, sociales y religiosos relacionados con el pecado, la suciedad, la podredumbre y el contagio. Esto explica que, en diferentes contextos, la lepra se haya relacionado con el estigma y el rechazo social, y los leprosos hayan sido considerados como parias o marginados. De allí la importancia de aproximarnos a esta enfermedad no solo desde un punto de vista médico o patológico sino, como lo propone la socióloga e historiadora Diana Obregón, desde los procesos de “construcción social de la enfermedad”. Obregón, Batallas, 24-33.

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  13. 13. Carlos Eduardo Nieto, María Teresa Buitrago y María Stella Rodríguez, “La lepra. Conformación y decadencia del hecho fundante del territorio deAgua de Dios, Colombia”, Estoa. Revista de laFacultad de Arquitectura y Urbanismo de la Uni-versidad de Cuenca 11, n.o 22 (2022): 157-169.

  14. 14. Luis Antonio Martínez, Bajo el ardiente sol de Agua de Dios (Arte Láser Publicidad, 2001).

  15. 15. Andrés Yepes, “La moneda de los lazaretos. Acuñación para la circulación exclusiva entre los leprosos”, Guía de estudio Banco de la República 61 (2007): 1-4.

  16. 16. Obregón, Batallas, 230-231; Platarrueda, La voz, 161-162; Natalia Botero, Jessica Mora y Nelson Quesada, “Historia oral y memoria de los enfermos de Hansen en dos lazaretos de Colombia. Trayectorias de vida, conflictos y resistencias”, História, ciências, saúde. Manguinhos 24, n.o 4 (2017): 1001; María Teresa Buitrago, “Mística, yerbas santas y solidaridad. Memoria del cuidado no médico de la lepra en Agua de Dios”, Revista ciencias de la salud 17 (2019): 88-108.

  17. 17. Obregón, Batallas, 334-378; Botero, Mora y Quesada, “Historia”, 990.

  18. 18. Adriana Alzate, “El bombardeo del Lazareto de Caño de Loro, Cartagena de Indias, 1950: un experimento sanitario y militar”, Historia Caribe, 29, n.o 47 (2025): 159-196.

  19. 19. Velandia, Enciclopedia, 569.

  20. 20. Velandia, Historia, 133-135; Obregón, Ba-tallas, 334-378.

  21. 21. Obregón, Batallas, 337.

  22. 22. Platarrueda, La voz, 109.

  23. 23. Nieto, Buitrago y Rodríguez, “La lepra”, 165.

  24. 24. Obregón, Batallas, 365-366.

  25. 25. Nieto, Buitrago y Rodríguez, “La lepra”, 158.

  26. 26. José Antonio Vivar del Riego, “Taller de heráldica. Cómo describir y diseñar un escudo”, en De sellos y blasones: miscelánea científica, editado por Juan Carlos Galende, Nicolás Ávila y Bárbara Santiago (Universidad Complutense de Madrid, 2012), 413-477.

  27. 27. Vivar del Riego, “Taller”, 440.

  28. 28. La descripción que formulara un testigo e historiador local de estos desfiles militares es muy significativa; se perciben allí las huellas mnémicas de la represión y vemos también cómo la coyuntura conmemorativa ofreció un marco propicio para un ejercicio de resignificación: “Hacia las 8 de la mañana las autoridades y toda la población se volcó a las vías principales para observar el primer desfile militar […]. Fue, posiblemente, la primera vez que vimos entre nosotros la tropa no en plan de persecución de los enfermos y sanos, sino celebrando y compartiendo con nosotros la alegría del festejo”. Martínez, Bajo, 231-232.

  29. 29. Martínez, Bajo, 231-234; Alfonso, Pinceladas, 74-81.

  30. 30. Martínez, Bajo, 232.

  31. 31. Para ello, la junta designó como jurados al padre Diego Medellín y a los señores Carlos Muñoz Jordán, Carlos Mujica y José Luis Oyaga. Martínez, Bajo, 233.

  32. 32. Sobre el concepto de “invención de la tradición”, véase: Eric Hobsbawm y Terence Ranger (eds.), La invención de la tradición (Crítica, 2012). Para un estudio histórico del papel de los himnos, banderas, escudos y otros símbolos en la constitución de comunidades imaginadas, particularmente en el caso brasileño, véase: José Murilo de Carvalho, La formación de las almas. El imaginario de la República del Brasil (Universidad Nacional de Quilmes, 1997). Propongo un estudio específico de los himnos como dispositivos de memoria en: Sebastián Vargas Álvarez, Desentonando el himno de Bogotá. Historia y crítica de un símbolo (Universidad del Rosario/Universidad Javeriana, 2014).

  33. 33. La transcripción completa del himno de Agua de Dios es la siguiente: “Coro. Somos hijos de toda Colombia, el amor conjugó nuestras almas. No hay extraños y somos hermanos, bajo el sacro pendón de la Patria. Juventud floreciente y altiva, en tus manos levanta la llama, de ideales de paz y grandeza, que este pueblo ha encendido en tu alma. I. ¡Oh ciudad! Hoy tus hijos te ofrendan, con orgullo el vibrar de su canto, y construyen con fe tu grandeza, en la escuela, el taller y el campo. II. Ya las noches que fueron de angustia, se trocaron en sol de esperanza, y naciendo de nuevo a la vida, damos gracias a Dios y alabanzas. III. Hoy sus notas marciales entonan, los clarines del himno triunfal, es un grito que llena horizontes, ¡libertad!... ¡libertad!... ¡libertad! IV. Han saltado por fin las cadenas, y renacen la fe y la esperanza, y se yerguen lozanas y alegres, de su angustia mortal nuestras almas. V. Los varones ilustres que fueron, paladines de heroica grandeza, con la pluma y el arte escribieron, un ritual de perenne belleza. VI. Mensajeros de Dios nos legaron, de la ciencia raudales de luz, y el dolor escribió su consuelo, ¡gratitud!... ¡gratitud!... ¡gratitud!”.

  34. 34. Alfonso, Pinceladas, 219; Martínez, Bajo, 83-84.

  35. 35. Martínez, Bajo, 233-234; Alfonso, Pinceladas, 81.

  36. 36. Concejo de Agua de Dios, “Acuerdo Muni-cipal 009 de 1990, por medio del cual se reconoce legalmente como autor del himno de Agua de Dios, reconoce como autora de la bandera de Agua de Dios, reconoce como autor del escudo de la ciudad de Agua de Dios”.

  37. 37. Vivar del Riego, “Taller”; Peter Burke, Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico (Crítica, 2005).

  38. 38. Velandia, Enciclopedia, 574; Alfonso, Pince-ladas, 222.

  39. 39. Vivar del Riego, “Taller”, 448-451.

  40. 40. Curiosamente, al pintar el escudo de Agua de Dios (y también al describirlo posteriormente) Alfonso confunde el caduceo —un símbolo del comercio asociado con el dios griego Mercurio— con la vara de Esculapio, símbolo de la medicina desde la antigüedad. Esta confusión es entendible, pues se trata de símbolos similares, aunque distintos: el caduceo es un cetro alado rodeado por dos serpientes, mientras que la vara de Esculapio es un bastón rodeado por una serpiente; cabe recordar, además, que en los Estados Unidos se utilizó el caduceo, y no la vara de Esculapio, como símbolo de la medicina. El gorro frigio, por su parte, se asocia con la libertad y la institución de un orden republicano desde la Revolución Francesa de 1789. Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos (Labor, 1992), 113-114, 219; Paul Young et al., “La vara de Esculapio, símbolo de la medicina”, Revista médica de Chile 141, n.o 9 (2013): 1197-2001.

  41. 41. José Ángel Alfonso, entrevista por Sebastián Vargas, Daniela Luque, Andrés Jiménez, Jessica Vargas y Paula Prada, 6 de marzo de 2020.

  42. 42. Alfonso, entrevista.

  43. 43. Luis Antonio Calvo nació en Gámbita (San-tander) en 1882 y falleció en Agua de Dios en 1945. Es considerado uno de los más importantes compositores musicales colombianos de la primera mitad del siglo XX. Fue diagnosticado de lepra en 1916, por lo que fue llevado al lazareto de Agua de Dios, en donde compuso la mayoría de sus obras. Ellie Anne Duque, “Luis A. Calvo (1882-1945): en el cincuentenario de su muerte, un análisis de su obra musical”, Credencial historia 72 (1995): 13-15; William Felipe Cardona, “Luis A. Calvo, el pájaro que trina en la ciudad del dolor”, Bogotá cuenta las artes 1, n.o 1 (2013): 18-25.

  44. 44. Alfonso, Pinceladas, 222.

  45. 45. En 1915 se colocaron tres cruces en uno de los cerros ubicados al sur de Agua de Dios. “Con el correr de los años tan solo quedó la del centro que había sido forrada en cinc y ha podido resistir los rigores de la intemperie”. Posteriormente, en 1926, esta fue reemplazada por una cruz de cemento, “instalada como símbolo de la fe católica y como identidad propia de Agua de Dios”. Martínez, Bajo, 65, 149. El Cerro de la Cruz continúa siendo un sitio de peregrinación religiosa y turística tanto para habitantes como para visitantes del municipio.

  46. 46. Alfonso, entrevista. Las divisas son lemas o frases cortas que, a través de conceptos abstractos, reproducen ciertas características históricas, culturales o morales de las entidades representadas en los escudos. Como señala Vivar del Riego, “nada tiene de extraño que un escudo heráldico pueda acoger palabras, mensajes escritos. Las divisas son frases breves que comparten la función caracterizadora del escudo, sirviendo de identificación para un linaje, un municipio, etc.”. Vivar del Riego, “Taller”, 469. Por ejemplo, en el escudo de Colombia, cuya versión actual fue oficializada en 1924, aparece la divisa “Libertad y orden”. Enrique Ortega Ricaurte, Heráldica nacional (Banco de la República, 1954).

  47. 47. Alfonso, Pinceladas, 81.

  48. 48. Cornelia Brink, “Íconos seculares. Las fotografías de los campos de concentración nazis”, Punto de vista 26, n.o 76 (2003): 11-17; Alessandra Merlo, “La memoria en los ojos. Reflexiones sobre imágenes e historia: ¿podemos definir un repertorio colombiano?”, Memoria y sociedad 20, n.o 40 (2016): 10-24.

  49. 49. Pierre Nora, Pierre Nora en Les lieux de mémoire (Trilce, 2008).

  50. 50. Alfonso, Pinceladas; Alfonso, entrevista.

  51. 51. Si bien la mayoría de las pinturas de Alfonso retratan el paisaje urbano y rural de Agua de Dios, retomando los temas clásicos de la pintura costumbrista de los siglos XIX y XX, existen algunas de sus obras en donde se reflejan aspectos históricos puntuales del territorio, y que podemos relacionar con los elementos presentes en el escudo de Agua de Dios. Por ejemplo, en Paz o guerra aparecen personas encerradas al interior de una alambrada (una probable referencia a la práctica del secuestro por parte de la guerrilla de las FARC en la década de 1990); en Cascada se hace alusión al mito fundacional de Agua de Dios: las aguas curativas de Los Chorros; y en Mi gente y Campo feliz aparece el Cerro de la Cruz como un referente geográfico y cultural. “Jose Angel Alfonso”, International Leprosy Association-History of Leprosy, https://leprosyhistory.org/art/database/artist47.

  52. 52. Alfonso, entrevista.

  53. 53. En este apartado usaré el concepto de “emprendedores de memoria”, propuesto por Elizabeth Jelin, para referirme a algunas personas que, desde la sociedad civil, han impulsado iniciativas de memoria en Agua de Dios. Elizabeth Jelin, Los trabajos de la memoria (Siglo XXI, 2002), 48-49; Julián Vargas Espitia, “Disputas por el pasado y emprendedores de memoria en Agua de Dios (Cundinamarca)” (tesis de pregrado, Universidad del Rosario, 2025). Por otra parte, es preciso recordar que un lugar de memoria puede ser material, simbólico o funcional. Nora, Pierre Nora, 20.

  54. 54. Nieto, Buitrago y Rodríguez, “La lepra”; Bote-ro, Mora y Quesada, “Historia”; Platarrueda, La voz; Laura Melo, “Memoria, identidad y construcción del espacio en Agua de Dios (Cundinamarca) entre 1860 y 2015” (tesis de pregrado, Universidad Santo Tomás, 2015).

  55. 55. Platarrueda, La voz, 39.

  56. 56. Sobre los monumentos en tanto artefactos culturales complejos y su papel en la construcción de la memoria social en los espacios públicos, véase: Sebastián Vargas Álvarez, Mutaciones de lapiedra. Pensar el monumento desde Colombia (Uni-versidad del Rosario, 2023); y Sebastián Vargas Álvarez (ed.), La materialización del pasado. Monu-mentalización, memoria y espacio público en Colom-bia (Universidad del Rosario, 2023).

  57. 57. Velandia, Enciclopedia, 574.

  58. 58. Alfonso, Pinceladas, 150.

  59. 59. Platarrueda, La voz, 152.

  60. 60. Platarrueda, La voz, 152.

  61. 61. Alfonso, Pinceladas, 42-43.

  62. 62. Con respecto a las ruinas y sus relaciones con procesos de elaboración de memoria y patrimonialización, véase: Mario Rufer y Cristóbal Gnecco (eds.), El tiempo de las ruinas (Universidad de los Andes/Universidad Autónoma Metropolitana, 2023). Francisca Márquez y Eduardo Kingman (eds.)., Ruina y escombro en Latinoamerica. De memorias y olvidos (Universidad Alberto Hurtado, 2023).

  63. 63. República de Colombia, “Ley 1435 de 2011. Por la cual la Nación declara patrimonio histórico y cultural de la Nación algunos inmuebles del Sanatorio de Agua de Dios en Cundinamarca y del Sanatorio de Contratación en Santander y sedictan otras disposiciones”; Ximena Ardila, “Apro-ximaciones jurídicas para la sostenibilidad del patrimonio cultural. Estudio de caso: municipio de Agua de Dios (Cundinamarca)”, en Patrimonio cultural y sostenibilidad, editado por William Gamboa y Carlos Alberto González (Universidad Externado de Colombia, 2020), 87-126.

  64. 64. Vargas Espitia, “Disputas”.

  65. 65. Aquí ha sido fundamental la gestión de María Teresa Rincón, funcionaria jubilada del sanatorio y emprendedora de memoria de Agua de Dios. Agradecemos de manera especial a María Teresa el habernos recibido con nuestros estudiantes en el Archivo Histórico del Sanatorio, en el Museo Médico de la Lepra y en otros espacios de Agua de Dios durante los últimos años.

  66. 66. “Museo Médico de la Lepra”, Sanatorio de Agua de Dios, https://www.sanatorioaguadedios.gov.co/servicios/museo-medico-de-la-lepra.

  67. 67. Para un listado más completo de los museos existentes en Agua de Dios, ver Saudy Niño y Silvia Serrano, “Recuperación de la memoria histórica cultural del municipio de Agua de Dios (Cundinamarca)”. Apuntes. Revista de estudios sobre patrimonio cultural 36 (2023).

  68. 68. Adolfo León Gómez, La ciudad del dolor. Ecos del cementerio de enterrados vivos y presidio del inocente (Universidad de los Andes, 2023 [1923]); Alfredo Molano Jimeno, “Adolfo León Gómez, el enterrado (1858-1927)” (tesis de maestría, Uni-versidad Javeriana, 2013).

  69. 69. Velandia, Enciclopedia, 569.

  70. 70. Platarrueda, La voz, 148-150.

  71. 71. Botero, Mora y Quesada, “Historia”, 1001.

  72. 72. Nieto, Buitrago y Rodríguez, “La lepra”, 163; Platarrueda, La voz, 152; Botero, Mora y Quesada, “Historia”, 1003; Niño y Serrano, “Recuperación”.

  73. 73. Alfonso, Pinceladas, 5.

  74. 74. Alfonso, entrevista.

  75. 75. Ranahit Guha, Las voces de la historia y otros estudios subalternos (Crítica, 2002); Saurabh Dube, “Identidades culturales y sujetos históricos: perspectivas subalternas y poscoloniales”, Estudios de Asia y África 45, n.o 2 (2010): 251-292. Esta perspectiva local y subalterna supone, por lo demás, un contrapeso a la investigación moderna sobre la lepra, la cual se realizó en su mayor parte desde la mirada oficial y autorizada del médico o el sacerdote. Obregón, Batallas, 42-43; Buitrago, “Mística”.

  76. 76. Durante el siglo XX también existieron otros periódicos locales en Agua de Dios, con diferentes tendencias políticas, como Senda Libre (conservador) o El Alfiler. Periódico de lucha y retribución social (de tendencia liberal, aunque sus editores aseguraban que ponían por encima de los intereses partidistas la lucha por los derechos de los enfermos). Su existencia da cuenta de la agencia histórica y política de los habitantes del lazareto, aún cuando en la práctica no eran considerados ciudadanos ni gozaban de derechos civiles. Véase: Juan Camilo Rueda, “Prensa y dolor. El intento de los periódicos locales de Agua de Dios de formar una opinión pública, 1947-1952” (tesis de pregrado, Universidad del Rosario, 2025).

  77. 77. Este libro de historia, escrito por un testigo de la época, es una de las fuentes primarias más importantes para acercarnos al primer siglo de vida de Agua de Dios. En él, además de narrar la historia del pueblo, el autor reclama la atención del Gobierno y de los colombianos para remediar la situación en la que se encontraba el mismo y sus habitantes, solicitando la implementación de obras públicas, tierra y trabajo para los enfermos, cese de la represión policial, cinematógrafo e imprenta, entre otras medidas. Dice el autor en el prólogo que su objetivo es “llamar la atención de los colombianos hacia el aislado destierro donde agonizan sus más desgraciados compatriotas; para hacer conocer la vida, las vicisitudes y necesidades imperiosas de ese asilo del dolor a fin de que los legisladores y los gobiernos, en vista de aquello, remedien éstas; y para ejemplo y modelo que deben seguir los otros lazaretos escribiendo sus historias, que hasta ahora desconoce por completo la Nación”. Gutiérrez Pérez, Apuntamientos, 4. Sin embargo, y a diferencia del libro autobiográfico de Adolfo León Gómez, que le es contemporáneo, Apuntamientos no es tan conocido, y en el propio Agua de Dios pocas personas saben de su existencia o tienen ejemplares de este libro, razón por la cual el periodista y emprendedor de memoria Jaime Molina decidió transcribir parte de su contenido en su libro Tras el poder de las péndolas. Plumaditas periodísticas de Agua de Dios (s.e., 2012). Una posible explicación al hecho de que el libro de Gómez haya tenido mucho mayor impacto —un impacto que llega incluso hasta el presente, con la reedición centenaria de su libro y la persistencia del apodo de Agua de Dios como “Ciudad del Dolor”— tiene que ver con que su autor hacía parte de las elites capitalinas y era un prestigioso jurista, congresista, periodista y académico (incluso fue el presidente de la Academia Colombiana de Historia), mientras que Gutiérrez simplemente era un enfermo de lepra quien tuvo el coraje de convertirse en el primer historiador local de Agua de Dios.

  78. 78. Edgar Rodríguez, Agua de Dios. El cerro y la cruz (Sociedad Gráfica, 1998); Martínez, Bajo; Molina, Tras; Alfonso, Pinceladas. Jaime Andrei Puentes, “La educación en el lazareto de Agua de Dios: un relato subalterno”, en Huellas subalternas. Aproximaciones teórico-prácticas a la historia subalterna en Colombia, compilado por Miguel Ángel Herrera y Luis Eduardo Lamus (Universidad Nacional, 2024), 267-293.

  79. 79. Como bien lo recuerda Platarrueda, “en aquellos municipios que antiguamente fueron lazaretos continúan gestándose manifestaciones artísticas y culturales, tales como poemas, canciones, obras de teatro, danza, crónicas, revistas, que evocan la experiencia de la enfermedad y del aislamiento”. Platarrueda, La voz, 73.

  80. 80. Para una aproximación a la historia pública como posibilidad historiográfica y como prácticade investigación histórica en Colombia, véase: Amada Carolina Pérez Benavides y Sebastián Vargas Álvarez, “Historia pública e investigación cola-borativa. Perspectivas y experiencias para la coyuntura actual colombiana”, Anuario colombiano dehistoria social y de la cultura 46, n.o 1 (2019): 297-329.

  81. 81. Alfonso, Pinceladas, 7-8.