La idea de lo propio y la enunciación de una vanguardia artística local: Enrique Grau y el movimiento Mar y Cielo en Cartagena, 1940*


Abstract

Desde las décadas de los años veinte y treinta hubo una intensa discusión entre los artistas sobre lo que significaba ser modernos y sobre la idea de lo propio en América Latina. En este trabajo se aborda la manera en que un grupo de jóvenes, que se autodenominó Mar y Cielo, asumió y discutió estas ideas en Cartagena, a principios de la década del cuarenta, contraponiéndose a los pensadores tradicionalistas que defendían especialmente las herencias culturales hispanistas. Se analiza concretamente el caso del artista plástico Enrique Grau y de sus primeras imágenes de negras, mulatas e indias que evidenciaban su postura respecto a estas discusiones. Se concluye que las ideas sobre lo propio que plantearon Grau y los maricielistas muestran un cruce entre el interés por desplazar la mirada hacia lo autóctono—entendido como el rescate de las razas negra, indígena y mestiza, y de las tradiciones populares—, y ciertos influjos de las tradiciones hispanistas que, aunque pretendían discutir con ellas, de todas formas habían sido interiorizadas de múltiples maneras en la cultura local.


Since the 1920s and 30s artists passionately debated the meaning of being modern and the idea of the unique in Latin America. In this paper it is consider how a group of young people, who called themselves the Mar y Cielo (Sea and Sky) group, took up and debated these ideas in Cartagena during the early 1940s, siding against traditionalist thinkers who defended above all an Hispanic cultural heritage. This paper focus on the case of the visual artist Enrique Grau and his first depictions of black, indigenous and mulatto women, which made his position in this debate visible. The study concludes that in their ideas about the the unique Grau and the maricielistas blended their interest in a turn towards the autochthonous - understood as the recovery of the black, indigenous and mestizo races and of popular traditions - with some degree of influence from the Hispanic traditions, which they hoped to dispute but which had nonetheless been internalized in multiple ways in the local culture.


A partir dos anos 1920 e 1930, houve um intenso debate entre os artistas acerca do que significava ser moderno, bem como a respeito da ideia do próprio na América Latina. Este trabalho debruça-se sobre a maneira como um grupo de jovens, autodenominado Mar y Cielo, assumiu e discutiu essas ideias na Cartagena de começos da década de 1940, contrapondo-se a pensadores tradicionalistas que defendiam especialmente as heranças culturais hispanistas. Analisa-se concretamente o caso do artista plástico Enrique Grau e das suas primeiras imagens de negras, mulatas e índias, as quais evidenciavam a sua postura no contexto de tal debate. Conclui-se que, as ideias sobre o próprio que expuseram Grau e os maricielistas mostram um cruzamento entre o interesse por deslocar o olhar em direção ao autóctone - entendido como resgate das raças negra, indígena e mestiça, bem como das tradições populares –, e certos influxos das tradições hispanistas que, apesar de que eles almejavam contrapor-se, em todo caso haviam sido interiorizadas de múltiplas formas na cultura local.


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Fragmento de la página cultural Lunes Literarios que publica un artículo sobre Pablo Picasso y una ilustración de Enrique Grau Araújo. El Fígaro, diciembre 23 de 1940.

En 1940 en Cartagena de Indias apareció en escena una nueva generación de pensadores, escritores y pintores que se definieron como vanguardistas, en oposición al tradicionalismo centenarista y en defensa de propósitos renovadores.1

Estos jóvenes artistas se autodenominaron maricielistas y se aglutinaron alrededor de la página cultural Lunes Literarios del periódico El Fígaro, dirigido por Eduardo Lemaitre (1914-1994). Allí, con el liderazgo de Jorge Artel (1909-1994) y del propio Lemaitre, empezaron a publicar sus trabajos José Nieto (1919-2003), Gustavo Ibarra Merlano (1919-2001)—bajo el seudónimo de Juan Mareta—, Jacinto Fernández, Lácides Moreno Blanco (1919-2015), Antonio del Real Torres, Ramón de Zubiría (1923-1995), Jaime Gómez O’Byrne, Judith Porto Calvo (1922), Héctor Rojas Herazo (1921-2002),2 entre otros, y los pintores Miguel Sebastián Guerrero (1910-1993) y Enrique Grau Araújo (1920-2004).

Con la aparición de este grupo emergente en la escena local, se agitó el escenario cultural de Cartagena.3 En gran medida gracias a su liderazgo, en 1940 se dio un inusitado movimiento cultural en la ciudad con la realización de tres eventos culturales: la primera Feria del Libro, la Primera Feria de Arte y los Juegos Florales.4 En todos estos acontecimientos culturales se evidenciaron múltiples fracturas del orden cultural tradicionalista, fueron patentes las tensiones generacionales, se dio un amplio despliegue de argumentos divergentes y en conflicto entre lo viejo y lo joven, lo clásico y lo nuevo o moderno, y nuevas reflexiones alrededor de lo propio.

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Fragmento de “El sancocho y la metafísica”, un ensayo de Jorge Artel en Lunes Literarios. El Fígaro, agosto 26 de 1940.

Mientras que los “jóvenes” reclamaban el derecho a “reemplazar ciclos vencidos”, los argumentos de resistencia de los “viejos” no se hicieron esperar.5 Aunque en varias ocasiones se aludió a esta divergencia en términos de jóvenes y viejos, se debe aclarar que no se trataba de un asunto de edad.6 Las diferencias respondían, en realidad, a los desencuentros entre la concepción de una cultura tradicionalista que se había consolidado desde finales del siglo XIX, y unas ideas culturales y estéticas renovadoras que los maricielistas estaban explorando y pretendían poner a circular.

Los jóvenes se definieron en oposición a las concepciones estéticas y artísticas que identificaron como herencias centenaristas y del academicismo clasicista, y se interesaron en otro tipo de referentes literarios y artísticos provenientes de las vanguardias artísticas europeas —en artes plásticas— o de autores como Juan Ramón Jiménez, la Generación del 27, James Joyce, Rainer Maria Rilke, Virginia Woolf, los latinoamericanos Pablo Neruda y Jorge Luis Borges, y, en el ámbito colombiano, los integrantes del grupo Piedra y Cielo,7 un grupo de poetas que estaban en Bogotá indagando nuevas posibilidades creativas y discutiendo también los esquemas centenaristas imperantes en Colombia a principios de siglo XX.

La relación del grupo de Lunes Literarios con los autores piedracielistas fue evidente; publicaron continuamente sus textos, ensayos y noticias. De hecho, los jóvenes poetas y pintores cartageneros se definieron como maricielistas. Al asumir un nombre derivado, pero con una modificación que aludía a un rasgo distintivo local, los reconocían como un referente al mismo tiempo que reivindicaban algunos elementos de identidad propia. En las páginas de Lunes Literarios, Jacinto Fernández hizo referencia a esta identidad propia en los siguientes términos:

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“El desnudo en el arte de vanguardia” artículo de Miguel Sebastián Guerrero especial para la página Lunes Literarios. El Fígaro, mayo 6 de 1940.

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Enrique Grau Araújo. Ilustración de Rubén Darío especial para la página Lunes Literarios. El Fígaro, febrero 10 de 1941.

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Afiche de la Primera Feria de Arte de Cartagena de 1940.

En la ciudad se ha venido creyendo que este movimiento literario –el más selecto de cuantos han aparecido en estas riberas— está sometido a los cánones del grupo “Piedra y Cielo” que dirigen en Bogotá Jorge Rojas, Eduardo Carranza y otros. Entre este movimiento y nosotros existe la diferencia que hay entre la tierra fría y la tierra caliente. […] Nosotros vivimos a nivel del mar y amamos el mar. Tenemos un temperamento de vanguardia que es poseer una nueva manera de llamar las cosas y de entendernos con la estética.8

Este fue un gesto muy común en estas generaciones de creadores y pensadores locales, que se movieron entre la idea de ponerse en diálogo con los movimientos nacionales, reconocerse en ellos y pretender entrar en esos circuitos, pero respondiendo al mismo tiempo a elementos de identidad local a los que apelaron de diversas maneras y que, en muchas ocasiones, les dieron posibilidades de distinción legitimadora respecto de sus pares capitalinos.

Desde las décadas de los años veinte y treinta, el concepto de vanguardia y el tema de la identidad fueron prioritarios en toda América Latina y las discusiones se multiplicaron por todos los rincones del continente en medio de procesos y ritmos locales particulares.9 Alimentándose de esos referentes, los maricielistas asumieron su posición vanguardista y desde allí definieron los valores por los cuales querían reconocerse: la defensa de lo nuevo y de lo joven, la contestación de los valores del pasado centenarista y los propósitos de renovación. La preocupación por la novedad estuvo marcada por la pregunta acerca de lo propio, lo auténtico, y de la identidad local y regional costeña. Allí se inscribió la defensa de valores autóctonos, de lo negro,10 lo indígena y lo mestizo, y el desplazamiento de la mirada a las escenas populares y a ciertas tradiciones culturales que empezaron a ser referentes comunes —como la cumbia, las gaitas, el sancocho, las escenas del patio o el mar— como una característica geográfica diferenciadora.11 Su reivindicación impetuosa de lo nuevo no se concebía como sustitución de la tradición, sino que se alimentaba de ella para forjar sus inquietudes de ruptura e innovación.12 Había una intención de ser modernos y dialogar con el mundo, mirar y entender los lenguajes plásticos y literarios que se estaban explorando, o se habían explorado, en diversos contextos nacionales e internacionales y cruzarlos con elementos de la propia cultura local y regional.13

Los maricielistas participaron en la gestión y organización de los tres eventos culturales de 1940 en Cartagena, de tal manera que fueron momentos propicios para poner en escena nuevas propuestas y reflexiones y, por supuesto, esto generó múltiples reacciones. Estamos ante un panorama heterogéneo en el que aún prevalecían las formas de pensamiento tradicionalista, que empezaron a fracturarse frente a la nueva generación que las cuestionaba con otras ideas sobre la concepción de la cultura, las posibles relaciones con los leguajes modernos, nacionales e internacionales, lo que significaba pensar lo propio, el papel de la mujer en la cultura y en la sociedad, entre otros. A manera de ejemplo, abordaremos el caso de la participación de Enrique Grau en la Primera Feria de Arte para mostrar los intereses que inquietaban al joven pintor a partir de sus relaciones intelectuales con los maricielistas y que alimentaron su postura respecto de la idea de lo propio y lo moderno en esta etapa temprana de su carrera.

La Primera Feria de Arte de Cartagena: reivindicación de la tradición hispanista vs. nuevas imágenes para pensar lo propio

El 7 de agosto de 1940 se inauguró la primera Feria de Arte de Cartagena, un evento muy novedoso en un espacio social que carecía por completo de una institucionalidad para las artes plásticas. La Primera Feria de Arte convocó a todos los pintores, dibujantes y escultores de la ciudad por medio de un comunicado público que circuló en la prensa. No hubo filtros, ni límites en el número de obras por participante, ni premios; de hecho, la convocatoria hacía alusión explícita al “anhelo [de] darle la mayor amplitud a dicha feria” y por esa razón se invitaba “a todos y cada uno de los pintores y dibujantes de [Cartagena], solicitándoles su cooperación artística”14 con la idea de que fuera “como un tanteo para ver que tal ambiente existía en ese aspecto artístico [en la ciudad]”.15

En la Feria participaron 44 artistas:16 13 mujeres y 31 hombres, la mayoría aficionados y autodidactas y unos pocos formados fuera del país.17 Por las obras y las ideas que circularon se puede deducir que predominaba el gusto por el arte vinculado a la tradición clásica occidental en sentido muy amplio y genérico, y con una preferencia especial por la denominada Escuela Clásica Española.

Predominó la vinculación de Cartagena con España y su tradición cultural. Se defendió la cultura hispánica como propia en varios sentidos, por la pertenencia de los pintores locales a la escuela española y por la sobrevivencia de una especie de espíritu artístico español en la ciudad; los comentaristas de la Feria llegaron a hacer afirmaciones como: “la española es la escuela que por fortuna prima en casi todos nuestros pintores”18 o “se ha seguido viviendo la emoción clásica española en esta ciudad por mil títulos españolísima”,19 defendiéndola incluso como un atributo racial:

Pintores y escultores han dado la medida de su refinamiento espiritual en una forma que marca historia en los movimientos artísticos de esta urbe que un día sirviera de escenario a los nobles atributos de la raza. Nos viene de España la vocación de poetas y artistas.20

Aunque el catálogo no tiene imágenes, los títulos de las obras relacionadas son una buena radiografía de los intereses temáticos del momento. Sobresalen asuntos como paisajes de Cartagena, rincones de los patios coloniales, retratos de familiares o personajes notables de la ciudad, flores o bodegones, y escenas religiosas. Aunque, en realidad, lo más frecuente era la copia de imágenes, especialmente de clásicos del arte europeo. Sobresale un gusto por el Barroco, especialmente español, pero también francés y flamenco. Se exhibieron copias de pintores como Velásquez, Zurbarán, Rembrandt, Frans Hals, Watteau, El Greco y otros artistas rococó o románticos como Thomas Laurence, Hans Dahl o Fragonard.21 Sin embargo, en medio de este panorama, los jóvenes maricielistas expusieron algunas imágenes que fueron definidas como modernas y que defendieron como el surgimiento de lo que debería ser una escuela nueva y propia cartagenera y costeña.

En este panorama se dieron importantes fracturas de la visión centenarista que, aunque todavía era predominante, empezó a ser cuestionada. Estos quiebres se dieron en distintas direcciones. Por un lado, con la tradición clásica a partir de un interés por las “escuelas artísticas modernas” y, por otro, con el predominio de la visión hispanista, ya que surgió una postura que se proponía explorar las raíces negras e indígenas y veía en ellas y en el mestizaje una dimensión fundamental de lo que debería ser la innovación y el futuro de la creación cultural en Cartagena y en la costa colombiana. En ambos aspectos era perceptible la convivencia de diversas posiciones en contraste y fueron abundantes las discusiones y polémicas.

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Vistas generales de la Feria de Arte. Fotografías publicadas en la Revista Muros, septiembre de 1940.

Los defensores de lo clásico vieron al denominado “arte nuevo” o las “modernas escuelas de pintura” como una amenaza presente incluso en la propia España: “Ojalá que esas nuevas corrientes del cubismo, que han trastocado aún dentro de la misma España a los que se auto titulan discípulos de Goya, en su segunda etapa, no arrastre a las juventudes nuestras. En pintura como en literatura, me quedo con lo clásico”.22

En general, se aludió a las nuevas modalidades del arte pictórico en términos muy ambiguos; se hizo referencia a las vanguardias artísticas europeas, especialmente al impresionismo, al cubismo y al futurismo; en muchas ocasiones, estos términos fueron usados indiscriminadamente como sinónimos de moderno o revolucionario, entendidos principalmente como defectos en la perspectiva, desproporción en el cuerpo humano, uso excesivo del color o poco desarrollo del detalle. Fueron definidas como equivalentes a lo mal ejecutado, pobres, mediocres, exóticas y corruptoras e hicieron augurios para que esas nuevas corrientes no arrastraran o pervirtieran a las juventudes locales.23 Los maricielistas –entre ellos José Nieto, Eduardo Lemaitre, Antonio del Real Torres y Judith Porto Calvo– las defendieron como una necesidad y una condición natural de los tiempos modernos, y encontraron relaciones entre esas escuelas y las obras de los jóvenes artistas Miguel Sebastián Guerrero y Enrique Grau Araújo.

El editorial de El Fígaro del día de inauguración de la Feria que, aunque no está firmado, se puede intuir que fue escrito por su director, Eduardo Lemaitre,24 propone una abierta defensa del arte moderno:

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Vistas generales de la Feria de Arte. Fotografías publicadas en la Revista Muros, septiembre de 1940.

El arte pictórico, como el escultórico, se ha simplificado de acuerdo con el ritmo de todas las modalidades de vida moderna.

[…]. Sin embargo, y como sucede en la literatura, en la lucha ya secular entre los clásicos y las diversas manifestaciones modernas –la llamada escuela empírica en pintura y los representantes del método científico, que arrancan desde Cézanne y Van Gogh–, han continuado fieles a su sistema. No tratar de «reproducir» la naturaleza ni las cosas, sino de «representarlas» es el postulado de las nuevas teorías. En él halla el Arte contemporáneo su justificación con respecto a su manera de no preocuparse de la perspectiva ni del claroscuro por buscar por encima de todo el ritmo de la línea, la armonía de los colores y la perfección de las formas, todo como trasunto de un “yo” psicológico.25

Establece la diferencia entre “reproducir” y “representar” como un alejamiento de la copia fidedigna y plantea que los “amaneramientos” del arte moderno proceden del protagonismo del “yo” como una “liberación del artista” para darle importancia a lo que el sujeto ve y piensa.

Grau Araújo fue definido como la gran promesa local y se le atribuyeron méritos sobresalientes en el conjunto de los participantes de la Feria. En el catálogo se registran 35 obras suyas, entre dibujos y pinturas, que con distintas técnicas representaban copias de cuadros clásicos y también algunos motivos originales, especialmente retratos. Ciertos comentaristas vincularon a Grau con las vanguardias europeas, dijeron que tenía una influencia metafísica de Van Gogh,26 que combinaba el realismo con un impresionismo sin estridencias27 y que se encontraba en una transición entre lo clásico y lo moderno,28 aunque el propio artista era moderado en sus declaraciones al respecto:

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Enrique Grau con algunas de las obras que presentó en la Feria, 1940. Al fondo se pueden ver Mi primo Jorge, 1940; Aborigen y negra, 1940; Campesino de Arjona, ca. 1940 y Madre Abandonada, ca. 1940. Fotografía: Fundación Enrique Grau Araújo.

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Enrique Grau Araújo. Aborigen y negra, 1940. Óleo sobre tela.

Discurriendo panorámicamente sobre las corrientes contemporáneas que hasta mí han llegado, puedo afirmar que a ninguna rechazo, pues todas me hablan de un deseo de lograr con ellas innovaciones en el arte. El subrrealismo [sic], por ejemplo, me agrada debido a curiosidad artística, aunque no lo sigo por no hallar allí lo mejor del sentimiento pictórico. En cambio de esto, el impresionismo es más adaptable a mis inquietudes, por el colorido que no se acomoda a ningún canon.29

Expresaba admiración por las vanguardias europeas y reconocía en ellas las posibilidades de innovación pero, al mismo tiempo, establecía alguna distancia y en distintas ocasiones afirmó que no militaba en ninguna de ellas.30 Un aspecto que sobresale en la cita anterior es que, a pesar de la juventud de Grau, se refiere a la idea de adaptar el impresionismo a sus inquietudes y no al contrario y, además, nos permite ver que lo que le interesaba del impresionismo era asumir una libertad en cuanto al color, es decir, la posibilidad de renunciar a los cánones.

Las inquietudes que Grau reivindicó en sus entrevistas y en algunas de sus obras se ligaban más a las reflexiones que se estaban generando dentro del grupo Mar y cielo respecto de la preocupación por las raíces especialmente negras y mestizas, pero también indígenas, como posibilidad de exploración y de construcción de una identidad local. Grau se refirió a esta relación diciendo: “Indudablemente, […] la poesía de Artel nos marca pauta sobre lo que debemos hacer. El turno, ahora, nos pertenece”.31 Posteriormente, amplió estas ideas:

No he seguido en la pintura de mis cuadros ninguna escuela o tendencia, deliberadamente–nos dice Grau Araújo–. Las mujeres de nuestro pueblo, signo de una época ida, me atraen y sojuzgan mis inclinaciones artísticas, encontrando en ellas la mejor originalidad, motivo que hasta hoy ha sido poco atendido por la cultura local. Existe en los repliegues del alma mulata una divagación de nostalgia, venida de muy lejos, de los abuelos negros, como dijera el poeta [Artel], que se señala aún con vehemencia en las manifestaciones del placer, en la danza, en sus cantos, y todo ese fondo mustio refléjase hasta en la expresión fisonómica, surgiendo, así, una forma original para llevar al lienzo algo nuevo, de gran valor por lo terrígeno, que abre un gran campo para la perspectiva de valorización. Sea esa la causa de mi inspiración en lo mulato que forma nuestro pueblo.32

Grau declaraba explícitamente que su forma de ser original y de llevar al lienzo algo nuevo era interesándose por las razas de su pueblo. Además de la alusión a la fisonomía de la raza, también se interesó por la danza y los cantos, que empezaron a ser un elemento recurrente de reflexión para los artistas y escritores a partir de este momento; la cumbia se convirtió en un referente importante, a tal punto que Grau declaró que su mayor aspiración era “verter al lienzo el ritmo y las contorsiones de una cumbia de la misma manera como Artel lo hizo en versos ágiles”.33

En varios de los cuadros que Grau presentó en la Feria exploraba esos intereses por lo negro y lo mulato. Por ejemplo, mostró obras como Campesino de Arjona, Nieves, Turbanera, Aborigen y negra y Madre abandonada. En Aborigen y negra (1940) se observa a un par de mujeres leyendo; Grau pone en una misma imagen lo indígena y lo negro, y Judith Porto señaló que estas mujeres, representantes de las razas reinantes de la costa, leían a hurtadillas una carta sustraída a su ama.34

En la manera como Grau construye la imagen y dispone la luz en la escena, con zonas oscuras y zonas iluminadas, existe una influencia de la tradición barroca que circuló ampliamente en la Feria y que tanto le había interesado al propio Grau. De hecho, al lado de los cuadros de mulatas y negras, Grau presentó también copias de imágenes de la historia del arte que muestran sus intereses, como La lección de anatomía de Rembrandt, El indiferente de Watteau, y Caballero de Frans Hals, entre otros.

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Enrique Grau Araújo. El Indiferente según Antoine Watteau, 1939. Lápiz sobre papel.

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Enrique Grau Araújo. La Princesa, 1939. (De una obra de Velásquez) Lápiz sobre papel.

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Enrique Grau Araújo. Nieves, ca. 1939. Lápiz y tinta china sobre papel.

En Nieves (s.f.), otro de los retratos que presentó Grau en la Feria, del que hoy no contamos sino con un boceto preliminar en lápiz y tinta china, está ya prefigurado ese tipo particular de gordura característica de los personajes de su obra madura, elemento que también es claro en la ilustración de una fritanguera, que publicó meses más tarde en Lunes Literarios. Esa exploración del volumen proviene de los rasgos característicos de las mulatas cartageneras pero, además, tiene relación con los personajes del pintor flamenco Frans Hals, que Grau reproducía y del cual presentó una copia en la Feria.

También es importante ver el contraste entre las mulatas y negras que empezó a pintar en 1940 y los dibujos de mujeres que había hecho desde aproximadamente 1937, en los que exploraba una serie de iconografías de lo femenino de muy variada proveniencia —por ejemplo, Mujer rubia (1937), La dama del abanico (1938), La diosa blanca (1939), La princesa (1939) (una mujer de Velásquez), Retrato de la honorable señora Grahan (1937) (copia de un cuadro de Gainsborough), Vestal (1938) (ilustración de una sacerdotisa romana) o La reina Hatshepsut (1938) (una reina egipcia). Además, se interesaba por las imágenes provenientes del cine o de las portadas de Vogue, por ejemplo Greta Garbo en Mata Hari (1937), o algunas que presentó en la Feria, como Norma Shearer en María Antonieta y Anna Stern en Naná. Este gusto ecléctico por imágenes de mujeres provenientes de múltiples culturas, algunas exóticas, otras sofisticadas y ataviadas con sus adornos y aderezos, estaban muy presentes en el imaginario de las élites locales que para los carnavales recurrían a todo tipo de disfraces y escenografías elaboradas para los reinados y fiestas en los clubes sociales de la ciudad.

En 1940, Grau reivindicó la idea de que su camino como artista debía construirse desde un acercamiento a lo propio, se alimentó de las influencias negristas de Jorge Artel y se unió al tono de ruptura del grupo maricielista, pero al mismo tiempo era evidente que había interiorizado los elementos que estaban en la tradición pictórica barroca que tanto se valoraba y reivindicaba en la ciudad y que él mismo había estudiado y copiado profusamente desde muy joven. En esta mezcla se define un particular matiz de lo propio, en el que conviven tradición y modernidad, y se mezclan el interés por las culturas populares con las tradiciones hispanistas reivindicadas como propias por las élites locales desde finales de siglo XIX.

La exploración de la imagen de lo negro y lo mestizo era un proceso novedoso no exento de conflictos y dificultades. Las tempranas indagaciones de Grau sobre las imágenes de mujeres negras y mulatas que tenía cerca, alimentado por referentes diversos de la historia del arte, la iconografía del cine, la moda, etc., dan lugar a imágenes en las que algunos espectadores no encontraban una correspondencia con los estereotipos consolidados sobre lo negro. La desestabilización de la imagen de la negra le valió críticas como la siguiente:

Las mujeres que en sus cuadros pinta Grau Araújo tienen una finura de líneas que bien podría llamarse fuga carnal. Hay excepciones, como la de su celebrado cuadro La mulata, pero aún en ese se percibe (a pesar de la morbidez de las líneas y la indolente molicie de la actitud) esa ausencia del sexo. Son figuras femeninas que recuerdan las vírgenes llenas de candor y las venus asexualizadas de Sandro Botticelli. Porque no son las azules ojeras, ni los labios ansiosos, ni las facciones sensuales las que dan ese sello inconfundible de pasión y de experiencia que en los rostros denota el paso del amor, sino un halo mágico que vaga como un aura incitante sobre el físico, casi a flor de piel.

[…]. Miradas bajo ese lente, las mujeres de Grau Araújo se me ocurren puras y medio infantiles, como seres deshumanizados. Es un fenómeno que tiene su origen en la falta de penetración sicológica que se advierte en el pintor.35

Este asunto nos permite evidenciar la complejidad de las relaciones entre la historia de las imágenes y la de la mirada, que están en juego en un determinado espacio social. La pretensión del espectador de encontrar en la imagen una correspondencia con la idea construida socialmente sobre las negras y mulatas pone en evidencia un quiebre entre quien construyó la imagen y quien la estaba viendo. Confirmamos, además, esa potente carga de las imágenes que están empapadas no solo con lo que se ve, sino con lo que se ha visto y con lo que se piensa respecto del mundo. Ver las negras o mulatas pintadas como la Venus de Botticelli, mujeres asexuadas e idealizadas, generaba incomodidad porque la imagen ponía a las mulatas al mismo nivel que esas otras mujeres y princesas que en el imaginario no lo estaba. Este tipo de reacciones nos permiten deducir que llevar la imagen de lo negro al lienzo y a los espacios de la “alta cultura” empezó a ser lícito pero solamente si se la exotizaba, y por eso el crítico reclama ese aspecto erótico que consideraba ausente. También pensaba que la obra La mulata (1940) era una excepción, pues precisamente esta imagen tiene unas características distintas, no solo por la gracia de la mulata, en la que sobresalen la carnosidad de sus labios, los pliegues del vestido sobre sus senos y caderas, y la transparencia de su ombligo, sino que además se presenta en medio de frutas, plantas tropicales y una tradicional botija de barro cocido, flores, ciruelas, patillas, melones y ella misma como un fruto exótico más,“saturada de jugo y pletórica de curvas como las frutas que a su lado están”.36

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Enrique Grau Araújo. La Fritanguera, 1941. Ilustración publicada en El Fígaro, marzo 31 de 1941.

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Enrique Grau Araújo. La Diosa Blanca, 1939. Acuarela sobre papel.

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Frans Hals. El Mulato, ca. 1627. Óleo sobre tela.

Las imágenes de mujeres negras y mulatas que Grau presentó en la Primera Feria de Arte de Cartagena en 1940 no fueron un hecho aislado, sino que llegaron en un momento en el que estaban surgiendo múltiples vasos comunicantes entre las llamadas “culturas populares” y la “alta cultura”. Las configuraciones de estas relaciones no fueron unidireccionales (desde lo “culto” hacia lo “popular”), sino que se desplegaron en todas las direcciones y, además, involucraron a las distintas formas de creación. En literatura, por ejemplo, ya hemos hablado de lo importante que fue para Grau el referente de Jorge Artel, quien justo en 1940 publicó su libro Tambores en la noche (1940), composiciones poéticas alrededor de los temas de los ancestros, los negros, las cumbias, porros y gaitas, pero con lenguajes modernos que querían dialogar con las vanguardias nacionales. Y en la música, Adolfo Mejía (1905-1973) había ganado, en 1938, un premio nacional de composición como producto de sus exploraciones entre la música sinfónica y la música popular costeña.37 Y el joven Luis Eduardo Bermúdez Acosta (1912-1994), músico popular del Carmen de Bolívar, acababa de conformar su propia Orquesta del Caribe en Cartagena y de grabar su primer disco con obras como Las mujeres de San Diego, Marbella y su gran éxito Prende la vela, canciones que hacen alusión a las mismas temáticas vernáculas y que mezclaban la música popular regional con influencias provenientes de referentes europeos presentes en los bailes de salón desde finales del siglo XIX.38 Este “bilingüismo musical”, como lo define Bermúdez, empezó a ser un terreno de continua negociación, de encuentros y de nuevos rumbos para la música, la literatura y la plástica local, regional y nacional.39

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Enrique Grau Araújo. El retrato de la honorable señora Graham según Gainsborough, 1937. Acuarela sobre papel.

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Enrique Grau Araújo. Greta Garbo en “Mata Hari”, 1937. Lápiz sobre papel.

A partir de la tendencia al análisis por escuelas que primó en la Feria (la española, la francesa, la clásica, la moderna, etc.), se insistió, en los mismos términos, en la necesidad de crear una escuela propia cartagenera. El gobernador, en su discurso, hizo un llamado a admirar y asimilar las obras de arte universal pero cuidando al mismo tiempo lo propio: “Abrigo, no obstante, la esperanza de que a impulsos de movimientos como el presente, Cartagena encontrará su propio estilo pictórico; y que la constante observación de lo verdadero y lo poético, intuido por la realidad y la fantasía, preparen para el futuro el nacimiento de la escuela de Cartagena”.40

Y sobre este aspecto, se dijo a propósito de las ideas y de la obra de Enrique Grau: “Tiene Grau anidada en el cerebro la idea de formar una escuela nacional o, precisando más, una escuela que encuentre su inspiración en las regiones de la Costa del Caribe, especialmente en Cartagena; porque, ¡eso sí!, la niña mimada de Grau Araújo es Cartagena”.41 Y también:

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Enrique Grau Araújo. La Mulata, 1940. Óleo sobre lienzo. Fotografía: Museo Nacional de Colombia. Juan Camilo Segura.

Sus motivos son vernáculos. Es un arte nuestro que sin duda alguna tendrá su escuela. Apreciaciones de nuestro medio llevadas con fidelidad a la pintura, sin fantasías, sin adornos efímeros. Arte nuestro expresado en forma pictórica que tiene suma importancia por corresponder a un sentimiento americanista. Negra y aborigen, he aquí la expresión sincera de este arte vernáculo.42

Ambos se refieren a la idea de una escuela local pero, al mismo tiempo, aluden a escuelas regional costeña y nacional —en el caso de De Quintaval— o a un sentimiento americanista, en el de Juan Zapata Olivella. Estas alusiones vacilantes entre lo local, lo regional, lo nacional y lo americanista fueron constantes y hacían parte de la manera en que esta generación abordó el tema de la enunciación de la identidad, deslizándose fluidamente por varios niveles de reflexión. Reivindicaban lo local y lo regional costeño, pero también se preocupaban por lo nacional y lo americanista, y estos circuitos estaban presentes en sus reflexiones e intereses. Por ejemplo, en su conferencia en la Feria del Libro de Cartagena, Artel habló de la necesidad de fortalecer la música costeña para robustecer la conciencia nacional, “porque si es cierto que debemos hacer labor de americanos, estamos obligados primero a hacer colombianismo. No podremos adquirir nunca conciencia continental si no tenemos una conciencia patria, una conciencia colombiana”.43 Esa conciencia de identidad, como la concebía Artel, tenía distintos niveles desde lo local hasta lo americano y exigía fortalecer lo más cercano para acceder a esos otros circuitos que siempre estaban en el horizonte.

Se establece una particular correspondencia entre regionalismo, nacionalismo y americanismo; y las reflexiones, iniciativas y obras de muchos de los miembros de esta generación en las décadas siguientes se seguirán ubicando en esos diferentes niveles, dependiendo del contexto en el que se encontraran, los interlocutores y las agendas que estuvieran promoviendo, y los espacios en los que buscaran legitimidad.

Concluyo recapitulando dos elementos importantes de la noción de lo propio en la que se inscribieron Grau y los jóvenes maricielistas: Primero, la particularidad de su lugar de enunciación, que se ubicaba en lo local pero hacía referencia continua a lo regional costeño, a lo nacional y a su diálogo con los lenguajes modernos internacionales como parte de una identidad que debía deslizarse fluidamente por esos distintos niveles. Entendieron que los elementos más locales y regionales eran los que podían darles los rasgos distintivos que les permitieran encontrar un espacio de expresión propia y destacarse frente a sus pares nacionales o latinoamericanos, pero no como una disidencia sino con la idea de participar como iguales en esos circuitos. Esto anuncia la trayectoria que estos artistas emprenderían posteriormente.44

Segundo, vemos que los referentes culturales de los maricielistas provenían tanto del diálogo con su generación —con la rebeldía que implicaba asumir lo nuevo, relacionando ciertas reflexiones sobre lo propio, las influencias negristas de Jorge Artel y los lenguajes internacionales del arte moderno— como de la tradición, que incluía los gustos, músicas e iconografías de las élites locales y el interés por ciertos referentes de la historia del arte clásico. Es decir, que también persisten influjos, conscientes o no, de esas formas y gustos de las tradiciones principalmente hispanistas contra las que esta generación empezó a discutir, pero de las que inevitablemente también se alimentó en un contexto en el que esas herencias ya se habían hecho —de cierta manera— propias. Como sucedió en muchos contextos latinoamericanos, la idea de modernidad no llegó como sustitución de la tradición sino que se alimentó de ella y se configuró en medio de un panorama híbrido.

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Notes

[*] Una versión más extensa de este artículo fue publicada en el libro Los desterrados del paraíso. Raza, pobreza y cultura en Cartagena de Indias en 2015. Hace parte de la investigación realizada para la tesis doctoral— en proceso de escritura—titulada “Un lugar para el arte moderno en el Caribe colombiano. Procesos locales y circuitos regionales, nacionales y transnacionales de la vanguardia artística costeña, 1940-1963”, dirigida por la profesora María Margarita Malagón, Ph.D.

[*] Universidad del Atlántico, Barranquilla, Colombia Candidata a Doctora en Arte y Arquitectura en la línea de Teoría e Historia del Arte Colombiano y Latinoamericano en la Universidad Nacional de Colombia y Magíster en Historia del Arte de la Universidad de Siena, Italia. Docente e investigadora de la Universidad del Atlántico. Ha realizado diversas investigaciones sobre historia del arte en el Caribe colombiano entre las que se puede mencionar La génesis de los Museos de Arte Moderno en Cartagena y Barranquilla (2012), proyecto ganador de la décimo cuarta convocatoria de Investigación Cultural Héctor Rojas Herazo del Observatorio del Caribe y el Ministerio de Cultura. Es autora de los libros El arte en Cartagena a través de la colección del Banco de la República y Geografías pictóricas. La exploración del espacio en el paisaje de Alejandro Obregón, y de diversos artículos sobre historia del arte del Caribe colombiano.

[1.] Se entiende aquí por cultura o pensamiento tradicionalista o centenarista aquel que se consolidó desde finales del siglo XIX, en el marco de la construcción de un proyecto de nación y del proyecto regeneracionista. Las élites cartageneras participaron activamente en la cimentación de este tipo de pensamiento en el que se buscó unificar rasgos comunes desde la premisa: una raza, una religión y una lengua. Se fortaleció el pensamiento hispanista y católico y, desde allí, se difundió una concepción de la cultura que ha operado durante todo el siglo XIX. Se apuntaló la distinción entre “alta cultura” y “cultura popular”. En ese sentido, se legitimó la cultura refinada, aristocrática, civilizada, proveniente de gustos y gestos europeos (especialmente españoles y franceses) y se construyeron mecanismos de exclusión de las culturas populares, bárbaras e incivilizadas. Se consolidó lo que Antonio Cándido define como “la estructura tradicional de la cultura –donde coexisten lado a lado el analfabetismo extenso y el refinamiento social pero provinciano de las élites cultas” (Brunner, América Latina: cultura y modernidad, 46).

[2.] Se publicaron artículos sobre Rojas Herazo, quien además fue anunciado como colaborador, aunque en este periodo su participación no fue tan continua ni frecuente.

[3.] Se retoma la noción de grupo que Siegfried Kracauer usa para explicar procesos de transformación social, en los que el grupo opera como un mediador entre los individuos y las ideas que pueblan el universo social. En los procesos de cambio se consolida una dinámica en la que los individuos que perciben esas ideas se unen a otros para llevarlas del deber ser al ser (Kracauer, “El grupo como portador de ideas”, 31). Según Kracauer, “el individuo podrá crear y proclamar la idea, pero el grupo la sostiene y logra su realización” (Kracauer, “El grupo como portador de ideas”, 22). Por tanto, “cada vez que una idea emerge en la oscuridad y es formulada, entonces crea en los seres humanos a los que afecta un yacimiento de almas unificadas, y su realización comienza cuando esos seres humanos se unen en un grupo para luchar por alcanzar una realidad” (Kracauer, “El grupo como portador de ideas”, 27). Agradezco a Sylvia Juliana Suárez por los comentarios y discusiones sobre el concepto de grupo en Kracauer.

[4.] A partir de la realización de la Primera Feria del Libro, organizada dentro del ambicioso plan cultural del proyecto educativo nacional puesto en marcha durante la República Liberal (1930-1946) y denominado “Programa cultural de masas”, se avivaron dinámicas que estaban latentes en la ciudad y derivaron en las nuevas iniciativas de la Primera Feria de Arte y los Juegos Florales. La Feria del Libro se realizó entre el 22 y el 25 de mayo en la Plaza de la Proclamación, la Feria de Arte el 7 de agosto en la Universidad de Cartagena y los Juegos Florales el 12 de octubre en el Teatro Heredia.

[5.] En el periodo fueron frecuentes argumentos de este tipo: “¿Quiénes son los conquistadores de la fama y de la gloria: los viejos o los jóvenes? La pregunta se formula nuevamente en nuestros años en presencia de hechos nuevos. […]. ¿Quiénes son, en realidad, los conquistadores de la fama y de la gloria? ¿Los soldaditos que luchan en los frentes y pueblan las trincheras o los generales que dirigen y orientan las acciones desde resguardados puestos del alto comando? La historia de las grandes creaciones, la crónica de “los monumentos estelares de la humanidad”, como diría Zweig, advierte que es, con frecuencia, a los ancianos a quienes corresponde la fama y la gloria. Ellos son los que han hecho historia, poblando con sus nombres grandes las páginas más memorables. Y eso en la guerra como en la paz. En las ciencias como en el arte” (Pita Barbosa, “La gloria, para los viejos” 1940, s.p.).

[6.] De hecho, estos jóvenes elogiaron y se autodefinieron herederos de algunos escritores de la generación anterior, como Luis Carlos López (1879-1950) y Daniel Lemaitre (1884-1961). Además, como ya se mencionó, el liderazgo de Jorge Artel (1909-1924) y Eduardo Lemaitre (1914-1994), ambos mayores que el resto del grupo, fue fundamental.

[7.] Con el nombre de Piedra y Cielo fue reconocido un grupo de poetas colombianos dentro de los que se encontraban Eduardo Carranza (1913-1985), Jorge Rojas (1911-1995), Carlos Martín (1914-2008) y Arturo Camacho Ramírez (1910-1982), entre otros. Entre septiembre de 1939 y marzo de 1940 dieron a conocer una serie de publicaciones denominadas Cuadernos de Piedra y Cielo.

[8.] Fernández, “Artel y nosotros”, El Fígaro, 29 abril, 1940, s.p.

[9.] Diversos textos han desarrollado miradas a este panorama de las vanguardias latinoamericanas; véase por ejemplo: Pini y Ramírez, 2012 y Schwartz, 2002.

[10.] Jorge Artel defendió el negrismo y el mestizaje como elementos distintivos fundamentales para pensar lo propio. En la Feria del Libro dictó la conferencia pública “Modalidades artísticas de la raza negra”, en la que hizo un llamado a la igualdad: “Yo también soy un hombre, como el hombre blanco. Yo también contribuyo con la fuerza de mi espíritu y de mi inteligencia al engrandecimiento de la democracia en que vivo. Yo también soy bello porque tengo un espíritu como el espíritu del hombre blanco. Soy un creador de arte como el hombre blanco. Y un día este y la casta que él representa sentirán que mis gentes tienen iguales derechos que los suyos, y que el mundo y el sol y las alegrías de la vida se han hecho para todos”(Artel, “Modalidades artísticas de la raza negra”, 16). Hizo un recorrido aludiendo, con algunos ejemplos, a la riqueza de las diferentes formas de creación de la raza negra —la poesía, la pintura, la danza, la música— y un llamado a fortalecer la conciencia patria y la identidad nacional (Artel, “Modalidades artísticas de la raza negra”, 20). Terminó concluyendo: “Si una raza sabe leer y escribir, sabe pensar, esculpe, pinta, canta y baila y asombra al mundo estético esa raza será grande y bella como cualquier otra raza” (Artel, “Modalidades artísticas de la raza negra”, 20).

[11.] El despertar del interés por lo autóctono y por la cultura popular no era un fenómeno aislado. Renán Silva muestra cómo desde los años veinte se venía desarrollando la idea de conocer el país y “la variedad regional de sus tipos humanos” (Silva, República liberal, intelectuales y cultura popular, 224). En la década de los años treinta, con los programas culturales y educativos de la República Liberal, se intensificaron los programas que tenían este propósito y que eran complementarios a los programas de difusión de la cultura del Gobierno Nacional. En 1935, por ejemplo, se presentó el Proyecto de la Cultura Aldeana, concebido como una expedición a través de las regiones colombianas para desarrollar una serie de estudios que fueran “sustancia prima para el análisis de nuestra nacionalidad” (Silva, República liberal, intelectuales y cultura popular, 226). Se implementó la recolección sistemática de información a través de la descripción etnográfica (Silva, República liberal, intelectuales y cultura popular, 227), se realizó la Encuesta Folclórica Nacional (1942), se constituyó la Comisión Nacional del Folclor (1943), se fundó el Instituto Etnológico Nacional (1941) que posteriormente derivaría en el Instituto Colombiano de Antropología (1952), y se creó la Revista Colombiana del Folclor (1946), entre otros. Se estaba tratando de delinear una correspondencia entre la cultura popular o “folclórica” y el “alma nacional”, es decir, se estaba dando un giro sustancial en la manera como se concebía la nación. Por esta razón, desde la década de los treinta existió un auge especial de la valoración de lo folclórico que se incrementaría significativamente durante la década siguiente. Y es en este contexto en el que estaban surgiendo reflexiones sobre lo propio en el contexto local cartagenero.

[12.] Como bien lo analizan Ivonne Pini y Jorge Ramírez: “En América Latina, la modernidad no fue necesariamente la superación de la tradición. De allí que, mientras en Europa la traición era un elemento a superar, en América Latina era parte fundamental para la construcción de una identidad y, por lo tanto, no aparecía ni como rémora del pasado ni como contradictoria con la noción de modernidad. La tradición era parte fundamental para rescatar el pasado. Esa acción no deja de generar contradicciones. Por una parte, abría un espacio propio y diferente al modelo europeo, pero, por otra, se veía como un posible obstáculo para alcanzar la plenitud del ideal moderno. La modernidad latinoamericana supone así un doble juego: innovar, mirar el futuro, buscar lo nuevo y, en paralelo, mirar el pasado, en una búsqueda de raíces históricas. Se enmarca, pues, en La configuración de la compleja idea de nación. Tradición, modernización y ruptura no son, en general, términos contradictorios, sino complementarios” (Pini y Ramírez, Modernidades, vanguardias, nacionalismos, 101).

[13.] Aunque este es un tema que no podemos desarrollar aquí para esta generación, la dimensión regional empezó a ser fundamental. Durante todo el año de 1940 promovieron encuentros e intercambios entre intelectuales cartageneros y barranquilleros y postularon la idea de la vanguardia artística regional costeña. Siempre que se refirieron a la identidad regional lo hicieron en términos de “Costa” y “costeña”. Posteriormente, a partir de la década de los ochenta, los intelectuales en la región han posicionado y reivindicado otros términos como el de “región Caribe”.

[14.] “Feria del Arte”, El Fígaro. 10 junio, 1940, s.p.

[15.] “La Feria del Arte del Diario de la Costa”, Muros (Editorial Bolivar). Septiembre, 1940, 53.

[16.] El catálogo reporta la participación de A. Pérez Saladén, Alberto H. Lemaitre, Alejandro Zabala, Alicia Luna Jaspe, Ana H. García de Rojas, Aníbal Vargas, Antonio Amador y Cortés, Antonio Villarreal, Aquilino Palomino, Benjamín Puche, Bertha Gómez, Carlos Martínez, Carmelita Vélez, Carmen A. de Paz A., Carmen O’Byrne de Gómez, Daniel Gómez Cásseres, Deliciano, Edgardo Del Valle R., Enrique Grau Araújo, Esther Gómez Cásseres, Francisco Díaz, G. M. Gavalo, G. Puello Buendía, Jeneroso Jaspe, Gilberto Hernández Posada, H. Delgado H., Horacio Zavaleta Jaspe, J. W. Cañarete, James MacVicar, Josefina de Lozano, Justiniano Orozco, L. C. Peña, Luz O’Byrne de Polson, Marcela Gómez O’Byrne, María Leonor Posso de García Rey, Martín Banquez Pérez, Miguel Sebastián Guerrero, N. Herrera, Ofelia Vélez G., Rafael Orozco, Ramón Vargas Porto, Rita de Bernett y Rubén Pertuz V. (“Catálogo de las obras enviadas a la Primera Feria del Arte”, Muros, (Cartagena: Editorial Bolivar,1940), 63-65).

[17.] Muchos advirtieron el predominio de aficionados como una característica del medio debido a la falta de una Escuela de Bellas Artes en la ciudad: “todo este grupo selectísimo de artistas cartageneros, carecen en su casi totalidad de estudios académicos, y han sido guiados tan sólo por su propia inspiración, logrando con el fervor de sus espíritus de artistas un merecido puesto en nuestro alto mundo intelectual” (Hernández de León, “Comentarios sobre algunos artistas nuestros” 25). Según fuentes de la época, algunos de los artistas que habían adelantado estudios fuera del país eran: José Wilfrido Cañarete y Edgardo del Valle en España, Martín Banquez Pérez en Italia, Daniel Gómez Cásseres en Estados Unidos y Miguel Sebastián Guerrero en Francia y España.

[18.] Revollo, Manuel Benito, “La Feria del Arte o una gran exposición de cultura”, Muros (Editorial Bolivar). Septiembre, 1940, 47.

[19.] Hernández de León, Roque, “Comentarios sobre algunos artistas nuestros. Conferencia leída en la Feria de Arte”. Muros (Editorial Bolivar). Septiembre, 1940, 25.

[20.] Barboza, Alberto. “La Feria del Arte”. Muros (Editorial Bolivar), 1940, 50.

[21.] Ramírez Botero, Isabel Cristina, “Cecilia Porras: un hito de ruptura en las artes plásticas en Cartagena a mediados del siglo xx”. Memoria y sociedad 16, n.° 33 (2012): 104.

[22.] Revollo, Manuel Benito, “La voz de los corrillos. La Feria del Arte”, Muros (Editorial Bolivar), septiembre , 1940, 40.

[23.] Raúl Bernett y Córdova, “Conferencia”, Muros (Editorial Bolivar), septiembre, 1940, 8.

[24.] El tono de defensa del arte moderno de este artículo y su relación con la simplificación de la vida moderna es muy similar al empleado por Lemaitre en los discursos y escritos que desarrolló para la Feria del Libro y los Juegos Florales.

[25.] “Editorial: La Feria de Arte”, El Fígaro, 7 agosto, 1940, s.p.

[26.] Morillo, José, “Marmol y lienzo en América”, Muros (Editorial Bolívar), septiembre, 1940, 28.

[27.] Judith Porto Calvo, “Enrique Grau Araújo”, Muros (Editorial Bolívar), septiembre,1940, 45.

[28.] Bernardo De Quintaval, “Enrique Grau Araújo”, El Fígaro, 14 agosto, 1940, s.p.

[29.] “Charlando con Enrique Grau Araújo”, El Fígaro, 31 de marzo, 1941, s.p.

[30.] “Charlando con Enrique Grau Araújo”, El Fígaro, 31 de marzo, 1941, s.p.

[31.] Judith Porto Calvo, “Enrique Grau Araújo”, Muros (Editorial Bolívar), septiembre,1940, 45.

[32.] “Charlando con Enrique Grau Araújo”, El Fígaro, 31 de marzo, 1941, s.p.

[33.] Bernardo De Quintaval, “Enrique Grau Araújo”, El Fígaro, 14 agosto, 1940, s.p.

[34.] “Charlando con Enrique Grau Araújo”, El Fígaro, 31 de marzo, 1941, s.p.

[35.] Antonio Bustillo Franco, “Notas para un ensayo. Enrique Grau Araújo”, El Fígaro, 17 de marzo, 1940, s.p.

[36.] Judith Porto Calvo, “Un nuevo cuadro de Enrique Grau Araújo”, El Fígaro, 4, octubre, 1940, s.p.

[37.] Mejía tenía formación musical académica pero, al mismo tiempo, había participado en orquestas que tocaban música popular de la región.

[38.] Egberto Bermúdez, “Las músicas afrocolombianas en la construcción de la nación: Una visión histórica”en Memorias IV Cátedra Anual de Historia Ernesto Restrepo Tirado. 150 años de la abolición de la exclavitud en Colombia desde la marginalidad a la construcción de la nación, (Bogotá: Aguilar, 2003), 716.

[39.] Bermúdez, “Las músicas afrocolombianas en la construcción de la nación”, 718.

[40.] Manuel Obregón, “Discuro del gobernador del Departamento, Dr. Manuel F. Obregón, al clausurar la Primera Feria de Arte, en la ciudad de Cartagena”, Muros (Editorial Bolívar), septiembre, 1940, 34.

[41.] Bernardo De Quintaval, “Enrique Grau Araújo”, El Fígaro, 14 agosto, 1940, s.p.

[42.] Juan Zapata Olivella, “Un ligero ensayo. Enrique Grau Araujo”, Muros (Editorial Bolívar), septiembre: 59-621940, 61

[43.] Jorge Artel, “Modalidades artísticas dela raza negra” Muros (Editorial Bolívar), junio, 1940, 19.

[44.] Enrique Grau, después del éxito de la Feria en Cartagena, envió al Primer Salón del Arte Colombiano uno de los cuadro que había presentado allí: Negra y aborigen (1940) (con un nombre distinto: La carta) junto con el nuevo cuadro La mulata (1940). Grau obtuvo una mención y múltiples comentarios elogiosos de sus dos obras, fue definido como la revelación del Salón Nacional y el Gobierno le otorgó una beca para realizar sus estudios de arte en Estados Unidos. A partir de allí inició su carrera que estuvo marcada por el cruce continuo con los circuitos nacional y americano (Vidales, “El Primer Salón del Arte Colombiano”, 6).