Introducción
El presente artículo reseña la tras escena de la configuración de una prácticaartística en un lugar específico a lo largo de los últimos 6 años. Lo que empezó como un acercamiento pasivo al territorio, poco a poco fue entablando un diálogo con una población que llevó a entender que era posible buscar otras maneras de relacionarse con el poder, si se trazaba como meta cambiar la manera como dicho poder categoriza a la población. Es una práctica que ha costado mucho tiempo comprender; desde hace tan solo tres años comprendimos realmente que el arte, más que documentar, sí podría contribuir a plantearle a la comunidad la necesidad de generar otras herramientas de expresión de su autorreconocimiento, de manera que se puedan contrarrestar los efectos de ser eternamente nombrados a partir del hecho que los llevó a asentarse en un lugar distinto a su hogar.
Este texto aborda los pasos emprendidos para establecer relaciones entre la comunidad, las instituciones y otros grupos interesados en colaborar. Son acciones que podrían ser consideradas incipientes, sobre todo si se tiene en cuenta la línea de horizonte que plantea esta dinámica, pero son absolutamente necesarias para brindar un marco de posibilidades de cambio. Muchos factores externos podrían hacer que la práctica no logre producir los efectos que se han planeado de manera conjunta con la comunidad, o que simplemente se disipe el impulso obtenido en los más de 6 años de trabajo. Consciente de que hay un alto grado de fragilidad en el proyecto considero pertinente consignar en estas líneas ese estado del arte, esperando que también sirva como guía para otros grupos de artistas que quieran emprender un trabajo que involucre una relación comunitaria, sin que ello represente saquear simbólicamente al otro. Este es un proceso que se encuentra en el cruce de muchas coordenadas y solo espero que el lector tenga la paciencia de seguir el hilo del relato. Espero que en algún momento pueda publicar una segunda parte de este trabajo, ya que al hacerlo podría concluir en que se ha llegado a alguna parte.
Primero, el contexto
La vereda Granizal, en el municipio de Bello (Antioquia), es considerada el asentamiento informal más grande del departamento y disputa con Bajamar en Buenaventura (Valle del Cauca) el triste galardón de ser el segundo lugar de este tipo en el país. Su población, estimada por el sector oficial entre 26,000 y 30,000 habitantes, comparte un lugar común: es lugar de acogida después de un segundo desplazamiento. Esto quiere decir que, en su mayoría, la gente que allí vive no pensó en Granizal como el primer lugar para establecerse permanente luego del primer despojo de su hogar.
Si se hacen comparaciones, Granizal resulta pequeño ante el volumen de personas que habitan lugares como Ciudad Bolívar en Bogotá, Petare en Caracas o los campamentos de Antofagasta. La clave de por qué Granizal ha tenido alguna figuración dentro del panorama colombiano radica, en parte, en los relatos que se dan al hablar del lugar. Para algunos, la vereda está asentada en lo que fueron predios de una antigua finca perteneciente a Carlos Lehder, mientras otros dicen que pudo pertenecer a Pablo Escobar. Los más antiguos habitantes dicen que fue una finca perteneciente a la familia Santamaría, de gran tradición en Medellín, quienes obtuvieron las tierras del departamento a principios de siglo xx para poder abrir la carretera hacia el municipio de Guarne, en el Oriente antioqueño. Si bien la carretera existe, y ciertamente se recuerda que la vereda siempre ha tenido dueño, en el momento rastrear la tradición de la propiedad de esas tierras es una tarea difícil por la poca documentación existente, y solo se puede afirmar que por el momento, tienen un mismo propietario.
Entre el pasado común que llevó a que buena parte de la academia y la prensa lo identificaran como un lugar de víctimas, la presión de los distintos grupos ilegales que operan en la zona y el abandono estructural de la autoridades locales y regionales, los habitantes de Granizal desarrollaron estrategias comunes que les permitieron escapar, al menos en escenarios específicos, de algunas de las categorías con las han sido habitualmente etiquetados; esto también les ha llevado a encontrar formas de hacer visible lo que allí ocurre, de manera que la narrativa marcada por la lástima y la precarización dé paso a otro tipo de relatos en los cuales ellos no tengan que ser considerados sujetos desprovistos de capacidad para transformar su presente.
Este artículo busca dar cuenta de cómo se dio el proceso que llevó a que surgiera una estrategia conjunta entre un grupo de estudiantes y profesores universitarios,1 las madres de uno de los comedores comunitarios, una peluquera, varias lideresas sociales, así como otros líderes de los barrios circunstantes, que se juntaron a dialogar sin un plan de acción concreto y que, justamente por ello, lograron generar experiencias significativas que fueron tejiendo otra forma de ver el lugar. No es la única iniciativa con vocación de impacto social que se da en la zona y ciertamente, esta que se ha de tocar, no es la que más tiempo lleva. Pero es la iniciativa en la que he participado y, sin duda, es la que se ha encontrado con un componente de prácticas artísticas no instituidas, como una manera de crear otros referentes que cambien la situación de la comunidad de Granizal.
El inicio del proceso
Conocí Granizal, específicamente el sector Manantiales de Paz, en agosto de 2015. Fui invitado por la profesora Tamera Marko, quien lideraba el programa Dukeengage Colombia de la Universidad de Duke. El programa estaba insertado dentro de la iniciativa Medellín, mi hogar,2 que consistía en crear un archivo sobre los procesos de fundación de los barrios informales de la ciudad. Los estudiantes de la Universidad de Duke debían encargarse de la construcción de dicho archivo audiovisual. Se acordó con las autoridades del barrio que en la biblioteca proyectarían los videos documentales realizados y luego disfrutaríamos de un sancocho comunal, cortesía del programa Dukeengage, preparado por una líder comunitaria.
Para la Universidad de Duke y para el programa Medellín, mi hogar, el acto era significativo, pues era la primera vez que la comunidad solicitaba su presencia para realizar este proceso de memoria. El trabajo en Granizal implicaba, para la profesora Marko y su equipo, obtener una libertad frente a las directrices que la Alcaldía de Medellín3 siempre había querido imponer al apoyar el programa. Para el barrio, la situación también era significativa: se conmemoraba el sexto año de la fundación de Manantiales de Paz.4 La profesora Marko tuvo la amabilidad de extender también la invitación a mis estudiantes de la Maestría en Artes Plásticas y Visuales.5
Llegamos por Metrocable a la estación Santo Domingo y, desde allí, caminamos los 900 metros que llevan a las primeras escaleras que suben a la vereda. Una cañada tapada por basura que indica la frontera entre Medellín y Bello. La biblioteca era una edificación en madera que, en principio, parecía más pequeña de lo que era. Adentro se lograron acomodar más de 50 personas deseosas de verse en los documentales. Luego de la proyección de los documentales, llegó el momento de probar el sancocho. Doña Ena, una mujer alta, cartagenera, desplazada de San Pedro de Urabá y luego de Bello, había preparado toda la comida. Mientras se formó una larga fila de personas para obtener su ración, pudimos entablar conversaciones con la gente. En un momento Doña Claudia, otra de las líderes y protagonista de uno de los documentales, nos acercó vasos de guandolo6 y nos indicó dónde nos podíamos sentar. Nos ubicamos alrededor del billar, frente a la cancha, el único lugar completamente aplanado del barrio. Allí continuamos con las conversaciones que habíamos empezado mientras nos servían. El resto de la tarde fue bastante ameno, nos contaron historias de su vida y el barrio, y fue inevitable que en algún momento se tocara la historia de su desplazamiento. Todo se interrumpió a las 4 de la tarde, porque estábamos advertidos de que era mejor regresar a la estación del metro a esa hora, de manera que los líderes del barrio pudieran responder por todos nosotros.
Esa noche sufrí una gastroenteritis severa que me llevó a urgencias y que luego me incapacitó por poco más de una semana. En las primeras horas de esa primera noche tuve algo de delirio y ciertamente la fiebre superó los 40 grados. No fui el único, pues casi todos mis estudiantes habían caído enfermos también. Al contarle a la profesora Marko lo que nos había pasado, ella me preguntó si habíamos bebido del guandolo; la respuesta era obvia, sí. Ella me contó que el primer día que visitó el barrio uno de los fundadores del barrio le había arrebatado un vaso de agua que estaba a punto de tomar; le explicó que el agua era captada de algunos nacimientos de la montaña, y que las posibilidades de que estuviera contaminada eran muy altas. Al yo replicarle la profesora Marko sobre el por qué no nos advirtió, su respuesta fue que ella supuso que, al nosotros ser locales, tal vez nos hubiera parecido obvio y no nos quiso ofender.
En octubre de 2016 el profesor Fabián Zuleta, de la Escuela del Hábitat de la Universidad Nacional, me invitó a una reunión con líderes comunitarios de Granizal que se llevaría a cabo en su oficina. El profesor Zuleta me había invitado porque sabía que estaba tratando de implementar con los estudiantes del pregrado en Artes Plásticas una práctica artística que ubicara a la cartografía de controversia7 como eje central para dialogar con personas en lugares específicos y de esta manera lograr comprender cómo se daban las distintas construcciones de realidad de dicho lugar. Esta aproximación tan aparentemente anárquica ante los ojos del profesor Zuleta le resultó atractiva porque, según él, le permitiría a su equipo de trabajo acercarse a lo que pasaba en Granizal desde una perspectiva sensible.
A la reunión asistieron 6 líderes de la vereda; Manantiales de Paz era el único sector no representado. Luego de varios cafés pude entender un poco más la situación: la Universidad Nacional de Colombia, como espacio de la nación, estaba solicitando permiso a la comunidad del asentamiento para establecer un diálogo de saberes que acercara a la comunidad hacia un proceso de identificación y evaluación de problemáticas, para luego hacer una construcción colectiva de alternativas en vivienda. La propuesta en principio sonaba a quijotesca, pero estaba amparada en el hecho de que, para ese momento, ya se habían emitido algunas aclaraciones por parte de la Unidad para la Atención y la Reparación Integral a las Víctimas sobre cómo se habría de aplicar la Ley 1592 de 2012 en función de los montos que habrían de recibir las víctimas por conceptos de reparación. Era necesario que la vereda, como colectivo, comprendiera que a menos que desarrollaran un frente común, podrían ser convertidos en una especie de botín político y económico porque podrían ser tratados como individuos precarizados y no como un colectivo. En ese momento que escuché la cifra de 19,000 víctimas registradas ante la Unidad como un dato oficial.8
En noviembre fui invitado nuevamente por el profesor Zuleta, esta vez junto a mis estudiantes de la Maestría en Artes, a una reunión con los líderes de la comunidad. En ella se ultimaron los detalles de lo que sería la visita a la vereda; esta vez iríamos al sector de Altos de Oriente I, lugar que, durante el proceso de trabajo entre la Universidad y la población, había sido escogido para albergar el proyecto de solución de vivienda.
En Altos de Oriente I, mientras el grupo de la Escuela del Hábitat9 se reunía oficialmente con los líderes comunitarios, nosotros conversamos con personas interesadas en ver qué era lo que pasaba. Debido a un problema de logística, nuestro grupo no tenía chalecos distintivos de la Universidad, por lo que nuestra presencia se hacía extraña: claramente no éramos de la vereda, pero no lucíamos iguales al grupo de Hábitat. Decidimos separarnos para que ellos pudieran cumplir con su agenda.
Nos ubicamos en una caseta, una casa prefabricada adyacente a la cancha de tierra del barrio. Allí fueron llegando varios residentes del lugar, la mayoría solo para comprobar si éramos o no miembros de la Universidad. Luego de esclarecer nuestra procedencia, nos limitamos a decir que estábamos interesados en conocer más de ellos y del lugar. La ausencia de un propósito llevó a que tomar café o gaseosa se convirtiera en una excusa para buscar algo de qué hablar. Para nosotros no tenía sentido invocar el proyecto institucional del profesor Zuleta, puesto que no conocíamos a fondo lo que estaban haciendo y no queríamos entrar a responder preguntas de las que desconocíamos su respuesta. La gente empezó a contar historias del barrio, siempre con un lenguaje cauteloso, toda vez que el hecho de habernos visto llegar en un vehículo con escudos institucionales no necesariamente tenía que inspirar confianza.
La incomodidad se rompió cuando una señora levantó la mano para aclarar que Granizal no era realmente una comunidad sino que era una complicada red de lugares donde no estaba claro por qué se asumían como una sola cosa. También me enteré en ese momento de que Granizal tampoco aparecía en ningún mapa oficial; todas las personas que estaban en esa reunión comprendían perfectamente las implicaciones que traía el no existir a través de la imagen que otorga el mapa y sabían que, tras ese hecho, había algo más que una omisión oficial.
En febrero de 2017, el profesor Zuleta nos invitó esta vez a Manantiales de Paz. El barrio había cambiado mucho desde aquel sancocho de dos años atrás. La biblioteca ya no estaba. Había unas escaleras en cemento que subían por la montaña. Donde habíamos almorzado estaba ahora una iglesia y muchas casas de madera se habían reconstruido con ladrillo. Incluso, algunas ya habían alcanzado dos o tres niveles.
La reunión se había concretado para compartir con la comunidad los diseños preliminares que la Universidad había realizado con los líderes: era una construcción vertical, que reposaría en la parte alta de la vereda, una especie de complejo habitacional que podría albergar las cerca de 26,000 personas de las que se hablaba en ese momento, donde todas las necesidades podrían ser cubiertas. A partir del diseño, se habló de disponer de lavadoras industriales suficientes para cada bloque de apartamentos, se habló de huertas, tiendas e incluso corrales para que las personas que conservaban animales pudieran tenerlos en esa especie de propuesta urbana disruptiva.
En la reunión, reconocí a Doña Claudia y Doña Ena. Fue Claudia la primera persona en preguntar por dónde quedaría la tierra donde ellos estarían. Ella no preguntaba desde la incomprensión, sino desde el hecho obvio de que para ella, como para todos los que estaban allí, tierra significaba casa, porque justamente lo que les fue quitado cuando fueron desplazados fue la tierra, y porque ellos sabían de sobra cómo construir su casa.
La reunión a partir de ese momento cambió de tono. Doña Ena fue la primera que me mencionó que no le gustaban que ese tipo de reuniones se hicieran con personas que en ningún momento habían ido a sus casas para conocer cómo vivían. Ahí comprendí que, si nosotros queríamos trabajar con ellos, debíamos construir desde cero esa relación. Le pedí una cita a Doña Claudia y a Doña Ena para hablar a la semana siguiente, solo para eso.
Proponer a la Universidad que apoyase algo enmarcado en la idea de una práctica artística basada en un diálogo con una población con la que apenas se estaba entablando una conversación, fue una tarea compleja. La ausencia de una propuesta de intervención, o de construcción de obra conjunta, hacía muy difícil justificar por qué era importante tener acceso a unos recursos que permitieran hacer presencia, aun sabiendo que el único propósito inmediato podría llegar a ser estar y relacionarnos. La complejidad de las políticas institucionales hizo que tuviéramos que optar por otras estrategias más autónomas, relacionadas más con el ámbito académico y no solo con el de la representación institucional. Al ser un grupo que contaba con alumnos de posgrado, decidimos empezar por crear una estrategia por nuestra cuenta, como propuesta de investigación.
El primer encuentro fue organizado por el grupo de madres del comedor comunitario. Cada madre invitó a su casa a un estudiante a tomar la media mañana. Acordamos entre nosotros unas instrucciones básicas: no entrevistar, no tomar fotografías, escuchar, conversar y, si era necesario, tal vez dibujar, pero solo si había niños y si era pertinente regalarles a ellos los dibujos. Al final de la experiencia, nos encontramos en la casa de Doña Ena, allí ella operaba un pequeño restaurante, y allí ésta se convirtió en nuestro centro de operaciones.
La primera vez que hicimos esta actividad yo me quedé hablando con Doña Ena. Ella me ofreció un jugo de níspero en leche que bebí mientras ella organizaba unas carimañolas de queso que les iba a ofrecer a los estudiantes; estaba feliz porque le había llegado el suero atollabuey temprano en la mañana. La imagen no me resultaba contradictoria: la abundancia para ofrecer alimentos “a las visitas” es un hábito muy común en el país, pero lo que me resultaba extraño era el níspero. Es una fruta que, al salir de Córdoba y al acercarse a Antioquia, deja de aparecer en el panorama. Es una fruta poco comercial por fuera de la sabana y la costa, y cuando se consigue, su precio es astronómico. Doña Ena me contó el complejo entramado de relaciones que permitía que cada quince días desde San Antero (Córdoba) le despacharan cargamentos de zapote, níspero, guayaba agria, ñame espino, caimito, corozo, coco de agua y, por supuesto, suero salado. Un arriero que conocía, y que aún tiene una recua de mulas y burros a la orilla de la autopista Norte, hacía el viaje desde la carretera hacia la vereda, y muchas veces era quien subía todo el cargamento. Había mantenido sus contactos aún mucho tiempo después de ser desplazada del Urabá.
Doña Ena había trabajado como cocinera para el ejército en la base de Carepa. Sabe lo que se necesita para atender a 400 personas al mismo tiempo, por eso decidió complementar las carimañolas con unas “arepa e huevo” que preparó a la manera tradicional, no con carne, como la hacen en Cartagena y que esperó a freírlas el tiempo suficiente para que estuvieran calientes, mas no hirviendo, para los muchachos.
Al llegar los estudiantes, mientras disfrutaban de la comida, relataron otras historias, otros desplazamientos pero, ante todo, contaron también cómo las personas conseguían cosas de sus lugares de origen: norte, suroeste y oriente antioqueño, Urabá, Magdalena medio, Chocó, Montes de María, norte del Cauca, sur del Huila, Córdoba o el Eje Cafetero. Era obvio que la historia que contaba Manantiales de Paz no era solo la historia de los conflictos ocurridos en Antioquia. Y, si bien estaban reflejadas las disputas entre bandas de Medellín, también estaban narrados los cuadros de desplazamiento por el control de las rutas del narcotráfico, los desplazamientos por la siembra de palma africana, los conflictos con los proyectos mineros, así como las disputas que acompañaron a los grandes proyectos de desarrollo a lo largo de los ríos Cauca y Magdalena.
Al preguntarles a Doña Ena y a Doña Claudia si a ellas les gustaría que nosotros fuéramos con regularidad a la vereda, la respuesta de Claudia fue simple: “profe, avisen con tiempo para que no le vayan a hacer algo a los carros”.
En todas las cocinas de las casas que visitamos, vimos que había filtros de carbón activado para purificar el agua, que tenían el logotipo de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (acnur) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud); esto indicaba que la población había sido, al menos, visitada por la organización. Sabíamos que el comedor comunitario había sido respaldado por World Vision, también que Fundación techo tenía presencia permanente allí y, además, que desde 2016 se desarrollaban actividades con trabajo social por parte de la Universidad Minuto de Dios, salud pública y ciencias políticas de la Universidad de Antioquia, psicología de la Universidad San Buenaventura y anualmente recibían la visita del Emerson College, Duke University y la Universidad de Colorado en Boulder. En resumen, el lugar era monitoreado por muchas instituciones de educación superior. La Defensoría del Pueblo había reactivado su presencia en la Casa de Derechos, lo que implicaba que había un reconocimiento de que allí ocurría algo que debía ser atendido desde una perspectiva oficial. Cabía preguntar entonces cómo un lugar con tan fuerte presencia de instituciones era tan fácilmente invisibilizado.
El proceso de establecer una relación con las personas tomó todo ese primer semestre de 2017. Debíamos encontrar un espacio académico de mayor peso si no queríamos ser percibidos como un equipo inútil que actuaba guiado por la excentricidad de ser artistas. Para ello debíamos cambiar el lugar desde el que estábamos enunciando el trabajo. Decidimos migrar el proceso a un espacio de mayor identificación institucional pero, para hacerlo, debíamos contar con la colaboración de estudiantes del pregrado. Fue así como Granizal se convirtió en el eje central de la asignatura Prácticas Artísticas del pregrado en Artes Plásticas.
Este nuevo escenario llevó a que, a final de 2017, pudiéramos desarrollar un panorama más completo de las cosas que pasaban. El hecho de provenir del mundo del arte nos hacía inofensivos ante los ojos de los habitantes pero, lo que realmente había generado la confianza en las personas, era que habíamos sido percibidos como un equipo de trabajo cercano y parecido al que lideraba la profesora Marko; eso transmitía la sensación de que, a diferencia de todos los equipos académicos de origen colombiano que operan ahí, nosotros no teníamos manera de capitalizar la información que ellos nos pudieran dar, dado que no estábamos asociados a un grupo con poder de decisión.
La razón principal para argumentar que estábamos emprendiendo una práctica artística es que, dentro de la lógica de la noción de práctica, se entiende que hay un ejercicio de repetición, de reiteración, de cosa que se incorpora dentro de una instancia social. La práctica, como concepto, permite que luego pueda surgir (o no) una lógica de producción. En el caso concreto de Granizal, para ese punto, la práctica evitaba someternos a un único guion de trabajo; en cambio, nos permitía comprender que todos los gestos que fuéramos incorporando de manera conjunta con las personas de la vereda, podrían trazar un propósito sin necesidad de presuponer un único gesto formal. En ese momento teníamos claro que afectarnos mutuamente era el punto de partida de esta práctica. Habíamos llegado al punto en que había una familiaridad en el trato, y ya habíamos logrado encontrar vasos comunicantes que nos permitieran superar el problema de mirarnos como “otros”. Esto llevó a reconocer que el trato se había convertido en un ejercicio práctico que debía darnos la pauta para poder pensar en escenarios de producción comunes, sin que ello implicara que nosotros habríamos de adoptar una noción ficcional de pertenecer a Granizal, porque ciertamente ello implicaría caer en un juicio moralizante.
Los problemas de la representación y la puesta en marcha de una práctica artística en un sitio específico
El relato primordial con que se construyó la imagen pública de Granizal estuvo soportado en la noción de pobreza extrema y en el hecho de que más de la mitad de la población es víctima del conflicto armado. Sus casos han sido registrados tanto por el Sistema Nacional de Atención y Reparación de Víctimas y algunos testimonios han servido para reforzar las pruebas para casos que están en proceso de juzgamiento en la Jurisdicción Especial para la Paz,10 por lo tanto se supone que ya han sido declarados sujetos susceptibles de reparación pese a que hasta ahora dichas reparaciones no se han dado. La persistencia en el espectro de vulnerabilidad parte del hecho de que el municipio de Bello no actualiza sus linderos desde 2003 y, por lo tanto, como se había descrito anteriormente, Granizal no aparecía en documentos públicos, de ahí que fuera imposible determinar qué pasaría los habitantes, sus terrenos y con la definición del tipo de ocupación que tienen.
La inexistencia de una imagen pública de Granizal, llevó a que pasaran desapercibidos actos de conciencia ciudadana que evidenciaban una enunciación colectiva clara. Para las elecciones locales y regionales de 2015, la vereda en pleno decidió no participar de las elecciones en Bello. El relato de buses que retornaron vacíos a las sedes de campaña no solo hablaba del nivel de conciencia que los habitantes habían desarrollado después de años de ser invisibilizados, sino que también hablaba de que todo el colectivo estaba dispuesto a actuar en consecuencia con esa caracterización de inexistencia que era evidente en el espectro mediático.
Según pudimos comprender, luego de dialogar con varios abogados, ni Empresas Públicas de Medellín ni la Gobernación de Antioquia se atrevían a proveer de manera permanente algún tipo de servicio o infraestructura porque esto implicaría hacer una legalización ad-hoc, lo que representaría pasar por encima del ente territorial que es la Alcaldía. Por esta razón el servicio energía eléctrica se instaló dentro de un esquema preparado en la vereda, porque con ello no se implicaba una institucionalización.
Otro factor que resulta complejo de explicar es el de “los muchachos” que operan en el sector. Ellos no responden de manera típica a una estructura vertical que pudiera ser comparable con la de otros barrios de la ciudad, pese a que las autoridades tienen identificado a qué agrupaciones poderosas pertenecen. Dentro de la vereda, y ante la ausencia de autoridades, ellos se convirtieron en ente policial, administración de justicia, producción de infraestructura, distribución de encomiendas, así como de muchas cosas que hacen parte de la tipificación de este tipo de grupos. El hecho de que históricamente hicieran parte del proceso de desarrollo de la vereda, hizo que alrededor de ellos se construyera una percepción que guarda cautela. Sin despreciarlos, ni percibirlos como algo completamente negativo, “los muchachos” lograron ganarse el respeto de muchos habitantes cuando, según cuentan habitantes que vivieron los hechos, sirvieron como cuerpos de seguridad durante los tres desalojos que produjo la alcaldía de Luis Pérez Gutiérrez en Medellín.11
Una vez tuvimos este panorama surgieron preguntas sobre realmente qué podíamos hacer o cómo aportar; sobre todo empezamos a cuestionar si éticamente debíamos usar el privilegio institucional que brinda la filiación a la Universidad como elemento para facilitar un cambio. Ciertamente, temíamos percibirnos como un grupo que asumía la posición de salvamento de una población vulnerable. Era claro que había una delgada línea que separaba la construcción colectiva y la instrumentalización del otro para construir una iniciativa que pudiera transformar los referentes. Por esto, debíamos acercarnos un poco más al umbral de la acción para saber cómo entender la situación y, ante todo, debíamos evitar caer en la trampa de repetir formas que se habían vuelto estereotipadas dentro de las prácticas con poblaciones. Sabíamos que a ellos no les interesaba tener un mural conmemorativo. Sabíamos que nosotros no estábamos en capacidad de generar un proceso de embellecimiento urbano, porque no era claro eso qué implicaba en lo relativo a la vereda. Teníamos claro que se estaba desarrollando una familiaridad y por ello debíamos continuar con la premisa de escuchar, de manera que pudiéramos generar una dinámica en la que proponer algo no fuera consecuencia de reaccionar a una problemática.
Por ello generamos iniciativas de aplicación que alimentaban la relación entre Granizal y nosotros: hicimos caminatas para identificar barros en la vereda que pudieran servir para producir filtros purificadores de agua, se acompañó el proceso de los estudiantes del Emerson College para rodar nuevos documentales que relataran el proceso de poblamiento de la vereda y se hicieron capacitaciones para participar en convocatorias de presupuesto participativo. Eran pequeños gestos que sólo buscaban mantener los canales de comunicación con Granizal.
En enero de 2018 debimos hacer una rotación de cursos, de manera que los estudiantes pudieran continuar con el trabajo. Con ello protegíamos institucionalmente las relaciones que llevaban más de un año tejiéndose.
Para complementar los recursos académicos, decidimos construir un proyecto de extensión solidaria que nos permitiera manejar recursos financieros directos mientras desarrollábamos estrategias para censar lo que nunca se había preguntado en la vereda.12 Sin embargo, nuevamente las lógicas institucionales de la Universidad vieron poco viable la pertinencia de que artistas mezclaran perspectivas culturales y sociales para desarrollar otras formas de relacionarse con una población. Si bien el proyecto cumplía con los requerimientos, las anotaciones de los jurados ponían una sombra de duda sobre por qué el arte debía “salir de sus caminos habituales”.
En febrero de ese año se produjeron dos noticias trascendentales para Granizal. Por un lado, las relaciones con el propietario de la vereda se habían descongelado y, por el otro, Bello anunció que Granizal aparecería en el mapa del municipio. Aunque no estaban actualizados los linderos, la presencia en el mapa implicaba que podrían ser incluidos en el Plan de Ordenamiento Territorial (pot) y, por lo tanto, era posible pensar que en algún momento ellos podrían verse beneficiados por la política pública.13
Este cambio en la situación nos llevó a pensar una estrategia enfocada para nuestro acompañamiento, de manera no ocurriera una reducción de derechos para una población que se había acostumbrado a que le fuera arrebatado todo. La lógica que aplicamos es que si había un diálogo entre Granizal y su dueño, y existía un gesto administrativo por parte de las autoridades de uno de los municipios con más reputación de corrupción del país, ciertamente cabía la posibilidad de que algo se estuviera discutiendo a puerta cerrada y no necesariamente quería decir que era en favor de mejorar la calidad de vida de los habitantes de la vereda.
Por ello incorporamos a un abogado que trabajara en procesos de demandas contra el Estado en el marco del conflicto, que tuviera pleno conocimiento en defensa de Derechos Humanos. Diseñamos talleres que les permitieran a los asistentes salir con un derecho de petición en las manos y que los guiara, en caso de omisión de respuesta, a presentar una acción de tutela. Este proceso con el abogado activó en la población la consciencia del capital social que tienen.
Por esos días fui contactado por el dueño del predio donde se asienta la vereda. Me hizo saber que realmente él fungía como representante legal de su familia; había vivido en Bello en su infancia, y vivía en Australia desde hacía décadas. También me contó que representaba a una compañía de origen chino que se dedicaba a la producción de energías limpias y que su familia también era dueña de la vereda contigua a Granizal en dirección norte, la vereda Croacia, lugar que no sufrió proceso de invasión. En la misma conversación, él tuvo la buena voluntad de revelarme que le habían aprobado un permiso para construir un proyecto inmobiliario de más de 3000 casas de interés social como prueba piloto para hacer una comunidad abastecida con energías limpias en la vereda Croacia. Para poder ejecutar dicho plan, debía dar solución al problema de Granizal.
Más allá de comprobar si la información suministrada por él era verídica o no, la realidad apuntaba a que algo había empezado a moverse y ciertamente se había asumido el imaginario de que los habitantes de la vereda eran sujetos vulnerables sin posibilidad de decisión, una percepción que les jugaría en contra si persistía.
Cuando se publicó el Plan de Acción de 2018, que hacía parte de la actualización del Plan de Desarrollo Municipal 2016-2019 de Bello, Granizal fue nombrado dentro de 2 bloques temáticos: el primero ubicado en la dimensión social del plan, donde se hacía mención a la Casa de los Derechos14 de Granizal como un lugar donde se desarrollaban actividades culturales. Y en la Dimensión Económica, se identificaba a Granizal como un espacio con potencial pecuario, especialmente enfocado a ganado lechero. Dichas afirmaciones resultaron peculiares porque, en primer lugar, las relaciones con la Casa de los Derechos no eran del todo fluidas, los grupos que realizaban algún tipo de actividad cultural allí lo habían hecho sin el apoyo municipal, por lo que la referencia como parte de un plan de acción, se generaba extrañeza.15 Y por otro lado, después de haber recorrido la vereda en varias ocasiones, solo recordábamos haber visto 2 vacas en todo Granizal, ambas pertenecían a un señor de Urrao que vivía en el sector de Altos de Oriente II, por lo que la noción de un potencial pecuario era difícil de ubicar.
En síntesis, en los documentos oficiales había una simplificación de datos que llevaba a preguntar si detrás de la elaboración de estos había una deliberada omisión a relacionar los problemas insignia de los habitantes de la vereda para impedir que se generara una exposición de las categorías que habían caracterizado al lugar hasta ese momento, tal y como era el caso de la etiqueta “asentamiento informal más grande del departamento”, que fue usada desde mediados de la década pasada.
Para poder crear una perspectiva de contrapeso, decidimos utilizar la estrategia que la profesora Marko había iniciado unos años antes y decidimos construir un espacio de documentación que, junto a los derechos de petición, nos ayudara a comprender cómo se expresaban las problemáticas del lugar.
La producción de documentos trajo consigo la necesidad de pensar en un archivo alternativo. Esta era la primera estrategia que empezamos a consolidar como práctica artística. Debíamos producir una documentación que diera cuenta de la manera de relacionarse en la vereda, sin que ello implicara que la persona que habría de alimentar el documento sintiera la obligación de traducir sus relaciones para ubicarlas dentro de una producción de sentido.
Sin embargo había un problema ya que, si bien la gente de Emerson College tenía el permiso para grabar y tomar fotografías, ese derecho no había sido extendido a nosotros. En el contexto de Granizal es muy distinta la situación si el portador de la cámara tiene el mismo acento de la persona de la comunidad que está siendo retratada. Hay una consciencia de que cada imagen puede ser utilizada para identificar e individualizar personas. No es una exageración, pues las judicializaciones que se le hicieron a líderes sociales se produjeron después de que éstos fueron expuestos por las cámaras de televisión o en las imágenes de los periódicos en algún momento. Esta consciencia de la cámara podría dar respuesta al por qué la mayoría de las imágenes que circulan de la vereda, muestran principalmente a niños, madres y ancianos, como si los adultos jóvenes fueran invisibles.
Si una parte fundamental de nuestra práctica habría de consistir en producir documentación. Esta debía adoptar otras formas de consignar y representar la situación de Granizal más allá de la imagen y los relatos. Sabíamos que se había constituido una narración homogénea donde el individuo representaba al colectivo y, esa propiedad de que la parte habla por el todo, había engullido las particularidades de las personas. Este efecto homogeneizador había creado un relato donde el día a día carecía de importancia. Para ser coherentes con la idea de que debíamos dar alcance a otras formas de documentar la representación en Granizal, asumimos que producir imagen fuera solo una opción y no necesariamente la principal, pero aún debíamos comprender cómo habríamos de registrar las cosas; solo sabíamos que aquello que fuera documentado no debía hacer parte de un paisaje. Sin embargo, también éramos conscientes de que existía el riesgo de que a través de nuestra presencia e intervención termináramos creando una plataforma que romantizara la percepción de Granizal.
En el trabajo con la población de la vereda arrojó la necesidad de crear dispositivos que permitieran comprender a la población urbana de Medellín, cómo funcionaba la complejidad de Granizal, sobre todo porque se necesitaba crear una lectura más allá de los referentes de pobreza y la violencia. Teníamos claro que Granizal era un ejemplo de cómo, a través del relato, se había generado una especie de performatividad de estricto cumplimiento que hacía que a la palabra ‘víctima’ le correspondiera una mirada estetizada, un relato, un tono de voz, un género y por ello pareciera que todo el lugar debía replicar esa imagen pública que, además, contaba con el respaldo de la ley colombiana.
La primera experiencia que construimos fue un ejercicio de rastreo del lugar a través de un sitio web. La idea consistía en crear recorridos visuales utilizando los registros de Google Street View y conectarlo con toda la información que estaba circulando en redes sobre la vereda. Si bien se había logrado resolver el entramado técnico, en el diálogo con los habitantes comprendimos que el ejercicio resultaba ajeno. Y aunque era una herramienta que aprendieron a articular inmediatamente, la pregunta sobre qué hacer con ella surgía a menudo. Para ellos compartirla no era algo relevante: si bien les interesaba que la gente viera cómo eran las condiciones para llegar, y cómo lucían las fachadas de las casas a partir del registro de Google, lo que realmente buscaban era una manera de generar memoria, no registro. Tenían muy claro que necesitaban trascender la idea de ser imagen de referencia.
Fallamos en la relación en el primer intento. Nos ocupamos más por tratar de hacer nítido nuestro gesto y, con ello, demostrar lo mucho que importaba la comunidad; pero estábamos olvidando, al ser esta una relación horizontal, la obligatoriedad para hacer claros debía ser resuelta entre ambas partes, puesto que no mediaría un objeto entre nosotros. Teníamos muy claro que si las personas comprendían que algo se había conjugado era porque se había creado una intermediación y, con ello, se hacía innecesaria la corroboración de la experiencia por la vía de la refrendación: debía ocurrir así o no ocurriría nada.
Volvimos a propiciar espacios de intercambio con la gente, que ocurrían mientras tomábamos chocolate, comíamos buñuelos y empanadas. Compartir alimentos prolonga la charla y permite acumular más información. Una tarde, una señora nos contó que había tenido que hacer el esfuerzo para “colocar el agua buena”, debido a que su nieto recién nacido estaba teniendo problemas para ganar peso. Logró reunir los $200.000 que “los muchachos le pedían para la tubería” y otros $200.000 para la conexión. El niño había empezado a mejorar. No le preguntamos exactamente a la señora sobre qué significaba para ella poner el “agua buena”, pero sí le preguntamos a una de las líderes de la vereda sobre qué significaba eso. Ella nos confirmó que era el agua que lograban extraer de un nacimiento limpio que quedaba mucho más arriba del colector tradicional y que, si bien no era tratada, ciertamente era mucho más segura que el agua que habitualmente llegaba a toda la vereda. Al preguntarle sobre el por qué no nos habían contado eso en un principio, su respuesta fue muy clara: “nunca nos preguntaron”.
Y era cierto, en los 4 años que llevaba de conocer Granizal y en los dos años continuos que tenía de estar trabajando allí con mis estudiantes, no se me pasó por la cabeza preguntar si existían las posibilidades de tener un mejor acceso al recurso hídrico. Es como si nunca hubiera superado la gastroenteritis de la primera vez que estuve allí y, con ello, di por cerrada la discusión. Esa fue la alerta que necesitábamos para pensar en un espacio de reflexión que nos permitiera darnos cuenta de qué sabíamos, cómo y por qué lo sabíamos y, sobre todo, que hiciéramos un esfuerzo por comprender qué de lo que estábamos haciendo tal vez estaba relacionado con suposiciones que nos pudieran haber resultado lógicas solo porque producían sentido. Era hora de pensar darle una perspectiva al archivo y, sobre todo, pensarla desde la posibilidad de producir una memoria otra, porque ciertamente los mecanismos que se habían implementado en la vereda eran insuficientes.
Repasamos algunos procesos de Chile relacionados a la construcción de nuevos testimonios, luego de que la recopilación de datos de la Comisión Rettig había dejado por fuera a muchas personas que se sentían víctimas y el Estado no asumió responsabilidad alguna. Observamos ejercicios derivados del proceso Nunca Más en Argentina, pero el hecho de que el relato estuviera dominado por la narrativa de los dos demonios para explicar lógicamente el Proceso de Reorganización Nacional, resultaba inaplicable. En México habíamos encontrado ejemplos de los ejercicios de gráfica callejera que habían realizado los estudiantes de la unam y que habían contribuido a preservar la memoria de lo que fueron los periodos de gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo y también analizamos la propuesta del Museo de la Memoria Indómita pero, de nuevo, el hecho de que la memoria estuviera condicionada a las características físicas del lugar donde reposa el archivo, hacía de archivar un ejercicio que sólo encontraba su rigor en una idea específica de fuente primaria, lo que siempre mantendría la balanza inclinada hacia un lado.
Decidimos entonces retomar lo ensamblado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, con la exposición de Voces para transformar a Colombia.16 Los textos curatoriales y los registros que habíamos tomado de la exposición cuando se presentó en Medellín, nos ayudaron a entender que gran parte del trabajo implicaría construir los métodos y las formas de consignación desde el principio, sin miedo a perder referencialidad. No había nada malo en tener a los referentes como punto de apoyo, pero ciertamente el ejercicio implicaba establecer una lengua franca que fuera capaz de acercarnos a todos a hablar desde el entendimiento.
En enero de 2019 nos dimos a la tarea de ensamblar una gacetilla, un periódico impreso que nos sirviera como dispositivo para que las personas mostraran sus distintas formas de producir: la fábrica de jabones multipropósito, las tiendas, los billares, las barberías, los supermercados y hasta personas que certificaban poseer un oficio y ganas de enseñar a domicilio hicieron parte de la gacetilla. Ese formato que encontramos estaba obligado solo a circular, comprendíamos que la circulación implicaba convertirse en papel para envolver aguacates, para dibujar o para anotar cuentas, pero eso no importaba. La idea era ver si algo tan simple podría realmente conectar sectores que no dialogaban. Cumplimos con incluir una sopa de letras, un crucigrama y un sudoku como parte de las solicitudes que nos hizo la gente.
En el ejercicio de recopilación de información, nos dimos cuenta de que la gente realmente conocía más la vereda de lo que en un principio afirmaba. La idea de que cada barrio funcionaba como un sector independiente que solo era conectado por la voluntad de los líderes no era del todo cierta. Sí estaban establecidas unas relaciones que iban más allá de los problemas comunes y ciertamente pensar en un proceso de colectivización era improbable, justamente porque aún no había un escenario de lectura que ayudara a enmarcar lo que allí pasaba. En otras palabras, no se comprendía realmente si en Granizal había o podía haber una comunidad.
En febrero de ese año, tuve la oportunidad de asistir a un evento sobre patrimonio inmaterial; allí un experto habló sobre los procesos de legalización de predios en entornos rurales y por qué ese proceso no era competencia de Planeación Municipal. Después de su charla, pude hablar con él unos instantes, no tuve tiempo de contextualizarlo, pero él alcanzó a informarme que los conceptos de propiedad de la tierra también estaban cruzados por el Código Civil17 y por la Agencia Nacional de Tierras. En ese orden de ideas, y dado que la palabra vereda implicaba la nomenclatura territorial de Granizal, tal vez allí podría haber una manera de obtener herramientas para equilibrar la balanza.
Al observar los lineamientos de la Agencia Nacional de Tierras, vi que se invocaba a la Constitución Política en el Artículo 58 y se especifica que el Estado debe proteger y promover formas asociativas de propiedad, determinando que: “podrá haber expropiación mediante sentencia judicial e indemnización previa. Esta se fijará consultando los intereses de la comunidad y del afectado”.18 Si bien mis conocimientos jurídicos solo llegan hasta la comprensión del texto y no necesariamente a su interpretación, era claro que los acercamientos con la familia dueña de la tierra posiblemente llevarían justamente a construir estos escenarios para dar cumplimiento.
Pasaron los días y continuamos registrando material para ese archivo de otredades que buscábamos entregarles a los habitantes de la vereda, de manera que ellos pudieran optar por hacer una enunciación distinta al de los hechos victimizantes. Mientras eso ocurría, en marzo tuvimos la confirmación de que había unos acuerdos para que la tierra pudiera ser vendida a los habitantes de la vereda: el departamento y la Alcaldía de Bello serían garantes del proceso. El principal escollo estaba cifrado en el asunto de las aguas. Para que el proceso pudiera ser aceptado, los líderes de Granizal habían acordado que debía haber una voluntad de parte de Bello y de epm para llevar agua potable a todas las casas. A finales de ese mes, el Consultorio Jurídico de la Universidad de Antioquia y estudiantes de Ciencias Políticas de la misma Universidad, interpusieron una apelación frente la medida que el Tribunal Administrativo de Antioquia había propuesto para satisfacer las demandas de agua potable por parte de los habitantes de la vereda, y que habían sido consignadas a través de una acción popular. Para el tribunal, era posible paliar la situación con carrotanques, bidones y bolsas de agua, así como la construcción de pozos sépticos.
Para mayo de 2019 la violencia entre bandas escaló en Bello. Se prohibió, por parte de la Universidad Nacional de Colombia y las autoridades, subir a las veredas del municipio, Granizal incluida. Al hablar con personas de los distintos sectores me confirmaron que, efectivamente, la situación era confusa, y si bien la violencia aún no se había desatado en los barrios de la vereda, la desconfianza en la policía era mucha, por lo que no había forma de saber cómo funcionaría la seguridad allí. Algunas personas empezaron a abandonar sus casas ante la zozobra que despertaba la situación.
Como equipo de trabajo, acordamos que no debíamos involucrar demás a la Universidad en las actividades que estábamos desarrollando, pero ciertamente debíamos darle al menos un cierre al proceso que ya se había emprendido. En julio terminamos la edición de la gacetilla y comenzamos el proceso de organización del archivo: clasificamos más de 600 fotografías, 250 horas de relatos, un centenar de recetas de cocina y otro tanto de dibujos hechos por los niños. Todo ese material recopilado en cerca de dos años y medio fue el resultado del trabajo conjunto entre los habitantes de la vereda y nosotros. La entrega del periódico significó la última vez que habríamos de trabajar de la misma manera allí. La mayoría de los estudiantes habían terminado sus materias y la orden de no subir era lo suficientemente seria y justificada como para desafiarla.
El archivo se convirtió en un testimonio de lo que significaba esperar respuestas concretas. El Consejo de Estado, el dueño de la vereda y los muchachos estaban evaluando la situación para actuar. Los mismos habitantes estaban esperando comprender qué respuesta concreta darían ante el panorama que tenían frente a ellos. La posibilidad de una legalización podría traer el mismo tipo de violencia de la cual huyeron, pagar impuestos no garantizaba que se diera un principio de no repetición y, si bien la gran mayoría manifestaba querer poder decir que su tierra en Granizal era suya, muchos estaban contemplando la idea de duplicar o triplicar los esfuerzos para producir medios de subsistencia con tal de abandonar el lugar que hicieron suyo por muchos años.
Por nuestra parte, desarrollamos escenarios diferentes para continuar con esta práctica expandida que todos atesoramos y no pertenecía a nadie en particular. Conservar el material llevó a que se desarrollaran lazos significativos entre los miembros del equipo y los habitantes. Este círculo de confianza permitió que cada uno fuera una especie de ancla para recibir información sobre lo que estaba pasando en el interior de Granizal. Mensajes de texto y audio enviados por WhatsApp, comentarios por Messenger o directamente en Facebook, se fueron compilando para ir atestiguando lo que pasaba. Se podría decirque este es un archivo sobre el derecho a poder vivir por fuera de un escenario de amenazas.
En febrero de 2020, la Asamblea Departamental de Antioquia tuvo una reunión para tratar el caso Granizal. En marzo, el Consejo de Estado falló en favor de Granizal. Se ordenó al municipio de Bello y a epm ejecutar los estudios para la instalación de redes de acueducto. Por otro lado, el Tribunal Supremo de la Jurisdicción de lo Contencioso Administrativo ordenó adelantar las acciones necesarias para regularizar los títulos de los predios de los sectores Manantiales de Paz y El Pinar. Una vez pasaron las cuarentenas por la pandemia del covid-19, se dio inicio a los estudios técnicos para buscar la manera de llevar el agua a todo el sector. Un sector de la comunidad solicitó que representantes de las distintas universidades que han hecho presencia allí hicieran parte del Comité Dinamizador con epm y el municipio de Bello. Ciertamente la situación de la vereda comenzó a presentar un punto de quiebre.
La relación entre Granizal y las instituciones educativas había logrado que las autoridades asumieran la responsabilidad de cambiar la situación. Si bien las reparaciones dentro del contexto de los hechos victimizantes de la población siguen congeladas, el hecho de que en el horizonte hubiera un escenario posible para la legalización de los predios y, sobre todo, estuviera materializándose el tener agua potable, permitía pensar en que el trabajo en conjunto ya podía reposar sobre otras formas significantes. Poco a poco han quedado atrás las protestas con banderas rojas en las calles como símbolo del hambre que se estaba pasando producto de los confinamientos prolongados y la poca respuesta de las autoridades. Habiendo pasado el umbral de lo peor de la pandemia, era necesario que nosotros pensáramos cómo desarrollar un gesto que pudiera ubicar otra pregunta significante para la vereda; en 2021 la práctica artística que habíamos construido con el amparo de la Universidad y la población pasó a otro estadio.
En este momento es posible pensar que en un futuro no muy lejano, la gente de Granizal podrá decidir quedarse por algo que valore de la vereda y no solo porque es el lugar donde van a dar las personas que no tienen más a dónde ir. Es obvio que esto no va a prevenir el hecho de que se puedan presentar desplazamientos y despojos allí como consecuencia de la tenencia legal de la tierra, tampoco evita que las reglas de especulación inmobiliaria no toquen las puertas de los habitantes, involucrándolos en los relatos del desarrollo urbano que han tenido tanta presencia en el norte del Valle de Aburrá. Desde marzo de 2021, se empezó a dar sustento a la idea de que, tal vez, el siguiente paso a dar con la práctica artística era construir acontecimientos que sirvieran para demostrar que los vínculos en Granizal estaban pasando de ejercerse en el plano de la práctica social y, en contraste, estaban buscando desarrollarse en el plano de la práctica de la cultura.
Las imágenes que produjo el paro nacional durante el mes mayo, especialmente las de la construcción del monumento a la resistencia en Puerto Resistencia, sirvieron de espejo para preguntarnos, con las personas de la vereda, si en Granizal habría una disposición real para embarcarse en un proyecto de envergadura que les permitiera expresarse como un todo, no desde la respuesta a hechos indignantes sino como punto de partida para desarrollar una noción comunitaria. Claramente el paro no generó una reacción particular en Granizal; según pude constatar con varios habitantes, el paro se percibió como un relato cotidiano que les generó empatía, pero no mucho más. Por el contrario, la construcción del monumento sí tuvo un impacto que sentí con comentarios que decían cosas como “podríamos hacer algo así”. Fue la primera vez que llegué a escuchar por parte de miembros de la comunidad la importancia que encerraba el poder conmemorar todo lo que habían logrado, pero a su manera, no a la manera como usualmente han sido retratados estos esfuerzos.
Esta manera de plantearse un escenario posible de expresión nos permitió empezar a pensar que, tal vez la práctica y asumiéndose como un gesto que alberga un componente educativo, podría diseñar una estrategia para ampliar la capacidad comunicativa instalada dentro de la vereda, de manera que los habitantes pudieran pasar de ser los protagonistas de un relato contado por alguien que viene del exterior a ser los productores de su propia narrativa. Esto nos permitió relacionar la intención del trabajo con campos específicos que existen y que podrían validar y, sobre todo, financiar, la eventual producción; tal es el caso de los grupos de activismo medial, grupos académicos asociados a estudios de medios o a estudios remix o, directamente, con fundaciones y organizaciones que se encargan de apoyar gestos de resistencia no combativos. Afortunadamente existen manifestaciones que, desde la relación amplia de producciones colectivas, han logrado captar diversas formas de apoyo que han hecho viable su gestión: tal es el caso del Festival de Cine y Video Alternativo y Comunitario Ojo al Sancocho en Bogotá,19 el proyecto LaFábrika detodalavida en Extremadura20 o el proyecto Capitalismo Amarillo de Jota Izquierdo en México, España y Argentina.21
Seguimos pensando que esta es la misma práctica artística que emprendimos hace dos años porque comprendemos que el gesto reiterado ha sido la preservación de la relación con las personas; es así, porque la repetición se ha dado en el acto de escucha, porque todas las cosas que se han replanteado han sido producto de la lógica colectiva y esta en ningún momento ha invalidado la visión previa, porque nunca se pensó en que este era un proyecto basado en una intervención con finitud. Al final, cada etapa que se ha recorrido ha tenido la necesidad de construir sus propias formas de producción, ha pasado siempre por una evaluación exhaustiva, donde se ha cuestionado la manera en cómo se encuentra la ética de la interacción y, porque al final, si hemos llegado a la este punto de pensar en crear algo como parte de un gesto detonante es porque se logró comprender que los mecanismos para relacionarnos, después de siete años, permiten proponer una línea de horizonte propia, que no tenga que ser hacer consciente si parte de una otredad.
Hemos trabajado con los habitantes de los sectores de Manantiales de Paz, San José del Pinar, Altos de Oriente I, Altos de Oriente II y Jardines de Oriente, así como con los también los profesores Tamera Marko y Jota Samper, quienes fueron los precursores de un diálogo en el sector. También hemos tenido la oportunidad de trabajar con Eloísa Samper, Gian Carlo Delgado y Alejandro Botero, quienes han sido piezas fundamentales para alimentar otra mirada sobre Granizal. Los estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín que han hecho parte de este equipo son: Sara Betancur, Daniel Bustamante, Daniel Felipe Bustamante, Ana Cristina Cardona, Paulina Castro, Angélica Duque, Sofía Gómez, Sofía Odeth González, Alejandra Jimenez, María Alejandra Jimenez, Manuela Meneses, Ana María Ocampo, Alejandro Ramírez, Yeraldín Rodríguez, Juan Pablo Salazar, Jessica Sánchez, Andrés Serna, Natalia Sotelo y Carolina Vargas.

