Excursiones al bosque y colonialidad de la conservación: la creación del Parque Nacional Desierto de los Leones en la Ciudad de México

Rubén Darío Madrigal Ceballos

Universidad Veracruzana, México

https://doi.org/10.7440/histcrit99.2026.03

Recepción: 8 de enero de 2025 / Aceptación: 1.º de septiembre de 2025 / Modificación: 29 de septiembre de 2026

Resumen. Objetivo/contexto: este artículo estudia la creación del Parque Nacional Desierto de los Leones en la Ciudad de México. El principal aporte es señalar que su fundación no respondió únicamente a una iniciativa estatal de conservación, sino que fue resultado de dos décadas previas de prácticas excursionistas de las élites urbanas, las cuales, en interacción con estructuras coloniales persistentes, consolidaron un régimen de exclusión hacia las comunidades locales. El objetivo es mostrar cómo este caso ilumina la relación entre colonialidad y conservación y aporta a la historia ambiental urbana al situar al parque en el marco de la expansión de la capital. Metodología: la investigación combina el análisis de fuentes hemerográficas y documentales con entrevistas semiestructuradas y trabajo etnográfico realizado entre 2018 y 2023 con comuneros-guardabosques. Esta estrategia metodológica mixta permitió triangular los discursos oficiales con las memorias locales y revelar las tensiones históricas entre el Estado y las comunidades en torno al uso del bosque. Originalidad: el aporte teórico consiste en proponer la noción de colonialidad de la conservación, que permite analizar cómo las prácticas y discursos de protección ambiental reprodujeron jerarquías coloniales de clase y raza. En el plano historiográfico, el artículo invierte la causalidad tradicional: no fue el decreto presidencial de 1917 el que inauguró el carácter recreativo del Desierto, sino que las excursiones de las élites antecedieron y propiciaron su formalización como parque nacional. Conclusiones: el estudio muestra que la conservación en México no fue un proceso neutro ni exclusivamente técnico, sino un dispositivo colonial moderno que reforzó desigualdades al privilegiar usos urbanos sobre prácticas comunales. El caso del Desierto de los Leones permite repensar la relación entre urbanización, conservación y colonialidad en América Latina, ofreciendo claves comparativas para otros procesos regionales.

Palabras clave: colonialidad de la conservación, conflictos socioambientales, Desierto de los Leones, historia ambiental de la Ciudad de México, parques nacionales.

Forest Excursions and the Coloniality of Conservation: The Creation of Desierto de los Leones National Park in Mexico City

Abstract. Objective/context: This article analyzes the creation of Desierto de los Leones National Park in Mexico City. Its main contribution is to highlight that its establishment was not merely a result of a state conservation initiative, but rather the outcome of twenty years of excursionist practices by urban elites. These activities, interacting with lingering colonial structures, helped create a regime of exclusion against local communities. The goal is to demonstrate how this case illuminates the link between coloniality and conservation and contributes to urban environmental history by situating the park within the context of the capital’s expansion. Methodology: The research combines the analysis of newspaper and documentary sources with semi-structured interviews and ethnographic fieldwork conducted with community-member forest rangers from 2018 to 2023. This mixed-methods approach enabled triangulation of official narratives with local memories and uncovered historical tensions between the state and communities regarding forest use. Originality: The theoretical contribution lies in proposing the notion of the coloniality of conservation, which enables an analysis of how environmental protection practices and discourses have reproduced colonial hierarchies of class and race. At a historiographical level, the article challenges the traditional causality: it was not the 1917 presidential decree that initiated the recreational aspect of the Desert, but rather the excursions of the elites that preceded it and helped lead to its formalization as a national park. Conclusions: The study reveals that conservation in Mexico was not a neutral or purely technical process but rather a modern colonial mechanism that reinforced inequalities by favoring urban uses over communal practices. The case of the Desierto de los Leones National Park prompts us to rethink the relationship between urbanization, conservation, and coloniality in Latin America, providing comparative insights into other regional processes.

Keywords: coloniality of conservation, Desierto de los Leones, environmental history, Mexico, socio-environmental conflicts, national parks.

Excursões florestais e colonialidade da conservação: a criação do Parque Nacional Desierto de los Leones na Cidade do México

Resumo. Objetivo/contexto: Este artigo estuda a criação do Parque Nacional Desierto de los Leones na Cidade do México. A principal contribuição é destacar que sua fundação não respondeu apenas a uma iniciativa estatal de conservação, mas foi resultado de duas décadas anteriores de práticas de excursão por elites urbanas, que, em interação com estruturas coloniais persistentes, consolidaram um regime de exclusão em relação às comunidades locais. O objetivo é mostrar como esse caso ilumina a relação entre colonialidade e conservação e contribui para a história ambiental urbana ao situar o parque no contexto da expansão da capital. Metodologia: A pesquisa combina a análise de fontes hemerográficas e documentais com entrevistas semiestruturadas e um trabalho etnográfico realizados entre 2018 e 2023 com membros da comunidade e guardas florestais. Essa estratégia metodológica mista possibilitou triangular os discursos oficiais com as memórias locais e revelar as tensões históricas entre o Estado e as comunidades em torno do uso da floresta. Originalidade: A contribuição teórica consiste em propor a noção de colonialidade da conservação, que permite analisar como as práticas e discursos de proteção ambiental reproduziram hierarquias coloniais de classe e raça. Com relação à historiografia, o artigo inverte a causalidade tradicional: não foi o decreto presidencial de 1917 que inaugurou o caráter recreativo do Desierto de los Leones, mas foram as excursões das elites que precederam e levaram à sua formalização como parque nacional. Conclusões: O estudo mostra que a conservação no México não foi um processo neutro ou exclusivamente técnico, mas um dispositivo colonial moderno que reforçou as desigualdades ao privilegiar os usos urbanos em detrimento das práticas comunitárias. O caso do Desierto de los Leones permite repensar a relação entre urbanização, conservação e colonialidade na América Latina, oferecendo chaves comparativas para outros processos regionais.

Palavras-chave: colonialidade da conservação, conflitos socioambientais, Desierto de los Leones, história ambiental, México, parques nacionais.

Introducción

El Desierto de los Leones fue el primer parque nacional de México y de América Latina, decretado como tal por el presidente Venustiano Carranza el 27 de noviembre de 19171. El Desierto se encuentra en el surponiente de la Ciudad de México, en lo que hoy es la alcaldía de Cuajimalpa. Tiene una extensión de 1.529 hectáreas de bosques de coníferas, principalmente oyameles (Abies religiosa), como puede apreciarse en la imagen 1, que muestra un paisaje denso dominado por estos árboles de gran altura. Es considerado actualmente por las instituciones de conservación mexicanas como “salvaguarda” “[d]el patrimonio natural de las actuales y próximas generaciones, acervo fundamental para el desarrollo de un México sustentable”2. Se llama desierto no por tener arena y cactus y las condiciones propias del bioma, sino por la Orden de los Carmelitas Descalzos, quienes a principios del siglo xvii fundaron en estos bosques un convento dedicado al aislamiento de sus monjes: el Santo Yermo de Nuestra Señora del Carmen. Por otro lado, el Desierto es de los Leones, debido al apellido de una familia de funcionarios del virreinato que habitaron el espacio entre los siglos xvii y xviii, y no por la presencia de dichos felinos melenudos3.

El propósito de este texto es ahondar en los primeros años del siglo xx para mostrar que la creación de este parque nacional no fue exclusivamente una iniciativa gubernamental de conservación. Aquí se sostiene que el uso que distintos habitantes urbanos de la Ciudad de México —principalmente élites burguesas, militares y burócratas— hicieron del parque durante las dos décadas anteriores fue esencial para la formalización del decreto de Venustiano Carranza en 1917, que lo declaró Parque Nacional, mostrando que las prácticas urbanas precedieron y configuraron la normatividad ambiental, un aporte central a la historia ambiental urbana. En lugar de una mera iniciativa estatal, la interacción previa de los habitantes urbanos con el territorio transformó el Desierto en un lugar “pintoresco”, ideal para excursiones de fin de semana y para escapar de la creciente modernidad de la capital. Si bien el decreto pareciera indicar que fue a partir de la creación del parque que estos bosques comenzaron a ser utilizados por excursionistas, pues dice textualmente: “Puede hacerse en él un centro de recreo al transformarlo en un Parque Nacional”, como un proyecto futuro, el recorrido histórico que sigue permite apreciar que el proceso fue el inverso, que dos décadas de excursionismo antecedieron al decreto presidencial4.

Particularmente este artículo explora cómo la creación del parque y la oficialización de la naturaleza pintoresca y excursionista generó tensiones en el territorio, ya que, a pesar de su nombre, el Desierto había sido habitado durante siglos por comunidades originarias como San Bartolo Ameyalco, San Mateo Tlaltenango y Santa Rosa Xochiac, entre otras. En estas comunidades el decreto ha sido percibido como una represalia por parte del Gobierno carrancista por haber dado refugio a guerrilleros zapatistas algunos años atrás, de acuerdo con entrevistas realizadas entre 2018 y 20235. Esta percepción de venganza pone de relieve la tensión entre el Estado mexicano y las comunidades rurales de la zona en torno al control de los recursos naturales y el uso del espacio. Esto se debe a que, mientras el Estado consolidaba su poder con la creación del parque, favoreciendo los intereses de las élites urbanas, las comunidades locales vieron restringido su acceso al territorio, especialmente con la prohibición de sus actividades de aprovechamiento del bosque, como la tala y la caza, que es explícita en el decreto, y además fueron criminalizadas por la prensa de la época. Lo anterior permite apreciar que, a pesar de que el decreto sostiene un interés público, el cual se presume único y general por definición, el documento presidencial estableció una distinción que de hecho ya se desenvolvía en el espacio, oficializando la visión de naturaleza de ciertos habitantes de la ciudad por encima de la de los pobladores rurales de la periferia.

Para comprender esta división, se introduce el concepto de colonialidad de la conservación6. Siguiendo a Aníbal Quijano, podemos entender la colonialidad como la permanencia de las estructuras de poder y dominación originadas durante el periodo colonial, incluso después de haberse terminado la relación de dependencia formal de las colonias, es decir, el colonialismo. Estas estructuras establecen una jerarquía que clasifica a las personas y culturas —y usos del bosque, en este caso— en función de su proximidad o lejanía de los estándares culturales europeos occidentales, reproduciendo a la vez la imposición de la modernidad7. Diversos autores han trabajado la noción de colonialidad de la naturaleza para destacar cómo la modernidad/colonialidad definió históricamente el mundo natural como algo externo a las comunidades originarias, disponible para la explotación o la tecnificación8. En este artículo, sin embargo, se propone el concepto de colonialidad de la conservación, pues permite centrar el análisis en un campo más específico: las prácticas, los discursos y las instituciones que, bajo la idea de “proteger” la naturaleza, reprodujeron jerarquías coloniales9.

En el caso del Desierto de los Leones, no se trata únicamente de cómo se concibió “la naturaleza” ni de su inserción en dinámicas de mercantilización, sino de cómo la conservación estatal y urbana se impuso concretamente como un régimen de exclusión sobre los usos de los pueblos, al privilegiar prácticas de ocio y “cuidado” de las élites sobre las de subsistencia campesina. Si bien estas asimetrías son mencionadas en los textos académicos que discuten la colonialidad de la naturaleza, orientarse específicamente hacia la conservación permite un énfasis disciplinar que puede ser útil para cuestionar las condiciones sociohistóricas que configuran las prácticas técnicas, científicas y políticas que dan forma al cuidado de la naturaleza10. De este modo, la colonialidad de la conservación no constituye una categoría distinta de la colonialidad de la naturaleza, sino una derivación especializada que permite focalizar el análisis en las prácticas de conservación y mostrar cómo estas pueden replicar estructuras jerárquicas coloniales en ámbitos de clase, raza y saber11.

En el caso del presente texto, este foco en la conservación permite enmarcar el análisis teórico: mostrar cómo lo “pintoresco” operó como dispositivo estético colonial, cómo el decreto de 1917 codificó en la ley una exclusión ya en curso y cómo la prensa criminalizó los aprovechamientos campesinos. En este sentido, la colonialidad de la conservación se plantea como categoría clave para comprender el origen del primer parque nacional de México y América Latina, más allá de las explicaciones centradas en grandes personajes —como Miguel Ángel de Quevedo o Venustiano Carranza— o de una narrativa técnica de preservación ambiental12.

La investigación se basó en una estrategia metodológica mixta. En primer lugar, se consultaron fuentes hemerográficas recuperadas de la Hemeroteca Nacional Digital de México (hndm), así como obras históricas clásicas sobre el Desierto de los Leones, con el objetivo de reconstruir la dinámica histórica desde la fundación del convento carmelita en el siglo xvii hasta el decreto de 1917, con un especial énfasis en las dos décadas de excursionismo que lo antecedieron. En segundo lugar, se hizo trabajo etnográfico entre 2018 y 2023 con comuneros-guardabosques de la zona, realizando entrevistas semiestructuradas y observación-participante en actividades de conservación de su territorio. En total, se llevaron a cabo seis entrevistas individuales y más de una decena de conversaciones colectivas, todas con hombres comuneros originarios de los pueblos aledaños y mayores de 45 años. Los participantes fueron seleccionados por su involucramiento en brigadas de vigilancia forestal, su conocimiento sobre la memoria comunal del decreto y la historia política del territorio, y su participación en la defensa de los bosques. La triangulación entre fuentes documentales y testimonios orales permitió construir una visión crítica que contrasta los discursos oficiales con las experiencias locales, así como tomar distancia de la posición estatal de entonces, que señala que el Desierto de los Leones ha estado bajo “amenaza” y abogar por la defensa del “bien público” sin distinguir los conflictos de clase y coloniales que de hecho atravesaron el nacimiento del parque nacional y que persisten hasta nuestros días13.

En la historia que sigue se muestra que el establecimiento del Parque Nacional Desierto de los Leones no puede entenderse sin la dinámica urbana que lo enmarcó. La expansión de la Ciudad de México generó conflictos socioambientales en su periferia que operaron bajo estructuras delineadas en el marco teórico de la colonialidad de la conservación: exclusión de prácticas de las y los pobladores originarios, imposición de visiones urbanas sobre la naturaleza y consolidación del poder estatal en territorios rurales. Reconstruir su historia es, por tanto, una forma de hacer historia urbana y de mostrar cómo la conservación funcionó como un dispositivo de control en el nacimiento del primer parque nacional del país.

Imagen 1. Desierto de los Leones

Pueden apreciarse los oyameles que caracterizan estos bosques

Fuente: fotografía: Alejandro Castañeda, 2008. CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4397471

  1. Un yermo colonial, el Desierto de los Leones antes del decreto

El Desierto de los Leones fue fundado por la orden religiosa de los carmelitas descalzos, quienes llegaron a la Nueva España a finales del siglo xvi en busca de crear un desierto en estas tierras. Los desiertos o yermos fueron un tipo de conventos ideados para el cultivo de la vida contemplativa de los monjes, diseñados para el cuidado del aislamiento de los ermitaños, quienes habrían de encontrarse con Dios al rechazar el contacto con el mundo, de acuerdo con las enseñanzas del profeta Elías, santo insignia de la orden14. El primer convento-desierto se construyó en Bolarque, en Castilla la Nueva, en 1592; su diseño incluía las estructuras comunes en el centro y celdas individuales esparcidas por los alrededores, como indicaba la regla15. El segundo se fundó en 1598 en la serranía de Andalucía y el tercero en 1599 en Castilla la Vieja, junto a un estanque al que alimentaban las aguas del río Batuecas (imagen 2). Este último habría servido de modelo al desierto Cuajimalpa en la Nueva España, el cuarto levantado por los carmelitas, cuya primera piedra se colocó en 160616.

Aunque se los llamaba “desiertos”, estos conventos no se construían en entornos hostiles como los que sufrió Elías17. En realidad, se establecieron en lugares con abundancia de recursos naturales, cerca de arroyos y bosques. Como se mencionó al inicio, el término se refería más bien al aislamiento que allí se podía experimentar, ya que eran espacios “vacíos” de gente que pudiera interrumpir la soledad de los monjes, quienes a la vez contaban con los medios necesarios para dedicarse a la oración en condiciones controladas. En los desiertos se procuraba el abastecimiento de la comida, la administración, la limpieza y otras necesidades básicas en el centro del convento, mientras que las celdas dispersas por el bosque servían para el retiro individual de ciertos monjes, dedicados al silencio y al retiro en penitencia18.

Imagen 2. Plano del Desierto de San José de Batuecas, ubicado en Castilla la Vieja y construido en 1599

En el esquema puede apreciarse que el acceso principal lleva hacia la iglesia y las áreas comunes, mientras que las ermitas y capillas, espacios destinados al aislamiento de los monjes, se encuentran dispersas en los alrededores entre los bosques y prados (marcadas con una cruz).

Fuente: Tomado de Ramírez Méndez, “Dos desiertos”, 165.

Los carmelitas llegaron a la Nueva España en 1585. En 1597, el procurador de la orden viajaba de regreso a la península ibérica con la misión de gestionar las licencias necesarias para crear el desierto novohispano. Inicialmente, se tenía la intención de construirlo en Puebla, en un espacio solitario, pero con suficientes árboles y agua en las faldas del volcán Popocatépetl. Sin embargo, los conflictos entre las autoridades religiosas del lugar impidieron que se obtuvieran los permisos requeridos y finalmente el proyecto se trasladó a la Ciudad de México, en los montes de Cuajimalpa.

Las crónicas cuentan que alrededor de 1604 se envió una misión de exploradores a la Ciudad de México, quienes encontraron el espacio ideal en un lugar donde gente de la región aprovechaba el agua del arroyo. Luego de comunicar su hallazgo a sus superiores, los monjes comenzaron los trámites con su financiador, el regidor de Puebla, Melchor Cuéllar, y con el virrey de la Nueva España, marqués de Montesclaros. Los carmelitas tomaron posesión del sitio el 1.º de enero de 1605, y vivieron en condiciones precarias mientras preparaban el agreste terreno forestal para la construcción del convento.

La llegada de los monjes a Cuajimalpa no agradó a Pedro de Cortés y Ramírez de Arellano, cuarto marqués del Valle de Oaxaca, nieto de Hernán Cortés. El marqués pedía al virrey la cancelación del proyecto; alegó ser el legítimo dueño de esas tierras, presentando cédulas reales que el emperador Carlos V había dado a su abuelo como pago por su trabajo durante la Conquista. A las quejas se sumó José de Celi, procurador de los pobladores originarios19, a nombre de los pobladores de Coyoacán, San Bartolo Ameyalco, San Pedro Cuajimalpa y San Mateo Tlaltenango. El procurador demandaba la revocación de la donación, pues argumentaba que no se había consultado a los gobernantes de las “repúblicas de los naturales”, sin mencionar que la gente de estos pueblos había aprovechado leña, tablas, maderas, carbón y otros productos de esos montes para su sustento y pago de tributos durante generaciones. La construcción del convento carmelita, reclamaba Celi, implicaría negar a estas personas su sustento. En el mismo sentido, Leonardo de Salazar presentó una petición por parte de los labradores de Santa Fe, Tacuba, Tacubaya y los Altos de México, en la que señalaba que la desviación del cauce del arroyo que hicieron los carmelitas para abastecer al Desierto impedía que el líquido llegara al pueblo de Cuajimalpa y a sus vecinos, quienes la necesitaban para vivir. Salazar también se quejaba de que los carmelitas impedían a los pobladores originarios extraer la madera que requerían para sus arados, además de que no dejaban pastar a su ganado en los montes donde lo habían hecho antes sin problemas.

A estos testimonios de las crónicas se suma el códice Mendoza, en el cual se registran diversos tributos que indican el uso de los productos de los bosques del poniente de la capital. En la imagen 3, a la izquierda se observan los nombres de los pueblos de Ameyalco y Ocotepec, hoy día San Bartolo Ameyalco y San Bernabé Ocotepec, vecinos del Desierto de los Leones. Entre los tributos pagados por estos pueblos a los mexicas, junto a las cajas con maíz y frijol, se encuentran “cargas de leña” y “vigas grandes”, productos forestales que indican el aprovechamiento de las tierras donde tiempo después se fundó el desierto carmelita.

Imagen 3. Hoja de tributos. Códice Mendoza, elaborado en 1542

Fuente: Códice Mendoza (siglo xvi; Ciudad de México: INAH, 2014), foja 32. https://codicemendoza.inah.gob.mx/index.php?lang=spanish

A pesar de las quejas de los pueblos originarios y sus representantes, el virrey favoreció a los monjes, apoyando económica y políticamente la obra; él mismo colocó la primera piedra el 23 de enero de 1606. Las quejas parecen haberse disuelto y la obra avanzó sin grandes complicaciones. El convento estuvo listo hasta 1612, con las estructuras comunes al centro y las celdas dispersas por el bosque, cercado por una barda de piedra que serviría para delimitar el parque nacional algunos siglos después.

Los monjes disfrutaron del convento durante doscientos años, e incorporaron a varias personas de los pueblos en las actividades de mantenimiento y abastecimiento de provisiones20. Sin embargo, en 1814, en medio de la guerra de la independencia mexicana, los carmelitas abandonaron el Desierto. Si bien esto pudo deberse a los peligros derivados de la guerra en curso, de acuerdo con sus propias crónicas, los frailes decidieron partir debido a que el crecimiento de la capital hacía que cada vez se hicieran más frecuentes las visitas que los alejaban de sus santas ocupaciones21. No obstante, otras fuentes indican que la causa pudo haber sido el conflicto por la propiedad de la tierra que los carmelitas tuvieron con Pedro Patiño Ixtolinque, heredero de los caciques de Coyoacán22. Independientemente del motivo, los monjes se mudaron a su nuevo desierto en Nixcongo, en lo que hoy es el estado de México, y donaron su viejo monte al Ayuntamiento de la Ciudad de México bajo el compromiso de repartirlo a los habitantes de la zona. El Ayuntamiento aceptó y, en 1828, el presidente Guadalupe Victoria publicó un decreto para oficializar la donación del Desierto a las comunidades de San Bernabé Ocotepec, San Bartolo Ameyalco y Santa Rosa Xochiac23.

Sin embargo, las buenas intenciones no pasaron del papel, pues en las décadas siguientes el Gobierno mexicano ignoró el decreto de quien fuera su primer presidente. Durante casi un siglo, las autoridades gubernamentales reconocieron y desconocieron a una serie de empresarios como dueños, hasta finalmente nombrar al Estado como legítimo propietario del Desierto a finales del siglo xix24. En medio de las disputas por la propiedad, antes de venderlo a particulares, el Gobierno destinó el Desierto como campo de maniobras y cuartel del Cuerpo Nacional de Artillería. La ocupación militar duró hasta 1847, pues la invasión norteamericana requirió la movilización del Cuerpo de Artillería25. Todos estos procesos de compra y venta ignoraron el decreto de Guadalupe Victoria y la propiedad de los pueblos.

  1. Élites, excursionismo y automóviles: la construcción de un paisaje pintoresco

Durante la última década del Porfiriato, excursionistas de la Ciudad de México convirtieron al Desierto de los Leones en el sitio ideal para escapar del ajetreo de la ciudad. El 20 de julio de 1899, el periódico El Tiempo anunciaba una excursión de fin de semana en el bosque26. La nota contó que varios empleados del Gobierno del Distrito visitarían el Desierto de los Leones el siguiente domingo en una “excursión de recreo”. El texto celebraba que los trabajadores, además de pasear por el bosque, se internarían en el monte para emprender “una partida de caza”. La breve nota captura los elementos básicos del excursionismo que se consolidaría en las siguientes décadas: el Desierto se convertiría en un destino campestre de fin de semana, ofreciendo a los habitantes de la ciudad actividades de esparcimiento para escapar de las dinámicas modernas de la capital. Por otro lado, llama la atención que la prensa celebrara la cacería, la cual acabaría siendo prohibida por el decreto presidencial emitido veinte años más tarde.

El año siguiente, el 10 de mayo de 1900, el mismo periódico publicó una nota sobre otra excursión al Desierto, en la que dice que los excursionistas eran trabajadores, pero esta vez del Supremo Tribunal Militar. Cuenta que los trabajadores pasearon en el “pintoresco sitio” y señala que este tipo de visitas al Desierto se hacían cada vez más frecuentes. Además, se detalla la ruta de los trabajadores, y se pueden apreciar las escalas de un recorrido que hoy día toma poco más de una hora en automóvil —claro, dependiendo del tráfico—. La nota nos dice que los excursionistas salieron de la ciudad rumbo a Santa Fe el sábado en las primeras horas de la mañana; luego, debieron pasar la noche en la hacienda de Contadero, y finalmente llegaron al Desierto al día siguiente, donde se dedicaron a “distintas distracciones”. El recorrido se extendió hasta el lunes, pues los trabajadores llegaron a la ciudad en las primeras horas de la mañana. Lo largo del viaje se entiende si tomamos en cuenta que en ese entonces los medios de transporte eran la mula o el caballo, como lo menciona el escritor Amado Nervo en un relato ocho años posterior27. Los primeros automóviles comenzaron a venderse en el país algunos años después de publicada esta nota, sin mencionar que la construcción de la infraestructura vial tardó varias décadas en empezar28.

El uso del adjetivo “pintoresco” para referirse al Desierto no es neutro: sugiere un paisaje dispuesto para la contemplación estética por parte de un público urbano, en sintonía con sensibilidades románticas y decimonónicas que valoraban lo natural como escenario de ocio, descanso y consumo cultural29. En la prensa, este término marcaba una distinción entre la mirada de los excursionistas citadinos —que podían concebir el bosque como postal o refugio espiritual frente a la modernidad capitalina— y las prácticas de subsistencia de los pobladores, a quienes se los relegaba al lugar de “aprovechamiento” o incluso se los consideraba una amenaza a ese carácter estético, como se mostrará más adelante. Así, “lo pintoresco” operó como dispositivo discursivo que reclasificó un territorio productivo en paisaje recreativo, desplazando prácticas locales y legitimando un uso excluyente del espacio. En las páginas siguientes se verá cómo esta mirada estética alimentó la prohibición de actividades comunales —tala, caza, pastoreo— y su criminalización mediática. De este modo, la categoría de lo pintoresco puede entenderse como un mecanismo de colonialidad de la conservación: una forma de reclasificar el bosque desde parámetros urbanos que subordinan y criminalizan los usos de los pueblos.

El 25 de agosto de 1900, algunos meses después de la nota reseñada atrás, aparecen dos notas más en El Tiempo y en The Two Republics, este último un periódico en inglés publicado en la Ciudad de México. Las notas son prácticamente la misma, pero traducida, y reportan dos excursiones para el fin de semana.

Mañana, domingo, salen de esta ciudad dos excursiones en bicicleta[.] Una va al Desierto de los Leones y otra á los Ahuehuetes, adelante de Atzcapotzalco[.] La primera saldrá en las primeras horas de la mañana, con objeto de tener tiempo de conocer todos los pintorescos sitios que encierra aquella región, que sabido es se encuentra bastante lejos de la capital[.] En la segunda excursión también van algunas señoritas afectas á ese “sport”.30

El hecho de que esta excursión se haya anunciado también en inglés pudiera indicar que estas invitaciones se dirigían a las clases acomodadas nacionales —o a extranjeros radicados en México— capaces de leer la invitación en ese idioma. Por otro lado, la nota sigue resaltando lo pintoresco del Desierto y da cuenta del uso —o al menos de la intención de uso— de la bicicleta como medio de transporte para llegar al bosque, lo cual debe haber sido complicado tomando en cuenta las condiciones de los caminos de la época y el ascenso de más de mil metros sobre el nivel del mar para llegar al Desierto desde la ciudad.

También en 1900, el 6 de noviembre, El Tiempo anunció un día de campo militar en el Desierto. Una vez más se insiste en lo pintoresco. Se cuenta que el fin de semana un grupo de militares se dirigió al bosque, haciendo escala nocturna en Santa Fe. Ellos se dedicaron a la cacería, a tomar fotos y a “hacer excursiones lejanas”. Pese a que los militares dejaron el Desierto en 1847 debido a la invasión estadounidense, volvieron a estos bosques medio siglo después, aunque aparentemente con intenciones más recreativas que profesionales31.

Si bien estas notas pueden dar la sensación de una colección de recorridos aislados, una publicación del 5 de junio de 1901 en El Tiempo, de una extensión considerable, refleja la creciente popularidad del Desierto como un destino para los fines de semana. Menciona que una multitud de familias e individuos visitaron estos bosques para disfrutar de “un verdadero paraíso”, de sus árboles frondosos en un ambiente bello y pintoresco, y que para ese año “las excursiones [habían] sido […] más numerosas que nunca”. La nota describe que el Desierto estaba siendo visitado todos los días de la semana, pero que la mayor afluencia de excursionistas se presentaba los domingos. Así como en las notas anteriores, se describe un viaje en escalas para llegar al Desierto, indicando que debía pasarse la noche en Contadero o Santa Fe. Sin embargo, a pesar de su relativa lejanía de la capital, ello no evitó que la popularidad del Desierto creciera32.

Algunos años después, poco antes del inicio de la Revolución mexicana, las excursiones al Desierto se transformaron debido a la popularización del automóvil entre las clases acomodadas. El automovilismo, más que un simple medio de transporte, se anunció como un deporte entre las élites empresariales y políticas de la época, quienes, ante la falta de infraestructura vial, aprovecharon el Desierto para estrenar sus recién llegados vehículos. Muestra de ello es la nota del 23 de febrero de 1906 en La Voz de México que narra el paseo de un grupo de empresarios mexicanos:

Organizada por los señores Arturo Braniff y Antonio Coca, se efectuó ayer una excursión al Desierto de los Leones[.] Los excursionistas[,] “sportmen” muy conocidos, salieron de esta capital en 6 automóviles á las primeras horas de la mañana, habiendo llegado á aquel punto poco tiempo después, sin novedad alguna[.] Bajo los corpulentos árboles de aquel pintoresco lugar, se sirvió un almuerzo compuesto de platillos mexicanos.33

A diferencia de las excursiones anteriores, en vez de necesitar un viaje escalonado que requería dormir en Santa Fe o Contadero, a Braniff y compañía les tomó apenas algunas horas llegar al Desierto. Braniff fue un inversionista mexicano y dueño de varias empresas, parte de una familia de la élite política y burguesa del Porfiriato34.

A principios del siglo xx, los automóviles no eran un medio de transporte común en México, sino que se consideraban bienes de lujo y deporte que solamente los más ricos del país podían permitirse. La introducción de los autos en el país ocurrió en 1898, año en que se registró la primera importación de un vehículo automotor. No fue sino hasta 1901 que se inauguró la primera concesionaria y, en 1903, se publicitó en la prensa la venta de automóviles Oldsmobile en la Ciudad de México35. Apenas tres años después, Braniff y sus amigos recorrían el Desierto, no con uno, sino con seis automóviles.

El entusiasmo por la novedad de los automóviles contrastaba con la ausencia de un sistema vial adecuado y carreteras que conectaran la capital con otras ciudades del país. A pesar de esta limitación, los propietarios adinerados organizaban excursiones cada vez más lejos de la ciudad para probar y exhibir sus vehículos, mostrando así su poder y estatus. Los destinos favoritos de estas élites automovilísticas incluían Coyoacán, San Ángel, Tlalpan, Xochimilco, Chalco y, más tarde, Cuernavaca, Puebla y las pirámides de Teotihuacán. Durante algún tiempo, el Desierto de los Leones fue también uno de estos lugares elegidos por la burguesía de la Ciudad de México. Un ejemplo de esto es que la visita de Braniff no fue un evento aislado; en 1909, la prensa nuevamente destacó la llegada de políticos y empresarios en sus autos, como el diputado Vicente Luengas y Ramón Corral Verdugo, entonces vicepresidente de México, conocido por su cercanía a Porfirio Díaz y por haber reprimido brutalmente al pueblo yaqui en Sonora. Se incluyen algunas fotografías de los autos y los paseantes (imagen 4)36.

Imagen 4. Familias excursionistas y sus automóviles en el Desierto de los Leones, 1908

Fuente: “El automovilismo en México: una excursión al Desierto”, en Tiempo Ilustrado, 3 de mayo de 1908. Hemeroteca Nacional Digital de México (hndm), Ciudad de México-México. https:// hndm.iib.unam.mx/consulta/publicacion/ visualizar/558075bf7d1e63c9fea1a45a? pagina=558a33347d1ed64f1691d273&palabras=automovil

Lo mismo que el destacado historiador ambiental William Cronon señala respecto al desarrollo del excursionismo y los parques nacionales en los Estados Unidos, se puede decir de los bosques del Desierto: estos no fueron una antítesis de la modernidad, sino su complemento, un lugar ideal para escapar de las problemáticas urbanas de la Ciudad de México durante el fin de semana, para reincorporarse a la vida moderna el lunes por la mañana37. La ironía residía en que quienes buscaban en el bosque un antídoto frente a la modernidad urbana eran precisamente las élites empresariales y políticas que, al mismo tiempo, se beneficiaban y promovían el desarrollo capitalista urbano-industrial.

Una vez iniciada la Revolución mexicana, desaparecieron las notas que celebraban los días de campo. En los bosques de Cuajimalpa los guerrilleros reemplazaron a los excursionistas y los militares tuvieron que dejar sus partidas de cacería para combatir en defensa del Gobierno central, como deja ver una nota del 28 de diciembre de 1915 en El Pueblo38. El texto informa sobre el enfrentamiento entre rebeldes y el ejército, reportando la presencia de varias partidas de guerrilleros zapatistas en las cercanías de Cuajimalpa y el Desierto de los Leones. El hasta entonces pintoresco Desierto de los Leones se convirtió en un campo de batalla peligroso para los sportmen. Por otro lado, los pueblos de la región, según relatan los comuneros entrevistados para esta investigación, no se vieron afectados negativamente por la presencia de los zapatistas. Al contrario, las comunidades locales ofrecieron apoyo a los rebeldes proporcionando refugio, alimentos y agua, además de desinformar a los militares para obstaculizar sus operaciones39. A diferencia de lo que les ocurrió a las élites, las formas de vida de las comunidades y su convivencia con el bosque no se vieron perjudicadas por la presencia zapatista; de hecho, participaron activamente en el conflicto apoyando a los insurgentes.

No obstante, las excursiones de las clases acomodadas regresaron una vez calmados los ánimos revolucionarios. El 11 de marzo de 1918, un año después de haberse declarado al Desierto como parque nacional, el periódico El Pueblo informó nuevamente sobre la visita de familias de Santa María la Ribera, que almorzaron en el “hermoso paraje” acompañadas, no por el estruendo de los fusiles, sino por la música de una orquesta. Tras el decreto y la derrota de los zapatistas, el Desierto de los Leones parecía haber recuperado la seguridad necesaria para que las clases altas de la Ciudad de México retomaran sus cómodas y pintorescas excursiones.

  1. El decreto de 1917: la consolidación de un espacio burgués y la venganza carrancista

El 27 de noviembre de 1917, Venustiano Carranza declaró al Desierto de los Leones como parque nacional, convirtiéndolo en el primero de su tipo en México y América Latina, 45 años después de la creación del primer parque nacional del mundo, Yellowstone, en Estados Unidos40. Los parques nacionales surgieron con el propósito de proteger, bajo la tutela del Estado, aquellos paisajes cuyo esplendor justificara su preservación, para que pudieran ser contemplados por un gran número de visitantes. La concepción de una naturaleza “salvaje” o “virginal” que tenían los promotores de los parques nacionales en Estados Unidos implicaba que estos lugares fueran considerados incompatibles con el trabajo productivo o la construcción de asentamientos permanentes, y por ello los destinaban exclusivamente al esparcimiento y a la apreciación estética41. Esto tuvo como consecuencia el desplazamiento de comunidades que habitaban esas tierras mucho antes de la creación de los parques. Los pueblos originarios fueron expulsados de sus territorios para conformar la “naturaleza sublime y contemplativa” asociada al ideal de los parques nacionales42. La fundación del Parque Nacional Desierto de los Leones, pese a sus particularidades, siguió una lógica similar a la de los parques estadounidenses, de donde se importó este concepto. Así, la declaratoria no solo formalizó un espacio recreativo, sino que inscribió en la ley una lógica de colonialidad de la conservación que ya estaba operando en la práctica: favorecer los usos urbanos y estatales frente a los derechos históricos de las comunidades.

Algunos análisis históricos sobre la creación del Desierto como parque nacional enfatizan el desarrollo del interés conservacionista del Estado mexicano, gracias al trabajo del ingeniero Miguel Ángel de Quevedo y al progresivo desarrollo de la legislación en favor del resguardo de los manantiales de los que se abastecía la capital del país43. Sin embargo, como mencioné, para el presente texto es importante mostrar además la influencia que tuvieron las prácticas excursionistas desarrolladas durante dos décadas previas al decreto y los intereses de clase y exclusiones coloniales que la creación del parque consolidó.

El decreto presidencial de Carranza, un documento breve estructurado en tres secciones principales —consideraciones, artículos y un transitorio—, comienza destacando la importancia de conservar los bosques del Desierto de los Leones por su “indiscutible interés público”, asociado únicamente a “la belleza natural de sus paisajes”. Insiste en que, por su cercanía con la capital, el lugar podría convertirse en un centro de recreo al transformarlo en un parque nacional44. Para sustentar esta visión, Carranza se apoyó en la Ley de Terrenos Baldíos del 18 de diciembre de 1909 y en la ley del 21 de diciembre del mismo año, ambas del periodo porfirista45. La primera establecía que los terrenos baldíos aptos debían reservarse para la conservación de bosques, mientras que la segunda facultaba al Ejecutivo para expropiar terrenos cuando no se cumplieran las labores de conservación, repoblación o regulación de la explotación, justificando además la intervención estatal para reforestar en beneficio de los manantiales y corrientes de agua que abastecían a la Ciudad de México46.

Bajo este marco legal, el Desierto de los Leones fue considerado un espacio “desaprovechado” que requería intervención estatal urgente, lo que probaba la necesidad de crear el parque. La expropiación era posible porque se presentaba estos bosques como áreas en abandono, con lo que se negaba implícitamente los usos tradicionales de la tierra por parte de las comunidades y se respaldaba la apropiación de los recursos del Desierto en favor del Estado, cuyos intereses coincidían con los de los excursionistas de clase alta. Esta conexión entre el Estado y el excursionismo quizá respondía a que, como mencionan los comuneros entrevistados, el Gobierno prefería la presencia de paseantes en el Desierto antes que la de guerrilleros47.

El decreto continúa con tres breves artículos. El primero establece la creación del parque nacional en las 1.529 hectáreas del Desierto de los Leones, manteniendo sus límites, extensión que se reconoce hasta hoy en día. El segundo artículo asigna la administración, conservación y embellecimiento del parque, así como de los restos del convento, a la Secretaría de Fomento y a la de Comunicaciones y Obras Públicas. Por último, el tercer artículo restringe la explotación de los “productos explotables” a esta última entidad, prohibiendo explícitamente la emisión de permisos o concesiones a particulares para la tala, la caza y el pastoreo, actividades que amenazaban el valor paisajístico del nuevo parque. Es importante recordar que estas prácticas eran realizadas principalmente por las comunidades de la zona, por lo que el decreto oficializó la protección del valor estético del espacio por encima de las formas de subsistencia de las comunidades. Estas actividades fueron relegadas a la ilegalidad, a pesar de que databan de antes de la Colonia, como se expuso más arriba. Aunque la creación del parque no implicó la expulsión directa de sus habitantes, como en Estados Unidos —ya que no había pueblos establecidos dentro del área—, sí los excluyó de manera indirecta con esta prohibición, además de negar su propiedad al ignorar completamente el decreto de Guadalupe Victoria —ya fuera por desconocimiento u omisión deliberada—. Por ello, según los comuneros entrevistados, la creación del parque nacional es recordada como una represalia del presidente hacia las comunidades locales, que interpretan el decreto como un castigo por haber apoyado a los rebeldes zapatistas, enemigos de Carranza, durante la guerra.

Finalmente, aunque la redacción del decreto podría sugerir que fue a partir de la creación del parque en 1917 que los excursionistas comenzaron a visitar estos bosques, pues menciona que “puede hacerse en él un centro de recreo al transformarlo en un Parque Nacional”, indicando un uso a desarrollarse en el futuro, en realidad el proceso fue el contrario. Fueron las prácticas excursionistas, que se llevaron a cabo durante casi dos décadas antes del decreto de Carranza, las que impulsaron la creación del parque, como se vio más arriba. En la siguiente imagen, una visita de Carranza al Desierto durante 1914, tres años antes de la publicación del decreto presidencial que lo haría parque nacional:

Imagen 5. Venustiano Carranza en el Desierto de los Leones

Fuente: Mediateca INAH, Fototeca Constantino Reyes-Valerio, Colección Venustiano Carranza, CC BY NC ND, https://repositorio.inah.gob.mx/o-621233-41563-48889

  1. La tala, la cacería y la colonialidad de la conservación

Dos años después de la emisión del documento presidencial que declaró al Desierto de los Leones como parque nacional, el 7 de abril de 1919, el periódico El Pueblo publicó en su primera plana un artículo titulado “¿El Desierto de los Leones será al fin un Desierto?”. La noticia comenzaba con la siguiente denuncia:

Manos criminales siguen talando los árboles del pintoresco Desierto de los Leones, no obstante que el ciudadano Presidente de la República declaró como Parque Nacional ese bello sitio, del que se desprende la hermosísima leyenda del Convento, fundado por los carmelitas, y en donde la metrópoli tiene una cortina que le defienda contra los vientos dominantes y un inmenso pulmón que depura la atmósfera.48

Después de enumerar los beneficios que estos “criminales” supuestamente han destruido, el documento expresa su pesar por el hecho de que, a pesar de las múltiples medidas legales implementadas para proteger este espacio, cuya “invaluable utilidad y belleza” se atribuyen como un beneficio para los habitantes —es decir, los excursionistas burgueses— de la Ciudad de México, no se haya logrado “contrarrestar la acción delictiva de talar los árboles”. El texto prosigue:

Ignorantes o malvados —o ignorantes y malvados a la vez—, hay quienes contraviniendo superiores disposiciones y burlando la vigilancia de los bosques, derriban, a diario, una considerable cantidad de árboles.

La nota continúa sus quejas en la octava página del periódico y finaliza solicitando la intervención del presidente para “hacer cumplir su decreto” y detener la tala en el Desierto argumentando que esta actividad está expresamente prohibida por el decreto presidencial. Se señala como responsables, entre otros, a los jornaleros, quienes, según el texto, habitan en la zona. Aunque se les culpa de llevar a cabo las talas, se asegura que estos acusados son en realidad “manipulados” por alguien que los coordina desde la ciudad, presentándolos como “víctimas ignorantes” y perpetuando el estereotipo racista de que las comunidades rurales son incapaces de actuar por sí mismas o incluso de cometer maldades de manera autónoma49. Además, la nota lamenta la resistencia de los talamontes frente a la ley y el orden gubernamental al persistir en su actividad de tala y sustento, lo que se considera un daño al “pintoresco” paisaje y a los servicios ecológicos necesarios para una ciudad en desarrollo; esto a pesar de que, paradójicamente, la ciudad era el destino final de la madera, como me indicaron los comuneros entrevistados, y de hecho la nota menciona, y, sin embargo, lo ignora en su análisis50.

Una semana después, El Pueblo publicó otro artículo que sirve para revelar el marcado contraste que expone el sesgo de clase y colonial de la prensa:

Los señores Manuel Párame, Julio Etchaurl, Gustavo Alomía y Adolfo Madrigal, presidente, vicepresidente y vocales, respectivamente, de una agrupación deportiva de esta capital, se ocupan en organizar una excursión al tradicional Desierto de los Leones, para el domingo próximo[.] Ese día lo pasarán los excursionistas dedicados a la caza y a juegos deportivos, para lo cual han sido invitados varios caballeros de nuestra sociedad[.] Al medio día, será servido un frugal almuerzo.51

En el artículo citado se describe cómo, a pesar de que se llevan a cabo actividades igualmente prohibidas por el decreto presidencial, esto es, la tala y la cacería, la nota hizo una distinción entre ignorantes y delincuentes, y caballeros y deportistas, dependiendo de si el infractor es un campesino local o un burgués. El problema que presenta la prensa no parece ser tanto el incumplimiento de una actividad prohibida en un área dedicada a la conservación, sino más bien si dicha actividad favorece los intereses de las élites empresariales y sus prácticas recreativas, o el sustento de los habitantes de la región. Mientras los cazadores fueron celebrados brevemente en la sección social del periódico, como se mostró recién, los habitantes de los pueblos fueron criticados por utilizar la leña, en una denuncia plagada de insultos que se extiende a lo largo de varias páginas del diario. Además, mientras que los excursionistas son mencionados con sus nombres completos e incluso con sus distinguidos cargos, los campesinos solo emergen del anonimato para ser reducidos a categorías abstractas y despectivas como “ignorantes”, “delincuentes” o “malvados”52.

Esta distinción entre campesinos y burgueses, basada en prácticas de uso del territorio que están condicionadas por el acceso diferencial a recursos y privilegios, se inserta en una problemática mayor. La colonialidad de la conservación, entonces, se refiere a la construcción y el manejo de espacios naturales de acuerdo con estas estructuras colonialistas y criterios racistas heredados, perpetuando viejas hegemonías coloniales en las prácticas de conservación ambiental. En este sentido, los valores y necesidades de las élites burguesas y coloniales respecto a la naturaleza se incorporan más fácilmente en las estrategias de conservación, mientras que las demandas de las comunidades originarias se consideran una amenaza o, en el mejor de los casos, una oportunidad para obtener beneficios políticos mediante una inclusión simbólica53. Esta lógica puede observarse con claridad en el caso del Desierto de los Leones, donde la matriz colonial se tradujo en la equiparación de las prácticas comunales con ilegalidad, mientras que las actividades de las élites fueron resignificadas como deporte o cultura. La conservación aparece así como un proyecto colonial moderno, que preserva paisajes para unos al tiempo que niega el sustento a otros.

De este modo, la colonialidad de la conservación permite entender por qué la prensa de principios del siglo xx celebraba los viajes de cacería de las élites burguesas al Desierto de los Leones, al tiempo que condenaba enérgicamente la tala que los habitantes de la región realizaban para su sustento, a pesar de que ambas actividades estaban igualmente prohibidas por el decreto que convirtió al Desierto en parque nacional. Para una conservación de carácter colonial, cuidar la naturaleza significa, en última instancia, mantener los privilegios raciales y de clase heredados de una historia colonial.

Conclusiones

El recorrido histórico desarrollado en este artículo permite comprender que la creación del Parque Nacional Desierto de los Leones en 1917 fue mucho más que una decisión de carácter conservacionista tomada desde arriba por el Gobierno de Carranza. A diferencia de lo que suele afirmarse en los relatos institucionales de la conservación en México, el decreto no abrió un capítulo nuevo en la historia del bosque, sino que consolidó un proceso social, político y cultural que se venía gestando desde décadas atrás. En este sentido, el parque nacional debe entenderse como el desenlace de una serie de prácticas y disputas que articularon a excursionistas urbanos, élites burguesas, instituciones estatales y comunidades rurales, todos ellos insertos en una dinámica mayor: la expansión de la Ciudad de México hacia sus periferias.

La evidencia revisada —principalmente hemerográfica y etnográfica— permite invertir la causalidad que habitualmente se asume: no fue la declaratoria presidencial la que inauguró el carácter recreativo del Desierto de los Leones, sino que fueron las excursiones, los paseos y los usos de fin de semana los que otorgaron al espacio un valor pintoresco y lo convirtieron en destino privilegiado para los habitantes acomodados de la capital. El decreto de Carranza formalizó y legitimó esas prácticas, transformándolas en política pública bajo el lenguaje de la conservación y el interés nacional. De esta manera, el parque no nació como un proyecto técnico de protección forestal, sino como el resultado de una configuración social previa, marcada por el ascenso de nuevas formas de ocio, movilidad y consumo cultural de la naturaleza.

Ahora bien, esa oficialización no fue neutra. La creación del parque reforzó desigualdades históricas y consolidó un régimen de exclusión que afectó a las comunidades rurales vecinas. Mientras los excursionistas urbanos disfrutaban de la contemplación estética del paisaje, las poblaciones de San Bartolo Ameyalco, San Mateo Tlaltenango o Santa Rosa Xochiac vieron restringidas actividades que habían sostenido durante siglos: la tala, la caza o el pastoreo. El decreto convirtió esas prácticas en ilícitas, relegándolas al terreno de la criminalidad. La prensa jugó un papel clave en este proceso: en las páginas de los diarios, los campesinos aparecieron como “malvados” e “ignorantes”, responsables de atentar contra el “pulmón” de la ciudad, mientras que los cazadores de élite eran celebrados como deportistas y caballeros. Esta diferencia en el tratamiento mediático revela con nitidez la dimensión de clase de la conservación en sus orígenes en la capital mexicana.

Al situar el análisis en esta tensión entre usos urbanos y rurales, el artículo se distancia de interpretaciones centradas únicamente en personajes notables, como Miguel Ángel de Quevedo, o en la evolución de la legislación forestal. En lugar de una historia de grandes figuras, se propone una mirada que coloca en el centro a los actores colectivos y sus prácticas concretas. Desde esta perspectiva, el aporte historiográfico principal es mostrar cómo la vida cotidiana de la ciudad —con sus paseos dominicales y nuevas formas de transporte— resultó determinante para la transformación del bosque en parque nacional.

Este enfoque también permite leer una dinámica de larga duración. Como se vio en la primera parte del artículo, los conflictos entre pobladores y órdenes religiosas por el acceso a la leña, el agua y el pasto ya estaban presentes desde el siglo xvii. La creación del convento carmelita inauguró un régimen de apropiación que limitó las prácticas de los pueblos y desplazó formas locales de uso del bosque. En el siglo xix, el decreto de Guadalupe Victoria reconoció formalmente la propiedad de las comunidades, pero fue ignorado por sucesivos Gobiernos que prefirieron favorecer a empresarios, militares o burócratas. En este sentido, el decreto carrancista de 1917 puede leerse como un eslabón más en una cadena de exclusiones que, bajo diferentes lenguajes —religioso, liberal, conservacionista—, han subordinado a las comunidades a lógicas externas de control territorial.

El concepto de colonialidad de la conservación resulta útil para articular estas continuidades. Como se ha argumentado, la colonialidad no se refiere únicamente al dominio formal de una metrópoli sobre una colonia, sino a la persistencia de estructuras jerárquicas que privilegian ciertos saberes, culturas y usos de la naturaleza frente a otros. En el caso del Desierto de los Leones, la conservación se construyó bajo parámetros estéticos y recreativos vinculados a las élites urbanas, mientras que las prácticas comunales fueron deslegitimadas y, en ocasiones, criminalizadas. La prensa, el decreto y la memoria local coinciden en señalar cómo el valor atribuido al paisaje respondía más a las necesidades de la ciudad —aire limpio, ocio, agua— que a los derechos de quienes lo habitaban. Así, la conservación no se opuso a la modernidad urbana, sino que fue una de sus condiciones de posibilidad.

En conjunto, los hallazgos de este artículo sugieren que la historia del Desierto de los Leones debe ser entendida como parte integral de la historia de la Ciudad de México. El parque no es un enclave aislado ni un refugio natural ajeno a la urbanización, sino un escenario donde se entrecruzan dinámicas de clase, procesos coloniales y disputas territoriales. Reconstruir su historia permite ver cómo la capital ha expandido su control sobre la periferia, al mismo tiempo que ha generado narrativas que presentan esas apropiaciones como interés público o como medidas de protección ambiental.

La principal contribución de este trabajo es, por tanto, doble. En el terreno historiográfico, ofrece un análisis que combina fuentes periodísticas, documentos legales y testimonios comunitarios para cuestionar la narrativa oficial de la conservación en México. En el plano conceptual, muestra cómo la colonialidad de la conservación puede aplicarse para comprender las jerarquías sociales y raciales que se inscriben en la gestión de los parques nacionales. De esta manera, el Desierto de los Leones se presenta no solo como un caso local, sino como un ejemplo con potencial comparativo para pensar otros procesos latinoamericanos en los que la conservación se articula con la expansión urbana y con la persistencia de desigualdades históricas.

Más allá de su valor histórico, este caso contribuye a la discusión teórica sobre la colonialidad de la conservación en América Latina. El análisis muestra que no se trata de un concepto abstracto, sino de una categoría que ayuda a explicar cómo se entrelazan urbanización, desigualdad y políticas ambientales. La historia del Desierto de los Leones revela que la conservación en México no fue una alternativa a la modernidad capitalina, sino uno de sus instrumentos: un mecanismo para consolidar jerarquías de clase y raza mediante la producción de paisajes “pintorescos” y la criminalización de usos comunales. Con ello, el artículo aporta una herramienta conceptual para pensar comparativamente otros parques nacionales en la región y para problematizar el presente de las políticas de conservación en contextos de desigualdad estructural.

En última instancia, narrar esta historia implica reconocer que el Desierto de los Leones no fue únicamente el primer parque nacional de México y de América Latina, sino también un espacio atravesado por luchas sociales, apropiaciones desiguales y memorias de resistencia. Esa es, quizás, la lección más relevante que puede extraerse: la conservación nunca es neutra, sino el resultado de relaciones de poder que definen quién puede habitar, aprovechar y significar un territorio54.

Bibliografía

Fuentes primarias

Archivos

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Entrevistas

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Este artículo se deriva de la investigación “Oyameles, piedras y aves: una historia ambiental del Desierto de los Leones”, tesis para obtener el grado de doctor en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa (México), financiada por Secihti/Conahcyt mediante la beca n.o 588996.

1 Si bien una nota de la Municipalidad de Gualeguaychú, en Argentina, insiste en que este fue el primer país en crear un parque nacional, estableciendo la fecha de 1903, momento en que se realizó la donación de los terrenos al Estado, el decreto presidencial que dio por creado el Parque Nacional del Sud (hoy Nahuel Hualpi) se publicó hasta el 8 de abril de 1922, cinco años después del decreto del Desierto de los Leones. Véanse “Argentina: el primer país de toda América Latina en crear un parque nacional”, Gobierno de Gualeguaychú, 9 de noviembre de 2021, y Olaf Kaltmeier y Frederico Freitas, “Beyond the ‘Yellowstone Model’: The Origins of National Parks in Brazil and Argentina”, Halac: Historia Ambiental Latinoamericana y Caribeña 11, n.° 3 (2021); el decreto se puede consultar en Semarnap (Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca), Áreas naturales protegidas de México con decretos federales (1899-2000) (Ciudad de México: Semarnap, 2000), 301.

2 “Desierto de los Leones: 100 años de conservación en México”, Gobierno de México, 28 de noviembre de 2017.

3 Rubén Darío Madrigal Ceballos, “Oyameles, piedras y aves: una historia ambiental sobre el Desierto de los Leones” (tesis de doctorado, Universidad Autónoma Metropolitana Cuajimalpa, 2024).

4 Semarnap, Áreas naturales, 301.

5 Comuneros de San Bartolo Ameyalco, San Mateo Tlaltenango y Santa Rosa Xochiac, en discusión con el autor, 2018-2023. El nombre del pueblo se mantendrá anónimo para proteger la privacidad de los entrevistados por voluntad expresa de ellos mismos. Más detalles en Madrigal Ceballos, “Oyameles”.

6 Madrigal Ceballos, “Oyameles”, 21-26.

7 Aníbal Quijano, “Colonialidad y modernidad/racionalidad”, Perú Indígena 13, n.° 29 (1992); Aníbal Quijano, “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, en La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, compilado por Edgardo Lander (Buenos Aires: Clacso, 2000), 201.

8 Adolfo Albán y José R. Rosero, “Colonialidad de la naturaleza: ¿imposición tecnológica y usurpación epistémica? Interculturalidad, desarrollo y re-existencia”, Nómadas, n.° 45 (2016); Rodrigo Severo Arce Rojas, “Colonialidad de la naturaleza: reflexiones desde la Amazonía peruana”, Unodiverso 5, n.° 5 (2025).

9 La expresión colonialidad de la conservación no es nueva. Véase, por ejemplo, Yolanda Ariadna Collins et al., “Plotting the Coloniality of Conservation”, Journal of Political Ecology 28, n.° 1 (2021).

10 Albán y Rosero, “Colonialidad”.

11 Collins et al., “Plotting”.

12 Humberto Urquiza García et al., “El Desierto de los Leones a 100 años de la declaración como primer parque nacional de México y América Latina”, Nexos, 14 de noviembre de 2017.

13 Urquiza García et al., “El Desierto”.

14 Eduardo Báez Macías, El Santo Desierto: jardín de contemplación de los carmelitas descalzos de la Nueva España (Ciudad de México: unam, 1981). Para un mayor desarrollo, véase Madrigal Ceballos, “Oyameles”, 45-67.

15 Báez Macías, El Santo Desierto, 13.

16 Agustín de la Madre de Dios, Tesoro escondido en el monte Carmelo mexicano (1646-1653; Ciudad de México: unam, 1986), 285; Báez Macías, El Santo Desierto, 13. Hay que mencionar que el convento original en el Desierto de los Leones fue destruido tras la partida de los carmelitas y reconstruido posteriormente, por lo que el edificio de hoy es distinto a la traza original inspirada en el Yermo de Batuecas. Véase Jessica Ramírez Méndez, “Dos desiertos, un mismo espacio: estudio de las transformaciones morfológicas del Desierto de los Leones a partir del uso de nuevas tecnologías”, en Tecnología 3D por barrido láser aplicada al estudio, protección, conservación, restauración y difusión del patrimonio cultural de México, editado por Jessica Ramírez Méndez, Valeria Valero Pié y Ángel Mora Flores (Ciudad de México: Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía Manuel del Castillo Negrete, inah, 2018).

17 El monte Carmelo, donde Elías se aisló para encontrarse con Dios, no era precisamente un desierto lleno de arena. Más bien, debió tener una configuración similar a la actual: vegetación mediterránea y un clima templado. Así, cuando la Biblia dice que Elías “se retiró al desierto”, no necesariamente alude a un desierto en el sentido moderno de la palabra, es decir, un lugar árido y desolado. En el contexto bíblico, desierto puede referirse a un área apartada, inhóspita o poco habitada, ideal para el retiro y la reflexión espiritual. En el caso de Elías, su retiro simboliza su alejamiento del mundo y su búsqueda de un encuentro más cercano con Dios, sentido que los carmelitas habrían adoptado también, de acuerdo con Báez Macías, El Santo Desierto.

18 Un extenso listado de todo lo necesario para el mantenimiento de los monjes fue registrado en el “Directorio general eremítico y económico” de fray Martín de la Madre de Dios, prior del convento, escrito en 1713; véase Dionisio Victoria Moreno y Manuel Arredondo Herrera, El Santo Desierto de los Carmelitas de la Provincia de San Alberto de México (Ciudad de México: Biblioteca Enciclopédica del Estado de México, 1978), 325-416.

19 Indios, en las crónicas de la época. Véase Madre de Dios, Tesoro, 284-286.

20 Madrigal Ceballos, “Oyameles”, 68-76.

21 Herrerías Sosa, El Desierto, 14-15.

22 Herrerías Sosa, El Desierto, 15; Madre de Dios, Tesoro, 284.

23 El decreto de Guadalupe Victoria sigue siendo clave en los conflictos jurídicos e identitarios que las comunidades de San Bartolo, San Bernabé y Santa Rosa sostienen sobre la propiedad del Desierto. Estas comunidades demandan hoy el reconocimiento de la donación realizada por Victoria, la cual consideran como la “única muestra de cordura” de los gobiernos coloniales desde la fundación del Yermo. Las crónicas de Herrerías Sosa y León mencionan el documento, pero enlistan a las comunidades beneficiadas en un orden diferente al que aparece en el decreto. Este orden es significativo para las comunidades, ya que ven en la secuencia una escala de importancia que otorga mayor relevancia al pueblo mencionado en primer lugar. Véase Madrigal Ceballos, “Oyameles”, 219-220, 248-260.

24 Véanse Herrerías Sosa, El Desierto, 14-29, Madrigal Ceballos, “Oyameles”, 87-92, y María del Carmen Reyna, “El Desierto de los Leones: sus aguas y la adjudicación de su monasterio en el siglo xix”, Historias: Revista de la Dirección de Estudios Históricos 19 (1988): 106.

25 Herrerías Sosa, El Desierto, 16.

26 “Excursión al Desierto”, El Tiempo, 20 de julio de 1899, 3.

27 Amado Nervo, “La caza del espectro”, Revista Moderna de México, 1.º de noviembre de 1908, 109-111.

28 El camino al Desierto de los Leones, con pavimento incluido, fue inaugurado hasta 1934. Véase Madrigal Ceballos, “Oyameles”, 94.

29 Para una discusión más amplia sobre estas sensibilidades en torno a la creación de parques nacionales, véanse William Cronon, “The Trouble with Wilderness: Or, Getting Back to the Wrong Nature”, Environmental History 1, n.° 1 (1996), Anna Tsing, Friction: An Ethnography of Global Connection (Princeton: Princeton University Press, 2004), 95-101, Hugh Raffles, In Amazonia: A Natural History (Princeton: Princeton University Press, 2002), y Peter J. Schmitt, Back to Nature: The Arcadian Myth in Urban America (Londres: Johns Hopkins University Press, 1990).

30 “Dos excursiones”, El Tiempo, 25 de agosto de 1900, 2.

31 “Día de campo en el Desierto”, El Tiempo, 6 de noviembre de 1900, 2.

32 “Las excursiones al Desierto”, El Tiempo, 5 de junio de 1901, 1.

33 “Excursión”, La Voz de México, 23 de febrero de 1906, 2.

34 María del Carmen Collado, La burguesía mexicana: el emporio Braniff y su participación política, 1865-1920 (Ciudad de México: Siglo XXI, 1987).

35 “Sobre ruedas: el mercado mexicano y los primeros automóviles”, Secretaría de Comunicaciones y Transportes, 16 de enero 2020, 1-2.

36 “En el Desierto de los Leones”, El Tiempo, 19 de diciembre de 1909, 2.

37 Cronon, “The Trouble”.

38 “Sufren nuevas derrotas varias gavillas de zapatistas”, El Pueblo, n.° 425, 28 de diciembre de 1915, 1.

39 Madrigal Ceballos, “Oyameles”, 102.

40 Semarnap, Áreas, 301; Cronon, “The Trouble”, 9.

41 Cronon, “The Trouble”; Tsing, Friction, 95-101; Raffles, In Amazonia.

42 Cronon, “The Trouble”, 10; Tsing, Friction, 95-101; Raffles, In Amazonia; Loni Hensler y Juliana Merçon, “Áreas naturales protegidas como territorios en disputa: intereses, resistencias y acciones colectivas en la gestión compartida”, Sociedad y Ambiente 22 (2020); Emily Wakild, Revolutionary Parks: Conservation, Social Justice, and Mexico’s National Parks, 1910-1940 (Tucson: The Arizona University Press, 2011).

43 Urquiza García et al., “El Desierto”; Juan Humberto Urquiza García, Miguel Ángel de Quevedo: el proyecto conservacionista y la disputa por la nación, 1840-1940 (Ciudad de México: unam, 2018); Wakild, Revolutionary Parks.

44 Semarnap, Áreas, 301.

45 Ernesto Vargas Palestina, “Los estudios científicos de Antonio H. Sosa en la conformación de los parques nacionales de México, 1935-1939” (tesis de pregrado, Universidad Nacional Autónoma de México, 2017), 7.

46 Vargas Palestina, “Los estudios” , 7.

47 Madrigal Ceballos, “Oyameles”, 248-261.

48 “¿El Desierto de los Leones será al fin un Desierto?”, El Pueblo, 7 de abril de 1919, 1.

49 Como discute la lingüista ayuujk Yásnaya Aguilar, “El efecto Tizoc”, Este País, 4 de julio de 2012.

50 En este artículo no se profundiza en las estructuras, cosmovisiones ni formas de lucha de los pueblos originarios del surponiente, aunque aparecen de manera tangencial en la descripción de los tributos pagados a los mexicas, los usos del espacio previos a la llegada de los carmelitas o las talas realizadas en el periodo en que se decretó el parque nacional, como se describió en el recorrido histórico. La ausencia de una voz más amplia de los pueblos en esta reconstrucción se debe a que sus perspectivas quedaron opacadas en el sesgo colonial de las fuentes disponibles —escritas principalmente por monjes carmelitas y autoridades estatales—, que solo mostraron su propia mirada, como lo discuten Ann Laura Stoler y Marisol de la Cadena respecto a los silencios, omisiones y borramientos en los archivos coloniales y en las relaciones Estado-comunidades. Véanse Ann Laura Stoler, Along the Archival Grain: Epistemic Anxieties and Colonial Common Sense (Princeton: Princeton University Press, 2009), y Marisol de la Cadena, Earth Beings. Ecologies of Practice: Across Andean Worlds (Durham: Duke University Press, 2015). Detalles sobre aspectos contemporáneos de los pueblos, relativos a su ontología, memoria colectiva, posición frente a la conservación estatal y formas propias de construir archivo, entre otros temas, pueden consultarse en Madrigal Ceballos, “Oyameles”.

51 “Excursión al Desierto de los Leones”, El Pueblo, 15 de abril de 1919, 3.

52 Cadena, Earth Beings, 59-90. Este capítulo aborda las tensiones entre los modos de liderazgo y representación de las comunidades indígenas y la política izquierdista, así como el anonimato impuesto a las comunidades en contraste con la exposición pública que caracteriza a los líderes de izquierda. Aquí, De la Cadena examina cómo el uso de nombres y la visibilidad pública se construyen de manera distinta entre estos grupos, lo cual se relaciona con las dinámicas de poder y racismo en los Andes.

53 Collins et al., “Plotting”.

54 En consonancia con lo discutido por numerosos autores, por ejemplo: Cronon, “The Trouble”, Collins et al., “Plotting”, Andrew S. Matthews, “Wildfires and Ghosts: Pathogen Epidemics and Agricultural Abandonment in Italy”, Hot Spot, Fieldsights, 27 de julio de 2021, Arturo Escobar, Otro posible es posible: caminando hacia las transiciones desde Abya Yala/Afro/Latino-América (Bogotá: Desde Abajo, 2018), Arturo Escobar, Territorios de diferencia: lugar, movimientos, vida, redes (Popayán: Universidad del Cauca, 2015), Arturo Escobar, “Territorios de diferencia: la ontología política de los ‘derechos al territorio’”, Cuadernos de Antropología Social 41 (2015), Mario Blaser, “La ontología política de un programa de caza sustentable”, World Anthropologies Network (WAN) / Red de Antropologías del Mundo (RAM) 4 (2009), y Hensler y Merçon, “Áreas”.


Rubén Darío Madrigal Ceballos

Doctor en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Autónoma Metropolitana Cuajimalpa (México). Investigador posdoctoral en el Instituto de Investigaciones en Educación de la Universidad Veracruzana (México). Su área de especialización es la ecología política y, más recientemente, los estudios sociales de la cafeticultura, laflor.deocote@gmail.com, https://orcid.org/0009-0007-2500-9908