El mundo del trabajo engloba todo un universo de experiencias (sensoriales, sociales y culturales), y son justamente éstas las que toman parte en este libro, una serie de palabras clave para su lectura. Desafíos materiales y organizacionales a los que hay que esforzarse para vencer y cuyo resultado tiene consecuencias, porque es evaluado, o más bien probado, literalmente, en un frío tarro cervecero. Así, pues, el objeto de este libro se enmarca en un espacio de tres hectáreas: la fábrica de cerveza Moctezuma —con sede en la ciudad de Orizaba—, donde se entrecruzan procesos tecnológicos y biológicos con la pericia de los maestros cerveceros. Así, el carácter material de la producción toma lugar en disposiciones de inmuebles, una caravana de maquinaria y herramientas, que se encuentran presentes a lo largo de 123 páginas de detalladas explicaciones técnicas de los quince departamentos de producción; aunque se observa una escasa referencia al mundo social, y más aún en aquellos asuntos en los que deberían resaltarse las colaboraciones técnicas. De hecho, son las etapas productivas lo único que, a modo de subtítulos, implícitamente organiza el libro[1].
Es de resaltar que, aunque el enfoque de la obra es de carácter material, no es un texto que se centre de manera exclusiva en el materialismo, pues resulta ser una obra de cualidad humanística, en el sentido, incluso, de otra palabra clave: creatividad. Se muestra, por demás, que los problemas industriales son básicamente sólo posibles de resolver con la creatividad humana industrialmente organizada. Otra palabra clave para la lectura de la obra de Womack es agencia; aquí se plasma como una función subordinada la del agente que trabaja para el patrón y en su nombre, lo que también implica el poder de actuar o la ejecución de su poder. En palabras del autor: “de una potencia motriz” (p. 14). Pero en este punto habría que preguntarse: ¿Cuáles son las fuentes que dan cuenta de ello? Por una parte, una rica cantidad de datos provinieron de archivos públicos como el Archivo General de la Nación, el Archivo Histórico de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas y el Archivo Municipal de Orizaba. Además de la consulta en archivos privados, en particular del propio Archivo de la Cervecería Moctezuma. En el marco general de esta investigación existe el sustento crítico de una profusa bibliografía anglosajona sobre la producción de la cerveza en Occidente —es de resaltar la consulta de manuales técnicos como el American Handy-Book of the Brewing, The Cooperage Handbook y el Mechanical and Refrigerating Engineers’ Handboook— y un marco particular delimitado por un puntual uso de la producción historiográfica local sobre Orizaba. En cuanto a su aparato crítico, en publicaciones seriadas se destaca su amplia revisión de revistas como The Brewer’s Journal y periódicos como El Reproductor, complementadas con entrevistas a personajes como Jorge Fleischmann (miembro fundador) que dotan de cariz vivencial a este escrito.
En este punto es importante recordar que los trabajadores no son el punto focal de la obra, sino el trabajo industrial, entendido como relaciones de “cooperación étnica”; he allí donde radica una de las novedades historiográficas que resaltan de la investigación de Womack. En tanto, permite esclarecer ciertas zonas de la historia de la tecnología y de las clases trabajadoras modernas desde una línea en la que pareciera está poco acompañado, pero firmemente plantado: la “posición estratégica”[2]. Es precisamente a partir de la comprensión del trabajo industrial, en un océano de historiografía donde lo que menos aparecía era el trabajo mismo, como Womack ha dilucidado de manera acertada una clara vía para reconstruir la historia de las clases modernas. Ahora bien, este enfoque no pretende abordar las clases de modo jerarquizado, sino en sus interdependencias, en función de la producción y su articulación local e internacional, de la que depende la tan valiosa “posición” dentro de la cadena técnica. Desde esta línea se puede suponer que tal vez esta parcela de estudio bien podría ser un acercamiento desde la llamada “microhistoria”, que refleja un proceso más grande de efervescencia política y cambio social entre 1880-1950 en México (p. 21). Lo anterior, por supuesto, guardando las debidas proporciones que deben tenerse en este tipo de indagaciones, pues el autor en la dimensión espacial sólo se enmarca en esta fábrica o en sitios específicos —como su patio rodeado de muros, o sus cuartos calientes y fríos—; por lo que a ratos el lector siente que está viviendo un fragmento representativo de toda la experiencia de ser un trabajador mexicano de ese período de transición de los albores del siglo XX.
Es además necesario destacar que el autor ha colocado en medio de la obra una selección de imágenes particulares: un cartel publicitario, fotografías de los edificios, de los aparatos industriales, de los espacios donde se está trabajando in fraganti o se está posando, ricos planos de la fábrica, de su maquinaria. ¿Es mera didáctica? En realidad, un lector podría suponer que su uso se encuentra relacionado más bien con la intención de Womack de transferir la experiencia tecnológica colectiva, a pesar de que las imágenes no son tratadas como fuentes históricas para fundamentar sus argumentos[3]. Otro efecto de la realidad no sólo es la espacialidad, sino el tiempo, que parece como si estuviera detenido. ¿Por qué este efecto? Es precisamente la experiencia tecnológica la que justifica que sólo aparezca en el título el año de 1908[4], pues si bien el libro permite ver una modificación técnica del proceso productivo cervecero —que supuso el cambio de una simple organización del trabajo a una organización industrial, que fue más allá de un simple año (todo en aras de producir 114.096 barriles de cerveza)—, a lo largo de las refinadas explicaciones técnicas queda la sensación, de nuevo, de que el tiempo se ha subsumido dentro del trabajo colectivo. Lo anterior también parece tener una explicación: Womack, para poder realizar una comprensión del proceso industrial cervecero, ha partido desde el estudio de un “fragmento” que daría cuenta de la experiencia de lo que lo haría una gran historia totalizante; no debe desconocerse en este punto que entender la totalidad de una realidad experimentada es en sí una aporía; quizás en ello subyace su decisión de no crear una historia general del trabajo industrial en Veracruz, sino una serie de historias que se correlacionan dentro de marcos amplios[5].
Finalmente, la Cervecería representa sólo una parte de una serie de estudios del mismo autor, por lo que —para enriquecer cualquier reseña sobre este tipo de problemáticas— sería sumamente importante darle seguimiento a este libro, junto al resto de las investigaciones que están por publicarse o que se encuentran en su fase investigativa. Sin duda, muchos historiadores esperaran con ansias, entre los que me incluyo, nuevas obras, pues es claro que se trata de un trabajo de largo alcance. Esto explica por qué Womack no puntualiza una conclusión sobre el tema ni hace un epílogo respecto a esta parte de la historia del trabajo industrial en Veracruz, esperando que sea un ejercicio académico holístico que incluya nuevos espacios.