Kyojima: canción triste para Shitamachi


Foto: Arquitecto Jin Taira

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Es en un pequeño barrio de la ciudad de Tokio, en la conocida como la “Ciudad Baja” (o Shitamachi), donde comienza este viaje narrativo de investigación, historia, visión, ideas y propuestas de reactivación. Y sí, digo bien, hablamos de una ciudad baja. Una porción de terreno compacta y densa que se diluye por debajo del nivel mar. Una isla que bien podría haber sido el escenario de un Estado rico y suntuoso y, sin embargo, es un lugar lejano, olvidado, nostálgico, y envejecido. Un lugar que ha sido testigo de desastres naturales y de batallas sociales por unos derechos que languidecen con el paso del tiempo; un lugar que acepta su amarga supervivencia como un recuerdo de lo que fue e interpreta un papel exótico frente a un nuevo árbol celeste desde el que todo se ve. Así que sí, decimos bien si nos referimos a este pequeño barrio como la Ciudad Baja, aunque podríamos intensificar este atributo y afirmar que, dentro de la extensa ciudad baja de Tokio, nuestro barrio podría enmarcarse en el ámbito más bajo de la mayor megalópolis del mundo: Kyojima.

En 1985, el historiador Edward G. Sedensticker ya nos anunciaba en su antológico texto “Low City, High City: Tokyo from Edo to the Earthquake, 1867-1923” que en Edo siempre hubo una ciudad alta, y una ciudad baja. Un territorio que, entendido desde su escala ecológica, estuvo sometido durante miles de años al avance y retraimiento de las aguas sobre la bahía de lo que conocemos hoy en día como Tokio. El resultado fue un terreno bajo, pantanoso y surcado de escorrentías, y otro alto, sereno, expectante, sobre el que se levantaba una fortificación, el castillo de Ōta Dōkan, que permitía instaurar parte de un complejo sistema feudal en constante mutación desde el advenimiento del periodo Kamakura.

A finales del siglo XVI y comienzos del XVII, con la pacificación del territorio por parte del clan Tokugawa y la adopción de Edo como capital administrativa del país, comienzan los primeros trabajos de planificación urbana de la ciudad: una heredera de la geomancia china empleada en la proyección de las ciudades imperiales y de las ciudades-castillo, que, a su vez, emergieron como consecuencia de la hegemonía samurái de finales del siglo XII.

El plan de Tokio constituyó, para las expectativas de la ciudad imaginada por los Tokugawa, todo un reto de ingeniería. El castillo necesitaría mejorar sus sistemas de defensa y fosos circundantes, pero el espacio destinado a los señores de la guerra aliados (fudai-daimyo) quedaba expuesto en un terreno inundable, en la llamada bahía de Hibiya. Todo el territorio al este del castillo era en realidad un frente marítimo: para alojar las mansiones de las grandes familias dentro del sistema feudal (bakufu) que instauró el clan, fue necesario ganar terreno al mar a base de obtener tierras de las laderas y montes colindantes. Corrieron mejor suerte los tozawa-daimyo y los hatamoto (o samuráis al servicio de los señores feudales), al localizarse en la zona suroeste y norte del castillo, es decir, en la zona alta. Ni qué decir tiene, que quienes corrieron la peor suerte fueron los barrios de artesanos y comerciantes, quienes fueron alojados en la segunda línea con respecto al castillo de los Tokugawa y se vieron enfrentados al nuevo avance artificial del frente marítimo en la ciudad de Edo, lo que hoy conocemos como Ginza, el que paradójicamente ha sido durante muchos años reconocido como uno de los barrios más exclusivos y caros del mundo.

Foto: Arquitecto Jin Taira

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Foto: Arquitecto Jin Taira

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Durante los primeros años de historia de la ciudad, esta mantuvo su contención frente al Río Sumida. Era su límite natural hacia el este. El río entonces se cruzaba en barcazas para llegar a un terreno inundable y pantanoso, utilizado por la nobleza para practicar la caza o para pasear a lo largo de las veredas de cerezos a comienzos de abril, en la conocida área de Mukojima (una isla ubicada en aquella región). Así era, más allá del río, antes de que se iniciaran los trabajos de consolidación. Toda esta vasta extensión pantanosa estaba formada por una gran “isla de islas”, algunas tan grandes que se les había dado nombre: como a 牛島 Ushima (la isla de la vaca), 柳島 Yanagijima (la isla del sauce) o 寺島Terajima (la isla del templo). La zona de Kyojima (la isla capital) es recogida por Hiroshige en algunas de sus estampas como un lugar idílico y pantanoso, donde a veces es difícil reconocer el límite difuso del caudal del río Sumida, con sus vastas extensiones inundables.

Entrados en el siglo XVIII comienza una tímida ocupación del frente fluvial, apoyándose en el sistema de canales que ya habían empezado a ejecutarse desde los primeros años de la fundación de la ciudad, cuando se abrieron canales de comunicación con las Salinas de la zona de Chiba, al este de la ciudad de Edo.

Pero es con la restauración Meiji2, y con la drástica industrialización del país, cuando un tejido industrial empieza a colonizar el Río Sumida, y a atraer a la población rural a la ciudad. Un fenómeno bien conocido en Europa desde el siglo XVIII con el caso de urbes como Manchester, también conocida como cottonopolis. La concentración de capital trajo a la ciudad la necesidad de mano de obra barata y de generar alojamiento rápido y accesible. Al tiempo, el Río Sumida comenzaba a sufrir las primeras consecuencias de la polución.

Los distritos de Sumida, Chúo y Koto, localizados entre el Río Sumida y el Río Arakawa, comienzan a planificarse, apoyados en los sistemas de canales ortogonales existentes, lo que da lugar a una cuadrícula urbana basada en contener las incesantes crecidas de los ríos, generadas por temporales, tifones o tsunamis.

No en vano, con el gran terremoto de Kanto de 1923, la zona de Kyojima se utiliza masivamente para acoger a las víctimas del desastre, lo que pone en marcha la colonización de toda la zona, con viviendas alargadas de madera tipo Nagoya. Lejos de convertirse en un suburbio sin servicios, equipamientos, dotaciones o infraestructuras, el barrio prosperó y se consolidó; más aún cuando milagrosamente sobrevivió a los incendios masivos que sufrió la capital por los bombardeos aliados del final de la Segunda Guerra Mundial.

Kyojima se fue consolidando en la posguerra, con lo que aumentó masivamente su población, y, con la herencia de padres a hijos, el barrio fue atomizándose hasta límites inconcebibles. A finales de los años 60, el Gobierno Metropolitano de Tokio desarrolló un estudio de riesgos y detectó en Kyojima un doble problema: por una parte, se encontraba en una zona en riesgo de crecidas, al estar por debajo del nivel del mar; en segundo lugar, la mayor parte de sus edificaciones eran de madera y se encontraban en mal estado, por lo que en caso de terremoto o incendios, unidos a la alta densidad de población, la “isla de la capital” podría convertirse en uno de los lugares con mayor concentración de peligro de la metrópolis. Por todo ello, se propuso un proyecto de tabula rasa, es decir, de eliminar todo el tejido urbano existente y sustituirlo por bloques de apartamentos de gran altura, también conocidos como danchi.

Sin embargo, nadie presagiaba la reacción popular del vecindario: un caso de movimiento social que podría encontrar su eco en otros movimientos contemporáneos relacionados con la posición de resistencia frente al progresismo económico del país. En este contexto, surge el movimiento Machi–zukuri. Un movimiento social-popular que permitió planificar una alternativa segura, pero que intentaba en todo momento no perder la calidad del tejido social de los barrios de Kyojima o Mukojima. El plan tuvo avances, con luces y sombras, y sigue su curso en la actualidad; si bien han pasado más de 50 años desde que se inició este movimiento reaccionario, y los promotores de la idea ya están cansados de luchar por un barrio que ha envejecido mucho en las últimas décadas.

Hoy, el Tokyo Sky Tree se eleva orgulloso sobre el distrito de Sumida. 640 metros que prácticamente duplican al anterior gigante de Tokio, la Tokyo Tower, la réplica de la Torre Eiffel minimizada por las torres de edificios que la rodean sin respetar ninguna axialidad. Antes, cuando no había torres ni edificios altos en Kyojima y era casi imposible tener referencias lejanas, las normativas contra incendios permitieron la edificación de bloques de apartamentos en la primera línea de los viarios principales, lo que generó las primeras referencias visuales, aunque nunca lejanas, hasta que la torre, diseñada por Tadao Ando, se proclamó como protagonista del distrito.

Desde su plataforma a 340 metros de altura se puede distinguir este barrio como un minúsculo microcosmos que sobrevive gracias a la benevolencia de los empresarios que han organizado una línea temática de microbuses que, partiendo del lujo comercial de la torre, se desplaza por un módico precio a conocer la “Ciudad baja”. Al avanzar del autobús, una voz femenina va relatando al turista de fin de semana lo que se puede ver, mientras que los ancianos de Kyojima miran con recelo cómo les han convertido, sin quererlo, en un artículo turístico y en un bien de consumo. Sin embargo, muy pocos de los turistas se animan a bajar, y las expectativas se desvanecen con la misma rapidez con la que habían aparecido. Así, Kyojima languidece, modernizando su frágil tejido social con la construcción de nuevas viviendas prefabricadas. Atrás quedan las nagayas3, atrás quedan las relaciones sociales que construyeron este entorno único. Y es ahora, en esta pesadilla pandémica, cuando pienso en Kyojima, y en mi amigo Matsumoto, y entonces viajo con Google Earth a su tienda y veo con satisfacción que estaba abierta cuando el coche de Google pasó por allí. Suspiro aliviado: aún queda un rayo de esperanza en Shitamachi.

Foto: Arquitecto Jin Taira

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Notes

[*] Profesor de la Universidad de las Palmas de la Gran Canaria

ジン・夕イラ

パルマス・デ・ラ・グラン・カナリア大学 教授

[1.] A partir del siglo XII una serie de regímenes militares, conocidos como shogunatos, se repartieron el poder en Japón. El período Kamakura es, precisamente, el momento histórico que da nacimiento a esta preeminencia del poder militar sobre el civil.

[2.] Después de siglos de dominio samurái, en 1868 el periodo Meiji representa el retorno del poder a la corte imperial, la apertura a la influencia extranjera y el establecimiento de una monarquía constitucional de estilo occidental.

[3.] Una nagaya es un colectivo tradicional de casas en el que varias residencias independientes conviven en un mismo edificio.