El desarrollo económico y el bienestar que con tanto esfuerzo alcanzan actualmente los países de Asia oriental se construyen sobre un piso frágil, en el que las contraposiciones ideológicas y políticas alientan la tensión geopolítica. Ninguna otra región logró en el curso de dos o tres generaciones transformar sus relaciones internas opresivas, zafarse del sometimiento colonial, sacar a su gente de la pobreza e ingresar a la competencia por las tecnologías de punta en un lapso tan corto y en un medio azaroso. Impulsados por el renacimiento productivo japonés de posguerra, los pueblos vecinos se enfilaron en la vía de la industrialización rápida, en formación del “vuelo de los gansos”1 (Akamatsu, 1962). En 1960, el ingreso per cápita de Corea, Singapur o Taiwán no remontaba los 100 dólares. Hoy todos ellos superan los 40 mil, y son líderes en la producción de semiconductores, equipos electrónicos de precisión, informática, biotecnología y transporte ecológico, entre otros.
Un grupo de países del este asiático, incluida China (mas no Taiwán) Australia, Nueva Zelanda y los 10 Estados miembros de ASEAN2 (Brunéi, Camboya, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Myanmar, Singapur, Tailandia y Vietnam) acaban de establecer, en noviembre de 2020, el mayor bloque comercial del mundo: RCEP3. Esta nueva asociación genera el 30% del PIB mundial y es el más dinámico de los acuerdos económicos actuales. Apostarle a la eliminación de aranceles para el 70% de sus productos, el acceso a las compras de los gobiernos, la facilitación de las inversiones, los servicios bancarios y la movilidad de trabajadores supusieron un esfuerzo formidable de pragmatismo y cooperación. La larga influencia económica japonesa en Asia influyó de forma positiva en este arreglo integracionista.
El espíritu de cooperación fue clave para establecer el proceso gradual de desgravación arancelaria, que favorece a países pequeños, como Laos o Camboya, que tienen hasta 10 años de plazo para adaptar sus sistemas productivos a la competencia del resto de socios. El pragmatismo forma parte del carácter negociador asiático que privilegia las consultas informales y las soluciones de consenso, con el fin de prevenir los conflictos posteriores entre las partes. Se trata del ASEAN Way (Howe y Park, 2017), la metodología gracias a la cual fue posible formar el bloque económico, por encima de las tensiones militares que significa el impacto de la competencia geopolítica global en el escenario subregional de Asia oriental.
¿Cómo evitar la escalada militar y la amenaza de la guerra abierta en una región donde se ubican China, junto con aliados de Estados Unidos, como lo son Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda y Singapur? Sobre este interrogante, es preciso pensar que, en gran medida, la prosperidad regional soportada en un ambiente de contención bélica reposa sobre la ciudadanía japonesa, por el acendrado pacifismo al que no desea renunciar.
En 1945, la derrota implicó el control de Japón por parte de Estados Unidos, mientras la Unión Soviética tomaba el dominio en Europa oriental y ejercía tutela sobre la parte norte de la península coreana. Bajo la vigilancia estadounidense, el gobierno japonés adoptó en poco más de un año la nueva constitución nacional. En ella, permaneció la figura imperial como símbolo de la unidad del pueblo y se introdujo el famoso artículo 9, por el cual el país, en pro de la paz internacional, decidió “renunciar a la guerra como un derecho soberano de la nación y a la amenaza y el uso de la fuerza como medio para solucionar las disputas internacionales”. En adelante, la opinión pública nipona se identificaría con el carácter pacifista de su carta magna. La posterior alianza militar con Estados Unidos permitiría la presencia de las tropas extranjeras en el territorio y la creación de las fuerzas de autodefensa, pero los japoneses habrían de seguir aferrados al acuerdo de no invertir más del 1% del PIB nacional en gastos de defensa. Limitado de esta forma en el campo militar, Japón pudo desplegar con pleno éxito su diplomacia económica.
En 1951, a sólo 6 años de recibir los ataques atómicos que contribuyeron a su rendición, el país del sol naciente se adhirió al esquema estratégico estadounidense. La nueva correlación de fuerzas en Asia oriental en ese momento aceleró la colaboración con Washington y dejó atrás el choque frontal entre ambos. No era para menos, pues acababa de triunfar el ejército rojo en China, con el riesgo de extender el comunismo a lo largo y ancho del continente. Ni Estados Unidos ni la nueva dirigencia japonesa podían quedar impávidos ante tan colosal desafío.
En Tokio, el pragmatismo se impuso sobre el resentimiento y las promesas de una relación constructiva cerraron pronto la herida. De esta manera, bajo la tutela de Washington el país logró una reconstrucción inusual, hasta el punto de llegar a ser calificado como el más serio rival económico para Estados Unidos en los años ochenta: Japón como el número uno (Vogel, 1980).
En las últimas cuatro décadas, el panorama cambió de modo sostensible. Primero vinieron los años del auge, como efecto directo de los acuerdos del Hotel Plaza de Nueva York en 1985; por medio de los cuales las autoridades en Tokio aceptaron revaluar el yen con el propósito de recortar los abultados superávits comerciales con Europa y Estados Unidos. Ello generó una capacidad adquisitiva alucinante de las empresas japonesas en el exterior, mientras los costos de producción en su propio país lo sacaron de la competencia mundial en la producción de manufacturas. Sony y Matsushita (Panasonic) se hicieron a Estudios Hollywood; el grupo Saison compró la cadena hotelera Intercontinental; Dai Nippon tomó empresas químicas; Bridgestone adquirió a Firestone; Renown capturó las famosas marcas de ropa Burberry y Aquascutum de Gran Bretaña; en tanto otros gigantes compraban edificios en Nueva York, Chicago o San Francisco, mientras la producción dentro de las islas japonesas empezaba a marchitar. Después, vino la destorcida. La burbuja financiera dio paso a la “década perdida”, o el comienzo de la contracción productiva (Tsuruta y Miyazaka, 1999). Trasladadas a China principalmente, las plantas japonesas contribuyeron a elevar el auge del coloso vecino, que pasó de su insignificante posición cuando Mao tomó el poder en 1949, a convertirse en la segunda economía mundial al llegar el siglo XXI, desplazando a Japón, precisamente, de ese lugar.
En el pasado, la hermandad entre ambos gigantes asiáticos estuvo soportada en la cultura compartida durante milenios, pero ella albergó siempre suspicacias por parte de Japón, hasta cuando una China postrada por los poderes extranjeros desde las guerras del opio, en el siglo XIX, quedó expuesta a las ambiciones del renacido imperio nipón. A costa de Corea, China y varios países cercanos, el ejército japonés expandió sus dominios por toda la costa oriental asiática, entre 1895 y 1945. El veredicto de la segunda guerra mundial regresó esas fuerzas armadas a sus cuatro grandes islas y las desmanteló, pero no sepultó la animadversión contra China, que ahora busca reorganizar el tablero geopolítico asiático y global. Un gran logro ha sido la prudencia mostrada por ambos al aplacar sus impulsos militares y garantizar la coexistencia pacífica como única vía hacia la prosperidad de sus pueblos.
A medida que China moderniza su equipo de defensa, las presiones para crear mecanismos de contención se agudizan. Uno de ellos es el mecanismo de consulta entre Estados Unidos, India, Japón y Australia4, iniciado en 2007, que recibió especial promoción, entre 2017 y 2020, durante la administración Trump en Estados Unidos, y Abe en Japón. Los intereses del “complejo militar-industrial” (Wright Mills, 1956) estadounidense son visibles, en el momento en el cual la salida de Afganistán hace más atractivos otros escenarios. El otro es el Aukus, el primer gran acuerdo militar de la era Biden, que establece la alianza militar entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos, por el cual el primero de ellos se hace a submarinos con arsenal atómico contra un rival común: China. Este paso alienta, por supuesto, los sectores militaristas indios y japoneses.
Hasta ahora, la defensa japonesa ha estado soportada en el acuerdo con Washington, mediante el cual tropa y equipo estadounidenses de última generación son hospedados en 27 bases militares en el país, desde el Tratado de Seguridad de 1951. En vista de su descenso económico relativo, Estados Unidos ya le indicó a Corea del Sur y Japón la necesidad de aumentar sus gastos en seguridad. Con el tiempo, quizás, deban poner por completo la carga de su defensa en sus hombros. En ese escenario, surge un poderoso incentivo al incremento del gasto militar en ambos países y al desarrollo de arsenales propios. Estaríamos presenciando una carrera armamentista inusual en Asia del este, más allá de la modernización de equipos forzada por las amenazas del Corea del Norte.
Nuevas guerras en el este asiático echarían al traste el portentoso desarrollo económico y social logrado en las últimas décadas. Impedirlas va a requerir una delicada labor diplomática, como ya se ha venido haciendo en la región. En ello, el Foro Regional de ASEAN, desde 1994, promueve el intercambio de información entre los países, como medida de confianza y diplomacia preventiva, que ha inhibido los choques militares y ha favorecido en varias ocasiones la distensión en la península de Corea. Convertirlo en un mecanismo permanente de consulta y negociación va a ser determinante, ahora que ASEAN se ha convertido en el pivote de la integración económica del Pacífico occidental, bajo RCEP.
Los países de ASEAN y China resguardan la solución de las controversias internacionales en los principios de coexistencia pacífica que suscribieron en 1955, en Indonesia, cuando fue instalado el movimiento tercermundista. El freno militarista de Japón, en cambio, reside en el artículo 9 de la Constitución y en la opinión pública que sigue aferrada a no prestarse para la aventura de la guerra. Aunque ya pasaron varias generaciones, el recuerdo de la destrucción total del país causada por el delirio imperialista todavía conmueve a la ciudadanía, reacia a repetir la tragedia.
Es en este contexto que se puede hablar de una “disonancia estratégica” japonesa respecto al plan estadounidense de incrementar el gasto militar de manera abrupta y elevar la compra de equipo de defensa por parte de sus aliados asiáticos. Japón es el país más prominente entre ellos. Ciertos sectores de la coalición de gobierno liderada por el Partido Liberal Democrático quisieran elevar la autonomía militar con un presupuesto superior al 1% del PIB. Sin embargo, el grueso de la sociedad se alinea aún con la postura no militarista de algunos partidos de oposición e inclusive de partidos de la coalición de gobierno. Aún más, en el marco del enorme bloque comercial que vino a ser RCEP, preservar y, más bien, profundizar el grado de bienestar regional, gracias a la conexión económica intensa con los vecinos le permite a Japón ahora sacar adelante una ambiciosa diplomacia de distensión en el noreste de Asia, quizás mediante un mecanismo trilateral con China y Corea, marcando prudente distancia del diseño geopolítico del Pentágono. Este sería un mecanismo afín a la diplomacia preventiva que viene aplicando ASEAN por décadas, a través del ASEAN Regional Forum5.



