Orígenes, genealogía y expansión de la concepción actual de bioeconomía en América Latina y el Caribe*

Andrés Mondaini**

Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales – FLACSO (Argentina)

Naturaleza y Sociedad. Desafíos Medioambientales • número 13 • septiembre-diciembre 2025 • pp. 1-27

https://doi.org/10.53010/nys13.03

Recibido: 03 de octubre de 2024 | Aceptado: 29 de mayo de 2025

Resumen. Este artículo reconstruye históricamente la bioeconomía como una narrativa global y cuestiona el enfoque dominante que ubica su origen en Europa a comienzos del siglo XXI. A partir de un análisis documental e histórico-político, se identifican tres procesos clave desde su origen en Estados Unidos en la década de 1980: (1) la ecologización de la economía; (2) la transición del modelo agrícola de la Revolución Verde hacia formas de producción más ecológicas; y (3) la promoción de políticas para sustituir insumos fósiles mediante el uso de biomasa y biotecnología. Estos procesos fueron sistematizados e internacionalizados por organismos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la Comisión Europea. El estudio examina cómo esta visión influyó en América Latina y el Caribe (ALyC), donde la bioeconomía inició su concepción también como un modelo de desarrollo alternativo. En países con abundantes recursos naturales y capacidades industriales intermedias —como Brasil, Argentina o Colombia—, se impulsa la transformación de sectores tradicionales mediante actividades intensivas en conocimiento biológico, al superar tanto el paradigma exportador de materias primas como el modelo de industrialización sustitutiva basado en combustibles fósiles. El principal aporte del artículo radica en ofrecer una genealogía alternativa del concepto de bioeconomía, que enriquece el campo de estudios y permite formular nuevas preguntas sobre su apropiación contextualizada en el Sur global. Asimismo, se reconoce que, aunque la bioeconomía ha sido promovida como una estrategia para conciliar crecimiento económico y sostenibilidad, diversos estudios advierten sobre los riesgos de su instrumentalización tecnocrática y la posible reproducción de desigualdades en contextos con capacidades institucionales limitadas. Estas críticas invitan a examinar no solo la formulación de estrategias de bioeconomía, sino también sus impactos diferenciales en los territorios y actores involucrados.

Palabras clave: bioeconomía, modernización ecológica, transición agroecológica, biotecnología, América Latina y el Caribe.

Origins, genealogy, and expansion
of the current concept of bioeconomy
in Latin America and the Caribbean

Abstract. This article traces the history of bioeconomy as a global narrative and challenges the dominant view that credits its origins to Europe in the early 21st century. Through a documentary and historical-political analysis, three main processes are identified since its start in the United States in the 1980s: (1) the greening of the economy; (2) the shift from the Green Revolution agricultural model to more ecological methods of production; and (3) the promotion of policies to replace fossil fuels with biomass and biotechnology. These processes were organized and globalized by organizations such as the Organization for Economic Cooperation and Development (OECD) and the European Commission. The study explores how this vision influenced Latin America and the Caribbean (LAC), where bioeconomy also began to be viewed as an alternative development model. In countries with abundant natural resources and moderate industrial capacities—such as Brazil, Argentina, and Colombia—the transformation of traditional sectors is driven by intensive activities focused on biological knowledge, surpassing both the raw materials export paradigm and the fossil fuel-based import substitution industrialization model. The article’s main contribution is to offer an alternative genealogy of the concept of bioeconomy, which expands the field of study and allows new questions to be asked about its contextualized use in the Global South. It is also recognized that, although bioeconomy has been promoted as a way to balance economic growth and sustainability, various studies warn of the risks linked to its technocratic implementation and the potential to reproduce inequalities in areas with limited institutional capacities. These critiques prompt us to examine not just the development of bioeconomy strategies but also their different effects on the territories and actors involved.

Keywords: bioeconomy, ecological modernization, agroecological transition, biotechnology, Latin America and the Caribbean.

Origens, genealogia e expansão da atual concepção de bioeconomia na América Latina e no Caribe

Resumo. Este artigo reconstrói historicamente a bioeconomia como uma narrativa global e questiona a abordagem dominante que localiza sua origem na Europa no início do século 21. Com base em uma análise documental e histórico-política, três processos-chave são identificados desde sua origem nos Estados Unidos, na década de 1980: (1) a ecologização da economia; (2) a transição do modelo agrícola da Revolução Verde para formas de produção mais sustentáveis; e (3) a promoção de políticas voltadas à substituição de insumos fósseis pelo uso de biomassa e biotecnologia. Esses processos foram sistematizados e internacionalizados por organizações como a Organização para a Cooperação e Desenvolvimento Econômico e a Comissão Europeia. O estudo examina como essa visão influenciou a América Latina e o Caribe, onde a bioeconomia também começou sua concepção como um modelo alternativo de desenvolvimento. Em países com abundância de recursos naturais e capacidades industriais intermediárias — como Brasil, Argentina e Colômbia —, promove-se a transformação de setores tradicionais por meio de atividades intensivas em conhecimento biológico, superando tanto o paradigma da exportação de matérias-primas quanto o modelo de industrialização substitutiva baseado em combustíveis fósseis. A principal contribuição do artigo reside em oferecer uma genealogia alternativa do conceito de bioeconomia, que enriquece o campo de estudos e permite formular novas questões sobre sua apropriação contextualizada no Sul global. Reconhece-se, ainda, que, embora a bioeconomia tenha sido promovida como estratégia para conciliar crescimento econômico e sustentabilidade, diversos estudos alertam para os riscos de sua instrumentalização tecnocrática e para a possível reprodução de desigualdades em contextos com capacidades institucionais limitadas. Essas críticas nos convidam a examinar não apenas a formulação de estratégias de bioeconomia, mas também seus impactos diferenciais nos territórios e entre os atores envolvidos.

Palavras-chave: bioeconomia, modernização ecológica, transição agroecológica, biotecnologia, América Latina e Caribe.

Introducción

En la actualidad, no existe un consenso en cuanto a la definición de bioeconomía. Sin embargo, hay cierto grado de convergencia en torno a sus significados y dimensiones centrales. Estas incluyen, principalmente, la sustitución de recursos fósiles y minerales no sostenibles, así como la promoción de la innovación basada en conocimientos biológicos y biotecnológicos (Birner, 2018). El término ha experimentado una expansión global, con países que han desarrollado estrategias específicas para su impulso.

Diversas fuentes coinciden en situar los principios fundacionales de las concepciones actuales de bioeconomía en los aportes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, 2004b) y de la Comisión Europea (2005) (Birch y Tyfield, 2012; Larsen, 2007; McCormick y Kautto, 2013). Esta consolidación temprana contribuyó a un fenómeno denominado biohegemonía (Newell, 2009): la imposición de una narrativa dominante respecto a los objetivos, instrumentos y modelos deseables de bioeconomía.

No obstante, se sostiene que la configuración contemporánea de este término no responde exclusivamente a esas formulaciones institucionales, sino que emerge de la confluencia de tres procesos paralelos que permiten situar su origen en Estados Unidos durante la década de 1980. Estos procesos son: (1) un cambio en la relación entre economía y ambiente, expresado en la ecologización de la relación entre economía y ambiente; (2) la transición del modelo agrícola de la Revolución Verde hacia formas de producción más sostenibles; y (3) la implementación de políticas orientadas a la sustitución de insumos fósiles mediante el uso de biomasa y biotecnología. Posteriormente, estos procesos fueron sistematizados e internacionalizados por instituciones como la OCDE y la Comisión Europea.

Asimismo, el artículo incorpora la dimensión de la apropiación regional de la bioeconomía en América Latina y el Caribe (ALyC). A partir de iniciativas birregionales con la Unión Europea (UE), su concepción inició como un modelo de desarrollo alternativo. Esta visión fue reforzada por los resultados de dichas iniciativas, que identificaron posibles trayectorias para el desarrollo de la bioeconomía en la región. Esta perspectiva regional, orientada a la transformación productiva mediante el uso intensivo de conocimiento biológico, representa una reinterpretación estratégica del concepto en el Sur global.

Si bien el análisis se centra en ALyC, cabe señalar que, en otras regiones del Sur global —como África y Asia—, se han formulado otras estrategias, asociadas a objetivos diversos como la seguridad alimentaria, la transición energética o la conservación ambiental. Estas experiencias, aún heterogéneas y en proceso de consolidación, evidencian la plasticidad del concepto y su capacidad de adaptación a contextos sociales y territoriales variados.

Por consiguiente, el objetivo del artículo es, por una parte, reconstruir la genealogía de la bioeconomía desde una perspectiva histórica y geopolítica, y por otra, evidenciar su configuración actual sustentada en procesos iniciados previamente en Estados Unidos y luego adaptados a distintos escenarios regionales. El texto se estructura en dos secciones: la primera examina la genealogía y los antecedentes históricos de la bioeconomía en Estados Unidos, a partir del análisis de tres procesos clave: la ecologización de la economía, la transición agrícola posterior a la Revolución Verde, y la promoción de la biotecnología como sustituto de insumos fósiles. La segunda sección aborda la internacionalización del concepto y su apropiación en ALyC, con atención especial en las iniciativas birregionales con Europa y el surgimiento de trayectorias sectoriales emergentes en la región.

Cimientos e impulsores de la concepción
actual de bioeconomía y su internacionalización

Esta sección reconstruye los procesos históricos, conceptuales e institucionales que dieron forma a la concepción actual de bioeconomía. Se organiza en cuatro bloques temáticos. El primero traza una genealogía del concepto, desde sus orígenes en las ciencias biológicas y económicas hasta su consolidación como categoría crítica en el pensamiento ambiental. El segundo contrasta dos enfoques sobre la relación entre economía y ambiente —uno de corte pesimista y otro de orientación optimista—, y destaca cómo este último habilita la noción de modernización ecológica. El tercer bloque examina la ecologización de la agricultura como antecedente sectorial clave en la evolución del paradigma bioeconómico. Finalmente, el cuarto bloque explora las políticas de sustitución de insumos fósiles y promoción de la biotecnología impulsadas por Estados Unidos, que contribuyeron a la institucionalización de la bioeconomía contemporánea.

La bioeconomía antes de la concepción actual:
genealogía de un concepto en disputa

La genealogía del término bioeconomía remite a la conjunción de dos conceptos: bio, del griego bios (vida), y economía, del griego oikonomía, que significa administración del hogar o gestión de los recursos. Esta composición sugiere una relación orgánica entre dos esferas del conocimiento —la biológica y la económica—, o al menos, como planteó Mario Bunge en una entrevista, entre ciertos aspectos de la biología y otros de la economía (García, 1988).

En la actualidad, bajo la concepción de una racionalidad económica que se impone sobre otras formas —como la social o la biológica-ambiental (Martuccelli, 2014)—, normalmente se asume que los primeros usos del término bioeconomía surgieron en el ámbito de la economía durante la década de 1970, específicamente a partir de los aportes del economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen (Rodríguez et al., 2017). Sin embargo, su empleo antecede a dicho periodo y proviene del campo de las ciencias biológicas, donde inicialmente aludía a la eficiencia en la gestión del metabolismo (Baranov, 1925; Goreau y Goreau, 1960).

El primer uso verificable del término bioeconomía se encuentra en el texto Evolución por cooperación. Un estudio en bioeconomía, publicado en 1913 por el biólogo Hermann Reinheimer. A diferencia de la perspectiva malthusiana —según la cual el crecimiento de las especies supera la disponibilidad de alimentos —, Reinheimer retomó el pensamiento de Robert Chambers y su noción de desarrollo progresivo. Desde esta perspectiva, la naturaleza tiende a mantener a las especies cerca del umbral de subsistencia local (Chambers, 1844; Reinheimer, 1913). Esta interpretación permite desplazar la lógica de una competencia feroz por los recursos hacia una visión exploratoria, centrada en descubrir y aprovechar nuevas fuentes, así como en promover el uso más eficiente de los recursos disponibles en el territorio local.

En el ámbito económico, el primer uso documentado del término se atribuye al académico checoslovaco Jirì Zeman, quien destacó el fundamento biológico subyacente a todos los procesos productivos (Bonaiuti, 2011). No obstante, fue Georgescu-Roegen (1975, 1977) quien consolidó el concepto como una categoría crítica en el pensamiento económico. En sus textos, Georgescu-Roegen argumentó que, a diferencia del resto de las especies —que emplean únicamente instrumentos endosomáticos, es decir, integrados biológicamente en su organismo—, los seres humanos desarrollan y utilizan instrumentos exosomáticos, como lanzas o flechas, para asegurar su supervivencia. Esta particularidad transformó la evolución humana, que dejó de estar determinada exclusivamente por factores biológicos para también estar condicionada por la escasez de estos instrumentos, es decir, por límites de naturaleza económica (Georgescu-Roegen, 1975, p. 377).

Al profundizar en esta especificidad, Georgescu-Roegen señaló que, mientras las demás especies compiten por recursos superficiales —como el agua o los alimentos—, los seres humanos dependen de recursos subterráneos, tales como minerales y combustibles fósiles, esenciales para la producción y funcionamiento de instrumentos exosomáticos. El problema radica en que estos recursos requieren miles de años para regenerarse, a diferencia de los recursos renovables de superficie, cuya disponibilidad se sostiene en ciclos más breves (Georgescu-Roegen, 1977).

El fundamento último de la bioeconomía en el pensamiento de Georgescu-Roegen se sustenta en la segunda ley de la termodinámica o ley de la entropía. Desde esta perspectiva, el desarrollo humano sostenible exige una progresiva desvinculación de los recursos no renovables y la promoción de fuentes energéticas regenerables, como la energía solar y la biomasa. El autor advirtió sobre la existencia de límites ecológicos absolutos y propuso una transición hacia el uso de recursos biológicos, una idea retomada tanto por quienes abogan por una desmodernización orientada al respeto de dichos límites, como por quienes promueven enfoques ecoeficientes que amplían el uso de insumos renovables. Aunque estas formulaciones sentaron las bases conceptuales del término, fue solo hasta la década de 1980, en Estados Unidos, cuando la bioeconomía comenzó a configurarse como una estrategia de política pública e innovación productiva.

Economía y ambiente: ¿antagonistas o conceptos compatibles?

La relación entre las esferas económica y ambiental puede clasificarse, en términos generales, en dos grandes enfoques: uno pesimista y otro optimista.

El enfoque pesimista parte de una relación de suma cero, en la que el crecimiento económico entra en conflicto estructural con los límites ecológicos (Eriksen, 2016). Desde esta perspectiva, los modelos de desarrollo promovidos por la modernidad capitalista —basados en la expansión ilimitada de la producción y el consumo— resultan intrínsecamente insostenibles, al depender de recursos naturales finitos y generar impactos irreversibles sobre los ecosistemas. En este marco, el crecimiento económico y el progreso técnico no son concebidos como soluciones al deterioro ambiental, sino como sus causas estructurales (Buttel, 1996; Martuccelli, 2020).

Este diagnóstico fue desarrollado por distintos autores entre las décadas de 1960 y 1980, quienes desde enfoques variados coincidieron en atribuir al industrialismo capitalista una responsabilidad estructural en la degradación ambiental (Buttel, 1997, 2003). Por ejemplo, William Vogt (1948), Rachel Carson (1962) y Jean Dorst (1965) cuestionaron el mito del progreso técnico ilimitado, al introducir nociones como la “capacidad de carga” y denunciar los efectos nocivos de los agroquímicos. A su vez, Alan Schnaiberg (1975) propuso un modelo dialéctico de tres fases, donde el crecimiento económico impulsa mayor extracción de recursos, genera impactos ecológicos y, finalmente, limita el desarrollo futuro. Por su parte, Catton y Dunlap (1978) argumentaron que las sociedades modernas sobrepasan los ritmos de regeneración natural y agotan los servicios ecosistémicos.

Esta estructura de pensamiento pesimista se cristaliza de forma paradigmática en el informe Los límites del crecimiento (Meadows et al., 1972), donde se plantea que el crecimiento económico infinito es inviable en un planeta con recursos finitos. En otras palabras, se advierte sobre un colapso inminente derivado del desajuste entre la demanda ecológica de las sociedades y la capacidad de carga del sistema natural (Medina, 1978, p. 524).

Los aportes generados durante este periodo fueron fundamentales para el desarrollo institucional del ambientalismo: impulsaron la creación de departamentos gubernamentales de medio ambiente en numerosos países y promovieron prácticas de planificación ambiental (Mol, 1997). Además, facilitaron en un corto lapso la articulación de una coalición relativamente estable entre científicos ambientales, movimientos ecologistas y sectores gubernamentales interesados (Buttel y Taylor, 1992).

Posteriormente, y en consonancia con el enfoque optimista, comenzó a consolidarse una visión más propositiva del pensamiento ambiental. El análisis dejó de centrarse exclusivamente en la denuncia del deterioro ecológico, para incorporar también la identificación de procesos de monitoreo, mitigación y recuperación (Buttel, 2003). Este giro se relaciona con la evolución empírica e ideológica del movimiento ecologista, así como el fortalecimiento institucional en países pioneros. En este nuevo marco, la reflexión ambiental no solo buscó explicar los daños provocados por la sociedad, sino también formular recomendaciones prácticas y explorar vías de solución.

Desde esta perspectiva, se plantea que es posible una reconfiguración del sistema económico —en particular del industrialismo y del capitalismo— que permita incorporar los umbrales ecológicos, tradicionalmente ignorados, en los patrones de producción y consumo. Este enfoque se asocia con la teoría de la modernización ecológica (Hajer, 1996; Huber, 1986; Mol, 1997; Spaargaren, 1997), y propone una redirección —más que ruptura— del proyecto moderno. En otras palabras, como señala Medina Echavarría (1978, p. 539), esta perspectiva sostiene que, si los problemas de la civilización contemporánea —como la contaminación— tienen un origen tecnológico, su solución también debe provenir del desarrollo de nuevas tecnologías. Es decir, se apela a la innovación tecnológica como vía para fortalecer la relación entre economía y naturaleza, sin necesidad de renunciar al progreso material.

El enfoque optimista propone la institucionalización del ambiente como un nuevo pilar de la modernidad. En otras palabras, busca incorporar los umbrales ecológicos dentro de la racionalidad económica (Martucelli, 2019), mediante la imposición de objetivos o restricciones ambientales a los procesos productivos (Mol, 1995). Esto implica tanto una ecologización de la economía (por ejemplo, a través de límites de emisiones o prohibiciones en el uso de ciertos materiales), como una economización de la ecología, mediante instrumentos de mercado como impuestos al carbono o los bonos verdes (Huber, 1986).

Así como Los límites del crecimiento representa el paradigma del enfoque pesimista, el informe Bruntland Nuestro Futuro Común, elaborado por la Comisión Mundial sobre
el Medio Ambiente y el Desarrollo (WCED, por sus siglas en inglés, 1987), suele considerarse el hito fundacional de esta nueva perspectiva. El concepto de desarrollo sostenible allí formulado propone superar los daños ambientales mediante la profundización y redirección de las actividades económicas, no a través de su reducción. Esto da lugar a una modernización más ecológica (Weale, 1992).

Según Mol (1995), las premisas fundamentales del enfoque de la modernización ecológica pueden sintetizarse en cinco hipótesis:

  1. Además de los criterios socio-económicos, el diseño, desempeño y evaluación de los procesos de producción y consumo incorporan, de forma creciente, criterios ecológicos.
  2. La ciencia y la tecnología desempeñan un papel central en esta transformación, al proponer cambios sustantivos en las cadenas productivas, los sistemas técnicos y las estructuras sectoriales.
  3. Los actores económicos y los mecanismos de mercado adquieren un papel protagónico en los procesos de reestructuración ecológica, que dejan de ser liderados exclusivamente por el Estado.
  4. Los movimientos ambientalistas amplían su estrategia: además de incidir en las agendas públicas, participan en negociaciones con actores económicos y estatales, y formulan propuestas concretas de reforma.
  5. La transformación ecológica no requiere abandonar la modernidad, sino reorientarla desde el interior de sus propias instituciones.

Adicionalmente, Buttel (2003) sostiene que este enfoque reconoce que un retorno a un pasado preindustrial no solo es inviable, sino también socialmente inaceptable, dado que la mayoría de las personas no están dispuestas a reducir significativamente sus niveles de vida, especialmente en los países industrializados. Como consecuencia, la modernización apuesta por una reconfiguración de las prácticas económicas dentro del marco institucional moderno, al incorporar una dimensión ecológica (Martucelli, 2019). Se trata de un proceso mediante el cual las reglas del mercado, los marcos regulatorios y las nociones de eficiencia productiva son reformulados para internalizar criterios ambientales. De este modo, la sostenibilidad no se plantea como un límite externo impuesto desde la crítica, sino como una dimensión constitutiva del funcionamiento del sistema económico. Aunque históricamente la modernidad se ha asociado con la degradación ambiental, también ha propiciado el desarrollo de conocimientos científicos y la emergencia de presiones sociales que constituyen un punto de apoyo para reorientar su rumbo hacia una versión más ecológica.

Para avanzar en la reestructuración ecológica de la producción y el consumo, el enfoque de la modernización ecológica se apoya en dos principios centrales: por un lado, la promoción de innovaciones tecnológicas menos nocivas para el ambiente; y por otro, la desindustrialización de sistemas técnicos considerados ecológicamente obsoletos o incompatibles (Mol, 1995; Spaargaren, 1997). Estos principios han dado lugar a dos narrativas complementarias. La primera es la de ecoeficiencia, centrada en la reducción del impacto ambiental mediante la sustitución de insumos contaminantes por alternativas más sostenibles (Schmidheiny, 1992), como el reemplazo del carbón o el petróleo por fuentes energéticas menos dañinas (Sachs, Loske y Linz, 1998). La segunda es la de bioeconomía, que, en su formulación contemporánea, presenta dos dimensiones: la sustitución de recursos fósiles y minerales no sostenibles —en línea con los principios de ecoeficiencia—; y la promoción de la innovación biológica y biotecnológica (Birner, 2018).

Un punto de convergencia entre las visiones pesimista y optimista es reconocer que, para enfrentar la crisis ecológica, resulta necesario —al menos— un proceso de deconstrucción y reconstrucción de algunas de las instituciones centrales de la sociedad industrial moderna (Giddens, 1990). Entre las que requieren transformación más urgente se encuentran aquellas vinculadas a las prácticas de producción y consumo, donde resulta imprescindible la incorporación de reglas y normas que regulen la relación entre sociedad y medio ambiente.

En síntesis, las estructuras pesimista y optimista ofrecen marcos contrastantes para analizar la relación entre economía y ambiente. Mientras la primera enfatiza los límites biofísicos y formula una crítica estructural al modelo de desarrollo moderno —entendido como insostenible en sí mismo—, la segunda estructura apuesta por una reconfiguración de dicho modelo, e incorpora criterios ecológicos sin renunciar a sus fundamentos. En ALyC, la apropiación del concepto de bioeconomía parece estar más influida por la estructura optimista. Esto se manifiesta en el énfasis en la innovación tecnológica y en la valorización de recursos biológicos como herramientas de desarrollo, como se analizará en las secciones siguientes.

Ecologización de la agricultura

Así como se transformó el entendimiento de la relación entre economía y ambiente, también se produjo una transición en el sector agrícola, desde el modelo productivo de la Revolución Verde (RV) hacia su ecologización.

La primera gran transformación del sector agropecuario, representada por la adopción del modelo de la RV, reflejó fielmente la articulación entre ciencia, técnica e industrialismo, rasgos distintivos de la modernidad del siglo XX. Si bien el uso de insumos químicos en la agricultura ya estaba presente en círculos científicos desde mediados del siglo XIX, no fue sino hasta las décadas de 1920 y 1930 que esta práctica se consolidó (Buttel, 1995). Los avances en la industria química vinculados a la producción de insumos bélicos, junto con el excedente generado tras el fin de los conflictos armados, contribuyeron decisivamente a dicha consolidación (Goodman y Wilkinson, 2008). Estos factores convergieron en un notable incremento de la producción agropecuaria a nivel mundial, basado en la aplicación intensiva de insumos sintéticos derivados de combustible fósil. En pocos años, el foco del debate alimentario global se desplazó del temor a la escasez hacia la preocupación por la gestión del excedente productivo y las consecuencias ambientales de la actividad agropecuaria (Goodman y Redclift, 1989).

Hasta fines de la década de 1970, la agricultura no constituía una prioridad para los movimientos ambientalistas, cuyo interés se centraba en la conservación de ecosistemas silvestres y en las fuentes urbano-industriales de contaminación. Por su parte, el respaldo a prácticas denominadas como agricultura sostenible provenía principalmente de organizaciones técnicas y centros de experimentación agronómica, como el Instituto Rodale (Buttel, 1993). Durante la década de 1980, en paralelo con la expansión del modelo de la RV, comenzaron a evidenciarse con mayor claridad los impactos ambientales del modelo: erosión del suelo, contaminación del agua y pérdida de biodiversidad, entre otros (Buttel, 1995). La agricultura pasó así al centro del interés ambientalista, y esto marcó el inicio de un proceso de ecologización del sector.

A este escenario se sumaron tres factores que contribuyeron a reconfigurar el enfoque productivo entre las décadas de 1970 y 1990. En primer lugar, el excedente agropecuario derivado de la intensificación tecnológica ejerció una presión a la baja sobre los precios internacionales de los alimentos. Como se observa en la figura 1, la línea azul oscuro —que representa el índice real de alimentos— muestra un marcado descenso a partir de 1974 y se mantuvo en niveles relativamente bajos hasta la década de 1990.

En segundo lugar, los costos de producción aumentaron significativamente debido al encarecimiento de los combustibles fósiles. Esto se refleja en la línea azul claro del mismo gráfico, correspondiente al índice real de los commodities energéticos, que registra dos picos pronunciados: en 1973 y en 1979. Finalmente, el tercer factor fue el aumento de las tasas de interés internacionales, lo que obstaculizó considerablemente el acceso al crédito para la producción agrícola. Como se muestra en la figura 2, la tasa efectiva de los fondos federales de Estados Unidos experimentó un incremento abrupto a partir de 1979, en el marco de políticas monetarias restrictivas orientadas a contener la inflación.

Figura 1. Índice de precios reales anuales de commodities del Banco Mundial.
Fuente: Elaboración propia a partir de World Bank Commodity Price Data. The Pink Sheet.

Figura 2. Tasa efectiva de los fondos federales, Estados Unidos.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de ST. Louis FED (2024).

En este contexto, agencias estatales de países industrializados, como Estados Unidos, comenzaron a promover programas orientados a la agricultura sostenible de bajos insumos (Low-Input Sustainable Agriculture o LISA, por sus siglas en inglés). En ese marco, la agricultura sostenible se definió como la capacidad de producir alimentos y fibras de manera rentable, sin comprometer los recursos naturales ni la calidad ambiental (Schaller, 1989). Bajo esta concepción, se impulsaron prácticas destinadas a reducir la dependencia de insumos sintéticos, mitigar los impactos ambientales y mejorar la eficiencia ecológica de los sistemas agropecuarios.

La convergencia entre las demandas ambientalistas y la coyuntura económica facilitó que la promoción de métodos alternativos a los de la RV no encontrara una resistencia significativa por parte de los productores. Esta aceptación contribuyó a que el término agricultura sostenible se consolidara como sinónimo de bajo uso de insumos químicos derivados del petróleo (Buttel, 1993).

Este desplazamiento desde una lógica productivista hacia una mayor integración de variables ambientales y sanitarias es lo que Buttel (1995) denomina ecologización de la agricultura: una forma de modernización ecológica del sector agropecuario, que comienza a ocupar un lugar central en los debates ambientales contemporáneos.

Sustitución de insumos fósiles y consolidación
de la biotecnología en la agricultura

Durante la década de 1980, en un contexto marcado por la sobreproducción agropecuaria, comenzaron a implementarse en países industrializados —especialmente en Estados Unidos— políticas orientadas a fomentar el uso de productos agrícolas en la industria. Estas medidas tenían un doble objetivo: gestionar el excedente productivo y sustituir insumos derivados del petróleo, cuyo precio había experimentado un fuerte incremento1. En ese proceso, se reconocieron los avances y el potencial de la biotecnología como herramienta clave para alcanzar ambos fines. Aunque los precios internacionales de los combustibles y los alimentos se estabilizaron posteriormente, los fundamentos de las dimensiones actuales de la bioeconomía quedaron consolidados en esta etapa.

En Estados Unidos, algunas de estas medidas incluyeron la creación de los Centros de Tecnología Industrial en colaboración con universidades y gobiernos locales, así como la implementación de la Política de Investigación y Desarrollo de Materiales y Minerales, ambas medidas lanzadas en 1980. En paralelo, se creó el Consejo Nacional de Materiales Críticos, en un contexto en el que el país dependía fuertemente de las importaciones de productos derivados del petróleo. Esta situación generaba presiones sobre los costos industriales y riesgos de interrupción en las cadenas productivas.

En 1984, el gobierno estadounidense adoptó medidas para reducir su dependencia de insumos fósiles, al identificar oportunidades para sustituir materiales estratégicos importados por productos derivados de insumos agrícolas nacionales (Critical Materials Task Force, 1984; The White House, 1984). Ese mismo año, el secretario de Agricultura, John Block, organizó el “Foro de Desafíos”, que reunió a más de 175 científicos y representantes del sector agroindustrial con el objetivo de impulsar nuevos usos industriales de productos agrícolas como sustitutos del petróleo (Cocroft, 1984; Kendrick, 1986). Como resultado, se conformó el Grupo de Trabajo sobre Nuevos Productos Agrícolas y Forestales (New Forest and Farm Products Task Force, NFFPTF), una alianza público-privada orientada a diversificar los destinos de la producción agropecuaria mediante la promoción de insumos biológicos.

Este giro estratégico contó con el impulso de figuras clave del sector agroindustrial, como Jeffrey Gain, quien desempeñó un papel destacado en la articulación público-privada para promover los usos industriales de la producción agrícola. En una entrevista retrospectiva, Gain relató el origen de esa visión de transformación:

Se me ha llamado el padre, e incluso el abuelo, de los usos industriales modernos de los materiales agrícolas. En una recepción en Washington, me encontré con el Secretario de Agricultura, John Block. Él me preguntó qué haría si fuera secretario con los productos agrícolas excedentes, y le respondí que yo nombraría un grupo para examinar la agricultura con una nueva perspectiva (Gain, 1996, p. 87).

El testimonio de Jeffrey Gain ilustra cómo, a partir de espacios informales de interlocución, comenzó a gestarse un cambio en la perspectiva institucional sobre la agricultura: esta dejó de ser concebida únicamente como una fuente de alimentos, para ser reconocida también como un proveedor estratégico de materias primas para la industria.

El NFFPTF asumió la misión de proponer iniciativas orientadas a reconectar la agricultura con la industria, al promover la sustitución de insumos fósiles por recursos renovables. En su informe de 1987, el grupo concluyó que la diversificación agropecuaria —mediante la incorporación de cultivos alternativos o de nuevos usos para los existentes— era clave para revitalizar sectores industriales y rurales debilitados. Por ello, recomendó incrementar el énfasis nacional en el desarrollo de nuevos productos agrícolas y forestales, así como en el fomento de la biotecnología como herramienta estratégica (NFFPTF, 1987, pp. III-IV).

Hacia mediados de la década de 1990, uno de los comités científicos que respaldó esta visión fue el Consejo Nacional de Biotecnología Agrícola (NABC, por sus siglas en inglés), el cual propuso en 1996 la conformación de una nueva coalición de apoyo a los productos de base biológica, para superar los desafíos vinculados a la infraestructura y el financiamiento (Hardy y Segelken, 1996, p. 23).

Paralelamente, diversas organizaciones empresariales comenzaron a sumarse a esta iniciativa. La Asociación Nacional de Productores de Maíz, junto con otros actores del sector, publicó documentos clave que impulsaron la consolidación del Grupo Directivo Ejecutivo (Executive Steering Group, ESG), una coalición integrada por representantes de los sectores industrial, agrícola y forestal (NREL, 1998). En ese marco, el ESG organizó una serie de talleres en Indianápolis con el fin de identificar prioridades de investigación, entre las cuales se destacó la necesidad de desarrollar un análisis de riesgos para la bioeconomía (ESG, 1999, p. 41).

En ese mismo periodo, el Gobierno de Estados Unidos emitió dos órdenes ejecutivas clave para consolidar a la bioeconomía. La Orden Ejecutiva 13101 (1998) estableció lineamientos para las adquisiciones federales sustentables, que incluían productos reciclados y biobasados, y creó el Consejo de Coordinación de Productos de Base Biológica en el Departamento de Agricultura (USDA), encargado de elaborar listas de productos preferentes para compras públicas. Un año más tarde, la Orden Ejecutiva 13134 (1999) dispuso medidas para el desarrollo de tecnologías biobasadas, con el objetivo de impulsar el crecimiento económico y la seguridad energética, y creó el Consejo Interinstitucional sobre Bioproductos y Bioenergía, liderado por los Departamentos de Agricultura y Energía.

En el año 2000, el Consejo Nacional de Investigaciones publicó el informe Productos industriales de base biológica: prioridades para la investigación y la comercialización. El documento sostiene que las ciencias biológicas podrían tener en el siglo XXI un impacto comparable al que las ciencias físicas y químicas tuvieron en el desarrollo industrial del siglo XX. Así como en el pasado los productos biológicos fueron reemplazados por derivados del petróleo, ahora se plantea que estos podrían ser nuevamente sustituidos por soluciones basadas en biomasa (National Research Council, 2000). Entre los conceptos destacados del informe, se encuentra el de las biorrefinerías eficientes: plantas integradas capaces de producir simultáneamente energía, insumos industriales y otros derivados a partir de biomasa. Estas biorrefinerías permitirían reducir costos de producción y mejorar la competitividad de los productos biobasados frente a los derivados del petróleo.

En los años posteriores, la visión de la bioeconomía comenzó a materializarse en hojas de ruta estatales y planes de acción gubernamentales. Un ejemplo emblemático fue la publicación, en 2002, del documento Visión y hoja de ruta de productos de base biológica y bioenergía para Iowa: el amanecer de la bioeconomía (Universidad Estatal de Iowa, 2002). Este informe propuso una visión estratégica y transformadora para el desarrollo de una bioindustria basada en la conversión de cultivos y residuos agrícolas en insumos industriales, energéticos y materiales. Su premisa central sostenía que “una visión inspiradora, comunicada de manera efectiva, puede dar forma al futuro” (p. 1).

Además de promover la sustitución de insumos fósiles, la hoja de ruta destacaba el papel clave de la biotecnología como componente esencial del nuevo paradigma productivo. Estas iniciativas no solo consolidaron la bioeconomía como una estrategia nacional en EE. UU., sino que también sentaron las bases conceptuales e institucionales que posteriormente serían retomadas en su difusión internacional.

Internacionalización de las dimensiones
actuales de la bioeconomía

Esta sección analiza el proceso de internacionalización de la bioeconomía como concepto programático y marco de políticas públicas. Se abordan tres dimensiones clave: en primer lugar, el rol de organismos multilaterales —especialmente la OCDE— en la definición y difusión inicial del concepto; en segundo lugar, la sistematización institucional promovida por la Comisión Europea a través de sus programas de investigación; y, en tercer lugar, la proyección hacia ALyC mediante mecanismos de cooperación interregional. El análisis busca mostrar cómo, desde la década del 2000, la bioeconomía se consolidó como una narrativa global que articuló objetivos económicos, tecnológicos y ambientales, al tiempo que adquirió distintas interpretaciones según los contextos geográficos e institucionales.

Rol de la OCDE en la conceptualización global

La internacionalización del concepto de bioeconomía dependió en gran medida de las acciones impulsadas por la OCDE y la Comisión Europea. En 2003, dos de los autores de la Visión de Iowa fueron invitados por la OCDE a participar en un taller sobre políticas y enfoques de mercado orientados a promover la biomasa y sus usos. Las presentaciones y documentos de ese encuentro se compilaron en un informe (OCDE, 2004a), en el cual el término bioeconomía fue mencionado explícitamente en tres secciones: la introducción del editor y los capítulos elaborados por los participantes provenientes de Iowa.

En la sección introductoria, se integró de manera explícita la dimensión ambiental en la promoción de la bioeconomía. Allí se destacaba el creciente interés en desarrollar mercados para la bioenergía y los biomateriales derivados de la biomasa agrícola, al marcar un giro relevante al identificar al cambio climático como principal impulsor de estas políticas. Además, se subrayaba que esta transformación no solo implicaba una reorientación del sector agrícola, sino que también generaba oportunidades estratégicas para otros sectores, como la biotecnología (OCDE, 2004a, p. 28).

Poco tiempo después, otro documento clave de la OCDE (2004b), presentado en una reunión ministerial sobre ciencia y tecnología, propuso una visión aún más estructural de la bioeconomía. En ella se planteaba que, a futuro, los productos y servicios aprovecharían recursos renovables y procesos biológicos para satisfacer las necesidades de la sociedad, para contribuir al desacople del crecimiento industrial de la degradación ambiental, y generar una bioeconomía más resiliente. El mismo informe definía la bioeconomía como “una economía que utiliza recursos biológicos renovables, bioprocesos eficientes y agrupaciones ecoindustriales para producir bioproductos, empleos e ingresos sostenibles” (OCDE, 2004b, p. 5).

Institucionalización del concepto en la Unión Europea (UE)

El informe de la OCDE mencionado anteriormente fue leído por Chris Patermann, entonces director del área de investigación en biotecnología, agricultura y alimentación de la Comisión Europea, en un momento en que se discutía la formulación del Séptimo Programa Marco de Investigación2 (FP7).

Según relató posteriormente, el interés político en la biotecnología industrial crecía con fuerza, mientras que el apoyo a la investigación agropecuaria atravesaba una etapa de retroceso. En ese contexto, la Comisión identificó en el informe de la OCDE una oportunidad para formular un nuevo concepto de economía basado en el aprovechamiento de los recursos biológicos. La renovabilidad, la reutilización y el uso en cascada de la biomasa fueron presentados como fundamentos de esa visión estratégica. La intención inicial, según Patermann, era dotar a esta noción —aún difusa— de una amplitud conceptual comparable a la de sostenibilidad, con el fin de revalorizar políticamente a los sectores agropecuarios (Paterman, 2005; Paterman y Aguilar, 2017).

La participación de estos sectores en el anterior programa marco de investigación (FP6) había sido marginal en comparación con otros campos de la investigación científica y tecnológica. No obstante, permitió el inicio de vínculos institucionales entre Europa y ALyC en temáticas que posteriormente serían subsumidas bajo el concepto de bioeconomía. En particular, iniciativas como el proyecto ALCUE-FOOD —sobre el cual se profundiza más adelante— fueron relevantes al propiciar espacios de cooperación en investigación aplicada a la calidad e inocuidad alimentaria.

En 2005, el concepto de bioeconomía fue incorporado en el borrador del Séptimo Programa Marco de Investigación (FP7). Tras una serie de consultas con referentes europeos y extracomunitarios, se organizó la primera Conferencia Internacional sobre la Bioeconomía Basada en el Conocimiento (Knowledge base bio-economy, KBBE, por sus siglas en inglés), celebrada en Bruselas. De manera simultánea, se llevaron a cabo dos conferencias clave para la proyección internacional del concepto. En Pekín, el ministro de Ciencia y Tecnología de China, XU Guanhua, encabezó el encuentro titulado Bioeconomía para todos. En paralelo, en Bruselas, tuvo lugar la conferencia europea, donde el Comisionado de Ciencia e Investigación, Janez Potočnik, pronunció el discurso inaugural bajo el título Transformar el conocimiento de las ciencias biológicas en productos nuevos, sostenibles, ecoeficientes y competitivos. En su intervención afirmó que “un nuevo concepto será de creciente importancia para el futuro: la bioeconomía basada en el conocimiento” (Potočnik, 2005).

Potočnik argumentó que, tanto la Unión Europea como China compartían un interés estratégico en las ciencias de la vida y la biotecnología, que, según él, permiten equilibrar las necesidades económicas y ambientales. Describió a la KBBE como un marco para maximizar el potencial de la biotecnología en beneficio de la economía, la sociedad y el medio ambiente. En la misma conferencia, se destacó la multifuncionalidad de las zonas agrícolas, que además de producir alimentos, generan biomasa capaz de satisfacer necesidades energéticas e industriales (Comisión Europea, 2005).

En 2006, la aprobación del FP7 de la Unión Europea marcó un hito al incorporar la bioeconomía como una de sus áreas prioritarias, con una asignación presupuestaria cercana a los 2000 millones de euros (Patermann y Aguilar, 2017). Desde entonces, el concepto de bioeconomía ha adquirido un papel central como narrativa estructurante en el diseño de políticas públicas europeas, con repercusiones significativas tanto en el ámbito académico como en el político. Esta narrativa no solo se consolidó en Europa, sino que también se expandió hacia otras regiones del mundo, entre ellas ALyC.

Expansión hacia América Latina y el Caribe

Esta sección examina el proceso de difusión y apropiación del concepto de bioeconomía en ALyC. Se analizan, en primer lugar, las primeras conexiones institucionales entre Europa y la región en el marco de los programas FP6 y FP7. Posteriormente se abordan los eventos estratégicos que impulsaron su apropiación regional y la configuración de una agenda birregional en torno a esta noción. Finalmente, se exploran las trayectorias sectoriales emergentes que comienzan a delinearse en distintos países latinoamericanos.

Primeras conexiones en el marco del FP6: el caso de ALCUE-FOOD

Uno de los principales instrumentos de vinculación entre Europa y ALyC, que modelaría a la bioeconomía en la región fue el proyecto ALCUE-FOOD Del tenedor europeo a la granja latinoamericana —, financiado en el marco del FP6. Esta iniciativa tuvo como objetivo establecer una plataforma de cooperación en investigación y desarrollo centrado en la calidad e inocuidad alimentaria, con especial énfasis en fortalecer los estándares para productos agroalimentarios exportados desde América Latina hacia Europa.

Cabe mencionar que dicha plataforma se centraba principalmente en la promoción y el fortalecimiento de la ciencia y la tecnología para la producción inocua de alimentos, más que en su industrialización o en la generación de valor agregado. En consecuencia, se buscaba consolidar el papel de ALyC como proveedor de materias primas agroalimentarias, sin cuestionar los patrones tradicionales de inserción en los mercados globales. Esta orientación se refleja incluso en el título original del proyecto Del tenedor europeo a la granja Latinoaméricana (CORDIS, 2024). En ese entonces, se entendía que promover en los países de ALyC un enfoque integral de la cadena alimentaria para los productos exportados a la Unión Europea contribuiría posteriormente a mejorar el bienestar de las poblaciones latinoamericanas (Henry, 2025).

Eventos financiados por la Unión Europea en ALyC:
el seminario de 2008 en Argentina

Aún en el marco del Sexto Programa Marco FP6, y anticipando la relevancia que la bioeconomía adquiriría en el FP7, comenzaron a financiarse espacios regionales de reflexión estratégica en América Latina y el Caribe. Uno de los eventos más significativos fue el seminario realizado en Argentina en 2008, titulado Hacia una bioeconomía basada en el conocimiento en América Latina. Identificación de agendas de políticas de I+D. Según una nota de la Agencia Iberoamericana para la difusión de la ciencia y la tecnología (DiCyT, 2008), el objetivo del encuentro fue presentar y debatir el concepto de bioeconomía basada en el conocimiento (KBBE); intercambiar experiencias; identificar limitaciones institucionales, técnicas y de política pública; y desarrollar una agenda de acción regional.

Este seminario permitió que investigadores y expertos expusieran ante tomadores de decisiones políticas el potencial estratégico de la bioeconomía, y sentó las bases para la implementación, a partir de junio 2011, del proyecto ALCUE-KBBE: “Hacia una bioeconomía basada en el conocimiento en América Latina y el Caribe en asociación con Europa”. Coordinado por el CIRAD (Centro de Cooperación Internacional en Investigación Agronómica para el Desarrollo de Francia), este proyecto se enmarcó en el FP7 de la Unión Europea, y tuvo como propósito construir una plataforma birregional de cooperación para acompañar la introducción, validación e implementación de la bioeconomía en países de ALyC (Trigo y Henry, 2011).

Además del seminario fundacional de 2008, durante la ejecución del proyecto ALCUE-KBBE se organizaron otros encuentros relevantes, como el Seminario Internacional sobre Bioeconomía, realizado en Buenos Aires en mayo de 2013, con el apoyo de la Unión Europea. Este evento reunió a investigadores, responsables de políticas públicas y representantes del sector productivo para debatir sobre el papel de la bioeconomía como estrategia de desarrollo para la región.

En conjunto, estos eventos reflejan el creciente interés por institucionalizar la bioeconomía en ALyC, así como su proyección como agenda estratégica regional.

Consolidación de una agenda birregional:
el proyecto ALCUE-KBBE

La implementación del proyecto ALCUE-KBBE se ejecutó entre 2011 y 2013, con financiamiento de la Comisión Europea en el marco del Séptimo Programa Marco (FP7). El proyecto partía de la premisa de que la bioeconomía representaba una alternativa viable para promover un uso más sostenible de los recursos naturales, al tiempo que impulsaba el crecimiento económico. Su objetivo principal fue establecer una plataforma de cooperación entre organizaciones de ALyC y la Unión Europea, con el propósito de generar información estratégica que facilitara el diseño de políticas adecuadas y la creación de un entorno institucional propicio para el desarrollo y consolidación de la KBBE en ambas regiones.

Entre los principales resultados del proyecto se destaca una mejor comprensión de las condiciones estructurales y recursos disponibles en los países de ALyC, relevantes para la futura implementación de modelos de bioeconomía. Asimismo, se promovió la incorporación de este concepto y de estrategias temáticas mediante seminarios y conferencias organizados en colaboración con agencias gubernamentales, el sector privado y el ámbito académico. El proyecto también permitió formular una visión compartida de la bioeconomía y delinear posibles trayectorias de desarrollo adaptadas a las particularidades de los países de la región (Red de Investigación e Innovación de América Latina, el Caribe y la Unión Europea, ALCUE-NET, 2024).

Uno de los informes del grupo de trabajo sobre bioeconomía destacó que el concepto fue progresivamente reconocido y respaldado en la región a través de las reuniones de altos funcionarios sobre Ciencia y Tecnología en el marco de las Cumbres Birregionales entre la Unión Europea y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Incluso, fue adoptado como una de las iniciativas conjuntas de investigación e innovación (JIRI, por sus siglas en inglés) para la cooperación birregional en ciencia y tecnología (ALCUE-NET, 2016).

En este sentido, el proyecto ALCUE-KBBE no solo fortaleció la cooperación científica entre ambas regiones, sino que también contribuyó activamente a la institucionalización progresiva de la bioeconomía como una agenda estratégica en ALyC (ALCUE-NET, 2016).

La trayectoria descrita invita a considerar una tercera perspectiva en el proceso de apropiación del concepto de bioeconomía: la de aquellos países caracterizados por una abundancia relativa de recursos naturales, capacidades industriales intermedias y trayectorias de aprendizaje tecnológico acumulado. En estos contextos —como los casos de Brasil, Argentina, Colombia o Indonesia—, la bioeconomía comenzó a ser concebida no solo como una respuesta a desafíos ambientales, sino también como canal para la valorización de nuevas tecnologías y como un modelo alternativo de desarrollo productivo.

Esta visión propone una articulación más armónica entre las esferas biológica y económica, en la que la sostenibilidad ambiental y la innovación tecnológica se integran como pilares de una estrategia de desarrollo orientada a la transformación estructural. Así, la bioeconomía adquiere un carácter dual: por un lado, como instrumento para enfrentar la degradación ambiental y, por otro, como plataforma para diversificar las economías y fortalecer capacidades endógenas de innovación.

Nuevas trayectorias sectoriales en la región

En ALyC, la concepción de bioeconomía tiende a alinearse más estrechamente con la visión desarrollada originalmente en Estados Unidos que con la perspectiva europea. Predomina una interpretación centrada en la agregación de valor a los recursos biológicos, la sustitución de insumos fósiles y la reconfiguración productiva mediante el aprovechamiento industrial de la biomasa. Esta orientación ha impulsado una expansión del paradigma bioeconómico hacia sectores emergentes con alto potencial de crecimiento, diversificación y sofisticación tecnológica.

Entre los sectores más dinámicos se destacan los biomateriales, como bioempaques, bioplásticos y compuestos lignocelulósicos derivados de residuos agrícolas y forestales (Pittaluga, Balseiro y Betancor, 2025); las bioenergías, especialmente a través del enfoque de biorrefinerías, que permiten convertir biomasa en energía, insumos químicos y combustibles (Orejuela y Rodríguez, 2024); y el área de la salud, donde se abren oportunidades vinculadas a la biodiversidad regional, con investigaciones orientadas al desarrollo de principios bioactivos, vacunas, tratamientos para enfermedades infecciosas y productos de base biotecnológica (Gulman, 2025).

Aunque estas trayectorias aún se encuentran en etapas incipientes y presentan un grado significativo de heterogeneidad entre países, constituyen posibilidades concretas para profundizar del modelo bioeconómico más allá de la sola sustitución de insumos.
En efecto, permiten la reconfiguración de sectores económicos enteros mediante cadenas de valor basadas en recursos biológicos y procesos biotecnológicos. Esta profundización resulta especialmente estratégica para los países de la región, caracterizados por una alta biodiversidad y capacidades científico-tecnológicas intermedias.

En síntesis, la emergencia de estas trayectorias sectoriales sugiere que la bioeconomía en ALyC no solo está siendo apropiada como una narrativa de sostenibilidad, sino también como una plataforma para la transformación productiva, capaz de articular innovación, desarrollo industrial y aprovechamiento responsable de los recursos biológicos en función de las particularidades regionales.

Conclusiones

Este artículo propuso una genealogía alternativa de la bioeconomía, al cuestionar la idea de que su origen conceptual y programático se sitúa exclusivamente en Europa a comienzos del siglo XXI. Si bien organismos como la OCDE y la Comisión Europea desempeñaron un papel central en su sistematización e internacionalización, se ha demostrado que sus dimensiones fundamentales —la ecologización de la economía, la transición hacia una agricultura más sostenible y la sustitución de insumos fósiles mediante biomasa y biotecnología— permiten rastrear sus orígenes hasta Estados Unidos, en la década de 1980.

La difusión del concepto estuvo acompañada por un proceso de institucionalización a través de los programas marco de investigación europeos (FP6 y FP7) y su proyección hacia ALyC mediante iniciativas como ALCUE-FOOD y ALCUE-KBBE. En este proceso, la bioeconomía fue reinterpretada como un modelo de desarrollo potencial para países con abundancia de recursos naturales, capacidades industriales intermedias y trayectorias de aprendizajes tecnológicos acumulados. Se concibió como una estrategia orientada a transformar sectores tradicionales mediante el conocimiento biológico y los procesos biotecnológicos.

Si bien este enfoque apunta hacia un patrón de desarrollo regional más diversificado, con mayor valor agregado y menor dependencia de insumos fósiles, su expansión también ha suscitado críticas relevantes. En contextos caracterizados por capacidades institucionales frágiles, la bioeconomía puede derivar en formas de tecnocratización que reproducen desigualdades preexistentes, especialmente cuando se excluyen actores tradicionales o se privilegia una agenda dominada por intereses corporativos.

Comprender las raíces históricas y políticas de la bioeconomía no solo permite dimensionar su alcance y limitaciones actuales, sino que además constituye una condición indispensable para promover su implementación territorial de manera más adaptada a las especificidades del Sur global y sensible a sus tensiones sociales y ambientales.

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    * Este texto surge de la investigación de tesis doctoral del autor en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), con la tutoría del doctor Matías Berger. Nota: este artículo fue enriquecido gracias a las observaciones recibidas durante el proceso de evaluación por pares, a cuyos revisores agradezco especialmente.

    ** Andrés Mondaini. Doctorando en Ciencias Sociales en la Facultad de Ciencias Sociales (FLACSO Argentina), magíster en Derecho y Economía del Cambio Climático de la misma institución. Magíster en Finanzas y Lic. en Economía, Universidad Nacional de Rosario (UNR). andresmondaini@gmail.com ORCID: https://orcid.org/0000-0002-1061-1222

  1. 1 Las políticas públicas orientadas a la bioenergía —como el programa Proálcool en Brasil o los esfuerzos para desarrollar combustibles alternativos en Estados Unidos tras la crisis del petróleo— también forman parte del contexto que incentivó el uso industrial de biomasa (Goldemberg, 2007). No obstante, este documento se centra en las estrategias institucionales que articularon de manera explícita la narrativa contemporánea de la bioeconomía.

  2. 2 Los programas marcos de investigación son el principal instrumento de financiación a la investigación de la Unión Europea, desde 1984. Fueron creados con el objetivo principal de coordinar las políticas nacionales de investigación con las de la Unión.