Pacas Choquenzá: una experiencia poscapitalista sobre la producción de lo común*

Sara Otálora Estrada**

Investigadora independiente (Colombia)

Naturaleza y Sociedad. Desafíos Medioambientales • número 9 • mayo-junio 2024 • pp. 104-127

https://doi.org/1053010/ELHN7073

Recibido: 2 de junio de 2023 | Aceptado: 23 de abril de 2024

Resumen. La Paca Digestora Silva es un sistema para el aprovechamiento de residuos orgánicos que llegó en 2019 al barrio Niza Antigua, ubicado en el humedal Córdoba, al noroccidente de Bogotá (Colombia). Desde entonces, las pacas se han convertido en un modo de transformación de las dinámicas barriales preexistentes y han propiciado el cuidado del terreno común, a pesar de ciertas lógicas de fragmentación asentadas en la defensa del bienestar propio. La Paca Digestora Silva se propone aquí como una alternativa poscapitalista que traspasa la ruptura estructural humano-naturaleza, de modo que la carrera por la acumulación de capital, que se refleja en los rellenos sanitarios, puede ser superada con la resignificación de los desperdicios. El texto se construye desde la perspectiva interseccional de la ecología política feminista y relaciona el proceso paquero con la producción de la comunalidad y los comunes. Este lente permite analizar el cuidado a través de dos rutas entrelazadas, puesto que los comunes propician el cuidado de un bien común; y, en este cuidado, que se reproduce en el hacer en común, se fortalece o consolida una comunidad que vela por su protección y subsistencia. Este artículo documenta las experiencias comunitarias con relación a la paca y aporta una lectura alternativa sobre este sistema, que trasciende la dimensión del aprovechamiento de residuos y demuestra la posibilidad de construir una ética de cuidado desde el quehacer colectivo.

Palabras clave: aprovechamiento de residuos, basura, capitalismo, comunes, ética del cuidado, Paca Digestora Silva

Pacas Choquenzá: a post-capitalist experience about the production of the common

Abstract. The Paca Digestora Silva [a composting technique], a system for using organic waste, arrived in 2019 in the Niza Antigua neighborhood in the Córdoba wetland, northwest of Bogotá (Colombia). Since then, the pacas (composting piles) have become a way of transforming pre-existing neighborhood dynamics and fostering the care of the common land, despite certain logics of fragmentation based on the defense of one’s own well-being. The Paca Digestora Silva is proposed here as a post-capitalist alternative that goes beyond the human-nature structural rupture so that the race for capital accumulation, reflected in landfills, can be overcome with the resignification of waste. The paper is constructed from the intersectional perspective of feminist political ecology and relates the process of pacas to the production of communality and the commons. This lens allows the analysis of care through two intertwined routes since the commons propitiate the care of a common good, and, in this care, which is reproduced in the doing in common, a community that watches over its protection and subsistence is strengthened or consolidated. This article documents community experiences with pacas and provides an alternative reading of this system, which transcends the dimension of waste utilization and demonstrates the possibility of building an ethic of care based on collective action.

Keywords: capitalism, commons, ethics of care, garbage, Paca Digestora Silva, waste management

Pacas Choquenzá: uma experiência pós-capitalista sobre a produção do comum

Resumo. A Paca Digestora Silva [Fardos digestores Silva] é um sistema de aproveitamento de resíduos orgânicos que chegou em 2019 ao bairro de Niza Antigua, localizado na zona úmida “Córdoba”, a noroeste de Bogotá (Colômbia). Desde então, os fardos digestores se tornaram uma forma de transformar a dinâmica de vizinhança preexistente e incentivaram o cuidado com a terra comum, apesar de certas lógicas de fragmentação baseadas na defesa do próprio bem-estar. A Paca Digestora Silva é proposta aqui como uma alternativa pós-capitalista que transcende a ruptura estrutural homem-natureza, de modo que a corrida pela acumulação de capital, que se reflete nos aterros sanitários, possa ser superada com a ressignificação dos resíduos. Este texto é construído a partir da perspectiva interseccional da ecologia política feminista e relaciona o sistema de prensagem do lixo à produção da comunalidade e do comum. Essa lente nos permite analisar o cuidado por meio de duas rotas entrelaçadas, uma vez que as coisas comuns propiciam o cuidado de um bem comum; e, nesse cuidado, que é reproduzido no fazer em comum, uma comunidade é fortalecida ou consolidada para garantir sua proteção e subsistência. Este artigo documenta experiências comunitárias com relação a esse sistema de prensagem do lixo e oferece uma leitura alternativa dele, que transcende a dimensão do aproveitamento dos resíduos e demonstra a possibilidade de construção de uma ética do cuidado a partir da ação coletiva.

Palavras-chave: bens comuns, capitalismo, ética do cuidado, gestão de resíduos, lixo, Paca Digestora Silva


Introducción

Dentro de las problemáticas que ocurren en contextos urbanos, una de las que más debates genera en torno a la relación entre la naturaleza y la sociedad es el incremento acelerado de las basuras desde la segunda mitad del siglo XX hasta el presente. Sin embargo, el problema no solamente reside en las cantidades desorbitantes de desechos que se acumulan en los rellenos sanitarios, sino, más bien, en su acción silenciosa, que contribuye a la formación de paisajes tóxicos con los que una parte restringida de la sociedad debe convivir (Stewart, 2017). Estos paisajes comportan una serie de consecuencias nefastas sobre la salud del medioambiente y de los seres humanos y no humanos que habitan en las zonas aledañas a los rellenos. La causa es, en gran medida, el precario manejo de los residuos orgánicos que, en su proceso de degradación, liberan fluidos compuestos y gases contaminantes altamente tóxicos para las fuentes hídricas y responsables directos del calentamiento global (Danthurebandara et al., 2012, p. 40).

A la luz del conflicto socioambiental que representa el relleno sanitario, este artículo invita a pensar en una alternativa que facilita el aprovechamiento, la toma de conciencia y la resignificación de los propios desperdicios. La Paca Digestora Silva es un sistema a pequeña escala y de fácil ejecución, que convierte la materia orgánica de origen doméstico en abono natural e inocuo tras un periodo de tres a seis meses (Rivera Espinosa y Ossa Carrasquilla, 2017, p. 87). Su invención se remonta a la década de 1980, época en que también se inauguró el relleno sanitario Doña Juana (RSDJ) en la ciudad de Bogotá (1988). La paca se fue convirtiendo con los años en una alternativa para el manejo responsable de los residuos orgánicos que, en Colombia y otros países del sur global, representan el mayor porcentaje. Según el informe más reciente de la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (Uaesp), su valor aproximado es del 51,32 % sobre el total de los desperdicios (2018).

Las pacas son movimiento permanente, cambian y se reintegran al suelo. De hecho, es difícil percatarse de que alguna vez existieron los restos de los alimentos al observar el abono resultante y rico en nutrientes, que puede servir para fertilizar cultivos cercanos. Su llegada al barrio Niza Antigua ha resultado similar al efecto dominó. Ese flujo de energía desencadena una caída en masa y, tras su paso, ninguna condición inicial vuelve a ser como antes. En la práctica, esto se ha hecho evidente en la inercia colectiva que ha llevado a la comunidad a apropiarse de este sistema de forma autogestionada, como un mecanismo para apostarles al cambio y a la resignificación de la vida a través del cuidado. Ahora bien, este mismo dinamismo permite analizar varias premisas implícitas en lo que se denomina un bien común. Dicha noción trasciende el concepto capitalista de mercancía y se entiende como el resultado de la apropiación de un bien, en este caso la paca, por una comunidad que vela por su cuidado y reafirma sus vínculos comunitarios en el hacer en común (Linsalata, 2018).

Sin embargo, en este caso de estudio, las dinámicas implícitas en la producción de la paca como un bien común se han hecho evidentes en la conflictividad permanente entre múltiples individuos alrededor del proceso paquero en el humedal Córdoba. En efecto, una de las mayores riquezas, pero a la vez limitaciones, de la comunalidad que recoge este hacer compartido (Vega Solís, 2018, p. 116) reside en la diversidad de voces que conviven en un mismo espacio y buscan establecer puntos en común, a pesar de la tendencia capitalista que privilegia las necesidades propias sobre las colectivas. Este mecanismo de supervivencia individual será abordado en este texto como la única solución que ofrece el capitalismo, como sistema hegemónico, para sobrevivir a la precarización de la vida cotidiana (Federici et al., 2021). Por su parte, la precarización es consecuencia de la “transformación neoliberal del mundo y la conformación de una novedosa matriz colonial-imperialista” (Féliz, 2019, p. 104), que termina por configurar nuevas formas de relacionamiento entre la naturaleza y el ser humano.

¿Somos parte de la naturaleza?, ¿rompimos nuestra conexión con ella?, ¿podemos restablecer ese vínculo? En el mundo moderno estas preguntas parecen tener una respuesta obvia, a juzgar por el ímpetu desenfrenado por consumir, extraer y transformar todo lo que la naturaleza nos provee. Ahora bien, si partimos de la premisa que afirma la ruptura o escisión estructural que nos aleja de las condiciones reales de vida y de la naturaleza, todas las particularidades de nuestra sociedad se trasladan a la basura (Barreda, 2017). Esta transición convierte a la basura en el símbolo magno del modelo consumista de la sociedad moderna, donde la acumulación de bienes conduce a la proliferación de desperdicios en los rellenos sanitarios; estos contribuyen, a su vez, a lo que Vandana Shiva y Maria Mies denominan la crisis multisistémica (2016). Este concepto permite interrelacionar al capitalismo con varias catástrofes ambientales, sociales y políticas alrededor del mundo, que nos indican que algo anda mal con nuestro planeta y que esto puede tener que ver directamente con las acciones humanas (Chakrabarty, 2021, p. 1).

A lo largo de este trabajo se explora la Paca Digestora Silva como una herramienta poscapitalista para construir lo común. El texto está compuesto por cuatro apartados en los que se aborda la historia de los rellenos, su correlación con las políticas neoliberales y la producción de paisajes tóxicos. Asimismo, se revisan sistemas alternativos que proponen otras formas de relacionamiento con el entorno, desde la toma de conciencia y la corresponsabilidad con el espacio habitado. La paca digestora se toma como una propuesta poscapitalista que promueve el cuidado por el entorno y la reivindicación de los bienes comunes a partir de un caso concreto en el barrio Niza Antigua.

Desde el punto de vista metodológico, la investigación acción participativa propone una inmersión participativa por parte del(la) investigador(a) en el caso de estudio. En efecto, para la realización de esta investigación tuve una participación permanente en el proceso paquero, asistiendo a los encuentros paqueros cada ocho días, que me permitieron integrarme en la comunidad de las Pacas Choquenzá. Mediante estos intercambios, realicé una serie de entrevistas informales con actores clave. Algunas de ellas fueron registradas y subidas a la página de Instagram que cocreamos con la comunidad1. Por lo tanto, el uso de esta red social, con el fin de exponer y darle mayor visibilidad al proceso, hace parte de las herramientas empleadas para el desarrollo de una etnografía visual, a la que se le dedican algunos apartados en este texto. Evidentemente, por motivos de extensión, se escogieron solo algunos testimonios, lo cual invita al lector a complementar este relato con la narrativa audiovisual.

La creación de la página de Instagram responde a la voluntad de la misma comunidad para motivar a más personas a unirse, así como para hacer red con otros múltiples procesos paqueros que tienen lugar en Bogotá. Este artículo propone un giro corporal que insiste en la necesidad apremiante de nuestros tiempos de volver al cuerpo, de dejarse atravesar por los afectos y crear cercanías con una historia sobre posibles caminos poscapitalistas. Varios de los momentos reseñados en este texto se complementan con los videos e imágenes que hemos ido publicando en esta plataforma, que funciona como un registro de “la relacionalidad, la cercanía, los afectos, la percepción y el cuerpo” (Cortés Severino, 2019, p. 14). También se plantea como un compromiso ético con la cotidianidad de los encuentros paqueros y pretende darle voz a otro tipo de lenguajes desde el quehacer académico. Su exploración no tiene ningún orden, ni un punto de origen, pero funciona como un relato paralelo, cuyo sentido está dado en su totalidad por el(la) lector(a).

Entre los desperdicios y la basura neoliberal

Nuestros cuerpos, nuestra vida, nuestra leche, nuestro útero, nuestra matriz, nuestros hijos están llevados, controlados por el sistema con un único objetivo: el capitalismo. Hace menos de mil años que fue construido este sistema, este camino es muy reciente y por eso, es alternativo. Nuestro camino es el original. Nuestro conocimiento, nuestra práctica viene de los conocimientos originarios, de los pueblos originarios. Por tanto, nuestro camino no es alternativo, no es. Es el camino original. (Fontaine y Avirama, 2020)

Evocando las palabras de Suely Carvalho (Fontaine y Avirama, 2020), partera tradicional feminista brasileña, inicio este apartado para profundizar en la hegemonía patriarcal y su correlación con el control y el deterioro del cuerpo-territorio. Esta dimensión donde confluyen cuerpo y territorio está profundamente arraigada en los feminismos comunitarios, la ecología política feminista y múltiples saberes ancestrales, busca superar las narrativas dualistas de la separación entre la sociedad y la naturaleza, y demostrar su evidente correspondencia en los paisajes tóxicos (Stewart, 2017) y las zonas de sacrificio neoliberal (Bolados García y Sánchez Cuevas, 2017; Pérez González, 2021). Desde estas miradas, y en resonancia con el relato de Carvalho, el sistema patriarcal capitalista representa una ruptura estructural entre la sociedad y la naturaleza, que resulta contraria a un conocimiento original, según el cual la salud del territorio guarda un vínculo permanente e indivisible con el cuerpo humano.

En consecuencia, la dualidad humano-naturaleza no es una consigna compartida alrededor del sistema planetario ni tampoco es un principio absoluto, puesto que su origen se relaciona con una concatenación de eventos históricos y, así, su dimensión totalizadora puede explicarse desde una mirada geopolítica. Si bien para distintos autores del Abya Yala la hegemonía patriarcal tiene también “su versión precolombina” (Arriagada Oyarzún y Zambra Álvarez, 2019, p. 54), aquí tomo como punto de partida el momento en que el capitalismo se impuso como una fábula del crecimiento alrededor del mundo con el discurso de posesión de Truman en 1949. Justamente, esta ideología política marcaría, de acuerdo con Arturo Escobar (2014), el inicio de una narrativa globalmente compartida según la cual las “sociedades avanzadas” debían contribuir con un “trato justo”, desplegando el desarrollo sobre las “áreas subdesarrolladas”. Dicha genealogía del “progreso” fue determinante para las décadas posteriores, pues el discurso desarrollista tomó mayor fuerza con el apabullante impulso de las políticas neoliberales alrededor del planeta.

Para el propósito de este artículo, el contexto descrito se entiende como el instante en que se impuso con mayor fuerza la hegemonía patriarcal. Fue así como, entre las décadas de 1980 y 1990, Colombia y otros países del sur global buscaron replicar las economías y sistemas políticos del norte global para remediar las distancias abismales entre ambos. Las agendas políticas neoliberales apuntaban entonces a la apertura económica y a la privatización de bienes y servicios. Esto explica el afán mundial por la acumulación de capital y la desregularización política como dos de las banderas distintivas del nuevo sistema mundo. Desde luego, ambas fórmulas coinciden con la propagación de los rellenos sanitarios alrededor del planeta bajo el amparo de empresas privadas (Molano Camargo, 2019, p. 132), pues se convirtieron en una estrategia que los “países desarrollados” debían promover en las geografías “subdesarrolladas”.

Así, en ese entonces, en Bogotá y otras ciudades latinoamericanas, el neoliberalismo transformó radicalmente el manejo que se venía dando a las basuras. Para Molano Camargo (2019), la construcción del RSDJ demuestra “la producción política de un paisaje tóxico”, donde también se ponen en evidencia las agencias desiguales entre “pobres” y “ricos” en relación con la naturaleza (Harris, 2016). Lo que en un momento se presentó como “la solución óptima para la disposición de basuras terminó por convertirse en un paisaje tóxico urbano y periurbano” (Molano Camargo, 2019, p. 130). Aquí la toxicidad se refiere a las afectaciones ambientales que ha sufrido de forma sistemática el río Tunjuelo, cuya cuenca recibe los lixiviados resultantes de la degradación; así como las alteraciones sobre la fauna y la flora, que han sido reemplazadas por moscas, roedores y terrenos áridos que limitan las prácticas económicas de subsistencia de las familias que viven en zonas aledañas al relleno.

Estas condiciones también remiten a un vínculo entre género, naturaleza y política (Ojeda, 2011). Aquí, la categoría género se entiende más allá de la dimensión femenina, y se concentra en las relaciones de “explotación, dominación y sujeción de ciertos grupos sociales […] con las relaciones de poder basadas en clase, raza, origen regional, entre otros ejes de diferenciación” (Ojeda, 2011, p. 57). Dicho de otra manera, los grupos sociales históricamente marginalizados son producto de decisiones de orden político sobre cómo pueden relacionarse con la naturaleza. Esto permite cuestionar la noción de desastre ambiental como un evento fortuito que afecta a todos los seres humanos de la misma manera y a la vez posibilita dimensionar los mecanismos en que opera la marginalidad, revictimizando una y otra vez a las mismas personas según su clase social. En el caso del RSDJ resultan evidentes las intersecciones entre las tres categorías y muestra que el clasismo y la segregación ambiental son dos claras manifestaciones del privilegio dentro de la ciudad.

En la misma línea del carácter intrínsecamente político de las formas de habitar la naturaleza, la zona de sacrificio neoliberal, acuñada por la ecología política feminista (EPF), permite traer a colación el concepto interseccional del cuerpo-territorio. Según Bolados García y Sánchez Cuevas (2017), el sacrificio corresponde a la negación total del buen vivir para una porción limitada y empobrecida de la bahía de Quintero en Valparaíso, Chile, como consecuencia de la instalación del Complejo Ventanas para la refinería de cobre. Esta población —al igual que los vecinos más cercanos del RSDJ que habitan en las veredas de Mochuelo Alto y Mochuelo Bajo— ha tenido que convivir con las afectaciones ambientales que supone la instalación de un emporio neoliberal sobre los ecosistemas. Este caso no solo da luz sobre la correlación que existe entre personas empobrecidas, maltratadas y marginalizadas, y los territorios permanentemente sometidos a daños ambientales que habitan, sino que también permite vislumbrar el daño que sufren los cuerpos de sus habitantes por la convivencia permanente con fuentes hídricas contaminadas y partículas de compuestos tóxicos en el aire, entre otras múltiples afectaciones.

La actual crisis multisistémica (Mies y Shiva, 2016) demanda el surgimiento y la reivindicación de formas alternativas a un sistema hegemónico que impacta de forma directa los territorios y los cuerpos que los habitan. Este reconocimiento abre nuevos horizontes que invitan a pensar en una lucha poscapitalista que, para el caso de América Latina, implica el desmarcamiento de la hegemonía patriarcal, y la recuperación y visibilización de saberes y prácticas ancestrales, o modernas, con un alcance integral y transversal a todos los individuos de la sociedad (Segato, 2016). En este sentido, las movilizaciones que serán presentadas a continuación, como apuntes iniciales del poscapitalismo, tienen una tendencia antiestatal y se encuentran enmarcadas en las nociones de la comunalización de los cuidados y los comunes. Se presentan, entonces, como caminos autogestionados, conflictivos y en permanente mutación, pero que también brindan alternativas para volver a poner a la vida en el centro, más allá del capital (Pérez Orozco, 2019).

La Paca Digestora Silva y la dialéctica de la naturaleza

Con base en distintos(as) autores(as) de la EPF, se propone la ética del cuidado como una maniobra ecológica para la reexistencia (Romero Caballero, 2019) en los territorios latinoamericanos que se manifiesta por medio de experiencias subalternas y resistencias colectivas de comunidades. En palabras de Trevilla Espinal et al. (2020), “un elemento clave, para sentipensar el cuidado es ir más allá del cuidado como asunto individual y familiar, sino colectivizarlo y, como menciona el feminismo comunitario, considerar el territorio-cuerpo-tierra” (p. 629). Bajo esta visión de continuidad, se valoriza la ética del cuidado desde la sostenibilidad y la reproducción de la vida con el lente de la interdependencia entre los seres humanos. También se alcanza una lógica de ecodependencia, una vez los cuidados superan la esfera predominantemente femenina del hogar y adquieren un sentido de cuidado planetario a partir del quehacer comunitario.

Así, la comunalización de los cuidados aparece como una apuesta para el sostenimiento de la vida desde distintos laboratorios sociales latinoamericanos que, durante las últimas décadas, han podido satisfacer de manera autosuficiente sus necesidades concretas. En Debates picantes de los feminismos populares: Estado y autonomía (2021), los(as) autores(as) reflexionan alrededor de estrategias colectivas, autónomas y autogestionadas que demuestran la necesidad de comprender que vivimos en un sistema planetario interconectado, donde la supervivencia de una especie depende de la interacción con otras (Díaz Lozano y Torno, p. 66). De esta manera, la cooperación y la articulación de los esfuerzos colectivos se convierten en una lucha cotidiana que supone tensiones y confrontaciones con lógicas hegemónicas y, en este sentido, una apuesta antisistémica y poscapitalista (p. 98).

Según Draper (2018), no se puede perder de vista la dimensión global de los cuidados, lo que implica abarcar la malla de relaciones interdependientes de la vida cotidiana que posibilita la vida social (p. 168). Desde la propuesta colectiva del cuidado surgen los comunes que se oponen a las lógicas de un sistema-mundo individualizante y disgregado, acentuadas en los entornos urbanos. El término guarda un profundo nexo con el hacer y se puede encontrar en distintos trabajos que abordan el hacer en común, que va más allá de las cooperativas y organizaciones de orden estatal y se concentra en la comunalidad como una práctica de hacer en común y hacer lo común, en el terreno público (Cabnal, 2010; Federici, 2013; Ulloa, 2016). Esta última valoración es crucial puesto que, aquí, la Paca Digestora Silva se entiende como una apuesta por el cuidado colectivo, en oposición a las lógicas capitalistas y hegemónicas que se ven representadas por el relleno sanitario neoliberal; se propone, más bien, una construcción común que demuestra la necesidad de la colectividad para la supervivencia.

En esta misma línea, en las experiencias de los comunes, el cuidado está impregnado por la praxis. Esto resulta muy similar a la propuesta de Trevilla Espinal et al. (2020), quienes exponen el vínculo entre la agroecología y el cuidado de la vida, el cual implica “acciones, procesos y prácticas concretas que se realizan para con otras personas, pero también para con los seres vivos y los ecosistemas que revitalizan los territorios” (2021, p. 59). Al respecto, Tatiana Ome (“An ethnography of Bogotá’s ecobarrios…”, 2017) explica la construcción de los ecobarrios en Bogotá como un proyecto político auspiciado por la alcaldía de Antanas Mockus (2001-2003), en un punto de tensión entre las políticas neoliberales y el Memorando de Estocolmo (2011). La autora presenta al ecobarrio como una porción del territorio urbano donde se gestan distintas prácticas de cuidado en la esfera colectiva. Entre ellas se destaca, por su relación con la paca, la buena disposición de los desperdicios que realiza la comunidad y su aprovechamiento para abonar los huertos urbanos y la creación de comunidades basadas en la autosuficiencia.

Esto mismo también se explora en el texto de Ossa Carrasquilla y Rivera Espinosa (2017). Los autores analizan las experiencias didácticas que pudieron acompañar en entornos educativos de México y Colombia con relación a la Paca Digestora Silva. Abordan una premisa que Guillermo Silva, creador de esta alternativa, menciona constantemente en sus investigaciones y encuentros pedagógicos para la enseñanza de esta práctica: “Con el método de la paca biodigestora se dignifica el trabajo del reciclador y se resuelve de manera eficaz el problema causado por los residuos orgánicos que producimos diariamente” (2017, p. 86). En efecto, las pacas promueven una investigación-acción transdisciplinaria atravesada por un paradigma crítico sobre los efectos del relleno sanitario y la necesidad de involucrarnos directamente en los problemas socioambientales y contribuir activamente a su solución.

Por su parte, el libro Ecología política de la basura. Pensando los residuos desde el sur hace un llamado urgente a Latinoamérica:

Las soluciones no son sencillas y evidentemente NO requieren aproximaciones tecnológicas; requieren decisión política soberana desde los tomadores de decisiones en los Estados nacionales, pero también y de manera especial, requieren una ciudadanía activa que rechace este perverso y aberrante modelo lineal y que sea parte de la construcción de otras formas de vivir saludables, soberanas, solidarias y reparadoras del metabolismo social. (Sóliz T, 2017, p. 48)

Esto nos conduce a retomar la perspectiva interseccional de la EPF para considerar la basura como el resultado material de la fisura humano-naturaleza y complejizar aún más el debate sobre la agencia desigual que tienen pobres y ricos con relación a ella. En efecto, a mayores ingresos per cápita, mayores índices de producción de basura, así como los territorios con mayor “desarrollo” generan mayor cantidad de residuos (Sóliz, 2017, p. 34). Esta fisura es ante todo metabólica: se da por la incapacidad del planeta de reabsorber los residuos generados por los humanos, los cuales pierden su capacidad de reintegrarse a los procesos biológicos y se convierten en basura. Esto sucede, en gran medida, por la sobreproducción de desechos, directamente proporcional a la producción de bienes en la actual sociedad de consumo. No obstante, la dimensión de la crisis de la basura alcanza un nivel aún más problemático en las sociedades del sur global, donde pululan los fracasos en la gestión de desperdicios (Millington y Lawhon, 2018, p. 1047).

Las particularidades o vectores conceptuales que caracterizan a los modelos de gestión de residuos en esta parte del planeta engendran, a su vez, a los humanos residuales (Bauman, 2005), categoría que se refiere a los actores de la economía del reciclaje informal frecuentemente percibidos como gente sucia y peligrosa que desordena el espacio público (Sóliz, 2017, p. 41). A escala global, los recicladores informales suelen conformar minorías marginales frecuentemente expuestas física, química y biológicamente a agentes externos que representan diversos riesgos para la salud. A estas condiciones se encuentran sometidas las personas que conviven con los emporios neoliberales de rellenos sanitarios bogotanos mencionados. Ahora bien, la ecuación se hace todavía más potente cuando se adopta el enfoque dialéctico de la naturaleza, que permite dilucidar la interdependencia de las relaciones sociales y la ecodependencia de estas con la naturaleza (Bellamy Foster, 2020).

De la misma manera en que los recicladores de oficio formales e informales contribuyen a una mayor recuperación de residuos en este lado del hemisferio (Fazakerley et al., 2013), también inciden de forma directa en la amortiguación de los impactos de la contaminación en las zonas de sacrificio neoliberal. Lo anterior permite afirmar que estos humanos residuales son salvaguardas del derecho a un ambiente sano para toda la sociedad. Sin embargo, ¿quién se está haciendo responsable de sus derechos, si comúnmente son personas excluidas de los sistemas de seguridad social, o que poseen pocos recursos económicos y terminan por asumir el reciclaje como una salida a la precarización de la vida cotidiana? Frente a este estado de cosas resulta imperativo develar las condiciones reales de la fisura metabólica y, por esto, se aborda la experiencia de las Pacas Choquenzá como una ruta práctica de enorme envergadura, que hace parte de una revolución silenciosa que ha llegado a México, Canadá, Guatemala y España, entre otros países.

La resignificación de los desperdicios en la experiencia de las Pacas Choquenzá

El 5 de marzo de 2019 la Paca Digestora Silva llegó al barrio Niza Antigua como parte de una serie de talleres que estaban impulsando una alianza entre la Cátedra de la Unesco para el Desarrollo Sostenible, la Universidad de La Salle, la Universidad Nacional de Colombia, la Uniminuto y la Universidad del Rosario, con el fin de dar a conocer esta técnica para el aprovechamiento de residuos en cuatro sectores estratégicos de la ciudad. Decidí ir al punto de encuentro por invitación de una tía que suponía mi interés en el taller porque, en ese entonces, me había tomado el jardín de su casa para hacer un huerto. Yo conocía muy poco de plantas, y sigue siendo para mí un universo infinito e inabarcable, y mucho menos de las técnicas de compostaje. Pero justamente ese desconocimiento me movilizó para aprender algo nuevo. Algo que ha marcado y moldeado mi forma de entender las relaciones tácitas entre el RSDJ y nuestras prácticas cotidianas.

El taller fue dictado por Guillermo Silva, creador de la Paca Digestora Silva en la década de 1980, la misma época del auge y la propagación de los rellenos sanitarios en Latinoamérica. Recuerdo muy bien sus palabras. También su capacidad innata de enseñar y contagiar a las personas con un amor especial por lo que él denominaba “el movimiento paquero”. Esta certeza nos convirtió a mí y a otros vecinos en activistas de esta técnica. Esa tarde Guillermo habló de las basuras y de cómo estas representan un reto ecológico para las sociedades humanas. Nos contó que los rellenos sanitarios no brindan ninguna solución a la gestión de los residuos y que, más bien, esconden esa basura que no queremos mirar. Preguntó si alguna vez alguno de nosotros había ido a Doña Juana a ver las miles de bolsas de colores que nosotros, con nuestros consumos, estábamos contribuyendo a dejar en ese lugar tan alejado de los sectores privilegiados de la ciudad.

También mencionó que las pacas permiten la reabsorción de los nutrientes en el suelo. Ese suelo que, ante las formas desproporcionadas de explotación de la tierra, cada vez es menos fértil. La reabsorción sucede porque con las pacas se busca replicar lo que pasa de manera natural en un bosque, donde los procesos de descomposición son facilitados por la presencia de microorganismos que aceleran la reintegración de los micronutrientes dentro de un nuevo ciclo biológico. Es así como dicha técnica permite el restablecimiento de los vínculos con la tierra, pues recuerda la ciclicidad de los procesos biológicos y contribuye a retornar a las condiciones reales de vida donde la naturaleza recupera su lugar fundamental y deja de ser un ente subordinado a las necesidades humanas.

Sin embargo, debo empezar por lo elemental, que es explicar cómo funciona la paca. Quizá la forma más sencilla de entenderla es imaginando que, una vez se realiza, su resultado guarda una profunda similitud con la forma de la lasaña, constituida en este caso por distintas capas de residuos de origen vegetal y doméstico en una estructura cuadrada de 1 m2 por cada lado. En la primera capa, que es la que tiene contacto con el suelo, deben ponerse palos y ramas de forma paralela hasta cubrir toda el área interna de la estructura. Esto con el fin de permitir el buen filtrado de los líquidos que resultan de la descomposición de la materia orgánica. Luego, se vierte una segunda capa compuesta por poda y hojarasca que recubre la primera capa y se dispone principalmente en el borde de la estructura, para dejar un espacio medianamente vacío en el centro.

Este espacio se denomina “el nido”, que, como el de los pájaros, acoge los restos de nuestros alimentos y les permite ser resignificados mediante una fermentación anaeróbica donde participan diversos microorganismos, la lluvia, el sol, el viento y lxs paquerxs que cada ocho días nos reunimos para repetir este proceso. Los desperdicios que se vierten en el nido deben ser idealmente machacados previamente, o bien, se machacan con palas una vez entran en la paca, con el fin de facilitar el proceso fermentativo que concluye con el apisonamiento de una última capa, compuesta por poda y hojarasca. Una vez se vierte en el molde, unx o varixs paquerxs, entran a la estructura para apisonar todas las capas, utilizando el peso de su propio cuerpo para sacar todos los restos de oxígeno que naturalmente prevalecen entre los residuos. En ese sentido, la paca es una amalgama de múltiples formas de vida que se reúnen y colaboran entre sí para facilitar la transformación de la materia.

También es un camino para la dignificación de la labor de los recicladores de oficio, que trabajan en la zona gris entre la informalidad y la formalidad laboral. En ambos casos, se trata de personas que entran en contacto directo con las bolsas de los desperdicios, mal separados y, con frecuencia, en estado de putrefacción. Desde luego, no es coincidencia la relación de subordinación de este grupo en la sociedad capitalista. Tampoco es casual la grieta metabólica que representa la basura. Por ende, esta comunidad, que tuvo que enfrentarse con sus propios desperdicios desde la autogestión y la ausencia de alicientes económicos, encarna una lucha poscapitalista y nos invita tomar conciencia sobre la responsabilidad colectiva que tenemos para la preservación de la vida en el planeta, incluyendo las vidas de esas categorías residuales dentro del sistema capitalista. También, que esta responsabilidad nos compete a todos, aunque seamos parte de una porción “privilegiada” dentro la sociedad.

Pero, para hablar de la construcción de las pacas como un bien común, es necesario mencionar las tensiones y altibajos que caracterizan a estos procesos comunitarios. En efecto, la aparición de este movimiento en el barrio tras la visita y la elaboración conjunta de la primera paca, junto a Guillermo Silva, dio lugar a una tensión entre personas que querían adoptar y seguir replicando esta técnica en los parques del humedal y otras que se oponían a su implementación. Este fue mi primer choque con la realidad de los procesos comunitarios, usualmente atravesados por dinámicas de confrontación, divergencias, malentendidos e incluso acciones para evitar el enraizamiento de este sistema. En mis conversaciones y mis años de acompañamiento al proceso paquero comprendí que, a pesar de nuestras diferencias en el accionar, teníamos una búsqueda en común. Pero faltaba dialogar, un espacio para la escucha y el intercambio de ideas, que estuvo ausente por varios meses, porque humanamente nos cuesta mirar a la cara a esa diferencia que nos incomoda.

Tardé más de dos años en comprender la otra mirada, la que prefiere pensar que los parques son espacios prístinos, que nada ni nadie puede perturbar las formas de vida preexistentes en el humedal, que los residuos son lo mismo que la basura y que hacerse cargo de ellos es competencia de las empresas de aseo y de otras personas. No puedo afirmar que estos motivos incluyen el sentir absoluto de las voces disidentes. Tampoco puedo negar que estas premisas están llenas de matices. Solamente es posible asegurar que se trata de sentires subjetivos que, de una u otra manera, deseaban el cuidado y bienestar del espacio amado. Efectivamente, eso que para mí era tan elemental, certero e irrefutable, para muchos vecinos representaba un riesgo para su salud y una degradación del ecosistema. Sin darme cuenta, las pacas me habían integrado en el “movimiento paquero”, que me impulsó durante varios meses a pasar por alto las lógicas barriales preexistentes.

A pesar de esto, las pacas habían creado una comunidad que se mantuvo resiliente y buscó integrar ideas opuestas y abrir espacios de diálogo para que todos los puntos de vista tuvieran un lugar en el hacer. En noviembre de 2019, luego de varios meses de pugnas a favor y en contra de la paca, y de que yo hubiera abandonado el proceso, se abrió una mesa de concertación con algunos integrantes de la Junta de Acción Comunal (JAC), el Acueducto de Bogotá y los paqueros que anhelaban la reproducción de esta técnica. Como resultado, se escogió un nuevo sitio dentro del humedal para retomar el proceso, con la aprobación y disposición de escucha de una porción más amplia de la comunidad. “Se comunicaron los temores, se resolvieron inquietudes alrededor de la técnica y se realizó una primera paca con una presencia más plural dentro del humedal a finales del año 2019” (entrevista, 2022), recuerda una vecina.

En ese momento fueron menos de diez personas las encargadas de sostener este proceso, pero su constancia ha tejido una comunidad que crece con el pasar de las semanas. En palabras de Patricia, una mujer clave en todo el proceso de las pacas, “la mejor forma de enseñanza y aprendizaje es el hacer” (entrevista, Patricia, 2022). Para ella, lo que realmente posibilitó la resolución del conflicto sobre las pacas fue la constancia de los encuentros paqueros, que han permitido replicar varias veces su proceso de elaboración. Patricia hace parte de la comunidad paquera del humedal Córdoba, que hoy en día cuenta con más de setenta miembros en un chat de WhatsApp que se emplea para planear, reportar y hacer seguimiento a las pacas. Por este medio se establece una comunicación permanente entre los integrantes de la comunidad para reportar novedades alrededor de los encuentros que se realizan semanalmente.

Estos encuentros tienen lugar los sábados y domingos hacia las 10 a. m., pero es común que los paqueros coordinen por chat la distribución de algunas labores, como la recolección de las bolsas de poda o el conteo de los kilogramos de residuos que se depositan en la paca. Las bolsas de poda son el resultado de la acción de la Uaesp, que presta el servicio de corte de césped cada una o dos semanas, según la temporada del año, y es vital para la correcta elaboración de la paca, porque la mitad del material orgánico que se deposita corresponde a residuos de origen vegetal. En este caso, la totalidad de material vegetal que ingresa a la paca son la poda, las ramas y la hojarasca que se encuentran en el humedal. Además, es muy importante llevar el conteo de los kilos depositados, puesto que la cantidad de residuos domésticos que el sistema soporta es 250. Superado este límite, la degradación y la acción de los microorganismos se hace más lenta.

Muchas personas se han acercado a las pacas por simple curiosidad, como Paty y Mercie, quienes llevan más de cincuenta años viviendo en el barrio Niza Antigua, sector que se ha caracterizado por albergar a familias enteras a lo largo de varias generaciones. Madre e hija se reúnen con el grupo paquero los sábados y también aprendieron a hacer pacas. “Un día, caminando por el humedal, nos enseñaron qué era el proceso de la paca, con una cajita [se refiere a la estructura cuadrada de madera] en donde se disponen los residuos orgánicos en capas” (entrevista, Paty, 2022). Paty es muy consciente de la cantidad de residuos que se genera en una casa, dentro de los que predominan los orgánicos. También sabe que, si no hiciera su paca, dichos residuos irían a parar al RSDJ y allá se convertirían en basura. Por esto se puede afirmar que las pacas permiten una resignificación de los residuos: “no estamos botando esos residuos orgánicos a la basura. No los mandamos a Doña Juana, sino que los traemos acá. Los reciclamos naturalmente y estamos haciendo tierra para alimentar el suelo […] y también esa tierra que poco a poco se va transformando en un abono nos ayuda para las maticas” (entrevista, Mercie, 2022).

También ha sido un escenario de encuentro con integrantes de la comunidad que anteriormente no se conocían. Ahora nos saludamos, entablamos conversaciones cercanas y cada cierto tiempo hacemos un “compartir paquero”, cuyo propósito es integrar a las personas, de diferentes gustos y edades, que se reúnen para realizar las pacas y, de paso, compartir alimento, despedir a alguien o efectuar alguna recolecta. El encuentro más reciente se hizo en diciembre de 2022 y tuvo como finalidad recolectar alimentos para Einer, un fiel visitante de las pacas que no vive en el barrio, pero que lo habita vendiendo bolsas de basura, su principal medio de sustento. Einer es un trabajador incansable que llegó a Bogotá desplazado por la violencia de Buenaventura, el puerto más grande del país, y, también, el epicentro de una región asediada por la violencia de distintas bandas criminales que se disputan el control territorial. Ahora la paca lo integró en una comunidad que le ha permitido “conocer otras formas de manejar los desperdicios” (diario de campo, Einer, 2023), como él mismo dice. Por temporadas dejamos de verlo, y esa es la magia de la paca: por momentos integra, pero también muta, como sus paqueros.

Desde hace un par de meses la comunidad ha crecido al margen del espacio delimitado por el barrio a raíz de la creación del perfil de Instagram que, desde entonces, se autodenominó Pacas Choquenzá, del muysca Tchok en zha: terreno no agrícola o no cultivable, lodazal o humedal. Esta alusión a la lengua de los antiguos habitantes del altiplano cundiboyacense le confirió una nueva identidad a la experiencia comunitaria, pues denota el reconocimiento colectivo de las características endémicas de un territorio colmado por humedales y lagunas (González Angarita, 2018, p. 26). Instagram también ha permitido explorar nuevos lenguajes que han sido de gran utilidad para dar a conocer los rostros de lxs paquerxs y visitantes de las Pacas Choquenzá. Adicionalmente, esta plataforma ha vinculado distintos procesos originados en aulas de clase, que recuerdan la relación intrínseca de las pacas con experiencias de educación y pedagogía (Rivera Espinosa y Ossa Carrasquilla, 2017).

A raíz de estos encuentros y su publicación en el perfil, se han acercado otros estudiantes para la realización de investigaciones encaminadas a la visibilización del humedal y sus particularidades ecosistémicas. La comunidad paquera ha participado activamente en las movilizaciones de la comunidad Defensores del Humedal, cuyo propósito es la protección del humedal y sus múltiples formas de vida. También, algunxs paquerxs hemos brindado nuestro apoyo al grupo Diálogos Niza Huertas, motivadxs por crear una huerta comunitaria en uno de los parques del barrio y alimentar los cultivos con el abono de la paca. Sin embargo, así como ha sucedido con nuestro proceso, la pugna constante por adoptar o descartar esas formas del hacer que suelen estar relegadas a otros sectores de la sociedad, lejos de las condiciones de base del “privilegio” en Niza, deja en suspenso el deseo de habitar el territorio urbano de una manera poscapitalista.

La comunalidad, una apuesta poscapitalista para el sostenimiento de la vida: interpretación de los resultados

Mientras escribo estas palabras, se ha vuelto a abrir el debate sobre la continuidad del proceso de las Pacas Choquenzá bajo el alegato inicial de que generan infestación de ratas y plagas. Asimismo, algunos vecinos han puesto sobre la mesa la actualización del Plan de Ordenamiento Territorial (POT) que comenzó a regir desde agosto de 2022, y la Paca Digestora Silva no corresponde con ninguna de las actividades caracterizadas en dicho documento. Esta situación evidencia la naturaleza cambiante y llena de altibajos de las apuestas por lo común. Pero, a pesar de estos intentos por disolver lo construido, la comunidad paquera se mantiene activa en su constancia por el hacer. Precisamente la germinación de una comunidad que resiste y apoya el cuidado del ecosistema es uno de los puntos cruciales de la comunalidad. “La parte más bonita de las pacas es […] la comunidad porque alrededor de esta paca nos reunimos los vecinos. Hacemos nuevas amistades y nos conocemos, porque a veces uno se saluda con el vecino y no sabe quién es. Entonces esa es otra ventaja de las pacas… hacer comunidad, conocernos y cuidar el planeta” (entrevista, Paty, abril de 2022).

Aquí es importante destacar la contribución permanente de las pacas a la creación de una comunidad múltiple, caracterizada por diversos puntos de vista, formas de vivir y distancias generacionales: “[con las pacas] se ha venido desarrollando un proceso maravilloso donde se han ido incorporando diferentes entidades, diferentes personas, diferentes culturas… bienvenida la diversidad y el derecho a la igualdad” (entrevista al sargento Diego, mayo de 2022). Esto ha posibilitado la apertura de la noción de lo comunitario a procesos que no son unívocos ni lineales, lo que les permite desligarse de los discursos idealistas y esencialistas (Vega Solís, 2018, p. 113). Ahora bien, en un mundo mediado por los paradigmas del capitalismo, las lógicas barriales también están permeadas por la individualización y la fragmentación que lo caracterizan (Navarro Trujillo, 2018, p. 150). En efecto, la experiencia de las Pacas Choquenzá tampoco se escapa de los desencuentros comunitarios y el modo de accionar impregnado por la búsqueda del bienestar propio.

Sin embargo, la puesta en común ha permitido superar “la fantasía de la individualidad” que surge por la negación de las relaciones de interdependencia y ecodependencia que operan de forma permanente. A propósito, el caso de estudio pone en evidencia los nexos permanentes entre las relaciones humanas y no humanas que sostienen la vida, cuya preexistencia es una condición material de la historia de vida de la humanidad (Navarro Trujillo, 2018, p. 154). Siguiendo esta misma línea, Caffentzis y Federici (2013) afirman que el “producir común es el principio mediante el cual los seres humanos han organizado su existencia durante miles de años” (p. 29). Partir de esta consideración permite situar el modelo hegemónico capitalista como un fenómeno que puede ser superado y trastocado. En palabras del sargento Diego: “debemos tener en nuestro corazón la semilla de conciencia. Podemos renovar, podemos ayudar a detener ese proceso de desgaste de la tierra, del planeta” (entrevista, mayo de 2022).

No obstante, el cercamiento sigue siendo una amenaza, por las presiones permanentes de algunos vecinos imbuidos de un capitalismo latente en sus formas de relacionarse con el entorno. Los parques, así como los distintos tipos de paisajes, son escenarios producidos históricamente para ciertos fines y utilidades. Por ello, cuando los paisajes se escapan de los usos preestablecidos se convierten en “zonas grises”, o bien, espacios por fuera del mercado y el Estado (Composto y Ouviña, 2009, p. 14). Dicho esto, los comunes guardan profundas similitudes con el activismo político, pero no se relacionan de forma directa con ninguna ideología política ni institución. Justamente, este ímpetu activista del “movimiento paquero” es lo que ha mantenido vivo el proceso. Pero su existencia no está mediada por organizaciones de ningún tipo, sino por formas de organización propias y autogestionadas.

Desde esta perspectiva, aunque las ciudades son territorios donde se profundiza la precarización de la vida, también pueden llegar a ser espacios donde se subvierten las condiciones de crisis multisistémica. Para Amaia Pérez Orozco (2019), es necesario nombrar la crisis con una particular profundización en el sur global, donde los desplazamientos masivos de la población por causas ambientales y políticas, y el auge de regímenes extractivistas que precarizan y atacan a la vida de forma directa son características generalizadas. La identificación de la incomodidad compartida puede ser el escenario para no repetir, pero también para abrazar y aprender desde la pérdida, configurando narrativas que sean capaces de nombrar y desentrañar el problema desde su origen. Por lo tanto, el conflicto socioambiental que se vive a diario en Doña Juana, al igual que en otras zonas de sacrificio neoliberal, debe interpelar e incomodar. Solo así se puede hablar de lo común como una ruta para cuidar y reproducir la vida.

En esa misma línea, la paca ha generado conciencia sobre el RSDJ y la importancia de aprovechar los residuos orgánicos en Bogotá que, al igual que otras ciudades del sur global, genera una mayor carga de este tipo de residuos (Anzola Parra, 2015). “Doña Juana está entrando en una etapa dietética, medio chiquita, pero estamos contribuyendo para que no se le sigan llevando más residuos”, afirma Patricia (diario de campo, Patricia, abril de 2022). Por ende, la realización de las pacas ha puesto de manifiesto la necesidad de responsabilizarse de los propios desechos y asumir las cargas inequitativas de los cuidados, que recaen sobre una parte de la población. A esta iniciativa se le deben sumar los más de doscientos grupos de paquerxs que se reúnen de forma autogestionada alrededor de Bogotá. Esto permite evidenciar que la experiencia de las Pacas Choquenzá hace parte de una red comprometida con mitigar el impacto de los residuos orgánicos en Doña Juana.

De la mano de esta afirmación se puede decir que las pacas contribuyen a pensar en el derecho a un ambiente sano no como un privilegio, sino como un mínimo necesario para la reproducción de la vida (Draper, 2018, p. 185). “La recuperación es el objetivo principal de nosotros, para devolverle a este humedal la recuperación de su manto [vegetal], porque estaba muy deteriorado en esta zona” (entrevista, Patricia, 2022), afirmó Patricia en una conversación que tuvimos en 2022 sobre la misión de cuidado del ecosistema que tiene la comunidad paquera. Si bien aún no se han realizado estudios que comprueben la reducción de la carga ambiental en Doña Juana a causa de la proliferación de pacas en la ciudad, es un hecho que estas movilizaciones autogestionadas han dado lugar a conversaciones con la institucionalidad para implementar nuevos mecanismos y prácticas ambientales desde las políticas distritales (Castiblanco Herrera, 2020). Sin embargo, vale la pena recalcar que, en el barrio Niza Antigua, las pacas han contribuido a defender el humedal mediante el reconocimiento de su valor ecosistémico.

Esto sucede porque las pacas permiten la apertura de “nuevos imaginarios de apego a la materialidad de la tierra y de los cuerpos” (Vega et al., 2018, p. 33), postulado que remite a la premisa de las interconexiones entre el cuerpo y el territorio dentro de las geografías urbanas. La comunidad paquera ha asumido el cuidado del humedal y, en el camino, ha ido surgiendo una nueva forma de habitar la ciudad, desde una corresponsabilidad con su futuro ecológico.

Esta paca que ha surgido en muchos barrios ayuda bastante a alimentar la vegetación. Nosotros tenemos que seguir el proceso de la vida que se vuelve otra vez a rehabilitar [por la intermediación del proceso]. Se fertiliza la tierra y [con ella] a estos árboles tan bonitos que tenemos nosotros acá. (Entrevista a Mercie, abril 2022)

Es un hecho que un motor esencial para la pervivencia del proyecto es la afectividad ambiental por el humedal. Este “enlazamiento afectivo entre membranas diversas que se tocan” (Giraldo, 2020, p. 24) permite imaginar una suerte de ética ambiental que disuelve las dicotomías sujeto-objeto y humano-naturaleza y nos recuerda que somos pieles integradas y parte de un todo.

Esto nos conduce a proponer las pacas como una alternativa poscapitalista al descentramiento de la lógica económica, la racionalidad calculadora y el individualismo competitivo (Gibson-Graham, 2011, p. 411). En efecto, la protección de este bien común partió de una suerte de “ontología de la desorganización” de elementos desarticulados que reconocieron su interdependencia relacional. Ahora los individuos vinculados afectivamente por el cuidado del terreno común de las pacas se organizan en torno a la gestión voluntaria, en ausencia de alicientes económicos. Dicho de otra manera, en las relaciones y el hacer en común que han derivado de los encuentros paqueros, la intermediación monetaria es inexistente, con lo cual se demuestra su capacidad de trascender el capital (Navarro Trujillo, 2018, p. 157). Vale anotar que este trabajo voluntario está directamente ligado a la pertenencia a un sector económicamente favorecido de la ciudad y al uso del tiempo libre para la activa participación en los encuentros paqueros.

De todos modos, esta misma particularidad le confiere al proceso de las Pacas Choquenzá un sello distintivo que vuelve a traer a colación el impacto de esta técnica en una colectividad cuyas condiciones de base no incluyen la carencia y que además reconoce las múltiples crisis actuales: “el planeta está atravesando un momento crítico del cual somos, en gran medida, responsables. Pero esta conciencia nos invita a accionar en el ahora” (entrevista a Martha, enero de 2023). Dicho esto, la vulnerabilidad ambiental se convierte en la semilla para pensar distintas posibilidades de vida en las ruinas del capitalismo. En palabras de Anna Tsing, “solo la conciencia de la precariedad actual como fenómeno global nos permite observar esto: la situación de nuestro mundo” (2021, p. 23). Es necesario volver a poner la vida en el centro, pero para encontrarla debe brotar nuevamente en nosotros la curiosidad por procesos múltiples, conflictivos y cambiantes que se asientan en la búsqueda del cuidado relacional con seres humanos y no humanos y que, de esta manera, contribuyen a reproducir la vida misma.

Las pacas son la manifestación de un mundo en ruinas. Nos obligan a mirar nuestros desechos, contradicciones y maneras aprendidas de privilegiar el bienestar propio sobre el bien común. Las pacas se transforman permanentemente bajo la acción silenciosa de los microorganismos, la lluvia, el sol, el viento y la comunidad paquera. Esta última también cambia al despedir gente, recibir nuevos integrantes y encontrar los mejores métodos para subsistir. No obstante, es probable que este proceso, así como sucede con las pacas, llegue a una inminente desintegración. Aceptarlo es también entender la interconexión entre el cuerpo y el territorio. Comprender que, como cuerpos, somos una amalgama de vida que requiere de estas mutaciones para seguir existiendo. Que nuestra existencia depende de la vida del territorio. Si el territorio se deteriora, nuestra salud se quebranta. Por ende, en este mundo en ruinas, es necesario que vuelvan a aparecer esas conexiones aparentemente invisibles, develar los acuerdos tácitos que tenemos como sociedad ante la basura y entenderla como el espejo profundo del capitalismo (Barreda, 2017, p. 98). En esta medida, las pacas son una apuesta poscapitalista en tanto rompen con la escisión estructural humano-naturaleza, pues propician la resignificación de nuestros residuos y desentrañan la naturaleza de la que estamos hechos.

Conclusiones

En el transcurso de este artículo he delineado una serie de características de la sociedad capitalista actual para mostrar la interseccionalidad que atraviesa a los cuerpos y los territorios en un contexto de crisis multisistémica. En el análisis busqué establecer una interrelación entre el cuerpo y el territorio, postulado de una ecología política feminista que reconoce los saberes ancestrales de Abya Yala y las lógicas de interdependencia y ecodependencia dentro del sistema planetario. Así, quise hacer una aproximación a las condiciones que propiciaron la construcción del mayor emporio de basuras de Colombia, el relleno sanitario Doña Juana, ubicado en los límites periurbanos de Bogotá. A partir del caso, analicé las condiciones de degradación y sufrimiento ambiental que resultan de las zonas de sacrificio neoliberal para exhibir e incomodar al lector con las realidades que subyacen a este conflicto socioambiental.

Como contraparte, abordé distintos casos e iniciativas asentadas en la búsqueda del cuidado del terreno común, entre las cuales se destacan el proyecto de los ecobarrios y las experiencias de resistencia de colectivos y comunidades en América latina. Esto me dio pie para definir las características de la comunalización de los cuidados y la búsqueda del hacer en común por la intermediación del sistema de la Paca Digestora Silva. Para tal fin, realicé una aproximación al caso de estudio del humedal en donde el proceso Pacas Choquenzá ha incidido en la producción de lo común en el barrio Niza Antigua. La etnografía, como herramienta metodológica, me permitió exponer las voces de varixs paquerxs que han logrado sostener este proceso, a pesar de los obstáculos que han surgido, y siguen surgiendo, en el camino.

A partir de lo anterior, relacioné las dinámicas y particularidades de este caso de estudio con la teoría que se ha venido desarrollando, cada vez con mayor ímpetu, alrededor de los comunes y la comunalidad. Esto me permitió mostrar que estos proyectos sobreviven en el hacer y evolucionan en la conflictividad. No obstante, resulta imperativo exponer estas experiencias como caminos posibles y alternativos en medio de un mundo en ruinas. También es necesario comprender que en el presente conviven múltiples manifestaciones de vida y muerte en un mismo momento y en un mismo lugar, por lo cual las rutas de la resignificación de todo lo existente pueden ser una herramienta excepcional para cocrear otras realidades poscapitalistas.

Pienso que en la medida que nos oigamos, nos reconozcamos en la diferencia y repensemos cómo construir diálogos pensantes, sintientes, y respetuosos, podremos seguir juntando hilos desde donde estemos, toda vez que intencionalicemos nuestras acciones de manera coherente contra los patriarcados y contra las hegemonías que nos circundan en nuestro propio cuerpo, en la cama, la comunidad, la calle, la ciudad y en el mundo. (Cabnal, 2010, p. 25)

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Notas

* Este artículo se deriva de mi trabajo de grado para la Maestría en Estudios sobre Sustentabilidad, Universidad de los Andes (Colombia). Las personas entrevistadas durante la etnografía dieron su consentimiento para compartir su experiencia paquera en el humedal Córdoba.

** Magíster en Estudios sobre Sustentabilidad, Universidad de los Andes (Colombia). s.otalora11@uniandes.edu.co