Familia, raza y propiedad. Miradas románticas del paisaje del exilio en La familia del Comendador de Juana Manso

Family, Race and Property. Romantic Views of the Landscape of Exile in La familia del Comendador by Juana Manso

Família, raça e propriedade. Vistas românticas da paisagem do exílio em La familia del Comendador de Juana Manso

 

Graciela Batticuore*

Universidad de Buenos Aires / Conicet, Argentina

 

http://dx.doi.org/10.25025/perifrasis202617.37.02

 

Fecha de recepción: 5 de junio de 2025

Fecha de aceptación: 1 de septiembre de 2025

Fecha de modificación: 10 de septiembre de 2025

 

Resumen

En 1854 se publica en Buenos Aires una novela de Juana Manso que, tras su aparición, tuvo escasa difusión hasta las ediciones recientes de los últimos años. Se trata de La familia del comendador, publicada originalmente en lengua portuguesa, primero en Río de Janeiro y luego en Buenos Aires. La obra ofrece una mirada crítica sobre los vínculos sociales, la propiedad de la tierra y el colonialismo aún vigente en América Latina, desde una perspectiva igualitaria, laica, feminista y romántica. Esta propuesta se desarrollará poniendo la novela en diálogo con otros repertorios literarios y visuales de su tiempo, e indagando en su resonancia con narrativas contemporáneas que —como hizo Juana Manso en esta obra— imaginan salidas utópicas a los conflictos que acarrean los ideales progresistas en América.

Palabras clave: naturaleza, esclavitud, romanticismo, feminismo, Latinoamérica, siglo xix, Juana Manso, progreso

 

Abstract

In 1854, a novel by Juana Manso was published in Buenos Aires, but it received little subsequent circulation until recent editions in recent years. It was La familia del Comendador, originally published in Portuguese, first in Rio de Janeiro, then in Buenos Aires. The work offers a questioning look at social ties, land ownership, and the colonialism still prevalent in the Americas, from an egalitarian, secular, feminist, and romantic perspective. We will develop this proposal by aligning the novel with other literary and visual repertoires of its time and exploring its resonance with current narratives that —as Juana Manso did in this novel— imagine utopian solutions to the conflicts that progressive ideals bring with them in the Americas.

Keywords: nature, slavery, romanticism, feminism, Latin America, 19th century, Juana Manso, progress

 

Resumo

Em 1854 foi publicado em Buenos Aires um romance de Juana Manso que teve pouca circulação posterior, até as edições recentes dos últimos anos. Esta é La familia del Comendador, publicada originalmente em português, primeiro no Rio de Janeiro, depois em Buenos Aires. A obra oferece um olhar questionador sobre os laços sociais, a propriedade da terra e o colonialismo ainda em vigor na América, a partir de uma perspectiva igualitária, secular, feminista e romântica. Desenvolvese esta proposta sintonizando o romance com outros repertórios literários e visuais de sua época, e investigando a ressonância com narrativas atuais que —como fez Juana Manso neste romance— imaginam soluções utópicas para os conflitos trazidos pelos ideais progressistas na América.

Palavras-chave: natureza, escravidão, romantismo, feminismo, América Latina, século XIX, Juana Manso, progresso

1. Madres déspotas del patriarcado

La familia del Comendador es la novela menos conocida de Juana Manso. Publicada como folletín, primero en la prensa brasileña y luego en la argentina, su trama presenta una utopía antiesclavista que denuncia las redes de dominación racial, de clase y de género en América, al tiempo que cuestiona los ideales progresistas del siglo xix. El argumento se desarrolla en una hacienda familiar ubicada en Botafogo, en las afueras de Río de Janeiro, donde una matrona entrada en años asume el legado patriarcal tras enviudar.

En esta obra, sin embargo, la ley materna no se corresponde con las bondades típicas del “ángel del hogar”, sino que encarna en la figura de una madre déspota, embrutecida y monstruosa, que gobierna sometiendo por igual a hijos y esclavos con tal de resguardar un caudaloso patrimonio. Lo que importa es “perpetuar la riqueza en las familias” (Manso 18), declara la protagonista en una conversación con su nuera —esposa del Comendador y fiel heredera de un linaje femenino de mano dura—, rasgo que se manifiesta en múltiples escenas.

Al comienzo de la historia, en el capítulo v, las dos mujeres planean casar a la nieta con un tío cincuentón y demente, para asegurar que la herencia permanezca en la familia si este muere. No les importa sacrificar los sentimientos de la joven, pues la endogamia es la lógica que garantiza la conservación de las riquezas dentro del clan. Manso ilustra así, de manera elocuente, cómo la madre déspota reproduce antiguas estructuras patriarcales que utilizan a las propias mujeres como instrumentos de subordinación.

2. Matrimonios sin amor o la educación a palos

La historia avanza, a partir de este punto, en torno a los matrimonios y los intereses, un tema también recurrente en las novelas europeas del siglo xix. Es sabido que esas ficciones giran en torno a las conveniencias o al amor, pero la de Juana Manso se presenta como una novela familiar marcada por la violencia, donde los casamientos son forzados y responden a prerrogativas de casta, siguiendo una lógica no solo patriarcal sino también racista. Esto se hace evidente desde los primeros capítulos, a través de los castigos brutales que la matrona ordena propinar a su hijo mayor para doblegarlo, cuando se entera de que desea casarse con una europea de la que se ha enamorado durante un viaje. La madre no lo admite, pero él insiste, y ella, en represalia, manda a azotarlo:

Don Juan fue amarrado al tronco del castigo; y solo cuando sus carnes volaron en pedazos, cuando la sangre corrió de sus anchas heridas, cuando el azotado era un cuerpo inerte, que la fuerza del dolor misma anonadara, y cuando los esclavos todos de rodillas, hubieron implorado piedad para su joven amo, el castigo cesó, el mártir fue envuelto en paños de vinagre y llevado a la enfermería. Cuando volvió en sí don Juan das Neves el estudiante de Coimbra, el prometido de Emilia, el humanitario reformador, había perdido el juicio y una carcajada convulsa mezclada de llanto, era todo cuanto decía su dolor. Al principio se creyó que serían crisis nerviosas, después se llamó un facultativo, se agotaron las experiencias de todo género, se lo condujo a la corte, todo fue inútil.

¡Estaba loco! (7-8)

En esta escena —y en los párrafos que la preceden—, Juan pasa del romanticismo propio de un noble enamorado, dispuesto a resistir las prohibiciones familiares, al grotesco de un cuerpo estropeado por la violencia materna. Tras la feroz golpiza, se convierte en “loco” y en “mártir”; es decir, en un cuerpo vencido, humillado y mutilado, cuyas carnes desgajadas vuelan por los aires ofreciendo uno de esos espectáculos aberrantes a los que alude Michel Foucault en El cuerpo de los condenados (11-37), cuando explica que los castigos y suplicios se exhibían públicamente en la antigüedad, para adoctrinar al pueblo sobre las consecuencias de desafiar la ley de los poderosos.

No por casualidad, en este caso, un joven de buena familia es condenado por su propia madre dentro de la hacienda en la que habitan, regida por leyes infranqueables. A tal punto llega su autoritarismo que, cuando Juan pierde la razón después de la golpiza, ella considera que su cuerpo inerte aún puede serle útil al clan, pues servirá para casar a la sobrina y mantener la herencia dentro de la familia. Así lo cree doña María das Neves, la temible matrona. Para ella, los matrimonios nada tienen que ver con el amor, y quien se atreva a desafiar las formas establecidas de enlace deberá pagar con la propia vida. No es, pues, la educación sentimental la que predomina en la mentalidad de esta matriarca americana que gobierna, sino —como es evidente— la pedagogía del castigo.

3. El cuerpo de las condenadas en América. Naturaleza, raza y capital

Ahora bien, no solo los hijos díscolos o los nietos son objeto de la tiranía de la señora, sino también los esclavos y las criadas, piezas clave dentro del engranaje de producción de bienes y servicios necesarios para sostener el poder en una sociedad estratificada y monárquica. En el capítulo v, comenta el narrador refiriéndose a las criadas: “cuando doña María das Neves estaba en sus días de mal humor, las arañaba, las maltrataba y les decía mil improperios” (16).

Un poco más adelante, se ofrece a los lectores la ocasión de presenciar directamente el espectáculo de la violencia física, ahora ejercida sobre el cuerpo de una esclava. Sucede cuando doña Carolina, esposa del Comendador, se desquita con ella al pensar que ha sido cómplice de su hija Gabriela, quien se ha escapado de casa para evitar el casamiento con su tío:

Hay diversos castigos en los países de esclavatura; pero el de las mucamas siempre en los pequeños delitos se circunscribe a los palmetazos; Alina ya había recibido bastantes esa mañana; sus manos estaban hinchadas aún y doloridas; por eso a la nueva amenaza de castigo, lloró y suplicó, fue en vano; vino el terrible capataz y comenzó de nuevo el suplicio de la víctima; cuando las manos de Alina estuvieron todas reventadas goteando sangre, la dejaron llorar su martirio en un rincón y doña Carolina volvió a enviar esclavos en diferentes direcciones … si doña Carolina amenazó, Alina respondió que la matasen, pues ya la habían castigado de balde dos veces, mejor era acabar ya … ¡La pobre negra fue llevada al cuartel del castigo, desnudada brutalmente, amarrada al madero del dolor y supliciada delante de aquella furia sin alma y sin conciencia! (41)

Este fragmento muestra el proceso de violencia creciente que lleva a la criada hasta su muerte. No recuerdo otra escena tan brutal ni de tanto ensañamiento sobre el cuerpo de una esclava en la literatura argentina. En todo caso, los registros más cercanos habría que buscarlos en la literatura del rosismo, que Juana Manso conocía bien. Pienso en la cabeza del niño degollado que vuela por los aires en El matadero, de Esteban Echeverría (ca. 1843/1871); en las escenas de tortura de La refalosa, de Hilario Ascasubi (1846); o incluso en las descripciones del mundo infernal de los indios que ofrece Echeverría en La cautiva (1837). Pero Manso se enfoca aquí en el cuerpo desnudo de una esclava, para mostrar el suplicio femenino al que su ama la somete con total alevosía.

Sin duda, la escritora había contemplado realidades similares dentro y fuera de su patria, de modo que narra en esta novela otra historia de mujeres cautivas, menos recurrente en la literatura argentina. No es casual que la obra se refiera a los esclavos y esclavas como “subordinados” (3), y que en la época se los denominara precisamente “cautivos”. Este último término, que suele asociarse con el mundo de las fronteras, los malones y los indios, se vincula también con la historia de la esclavitud en la Argentina.

Es sabido que hay dos fechas fundamentales en esa historia: 1813 y 1853. La última corresponde al año en que se dicta la Constitución Nacional y se proclama la abolición de la esclavitud, punto de llegada de un largo proceso iniciado con la Revolución de Mayo y la Asamblea del Año XIII, cuando se decretó la libertad de vientres. Esto implicaba que los hijos de esclavos nacidos en el territorio serían considerados libres desde entonces, aunque debían permanecer bajo la tutela de sus amos hasta alcanzar la mayoría de edad. También en ese momento se prohibió la trata o el tráfico de esclavos, aunque la práctica continuó durante años a través del contrabando.

Además, los esclavos siguieron sirviendo a sus amos y padeciendo, con frecuencia, sus maltratos. Solo podían evitarlo quienes lograban reunir el dinero necesario para comprar su libertad —como muestra un episodio de “Peregrinaciones de un alma triste”, de Juana Manuela Gorriti, en el que la protagonista dona toda su fortuna a una esclava para que pueda liberarse junto con sus hijos—. Otra opción era recurrir a la justicia solicitando un cambio de amo si se probaban los abusos mediante el testimonio de un facultativo. Sin embargo, tales casos eran escasos y solo accesibles para unos pocos, como lo demuestran investigaciones recientes sobre el tema. Estas investigaciones también explican el sentido de términos de época como servia, que aludía a los castigos corporales y excesos de violencia contra los esclavizados, o manumisión, que designaba el derecho a cambiar de amo o ser vendido, comprado o alquilado si se demostraba el maltrato.

En Una historia de la emancipación, Magdalena Candioti analiza varios casos judiciales en Buenos Aires que pueden compararse con la novela de Manso —ambientada en Brasil—, entre ellos el de una esclava llamada María de las Nieves Gómez. La mujer es castigada hasta el suplicio por su amo, cuando este se entera de que fue a denunciarlo. Según consta en el expediente, en la casa pensaron que “si dejaba a la criada sin reprensión, se insolentaría” (47). Entonces el ama manda colocar una escalera en el patio y pide al yerno que la azote. El hombre golpea a la criada hasta “rajar la parte inferior y salir de su quicio la vulva, … dejándola inmóvil” (47). Este episodio, que deja en claro el suplicio femenino padecido por las esclavas en la vida real, evidencia —como señala Candioti— la disputa o el dilema que comenzaba a plantearse entre el Estado y los amos: por un lado, el derecho a la dignidad del esclavo reconocido por las autoridades; por otro, el derecho de propiedad que los amos reclamaban.

4. Ficción y realidad, entre dos países

La novela de Juana Manso bordea esas realidades y se atreve a representarlas en la ficción, aunque sitúa su historia en un escenario extranjero. La versión original del folletín fue escrita en portugués y publicada por entregas en el diario A Imprensa —entre enero y febrero de 1853— en Brasil, donde aparecieron los cuatro primeros capítulos antes de quedar inconclusa. Más tarde, Manso se traslada a Buenos Aires y funda en la ciudad otro semanario dirigido a mujeres —contaba ya con la experiencia previa de O Jornal das Senhoras, en Río de Janeiro—. Es entonces cuando reescribe o traduce la novela al español y la publica en Álbum de señoritas (del 1 de enero al 17 de febrero de 1854). De nuevo, el folletín se interrumpe cuando el semanario cierra por falta de suscriptores, por lo que la autora decide editar la historia completa en formato de libro en la Imprenta J. A. Bernheim, de Buenos Aires, ese mismo año.

Resulta significativa esta trayectoria editorial, con sus diversas versiones y procesos de publicación en dos países y lenguas. En primer lugar, porque la autora elige situar el conflicto argumental en un territorio y una cultura extranjeras, donde la esclavitud seguía vigente y lo estaría durante muchos años más. Brasil fue el último país de América en decretar la abolición mediante la denominada Lei Áurea de 1888; antes de esa fecha, los hombres y mujeres afrodescendientes continuaban siendo explotados como mano de obra esclava en la minería, la agricultura y la industria azucarera.

Existen innumerables representaciones artísticas que testimonian esa situación y dialogan con los episodios descritos por Manso en su novela. Basta recordar las célebres obras de Jean-Baptiste Debret sobre La esclavitud en Brasil, donde la escena del castigo se repite en dos planos: en el primero, un hombre blanco castiga a un afrodescendiente engrillado; en el segundo, con perspectiva de montañas, palmeras y lagos, se evoca la belleza tropical que tanto fascinaba a los viajeros europeos. En el fondo, se distingue otro esclavo maniatado contra un árbol, azotado por varios hombres de color. La violencia racial en América, como se aprecia, estaba a la orden del día y en la mirada constante de los viajeros extranjeros.

En otra escena igualmente bochornosa, registrada en el libro de viajes del propio Debret, se muestra a un hombre negro siendo golpeado con las nalgas al descubierto, atado de pies y manos a una columna, mientras otro hombre de color lo azota ante la mirada impasible del pueblo.

 

Fig. 1. Debret, Jean Baptiste. “Overseers punishing slaves on a rural estate”. The Destruction of Brazilian Slavery 1850-1888, University of California Press, Ltd, 1972, https://commons.wikimedia.org/wiki/Jean-Baptiste_Debret#/media/File:Pelourinho.jpg

 

 

Fig. 2. Debret, Jean Baptiste. “Castigo de un esclavo en Brasil”. Pintoresco e histórico viaje a Brasil. Livraria Martins, 1940, https://commons.wikimedia.org/wiki/Jean-Baptiste_Debret#/media/File:024debret.jpg

 

 

Maurice Rugendas pintó una escena similar que transcurre también en la vía pública, a modo de espectáculo aleccionador. La obra, titulada Castigo de un esclavo en Brasil (ca. 1830), resulta elocuente por sí misma: muestra las miradas del pueblo posadas sobre el cuerpo supliciado del esclavo, azotado por otro hombre de color. La escena se desarrolla nuevamente con un trasfondo de montañas y palmeras. Ese mismo año, Rugendas compuso otro cuadro sobre la sociabilidad de los esclavos trabajadores al final de una jornada de faena, titulado Esclavos descansan en la casa de un señor en el camino hacia la hacienda. Un poco antes, en 1823, había ilustrado El cazador de recompensas buscando esclavos fugitivos, donde se representa a un hombre con carabina en mano, a caballo, recorriendo la naturaleza tropical junto a su asistente en busca de fugitivos.

Gran parte de estas obras se exhibieron en Río de Janeiro hacia 1845, cuando Rugendas regresó a la ciudad y alcanzó notoriedad, no solo en el círculo de la Corte imperial, sino también entre un público que admiró y valoró sus producciones. En Buenos Aires, la escritora argentina Mariquita Sánchez —cercana a Juana Manso— lo introdujo en los círculos románticos porteños y le dio a leer La cautiva, de Esteban Echeverría, poema que inspiró otra serie importante de pinturas sobre ese motivo.

No hay constancia de que Juana Manso haya tratado personalmente al artista durante su estancia en Río de Janeiro, pero es casi seguro que conoció sus obras, así como las de Jean-Baptiste Debret —quien vivió allí entre 1816 y 1831—. En 1845, Manso residía en Río; al año siguiente viajó con su esposo a los Estados Unidos y luego a La Habana. Tenía entonces veintisiete años. Regresó en 1847 y permaneció en la ciudad carioca hasta 1854, año en que volvió definitivamente a su patria.

 

Fig. 3. Rugendas, Maurice. “Castigo público”. Enciclopédia Itaú Cultural de Arte e Cultura Brasileira. Itaú Cultural, 2025, https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Johann_Moritz_Rugendas_in_Brazil_2.jpg.

 

 

Fig. 4. Rugendas, Maurice. “El cazador de recompensas buscando esclavos fugitivos”. Enciclopédia Itaú Cultural de Arte e Cultura Brasileira. Itaú Cultural, 2025, https://commons.wikimedia.org/wiki/Johann_Moritz_Rugendas#/media/File:Capitao-mato.jpg.

 

 

Desde luego, existe un vasto repertorio visual sobre la temática de la esclavitud en Brasil, que no se limita a la pintura, sino que incluye también fotografías de época, muchas de ellas hoy fácilmente accesibles en la web. Destaco algunas que fueron curadas para una exposición realizada en el Museo de Arte Contemporáneo de São Paulo, donde se reunieron 74 imágenes sobre el tema. Entre ellas: Salida para la cosecha de café en carreta (tomada en el Valle del Paraíba, en 1885); Lavado de oro (realizada en Minas Gerais, en 1880); y Señora en la litera con dos esclavos (tomada en Bahía, en 1860, por autor no identificado).

 

Fig. 5. Ferrez, Marc. “Salida para la cosecha de café en carreta”, 1885. Colección Gilberto Ferrez, Acervo Instituto Moreira Salles.

 

 

Fig. 6. Ferrez, Marc. “Lavado de oro”, 1880. Colección Gilberto Ferrez, Acervo Instituto Moreira Salles.

 

 

Fig. 7. Anónimo. “Señora en la litera con dos esclavos”, 1860. Colección Gilberto Ferrez, Acervo Instituto Moreira Salles.

 

 

En todas esas fotografías se manifiesta el drama del cautiverio, los maltratos físicos y los abusos cometidos contra los esclavos en Brasil, sometidos al yugo de los blancos. Sin duda, estas representaciones visuales dialogan con los episodios violentos de la novela de Manso y comparten, además, un cierto propósito didáctico dirigido a los espectadores y al público. En conjunto, dichas imágenes —visuales y literarias— contribuyeron a difundir un imaginario poderoso sobre la violencia racial y el colonialismo en América durante el siglo xix. Son representaciones difíciles de olvidar, que documentan la dominación de los blancos sobre las razas oprimidas en el marco de un imperialismo persistente en la región.

5. Antiesclavismo, anticlericalismo y otras utopías feministas del siglo xix

También resulta indispensable interpretar la novela en relación con la historia de la esclavitud en la Argentina, entre otras razones porque el libro se publica en Buenos Aires en 1854, es decir, apenas un año después de la promulgación de la Constitución Nacional, cuando la libertad de los esclavos se convierte, por fin, en un hecho irrevocable. Ese cambio trae alivio a los afroamericanos que habían esperado durante décadas para alcanzar su liberación.

En este sentido, conviene advertir que la novela aborda un tema candente: una disposición legal de consecuencias significativas para la economía regional y para los sectores más privilegiados, pues los propietarios de grandes haciendas se vieron arruinados en pocos años por la falta de mano de obra esclava. La cuestión fue objeto de reflexión por parte de viajeros contemporáneos de paso por el territorio, como Maipina de la Barra o Lina Beck de Bernard (Batticuore, “Cómo vivir juntos”; Torre), quienes miran con compasión tanto a los esclavos como a las propietarias empobrecidas por las consecuencias de la abolición. En contraste, la viajera inglesa Anne Brassey, autora de A Voyage in the Sunbeam! Our Home on the Ocean for Eleven Months, naturaliza la situación de los esclavos observada durante su travesía, como propone Norma Alloatti.

Así, Juana Manso introduce el dedo en la llaga con esta novela. O, mejor dicho, se adentra en una temática sensible para sus compatriotas hacendados, que se habían visto perjudicados económicamente por la nueva legislación. Mi hipótesis es que la autora no solo ambienta su historia en Brasil porque allí se encontraba cuando escribió la primera versión en portugués, sino también porque, al traducirla, prefiere mantener el conflicto en un contexto donde la esclavitud seguía siendo un problema vigente. Es decir, sitúa la acción cerca de su patria, pero al otro lado de la frontera —en Botafogo—, donde la esclavitud continúa y el drama de los condenados revela una realidad que transcurre en tiempo presente. De ese modo puede decir mejor lo que tiene que decir: mostrar las concomitancias y los efectos brutales de la desigualdad racial y el colonialismo, enfocando un escenario en el que las víctimas siguen padeciendo su injusta condena, y al mismo tiempo alertando sobre una realidad local que apenas comenzaba a transformarse.

Ahora bien, Manso no solo cuestiona en este folletín el drama de la esclavitud, sino que también encuentra la manera de criticar, una vez más, la corrupción de las instituciones religiosas en América, muchas de las cuales contaban con el servicio de esclavos en sus órdenes. En los capítulos xiv y xv, Gabriela ya está instalada en un convento donde ha buscado refugio. Pronto comienza para ella otro calvario: se convierte en objeto de la codicia de monjas y curas que, en vez de ayudarla, se aprovechan de su vulnerabilidad especulando con una dote prometedora si logran convencerla de hacerse religiosa.

El narrador formula sentencias muy directas contra el clero, en consonancia con otros textos de la autora. Por ejemplo, al comienzo del capítulo mencionado, se refiere así a la manipulación de las monjas:

Ahí principiaron las buenas madres a echarle en rostro su debilidad, y a decirle que no debía llorar ni afligirse, que era ofender a Dios, era pecar mortalmente y otra porción de sofismas, con que la Iglesia Católica pretende hacer los hombres a su antojo, y de débiles y sensibles al dolor que ellos son, transformarlos en máquinas sin pasiones y sin corazón. (50)

Perspectivas similares habían aparecido antes —y seguirían apareciendo después— en los escritos periodísticos de Manso, que suscitaron polémicas y enfrentamientos con los sectores más conservadores del catolicismo. De hecho, tras regresar del exilio, la autora se convierte en una firme defensora de la escuela laica, mixta e igualitaria. En esos años colabora con Sarmiento en los planes de educación popular y defiende la emancipación de las mujeres y las lecturas públicas (Batticuore, La mujer romántica).

Cuando muere, en 1875, su cuerpo es rechazado en el Cementerio de la Chacarita porque no quiso recibir la extremaunción. Debe ser enterrado en el Cementerio Británico, donde permaneció hasta 1915, año en que sus restos fueron trasladados al panteón general de la Chacarita.

Ese mismo año apareció un comentario sobre La familia del Comendador en el semanario para mujeres La Ondina del Plata, publicación que Manso había saludado públicamente en una carta dirigida a su director, Luis Telma Pintos. Manso fallece en mayo, y en julio de ese año se inicia en el semanario la columna “Conversaciones literarias”, firmada por Clara Olivia, dedicada a recomendar lecturas para mujeres. En ese contexto, la referencia a La familia del Comendador resulta ambigua: se pondera “la tendencia liberatriz” (313) de esta obra abolicionista, pero se la considera una mera imitación de un best seller norteamericano, La cabaña del Tío Tom (1850), de Harriet Beecher Stowe.

La reseña evita formular un juicio crítico más profundo sobre la novela de Juana Manso, a quien ni siquiera reconoce como autora: se refiere a ella reiteradamente como “la señora”, enfatizando así la sospecha de plagio. Tampoco comenta la situación de los esclavos en Brasil, tema sobre el cual La familia del Comendador aporta una mirada original. Mucho menos alude a sus críticas contra la Iglesia católica. En definitiva, lo que no dice —o no asume— esta reseña es que el abolicionismo y el anticlericalismo formaban parte de la agenda de la literatura escrita por mujeres en el siglo xix.

Entre las autoras contemporáneas que abordaron estos temas pueden mencionarse Juana Manuela Gorriti —no solo en “Peregrinaciones de un alma triste”, sino también en “El ángel caído” y “La quena”—; Gertrudis Gómez de Avellaneda, con Sab (1841, ambientada en Cuba); Harriet Martineau, con The Hour and the Man: An Historical Romance (1841, sobre la esclavitud de las mujeres haitianas); y Flora Tristán, con Peregrinaciones de una paria (1838), donde retrata la situación en el Perú. También otras viajeras, como Lina Beck Bernard, Anne Brassey, María Graham, Fanny Kemble y Fredrika Bremer, registraron en sus crónicas la realidad de la esclavitud en América (cf. Borri).

En el caso de La familia del Comendador, la perspectiva abolicionista conduce a un desenlace feliz, de tono idealista o utópico, que sin embargo no satisface al reseñista de La Ondina del Plata. La investigadora María Florencia Buret ha sugerido que la autora de la reseña podría haber sido Juana Manuela Gorriti bajo el seudónimo de Clara Olivia. Aunque la hipótesis no puede comprobarse —también pudo haber sido Luis Telma Pintos, director del semanario—, la suposición resulta plausible si se tiene en cuenta que Gorriti solía evitar declaraciones explícitas sobre asuntos que pudieran generar polémica en el ámbito de la autoría femenina, todavía sin legitimación social a mediados del siglo xix. No obstante, también es difícil imaginar que se pronunciara al respecto, ya que —a diferencia de Manso— prefería las veladuras románticas y rechazaba las exposiciones más osadas de otras escritoras, como las peruanas Mercedes Cabello o Clorinda Matto, amigas suyas, que publicaron novelas de denuncia contra el clero y terminaron siendo perseguidas y exiliadas.

Lo cierto es que La familia del Comendador no obtuvo en su época la recepción entusiasta que su autora hubiera esperado. Incluso quienes valoraban el compromiso intelectual de Manso como educadora la miraban con recelo, como demuestra el caso de La Ondina del Plata, que, tras publicar una necrológica elogiosa al morir la escritora, dio luego espacio a la reseña antes citada que menoscababa su calidad literaria.

A lo largo del siglo xx, la obra de Manso fue relegada al olvido, salvo por la biografía escrita por María Velasco y Arias, fundamental para rescatar su figura en las últimas décadas. En los últimos años, sin embargo, la producción crítica sobre su obra se ha renovado significativamente —como muestran los trabajos citados en la bibliografía final y las contribuciones del portal juanamanso.org, a cargo de María Valle—.

Hubo que esperar al siglo xxi, cuando los estudios de género y los feminismos alcanzaron una resonancia global, para que aparecieran dos ediciones actualizadas de la novela, una en Brasil y otra en Argentina. Ese largo desdén o demora crítica para volver a leer la obra tiene mucho que ver, sin duda, con la mirada cuestionadora de Juana Manso sobre el progresismo en América. Su crítica al colonialismo, la esclavitud, la herencia y el capital —valores situados por encima de los derechos humanos y la igualdad racial— la enfrentó con diversos sectores sociales. Con todo, La familia del Comendador ofrece una mirada modernizadora, laica y feminista sobre la naturaleza americana, que rechaza tanto la dominación racial como la de género, y defiende la igualdad y los derechos de todos los individuos.

6. Románticos, modernos y progresistas

La cuestión romántica que se introduce en el siglo xix supone una renovación de ideas y posturas acerca del amor, la hermandad, los vínculos sociales y los intereses, que ya no dependen exclusivamente de las conveniencias de clase o de género, sino que se sostienen en afinidades intelectuales, afectivas y espirituales entre individuos y parejas. Desde luego, esto no implica un cambio radical en la estructura patriarcal, pero sí la expectativa de un contrato social actualizado, en el que entra en juego la dimensión sentimental y los derechos de los individuos.

Existen otras ficciones americanas emblemáticas en este sentido, como Amalia, de José Mármol, donde las parejas protagónicas se unen no solo por el amor, sino también por la solidaridad política y la formación intelectual compartida. Ese mismo idealismo romántico y letrado aparece en La familia del Comendador, a través de diversas parejas que introducen un modelo alternativo al que encarnan la matrona y su nuera.

Un repaso rápido por las parejas románticas que defienden el amor como signo de un tiempo nuevo —o de otra forma de vivir en América— permite reconocer, por un lado, a Juan, enamorado de una europea instruida y de buena familia, con quien no logra casarse porque su madre se lo impide. Tampoco llega a unirse con su sobrina Gabriela, que se niega porque está enamorada de Ernesto de Souza, un hombre culto y de buena posición —su padre rescata a la joven del convento—. Sin embargo, Juan establece una alianza con su esclava Camila, quien lo cuida por amor después de que su madre lo deja maltrecho. De esa unión nacen dos hijos mestizos, cuyo destino será decisivo para la historia.

Por su parte, la dupla que forman Gabriela y Alina —ama y criada— es sólida y recuerda las alianzas entre blancos y esclavos en la perspectiva romántica de otras novelas americanas, aunque contrasta con Amalia, de Mármol, donde las criadas son espías o delatoras al servicio de la policía. Resta mencionar a Pedro, el otro hijo del Comendador, que deja la hacienda para conquistar a su prima Anita por mandato familiar. Aunque al principio ella se resiste porque ama a otro, las maneras gentiles y persuasivas de Pedro terminan por atraerla, y ambos acaban enamorándose. El cambio sugiere que, fuera del ambiente opresivo de la hacienda, el joven logra desmarcarse de las enseñanzas familiares y transformarse.

En definitiva, en La familia del Comendador, el romanticismo llega de la mano de los jóvenes, defensores de un orden nuevo que se impone, pues los conflictos se resuelven a su favor cuando ocurre un hecho imprevisto: doña María das Neves enferma, y la conciencia de una muerte próxima la lleva a arrepentirse de sus maldades. Decide entonces rehacer su testamento y dejar todos sus bienes en manos del nieto mulato —hijo del Comendador y de la esclava—, quien cambiará drásticamente el destino de la hacienda familiar.

Antes de analizar las escenas finales, conviene señalar que la felicidad prometida por el desenlace no sería posible sin la perspectiva renovadora de los jóvenes. Ellos son los portadores de una mentalidad moderna que habilita una mirada afectiva sobre el entorno —concretamente, sobre el paisaje y su gente—: una mirada compasiva, fraternal e igualitaria. Una mirada romántica que se opone a los ojos imperiales de los conquistadores y de los amos que gobernaron durante décadas la hacienda del Comendador (Pratt).

Esa nueva perspectiva ya se anunciaba en las preferencias y acciones de los jóvenes, reprimidos al comienzo de la novela por la voz autoritaria de la matrona, pero capaces más tarde de darle un giro a la historia. En varios pasajes se hace explícita esa mirada benévola y romántica sobre el paisaje americano. En el capítulo xvii, por ejemplo, cuando Pedro se embarca en el puerto de Río de Janeiro con destino a San Pablo, el narrador aprovecha para incluir el siguiente comentario:

La salida o entrada de la barra del Janeiro, es uno de los paisajes más deliciosos, más pintorescos y más grandiosos que hayamos visto; nunca olvidaremos la primera vez que cruzamos esa deliciosa tierra, en nuestro primer viaje en 1842.

Esas montañas colosales, vestidas de eterna vegetación, formando grupos caprichosos, esas casillas blancas y pintorescas diseminadas en sus faldas y en sus cimas, y ese cielo tropical tan bello y azulado, ¡nunca podremos olvidarlo!... Hay perdidos mil pensamientos de ausente en las cimas de esos montes; hay mil recuerdos queridos al corazón de una de las páginas más bellas de la vida, diseminados entre esos paisajes desconocidos, grabados en la corteza de las enormes jacas, o de las frondosas y aromáticas mangueras…

¡Siempre que hable de ti, Brasil, lo haré con entusiasmo porque has sido por muchos años mi patria adoptiva, y estás ligado a mi corazón y a mi pensamiento por un altar y dos tumbas! (59)

Asoma por primera vez en la novela una visión dulcificada de la naturaleza americana. Ya no hay escenas de violencia ni de maltrato a la vista, sino una perspectiva nostálgica que, de improviso, enlaza la voz narrativa con la autoral. Si se presta atención al fraseo, se advierte un desplazamiento hacia la primera persona que remite a la propia Juana Manso: es ella quien viajó por primera vez en 1842; es ella quien guarda recuerdos entrañables en el corazón (y no Pedro, el personaje); es ella quien vivió exiliada varios años en Brasil y, al volver a su patria natal, dejó allá a sus padres fallecidos y sepultados en tierra extranjera.

Esta intromisión de la autora en el relato ficcional no debió pasar inadvertida a los lectores. Aunque su aparición es breve, sin mediaciones ni mayores comentarios, Manso deja asentada su huella autobiográfica en este capítulo a través del personaje de Pedro, que se proyecta como su alter ego. En este sentido —y en otros pasajes también—, él contempla el paisaje y se conmueve ante la belleza tropical. En medio de la travesía marítima describe la “naturaleza fecunda, hermosa y abandonada”, las “serranías agrestes”, los “ríos invadeables casi siempre, propios a la navegación, pero obstruidos por cataratas, mosquitos, lluvias, sol, polvo y bañados” (60). De todo ello disfruta Pedro durante una travesía de quince días, en la que comprueba que la naturaleza americana es virgen y benévola.

Pero no es el único joven en advertirlo. Hay otro personaje decisivo, protagónico, que amplía esa mirada romántica de mirar y proyecta también la visión de la autora: Mauricio, el hijo bastardo de Juan y Camila, cuya relación con la naturaleza transformará la historia y el curso de los acontecimientos.

En una escena del capítulo xiii se traza el retrato literario de Mauricio mientras contempla, desde una ventana alta de la casa, el paisaje de la hacienda. Su pose recuerda la imagen típica de las mujeres sedentarias que observaban el mundo desde el interior doméstico —a través de ventanas, miradores o terrazas—, con el alcance que les permitían la vista y la imaginación. Sin embargo, Mauricio ha viajado al extranjero para estudiar medicina; conoce el mundo y esa experiencia lo marca. En cierto momento, el narrador señala que el joven “se apoyó en el parapeto de la ventana, para entregarse a sus meditaciones, contemplar esa hermosa naturaleza que lo rodeaba y bendecir la Providencia” (48).

En esta mirada benévola sobre la naturaleza americana —que tiene algo de “femenino” para la época, por su carácter íntimo, afectivo y religioso—, Mauricio no percibe capital ni patrimonio en las tierras que contempla. Cabe recordar que Esteban Echeverría había acuñado la expresión “pingüe patrimonio” en la “Advertencia preliminar” de La cautiva para aludir al valor literario y económico de la pampa. Mauricio, en cambio, no ve riqueza material en la naturaleza, ni busca multiplicar el patrimonio o perpetuarlo dentro del clan familiar: observa, más bien, la gracia divina en esa tierra y reconoce en ella a los trabajadores explotados y esclavizados, a quienes decidirá liberar.

Su mirada es, pues, una mirada redentora, romántica, piadosa, igualitaria y utópica. Mauricio ha crecido asumiendo su condición de bastardo y mulato, aunque haya gozado de cierto trato preferencial. No es casual que sea él quien, en el capítulo xvii, dé un vuelco definitivo a la historia cuando recibe la herencia de la abuela y decide repartirla entre los esclavos para emanciparlos: “Una vez en posesión de los cuantiosos bienes de su padre y de su abuela, Mauricio dio la libertad a todos los esclavos que le tocaron en suerte, y les dio campo donde hacer sus chozas y plantaciones; vendió los ingenios y redujo todo su capital a dinero” (78).

Médico de profesión, Mauricio cumple así su misión de sanar y reparar. Antes había rescatado a su padre de la locura provocada por la crueldad de la abuela; después vende los ingenios, liquida el capital familiar y distribuye las tierras entre los criados. De esta manera, Juana Manso modela una utopía anticolonialista, anticapitalista, anticlerical y romántica, que además es feminista, pues reivindica por igual el derecho de hombres y mujeres a elegir su destino.

Al final de la historia, la hacienda familiar se transforma en una suerte de paraíso americano reconquistado —no heredado— gracias al accionar amoroso de un hombre bueno y educado. En cierto modo, esta novela recuerda la estancia llamada El Paraíso en María, de Jorge Isaacs, que para el protagonista simboliza un tiempo perdido y añorado, cuando padres, hijos y esclavos vivían en armonía antes de la ruina económica y la abolición. Sin embargo, el paraíso que imagina Manso en Botafogo solo se vuelve posible cuando los esclavos se convierten en propietarios de la tierra y en sujetos libres.

Mauricio permanece en la hacienda, ejerciendo la medicina para ayudar al prójimo y acompañado de una esposa buena de quien está enamorado.

7. Lo arcaico, lo moderno y el feminismo. ¿Derivas monstruosas?

La historia es más compleja de lo que parece a simple vista. Si bien la novela concluye con la promesa de una utopía filantrópica y abolicionista —donde los amos reparten sus bienes entre los esclavos y los nuevos matrimonios se celebran por amor—, la lógica endogámica que antes defendía la matrona no se quiebra del todo. Pedro se casa con Anita, después de conquistarla, y Mauricio se une con Mariquita; ambas relaciones mantienen el vínculo conyugal entre primos, aunque el propósito ya no sea conservar las riquezas del clan.

Sin embargo, hay algo más: otro pliegue, una oscilación entre lo moderno y lo arcaico. La boda de Mauricio legitima la unión de un mulato con una mujer blanca, ofreciendo así una salida a la rígida sociedad de castas que había regido la vida colonial. Y, no obstante, este happy ending resulta ambiguo, porque encierra una suerte de conciliación entre el orden viejo y el nuevo. Si bien estas parejas jóvenes se unen por amor, bondad y solidaridad, la endogamia persiste y la herencia no cambia completamente de manos.

Quizá esto se deba a que el romanticismo del siglo xix, portador de ideales modernos y de una cultura reformista que defendía los afectos como moneda de cambio en los vínculos sociales, no logró modificar la estructura patriarcal profundamente arraigada. De hecho, el texto ironiza sobre esta tensión y deja constancia de la perspectiva de quienes aceptan a regañadientes los cambios introducidos por Mauricio, sin simpatizar del todo con ellos porque implican la pérdida de privilegios de clase: “¡Amar a un mulato! Con ser que eran primos y tan cercanos, ¡era una cosa monstruosa! Verdad que eran primos, ¡pero de eso no tenían la culpa! ¿Y la tenían por ventura por amarse?” (79).

Desde esta otra mirada —que la novela también recoge—, la unión del mulato y la mujer blanca es “una cosa monstruosa”. El problema de fondo, sin embargo, no es la consanguinidad, sino el cruce racial: la reproducción de híbridos, la mezcla de razas y la disolución de las castas sociales. Todo ello representa el horror para quienes rechazan el cambio de mentalidad que propone una mirada romantizada y femenina (o feminista, aunque en pleno siglo xix aún no se la nombre así).

Juana Manso capta en su novela algo no dicho, pero latente en el aire: las contradicciones y tensiones culturales de su tiempo. Se interroga sobre qué tipo de territorialización se está llevando a cabo en América, bajo qué principios y qué ética, con qué imperativos, leyes o mandatos culturales se concreta el tan ansiado progreso. Es decir, cómo se habita o se civiliza la naturaleza americana virgen sin contradecir los ideales de igualdad, libertad y derechos individuales que ya circulaban en las mentalidades modernas, pero que todavía chocaban con las prácticas sociales.

La autonomía femenina, por su parte, aparece limitada o subordinada a la pareja romántica heterosexual: las jóvenes tienen ideas nuevas, pero no gobiernan; a diferencia de la matrona, que sí ejercía un liderazgo —aunque despótico—, ellas carecen de poder efectivo.

No sorprende, entonces, que La familia del Comendador haya debido esperar casi un siglo para ser reeditada y releída. Es, además, oportuno volver a ella en este tiempo, cuando también coexisten —y a veces reaparecen con fuerza— ideologías arcaicas que acompañan a las nuevas derechas proliferantes en el orden mundial, junto con perspectivas feministas actualizadas que han vuelto a poner la mirada en los usos y abusos de la naturaleza, en el marco del extractivismo y el cambio climático.

Esas mismas preocupaciones ya estaban presentes en la literatura latinoamericana escrita por mujeres de otras épocas. Una relectura de La familia del Comendador permite tender puentes entre pasado y presente: regresar al siglo xix que las escritoras de entonces supieron narrar, para enlazarlo con la literatura contemporánea y sus perspectivas estéticas, éticas, poéticas y políticas.

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* gbatticuore@gmail.com, Doctora en Letras, Universidad de Buenos Aires.