Ospina Pizano, María. Solo un poco aquí. Penguin Random House, 2023, 218 pp.
Estefanía Cortés Vera
Instituto Caro y Cuervo, Colombia
https://doi.org/10.25025/perifrasis202617.39.08
En uno de sus cuentos, Juan José Arreola destaca la versatilidad del cuello de la jirafa. Con él puede extasiar el espíritu si su mirada va al cielo, pero también aterrizar, no con menos elegancia, al terreno de lo mundano. La metáfora, que permite imaginar la enaltecida esfera de la ficción y la subestimada esfera de la realidad, su contrario, parece un buen ejemplo para ilustrar el movimiento sutil con que Ospina pasa del terreno imperceptible y dúctil de lo animal al terreno más tangible del evento humano. En un movimiento tan natural como el vaivén del cuello de la jirafa, que alcanza los frutos del árbol y luego se inclina para beber, la autora sitúa la vista del espectador unas veces en el envés de la hoja de una hortensia o en el aleteo de un coleóptero, y otras en la lluvia blancay tóxica que los rocía, “arde en la carne y nubla las pupilas” (77).
Sería un desatino decir que en Solo un poco aquí hombres y animales son completamente ajenos. Pero también lo sería afirmar que Ospina avizora una solución heroica que redima al ser humano frente al mal trato del animal; no es este, a mi juicio, su propósito. Hombres y animales se entrecruzan —valga decir, los primeros en el camino de los segundos— y se presentan en ocasiones como seres análogos a través de cinco capítulos en los que los protagonistas animales, todas hembras, hacen parte de historias tan sólidas que podrían ser perfectamente independientes, pero que, haciendo eco del trasegar agitado del animal, son sinuosas y están ingeniosamente entrelazadas.
En Azares del cuerpo (2017), la primera obra de Ospina, ya ronda la imagen animal; sin embargo, ninguno de los cuentos desarrolla el punto de vista del animal, que es, sin duda, lo que ocurre en Solo un poco aquí. En la novela, por ejemplo, una tángara escarlata sobrevive a la luz mortífera de un rascacielos en Manhattan y busca muchos kilómetros más allá la rama de un roble que, “entre los cadáveres de algunos troncos enormes [donde] rumian ahora once vacas deseosas de pasto” (100), todavía existe. La tángara, como el migrante, sea en la cara de una mujer guatemalteca o en la de una niña hondureña, cruza a su modo las fronteras: los pájaros con más fortuna que los migrantes —habida cuenta de que el concepto de “frontera” no impide el vuelo del sirirí o del turpial—, pero no por ello con menos esfuerzo. Y, sin embargo, por más paralelismo que pueda establecerse, Ospina deja claro que ni la invención del ser humano ni el ser humano son capaces de observar ni leer lo animal. La cámara de vigilancia no logra ver tras el arbusto y el radar reduce la figura del ave a un punto diminuto, el dron no detecta a la tángara cuando se eleva sobre el árbol frondoso y el ornitólogo no encierra la perturbación del pájaro con la denominación de su síntoma. Son, pues, falibles.
Más que constituir una respuesta reivindicativa o compasiva, una de las virtudes de la novela es advertir, de forma tácita, que tampoco la observación del mundo animal que ofrece la voz narrativa es certera. No es que el adjetivo no sea preciso o que la comparación no sea ingeniosa —todo lo contrario, sorprende que la tángara se encarame en el viento o que alguien tenga como oficio rascar la tierra—; tiene que ver, más bien, con el lugar de enunciación que inexorablemente toca al humano. Atenuadores lingüísticos, oraciones condicionales, verbos conjugados en modo subjuntivo desdibujan el foco. Una perra cuyo único paisaje ha sido el que va del tapete a la puerta “quizás nunca haya escuchado la bulla de los gorriones y las mirlas como en esa madrugada” (27), tampoco se sabe “si la criatura, que está hecha para rastrear la tierra con antenas ..., tiene alguna brújula que la oriente para ... sortear la soledad egoísta del cemento y del muro” (123), de manera que nadie tiene por cierto lo que se dice que ocurre. Todo lo más, lo que el lector es capaz de observar se alimenta de lo dicho por la voz narrativa. Hay una contradicción pragmática tanto más evidente cuanto más próximo el lazo con el libro: se parte del hecho de que es imposible observar y definir el comportamiento animal, pero al describir el vuelo torpe de la cucarrona joven, la inquietud de la perra que vuelve la mirada expectante a la misma esquina, la angustia del viaje interminable y arduo de la tángara se crea aquello que se dice que no puede ser observado.
En busca de esta aproximación a lo que se presume inescudriñable, la imagen, la disposición y el tamaño de las palabras se convierten en extensiones del relato que representan, pero sobre todo sugieren. Se muestra la fotografía de una tángara, acogida por una mujer también peregrina que parece retratar a Ospina, y deambula el lector entre la coincidencia y el guiño autobiográfico. Aparece luego, junto a los párrafos acotados, la reproducción de un documento de adopción y otro de entrega —llanos en sus preguntas y, por el escueto campo que contrasta con la riqueza de lo enunciado, insuficientes en sus respuestas—, y se traza una línea tenue, aún trémula, entre algunos datos sueltos que anticipan el juego con el tiempo narrativo. La hoja es, en este sentido, indicio. Pero también lo es el sonido. Quien se acerca a las últimas páginas escucha más próximo el sonido de la onomatopeya que el de la voz humana por un milagro sinestésico que equipara la intensidad del sonido y el tamaño de la grafía, de modo que son más fuertes el ladrido y el trino cuantos más puntos tiene la letra. Incluso cuando los pájaros, especie a especie, son reunidos cual bandada, no es la coma, sino el espacio de la enumeración en forma de lista el que los separa, como si la forma de la palabra, más estrechamente ligada a lo que convencionalmente representa, consiguiera a través de ese aire de la página el respiro necesario para alzar vuelo.
La forma, así descrita, se entrevera con diálogos verosímiles. Sin embargo, la consistencia del diálogo no impide que existan de forma intencionada omisiones o interpretaciones poco atinadas entre los humanos y, como ha de preverse, que estas se presenten más todavía entre humanos y animales. Es notoria la distancia infranqueable entre el lenguaje animal y el humano, pero en la novela el animal no articula como lo hace el humano ni observa atento su conducta, tampoco narra en primera persona: “La mujer lanza sus ruegos con los labios recogidos de ternura, animándola a comer. A Kati deben de sonarle extrañas esas melodías zalameras que nunca nadie le ha endilgado. ... Mira a la mujer desde su esquina, arqueando el lomo contra la pared, y la otra se pregunta si esos ojos marrones le imploran algo que no logra descifrar o si la maldicen por el cambio de hogar” (186).
Se infiere asimismo que la interacción del hombre con el mundo animal se hace más patente en la niñez: la mujer del balcón donde ha caído de imprevisto la tángara atribuye el suceso al vínculo que tiene desde niña con los pájaros; aquella otra que cuida de la cucarrona “cuando era niña aceptaba mejor los misterios del bicho, sin implorarle respuestas. ... Le bastaba con entender que tenía una voluntad secreta, desapegada de lo humano” (121). ¿Es, entonces, admisible afirmar que la infancia es esa fase de tránsito entre el lenguaje animal y el lenguaje del que se congracia el adulto? ¿Está relacionada la naturaleza de la interacción con esa incapacidad del niño de nombrar? Si pudiera recrearse una cadena basada en las imágenes que propone Ospina, ¿se podría concluir que, así como la cucarrona se transforma en pájaro y la tángara se convierte en árbol, también la infancia puede transformarse en pesadumbre?
Intuitivo o crédulo, imprudente o silente, el infante comparte con el animal su particular percepción del tiempo: eso que “nosotras llamaríamos tiempo (pero que debe ser otra cosa para ella [la puercoespín])” (131) es el mismo tiempo cronológico que no pueden asir los dedos infantiles. La semejanza, para pesar nuestro, llega hasta ahí. El niño se aleja progresivamente del llamado ancestral que en el animal es vibración y movimiento. ¿Aproximarse a la determinación, “la convicción y el arrojo [de la puercoespín o la perra] ... Atravesar la tierra sin esa manera humana de doler” (210) no es una invitación para que el hombre escuche también esa voz primigenia? Y si aguzar el oído es fijar la vista, antes infantil, al nivel de la tierra o del cielo, ¿por qué no habrían de existir los relatos que describe Ospina? ¿Debemos confesar, parafraseando a la autora, que el ojo enfoca las capas de tierra y greda bajo el pavimento, pero no el tendón, la sangre, el vuelo?