
Estrategias de regulación emocional en víctimas del conflicto armado: una intervención participativa basada en estrategias contextuales✽
Nathalia Rey-Gómez, Paola Andrea Pulido-Escobar, Laura Sofía Santamaría-Uribe y María Idaly Barreto-Galeano
Recibido: 30 de abril de 2025 | Aceptado: 8 de septiembre de 2025 | Modificado: 6 de octubre de 2025
https://doi.org/10.7440/res95.2026.07
Resumen | La investigación que sustenta este artículo evaluó una intervención participativa basada en estrategias contextuales (aceptación y compromiso, mindfulness y autocompasión) para entrenar habilidades de regulación emocional en adultos expuestos a situaciones traumáticas, con el fin de promover su bienestar individual, interpersonal y comunitario. Mediante un diseño mixto y secuencial, se realizó un diagnóstico participativo con 28 personas para validar la comprensión de las instrucciones de intervención y del material didáctico, según las características de la comunidad. La intervención se aplicó a 21 participantes víctimas del conflicto armado con bajo nivel de escolaridad. Los efectos se valoraron mediante escalas que evalúan las dificultades de regulación emocional, la evitación experiencial y la autocompasión. Los resultados evidenciaron una reducción significativa de la desregulación emocional y de la evitación experiencial, mientras que en la autocompasión se observaron tendencias de cambio que no alcanzaron significancia estadística. Los hallazgos subrayan la importancia de integrar estrategias participativas y culturalmente pertinentes de salud mental y de apoyo psicosocial para promover el bienestar emocional y social en contextos de transición hacia una cultura de paz. Se sugiere ampliar futuras aplicaciones con diseños experimentales y muestras más grandes, y profundizar en estrategias que fomenten la autocompasión.
Palabras clave | conflicto armado; diagnóstico participativo; intervención participativa; regulación emocional; terapias contextuales
Emotional Regulation Strategies among Victims of Armed Conflict: A Participatory Intervention Based on Contextual Approaches
Abstract | This article reports on research evaluating a participatory intervention grounded in contextual approaches—specifically acceptance and commitment therapy, mindfulness, and self-compassion—designed to strengthen emotional regulation skills among adults exposed to traumatic experiences. The intervention sought to promote individual, interpersonal, and community well-being. Using a mixed, sequential design, a participatory diagnostic phase was conducted with 28 individuals to validate understanding of the intervention instructions and educational materials in line with the characteristics of the community. The intervention was then implemented with 21 participants who were victims of the armed conflict and had low levels of formal education. Outcomes were assessed using scales measuring difficulties in emotional regulation, experiential avoidance, and self-compassion. The findings show a significant reduction in emotional dysregulation and experiential avoidance. In contrast, changes observed in self-compassion did not reach statistical significance, although trends toward improvement were identified. These results highlight the importance of incorporating participatory and culturally relevant mental health and psychosocial support strategies to foster emotional and social well-being in contexts of transition toward a culture of peace. Future applications should expand the use of experimental designs and larger samples, and further explore strategies that specifically promote self-compassion.
Keywords | armed conflict; contextual therapies; emotional regulation; participatory diagnosis; participatory intervention
Estratégias de regulação emocional em vítimas do conflito armado: uma intervenção participativa baseada em estratégias contextuais
Resumo | A pesquisa que sustenta este artigo avaliou uma intervenção participativa baseada em estratégias contextuais (aceitação e compromisso, mindfulness e autocompaixão) para treinar habilidades de regulação emocional em adultos expostos a situações traumáticas, a fim de promover seu bem-estar individual, interpessoal e comunitário. Por meio de um delineamento misto e sequencial, foi realizado um diagnóstico participativo com 28 pessoas para validar a compreensão das instruções da intervenção e do material didático, de acordo com as características da comunidade. A intervenção foi aplicada a 21 participantes vítimas do conflito armado com baixo nível de escolaridade. Os efeitos foram avaliados usando escalas que avaliam dificuldades na regulação emocional, evitação experiencial e autocompaixão. Os resultados indicam uma redução significativa na desregulação emocional e na evitação experiencial, enquanto na autocompaixão foram observadas tendências de mudança que não atingiram significância estatística. Além disso, ressaltam a importância de integrar estratégias participativas e culturalmente relevantes de saúde mental e apoio psicossocial para promover o bem-estar emocional e social em contextos de transição para uma cultura de paz. Sugere-se expandir as aplicações futuras com delineamentos experimentais e amostras maiores, bem como aprofundar estratégias que promovam a autocompaixão.
Palavras-chave | conflito armado; diagnóstico participativo; intervenção participativa; regulação emocional; terapias contextuais
Introducción
El prolongado conflicto armado en Colombia, con 10.202.014 víctimas reconocidas, 1.153.650 muertes y 9.092.803 desplazados, ha dejado graves secuelas en la salud mental y psicosocial de la población. Una de estas es la normalización de la violencia como forma de resolución de conflictos; se trata de un fenómeno que erosiona el tejido social y comunitario (CEV 2022; UARIV 2026), pues las personas que experimentan eventos traumáticos en contextos de violencia política experimentan múltiples consecuencias como sintomatologías asociadas con trastornos mentales —estrés postraumático, depresión, ansiedad— y alteraciones psicosociales —trauma psicosocial— (Blanco et al. 2006; Blanco et al. 2016; Campo-Arias y Herazo 2014; Gómez-Restrepo et al. 2015; Martín-Baró 1990; Moreno-Chaparro et al. 2022; Orrego et al. 2020; Santamaría-Uribe et al. 2023).
Las víctimas de desplazamiento forzado afrontan el sufrimiento emocional en un contexto social, político y económico en el que persisten las condiciones de desigualdad en el acceso a la atención psicosocial y así se enfrentan de nuevo a estigmatización y discriminación (Campo-Arias y Herazo 2014; Jiménez-Molina et al. 2021). Por lo anterior, se reconoce la urgencia de atender el daño psicosocial como mecanismo para promover una cultura de paz que, en sinergia con las lecciones aprendidas y el amplio recorrido en la ruta de atención en salud mental, favorezca la implementación de estrategias orientadas a promover condiciones individuales y comunitarias de bienestar en Colombia (Ministerio de Salud y Protección Social 2024a, 2024b; OMS 2022a, 2022b; Piñeros- Ortíz et al. 2021; Tamayo-Agudelo y Bell 2019).
En el marco de esta mirada psicosocial, el trauma se entiende como una expresión del daño colectivo generado por la violencia sociopolítica y de sus efectos en la desregulación emocional. En ese sentido, se propone una intervención articulada desde una mirada contextual de la regulación emocional que integra estrategias del contextualismo funcional, el modelo integrativo de regulación emocional (MIRE) y la terapia de aceptación y compromiso (TAC) como referentes para la reparación y el bienestar. Finalmente, se vinculan estas aproximaciones con las perspectivas globales de salud mental y con la construcción de culturas de paz orientadas al fortalecimiento de vínculos y capacidades comunitarias.
La desregulación emocional y la regulación en contextos de conflicto armado para la construcción de paz
En sociedades que han sufrido violencia crónica, integrar estrategias de salud mental y de apoyo psicosocial resulta indispensable para avanzar en la construcción de paz. Esas acciones incluyen brindar espacios para procesar el trauma, promover el perdón y la reconciliación, y reconstruir la confianza colectiva, y así dar especial importancia a la recuperación emocional como vía para lograr mejores condiciones tanto de salud mental como de paz social (Blanco et al. 2006, 2016; Somasundaram 2010). Desde esta mirada, los problemas emocionales individuales generados por la guerra —como la desregulación emocional, el trauma y la pérdida de confianza— no solo afectan a quienes los padecen, sino que pueden perpetuar ciclos de violencia y dificultar la reconciliación comunitaria, además de una mayor polarización social y deseo de retaliación, lo que entorpece los esfuerzos de paz (de la Rey y McKay 2006).
Esta alienación emocional, anclada en la violencia directa, simbólica y estructural (Galtung 1990), instaura patrones disfuncionales en respuesta a contextos de opresión sistemática. El trauma colectivo, aunado a condiciones de pobreza extrema y persistencia de la violencia armada, ocasiona una distorsión de la vivencia emocional que afecta tanto la percepción de la persona afectada sobre sí misma como de las relaciones con los demás; así, se dan modos de sobrevivencia emocional reactivos y desregulados que, sin procesos de acompañamiento psicosocial, tienden a volverse crónicos (Martín-Baró 1984, 1989, 1990). Villagrán (2002), a partir de una investigación transcultural en tres países latinoamericanos afectados por la violencia política (Chile, Colombia y El Salvador), advierte que las personas expuestas a trauma social y violencia sistemática tienden a operar en un estado de hiperactivación emocional crónico, caracterizado por la impulsividad, la desconfianza, el retraimiento afectivo o la reactividad desproporcionada. Estos patrones son respuestas adaptativas al contexto violento, y se pueden volver disfuncionales en escenarios que requieren regulación emocional y convivencia pacífica.
Desde esta perspectiva, el trauma psicosocial es un modelo explicativo de las consecuencias psicosociales de la exposición a escenarios de violencia política. Su postulado central es que el daño puede generar heridas colectivas que desestructuran los vínculos familiares, comunitarios e institucionales. No se trata únicamente de reacciones individuales y clínicas ante un hecho violento, sino de un proceso social en el que el miedo, la desconfianza y la ruptura del tejido relacional configuran un estado de sufrimiento común que compromete la identidad y la cohesión social (Blanco et al. 2006; Blanco et al. 2016; Martín-Baró 1984, 1989, 1990). Por ello, el entrenamiento en regulación emocional puede tanto favorecer el bienestar y el funcionamiento social, como disminuir síntomas asociados con el trauma en poblaciones vulnerables, pues permite brindar recursos concretos para manejar emociones intensas que, de otro modo, podrían desbordarse y generar desregulación (Berking et al. 2008; OMS 2012).
Ahora bien, comprender la desregulación y la regulación emocional desde un marco clínico-contextual permite profundizar en cómo estos fenómenos se configuran en la experiencia individual y, al mismo tiempo, estructurar rutas concretas de intervención. Así, la desregulación emocional se entiende como un patrón rígido de evitación experiencial y fusión cognitiva, entendida como el proceso mediante el cual los eventos verbales privados adquieren control sobre la conducta. En consecuencia, se reduce la flexibilidad psicológica ante las contingencias del contexto, pues estas limitan la capacidad de actuar según valores y generan respuestas impulsivas, de desconexión o de hiperactivación prolongada. Desde un marco contextual, no se trata de padecer emociones intensas, sino de quedar atrapado en interacciones rígidas que comprometen la capacidad de responder de manera adaptativa al entorno (Gross 1998; Hayes et al. 2013).
En contraste, la regulación emocional es la capacidad de relacionarse con la experiencia interna —pensamientos, recuerdos, emociones y sensaciones corporales— de manera flexible y en función de aquello que la persona elige como valioso para su vida. Sobre esta base, se despliegan repertorios conductuales que permiten actuar con coherencia en lo que resulta significativo, incluso en presencia de malestar. En este sentido, la regulación emocional, desde una perspectiva contextual, se comprende como un proceso de ampliación de la flexibilidad psicológica más que como la eliminación, el control o la supresión de estados emocionales indeseados (Hayes et al. 2014; Linehan et al. 2007).
En suma, mientras la desregulación emocional surge ante condiciones adversas y la adaptación a contextos hostiles, la regulación emocional funcional requiere de un entorno facilitador, apoyo psicoeducativo y herramientas culturales que la promuevan. Sin estos elementos, la capacidad de regulación suele verse gravemente comprometida, como ocurre en comunidades sometidas a violencia directa, trauma colectivo o exclusión estructural (Blanco et al. 2006; Blanco et al. 2016; Gross 1998; Thompson 1994). En consecuencia, este contexto conlleva considerar estrategias provenientes de modelos clínico-contextuales que aportan herramientas valiosas para el entrenamiento en regulación emocional y, en consecuencia, para los procesos de reconciliación y construcción de paz.
Regulación emocional desde un enfoque contextual: uso de estrategias del modelo integrativo de regulación emocional y la terapia de aceptación y compromiso
El fundamento epistemológico y filosófico de este enfoque es el contextualismo funcional desarrollado por Steven C. Hayes (1993). Desde esta perspectiva, las conductas privadas y públicas se analizan en relación con su contexto, sus consecuencias y su utilidad para ampliar repertorios; es decir, en cuanto a cómo facilitan la adaptación y la promoción de vidas valiosas. Al aplicarlo a la regulación emocional, el contextualismo funcional se aparta de los modelos de control y se orienta a transformar la función que cumplen las experiencias en la vida de las personas.
En contraste, la evitación experiencial se ha propuesto como un concepto central para comprender la incidencia de los repertorios conductuales orientados al control o la supresión de las emociones, las cuales pueden restringir la flexibilidad y deteriorar la regulación emocional pues mantienen patrones desadaptativos frente al malestar (Boulanger et al. 2010). Por tal motivo, el sufrimiento no se entiende como un problema en sí mismo, sino como un contexto en el que se pueden desarrollar repertorios sensibles a las necesidades y reglas de la vida de la persona. De esta forma, las estrategias derivadas de esta perspectiva han demostrado eficacia al fortalecer la flexibilidad emocional y reducir patrones desadaptativos, y al promover una relación más abierta, compasiva y regulada con las emociones difíciles (Hayes et al. 2006; Hayes et al. 2014; Neff y Germer 2013).
En ese sentido, el MIRE plantea la regulación emocional como un proceso transdiagnóstico central en la salud mental contemporánea. Desde el contextualismo funcional, ese método se entiende como el desarrollo de repertorios flexibles que permiten relacionarse desde la apertura hacia las experiencias emocionales dolorosas, particularmente en contextos adversos (Reyes y Tena 2016). Esta es una perspectiva altamente relevante en poblaciones expuestas a violencia crónica, como las víctimas del conflicto armado, en las cuales la alta prevalencia de desregulación emocional subraya la urgencia de intervenciones que no solo mitiguen síntomas, sino que fortalezcan recursos psicológicos orientados a la resiliencia individual y comunitaria (Moreno-Chaparro 2022).
Por su parte, la TAC comprende la flexibilidad psicológica como la capacidad de permanecer en contacto con emociones, pensamientos y recuerdos sin evitarlos ni fusionarse con ellos, y, simultáneamente, comprometerse con acciones coherentes con valores personales (Hayes et al. 2014). La TAC se centra en habilidades que conducen a la flexibilidad en seis procesos interrelacionados conocidos como el hexaflex: (i) contacto con el momento presente, que se gestiona a través de la práctica de mindfulness y posibilita observar la experiencia emocional sin fusionarse con ella ni quedar atrapado en la rumiación o la evitación; (ii) clarificación de valores, que orienta la acción hacia metas vitales significativas —en este marco, la autocompasión se entiende como un valor relacional que guía la conducta hacia formas de cuidado y humanidad compartida—; (iii) la acción comprometida, que implica desplegar patrones conductuales persistentes y coherentes con los valores personales, incluso en presencia de malestar; (iv) yo como contexto, que facilita reconocer que los eventos internos ocurren dentro de una perspectiva más amplia del ser, y evitar así la sobreidentificación con emociones y las definiciones inflexibles del yo; (v) defusión cognitiva, que permite modificar la relación con pensamientos, y así reducir su literalidad y aumentar la distancia psicológica con ellos; por último, (vi) aceptación, que implica la apertura voluntaria a experiencias internas dolorosas en lugar de evitarlas, y reconocer que la lucha por controlarlas suele amplificar el sufrimiento (Barreto-Galeano et al. 2022; Hayes et al. 2013; Hayes et al. 2014; Peñate et al. 2010).
Las prácticas de mindfulness —como la atención a la respiración y la consciencia corporal— constituyen un componente central de las estrategias empleadas en la TAC. El mindfulness, entendido como la capacidad de orientar la atención al momento presente y sin juicios, permite que las personas reconozcan sus experiencias internas sin recurrir a la evitación o al control rígido, y así se abre un espacio de regulación emocional más adaptativo (Dimidjian y Linehan 2003; Linehan et al. 2007).
De igual modo, la autocompasión puede ser considerada un valor fundamental para quienes han atravesado experiencias de violencia política, al comprender que ese concepto se puede entender como el trato con bondad y cuidado hacia la condición humana, tanto de sí mismo como del otro. Mediante la bondad, la comprensión de la humanidad compartida y el desarrollo de la atención plena, hay un camino hacia la disminución del sufrimiento o del malestar. Por tanto, la compasión es la práctica o característica humana que permite desarrollar la sensibilidad y la comprensión del dolor, condición que genera el deseo de alivio y la creatividad para transformarlo (Neff y Tirch 2013; Neff y Davidson 2016). Para las víctimas de violencia política, cultivar la autocompasión y la atención plena no solo facilita una relación más amable con sus heridas emocionales, sino que también posibilita el acercamiento al dolor desde otras perspectivas, lo que, a su vez, favorece la construcción de una vida valiosa.
Tanto el MIRE como la TAC convergen en su visión procesual y transdiagnóstica. Ambos modelos reconocen que las dificultades en la regulación emocional atraviesan múltiples formas de psicopatología y que su abordaje requiere entrenamientos centrados en la aceptación, el contacto flexible con el momento presente y con eventos aversivos, y la acción orientada a valores. Mientras que el MIRE aporta un marco clínico integrativo para conceptualizar la regulación metatransversal, la TAC lo opera mediante procesos empíricamente definidos y estrategias experienciales concretas. En conjunto, constituyen una vía de intervención coherente y eficaz para fortalecer la resiliencia psicológica en personas y comunidades que enfrentan el impacto prolongado del conflicto armado.
Estrategias e intervenciones basadas en perspectivas de salud mental global y bienestar en contextos de transición a la paz
La alta prevalencia de sintamotología traumática y alteraciones psicosociales ocasionadas por la violencia política, con implicaciones individuales, sociales y comunitarias, subraya la urgencia de implementar intervenciones que integren estrategias efectivas. Adicionalmente, la limitada disponibilidad de servicios en la ruta de atención psicosocial incrementa el riesgo de cronificación y deterioro del bienestar colectivo de las personas afectadas. Por tal motivo, la integración de estrategias del MIRE y la TAC resulta esencial para mejorar la calidad de vida y promover la resiliencia en las comunidades impactadas por la violencia (Enav et al. 2025; León-Giraldo et al. 2023).
Esta transferencia de estrategias de intervención con base en terapias contextuales a nivel grupal y comunitario puede llegar a ser un reto, particularmente en poblaciones con bajo nivel educativo o en víctimas de conflicto armado, pues las barreras de esas poblaciones son individuales y societales (Halperin et al. 2023). Por ejemplo, el bajo nivel de alfabetización limita la comprensión de conceptos abstractos y metáforas complejas usados en la TAC, y por ello se requieren adaptaciones que implican la simplificación del lenguaje y el uso de ejemplos concretos (Aguilar-Pardo et al. 2025; Kuhajda et al. 2011; Ramaiya et al. 2017). De la misma manera, las barreras culturales y lingüísticas también obstaculizan la efectividad de las estrategias terapéuticas, dado que se han diseñado en y para contextos occidentales específicos. Por tanto, usar expresiones diseñadas en otros contextos requiere realizar una adaptación idiomática y cultural de los programas. A nivel contextual y socioeconómico, factores como la pobreza, el desplazamiento, la falta de tiempo y la exposición continua a la violencia reducen la adherencia a intervenciones tradicionales. Teniendo en cuenta estas necesidades, se ha recomendado adaptar los materiales y las estrategias a las características propias de la comunidad, así como diseñar abordajes breves y flexibles que se apoyen en promotores comunitarios (Alrashdi et al. 2024; Acartürk et al. 2022; Geda et al. 2021).
Desde esta perspectiva, es necesario diseñar intervenciones participativas basadas en talleres de psicoeducación, que no solo impacten positivamente a nivel individual, sino que también fortalezcan el sentido de pertenencia, la cohesión social y las capacidades colectivas para afrontar el trauma (Biglan et al. 2023; Villatte et al. 2015). Estas estrategias se alinean con el enfoque contemporáneo de salud mental global al integrar procesos terapéuticos con dinámicas de empoderamiento comunitario. En contextos de conflicto armado y violencia sociopolítica, como el colombiano, el uso de estrategias de intervención basadas en terapias contextuales como la TAC, permite atender simultáneamente el sufrimiento psicológico y contribuir al restablecimiento del tejido social (Vergara y Ballesteros de Valderrama 2020).
Sumado a lo anterior, estas estrategias deben pensarse desde una perspectiva que trascienda los enfoques convencionales individuales. En este sentido, el Modelo Integrativo de Salud Mental y Apoyo Psicosocial propuesto por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD 2022) subraya que los procesos de consolidación de paz deben incorporar estrategias de salud mental participativas, culturalmente pertinentes y basadas en la cocreación con las comunidades afectadas. Este enfoque reconoce que, en contextos de violencia sociopolítica y conflicto armado, las víctimas no solo requieren atención clínica individualizada, sino también espacios comunitarios de reparación y fortalecimiento psicosocial. Así, el diseño de intervenciones participativas que integren activamente a las personas en su propio proceso de recuperación y las habiliten para reconstruir sus redes afectivas resulta esencial para lograr un impacto sostenido en el bienestar y en la reconstrucción del tejido social (Flaherty et al. 2020; IASC 2007; PNUD 2022).
En este contexto, la investigación de la que deriva este artículo tuvo como propósito el diseño participativo de una estrategia de intervención propuesta desde el modelo MIRE y basada en estrategias contextuales de la TAC y compasión para entrenar habilidades de regulación emocional en adultos expuestos a situaciones traumáticas, con el fin de promover su bienestar individual, interpersonal y comunitario, así como evaluar su efectividad mediante medidas de autorreporte con las siguientes hipótesis:
H1: Los participantes del entrenamiento en habilidades de regulación emocional con actividades de educación psicoemocional presentarán un decremento en las medidas de desregulación después de la intervención.
H2: Los participantes del entrenamiento en habilidades de regulación emocional con actividades de aceptación presentarán un decremento en las medidas de evitación experiencial después de la intervención.
H3: Los participantes del entrenamiento en habilidades de regulación emocional con actividades de autocompasión presentarán un incremento en las medidas de autoamabilidad, humanidad compartida, atención plena y decremento en autojuicio, sobreidentificación y aislamiento después de la intervención.
Metodología
Enfoque y diseño
Se usó un diseño mixto secuencial exploratorio (Creswell 2021) que integra de manera sistemática componentes cualitativos y cuantitativos. En la primera fase, de carácter cualitativo, se realizó un diagnóstico participativo y un proceso de cocreación de materiales, lo que permitió adaptar la intervención a las características culturales, cognitivas y sociales de la población. En la segunda fase, de carácter cuantitativo, se evaluó la efectividad de la intervención mediante un diseño preexperimental pretest-postest con un único grupo. La integración entre los enfoques se dio en dos niveles: (i) los hallazgos cualitativos orientaron la construcción de la cartilla y la guía de talleres experienciales; y (ii) los datos cuantitativos permitieron valorar objetivamente los cambios en las variables de regulación emocional, evitación experiencial y autocompasión.
Participantes
En la fase cualitativa participaron 24 personas de la comunidad en los procesos de diagnóstico y validación cognitiva de los materiales. En la fase cuantitativa, la muestra final estuvo conformada por 21 personas víctimas del conflicto armado colombiano, en su mayoría mujeres (90 %) con edades entre 45 y 78 años (M = 62,8; DE = 11,49). Los participantes residían en un conjunto habitacional de interés social en Bogotá, otorgado como medida de reparación a víctimas del desplazamiento forzado; en cuanto a su nivel educativo, este oscilaba entre primaria incompleta y secundaria completa. El muestreo se realizó en 2021 mediante la técnica de bola de nieve, considerada apropiada para acceder a poblaciones en situación de vulnerabilidad social y con bajo nivel de escolaridad (Johnson 2014).
Instrumentos y técnicas de recolección
Técnicas de recolección de información cualitativas
Se utilizaron entrevistas semiestructuradas para el diagnóstico participativo, y técnicas de validación cognitiva (verbalización del pensamiento y parafraseo) para evaluar la comprensión de los materiales diseñados (Padilla et al. 2007).
Instrumentos psicométricos
La escala de dificultades en la regulación emocional (DERS) fue diseñada por Gratz y Roemer (2004) para medir la desregulación emocional. Para la recolección de los datos, se empleó la versión de Herrera et al. (2008) de 36 ítems. Sin embargo, para el análisis de la información, se tomaron los 28 ítems propuestos por Hervás y Jódar (2008), validados en muestras colombianas por Bohórquez-Borda et al. (2023).
El cuestionario de aceptación y acción (AAQ-II) fue diseñado por Bond et al. (2011) para evaluar la evitación experiencial y la inflexibilidad psicológica a partir de 7 ítems. Se usó la adaptación al español realizada por Ruiz et al. (2013) y validada en población colombiana por Ruiz et al. (2016).
La escala de autocompasión (CSC) fue propuesta por Neff (2003) para evaluar la percepción de las personas acerca de acciones hacia sí mismos en momentos difíciles; esta escala está conformada por 26 ítems. Se usó la versión adaptada al español por García-Campayo et al. (2014) y adaptada a población colombiana por Martínez-Ramos et al. (2022).
Procedimiento
Fase 1. Diagnóstico participativo
Se realizó una salida de campo para entrevistar a los miembros de la comunidad y desarrollar el diagnóstico participativo. Mediante entrevistas semiestructuradas se indagó acerca de las condiciones sociodemográficas, psicoemocionales y familiares de la población, así como sus intereses y el tipo de actividades que disfrutaban. Así, fue posible identificar necesidades, expectativas y posibilidades de aprendizaje de la población, lo que a su vez permitió desarrollar estrategias contextuales basadas en la vida de los participantes.
Fase 2. Diseño de la intervención y material didáctico
Con base en la información brindada por los miembros de la comunidad en el diagnóstico participativo, se identificó su interés y necesidad en abordar aspectos relacionados con la regulación emocional. A partir de este hallazgo, se realizó una revisión de la literatura científica para identificar intervenciones basadas en la evidencia para abordar dificultades en la regulación emocional. Esta búsqueda resultó en la adopción de algunos elementos de estrategias contextuales de aceptación y compromiso, autocompasión y conciencia plena, y en el diseño de una cartilla guía para la intervención y de una cartilla didáctica para los participantes, estructuradas en cuatro sesiones que optimizan el tiempo limitado de la comunidad y se orientan al entrenamiento de habilidades en adultos expuestos a situaciones traumáticas (Pulido-Escobar et al. 2022a; Pulido-Escobar et al. 2022b).
La intervención se desarrolla por medio de cuatro ejes progresivos: (i) educación psicoemocional, que aborda mitos, funciones y componentes de las emociones; (ii) conciencia emocional, mediante la atención plena y la aceptación; (iii) flexibilidad psicológica, que se enfoca en el desenganche de pensamientos y la aceptación; y (iv) clarificación de valores y acción comprometida, que integra la autocompasión y las estrategias de bienestar como valores hacia una vida valiosa (Pulido-Escobar et al. 2022a; Pulido-Escobar et al. 2022b) (ver anexo 1).
Fase 3. Validación de los materiales
Se desarrolló una segunda salida de campo con 24 participantes en la que se mostró a la comunidad los borradores de los talleres y la cartilla, y se recibió realimentación, así como validación de la comprensión del contenido. Se emplearon técnicas de entrevista cognitiva como verbalización del pensamiento y parafraseo (Barreto-Galeano et al. 2022; Padilla et al. 2007). A partir de esta información, se realizaron ajustes en el contenido y la extensión, así como en aspectos editoriales. A continuación, se llevó a cabo la validación por jueces expertos (Escobar-Pérez y Cuervo-Martínez 2008) en psicología clínica, social y política para la verificación final del material didáctico y la propuesta de intervención. Esta fase dio como resultado la versión final de la guía de intervención (Pulido-Escobar et al. 2022b) y la cartilla Entrenamiento en habilidades de regulación emocional: aprendamos con la familia Hernández 1 (Pulido-Escobar et al. 2022a).
Fase 4. Línea de base y aplicación de talleres
En un primer momento, los participantes debían responder teniendo en cuenta las escalas descritas en el apartado de instrumentos como medida de pretest. Posteriormente, la intervención se desarrolló en cuatro sesiones. Cada una de estas sesiones tuvo un tiempo de duración de dos horas, y se desarrollaron en el salón comunal del conjunto de los participantes. En esta fase se contó con la asistencia de los 21 participantes descritos en la muestra.
Fase 5. Evaluación de la efectividad
Para evaluar la efectividad de la intervención, una vez finalizadas las cuatro sesiones, los participantes respondieron nuevamente las pruebas psicométricas como medición postest y se realizó un evento de cierre. Finalmente, los resultados de las pruebas fueron tabulados y analizados. Con el fin de evaluar la efectividad de la intervención, se empleó un diseño preexperimental pretest-postest con un único grupo para realizar comparaciones intraparticipantes (Ato et al. 2013).
Aspectos éticos
En cumplimiento de la Ley 1448 de 2011, todos los participantes que aceptaron participar firmaron un consentimiento informado. Asimismo, se brindaron las condiciones de respeto y dignidad establecidas en la Ley 1090 de 2006 y en los lineamientos de ética de la Asociación de Psicología Americana (APA). A los participantes con necesidades especiales de atención psicológica se les ofreció la posibilidad de recibir atención en la Unidad de Servicios Psicológicos de la Universidad Católica de Colombia.
Análisis de datos
Análisis cualitativo
El proceso de investigación comenzó con un acercamiento a la comunidad. Para el diagnóstico participativo, se diseñó un guion de entrevista semiestructurada que utiliza el protocolo de entrevista cognitiva e incluye técnicas de verbalización del pensamiento y pruebas centradas en el significado (Barreto-Galeano et al. 2022; Padilla et al. 2007). En la primera, el participante expresa lo que piensa al responder a las preguntas y, en la segunda, comunica cómo comprende las palabras clave empleadas en las instrucciones diseñadas para la intervención. Las grabaciones de las 28 entrevistas cognitivas fueron transcritas, previo consentimiento firmado. Posteriormente, se realizó el análisis de contenido para identificar categorías relacionadas con la comprensión de las instrucciones (Krippendorff 2017). Finalmente, se hicieron los ajustes lingüísticos a los materiales de intervención.
Análisis cuantitativo
El análisis cuantitativo de los datos se realizó utilizando el software Jamovi, versión 2.6.26. En primer lugar, se realizó un análisis descriptivo con el propósito de caracterizar la muestra y describir las variables de estudio. Posteriormente, se aplicó la prueba de normalidad de Shapiro-Wilk para determinar la distribución de los datos y, con ello, establecer la prueba estadística más adecuada para comparar los resultados pre y postintervención. Para las variables cuyos puntajes pretest y postest siguieron una distribución normal, se utilizó la prueba t de Student para muestras pareadas. Por el contrario, cuando al menos uno de los dos momentos de medición (pre o post) no presentó una distribución normal, se empleó la prueba no paramétrica de rangos con signo de Wilcoxon.
Con el fin de identificar posibles diferencias significativas entre los puntajes pretest y postest, y evaluar el impacto de la intervención, se calcularon los tamaños del efecto. Para los datos paramétricos, se utilizó el estadístico d de Cohen, que permite evaluar la eficacia de la intervención. En los casos no paramétricos, el tamaño del efecto se estimó mediante la correlación biseriada de rangos (r). Según los criterios de Ferguson (2009) sobre los tamaños de efecto en las ciencias sociales, esta investigación tomó como efecto mínimo recomendado los valores por encima de 0,41 para el caso de la d y de 0,2 para la r. En todos los análisis se estableció un nivel de significancia de p ≤ 0,05.
Resultados
Se evaluó la efectividad de una intervención participativa basada en la TAC, en 21 adultos sobrevivientes del conflicto armado colombiano. A continuación, se presentan los resultados obtenidos respecto de las tres hipótesis planteadas.
Decremento de la desregulación emocional (hipótesis 1)
Los análisis revelaron una reducción significativa en los niveles de desregulación emocional tras la intervención, tanto en la puntuación global como en cada una de las dimensiones del instrumento. Específicamente, se evidenció una disminución significativa en la puntuación total del DERS tras la intervención, con un gran tamaño de efecto. A nivel de subescalas, se observaron mejoras significativas en el rechazo emocional, el descontrol impulsivo, la interferencia conductual, la desatención emocional y la confusión emocional. Todos los cambios fueron significativos y permiten aceptar la primera hipótesis, ya que los resultados van en la dirección esperada (tabla 1).
Tabla 1. Resultados de las pruebas pareadas en las escalas DERS
|
Variable |
Pretest |
Postest |
Prueba t |
||||
|
M |
DE |
M |
DE |
t / W |
p |
d / r |
|
|
Rechazo |
18,4 |
5,18 |
15,3 |
5,19 |
t = 2,88 |
0,00* |
0,628 |
|
Descontrol |
21,7 |
7,21 |
18,5 |
6,27 |
t = 2,06 |
0,02* |
0,450 |
|
Interferencia |
10,67 |
4,18 |
9,19 |
4,60 |
W = 150 |
0,04* |
0,429 |
|
Desatención |
9,33 |
2,89 |
7,33 |
2,22 |
W = 114 |
0,01* |
0,669 |
|
Confusión |
12,19 |
2,27 |
10,57 |
2,93 |
W = 155 |
0,03* |
0,476 |
|
Desregulación emocional |
72,3 |
17,16 |
60,9 |
16,20 |
t = 3,30 |
0,00* |
0,721 |
Nota: n=21; *p < ,05.
Fuente: elaboración propia a partir de los datos recolectados.
Decremento de la evitación experiencial (hipótesis 2)
En relación con la segunda hipótesis, los resultados indican una disminución significativa en los niveles de evitación experiencial. La puntuación media del AAQ-II se redujo con un tamaño de efecto moderado, lo que permite aceptar la segunda hipótesis (tabla 2).
Tabla 2. Resultados de las pruebas pareadas en las escalas AAQ-II
|
Variable |
Pretest |
Postest |
Prueba t |
||||
|
M |
DE |
M |
DE |
t / W |
p |
d / r |
|
|
Evitación experiencial |
26,0 |
12,4 |
21,3 |
11,9 |
t = 2,20 |
0,02* |
0,480 |
Nota: n=21; *p< ,05.
Fuente: elaboración propia a partir de los datos recolectados.
Incremento de la autocompasión (hipótesis 3)
Respecto a la tercera hipótesis, se registraron mejoras significativas en dimensiones clave como humanidad compartida, atención plena y aislamiento, todas en la dirección esperada. En contraste, las subescalas de autoamabilidad, autojuicio y sobreidentificación no presentaron cambios significativos, al igual que la escala global (tabla 3).
Tabla 3. Resultados de las pruebas pareadas en las escalas SCS
|
Variable |
Pretest |
Postest |
Prueba t |
||||
|
M |
DE |
M |
DE |
t / W |
p |
d / r |
|
|
Autoamabilidad |
3,78 |
0,82 |
4,10 |
0,75 |
W = 61 |
0,29 |
-0,287 |
|
Autojuicio |
3,49 |
1,04 |
3,31 |
0,80 |
W = 130,5 |
0,35 |
0,243 |
|
Sobre identificación |
3,62 |
1,06 |
3,46 |
1,23 |
W = 80 |
0,55 |
0,176 |
|
Aislamiento |
3,76 |
1,19 |
3,26 |
1,05 |
t = 2,37 |
0,01* |
-0,518 |
|
Humanidad compartida |
3,38 |
0,961 |
3,83 |
0,73 |
t = 1,98 |
0,03* |
-0,432 |
|
Atención plena |
3,48 |
0,802 |
3,99 |
0,75 |
t = 2,49 |
0,01* |
-0,542 |
|
Autocompasión total |
3,5 |
0,547 |
3,74 |
0,63 |
t = 1,58 |
0,06 |
-0,344 |
Nota: n=21; *p<,05.
Fuente: elaboración propia a partir de los datos recolectados.
En resumen, los datos empíricos confirman plenamente las hipótesis 1 y 2, y ofrecen apoyo parcial a la hipótesis 3. En todos los casos, las direcciones del cambio se alinean con lo esperado: disminuciones en variables disfuncionales como la desregulación emocional y todas sus dimensiones, la evitación experiencial y el aislamiento, junto con incrementos en recursos adaptativos como la atención plena y la humanidad compartida.
Discusión
Los hallazgos de este estudio aportan evidencia empírica sobre la pertinencia cultural y el posible impacto positivo del uso de estas herramientas en la población, en coherencia con el objetivo de analizar la efectividad de una intervención grupal que integre estrategias de diagnóstico participativo y de intervención contextual para fortalecer la regulación emocional en adultos afectados por el conflicto armado. La integración de componentes de salud mental y apoyo psicosocial, en consonancia con los lineamientos del Plan de Acción de Salud Mental 2013-2030 de la OMS (OMS 2022a) y la Política Nacional de Salud Mental 2024-2033 (Ministerio de Salud y Protección Social 2024b) en intervenciones breves, grupales y culturalmente adaptadas puede contribuir de manera concreta al bienestar psicológico y a la reconstrucción del tejido social. La reducción significativa de la desregulación emocional, con un tamaño del efecto alto, evidencia que el programa favoreció procesos de reconocimiento, aceptación y modulación emocional, indicadores clave de flexibilidad psicológica y reparación psíquica.
En poblaciones expuestas al trauma, como las víctimas de conflicto armado, es frecuente la presencia de reactividad emocional elevada, impulsividad y evitación conductual frente a estímulos internos dolorosos (Gross 1998; Thompson 1994). Así, los resultados obtenidos sugieren que la intervención facilitó la reconexión con la experiencia emocional y la tolerancia al malestar, elementos centrales para la reparación psíquica y la reorganización de repertorios de afrontamiento más adaptativos. Las mejoras observadas en todas las subescalas del DERS, especialmente en desatención y confusión emocional, indican un avance hacia una mayor conciencia y comprensión de los estados internos, lo que refuerza la hipótesis de que los procesos de psicoeducación emocional y mindfulness promueven un vínculo más flexible y funcional con las emociones difíciles.
Los resultados permiten inferir un cambio en los repertorios de afrontamiento emocional de los participantes. Se observó una transición desde estrategias desadaptativas, como la supresión emocional, la rumiación y la evitación, hacia estrategias más funcionales orientadas a la reevaluación cognitiva, la aceptación y la resolución activa de problemas. Este desplazamiento refleja una mayor capacidad de monitoreo y autorregulación emocional, en línea con los modelos de desarrollo de competencias emocionales propuestos por Thompson (1994) y con la evidencia sobre la eficacia de las estrategias reguladoras adaptativas en la reducción del malestar psicológico (Aldao 2012; Pineda et al. 2018). En conjunto, estos cambios sugieren una mejora en la estabilidad emocional y en la coherencia conductual, indicadores de una flexibilidad psicológica fortalecida.
En segundo lugar, la disminución significativa en la evitación experiencial sugiere una mejora en la capacidad de los participantes para afrontar emociones y pensamientos dolorosos sin recurrir a mecanismos de evitación rígida, supresión o escape, aspectos clave para la flexibilidad psicológica y la recuperación postraumática. Este cambio es especialmente significativo en el marco de intervenciones basadas en la aceptación y la flexibilidad psicológica y se asocia con trayectorias más saludables de recuperación postraumática (Hayes et al. 2014). El tamaño del efecto moderado observado en el AAQ-II indica que el cambio puede ser clínicamente relevante. En poblaciones expuestas a trauma, esta capacidad de apertura experiencial constituye un marcador de recuperación emocional y resiliencia (Neacsiu et al. 2014), al permitir procesar el sufrimiento y orientar la conducta hacia los valores personales, en coherencia con las dimensiones del hexaflex, en particular la aceptación, la defusión cognitiva y el contacto con el presente.
En concordancia, el metanálisis de Rowe-Johnson et al. (2024) confirmó un efecto moderado y estadísticamente significativo de la TAC sobre la reducción de síntomas relacionados con el trauma en adultos (Hedges’ g = −0,42); es evidente que los procesos de aceptación, clarificación de valores y acción comprometida actúan como mecanismos transdiagnósticos de cambio en distintas poblaciones. Así, los hallazgos del presente estudio coinciden con la evidencia internacional al mostrar que la exposición al malestar emocional en un marco de aceptación favorece la reparación psíquica y la recuperación funcional, incluso en contextos de trauma sociopolítico.
El fortalecimiento de las habilidades de aceptación se traduce, entonces, en una mayor disposición para afrontar y procesar el malestar, habilitando trayectorias de recuperación más saludables. En este sentido, los resultados dan cuenta de cambios relevantes en la forma en que los participantes aceptan y experimentan sus eventos internos sin someterlos a juicios de valor; a su vez, se favorece una postura de apertura frente al malestar y se promueve la orientación hacia valores y objetivos significativos, aun en presencia de experiencias emocionales difíciles (Hayes et al. 2014). Este resultado es coherente con lo reportado por Vergara y Ballesteros de Valderrama (2020), quienes hallaron reducciones similares en la evitación experiencial y aumentos en la flexibilidad psicológica en víctimas del conflicto armado tras procesos breves de entrenamiento en aceptación y valores. Así pues, como se evidencia en los resultados, la implementación de estrategias contextuales ofrece una ruta eficaz para intervenir en poblaciones afectadas por la violencia sociopolítica. Estas estrategias, lejos de centrarse únicamente en la supresión del malestar, fomentan una relación más flexible, compasiva y consciente con la experiencia interna y potencian la resiliencia individual y colectiva (Hayes et al. 2013; Neff y Germer 2013).
En tercer lugar, en el caso de la autocompasión, no se observaron diferencias significativas en la puntuación global ni en las dimensiones de autoamabilidad, autojuicio y sobreidentificación. Este patrón contrasta con otros estudios en los que las intervenciones basadas en la compasión generan efectos más amplios (Scoglio et al. 2015; Winders et al. 2020). Este resultado puede explicarse por las características del programa, que abordó la autocompasión como un valor transversal dentro de la TAC, vinculado al cuidado y la aceptación, y no como un eje terapéutico principal. Asimismo, la brevedad de la intervención y su enfoque psicoeducativo grupal pueden ser factores que hayan limitado la profundización experiencial necesaria para consolidar este proceso.
Adicionalmente, la literatura ha documentado que la autocompasión resulta particularmente difícil de cultivar en contextos de violencia y trauma en los que suelen coexistir vergüenza, autoculpa, autocrítica y estigma social. Las víctimas de violencia tienden a internalizar la culpa y experimentar altos niveles de vergüenza, lo que interfiere con la capacidad de mostrarse amables o comprensivas hacia sí mismas (Winders et al. 2020). En ese sentido, la ausencia de cambios significativos en algunas dimensiones puede interpretarse como un reflejo de dichas barreras emocionales y socioculturales, más que como un fracaso del modelo. Estos hallazgos sugieren que, en poblaciones expuestas a trauma y violencia política, el desarrollo de la autocompasión requiere intervenciones más prolongadas y experienciales, capaces de abordar directamente la vergüenza y el autoestigma como condiciones previas para el florecimiento de una actitud compasiva hacia sí mismos y hacia los demás.
No obstante, se observó un incremento significativo en subcomponentes como la humanidad compartida y la atención plena, así como una disminución del aislamiento. Estos avances reflejan un progreso importante en el reconocimiento e involucramiento consciente de las propias sensaciones, emociones y pensamientos, lo cual fue un eje relevante dentro del proceso, dado que la intervención incluyó una sesión específica para fortalecer esta habilidad. En el caso de una población víctima de violencia política, la reducción del aislamiento adquiere un significado especialmente positivo: implica una apertura gradual a la conexión social y una disminución de las emociones intergrupales de odio, desconfianza y retraimiento que suelen emerger tras la exposición prolongada al conflicto (Blanco y Blanco 2019).
En conjunto, los hallazgos muestran una reducción significativa de la desregulación emocional, la evitación experiencial y el aislamiento, así como mejoras en la atención plena y la humanidad compartida, lo que indica que el programa fortaleció la flexibilidad psicológica y las habilidades de afrontamiento adaptativo en participantes afectados por el conflicto armado. Estos avances resaltan la pertinencia de combinar estrategias de salud mental y apoyo psicosocial para abordar el sufrimiento derivado de la violencia política y promover procesos sostenibles de reparación emocional y construcción de paz. La mejora en los indicadores de regulación y conexión interpersonal observada en los participantes sugiere una apertura gradual hacia la confianza y la cooperación, componentes esenciales para contrarrestar el aislamiento emocional y la fragmentación del tejido social.
Desde esta perspectiva, los hallazgos empíricos dialogan con lo planteado por De la Rey y McKay (2006) y Martín-Baró (1989), quienes advierten que la violencia sociopolítica prolongada no solo produce daños materiales, sino también heridas emocionales colectivas que afectan la capacidad de las personas para convivir, confiar y reconstruir la comunidad. En coherencia con estos planteamientos, la reducción de las emociones desreguladas constituye un avance fundamental para mitigar las dinámicas de retaliación, fragmentación y desconfianza institucional que suelen persistir tras el conflicto. Así, los efectos positivos observados en flexibilidad psicológica, atención plena y humanidad compartida pueden interpretarse como indicadores iniciales de reparación psicosocial al favorecer una reconexión con uno mismo y con los demás, condición indispensable para la reconstrucción del tejido social y la reconciliación en comunidades afectadas por la violencia política.
Sin embargo, para que estos enfoques logren un impacto real en contextos de conflicto, deben adaptarse cuidadosamente a las condiciones cognitivas, educativas, culturales y socioeconómicas de las comunidades (Acartürk et al. 2022; Alrashdi et al. 2024; Geda et al. 2021; Kuhajda et al. 2011; Ramaiya et al. 2017). Tal como se evidenció en esta investigación, el uso de narrativas y metáforas locales, así como la creación de la cartilla Aprendamos con la familia Hernández permitió traducir conceptos psicológicos complejos de la TAC a formas comprensibles, relevantes y emocionalmente resonantes para los participantes, y así facilitar la apropiación y la transferencia a la vida cotidiana por parte de la comunidad. En este sentido, la cocreación de materiales y la validación cognitiva con la comunidad se consolidan como buenas prácticas para la salud mental global en contextos de alta vulnerabilidad social.
Conclusiones
Los resultados de la investigación expuestos en este artículo muestran que las intervenciones grupales basadas en evidencia y centradas en habilidades de regulación emocional tienen un alto potencial de impacto en contextos marcados por el trauma y la violencia política. Los efectos observados demuestran que este tipo de programas contribuye de manera significativa al bienestar individual, interpersonal y comunitario, y fortalece la capacidad de los participantes para establecer relaciones afectivas más saludables y sostenibles tras experiencias de adversidad.
Entre los factores que mediaron en el logro de estos resultados se destaca el enfoque participativo, que garantizó el reconocimiento temprano de las necesidades, expectativas y capacidades de la comunidad. Este enfoque facilitó la comprensión de los materiales, la adherencia a los talleres y el abordaje de temáticas complejas como las metáforas de las terapias contextuales en poblaciones con baja escolaridad. La participación activa no solo fortaleció la apropiación del proceso, sino que también favoreció la validación cultural y simbólica de la intervención, y así aumentó su pertinencia y sentido para los participantes. Igualmente, el uso de recursos didácticos y narrativos culturalmente pertinentes, como la historia de la familia Hernández y los ejemplos de la vida cotidiana, permitió aterrizar conceptos como la defusión, la aceptación y la identificación de valores; este trabajo favoreció los procesos cognitivos y emocionales de la población. El recurso promovió la identificación simbólica con el material y la creación de una identidad colectiva en torno al aprendizaje compartido. Estos elementos resultaron esenciales para que la comunidad interiorizara las habilidades adquiridas y las integrara en su vida diaria.
Otro aspecto relevante es la adaptabilidad del modelo a distintas poblaciones. El formato de talleres didácticos y cartillas ilustradas favorece la replicabilidad y la transferencia del programa en comunidades con diversas características sociodemográficas y psicosociales. No obstante, se recomienda que toda adaptación esté precedida por procesos de validación cognitiva y cultural que permitan ajustar actividades y contenidos sin perder coherencia teórica ni fidelidad metodológica. Esta práctica garantiza que la intervención mantenga su efectividad al responder a las particularidades de cada grupo. En la misma línea, se recomienda realizar valoraciones pre y post que permitan evaluar la eficacia de la intervención a nivel individual y grupal y, de esa forma, establecer su efectividad con base en la evidencia.
Ahora bien, es necesario reconocer ciertas limitaciones metodológicas. El diseño preexperimental sin grupo control impide atribuir los cambios exclusivamente a la intervención, y el tamaño muestral reducido limita la generalización de los resultados. Futuras investigaciones deberían emplear diseños experimentales, incluir seguimientos longitudinales y ampliar la cantidad y la diversidad geográfica y demográfica de las muestras. Asimismo, sería pertinente incorporar medidas cualitativas postintervención para profundizar en los procesos subjetivos de cambio y en los factores comunitarios que facilitan o dificultan la sostenibilidad de los efectos. Finalmente, futuras versiones del programa podrían integrar módulos más focalizados en la compasión activa y la reducción de la vergüenza para fortalecer la articulación entre la aceptación, los valores y la acción comprometida en los procesos de reparación emocional y resiliencia.
Referencias
Anexo 1. Diseño de la guía de intervención y la cartilla didáctica
La cartilla didáctica fue concebida como una herramienta de intervención grupal dirigida a víctimas del conflicto armado, por lo que se incorporaron como recurso principal los personajes de la familia Hernández, quienes representan diversas realidades del contexto colombiano y favorecen la identificación de los participantes.
La familia Hernández se compone de los abuelos Hernández, quienes vivieron la mayor parte de su vida en áreas rurales hasta ser desplazados a la ciudad por la violencia; la hija Hernández, refleja a aquellos adultos que pasaron parte de su infancia en el campo antes de migrar a la ciudad; y los nietos Hernández, nacidos en contextos urbanos. Estos personajes facilitaron la conexión emocional de los participantes, ya que las actividades propuestas se centraron en situaciones cotidianas de la familia e integraron elementos del contexto campesino. También se incluyeron ilustraciones didácticas que facilitaron la comprensión de los contenidos por parte de los participantes. Asimismo, al inicio de la intervención y de la cartilla didáctica, se diseñaron actividades con el objetivo de integrar a la comunidad y generar espacios seguros. En esa misma línea, al final de cada uno de los encuentros se diseñaron actividades para la consolidación y práctica en casa de lo aprendido.
Las sesiones se centraron en los siguientes elementos: (i) educación psicoemocional: la primera sesión se enfocó en brindar psicoeducación sobre la importancia de todas las emociones, sus funciones y componentes, además de desmitificar creencias erróneas en torno a ellas; (ii) conciencia emocional: la segunda sesión abordó la importancia de la conciencia emocional plena como elemento esencial para la regulación emocional; (iii) flexibilidad psicológica: la tercera sesión se centró en el fortalecimiento de la flexibilidad psicológica, la disminución de la evitación experiencial y la aceptación de pensamientos y emociones a partir de la TAC; (iv) clarificación de valores para guiar la vida y la acción comprometida: la cuarta sesión tuvo como propósito fortalecer en los participantes la capacidad de vincular sus experiencias emocionales con un compromiso activo hacia sus valores personales, y para tomar la autocompasión como un valor fundamental a entrenar (Pulido-Escobar et al. 2022a; Pulido-Escobar et al. 2022b).
✽ Este artículo es resultado de la investigación “Efectividad de un protocolo de reexperimentación emocional y mindfulness en adultos expuestos a situaciones traumáticas en un contexto de violencia política”, financiado por la Universidad Católica de Colombia y el Ministerio de Ciencia Tecnología e Innovación (MinCiencias), convocatoria 874. Participación de autoras: Nathalia Rey-Gómez: diseño de la intervención y de las cartillas didácticas, investigación de campo, mediación con la comunidad y análisis formal de los datos; Paola Andrea Pulido-Escobar y Laura Sofía Santamaría-Uribe: diseño de la intervención y de las cartillas didácticas, investigación de campo, mediación con la comunidad; María Idaly Barreto-Galeano: conceptualización del proyecto y diseño metodológico; todas las autoras participaron en la redacción y en la revisión final del manuscrito.
Maestría en Desarrollo Educativo y Social por la Universidad Pedagógica Nacional, Colombia. Docente en la Facultad de Psicología de la Universidad Católica de Colombia. Pertenece al grupo de investigación Europsis. https://orcid.org/0000-0001-6020-8629 | nprey@ucatolica.edu.co
Maestría en Psicología por la Universidad Nacional de Colombia. https://orcid.org/0000-0003-4958-6893 | papulido02@ucatolica.edu.co
Maestría en Innovación Psicosocial por la Universidad Católica de Colombia. https://orcid.org/0000-0003-4708-3969 | lssantamaria23@ucatolica.edu.co
Doctora en Psicología por la Universidad de Santiago de Compostela, España. Docente en la Fundación Universitaria Konrad Lorenz, Colombia. https://orcid.org/0000-0003-3677-852X | idaly.barreto@konradlorenz.edu.co