
Análisis comparativo de factores conductuales y emocionales entre población víctima y no víctima del conflicto armado colombiano✽
Alexandra Vallejo Mejía, Mónica Alexandra Reyes Cuartas y Sebastián Reyes Leal
Recibido: 1.° de mayo de 2025 | Aceptado: 20 de septiembre de 2025 | Modificado: 22 de octubre de 2025
https://doi.org/10.7440/res95.2026.02
Resumen | Este artículo tiene como objetivo comparar las manifestaciones de índole emocional y conductual en personas víctimas del conflicto armado en Colombia con personas no víctimas. Esta problemática adquiere relevancia al considerar las experiencias traumáticas que ha impuesto el conflicto armado en la vida de los ciudadanos y cómo esto conlleva manifestaciones conductuales y emocionales diferenciadas en las personas que no han sido sujetos de victimización. La metodología empleada se basó en un enfoque mixto, con un diseño correlacional y un análisis descriptivo, que buscó identificar los aspectos más importantes de las manifestaciones diferenciadas. La muestra estuvo compuesta por 100 personas habitantes del municipio de Tuluá, Valle del Cauca: 50 participantes son víctimas del conflicto armado y 50 no lo son. Los instrumentos utilizados durante la investigación fueron el Mayer-Salovey-Caruso Emotional Intelligence Test (MSCEIT), para medir la inteligencia emocional, y el Inventario de Pensamiento Constructivo (CTI), para medir los sistemas experiencial y racional; la combinación de dichos instrumentos contribuyó a un mejor entendimiento de las diferencias conductuales y emocionales entre las dos poblaciones. En el estudio se analizan y comparan los factores emocionales y conductuales en ambos grupos, y se contribuye a la comprensión de las manifestaciones diferenciadas de las respuestas que la violencia y el trauma generan en personas víctimas, en contraste con aquellas que no lo son. Los hallazgos revelan que las víctimas del conflicto armado presentan una mayor incidencia a nivel emocional y conductual que la población no víctima, lo que se traduce en respuestas más intensas ante determinadas situaciones.
Palabras clave | conductual; conflicto armado; emociones; víctimas
Comparative Analysis of Behavioral and Emotional Factors among Victim and Non-Victim Populations of the Colombian Armed Conflict
Abstract | This article compares emotional and behavioral manifestations among individuals who are victims of the armed conflict in Colombia and those who are not. The relevance of this issue lies in the traumatic experiences imposed by the conflict on citizens’ lives and in the ways these experiences give rise to differentiated emotional and behavioral expressions when contrasted with those of people who have not been subjected to victimization. The study adopts a mixed-methods approach with a correlational design grounded in descriptive analysis, focusing on the most significant aspects of these differentiated manifestations. The sample comprised 100 residents of the municipality of Tuluá, Valle del Cauca: 50 participants were victims of the armed conflict and 50 were non-victims. The research instruments included the Mayer-Salovey- Caruso Emotional Intelligence Test (MSCEIT), used to assess emotional intelligence responses, and the Constructive Thinking Inventory (CTI), which measures experiential and rational systems. The combined use of these instruments enabled a more nuanced understanding of emotional and behavioral differences between the two populations. Emotional and behavioral factors are analyzed and compared across both groups, contributing to a deeper understanding of the differentiated responses generated by violence and trauma in victims, in contrast with those observed among non-victims. The findings indicate that victims of the armed conflict exhibit a higher incidence of emotional and behavioral impacts than the non-victim population, leading to more intense responses in certain situations.
Keywords | armed conflict; behavioral; emotions; victims
Análise comparativa de fatores comportamentais e emocionais entre população vítima e não vítima do conflito armado colombiano
Resumen Este artigo tem como objetivo comparar as manifestações emocionais e comportamentais das vítimas do conflito armado na Colômbia com as pessoas não vítimas. Essa problemática se torna relevante ao considerar as experiências traumáticas que o conflito armado impôs à vida dos cidadãos e como isso implica manifestações comportamentais e emocionais diferenciadas em comparação com pessoas que não foram sujeitos de vitimização. A metodologia utilizada baseou-se em uma abordagem mista, com desenho correlacional e análise descritiva, que buscou identificar os aspectos mais importantes das manifestações diferenciadas. A amostra foi composta por 100 pessoas que vivem no município de Tuluá, Valle del Cauca: 50 participantes são vítimas do conflito armado e 50 não. Os instrumentos usados durante a pesquisa foram o Teste de Inteligência Emocional Mayer-Salovey-Caruso (MSCEIT), para medir a inteligência emocional, e o Inventário de Pensamento Construtivo (CTI), para medir sistemas experienciais e racionais. A combinação desses instrumentos contribuiu para uma melhor compreensão das diferenças comportamentais e emocionais entre as duas populações. O estudo analisa e compara os fatores emocionais e comportamentais em ambos os grupos e contribui para a compreensão das respostas diferenciadas que a violência e o trauma geram em pessoas vítimas, em contraste com aquelas que não são. Os resultados indicam que as vítimas do conflito armado apresentam uma incidência emocional e comportamental maior do que a população não vítima, o que se traduz em respostas mais intensas a certas situações.
Palavras-chave | comportamental; conflito armado; emoções; vítimas
Introducción
Durante más de sesenta años, Colombia ha tenido un conflicto armado interno que se ha manifestado en migración forzada, secuestro, violencia sexual, asesinatos y otros abusos. Tal violencia política no solo daña la integridad física de las personas, sino que también socava la estabilidad de la identidad, los lazos sociales y la salud psicológica. La Ley 1448 de 2011, también conocida como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, codifica estos actos victimizantes como una clase de violaciones de derechos humanos, lo que conlleva impactos a nivel individual y colectivo.
En ese contexto, el conflicto armado no solo causa heridas materiales y políticas, sino que también afecta la salud mental, pues las severas experiencias traumáticas producto de la violencia cambian la forma en la que las personas se adaptan a las situaciones de su vida diaria, lo que a su vez tiene un impacto en su ámbito personal, comunitario y profesional. Entre los efectos psicológicos que más se destacan están los que incluyen alteraciones del estado de ánimo, disociación, hipervigilancia y un mayor riesgo de estrés postraumático. Estos síntomas no deben confundirse con lesiones psicológicas temporales, sino con secuelas psicológicas que, de por vida, afectan la forma en que las personas asimilan su situación, manejan las emociones y toman decisiones cotidianas. Por tanto, la distinción entre lesión y secuela es crucial: mientras que la lesión sugiere un sentido situacional de impacto, la secuela representa un desajuste estructural continuo a nivel individual.
Este artículo tiene como objetivo analizar comparativamente los factores conductuales y emocionales en personas víctimas y no víctimas del conflicto armado, contrastando los resultados entre ambas poblaciones para identificar diferencias relevantes en sus modos de afrontamiento y en su estructura psicoemocional. El estudio se desarrolló en el municipio de Tuluá, Valle del Cauca, con una muestra de 100 personas adultas, mayores de 18 años, de ambos sexos, distribuidas en 50 víctimas y 50 no víctimas del conflicto armado. Los hallazgos permitieron identificar patrones diferenciales en el procesamiento emocional y en las estrategias de afrontamiento de ambas poblaciones. Con este estudio se busca aportar una mirada comprensiva sobre los impactos psicosociales del conflicto armado, contribuyendo a la valoración desde el pensamiento constructivo y la inteligencia emocional sobre las diferencias entre la población que ha sufrido hechos victimizantes y quienes no.
Metodología
Este trabajo se desarrolló con un método mixto, es decir, mediante la integración de métodos de investigación tanto cuantitativos como cualitativos en un mismo estudio para alcanzar un enfoque más amplio y completo del fenómeno investigado. Creswell y Plano (2018) argumentan que el método mixto tiene el potencial de combinar datos numéricos con elementos narrativos y, al hacerlo, puede actuar como contrapunto o complemento de los resultados observados a través de diferentes lentes metodológicas.
Para este estudio se ha adoptado un diseño descriptivo-correlacional que proporciona una caracterización de los patrones de comportamiento y del tipo de emoción en dos grupos poblacionales, así como de las relaciones entre las variables medidas. Un diseño de este tipo es particularmente relevante cuando se quiere encontrar variaciones psicológicas y comportamientos adaptativos en respuesta a experiencias traumáticas (Hernández- Sampieri et al. 2014). Posteriormente, se realizó una triangulación de aspectos cuantitativos y cualitativos, en la que se observaron resultados estadísticos e interpretaciones teóricas en sincronía, y se integraron para validar resultados.
La población estuvo conformada por personas mayores de 18 años residentes en el municipio de Tuluá, Valle del Cauca, clasificadas en dos grupos: víctimas directas del conflicto armado colombiano y población no víctima. La muestra fue no probabilística e intencional, integrada por 100 participantes (50 víctimas y 50 no víctimas), seleccionados según su disponibilidad, consentimiento informado y pertinencia para los objetivos del estudio. Para la población víctima, se corroboró que los participantes estuvieran incluidos en el Registro Único de Víctimas y se recibió el apoyo de la Mesa de Participación Efectiva para las Víctimas del municipio de Tuluá. Este tipo de muestreo es habitual en investigaciones psicosociales, ya que permite focalizar grupos con características específicas cuando el interés radica en comparar perfiles conductuales y emocionales (Hernández-Sampieri y Mendoza 2008). Todos los participantes firmaron un consentimiento informado conforme a las normas éticas de la Declaración de Helsinki (World Medical Association 2013).
Instrumentos y validación
Se emplearon dos instrumentos estandarizados para la recolección de datos: el Mayer- Salovey-Caruso Emotional Intelligence Test (MSCEIT) y el Inventario de Pensamiento Constructivo (CTI), los cuales se diligenciaron de manera individual por cada participante en sesiones controladas de aproximadamente una hora. Los análisis de los datos recolectados por ambos instrumentos se realizaron mediante técnicas descriptivas y correlacionales. El software IBM SPSS Statistics v.24 se empleó para el análisis, el procesamiento y la codificación de las respuestas obtenidas. El análisis cuantitativo aplicó medidas de tendencia central, desviación estándar, análisis de frecuencias, pruebas de correlación de Pearson y análisis de varianza (ANOVA) para ayudar a establecer relaciones significativas entre variables emocionales y de comportamiento (grupo de pertenencia: víctima o no víctima).
Mayer-Salovey-Caruso Emotional Intelligence Test (MSCEIT)
Por un lado, se empleó el Mayer-Salovey-Caruso Emotional Intelligence Test (MSCEIT), que mide la inteligencia emocional como una habilidad práctica mediante la resolución de tareas relacionadas con la percepción, comprensión, facilitación y manejo de las emociones. A diferencia de los autoinformes subjetivos, el MSCEIT evalúa el rendimiento real de los individuos ante estímulos afectivos. Sus resultados se expresan en puntuaciones estándar con media de 100 y desviación típica de 15 (Mayer et al. 2023). Este test ha sido utilizado en múltiples investigaciones, con resultados confiables (alfa de Cronbach > 0,85) y se considera uno de los instrumentos más robustos en el estudio de la inteligencia emocional.
En cuanto a la estructura, el MSCEIT se organiza en cuatro categorías principales, las cuales corresponden a diferentes áreas de la inteligencia emocional, agrupadas en dos grandes componentes, experiencial y estratégico, los cuales, a su vez, están divididos en dos. En el primero, la inteligencia emocional experiencial, la percepción emocional evalúa la capacidad para identificar emociones en uno mismo y en los demás; para ello se utilizan estímulos visuales (rostros) o artísticos (imágenes abstractas) con el fin de valorar la habilidad para desarrollar empatía y responder adecuadamente en interacciones sociales. Mientras tanto, en la facilitación emocional se mide la habilidad de integrar las emociones en los procesos cognitivos, es decir, cómo los estados emocionales influyen en la atención, la memoria y el juicio. En el segundo componente, inteligencia emocional estratégica, la comprensión emocional explora la capacidad para analizar emociones complejas, entender sus causas y prever sus consecuencias, mientras que el manejo emocional valora la capacidad para regular tanto las propias emociones como las ajenas, con el propósito de promover el crecimiento personal, la estabilidad emocional y las relaciones saludables, lo que constituye un componente clave del afrontamiento adaptativo frente al estrés o al trauma.
Varios estudios han demostrado la validez de MSCEIT en contextos de trauma y fortaleza, ya que este evalúa la capacidad de percibir, interpretar y regular tanto las propias experiencias como las de los demás. Por ejemplo, Kuznietsov et al. (2025) emplearon el MSCEIT para medir la inteligencia emocional como una habilidad funcional en el personal militar ucraniano y en los veteranos traumatizados por eventos relacionados con el conflicto ruso-ucraniano. Los resultados mostraron que quienes tenían puntajes más altos presentaban menos síntomas de estrés postraumático. Sambol et al. (2025) utilizaron el MSCEIT en Melbourne, Australia, en una población de 18 a 58 años para determinar cómo la inteligencia emocional desempeñó un papel crucial en la toma de decisiones en situaciones emocionales. Los resultados revelaron que un mayor nivel de habilidad en la regulación emocional y de inteligencia emocional, así como en su comprensión, está correlacionado con una mejor toma de decisiones y con menos sesgo afectivo.
Por su parte, Ehring y Ehlers (2014) utilizaron el MSCEIT para evaluar la regulación emocional como una habilidad objetiva y encontraron que la escala de regulación emocional mostró una correlación negativa con la gravedad de los síntomas del trastorno de estrés postraumático (TEPT) a las 2 semanas, 3 meses y 6 meses posteriores al evento traumático, en un estudio en el que se tuvieron como participantes a 93 participantes que sobrevivieron a accidentes de tráfico. Esto sugiere que las personas con menor regulación emocional presentan un mayor número de síntomas de TEPT. Asimismo, Paradiso et al. (2016) examinaron una muestra de veteranos de guerra estadounidenses que completaron el MSCEIT y evidenciaron que una proporción significativa de ellos, los que obtuvieron puntajes más bajos en inteligencia emocional, eran más proclives a presentar pensamientos suicidas.
Por otra parte, Zhylin et al. (2024) llevaron a cabo un estudio con migrantes ucranianos afectados por la guerra ruso-ucraniana, en el que utilizaron el MSCEIT junto con escalas de severidad de adicción para explorar la relación entre la inteligencia emocional y el uso de sustancias psicoactivas, lo que permitió determinar que los puntajes más altos en las ramas de comprensión y gestión emocional estaban asociados con un menor riesgo de adicción y una mayor capacidad de adaptación sociocultural. Además, con ayuda del MSCEIT, fue posible identificar habilidades emocionales protectoras que atenúan el daño psicológico asociado al desplazamiento forzado. Finalmente, en el artículo de Moreno-Manso et al. (2017), se analiza la inteligencia emocional y la comunicación social en 66 adolescentes víctimas de abuso institucional en centros de protección en España, y se utilizó el MSCEIT para estudiar la atención, claridad y reparación emocional. Se encontró que los adolescentes presentaban bajos niveles de inteligencia emocional y una degradación de la empatía cognitiva y afectiva.
La literatura previa respalda la pertinencia del MSCEIT para el presente estudio, pues permite identificar diferencias estructurales en la inteligencia emocional de las personas que han sido víctimas de conflictos —en este caso, del conflicto armado— y de aquellas que no, al ofrecer condiciones evaluativas confiables y con estándares internacionales de calidad psicométrica.
Inventario de Pensamiento Constructivo (CTI)
Por otro lado, se utilizó el Inventario de Pensamiento Constructivo (CTI, por sus siglas en inglés) de Seymour Epstein (2019), dentro de su modelo cognitivo-experiencial, que evalúa la capacidad de las personas para enfrentar y resolver problemas cotidianos de manera emocionalmente equilibrada, al integrar elementos relacionados con la inteligencia experiencial, la autorregulación emocional y el afrontamiento adaptativo. El CTI está compuesto por 108 ítems distribuidos en una escala global y en seis subescalas principales: afrontamiento emocional, autoestima, sobregeneralización negativa, rumiación, hipersensibilidad y responsabilidad. Sus coeficientes de fiabilidad (alfa de Cronbach entre 0,74 y 0,91) demuestran una consistencia interna adecuada en diversas poblaciones.
Entre las investigaciones que han utilizado el CTI está la de Rueda et al. (2022), que examina la inteligencia emocional y las dinámicas de acoso en la adolescencia, basándose en el pensamiento constructivo como componente cognitivo-emocional de la inteligencia emocional, junto con el propio CTI. Esta investigación también indica que los adolescentes con mayores niveles de pensamiento constructivo tienen más probabilidades de participar en comportamientos prosociales, sin asumir el papel de agresor ni de víctima, con una diferencia significativa en la comprensión y la regulación emocional entre los adolescentes involucrados activamente en el acoso.
Por su parte, Chousou et al. (2021) estudiaron la relación entre los componentes del pensamiento constructivo y la autoeficacia del docente; la recopilación de datos incluyó el CTI, el cual permitió examinar las dimensiones del pensamiento constructivo, al llevar a cabo análisis correlacionales y un modelo causal que resultó en asociaciones significativas entre las puntuaciones de varias subescalas del CTI y las de la Escala de Sentido de Eficacia del Profesor (TSES, por sus siglas en inglés). Los resultados indicaron que un alto puntaje en pensamiento constructivo se asocia con una mayor autoeficacia en los profesores de educación especial. Finalmente, investigadoras como Neagoe (2018) analizaron el efecto del pensamiento experiencial en la decodificación de la expresión facial emocional en el modelo cognitivo-experiencial de Epstein empleando el CTI para la valoración. En dicha investigación, los resultados sugieren que el pensamiento constructivo constituye un componente central de la inteligencia emocional, al facilitar una lectura más eficiente y empática de las señales afectivas, lo cual es esencial para el funcionamiento social y relacional adaptativo. En esta línea, Torrijos y Pérez Escoda (2014) encontraron una correlación positiva significativa entre el pensamiento constructivo global y las dimensiones de la competencia emocional, y concluyeron que las personas con mayor pensamiento constructivo presentan una mejor regulación emocional, autonomía y adaptación social.
Así, las evidencias anteriores permiten demostrar que el CTI es un instrumento confiable y válido para evaluar el pensamiento constructivo, especialmente en poblaciones expuestas a condiciones de vulnerabilidad psicosocial.
Teoría de la resiliencia
Respecto a la perspectiva teórica que guía esta investigación, se adoptó la teoría de la resiliencia para comprender los impactos del conflicto armado en la salud mental de las víctimas, ya que esta ofrece una perspectiva mixta sobre las respuestas adaptativas al trauma. Según esta teoría, las personas pueden desarrollar mecanismos de adaptación positiva y de reconstrucción de significado a pesar de la adversidad. Según Grotberg (1995), la resiliencia es la capacidad humana de soportar, aprender y crecer tras la adversidad, basada en factores protectores como el afecto, la autoestima, la regulación emocional y la resolución de conflictos. A la luz de esto, la teoría de la resiliencia se ha desarrollado desde un modelo que postula que los individuos tienen cualidades protectoras hasta perspectivas ecológicas y procesuales, en las que factores personales, familiares y comunitarios inciden en la resiliencia. Así, la evolución conceptual absorbió progresivamente categorías como el temperamento, la personalidad y el apoyo social, y generó modelos transaccionales en los que las relaciones familiares y comunitarias sirven como mediadores primarios del afrontamiento positivo (García-Vesga y Domínguez-de la Ossa 2013). Desde este ángulo, la resiliencia no es solo “resistir” el trauma, sino también cambiar recursos internos y externos para transformar el bienestar futuro y el significado de la vida.
Masten et al. (2023) sugieren que la resiliencia debe entenderse como un proceso multisistémico en el que el funcionamiento adaptativo no se basa en el individuo, sino en la interacción entre sistemas familiares, comunitarios, institucionales y culturales, en los que la interacción entre sistemas biológicos, psicológicos, familiares, comunitarios e institucionales se produce de manera dinámica. De hecho, Bonanno (2021) argumenta que la resiliencia es común después del trauma, pero difícil de predecir prospectivamente porque no es la presencia del trauma lo que determina el resultado, sino la capacidad de ajustar el comportamiento, la emoción y la cognición para satisfacer las demandas situacionales. Por lo tanto, los predictores positivos son la cohesión social, la percepción de eficacia colectiva y el liderazgo prosocial que apoyan el impacto del contexto social y las respuestas estatales en el ajuste psicológico (Bonanno et al. 2024). Finalmente, Lane et al. (2025) estudiaron la resiliencia asociada a la salud mental en individuos desplazados por motivos violentos y concluyeron que la resiliencia modera la relación entre los síntomas depresivos, la ansiedad y el trastorno de estrés postraumático. Los autores argumentan que la resiliencia no es solo una cuestión individual, sino que también depende del apoyo social, del sentido de pertenencia, de la seguridad jurídica y del acceso a servicios básicos, lo que evidencia la importancia o la necesidad de entornos protectores, así como la influencia potencial de la intervención multinivel.
De esta manera, al situar conceptualmente la resiliencia junto con los instrumentos metodológicos utilizados en este estudio, el CTI permite medir habilidades de afrontamiento y pensamiento adaptativo, mientras que el MSCEIT permite evaluar la capacidad de regulación emocional, así como la comprensión y la percepción de las emociones. Ambos instrumentos permiten analizar a la población víctima y no víctima en cuanto a su inteligencia emocional y su resiliencia individual y colectiva.
Resultados
Previo al análisis inferencial, se verificaron los criterios de validez interna (VAL) y de deseabilidad social (DES) establecidos en los manuales técnicos del CTI (Epstein 2012, 2019). Sobre el primero, es importante dar a conocer que ocho pruebas pertenecientes al grupo de participantes víctimas del conflicto se descartaron al tener puntuaciones inferiores al umbral de validez (VAL < 30) y, con el fin de mantener la simetría entre grupos, se eliminaron aleatoriamente ocho pruebas adicionales del grupo de participantes no víctimas, por lo que quedó una muestra total de 84 participantes válidos (42 víctimas y 42 no víctimas).
El índice de deseabilidad social (DES, por sus siglas en inglés) permite evaluar la tendencia del sujeto a responder de manera socialmente aceptable, minimizando errores o rasgos negativos. Puntuaciones DES muy elevadas (>70 T) o muy bajas (<30 T) pueden alterar la interpretación del perfil general, por lo que estos valores se revisaron cuidadosamente antes del análisis inferencial. Dicho esto, los resultados se interpretaron a partir de las puntuaciones T estandarizadas del CTI, cuyo promedio teórico es 50 y su desviación estándar es 10. El DES mostró valores dentro del rango esperado en la mayoría de los casos, lo que garantiza la consistencia y la confiabilidad de las respuestas. En la tabla 1 se puede visualizar cómo estas puntuaciones se clasifican en los siguientes intervalos, según lo establecido en el manual del CTI.
Tabla 1. Interpretación de los intervalos para las puntuaciones T
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Intervalo |
Interpretación |
Tabulación |
|
< 35 |
Muy baja |
1 |
|
>35 a <44 |
Moderadamente baja |
2 |
|
>45 a <55 |
Distribución normal |
3 |
|
>56 a <65 |
Moderadamente alta |
4 |
|
>65 |
Muy alta |
5 |
Fuente: elaboración propia a partir de lo establecido en el CTI de Epstein (2012).
Estas puntuaciones permiten comparar el funcionamiento cognitivo y emocional de los participantes con la muestra del test, lo que facilita la interpretación del perfil general del pensamiento constructivo. De esta manera, cuando en los resultados se hace referencia a “puntuaciones T”, se alude al nivel de funcionamiento del sujeto en cada escala del instrumento, mientras que las referencias VAL y DES corresponden a indicadores de control psicométrico que garantizan la fiabilidad y la validez de los datos analizados. Según el manual técnico del CTI (Epstein 2012), la escala de pensamiento constructivo global (PCG, por sus siglas en inglés) refleja el nivel general de adaptación del individuo frente a las demandas del entorno, evaluando la tendencia a pensar de manera flexible y emocionalmente equilibrada.
El análisis de los resultados de la escala PCG reveló diferencias significativas entre los grupos. Como se evidencia en la tabla 2, el 71,4% de las víctimas obtuvo puntajes bajos (muy bajos y moderadamente bajos), frente a un 78,6% en la población no víctima. Aunque ambos grupos evidencian dificultades en la resolución adaptativa de problemas, la población víctima mostró una tendencia ligeramente superior a la normalidad (28,6% frente a 14,3%). Este patrón sugiere que la exposición al trauma puede haber estimulado ciertos mecanismos resilientes de afrontamiento (Masten et al. 2023). Esto indicaría que las víctimas, al contar en mayor proporción con un pensamiento constructivo global, pueden presentar una mejor respuesta a las demandas del entorno y un pensamiento más flexible y emocionalmente equilibrado que el del grupo de no víctimas.
Tabla 2. Valoración de la escala PCG en población víctima y no víctima
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Población víctima |
Población no víctima |
|||
|
Frecuencia |
Porcentaje |
Frecuencia |
Porcentaje |
|
|
Muy baja |
16 |
38,1 |
18 |
42,9 |
|
Moderadamente baja |
14 |
33,3 |
15 |
35,7 |
|
Distribución normal |
12 |
28,6 |
6 |
14,3 |
|
Moderadamente alta |
0 |
0 |
3 |
7,1 |
|
Total |
42 |
100 |
42 |
100 |
Fuente: elaboración propia.
Seguidamente, se abordan los resultados de la escala de ausencia de hipersensibilidad (HIP), en la que se evalúa la capacidad del individuo para mantener la estabilidad emocional y la tolerancia a la frustración ante situaciones de estrés, críticas o incertidumbre. Las puntuaciones bajas indican hiperreactividad emocional, susceptibilidad a la crítica y baja resiliencia afectiva, mientras que las puntuaciones altas reflejan autocontrol, fortaleza emocional y estabilidad adaptativa.
En la tabla 3 se puede ver que el 38,1% de las víctimas se ubicó en niveles bajos en la escala HIP, lo que refleja una mayor reactividad emocional ante la crítica o la incertidumbre. En contraste, la población no víctima mostró una distribución equilibrada con predominio de puntuaciones normales (33,3%). Estos resultados confirman que las experiencias traumáticas afectan la tolerancia emocional y la capacidad de regulación afectiva (Jiménez Ruiz et al. 2022). Desde esta perspectiva, la hipersensibilidad emocional observada en la presente muestra podría interpretarse como una manifestación de un afrontamiento emocional desadaptativo. Así, la baja puntuación promedio en la escala HIP en ambos grupos refleja una activación constante del sistema de alerta emocional, caracterizada por la anticipación del peligro, la ansiedad intermitente y la necesidad de control, todos los rasgos que limitan la capacidad de una respuesta flexible ante el entorno.
Tabla 3. Valoración de la escala HIP en población víctima y no víctima
|
Población víctima |
Población no víctima |
|||
|
Frecuencia |
Porcentaje |
Frecuencia |
Porcentaje |
|
|
Muy baja |
4 |
9,5 |
7 |
16,7 |
|
Moderadamente baja |
12 |
28,6 |
14 |
33,3 |
|
Distribución normal |
14 |
33,3 |
14 |
33,3 |
|
Moderadamente alta |
8 |
19,0 |
4 |
9,5 |
|
Muy alta |
4 |
9,5 |
3 |
7,1 |
|
Total |
42 |
100 |
42 |
100 |
Fuente: elaboración propia.
En la tercera escala, la de afrontamiento emocional (EMO), se evalúa el grado en que una persona maneja sus emociones de forma constructiva ante situaciones de estrés o conflicto. Esta escala mide la capacidad de autorregulación emocional, entendida como la habilidad para controlar la impulsividad, mantener la calma y modular las reacciones emocionales intensas. Puntuaciones altas reflejan un afrontamiento emocional adaptativo, caracterizado por la estabilidad afectiva, el autocontrol y la flexibilidad psicológica, mientras que puntuaciones bajas indican vulnerabilidad emocional, tendencia a la irritabilidad, ansiedad y dificultad para manejar el malestar.
En la tabla 4 se refleja que en la escala EMO, el 66,7% de las víctimas se ubicó en rangos bajos, lo que indica vulnerabilidad emocional y dificultad para modular reacciones afectivas intensas. De manera similar, el 71,5% del grupo no víctima presentó puntuaciones bajas, lo que sugiere que ambos grupos comparten niveles de reactividad emocional, aunque por causas distintas: en las víctimas, por trauma acumulado; y en las no víctimas, por estrés cotidiano. De acuerdo con el CTI, un bajo afrontamiento emocional implica deficiencias en la modulación afectiva y en la resolución calmada de problemas interpersonales, lo que repercute en el bienestar psicológico (Epstein 2012).
Tabla 4. Valoración de la escala EMO en población víctima y no víctima
|
Población víctima |
Población no víctima |
|||
|
Frecuencia |
Porcentaje |
Frecuencia |
Porcentaje |
|
|
Muy baja |
7 |
16,7 |
18 |
42,9 |
|
Moderadamente baja |
21 |
50,0 |
12 |
28,6 |
|
Distribución normal |
7 |
16,7 |
8 |
19,0 |
|
Moderadamente alta |
6 |
14,3 |
4 |
9,5 |
|
Muy alta |
1 |
2,4 |
0 |
0 |
|
Total |
42 |
100 |
42 |
100 |
Fuente: elaboración propia.
Respecto a la escala de autoestima (AUT), los resultados de la tabla 5 evidencian que la población no víctima presenta mayores niveles de inseguridad y baja autoestima que la población víctima, según la valoración de la escala AUT, lo que implica que en la población víctima existe una mayor capacidad para sobreponerse a situaciones difíciles. Lo anterior, considerando que la escala AUT evalúa la capacidad de autovaloración realista y la disposición a aceptar las propias limitaciones sin una autocrítica excesiva (Epstein 2012).
En esta escala, las víctimas mostraron una mayor dispersión de los resultados: 38,1% en rangos bajos, 26,2% en rangos normales y 35,7% en rangos altos. En la población no víctima, predominaron los niveles bajos (66,7%). Este hallazgo refuerza la idea de que, pese al sufrimiento, las víctimas pueden reconstruir una autoimagen más estable, vinculada a procesos de resiliencia individual y al apoyo comunitario (Masten et al. 2023; Walsh 2012).
Tabla 5. Valoración de la escala AUT en población víctima y no víctima
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Población víctima |
Población no víctima |
|||
|
Frecuencia |
Porcentaje |
Frecuencia |
Porcentaje |
|
|
Muy baja |
2 |
4,8 |
11 |
26,2 |
|
Moderadamente baja |
14 |
33,3 |
17 |
40,5 |
|
Distribución normal |
11 |
26,2 |
6 |
14,3 |
|
Moderadamente alta |
14 |
33,3 |
8 |
19,0 |
|
Muy alta |
1 |
2,4 |
0 |
0 |
|
Total |
42 |
100 |
42 |
100 |
Fuente: elaboración propia.
La escala de ausencia de sobregeneralización negativa (SOB) mide la capacidad del individuo para evitar juicios globales y generalizaciones negativas ante experiencias adversas. Las puntuaciones altas indican una tendencia a evaluar las situaciones de manera específica y realista, sin extrapolar los fracasos o las dificultades a todas las áreas de la vida. En contraste, las puntuaciones bajas reflejan una sobregeneralización negativa, es decir, la tendencia a interpretar un hecho aislado como evidencia de un patrón general de fracaso, incompetencia o rechazo (Epstein 2012).
En la tabla 6, la escala SOB indicó una tendencia a juicios globales pesimistas en ambos grupos, con un 57,2% de puntuaciones bajas en las víctimas y un 71,5% en las no víctimas. Este puntaje sugiere que gran parte de los participantes tiende a interpretar los acontecimientos adversos de forma descontextualizada, lo que refuerza esquemas de pensamiento rígidos y autocríticos. De acuerdo con la teoría cognitivo-experiencial de Epstein (1998, 2003), este tipo de pensamiento global negativo se asocia con la activación del sistema experiencial y con un estilo de procesamiento emocional dominado por la inseguridad y la autocrítica, lo que interfiere con la capacidad de reinterpretar de manera constructiva los eventos estresantes. En el caso de la población víctima, esta tendencia puede vincularse con el impacto de las experiencias traumáticas en la estructura cognitiva y emocional, lo que produce percepciones generalizadas de indefensión y desesperanza. No obstante, el grupo de víctimas mostró un porcentaje ligeramente mayor en niveles normales o altos (23,8% frente a 19% de la población no víctima), lo que sugiere un pensamiento más flexible en la reinterpretación del fracaso, posiblemente mediado por la experiencia de superación del trauma, lo cual guarda relación con el papel clave que pueden tener los procesos de resiliencia para la superación de eventos traumáticos.
Tabla 6. Valoración de la escala SOB en población víctima y no víctima
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Población víctima |
Población no víctima |
|||
|
Frecuencia |
Porcentaje |
Frecuencia |
Porcentaje |
|
|
Muy baja |
13 |
31,0 |
13 |
31,0 |
|
Moderadamente baja |
11 |
26,2 |
17 |
40,5 |
|
Distribución normal |
10 |
23,8 |
8 |
19,0 |
|
Moderadamente alta |
7 |
16,7 |
4 |
9,5 |
|
Muy alta |
1 |
2,4 |
0 |
0 |
|
Total |
42 |
100 |
42 |
100 |
Fuente: elaboración propia.
En la escala de rumiación (RUM) se evalúa la tendencia a mantener pensamientos repetitivos y centrados en el malestar, especialmente ante experiencias negativas o no resueltas. Puntuaciones altas reflejan la capacidad para interrumpir pensamientos intrusivos y reenfocar la atención en soluciones adaptativas, mientras que puntuaciones bajas indican dificultades para modular el pensamiento repetitivo, lo cual suele acompañarse de culpa, preocupación excesiva y baja eficacia emocional.
En la población víctima del conflicto armado, la tabla 7 evidencia que el 64,3% de los participantes se ubica en los niveles muy bajos (33,3%) y moderadamente bajos (31,0%), lo que indica una elevada frecuencia de pensamientos intrusivos, negativos y persistentes asociados a eventos pasados y emociones no resueltas. Solo el 14,3% se encuentra en la distribución normal y el 21,4% alcanza puntuaciones por encima de la media. Además, la población no víctima muestra una tendencia predominante a niveles muy bajos (52,4%), lo cual es un hallazgo llamativo, ya que indica una tendencia al pensamiento negativo repetitivo. Además, un 21,4% se sitúa en el nivel moderadamente bajo y un 19% en la distribución normal. Este resultado contrasta con los de la población víctima, ya que los niveles en la población no víctima son significativamente más bajos. Esto puede interpretarse desde el modelo cognitivo-experiencial de Epstein (1998, 2003), en el que la rumiación refleja una falla en el equilibrio entre el sistema racional y el sistema experiencial, ya que las emociones dominan el procesamiento cognitivo, lo que genera pensamientos automáticos recurrentes que perpetúan el malestar psicológico.
Tabla 7. Valoración de la escala RUM (ausencia de pensamientos repetitivos sobre experiencias desagradables) en población víctima y no víctima
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Población víctima |
Población no víctima |
|||
|
Frecuencia |
Porcentaje |
Frecuencia |
Porcentaje |
|
|
Muy baja |
14 |
33,3 |
22 |
52,4 |
|
Moderadamente baja |
13 |
31,0 |
9 |
21,4 |
|
Distribución normal |
6 |
14,3 |
8 |
19,0 |
|
Moderadamente alta |
8 |
19,0 |
1 |
2,4 |
|
Muy alta |
1 |
2,4 |
2 |
4,8 |
|
Total |
42 |
100 |
42 |
100 |
Fuente: elaboración propia.
Respecto al componente conductual, se evidencian contrastes relevantes entre ambas poblaciones estudiadas. Hay que considerar que la escala de afrontamiento conductual (CON) mide la tendencia a pensar automáticamente en términos que faciliten una acción eficaz. Los sujetos con altas puntuaciones en afrontamiento son optimistas, entusiastas, enérgicos y fiables. Estas cualidades contribuyen a su disposición para actuar de manera eficiente; aunque normalmente son rápidos en actuar, los sujetos más destacados no son impulsivos, sino que se toman su tiempo para planificar cuando es necesario. Generalmente, aceptan bien a los demás y, más que juzgar a las personas, juzgan los resultados según formas específicas de comportamiento (Epstein 2012).
En la tabla 8, el 42,9% de las víctimas presentó una distribución normal y el 31% niveles altos, frente a un 61,9% de la población no víctima con valores bajos. Esto evidencia que las víctimas presentan una tendencia más activa a la resolución de problemas, probablemente derivada de procesos adaptativos ligados a la resiliencia individual o colectiva tras experiencias traumáticas.
Tabla 8. Valoración escala CON en población víctima y no víctima
|
Población víctima |
Población no víctima |
|||
|
Frecuencia |
Porcentaje |
Frecuencia |
Porcentaje |
|
|
Muy baja |
3 |
7,1 |
16 |
38,1 |
|
Moderadamente baja |
8 |
19,0 |
10 |
23,8 |
|
Distribución normal |
18 |
42,9 |
11 |
26,2 |
|
Moderadamente alta |
13 |
31,0 |
3 |
7,1 |
|
Muy alta |
0 |
0 |
2 |
4,8 |
|
Total |
42 |
100 |
42 |
100 |
Fuente: elaboración propia.
Luego, está la escala del pensamiento positivo (POS), que consiste en pensar de forma favorable y realista. Las personas con altas puntuaciones suelen enfatizar el aspecto positivo de las situaciones y lograr que las tareas desagradables resulten lo menos penosas posible. La tabla 9 muestra la valoración de la escala POS en ambas poblaciones; en ella las víctimas mostraron una proporción mayor de puntuaciones altas (42,9%) frente al 14,3% de las no víctimas en la escala POS, lo cual refuerza la posibilidad de que la reconstrucción emocional pueda generar un optimismo realista orientado a la superación, asociado a procesos resilientes en esta población.
Tabla 9. Valoración de la escala POS en población víctima y no víctima
|
Población víctima |
Población no víctima |
|||
|
Frecuencia |
Porcentaje |
Frecuencia |
Porcentaje |
|
|
Muy baja |
2 |
4,8 |
3 |
7,1 |
|
Moderadamente baja |
3 |
7,1 |
6 |
14,3 |
|
Distribución normal |
11 |
26,2 |
23 |
54,8 |
|
Moderadamente alta |
8 |
19,0 |
4 |
9,5 |
|
Muy alta |
18 |
42,9 |
6 |
14,3 |
|
Total |
42 |
100 |
42 |
100 |
Fuente: elaboración propia.
Por otra parte, la escala de orientación a la acción (ACC) se refiere a la tendencia a poner en práctica acciones efectivas cuando uno enfrenta problemas, en vez de postergar las tareas y obsesionarse con cómo proceder. Las personas con altas puntuaciones intentan hacer lo mejor posible en casi todas las situaciones. Les gustan los desafíos y no abandonan ni se desaniman ante un fracaso; al contrario, intentan aprender de la experiencia (Epstein 2012).
En la tabla 10 se presenta la valoración de la escala ACC. El 66,7% de las víctimas se situó en niveles bajos, lo que refleja un patrón de evitación moderada ante tareas difíciles; sin embargo, el 31% mantuvo niveles normales, lo que sugiere una funcionalidad promedio en contextos cotidianos. De forma similar, gran parte de la población no víctima presenta un comportamiento similar al de la población víctima. Cabe destacar que el 31% de las víctimas se posiciona en una distribución normal, al igual que el 26,2% de las no víctimas, lo que sugiere una capacidad promedio para actuar ante los problemas. Dichos perfiles suelen ser funcionales en contextos cotidianos, aunque pueden dudar o posponer decisiones bajo presión. Solo el 2,4% del grupo de víctimas y el 7,1% del grupo de no víctimas obtuvieron puntuaciones altas, lo que, según los lineamientos del manual, se interpreta como que son personas decididas y persistentes.
Tabla 10. Valoración de la escala ACC en población víctima y no víctima
|
Población víctima |
Población no víctima |
|||
|
Frecuencia |
Porcentaje |
Frecuencia |
Porcentaje |
|
|
Muy baja |
16 |
38,1 |
13 |
31,0 |
|
Moderadamente baja |
12 |
28,6 |
15 |
35,7 |
|
Distribución normal |
13 |
31,0 |
11 |
26,2 |
|
Moderadamente alta |
1 |
2,4 |
3 |
7,1 |
|
Muy alta |
0 |
0 |
0 |
0 |
|
Total |
42 |
100 |
42 |
100 |
Fuente: elaboración propia.
Finalmente, con la escala de responsabilidad (RES) se evalúan la autodisciplina, la planificación y la constancia personal en la ejecución de metas y tareas. Esta faceta refleja el grado en que una persona se esfuerza por cumplir con sus obligaciones, seguir los planes propuestos y corregir sus errores para mejorar su desempeño (Epstein 2012, 2019). En la tabla 11, sobre la valoración de la escala RES, el 52,4% del grupo de víctimas alcanzó puntuaciones muy altas, frente al 7,1% del grupo de no víctimas, lo que muestra una marcada diferencia en compromiso, planificación y autodisciplina respecto a la población no víctima. Este resultado se interpreta como un indicador de madurez adaptativa, coherente con los postulados de la resiliencia proactiva (Bonanno 2021).
Tabla 11. Valoración de la escala RES en población víctima y no víctima
|
Población víctima |
Población no víctima |
|||
|
Frecuencia |
Porcentaje |
Frecuencia |
Porcentaje |
|
|
Muy baja |
0 |
0 |
8 |
19,0 |
|
Moderadamente baja |
11 |
26,2 |
20 |
47,6 |
|
Distribución normal |
6 |
14,3 |
8 |
19,0 |
|
Moderadamente alta |
3 |
7,1 |
3 |
7,1 |
|
Muy alta |
22 |
52,4 |
3 |
7,1 |
|
Total |
42 |
100 |
42 |
100 |
Fuente: elaboración propia.
Valoración de la inteligencia emocional a partir de la aplicación del MSCEIT entre población víctima y no víctima del conflicto armado
Los resultados del MSCEIT se expresan en puntuaciones estándar con media de 100 y desviación típica de 15 (Mayer et al. 2023). Estos valores permiten ubicar el desempeño emocional de los participantes dentro de intervalos normativos: puntuaciones por debajo de 90 reflejan un nivel bajo de habilidad emocional, entre 90 y 110 indican un nivel promedio o funcional, y por encima de 110 un alto nivel de inteligencia emocional.
En este contexto, los puntajes observados en la tabla 12 para la población víctima (92, 95, 98 y 90) se sitúan dentro del rango de bajo a promedio-bajo, lo que implica dificultades en la percepción, la comprensión y el manejo emocional, así como una menor eficacia en el uso de la información afectiva para la toma de decisiones. Estas limitaciones pueden asociarse con la exposición a eventos traumáticos, que, según Mayer y Salovey (1997), tienden a afectar la integración cognitivo-emocional y la capacidad adaptativa ante estímulos de alta carga emocional. De igual forma, el manual técnico del MSCEIT (Mayer et al. 2023) indica que los puntajes por debajo de la media suelen asociarse a dificultades adaptativas en la información emocional.
En la tabla 12 se puede ver que la población no víctima presentó un perfil más favorable, con puntuaciones de 110 en percepción emocional, 123 en relaciones emocionales, 115 en facilitación del pensamiento y 98 en manejo emocional, ubicándose en el rango promedio-alto y superior. Este puntaje refleja una mayor competencia emocional global, especialmente en la habilidad para reconocer, comprender y emplear las emociones como recurso cognitivo y social. En conjunto, las diferencias entre ambos grupos ponen de manifiesto un mayor ajuste emocional y resiliencia en la población no víctima, en contraste con un funcionamiento emocional más vulnerable en el grupo de las víctimas, lo cual es coherente con lo señalado por Sánchez Álvarez et al. (2016), quienes destacan que la inteligencia emocional como habilidad constituye un factor protector que favorece la regulación emocional y el bienestar psicológico.
Tabla 12. Resultados generales MSCEIT
|
Dimensión |
Puntaje población víctima |
Puntaje población no víctima |
|
1. Percepción emocional |
92 |
110 |
|
2. Comprensión emocional |
95 |
123 |
|
3. Facilitación del pensamiento |
98 |
115 |
|
4. Manejo emocional |
90 |
98 |
Fuente: elaboración propia.
La diferencia entre ambos grupos también puede interpretarse desde la teoría de la resiliencia. Masten y Cicchetti (2016) plantean que los procesos resilientes se sustentan en sistemas de apoyo y en condiciones contextuales que amortiguan el impacto del trauma y facilitan la reorganización psicoemocional. Cuando dichos sistemas se deterioran, la capacidad de regulación emocional se debilita. Ello explica que, más allá de la habilidad intrapsíquica, la inteligencia emocional en contextos de violencia también depende de condiciones relacionales y comunitarias que permitan restaurar la agencia y la seguridad afectiva.
Asimismo, los resultados indican que la población no víctima muestra una mayor flexibilidad emocional, una capacidad reconocida en la literatura reciente como predictor central de la resiliencia psicológica. Bonanno (2021) denomina este fenómeno “paradoja de la resiliencia” y destaca que no es la ausencia de adversidad lo que explica el ajuste emocional, sino la habilidad para modular las respuestas afectivas según las demandas del contexto. Esta flexibilidad se evidencia en una puntuación superior en comprensión emocional, lo que facilita la selección de estrategias adaptativas y disminuye la sobrecarga emocional ante situaciones amenazantes.
No obstante, los resultados también permiten problematizar la idea de que el bajo desempeño emocional observado en las víctimas se explica únicamente por variables individuales. Como advierte Cyrulnik (2016), la afectación emocional prolongada en contextos de violencia política no es un “déficit personal”, sino el efecto de la ruptura simbólica del entorno protector que sostiene la experiencia emocional. También se observa que la población no víctima puntúa más alto porque ha contado con condiciones estructurales de bienestar que favorecen la autorregulación y la lectura emocional del entorno, tal como plantea Ungar (2021), quien subraya que la resiliencia no se trata de cuán fuerte es la persona, sino de cuán accesibles son los recursos significativos para ella. Este enfoque cuestiona la interpretación puramente individualista de la inteligencia emocional y sugiere que los niveles altos observados en el grupo no víctima reflejan un privilegio relacional y una continuidad ecológica, más que una fortaleza exclusivamente intrapsíquica. Así, la brecha entre ambos grupos no solo describe un manejo emocional diferente, sino también diferencias en la construcción emocional, en coherencia con lo que Masten y Cicchetti (2016) denominan “resiliencia situada”.
En síntesis, la comparación de los puntajes del MSCEIT entre la población víctima y la no víctima del conflicto armado evidencia no solo diferencias en el funcionamiento emocional, sino también desigualdades en el acceso a condiciones que favorecen el desarrollo de habilidades emocionales. Tal como plantean Masten et al. (2023) y Ungar (2021), la resiliencia y la inteligencia emocional no pueden comprenderse de manera aislada del contexto ecológico en el que se configuran. En la población víctima, los puntajes bajos reflejan un daño relacional y sistémico acumulado, más que una deficiencia intrapsíquica. Ello confirma que el trauma colectivo erosiona las bases sobre las que se construye la autorregulación emocional (Cyrulnik 2016), lo que genera un funcionamiento vulnerable que puede derivar de contextos de violencia y trauma.
Discusión
En esta sección se discute la relación entre los procesos cognitivos y emocionales evaluados mediante el CTI (Epstein 2012, 2019) y el MSCEIT (Mayer et al. 2023). En el caso del CTI, los hallazgos reflejan diferencias marcadas entre la población víctima y la no víctima del conflicto armado colombiano. En el primer grupo, se identificaron puntuaciones bajas en las escalas de ausencia de hipersensibilidad, rumiación y autoestima, lo que sugiere una mayor reactividad emocional, pensamientos negativos automáticos y dificultades en la autorregulación afectiva. Este patrón es coherente con lo planteado por Epstein (2003), quien explica que un pensamiento constructivo reducido se traduce en una menor capacidad para reinterpretar de manera adaptativa las experiencias adversas.
No obstante, los resultados de la población no víctima en las escalas valoradas del CTI tienden a ser proporcionalmente más bajos que los de la población víctima. Lo anterior indica que en la población no víctima hay una alta proporción de participantes con dificultades en la autorregulación efectiva, en el pensamiento constructivo y en la determinación conductual. En ese sentido, se podría concluir que el pensamiento constructivo en cuanto a los componentes emocionales y conductuales presenta un bajo nivel en ambas poblaciones, pero es más marcado en la población no víctima. Esto puede estar relacionado con elementos asociados a la teoría de la resiliencia, en la que los elementos contextuales influyen en el afrontamiento adaptativo y en la regulación emocional (Masten et al. 2023), lo que permite que las víctimas, tras episodios traumáticos, puedan desarrollar un pensamiento constructivo con indicadores más estables que la población no víctima.
El análisis de los resultados del MSCEIT complementa esta interpretación, al mostrar diferencias notables en las habilidades emocionales de ambos grupos. La población víctima presentó puntuaciones promedio-bajas en percepción y manejo emocional (92 y 90, respectivamente), lo que denota dificultades en la identificación, comprensión y regulación de las emociones propias y ajenas, así como una limitada capacidad para utilizarlas como guía de la conducta. Paralelamente, la población no víctima alcanzó valores elevados en las ramas de comprensión emocional (123) y de facilitación emocional (115), lo que evidencia una mayor competencia emocional y una integración más efectiva entre la emoción y la cognición. De acuerdo con el modelo de las cuatro ramas de Mayer y Salovey (1997), estas habilidades permiten percibir, comprender, emplear y regular las emociones de manera estratégica, lo que fortalece el bienestar psicológico y la adaptación social. Este resultado es congruente con lo expuesto por Sánchez Álvarez et al. (2016), quienes señalan que una inteligencia emocional desarrollada funciona como factor protector frente al estrés y mejora la resiliencia ante contextos emocionalmente demandantes.
La integración de los hallazgos de ambos instrumentos con la teoría de la resiliencia ofrece una lectura más amplia del proceso de reconstrucción emocional y cognitiva en contextos de violencia sociopolítica. Desde la perspectiva de Walsh (2012), la resiliencia no implica la negación del sufrimiento, sino la reorganización de los significados y de los recursos personales ante la adversidad. En la población víctima, las puntuaciones más altas en comparación con la población no víctima, obtenidas en las escalas de afrontamiento emocional (escala EMO) y pensamiento constructivo global (escala PCG) del CTI, pueden entenderse como el reflejo de un proceso resiliente aún en desarrollo, en el que la persona conserva huellas del trauma, pero también evidencia intentos de regulación emocional y reevaluación cognitiva. Este hallazgo coincide con la noción de resiliencia dinámica descrita por Masten (2014), quien subraya que la adaptación exitosa ante la adversidad depende de la activación de recursos emocionales y sociales que permitan mantener un funcionamiento psicológico estable. Asimismo, las personas no víctimas, al presentar niveles más altos de habilidades emocionales, evidenciadas en los resultados del MSCEIT, representan un grupo en el que la resiliencia se expresa de manera más consolidada, lo que evidencia mayor equilibrio emocional.
En conjunto, los resultados del CTI y del MSCEIT revelan que, aunque la exposición al conflicto armado impacta de manera notoria en la regulación emocional, no necesariamente condiciona negativamente el afrontamiento conductual y el pensamiento constructivo global, en la medida en que también existen mecanismos de protección psicosocial que operan mediante la reevaluación cognitiva y la inteligencia emocional estratégica. Estos factores, según Walsh (2012), son esenciales para la recuperación de la estabilidad psicológica y la construcción de significado tras la experiencia traumática, lo que se refleja particularmente en los resultados obtenidos por la población víctima en el CTI, en la que, a nivel de afrontamiento conductual, existen tendencias a puntuar más alto que la población no víctima, y en el afrontamiento emocional se tiende a obtener resultados levemente más altos. Por tanto, la resiliencia no se entiende aquí como un rasgo individual, sino como un proceso dinámico de reconstrucción, en el que el pensamiento constructivo y la inteligencia emocional interactúan para favorecer la adaptación, el equilibrio y el restablecimiento del sentido de la vida en personas afectadas por la violencia.
Por ende, los hallazgos evidencian la estrecha interacción entre los procesos cognitivos, emocionales y resilientes en personas víctimas y no víctimas del conflicto armado colombiano. El análisis conjunto de los instrumentos aplicados sugiere que, aunque la experiencia de la violencia afecta negativamente el afrontamiento emocional y el pensamiento constructivo, también activa mecanismos de adaptación que permiten a las personas reorganizar sus recursos internos y reconstruir el significado de dicha experiencia. Estos resultados se alinean con lo propuesto por Walsh (2012), quien concibe la resiliencia como un proceso dinámico de reorganización y no como un rasgo estático del individuo.
En el caso de la población víctima, las puntuaciones bajas en las escalas del CTI relacionadas con la ausencia de hipersensibilidad, rumiación y autoestima, junto con los resultados del MSCEIT en percepción y manejo emocional, confirman la presencia de patrones de reactividad afectiva y dificultad en la autorregulación emocional. Este funcionamiento puede entenderse como un efecto psicosocial del trauma, en el que las experiencias repetidas de amenaza y pérdida generan una activación emocional sostenida y creencias de indefensión, lo cual coincide con lo planteado por Epstein (2012) acerca del papel del pensamiento desadaptativo en la vulnerabilidad emocional. No obstante, la evidencia también muestra la existencia de procesos resilientes en desarrollo, ya que las puntuaciones intermedias en algunas escalas del CTI, como el afrontamiento emocional y la ausencia de sobregeneralización negativa, indican intentos de reevaluación cognitiva y de control afectivo que podrían fortalecer el equilibrio emocional con intervenciones adecuadas.
Por su parte, los resultados de la población no víctima revelan un perfil más adaptativo, caracterizado por una mayor eficacia en la inteligencia emocional estratégica, valorada en el MSCEIT, aunque con dificultades manifiestas en el afrontamiento conductual y en el pensamiento constructivo en su dimensión emocional, valorados en el CTI. Este grupo obtuvo puntuaciones altas en las ramas de facilitación emocional y de relaciones emocionales del MSCEIT, a pesar de que en las escalas de afrontamiento emocional y de autoestima del CTI obtuvo puntajes levemente más bajos que los de la población víctima. A pesar de ello, se observa una integración funcional entre la emoción y la cognición. Este hallazgo respalda el modelo de Mayer y Salovey (1997) y Mayer et al. (2023), según el cual la inteligencia emocional, como habilidad, permite utilizar la información afectiva para guiar el razonamiento y la conducta, promoviendo decisiones más equilibradas y relaciones interpersonales más saludables.
La comparación entre ambos grupos pone de manifiesto que la exposición prolongada a la violencia produce alteraciones en la manera en que las personas procesan y utilizan la información emocional, lo que se traduce en una menor regulación afectiva, pero esto no necesariamente afecta aspectos conductuales o cognitivos asociados a un pensamiento más rígido o negativo.
Siguiendo a Masten y Cicchetti (2016), la resiliencia se manifiesta precisamente en la capacidad de mantener un funcionamiento competente a pesar de la adversidad, transformando el dolor en una oportunidad de reorganización interna. Así, en la población víctima, los resultados no deben interpretarse desde la carencia, sino desde la potencialidad resiliente, es decir, la capacidad de reconstruir la autopercepción y el control emocional a partir de la reevaluación cognitiva. Por lo tanto, los resultados alcanzados pueden valorarse desde la perspectiva de la inteligencia emocional de Goleman (1995), en la que la rehabilitación psicosocial de las víctimas del conflicto armado implica potenciar competencias como la autoconciencia, la autorregulación y la empatía, fundamentales para la reconstrucción del sentido personal tras la experiencia traumática. Cuando estos componentes se articulan con la teoría de la resiliencia, la recuperación deja de ser un mero afrontamiento del daño y se orienta hacia la reconstrucción activa de capacidades personales y de vínculos protectores. En ese sentido, Southwick y Charney (2018) destacan que la resiliencia se fortalece cuando las emociones son comprendidas y canalizadas hacia la conexión social y el propósito vital, y cuando la resiliencia es un proceso ecológico y dinámico sostenido por contextos relacionales que facilitan la regulación emocional (Masten y Cicchetti 2016).
En conjunto, los resultados del CTI y el MSCEIT indican que las víctimas del conflicto armado presentan un perfil emocionalmente más vulnerable, pero con señales de resiliencia emergente: pensamiento constructivo superior en algunas dimensiones, mayor sentido de responsabilidad y tendencia al optimismo realista. La población no víctima, aunque con mayores niveles de inteligencia emocional, mostró una menor capacidad de afrontamiento conductual, posiblemente relacionada con la ausencia de experiencias extremas que activen procesos de adaptación profunda. Estos hallazgos confirman que la exposición a la violencia transforma la estructura emocional y cognitiva de las personas, no solo en términos de daño, sino también de reorganización adaptativa, en línea con los modelos contemporáneos de resiliencia psicosocial (Masten et al. 2023; Walsh 2012).
Por lo tanto, los resultados contribuyen a comprender que la inteligencia emocional y el pensamiento constructivo no operan como sistemas independientes, sino como procesos complementarios que se retroalimentan. Una persona con mayor capacidad de razonamiento emocional tiende a generar pensamientos más flexibles y menos autocríticos, lo que, a su vez, refuerza su regulación emocional. Este vínculo entre lo conductual y lo afectivo es fundamental para entender el afrontamiento psicológico en contextos de violencia y coincide con las propuestas contemporáneas que destacan la interacción entre emoción, cognición y significado como base de la resiliencia psicosocial (Sánchez Álvarez et al. 2016; Walsh 2012).
Conclusiones
Este estudio permitió comparar, desde un enfoque mixto, los factores conductuales y emocionales experimentados por las víctimas y las no víctimas del conflicto armado colombiano. Mediante el uso de dos instrumentos complementarios, el MSCEIT y el CTI, fue posible identificar un perfil diferenciado entre ambas poblaciones. Las víctimas mostraron un funcionamiento emocional más vulnerable en las dos áreas generales del MSCEIT, pero demostraron una mejor capacidad para el pensamiento constructivo que la población no víctima en el componente emocional y conductual del CTI, a través de sus seis áreas generales.
El análisis comparativo entre las dos poblaciones permitió identificar diferencias significativas en las dimensiones emocionales y conductuales evaluadas mediante el CTI y el MSCEIT. En términos generales, los resultados evidencian que las víctimas presentan una estructura emocional más vulnerable, pero, al mismo tiempo, muestran indicadores consistentes de resiliencia y reconstrucción adaptativa, lo cual coincide con los modelos contemporáneos de afrontamiento positivo frente al trauma (Bonanno 2021; Masten et al. 2023; Walsh 2012).
Se encontró que la población víctima tenía una autoestima notablemente baja, un manejo emocional deficiente y un pensamiento constructivo positivo reducido, así como una alta rumiación, hipersensibilidad y sobregeneralización negativa. Estas características confirman un patrón consistente con los efectos del trauma acumulado, la exposición constante a contextos amenazantes y la falta de reparación simbólica. No son solo signos, sino manifestaciones diarias de un dolor que sigue vivo en la forma en que ven el mundo, interactúan con los demás y se perciben a sí mismos. La muestra de población no víctima, aunque reportó problemas en aspectos de sociabilidad y autoconcepto, informó de una mayor funcionalidad emocional y de menor reactividad afectiva, pero con un pensamiento menos estructurado y menos adaptativo.
Estos resultados confirman que las consecuencias del conflicto armado no se limitan a los aspectos físicos o legales, sino que también tienen un gran impacto en la estructura emocional e identitaria de los individuos. Con este fin, las consecuencias de la guerra, lejos de ser borradas en el silencio de las armas, continúan en emociones silenciadas, en la fragmentación del ser humano y en las relaciones en la sociedad, caracterizadas por la desconfianza o la sobreprotección. Desde este punto de vista, existe una necesidad urgente de diseñar intervenciones psicosociales restaurativas que aborden no solo el trauma, sino también el fortalecimiento de las capacidades emocionales, el reconocimiento del daño y la reconstrucción del tejido humano fracturado por la guerra.
Limitaciones del estudio
Se resalta que el propósito de la investigación no fue diagnosticar ni clasificar patologías mentales, sino comprender factores de orden conductual y emocional asociados a las experiencias de violencia y a los procesos de adaptación psicosocial en víctimas y no víctimas del conflicto armado colombiano. Tanto el CTI como el MSCEIT son instrumentos diseñados para evaluar habilidades y estilos cognitivo-emocionales, no indicadores clínicos o psicopatológicos. Por tanto, los resultados y las conclusiones deben entenderse en el marco de un análisis descriptivo e interpretativo orientado a identificar patrones de afrontamiento y mecanismos de resiliencia.
Referencias
✽ Este artículo es producto del proyecto de investigación “Análisis comparativo de los factores conductuales y emocionales en la población del municipio de Tuluá, Valle del Cauca: víctimas del conflicto armado vs. no víctimas”, financiado y aprobado por la Unidad Central del Valle del Cauca mediante la Resolución Rectoral n.° 00153 del 30 de enero de 2024 y está identificado con el Código de proyecto: PI-1300-50.2-2024-07. Se contó con el aval del Comité de Ética Institucional de la Unidad Central del Valle del Cauca (Colombia) y su desarrollo contó con la elaboración de un consentimiento informado que fue debidamente diligenciado por todos los participantes de la investigación.
Los autores contribuyeron de manera equitativa en todas las tareas involucradas en la elaboración, redacción y revisión del artículo. Se extiende un especial agradecimiento a la Mesa de Participación Efectiva de Víctimas del municipio de Tuluá por su continua disposición, aportes y apoyo para alcanzar los resultados de esta investigación.
Magíster en Psicología Forense del Instituto Superior de Estudios Psicológicos, España. Docente investigadora del programa de Psicología e integrante del grupo de investigación en Psicología de la Unidad Central del Valle del Cauca. https://orcid.org/0000-0002-1105-0607 | avallejom@uceva.edu.co
Mónica Alexandra Reyes Cuartas
Magíster en Psicopedagogía de la Universidad Internacional de La Rioja, España. Docente investigadora del programa de Derecho y del de Psicología, e integrante del grupo de investigación Derecho, Cultura y Sociedad de la Unidad Central del Valle del Cauca. https://orcid.org/0000-0002-8573-7866 | mreyes@uceva.edu.co
Estudiante del programa de Psicología de la Unidad Central del Valle del Cauca. Integrante de los semilleros de investigación Psicología y Derechos Humanos y Convivencia Pacífica. https://orcid.org/0009-0003-9006-5755 | sebastian.reyes01@uceva.edu.co