
Trauma cultural y memoria: experiencias de la población afrocolombiana desplazada del Pacífico colombiano✽
Lida Elena Tascón Bejarano y Mariana Reina Villamil
Recibido: 1.º de mayo de 2025 | Aceptado: 9 de septiembre de 2025 | Modificado: 6 de octubre de 2025
https://doi.org/10.7440/res95.2026.03
Resumen | El propósito de este artículo es presentar los resultados de una investigación cualitativa realizada con población afrocolombiana desplazada de la región pacífica, a partir del enfoque metodológico investigación-acción participativa. Los hallazgos se agruparon en tres aspectos: (i) la forma en que la población experimentó el desarraigo, la desintegración familiar, las afectaciones psicosociales y el trauma cultural derivado del desplazamiento; (ii) la manera en que las personas desplazadas percibieron su llegada a la ciudad de Cali, Colombia, y (iii) la memoria como modo de resiliencia, estrategias y recursos para la reconstrucción del tejido social. Se concluye que la reconstrucción de la memoria aporta elementos a las víctimas del conflicto armado para la tramitación del duelo colectivo, así como de dignificación, reparación simbólica y garantías de no repetición de hechos violentos, lo que contribuye al fortalecimiento de una cultura de paz.
Palabras clave | conflicto armado; desplazamiento; familia; memoria; reparación simbólica; trauma cultural
Cultural Trauma and Memory among Afro-Colombian Communities Displaced from the Colombian Pacific
Abstract | This article examines the findings of a qualitative study carried out with Afro-Colombian people displaced from Colombia’s Pacific region, based on a participatory action research approach. The analysis is structured around three interconnected dimensions. The first explores experiences of displacement, including uprooting, family fragmentation, psychosocial impacts, and the cultural trauma produced by forced displacement. The second addresses how displaced individuals understood and interpreted their arrival in the city of Cali, Colombia. The third focuses on memory as a source of resilience, highlighting the strategies and resources mobilized to rebuild the social fabric. The article concludes that memory reconstruction processes offer victims of the armed conflict meaningful ways to work through collective grief, while also fostering dignity, symbolic reparation, and guarantees of non-recurrence of violent acts, thereby contributing to the strengthening of a culture of peace.
Keywords | armed conflict; cultural trauma; displacement; family; memory; symbolic reparation
Trauma cultural e memória: experiências da população afro-colombiana deslocada do Pacífico colombiano
Resumo | O objetivo deste artigo é apresentar os resultados de uma pesquisa qualitativa realizada com uma população afro-colombiana deslocada da região do Pacífico, baseada na abordagem metodológica da pesquisa-ação participativa. Os achados foram agrupados em três aspectos: (i) a forma como a população experimentou desarraigamento, desintegração familiar, impactos psicossociais e traumas culturais derivados do deslocamento; (ii) a forma como as pessoas deslocadas percebiam sua chegada à cidade de Cali, Colômbia, e (iii) a memória como um modo de resiliência, estratégias e recursos para a reconstrução do tecido social. Concluiu-se que a reconstrução da memória contribui com elementos às vítimas do conflito armado para o processamento do luto coletivo, bem como dignidade, reparação simbólica e garantias de não repetição de atos violentos, o que contribui para o fortalecimento de uma cultura de paz.
Palavras-chave | conflito armado; deslocamento; família; memória; reparação simbólica; trauma cultural
Introducción
El conflicto armado colombiano se ha prolongado por casi seis décadas y sus afectaciones psicológicas, emocionales y territoriales a la población civil son incalculables. Esta confrontación bélica es de una alta complejidad no solo por su carácter prolongado y los diversos motivos que la alimentan, sino por la participación de múltiples actores legales e ilegales, por su extensión geográfica y las particularidades que asume en cada región (CNMH 2013).
De acuerdo con la Defensoría del Pueblo, durante el primer trimestre de 2024, la dinámica del conflicto armado en el país se caracterizó por enfrentamientos entre grupos armados, amenazas contra líderes sociales y defensores de derechos humanos, establecimiento de normas de comportamiento para el control poblacional, ataques a la fuerza pública, contaminación de caminos comunitarios con minas terrestres y disputas territoriales (Defensoría del Pueblo de Colombia 2024). Mediante amenazas e imposición del terror, los grupos armados intimidan a la población local, vulnerando sus derechos humanos. Como consecuencia, en Colombia existen alrededor de 8.883.374 millones de personas desplazadas forzosamente de sus territorios, lo que constituye una de las mayores tragedias humanitarias del país (Uariv 2025).
Uno de los principales hallazgos de la Comisión de la Verdad fue identificar los impactos de la guerra en un trauma colectivo para las comunidades que fueron sometidas a masacres, torturas, desapariciones, hostigamientos, amenazas, desplazamiento forzado, entre otros. Los traumas colectivos son acontecimientos violentos que dejan marcas indelebles en la conciencia, la memoria colectiva, la historia y la identidad de un pueblo, hasta llegar a modificar su manera de ser y estar en el mundo (Comisión de la Verdad 2022b, 45). En esta misma línea, Alexander (2011, 125) define el trauma cultural como la experiencia en la que los miembros de una colectividad sienten que han sido sometidos a un acontecimiento espantoso que deja huellas imborrables en su conciencia, marca sus recuerdos para siempre y cambia su identidad cultural en formas fundamentales e irrevocables. Por su parte, Erikson (2011) menciona que el trauma colectivo constituye un golpe a los tejidos básicos de la vida social que perjudica los vínculos entre las personas y causa un daño al sentido de comunidad. El trauma colectivo emerge lentamente en la conciencia de aquellos que lo sufren a medida que comprenden que la comunidad ya no existe como una fuente efectiva de apoyo.
Frente a esta problemática, diversos autores resaltan el papel de la memoria en la tramitación del dolor y en la superación del trauma colectivo y cultural. La memoria es la capacidad de recordar o retener cosas en la mente, y se relaciona con las experiencias vividas que dejaron huella. Para Enzo Traverso (2007, 22), la memoria es “una dimensión subjetiva de la experiencia vivida, una recreación anclada en hechos del pasado, en vivencias que podemos atestiguar, esto es, de las cuales podemos dar cuenta, en suma, la memoria refiere a las impresiones que la experiencia deja en el espíritu”. Sin embargo, la memoria no se opone al olvido, es, en todo momento, una interacción entre ambos conceptos (Todorov 2000). En otras palabras, cuando se aborda la memoria, hay que preguntarse: ¿quién recuerda?, ¿qué se recuerda y qué se olvida?, y ¿cómo y cuándo se recuerda y se olvida? El ejercicio de recordar y olvidar es singular, porque cada persona tiene “sus propios recuerdos”, que no pueden ser transferidos a otros. La singularidad de los recuerdos y la posibilidad de activar el pasado en el presente es lo que define la identidad personal y la continuidad del sí mismo en el tiempo (Jelin 2002). Halbwachs (2004) señala que la memoria individual y la memoria colectiva tienen una relación dialéctica, ya que como individuos expresamos un recuerdo que se inserta en la memoria de la colectividad a la que pertenecemos. Es decir, todos los recuerdos, aunque parezcan individuales, están estructurados por el medio social y cultural en el que vivimos.
En este sentido, la configuración y representación del pasado opera como un mecanismo cultural que propicia sentidos de pertenencia a grupos y comunidades particulares, especialmente en el caso de los oprimidos, silenciados y discriminados. La referencia a un pasado común permite construir sentimientos de autovaloración y una mayor confianza en el grupo (Jelin 2002, 10). Por ello, la construcción de la memoria colectiva hace posible la dignificación de las comunidades que hacen el ejercicio de recordar su pasado común; sus tradiciones, costumbres, cosmovisiones e identidades elaboradas a lo largo de la historia y que les han ayudado a resistir como sujetos colectivos.
Sin embargo, las experiencias traumáticas alteran el funcionamiento de la memoria. Lira (2010) sostiene que, en muchos casos, la memoria de las víctimas es traumática porque el sufrimiento y el miedo permanecen vívidamente presentes y no pueden ser integrados en las relaciones sociales de la vida cotidiana. Cuando el trauma no ha sido elaborado ocurre el acting out, situaciones en las que el pasado irrumpe en una repetición compulsiva de escenas traumáticas y el futuro queda bloqueado en un círculo melancólico (LaCapra 2005, 46).
En este escenario, la memoria histórica aparece como una alternativa para abordar la memoria traumática. Mientras que el trauma no elaborado encierra a las víctimas del conflicto en la repetición del dolor, la memoria histórica propone un ejercicio colectivo para resignificar el pasado y hacer una reparación simbólica. La memoria histórica se relaciona con un tipo de memoria colectiva en sociedades que han sufrido hechos traumáticos por guerras o conflictos armados y quieren hacer una transición hacia la paz mediante la justicia transicional1. La memoria histórica es entendida, en el marco de la justicia transicional, como un proceso de dignificación de las víctimas de violaciones graves y sistemáticas a los derechos humanos (Bresciano 2013). En Colombia la memoria de las víctimas es reconocida en la Ley 1448 de 2011 (Ley de Víctimas y Restitución de Tierras), la cual se centra en tres derechos: derecho a la verdad, derecho a la justicia y derecho a la reparación integral con garantías de no repetición.
El proyecto de investigación que sustenta este artículo abordó la memoria desde la perspectiva de la memoria histórica, con el propósito de crear una distancia frente al pasado traumático. Si bien lo ocurrido en el pasado no puede cambiarse, sí es posible resignificarlo, otorgándole nuevas interpretaciones que permitan a los individuos distinguir entre el pasado, el presente y el futuro, y así avanzar en la construcción de proyectos de vida (Jelin 2002). Asimismo, la memoria histórica es un mecanismo fundamental para garantizar el acceso a la verdad, la justicia y la no repetición, y contribuye a procesos de sanación, al trámite del duelo para la reconciliación y a la construcción de una cultura de paz.
El objetivo principal del presente artículo, entonces, es analizar los efectos del conflicto armado en los procesos de desintegración y recomposición familiar de la población afrocolombiana en contextos de desplazamiento forzado, con especial énfasis en el trauma cultural de la comunidad afectada y las estrategias de resiliencia, entendidas como la capacidad de afrontar experiencias traumáticas, al llegar a la ciudad de Cali. Se quiere demostrar que entre dichas estrategias se encuentra la reconstrucción de la memoria de la población desplazada afrocolombiana para su dignificación, reparación simbólica, garantías de no repetición de hechos violentos y fortalecimiento de una cultura de paz. Para ello, en un primer momento, se estudian el contexto histórico y social de las comunidades afrocolombianas y las dinámicas del conflicto armado en sus territorios. En un segundo momento, se explora la manera en que las y los integrantes de la comunidad experimentaron el desarraigo y la desintegración familiar como consecuencia del desplazamiento forzado. Así mismo, se describen las afectaciones psicosociales, entendidas aquí como trauma cultural, experimentadas por las familias afrocolombianas desplazadas y su proceso de adaptación en la ciudad. Por último, se analizan las formas de resiliencia y la importancia de la memoria histórica para resignificar el pasado y reconstruir el tejido social en un nuevo territorio.
Metodología
El presente estudio se desarrolló entre enero y octubre de 2024, desde la perspectiva de la investigación cualitativa, con el enfoque metodológico de la investigación-acción participativa (IAP). Este enfoque busca fortalecer las capacidades de los grupos involucrados, permitiéndoles identificar sus problemáticas y oportunidades y desarrollar soluciones propias para transformar su realidad. Para ello, se realizaron quince talleres en la ciudad de Cali orientados a generar junto con la población (alrededor de veinte personas) un diagnóstico participativo sobre sus experiencias de desplazamiento y afectaciones psicosociales; así mismo, a planificar estrategias que permitieran abordar las problemáticas emergentes y fortalecer sus capacidades en la elaboración de la memoria. También, se hicieron entrevistas semiestructuradas (cinco a personas participantes de los talleres, cuatro mujeres y un hombre), se usó la técnica de observación participante durante la ejecución de los talleres (se realizó una bitácora por cada sesión de taller) y se hizo una revisión documental de bibliografía pertinente.
La población con la que se realizó el estudio estuvo representada por personas de la Fundación Víctimas del Conflicto Armado, Cuenca del Pacífico2, víctimas del desplazamiento forzado del Pacífico nariñense, específicamente de los municipios que hacen parte de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET)3: Santa Bárbara, Iscuandé, Olaya Herrera-Bocas de Satinga, Tumaco, El Charco y Mosquera. El grupo estaba constituido por 20 personas, 11 mujeres y 9 hombres, todas identificadas como afrocolombianas; 7 de ellas estaban entre los 18 y 29 años, 8 entre los 30 y 59 años, y 5 entre los 60 y 81 años; 3 de ellas tenían alguna condición de discapacidad en movilidad. Además de las personas mayores de edad, se contó con la presencia y participación de once menores de edad que son hijas/os, sobrinas/os o nietas/os de las mujeres.
Los miembros de la fundación llegaron a Cali en diferentes periodos de tiempo (décadas de 1970 y del 2000, y año 2024) y se asentaron en el oriente de la ciudad, específicamente en los barrios El Vallado, El Retiro, Antonio Nariño, Mojica, Comuneros, Manuela Beltrán y Llano Verde (mapa 1). La mayoría de estos barrios hacen parte de la comuna 15, sector que enfrenta graves problemas de violencia con altas tasas de homicidio y pobreza.
Mapa 1. Comunas 13, 14, 15 y 21 de Cali

Fuente: elaborado por Laura Sofía Soto Zapata, 2025.
Los talleres se dividieron en dos ciclos, el primero titulado “Quién soy” y el segundo, “Memorias para la paz”. Inicialmente, el equipo de trabajo planteó una estructura para los talleres que comprendiera la realización de un diagnóstico participativo con el grupo, la planificación de acciones colectivas y su implementación. Sin embargo, luego de cada encuentro, se realizó un balance de la sesión, y se ajustaron los contenidos y dinámicas según las necesidades emergentes que explícita o implícitamente manifestaba el grupo.
El primer ciclo contó con nueve sesiones y consistió en una estrategia de recuperación emocional grupal para adultos con enfoque étnico. En los encuentros grupales se generó un espacio de confianza, seguridad y solidaridad entre los participantes, con el fin de identificar y analizar las situaciones individuales y colectivas derivadas del proceso de desplazamiento a nivel material, simbólico y psicosocial. Posteriormente, se desarrollaron ejercicios que le permitieran a la comunidad reflexionar sobre su identidad como individuos y como seres colectivos. Se abordaron narraciones sobre el territorio de origen y los diferentes tipos de violencia que han experimentado como comunidades: desde la violencia estructural del Estado, pasando por la violencia física y psicológica de los grupos armados en la población, sin centrarnos mucho en las experiencias personales, sino comunitarias, es decir, en el trauma colectivo. También se buscó identificar las herramientas o recursos (físicos, emocionales, simbólicos) de la comunidad para enfrentar los momentos difíciles por los que han pasado y cómo potencializarlos para la construcción de mejores condiciones de vida en el nuevo territorio (Cali).
Cada sesión de este ciclo de talleres contó con un objetivo específico y se dividió en cuatro momentos: una actividad de desmecanización (juegos a partir de técnicas de teatro del oprimido y dinámicas de biodanza), el abordaje de saberes propios relacionados con el objetivo de la sesión, la aproximación a nuevos saberes y, finalmente, la interpretación o puesta en práctica de estos saberes.
En el segundo ciclo de talleres, “Memorias para la paz”, se hizo un ejercicio de construcción colectiva de memoria histórica para dar un lugar privilegiado a las voces regionales y locales, especialmente a las de las víctimas de los grupos armados organizados al margen de la ley y de las víctimas de crímenes de Estado. Se realizaron seis talleres de construcción de memoria en los que, a partir de los elementos identificados en el primer ciclo, las personas pudieron hablar y elaborar la historia de violencia que ellos y sus comunidades han padecido.
A su vez, en este ciclo se definió y diseñó colectivamente una iniciativa de memoria artística que agrupara los elementos abordados durante el taller. El resultado fue una puesta escénica que incluyó la actuación grupal, varias canciones inéditas compuestas por una de las personas del grupo y un telón como representación artística hecha también por la comunidad. Cada sesión de este ciclo tuvo un momento de discusión y uno de práctica de la puesta en escena. Esta iniciativa de memoria fue presentada en dos espacios educativos. El primero tuvo lugar en la Pontificia Universidad Javeriana de Cali, el 11 de septiembre de 2024, durante el evento “El diálogo restaura: un espacio incluyente en Cali”, con el propósito de generar espacios de diálogo entre comparecientes de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), las víctimas y sectores de la sociedad civil para avanzar en la construcción de la paz y la reconciliación. Posteriormente, la puesta en escena se presentó el 27 de septiembre de 2024 en la Universidad Autónoma de Occidente, en el evento público “¿Por qué es importante la memoria en Colombia?”, con el fin de promover la reflexión colectiva sobre la consolidación de la paz en el país.
Finalmente, se realizó un taller con estudiantes de Sociología de la Universidad del Valle orientado a socializar la metodología del proyecto, así como sus principales hallazgos y recomendaciones.
Contexto histórico y social del Pacífico colombiano
Históricamente, en la región del Pacífico colombiano ha predominado un modelo económico extractivo y de enclave. Entre los siglos XVII y XIX, en el litoral pacífico, personas negras esclavizadas, traídas de África o nacidas en territorio americano, fueron obligadas a trabajar en cuadrillas, una forma de organización social del trabajo, para extraer oro de ríos y montañas. Con el tiempo, esclavizados, liberados, sus descendientes y comunidades indígenas fueron ocupando zonas dispersas a lo largo de los ríos y quebradas, lo que condujo a la formación de un nuevo espacio social. De esta manera, se fue consolidando un modelo económico y de asentamiento en Colombia de centro-periferia, donde el centro era resultado de una colonización interna en los valles y altiplanos andinos. Por otro lado, la periferia estaba conformada por la región del Pacífico y las cordilleras donde se localizaban las explotaciones mineras (Almario García y Jiménez 2004).
Los intereses extractivos de multinacionales y el tipo de desarrollo económico promovido por el Estado en esta región produjeron la expropiación de tierras y el desalojo de las poblaciones étnicas. Además de la poca presencia del Estado, la falta de garantías de acceso a los derechos de las comunidades históricamente vulneradas ha favorecido la permanencia y el control de grupos armados en estos territorios, a través del surgimiento de economías irregulares e ilegales, como el narcotráfico, la minería de oro y coltán, la extracción de madera, la extracción ilegal de hidrocarburos, el paso de migrantes y el contrabando. Estas dinámicas de ilegalidad crean una dependencia de varios sectores y cadenas productivas, y su imposición requiere de alianzas con grupos armados que controlen estos territorios (Comisión de la Verdad 2022a).
La costa del Pacífico nariñense, por ejemplo, resultó vinculada a la economía del narcotráfico a partir de la expansión de la coca y el desplazamiento de cultivos y laboratorios desde el Putumayo, como consecuencia de la estrategia de erradicación de cultivos que adelantó el Gobierno en los departamentos del sur del país a partir de la década de 1990. Este desplazamiento de la economía del narcotráfico a las costas de Nariño conllevó la movilización de poblaciones de campesinos sin un tejido social fuerte y con valores económicos y culturales que giraban alrededor de las economías ilegales. Estos y otros factores de vulnerabilidad crearon las condiciones para la introducción de actores armados ilegales, quienes ingresaron a la región por considerarla como una zona estratégica, de refugio y base para sus procesos de financiamiento (Defensoría del Pueblo de Colombia 2016).
El contexto histórico y socioeconómico descrito, unido al impacto del conflicto en la región del Pacífico, ha generado el desplazamiento forzado de personas hacia otros lugares del país, siendo el Valle del Cauca uno de los lugares principales de acogida. Así pues, este departamento se ha convertido en receptor de personas que sufrieron desplazamientos masivos e individuales de departamentos como Chocó, Cauca, Risaralda y Nariño. Según la Unidad para la Atención y Reparación Integral de Víctimas (Uariv), hasta marzo de 2025 se registraron 685.610 víctimas de desplazamiento forzado en el departamento. Por su parte, Cali, capital del Valle del Cauca, ha sido considerada como una ciudad-región porque históricamente se ha constituido en epicentro del desarrollo económico regional. Sin embargo, debido al recrudecimiento del conflicto armado, se ha convertido en una ciudad receptora de la población víctima del desplazamiento (alrededor de 229.978 personas) (Uariv 2025).
Desplazamiento forzado, desintegración familiar y trauma social
El conflicto armado afecta física y emocionalmente a las personas víctimas, no solo a nivel individual, sino colectivamente en un periodo de largo plazo. Las afectaciones dependen de las características de los eventos violentos sufridos; del tipo de victimario; de las particularidades y los perfiles de las víctimas: edad, género, pertenencia étnica, condición de discapacidad, experiencia organizativa, adscripciones políticas y religiosas; del tipo de apoyo recibido; de las respuestas sociales frente a los hechos y las víctimas, y de las acciones u omisiones del Estado (Hewitt Ramírez et al. 2016).
En este caso, se tendrán en cuenta el desplazamiento forzado por el conflicto armado y sus efectos a nivel individual, familiar y comunitario. En el ámbito individual o personal, se experimenta una reducción de las fuentes de apoyo material, afectivo y social, lo que incrementa las probabilidades de padecer estrés y depresión (Ramos-Vidal 2018). Son frecuentes los cuadros del trastorno de estrés postraumático en la población desplazada, los cuales dependen de factores orgánicos, psicológicos y social-comunitarios, que son directamente proporcionales a la intensidad y gravedad del trauma (Andrade Salazar 2011).
Varios estudios han señalado los impactos del desplazamiento forzado sobre la familia, como la desintegración familiar; el debilitamiento de la protección y la seguridad económica y alimentaria; la disociación de los vínculos sociales y afectivos, y la pérdida de redes de apoyo (Moreno-Acero et al. 2021; Ramos-Vidal 2018; Andrade Salazar 2011). Además de la disgregación de la identidad cultural y la memoria histórica, hay un aumento de la desconfianza ante el entorno y actitudes defensivas constantes (Andrade Salazar 2011).
Entonces, lo primero que experimentan los miembros de la familia es su fragmentación o separación. Al respecto comenta Jazmín4: “Antes vivía con las otras dos niñas, pero, como tocó salir corriendo, ellas se quedaron allá” (59 años, 2024). Si toda la familia logra migrar, el impacto del cambio de lugar será menor porque las principales fuentes de apoyo siguen disponibles. Sin embargo, por lo general, el desplazamiento se produce de forma escalonada, lo que genera descomposición en la estructura familiar:
Yo nunca había salido de la ciudad, era difícil. ¿Ahora para dónde nos vamos a ir? Y echar cabeza qué familiar teníamos por fuera. Como en ese entonces no era fácil tener un celular o ubicar una persona, mi mamá lo que decidió fue que unos para una parte y otros para otra, porque no nos iban a recibir cuatro personas en una casa, mi mamá y mis dos hermanas. Ellas se fueron para Pasto; yo me fui para Quibdó con una persona que me iba a ayudar a ver qué posibilidades había allá de trabajar. Allá fue que me registré como desplazada, hice la declaración, pero eso se quedó ahí. (Mónica, 48 años, 2024)
El desplazamiento es forzado por ser un hecho coercitivo, aun cuando no se haya utilizado una forma de violencia material. Las amenazas directas o indirectas a la vida propia y del núcleo familiar dejan a las personas en situación de máxima vulnerabilidad. Las razones que usualmente explican el desplazamiento de la población son las amenazas directas e indirectas, los combates entre grupos armados, los asesinatos de familiares o vecinos, la perpetración de masacres, el reclutamiento forzado de menores y la violencia sexual:
Nos vinimos con la esposa aquí a Cali con los muchachos. […] [Luego] nos fuimos a Iscuandé donde los suegros. Allá ella me dijo: “Váyase usted [a Cali] con los muchachos grandes a estudiar y yo me quedo acá a trabajar la mina”. [...] Pasaron esos días y me vine aquí [a Cali]. Allá me dejaron los dos niños más pequeños y yo le dije a los suegros que iba por mis muchachos, porque la mujer fue la que murió, yo tenía que ir por los niños, porque si yo hubiera muerto ella sería la que tendría que resistir con ellos. Cuando volví [a Iscuandé] ya estaban los grupos al margen de la ley, eso fue como en 1976 que ella murió. Ya estaban los grupos que no podían ver personas desconocidas porque le iban dando de una vez. (Arley, 80 años, 2024)
Por otro lado, la esfera que más se ve afectada por el desplazamiento forzado después de la familiar es la comunitaria. En el caso de la población afrocolombiana desplazada que llega a la ciudad de Cali, su tejido social es fracturado y su primer impacto es el choque cultural con la población local. Las comunidades afrocolombianas se caracterizan por tener costumbres y tradiciones diferentes a las del resto de la población del país.
El trabajo realizado en los talleres evocó un pasado rural y campesino, en el que las comunidades afro cultivaban fuertes lazos con la naturaleza y el cuidado del entorno era un valor fundamental. La solidaridad era la base del bienestar, pues las necesidades individuales se atendían colectivamente y los conflictos se discutían. La vida se ordenaba alrededor del trabajo del cuidado y el trabajo de la tierra, la pesca, la caza o la minería, de manera que nunca faltaban vivienda ni alimento. Muchos de sus ritos y creencias se derivan del sincretismo entre el catolicismo y una matriz africana, lo que observamos en sus cantos tradicionales, como arrullos y alabaos, fiestas y celebraciones. La tradición oral y la música son muy importantes en su cultura, así como también un fuerte sentido de comunidad.
Según Ruiz (2014), más que la locación, lo que se pierde con el desplazamiento es la disposición específica que tenían las relaciones comunitarias en un lugar y la manera en que la población se apropiaba colectivamente de él en los ámbitos material y simbólico, haciendo del territorio un centro de significación social. Por ejemplo, Jazmín al llegar a Cali percibió la pérdida de sus relaciones comunitarias al enfrentar las dificultades económicas en el nuevo territorio: “A uno le venden un racimo de plátano pesado, vale como 60.000 pesos, y allá hasta a veces la gente se lo regala. Acá todo es diferente para uno”.
El desplazamiento conlleva el desarraigo, pues socava la relación de pertenencia a través de la que se define vitalmente una comunidad; destruye un lugar, no solo expulsa a las personas de este (Bello 2004; Ruiz 2014). En este sentido, el desplazamiento es un hecho traumático, ya que genera un daño irreparable en los vínculos personales y el miedo permanece vívidamente en el presente (Lira 2010). Al respecto, dice Mónica:
Hay gente que ve el desplazamiento como algo fácil, pero en realidad es duro, algo que marca. Cuando no se hacen los pasos como para sanar esas partes, es difícil para nosotros. Yo no sé si eso [la violencia y el desplazamiento] me generó un miedo interno, porque esos paramilitares cuando llegaron y uno escuchaba esas motos que sonaban tan duro, pues a mí ese sonido no se me ha quitado. Y yo pienso: “¿Cómo hago para superar eso?”, porque yo acá escucho esos sonidos y de una me recuerda a la violencia, como a la gente mala.
El desplazamiento forzado implica el abandono de la comunidad y del territorio, y suele estar acompañado de fuertes situaciones de estrés, derivadas de la exposición a la violencia y de la ruptura de vínculos sociales con familiares y amigos en el contexto de origen. Esta situación puede considerarse como un evento traumático. Algunos estudios documentan el trauma que experimenta la población desplazada y su asociación con el desarrollo de sintomatología depresiva (Ramos-Vidal 2018). Para Andrade Salazar (2011), el estrés propiciado por el conflicto armado aumenta la vulnerabilidad psicológica de las víctimas expresada en pensamientos negativos, sentimientos de culpa y minusvalía, sensación de indefensión y tendencia a la desesperanza.
El trauma es un golpe en la psique que atraviesa las defensas del sujeto inesperadamente y con una fuerza brutal, de modo que no se puede reaccionar ante él de una forma efectiva (Erikson 2011). Si lo miramos a nivel colectivo, afecta al tejido social porque rompe los vínculos entre las personas causando un daño al sentido de comunidad. Las personas van tomando conciencia gradualmente de que la comunidad ya no existe como una fuente efectiva de apoyo (Alexander 2011). Así interpreta Maribel el quiebre de las dinámicas y los valores colectivos al dejar el contexto rural del que proviene y enfrentar otro tipo de amenazas en el nuevo contexto urbano:
Allá no había ladrones, usted no sabía qué era robar. Allá no se usan puertas, las casas no tienen puertas, no hacen falta. Aquí usted no se puede descuidar porque le roban su maleta. Si usted se enojaba, venían los otros y le decían: “¿Por qué se enoja, si él es su hermano?”. En la salud, por decir algo, si a alguien le picaba una culebra, entre todos se iban preguntando a ver quién sabía curar la culebra que le había picado. (61 años, 2024)
Los efectos psicopatológicos del desplazamiento forzado en el caso de las mujeres consisten en estados de depresión y episodios de angustia; de igual forma, debido al trastorno por estrés postraumático, tienden a experimentar pánico y un alto riesgo de padecer trastorno bipolar tipo 1 (Andrade Salazar 2011). Sumado a lo anterior, la condición de vulnerabilidad crece en las mujeres porque muchas de ellas son jefas de hogar en quienes recaen las responsabilidades de la reproducción familiar en condiciones muy precarias, como ejemplifica el caso de Maribel:
Cuando salí desplazada de mi tierra, Iscuandé, Nariño, nosotros teníamos un restaurante en sociedad con mi hermana; atendíamos a todos, militares, guerrilleros y paracos. Nosotros, a pesar de tanta tensión, éramos felices. Se trabajaba la mina artesanal playando el oro5 con batea y búnker para sacar la piedra. Mi hermana y yo atendimos el restaurante La Fonda. Un día llegaron los paracos bien endemoniados, pidieron el almuerzo y después dijeron que éramos informantes del ejército, y lo destruyeron todo. Tuvimos que tirarnos al monte, de una, porque empezaron a darle bala parejo a todo. Nos arrastramos por ahí mismo dejando todo tirado para que las balas no nos alcanzaran. Anduvimos por la trocha corriendo peligro de las culebras y otros animales salvajes, con hambre, frío y otras demencias. Hasta que pudimos llegar a una vuelta que le llaman Mono, y un motor nos trajo hasta El Charco, y nos embarcamos en un barco hasta Buenaventura y luego hasta Cali para buscar cómo ubicarme con mis cuatro hijos y mi hermana con sus tres.
También se observa que las mujeres conservan una mayor capacidad de resiliencia y cohesión intrafamiliar. Al ser más vulnerables, promueven la construcción entre los miembros de su familia de habilidades de trabajo en equipo y de resistencia ante la presión interna y externa. En algunos casos llegan a resignificar su estado emocional a favor de la unión familiar y el cuidado de los más indefensos, especialmente sus hijos e hijas:
Y me fui, pero no pude aguantar mucho allá, porque otros grupos paracos decían que estaban buenos [los hijos] para que se enlisten en las filas. Me decían que yo qué quería. Yo les decía que no me servía que mis hijos estuvieran con ellos. Si me toca defenderlos con mi propia vida, lo hago. “Sí, yo sé que me matan, pero ellos quedan libres de la mirada de ustedes; ya, aquí estoy, pero a mis hijos no se los van a llevar”. Alcanzamos a estar en Iscuandé unos diez años. Esos son mis cachorros, yo soy una leona, y el diablo a mí no me toca mi descendencia. Yo parada en la raya. Allá a usted le toca pararse así, porque o si no le dan vuelta seca a usted. Una de mis tías perdió a dos de sus hijos; y lo peor es que, después de que los captaron, la llamaron y le dijeron que por ser buena gente se los dejaban para que los enterrara y los llorara. No hay derecho. Vuelvo y le digo, no tanto lo económico, sino todo lo que uno sufre psicológicamente. Yo ver cómo mataron a mis primos y mis tías ahí, y yo con mis hijos. Uno tener que superarse solo. (Maribel, 61 años, 2024)
El reclutamiento de niñas, niños y adolescentes por parte de los actores armados es una grave violación de sus derechos, porque los aleja de sus entornos protectores, como la familia, los amigos, las escuela y las comunidades, exponiéndolos a sufrir otras violencias (Unicef 2025). La JEP reporta que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) reclutaron alrededor de 18.600 menores de edad entre 1996 y 2016 (González Díaz 2024). Hasta noviembre de 2024 se registraron 160 casos de reclutamiento de menores por parte de diferentes grupos armados, entre ellos las disidencias de las extintas FARC, el Clan del Golfo, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y grupos posdesmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Los grupos étnicos (indígenas y afrocolombianos) son los más perjudicados por esta situación (Defensoría del Pueblo de Colombia 2024).
Las comunidades afectadas por el reclutamiento se desplazan masivamente para proteger a sus hijos, como lo hizo Maribel. En el caso de Jazmín, su hija de trece años terminó reclutada y embarazada por un miembro del ELN:
Mi hija había comenzado a coger mala gallada, mala junta con esa misma gente prácticamente. Ella les hacía los mandados que le pedían. Yo le decía que no se metiera a hacerles mandados a ellos porque el que les hace un favor a ellos se está involucrando. Y así fue. Hubo un tiempo en que me tuve que ir a Buenaventura por unos papeles. En esa semana que yo me fui, la pelaíta ya se había ido con ellos, ellos se la llevaron, porque yo la había dejado a ella con la hija mayor, pero la niña se le fue, se fue con ellos para el monte. Me tuve que ir a donde estaban ellos a buscarla. Ellos se la llevaron que porque si la dejaban en la vereda la mataban, pero yo dije que la iba a mandar a Buenaventura. Entonces la pelaíta, cuando ya la saqué, ya estaba embarazada de uno de ellos. A los trece añitos dio a luz la pelaíta.
A partir del análisis de las entrevistas a la comunidad se observa una cronología de varias generaciones víctimas del conflicto armado desplazadas: desde 1976, año en el que por primera vez Arley, uno de los integrantes más longevos del grupo, fue desplazado de Iscuandé, hasta el 2024, cuando Lina, de nueve años, llegó junto a su núcleo familiar desplazada a Cali.
Según Gómez Builes et al. (2008), el desplazamiento en Colombia se diferencia del de otros países por tres elementos: la continuidad histórica del proceso, la multipolaridad del conflicto y la falta de identidad de la población desplazada. El último factor es consecuencia de los anteriores y está intrínsecamente relacionado con el desarraigo. Algunos, como Maribel, incluso son víctimas de dobles desplazamientos:
Llegamos a Cali por primera vez como veinte años atrás y nos quedamos como unos tres años. Luego volvimos a Iscuandé y nos quedamos diez años. Luego volvimos a Cali. Decidimos que Cali porque era la ruta como que teníamos. Yo digo, no entiendo por qué elegimos Cali, o Colombia, porque para Ecuador es más cerca, pero uno no pegaba para allá. Como ya se había venido mi abuelita de Cali por la muerte de mi mamá, teníamos como esa ruta, de llegar y que había alguien que por lo menos te iba a dar como ese abrazo, ese descanso.
Tras el desplazamiento, los procesos que han construido identidad y permitido planear proyectos de vida se rompen. La transformación dependerá de las condiciones del entorno, los tipos de relaciones, el desarrollo personal y comunitario, los soportes en los lugares de llegada, así como de las condiciones de impunidad y la vulnerabilidad socioeconómica, que profundizan la fragilidad en las nuevas realidades (Castrillón 2018).
Al desintegrarse la unidad familiar con el desplazamiento, la persona pierde este apoyo y los recursos sociales de los contextos relacionales en los que se desenvolvía. De aquí la importancia de los contactos que las personas consigan establecer en las comunidades de destino para reducir la probabilidad de quedar confinadas en contextos de exclusión social (Ramos-Vidal 2018):
Siempre he sido una persona como tímida, no es como que haga muchas amistades. Si yo me pongo a contar las personas que hoy en día van a mi casa, diría que una. Yo no sé si todo lo del desplazamiento ha tenido que ver. Si yo me pongo a pensar de pronto el hecho de que cuando uno llega acá se siente como solo. Son muchas sensaciones encontradas, uno quiere como superarse, pero ¿por dónde empiezo? (Mónica, 48 años, 2024)
Cali es la segunda ciudad con mayor población afrodescendiente en el país y la más importante del suroccidente colombiano. Además, es epicentro en la dinámica migratoria, debido a su nivel de desarrollo económico y urbanístico; es un referente para migrantes de diferentes zonas del país, dentro de las que se destaca el suroccidente colombiano (Rodríguez 2019). Por esta misma dinámica, la ciudad también es receptora de la población desplazada por el conflicto armado. Cali ofrece más oportunidades, sea mayor oferta en el mercado laboral o algún contacto que los ayude a ubicar un lugar para ser recibidos, el “tener como esa ruta, de llegar y que haya alguien que por lo menos te va a dar como ese abrazo, ese descanso” (Mónica, 48 años, 2024).
Al analizar la correlación entre desplazamiento forzado, movilidad espacial y segregación en Cali, Rodríguez (2019) encuentra que el desplazamiento forzado es un fenómeno social de profundas desigualdades en los patrones de asentamiento urbano, particularmente al comparar a los migrantes desplazados con aquellos que migran de manera voluntaria. La diferencia entre un grupo y otro se expresa en el ámbito educativo y laboral, y en el componente étnico racial. A su vez, la movilidad de las personas desplazadas en Cali hacia áreas periféricas agudiza la fragmentación socioespacial en la ciudad y la segregación. Quienes se asientan en el oriente (comunas 13, 14, 15 y 21) presentan un mayor desligue con las redes del mercado laboral:
Estamos muy viejos y ¿quién nos va a dar trabajo? Las personas que nos dan posada, un conocido nos llevó para allá, porque había que unas piecitas, que mientras nos ubicábamos, pero no nos hemos podido ubicar bien todavía, porque es difícil. (Nubia, 37 años, 2024)
El alimento y la vivienda garantizados en el ámbito rural, al ser productos directos del trabajo, se convierten en la ciudad en mercancías con valor de uso que las personas desplazadas y desposeídas difícilmente consiguen. La solidaridad, común en los territorios de procedencia y escasa en las lógicas capitalistas de las ciudades, tiene un papel fundamental para lograr la pervivencia en Cali.
Volver a empezar: Cali no es una ciudad amable
La población desplazada enfrenta diferentes adversidades que dificultan la integración en los nuevos contextos de asentamiento. Provenientes de contextos rurales donde las relaciones sociales se tejen entre familias y vecinos, deben relacionarse en la ciudad con extraños. Sus vidas transcurren en barrios populares con realidades complejas, entre personas de diversas regiones y costumbres cuyo denominador común es la pobreza (Bello 2004). Al mismo tiempo, la población receptora también puede experimentar dificultades, debido a la presión demográfica y a la saturación de los servicios asistenciales ocasionada por el aumento poblacional no planificado (Ramos-Vidal 2018).
En las ciudades se trabaja por un salario para consumir bienes y servicios y adquirir propiedades, y es el dinero lo que define las posibilidades de resolver la vida material (vivienda, alimentación, salud, educación terciaria e incluso la opción de desplazarse libremente):
Acá todo es distinto: si usted no tiene plata, no sobrevive. El arriendo está muy caro. Si uno tuviera su casita y tuviera trabajo, pues al menos del trabajo viviría. Pero allá, como uno no pagaba arriendo ni pagaba nada. (José, 50 años, 2024)
Al llegar a Cali se imponen sus lógicas. La falta de cualificación se presenta como una barrera para insertarse en el mercado laboral, pues, como dice Mónica, “aquí en la ciudad el estudio es todo, si uno no estudia prácticamente no es nadie, porque ¿cómo se sostiene? Entonces, lo de superarse sí es complicado”. Por otro lado, Nubia menciona que trabajar fuera de casa con dos hijos pequeños es difícil porque teme por su seguridad al no tener otras redes de apoyo para el cuidado de sus hijos:
Uno como padre a veces quiere darles prioridad, alejarlos un poco de los lugares tan violentos. Yo a veces me pongo a pensar, si yo consigo un empleo, ¿cómo hago con ella? Porque al niño lo tengo en la guardería de ocho [de la mañana] a cuatro de la tarde, podría conseguir un empleo de medio tiempo, pero ella me entra a las seis de la mañana y sale a las doce del mediodía. Y un barrio que es tan peligroso, drogadictos, personas robando. A nosotros el 24 de diciembre se nos metieron a la casa y se nos llevaron las cosas porque no estábamos, y cuando llegamos a la casa, hasta las cucharas se las habían llevado.
El pandillismo, las barreras invisibles, el “güireo” —un fenómeno de enfrentamientos violentos entre grupos de niños y adolescentes por la territorialidad—, el microtráfico y los hurtos son problemas presentes en los barrios que habitan, y son las niñas, los niños y los jóvenes los más expuestos. Las violencias de las que son víctimas las personas desplazadas no se limitan a los actos que grupos armados realizan en un momento particular: se inoculan en la ausencia del goce de derechos efectivos en territorios donde el Estado no se experimenta como garante, y se extienden en el tiempo y permanecen en la repetición de escenarios de vulnerabilidad social y precariedad en las ciudades vividos por personas empobrecidas y racializadas. Se trata de un continuum de violencias (Scheper-Hughes y Bourgois 2004) porque estas no se nombran oficialmente y, por ende, no son objeto de políticas de reparación; de este modo, se invisibilizan las conexiones entre las distintas formas de violencia y estas son normalizadas. En este sentido, Motta (2009) argumenta que las personas desplazadas llegan a Cali a mimetizarse entre la población que ha vivido en marginalidad y exclusión en sectores populares.
Constantemente emerge el reclamo por la indiferencia, la ausencia de empatía y solidaridad de las personas citadinas frente a las condiciones de vida en el espacio rural, el impacto del conflicto armado y las condiciones de existencia de las personas que llegan desplazadas a Cali. Siguiendo los planteamientos de Alves (2020) sobre la segregación urbana en Cali a partir de la experiencia negra marcada por un antagonismo estructural con la biópolis, como comunidad política conformada en la blanquedad, se puede decir que el continuum de violencias se inscribe en el proceso de “contención social de la diferencia en territorios de muerte” (9) en la ciudad. En Cali, las personas negras desposeídas desplazadas del Pacífico nariñense habitan la espacialidad física y ontológica que Alves denomina necrópolis. Así, “la ciudad es una zona en donde no hay distinción entre pasado y futuro o entre pre y posconflicto, paz y guerra, porque es una ciudad bajo el orden colonial permanente” (17).
El Estado no nos brindó nada cuando llegué acá porque yo no vine a declarar. Como yo ya tenía un desplazamiento en el 2005, no declaré de nuevo porque no sabía. Yo siempre escuchaba que yo era desplazada, soy desplazada, soy desplazada, pero la verdad no tenía idea de cuáles eran los beneficios de un desplazado, cómo se hacía, qué había que hacer, nada, porque ni siquiera sabía de la ayuda humanitaria. Después fue que al comenzar a conseguir amistades aquí ya las escuchaba tanto que hablaban de la ayuda humanitaria y ahí es que fui entendiendo. Que la UAO [Unidad de Atención y Orientación] y eso, que la Unidad de Víctimas. Ahí es que fui abriendo un poquito los ojos. Yo decía: “Yo soy desplazada, pero no recuerdo haber visto nunca a mi abuela recibiendo un pago, porque yo creo que ella fue y declaró y ahí quedó”. (Jazmín, 59 años, 2024)
En la mayoría de los casos, las personas reconocen la ignorancia que tenían o que aún tienen sobre la Ley 1448 de 2011 o Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, la ruta de atención en salud, la rehabilitación y la ayuda humanitaria. La responsabilidad de esta ignorancia no recae en los individuos ni es coyuntural al conflicto armado. Las personas ignoran las responsabilidades del Estado como máxima institución para el gobierno de la sociedad, porque desde antes del impacto del conflicto armado no han experimentado la protección de derechos fundamentales ni han sido provistos de bienes y servicios esenciales para la vida digna, lo que pone en entredicho si verdaderamente se han sentido parte del Estado nación.
León Cabrera (2013) señala la relación de antagonismo y ambivalencia de las comunidades negras con el Estado colombiano, en la medida en que el actor que habría de ser garante del “reconocimiento cultural” simultáneamente es responsable de la desigualdad y la exclusión. Esta acción/inacción del Estado es fundamental para entender el racismo y la exclusión en una estructura social inequitativa exacerbada por el conflicto armado:
Ahora, a lo último que traje al José con la funcionaria del CRAV [Centro Regional de Atención a Víctimas], que nos dieron la ayudita de 300.000 pesos para la comida. De ahí para allá la experiencia ha sido muy triste. No nos quisieron tratar como era, sino que nos miraban por sobre el hombro, como con menosprecio; esas funcionarias de ahí, ni los primeros auxilios. Que dentro de tres meses nos decían algo, ahora el 18 de junio cumplimos los tres meses, y, si no vamos con el papel, no nos dan el bonito. Como sea, estamos en una casa ajena y es complicado no tener cómo colaborar […] la comidita se nos acabó rápido porque, como estábamos en esa casa y ellos ya habían puesto comida, pues a nosotros nos tocaba colocar. (Jazmín, 59 años, 2024)
Otros elementos recurrentes en los relatos son la discriminación y los prejuicios por parte de funcionarios/as de la Unidad de Atención de Víctimas en Cali, así como la negligencia en el desarrollo de los procesos que conlleva la revictimización y el sufrimiento psicológico de las personas:
Uno llega desplazado y no sabe ni cómo hablar. Si a uno le dan una respuesta de algo, a uno le dan una esperanza, pero luego eso lo aburre más a uno. Le dan una cita por allá en dos meses y uno necesita una respuesta ya. ¿Uno qué hace durante sesenta días? La Unidad de Víctimas no resuelve. Desde que a usted le toman la declaración hasta que pasa algo, pasa un montón de tiempo. (Nubia, 37 años, 2024)
El modelo de paciente que plantea Auyero (2009) para analizar la relación de sujeción entre los pobres urbanos y el Estado es aplicable a las experiencias de las personas desplazadas. En el proceso institucional para restituir los derechos, la subordinación es recreada a través de actos de espera en los que las personas aprenden a cumplir los requerimientos de los agentes, siendo el Estado el que mantiene una dinámica de subordinación como posibilidad de supervivencia. La espera por la restitución legal puede durar años o no concretarse, y en el intersticio las personas desplazadas viven la incertidumbre sin ser ciudadanas en pleno derecho.
En este escenario las personas pueden desarrollar estrategias que les permitan moverse por las grietas de la burocracia. Algunos acceden a dinámicas clientelares “luchando fuertemente para que la doctora quede”, porque “la gente mía va con fe” de poder acceder a recursos para emprendimientos, subsidios de vivienda, etc. Las personas que sí logran beneficiarse de las medidas económicas de restitución manifiestan que son insuficientes en comparación con las necesidades derivadas del desempleo, la falta de vivienda y la ausencia de alimentación de calidad. Ruiz (2014) plantea que, paradójicamente, las medidas para combatir el desplazamiento lo refuerzan, al ofrecer ayudas en un periodo supuestamente inmediato, en lugar de garantizar o restablecer derechos. Según el autor, este enfoque humanitario/asistencialista despolitiza a los sujetos, posibilitando que se naturalice la condición de desplazados.
Al final, ni las instituciones estatales, ni las políticas gubernamentales ni las dinámicas de sociabilidad y ordenamiento espacial urbano posibilitan la pervivencia en la ciudad de las personas desplazadas. Es en el capital social o, en términos más humanos, en las redes de solidaridad parentales (familia cercana y extensa) y los grupos de identidad con quienes hacen comunidad (iglesia, culto, otros grupos de personas desplazadas) en donde encuentran acogida y apoyo para lograr asentarse con independencia y mejorar, o por lo menos no disminuir, sus condiciones de vida. De igual forma, ellas/os replican estas dinámicas con otras personas manteniendo un ethos solidario propio de sus territorios de origen, donde “lo más importante en la vida son las relaciones con las personas, sean del carácter que sean” (Arley, 80 años, 2024). Esto se erige en la ciudad como un dispositivo cultural de memoria y resistencia en contrapartida a las imposiciones mortíferas de la biópolis.
La memoria como forma de resiliencia, estrategias y recursos
La metodología construida para los talleres permitió el encuentro de narrativas creadas constantemente en relación con la/el otra/o, sacando del ámbito de la abstracción las nociones de memoria al hacerlas cuerpo, movimiento y palabra conforme avanzaban las sesiones y crecía la confianza mutua entre el equipo de trabajo y las/os participantes. Al saberse acompañadas/os por experiencias diferentes y parecidas, los miembros del grupo encontraban resonancias para recordar con ayuda de los recuerdos de otras/os. De esta manera, recrearon un relato o memoria colectiva sobre los acontecimientos vividos como personas negras campesinas desplazadas por el conflicto armado en el Pacífico nariñense que rehacen su vida en Cali.
Si se entiende la resiliencia como la capacidad que tienen las personas para enfrentar el dolor, o experiencias difíciles o traumáticas (Wilches 2010, citado por Hewitt et al. 2016), en el caso de la población desplazada se identificaron diversas formas de resiliencia, como acudir a sus redes más cercanas, en especial la familia extensa; la resignificación del estado emocional para favorecer la unión familiar; la participación en dinámicas clientelares para acceder a derechos básicos, y la vinculación a comunidades religiosas o cultos como espacios de apoyo espiritual y social. El trabajo con la memoria colectiva permitió resignificar experiencias traumáticas y facilitó que las formas de resiliencia individual y familiar se amplificaran a los ámbitos social, comunitario y político. En los talleres, el trabajo con la memoria se convirtió en un espacio de encuentro para compartir el trauma, nombrar el dolor y validarlo, reforzando así el sentido de comunidad a partir de una experiencia común, la del desplazamiento.
Durante los talleres, el grupo creó un lugar colectivo para enunciar y escuchar sus recuerdos de desplazamiento, a modo de caja de resonancia, como difícilmente había podido suceder en los espacios que habitan cotidianamente o en los procesos que las instituciones estatales brindan a las víctimas de desplazamiento. Al reconocer y validar entre todos los lugares de dolor por las pérdidas materiales, afectivas y simbólicas, también compartían reflexiones que en muchos casos se habían madurado en silencio, y que, gracias a la compañía e interpelación de nuevas perspectivas y elementos más estructurales, podían emerger y cobrar sentido en su presente.
Como argumenta León Cabrera (2013), este sentido relacional de la memoria le confiere un carácter político, por lo que la movilización de la memoria no es ajena al conflicto con otras narraciones del pasado. La superposición de narraciones que permite el tránsito de la memoria individual a la colectiva se realizó a través del lenguaje porque liga subjetividades, cada una de las cuales pertenece a distintas colectividades, temporalidades y trayectorias vitales. En nuestro caso, el lenguaje no verbal posibilitó experimentar corporalmente la memoria y el trauma. El cuerpo guarda la memoria del trauma, que se expresa a través de tensiones, bloqueos y posturas defensivas. Con los componentes de desmecanización que daban apertura a cada taller, las sesiones de teatro y de biodanza, fue posible reconectar con las sensaciones corporales y liberar tensiones, dar paso al mundo emocional y a nuevas narrativas corporales, en las que la calma, la flexibilidad y la apertura reemplazaban a la rigidez, el miedo y las preocupaciones cotidianas de la vida precaria. Gracias a estas experiencias, el grupo reconoció que el espacio que habitaba y las dinámicas que impone una ciudad que los segrega limitan las posibilidades de experimentar la conciencia corporal para su bienestar físico y emocional como personas sobrevivientes del conflicto armado.
El trauma es un suceso que se deposita en la memoria colectiva de un grupo, desgarrando su identidad y frustrando sus necesidades de coherencia interna (Pérez Baquero 2016). Es importante trabajar la memoria colectiva traumática desde su reconfiguración, como lo menciona Traverzo (2007), para que la representación del pasado opere como un mecanismo cultural que propicie sentidos de pertenencia a grupos y comunidades particulares; “especialmente en el caso de los grupos oprimidos, silenciados y discriminados, la referencia a un pasado común permite construir sentimientos de autovaloración y mayor confianza en uno/a mismo/a y en el grupo” (Jelin 2002, 9-10). De este modo, el hallazgo colectivo de los referentes simbólicos locales de lectura del conflicto armado y el impacto de estos en sus vidas, así como la remembranza y revaloración de las tradiciones, costumbres y valores que se han construido a lo largo de la historia y que les han permitido existir, reexistir y resistir como sujetos colectivos, se elevan como recursos para la construcción de la memoria que se compaginan con la iniciativa de memoria artística escenificada por el grupo.
La puesta escénica final, además de lograr recoger el universo simbólico que emergió durante el taller en torno a la memoria del pasado lejano, el pasado cercano y el presente de las personas del grupo, conmocionó a los espectadores por la vigencia del conflicto armado en zonas rurales del país y los interpeló sobre su responsabilidad colectiva. Según Martínez-Quintero (2013), es esta apertura a las capacidades políticas y culturales lo más significativo de las prácticas colectivas de rememoración, porque configuran un sentido crítico frente a las violencias y permiten espacios en que los actores afectados pueden tener agencia como sujetos históricos.
El equipo de trabajo no estuvo exento de esa interpelación durante el desarrollo del proyecto. Por un lado, por el riesgo latente de aproximarse a las experiencias ajenas desde un lugar de saber-poder con “las/os otras/os intervenidas/os” o prácticas asistenciales, y no desde la alteridad y la construcción colectiva. Por otro lado, por el intercambio físico, sensorial y circunstancial que implica el encuentro entre personas desconocidas que quieren conocerse y comprenderse. Por ejemplo, la biodanza llevó a transitar el temor, la vergüenza y la curiosidad de entregar, recibir y sostener la mirada de las/os compañeras/os, despojándose de roles y predisposiciones identitarias, y generando confianza para promover la conexión con la alegría y el goce de vivir. Además, se aprendió a elaborar estrategias que reconocieran, valoraran y acompañaran los ejercicios de maternidad para las prácticas colectivas.
Hacia el final de los talleres del proyecto, el grupo manifestó su interés por organizarse colectivamente para afrontar algunas de las principales problemáticas que compartían como víctimas, todas relacionadas con problemas de desigualdad social respecto de los derechos a la vivienda, la educación, el trabajo y la salud. La disposición de generar trabajo colectivo para la exigencia de derechos, la defensa de valores y la búsqueda de garantías para el sostenimiento de dinámicas comunales es una estrategia de resiliencia que puede sostenerse en el tiempo, y que surge gracias al encuentro emocional y reflexivo en la creación de memoria colectiva. En este sentido, los ejercicios de memoria colectiva pueden trascender los lugares de acción convencionales y propiciar otros escenarios de resiliencia en que las personas desplazadas sean agentes colectivos de manera sostenida en el tiempo, no solo con relación a los hechos victimizantes, sino también a los factores subyacentes al conflicto.
Creemos que los espacios de trabajo de memoria no deben despolitizar las demandas de las víctimas del conflicto, pues esto significa hacer de estos ejercicios dispositivos de gubernamentalidad. Invitamos a que las metodologías construidas y desarrolladas en los procesos de memoria con poblaciones víctimas del conflicto armado no reemplacen los debates de política social por los discursos de violencia y reparación. Por el contrario, estos ejercicios han de evidenciar la insuficiencia estatal, estimular la agencia de estas comunidades y proporcionar herramientas para sus ejercicios políticos individuales y colectivos, que les permitan reclamar su dignidad y la transformación de sus realidades materiales.
Conclusiones
El proceso de elaboración de la memoria desde lo individual hacia lo colectivo permitió reconocer los valores, dinámicas y estrategias de vida en que se construyó la identidad de las personas y donde se cimentaron sus soportes vitales, gracias a los cuales han logrado resistir los eventos traumáticos del desplazamiento. El movimiento entre el pasado distante, el pasado cercano y el presente, a través de la narración propia, el diálogo con experiencias similares, la expresión corporal y la exteriorización en palabras, dibujos, baile y canto de dolencias, frustración y malestares internos, ha potenciado el cambio de las representaciones de las personas sobre su pasado y sobre ideas relacionadas con el conflicto armado en Colombia. Sus memorias evolucionan no solo con relación a la violencia y el desplazamiento, sino también a las lecturas que hacen de los factores subyacentes al conflicto, de su integración y apropiación del nuevo contexto en que habitan y de los proyectos de vida que desean. El trabajo en el taller fue un medio para volver y traer a la práctica los conocimientos y dinámicas comunitarias que ya conocían.
Si bien los procesos de reparación simbólica a partir del trabajo de memoria son importantes, tanto para la elaboración del trauma individual y colectivo como para mantener vivo un legado cultural en las prácticas del presente, la dignificación de las comunidades afectadas por el conflicto armado en Colombia debe comprender también la reparación material, económica, política y moral, pues el universo simbólico solo logra trascender cuando consigue una eficacia práctica. Debido a esto, todo debate y trabajo sobre violencia y reparación debe interpelar al Estado y señalar cómo las heridas del conflicto armado no sanarán hasta atender heridas anteriores de desigualdad social, racismo estructural y segregación rural y urbana.
Estamos de acuerdo con lo que plantea Elizabeth Lira (2010) cuando dice que la reconciliación debe partir del reconocimiento de las víctimas y sus derechos. El trabajo terapéutico y psicosocial forma parte del proceso de reparación, porque debe basarse en la recuperación de los recursos propios de las personas para reconquistar su condición de sujetos activos y participativos, de ciudadanas y ciudadanos con derechos. La reparación, en su dimensión moral y subjetiva, supone que las víctimas puedan tramitar procesos de elaboración y discernimiento para asumir lo vivido como parte de su propia historia, y, al mismo tiempo, moverse del lugar de víctimas, recuperando su autonomía personal (Lira 2010, 17).
Finalmente, creemos que la construcción de la memoria histórica de las víctimas permite un fortalecimiento de una cultura de paz al aportar a la dignificación, la reparación simbólica y las garantías de no repetición de hechos violentos. Esto contribuye a generar bienestar y a mitigar el dolor de las víctimas, además de propiciar un ejercicio de reflexión más amplio en la sociedad sobre las causas estructurales de la guerra, la empatía con las víctimas y el compromiso para avanzar hacia una sociedad que le apueste a la construcción de paz y a no a seguir perpetuando lógicas de guerra.
Referencias
✽ Este artículo presenta los resultados de la investigación “Contribución a la reconstrucción y promoción de las memorias de las víctimas del conflicto armado, cuenca del Pacífico, para vivir con dignidad y en paz en el distrito especial de Santiago de Cali”, como parte de la estancia posdoctoral en la Universidad del Valle (Colombia), bajo la supervisión de la doctora María Eugenia Ibarra, en el marco de la convocatoria 935-2023 (Programa Orquídeas “Mujeres en la ciencia: agentes para la paz”, del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia). Financiación: Fondo Nacional de Financiamiento para la Ciencia, la Tecnología y la Innovación, Francisco José de Caldas. La investigación fue evaluada y aprobada por el Comité de Ética de la Investigación de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad del Valle. Todas las personas participantes firmaron un consentimiento informado previo a su participación. Sus nombres fueron cambiados para asegurar su anonimato. Ambas autoras contribuyeron de manera equitativa en la elaboración del artículo.
1 La justicia transicional es “el conjunto de mecanismos y procesos asociados con los esfuerzos de una sociedad para hacer frente a su pasado, en particular, al legado de abusos a los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario, orientados a asegurar la rendición de cuentas de los perpetradores, hacer justicia, y lograr la reconciliación; la justicia transicional comprende la implementación de mecanismos tanto judiciales como extrajudiciales tales como las reparaciones, la búsqueda de la verdad, el enjuiciamiento de personas, y la reforma institucional, entre otros” (CNMH 2014, 13).
2 Esta fundación fue creada en el 2014 con el objetivo de atender a la comunidad desplazada de esta región que llega a las comunas 13,14,15 y 21 de la ciudad de Cali (véase el mapa 1). Su labor se ha centrado en desarrollar actividades orientadas a mejorar la calidad de vida de sus miembros, con especial atención en los niños y niñas, a quienes se busca transmitir la visión étnica tradicional, es decir, las costumbres y valores de sus territorios de origen.
3 Los PDET son un instrumento especial de planificación y gestión a 15 años. Tienen como objetivo estabilizar y transformar los territorios más afectados por la violencia, la pobreza, las economías ilícitas y la debilidad institucional, y así lograr el desarrollo rural que requieren 170 municipios. Véase el sitio web de la Agencia de Renovación del Territorio (centralpdet.renovacionterritorio.gov.co).
4 Todos los nombres de los entrevistados fueron cambiados para asegurar su anonimato.
5 Se refiere a la técnica artesanal de búsqueda y extracción de oro en ríos (aluvión) con una batea; esta se mueve en círculos para separar el oro de la arena y la grava.
Doctora en Historia Social por la Universidade de São Paulo, Brasil. Investigadora posdoctoral y docente de cátedra en la Universidad del Valle, Colombia. Sus intereses de investigación se relacionan con los temas de familia, género, etnicidad y memoria histórica. https://orcid.org/0000-0001-9111-5863 | lidaelenatascon@gmail.com
Socióloga y estudiante de la Maestría en Antropología en Flacso, Ecuador. Joven investigadora en la Universidad del Valle, Colombia, y en Flacso, Ecuador. Sus intereses de investigación se relacionan con estudios feministas, sociología política y sociología de la imagen. https://orcid.org/0009-0003-1812-8176 | mariana.reina@correounivalle.edu.co