Introducción
El presente artículo analiza las reacciones de la prensa argentina ante la difusión internacional de las “atrocidades nazis”1 durante el período de liberación de los campos de concentración. ¿Cómo se articuló la información difundida hasta ese momento sobre las persecuciones y el exterminio de los judíos europeos con la cobertura de la liberación y la victoria aliada? Esta pregunta incluye la sospecha de que existe un nudo problemático en esta articulación.
Las investigaciones sobre la prensa mundial ante el Holocausto habitualmente se preguntan por qué los diarios no informaron más y por qué no dieron mayor visibilidad a las noticias (Shapiro 2003). Este tipo de preguntas encubre un reproche y atribuye a los hechos actualmente conocidos como “el Holocausto” una relevancia histórica que todavía no había sido construida. Además, resulta difícil establecer un criterio objetivo para medir si un hecho se informó mucho o poco: ¿en qué página consideraríamos que una información es lo suficientemente visible y a partir de qué página juzgaríamos que ésta fue “enterrada” por el diario?2
En lugar de enfocar la dimensión cuantitativa de las noticias o la posición de las mismas dentro del diario, intentaré analizar cómo fue presentada la información sobre los crímenes nazis y dentro de qué marcos interpretativos fue comprendida por la prensa argentina. Si bien ésta informó sobre las persecuciones, las deportaciones y el asesinato de los judíos en Europa a lo largo del período 1933-1945, la cobertura de la liberación de los campos de concentración, paulatinamente dio lugar a una disociación entre las “atrocidades nazis” y el exterminio de los judíos sobre el que se había informado antes. Hacia el final de la guerra, los diarios dejaron al lector argentino un legado de confusión y desconocimiento, ya que pasaron a hablar de un “horror nazi” abstracto. La cobertura de la victoria aliada contribuyó a la consolidación de un paradigma dicotómico en el que el nazismo era la “barbarie” absoluta de la que el mundo se había salvado, y la identidad de sus víctimas pasó a segundo plano.
Las fuentes de esta investigación son los cuatro principales diarios argentinos de la época: los matutinos La Prensa y La Nación, y los vespertinos La Razón y Crítica. Todos ellos eran en esos años medios informativos de carácter general, sin afiliaciones partidarias expresas. Los tradicionales La Prensa (fundado en 1869) y La Nación (fundado en 1870), si bien surgieron como prensa política, se habían transformado a comienzos de siglo en los diarios masivos de mayor tiraje del país (Saítta 2013, 30-38).3 La Razón fue desde su fundación (1905) un diario comercial, el cual priorizaba las noticias por sobre la opinión, y acompañaba las noticias con grandes titulares e ilustraciones (Saítta 2013, 30-38). Por último, Crítica (fundado en 1913) se distinguía por su estilo sensacionalista a través de títulos llamativos, notas ilustradas centradas en conflictos, dramas y crímenes, y el despliegue de campañas políticas y sociales (Saítta 2013, 38-50).
La investigación toma como antecedentes otros trabajos sobre la prensa argentina acerca del nazismo, añadiendo nuevas fuentes de archivo. El período de la liberación y los marcos interpretativos de la prensa no han sido abordados hasta ahora y conforman la principal contribución del artículo. Su tratamiento es fundamental para comprender de manera global el fenómeno de la cobertura periodística argentina del nazismo y el Holocausto.4
Antecedentes: la prensa argentina ante el nazismo y la persecución de los judíos en Europa, 1933-1941
La oposición de los principales diarios argentinos al nazismo no fue automática. Los matutinos La Nación y La Prensa presentaron el ascenso de Hitler con cierta cautela. Si bien deseaban que la función pública ejerciera efectos moderadores en el líder, expresaban al mismo tiempo admiración por su carisma y se mostraron optimistas por la base popular del hitlerismo; a diferencia del vespertino Crítica, que adoptó desde el principio una postura de abierta oposición, descreyó de la versión oficial sobre el incendio del Parlamento alemán, perpetrado en febrero de 1933, y negó la idea del sustento popular del Reich (Romero 1998, s. p.). Por su parte, el vespertino La Razón admiraba abiertamente a Hitler y fue el último en cambiar de posición (Efron y Brenman 2007, 219-220).5
Las posturas de los principales diarios argentinos se definieron claramente a partir del estallido de la guerra, la cual operó como divisora de aguas en la percepción del nazismo por parte de la sociedad argentina en general. El año 1939 fue un punto de inflexión en la polarización fascismo/antifascismo, y los diarios pasaron a considerar la guerra “como un mal necesario”, y “como la materialización del enfrentamiento de los bloques antagónicos de las democracias liberales y de los gobiernos autoritarios, de la civilización y de la barbarie” (Romero y Tato 2002, 169).6
Precisamente, el paradigma de civilización y barbarie atraviesa la historia de las ideas en Argentina desde el siglo XIX y se reactivó en la cobertura mediática del nazismo, lo cual tuvo consecuencias en la representación general del Holocausto forjada por los diarios hacia el final de la guerra.
¿Qué informaron los diarios acerca de las medidas antijudías? A través de los cables noticiosos de agencias internacionales como Reuters, Associated Press y United Press, los lectores de la prensa argentina pudieron enterarse casi diariamente y en detalle de las persecuciones a profesionales, funcionarios, intelectuales y comerciantes judíos —que acontecían en Alemania desde 1933—, del proceso de exclusión legal, expropiación y creciente violencia sistemática contra los judíos (Efron y Brenman 2007).
Las leyes raciales de 1935 suscitaron comentarios escuetos por parte de los diarios argentinos: mientras que La Prensa, La Nación y Crítica expresaron condenas, La Razón había empezado a oscilar hacia una posición germanófila (Romero 1998, s. p.). Las reacciones fueron más enfáticas tras la Noche de los Cristales Rotos, en noviembre de 1938, a través de “páginas enteras con crónicas compungidas, fotografías alarmantes que revelaban la dimensión de la violencia suscitada” (Efron y Brenman 2007, 207).
Por lo general, las condenas al nazismo que se hicieron oír en el país por parte de los diarios y de otros actores sociales respondían a una agenda interna, y sólo ocasionalmente a actitudes de solidaridad hacia los judíos (Romero 1998, s. p.).7 Pero aun sin intenciones de denuncia, los diarios también informaron a través de cables las deportaciones de los judíos europeos al este y la confinación en guetos.
La prensa argentina ante la “Solución Final”, 1942-1945
Ya en febrero de 1942 La Nación informó sobre “el exterminio de los israelitas por los alemanes”; en este contexto, el término “exterminio” tenía el sentido inequívoco de aniquilación física. Citando al ministro de Relaciones Exteriores británico, el diario informó sobre que “de todos los países ocupados, son transportados los judíos en espantosas condiciones de horror y brutalidad hacia la Europa oriental y Polonia que han sido convertidas en el matadero principal”.8
Esta nota data incluso de cuatro meses antes de la llegada de la primera noticia oficial sobre el proyecto nazi de exterminar a toda la población judía de Polonia. Las noticias oficiales provinieron de una declaración del gobierno polaco en el exilio, en junio de 1942.9 Ese mismo mes La Prensa informó sobre la matanza de judíos con “camiones equipados con cámaras de gases tóxicos”.10 Tras las primeras deportaciones del gueto de Varsovia, Crítica y La Prensa anticiparon que los alemanes tenían el propósito de exterminar a sus habitantes.11 A estas notas las sucedieron muchas otras hasta el final de la guerra, sobre todo en Crítica y La Prensa, a través de las cuales los lectores pudieron enterarse del destino de los judíos de Europa, así como del de otras poblaciones civiles masacradas en los países ocupados.
Según la historiadora Deborah Lipstadt, el principal obstáculo en la transmisión de las noticias sobre los crímenes nazis durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, para el caso de la prensa estadounidense, fue el cisma entre información y credulidad (Lipstadt 1986, 9).12 Esta conceptualización no podría aplicarse linealmente al caso de la cobertura argentina. En efecto, el material consultado no sugiere un tono de duda o incredulidad, más que en sutiles pasajes; en realidad, los diarios argentinos simplemente no emitían opinión o comentario ninguno sobre esta información.
Precisamente, uno de los aspectos característicos de la cobertura argentina fue la ausencia de editoriales acerca de la “Solución Final”. Dado que los editoriales son la expresión oficial de una publicación (Sidicaro 1993, 9), es importante analizar qué tipo de editoriales acompañaban a estas noticias. Si bien no aparecen opiniones ni protestas sobre los crímenes cometidos contra los judíos específicamente, los diarios expresaron la fe en el triunfo del bien sobre el mal, de “la civilización” sobre “la barbarie”, como si se tratara de principios o fuerzas abstractos en conflicto.13 Por ejemplo, en una nota editorial de fines de 1943 afirmaba La Nación:
Visiones apocalípticas se apoderan de las imaginaciones, y surge la pregunta sobre si los acontecimientos que se suceden desde septiembre de 1939 no son los indicios reveladores del fin de la civilización. […] Pero es necesario rendirse a la evidencia y reconocer que, a pesar del carácter horrendo de la contienda en que se debate ahora el mundo, no es permitido subestimar las consecuencias de otras ni tampoco creer en la muerte de la civilización, aun cuando ésta declinaría notablemente si triunfasen las fuerzas del mal.14
El nazismo aparece en esta lectura como un hiato, una interrupción en el proceso civilizatorio general de la humanidad, en afinidad con una interpretación eliasana (Elias 2010, 307-398).
La prensa argentina ante las “atrocidades nazis”, 1944-1945
La liberación de los campos de concentración comenzó a mediados de 1944 y abarcó un período de once meses, divisible en dos etapas. La primera comprendió la liberación de los campos del Frente Oriental, a cargo del Ejército Rojo, desde la entrada de tropas a Majdanek o KL Lublin (23 de julio de 1944) hasta el ingreso a Auschwitz (27 de enero de 1945). La segunda etapa comprendió la liberación de los campos del Frente Occidental, a cargo de los ejércitos británico y norteamericano alternativamente, desde la liberación de Buchenwald (11 de abril de 1945) hasta la de Mauthausen, que coincidió con la victoria aliada (8 de mayo de 1945).15
Si bien Himmler ya había ordenado el fin del exterminio de los judíos en noviembre de 1944, las matanzas continuaron, y los prisioneros seguían muriendo a causa de las espantosas condiciones reinantes en los campos; en este sentido, la liberación detuvo el proceso (Bridgman 1990, 107-108). Pero no fue la liberación en sí sino la victoria aliada lo que salvó a aproximadamente un millón de judíos en situación de riesgo en Europa (sin incluir al remanente judío de la Unión Soviética). La victoria habilitó al mismo tiempo la salida de miles de judíos que habían sobrevivido en escondites, o bien en el “lado ario”.
Se estima que había alrededor de 660.000 prisioneros en total en los campos nazis al final de la guerra, de los cuales sólo el 10% eran judíos (Malcolm Proudfoot, en Bridgman 1990, 57, nota 4).16 Es decir que los judíos eran una minoría dentro de la población liberada en los campos. Los millones de judíos que cayeron en poder de los nazis entre 1941 y 1944 habían sido directamente asesinados.
Las dos etapas mencionadas del proceso de liberación se distinguen, a su vez, por la cobertura mediática internacional que recibieron. Mientras que la liberación en el Frente Oriental pasó en gran medida desapercibida a nivel mundial, la liberación de los campos de concentración en el Frente Occidental, en abril y mayo de 1945, dio lugar a una masiva cobertura mediática en Gran Bretaña y Estados Unidos (Lipstadt 1986; Zelizer 1998), países que exportaron las noticias al resto del mundo.
Si bien en esos países ya existía un conocimiento sobre el alcance criminal del nazismo antes del ingreso de las tropas aliadas a los campos, la instancia de confrontación visual con las consecuencias del sistema de concentración operó como confirmación de aquello que hasta ese momento no contaba con suficiente credibilidad pública. Militares, políticos, editores y funcionarios participaron en visitas organizadas a los campos. Ciudadanos alemanes de los alrededores fueron forzados a asistir para observar las “atrocidades” y enterrar los cadáveres (Zelizer 1998, 64-65).
Uno de los rasgos más salientes de la cobertura mediática de la liberación en el Frente Occidental fue el ascenso de la fotografía a primer plano como instrumento periodístico. En un período de sólo tres semanas, los públicos británico y estadounidense estuvieron expuestos a un despliegue visual continuo e inesperado de “atrocidades” (Zelizer 1998, 92). Sin embargo, ni los periodistas ni los fotógrafos contaban con marcos conceptuales adecuados para comunicar las escenas de las que fueron testigos, por lo cual en un principio reinaba la confusión ante estos hallazgos.
Señala Zelizer que muchos de los errores de interpretación del sistema nazi, que persistieron en el tiempo, tales como la indistinción entre campos de concentración y campos de exterminio, o la indiferenciación identitaria de las víctimas y los sobrevivientes, se originaron en esta instancia caótica inicial de la liberación (Zelizer 1998, 80). Era esperable que la confusión se expandiera a otros lugares del mundo adonde se transmitieron los cables noticiosos y las fotografías.
¿Cómo se tradujeron específicamente estos procesos históricos y mediáticos en la prensa argentina? Esta cobertura debe ser analizada en el entramado de circulación internacional de noticias; por lo tanto, Estados Unidos y Gran Bretaña operan como puntos de referencia y comparación para estudiar el caso de la prensa argentina. Precisamente, los diarios argentinos construyeron la cobertura de estos hechos a partir de la selección y presentación de cables provenientes de agencias internacionales, así como de notas traducidas de diarios británicos y estadounidenses.
La primera noticia sobre la liberación de los campos llegó al país en la primera quincena de agosto de 1944, aproximadamente tres semanas después de la liberación de Majdanek. La Nación reprodujo una información transmitida por el corresponsal de una radio rusa, quien describía detalladamente los hornos crematorios hallados y su funcionamiento.17
A su vez, La Prensa reprodujo un cable de la agencia United Press, que permite apreciar el carácter múltiplemente mediado de la información que llegaba al público lector en Argentina: “Los corresponsales anglonorteamericanos visitaron el gigantesco crematorio donde testigos alemanes declararon que en un solo día, el 3 de noviembre de 1943, fueron asesinados por lo menos 18.000 hebreos polacos y rusos”.18Si reconstruimos el circuito de la información, vemos que ésta pasó de “testigos alemanes”, cuya identidad no se precisa, a corresponsales extranjeros; luego fue transmitida por un cable de United Press a la filial local de la agencia en Argentina, la cual remitió el cable en español a La Prensa, y el diario lo redactó a los fines de la publicación. Esta larga cadena de mediaciones es una especificidad de la cobertura mediática argentina, y probablemente produjo en los lectores un efecto de distanciamiento respecto de los hechos.19
La liberación de Auschwitz —un nombre ya conocido para el público lector en 1945— pasó totalmente desapercibida en la prensa argentina, en consonancia con la casi nula repercusión que tuvo en la prensa de los países aliados (Zelizer 1998, 50-51). A comienzos de abril La Prensa publicó una nota sobre dos sobrevivientes que habían escapado del “campo de aniquilamiento de Auschwitz”, sin que los lectores hubiesen sido informados antes acerca de la liberación de este campo.20 Un mes más tarde el mismo diario reprodujo un cable proveniente de Londres en el cual Auschwitz aparecía confundido con Terezin.21
Estos ejemplos muestran un fenómeno que se reitera: los diarios no siempre tuvieron en cuenta, en el criterio de selección de los cables, qué información ya habían hecho circular anteriormente, ni corroboraron la coherencia interna de los distintos informes. A grandes rasgos, la cobertura argentina del período de la liberación se caracteriza por la fragmentación, la ausencia de una sucesión ordenada de hechos, las contradicciones y las vaguedades.
La liberación de los campos en el Frente Occidental tuvo una repercusión cuantitativamente mayor, en consonancia con lo que sucedió en el plano internacional. Tanto La Nación como La Prensa, La Razón y Crítica, le dedicaron casi a diario un espacio entre las noticias referentes a las últimas etapas de la guerra, en abril y mayo.22
Los diarios argentinos incurrieron en el mismo error que la prensa de otros países, al calificar los campos de concentración del Frente Occidental como “los peores”. Los detalles sobre Treblinka, Belzec y Sobibor, destinados al programa global de aniquilación de los judíos europeos, no eran todavía conocidos, y la información sobre Auschwitz era parcial y confusa. Así era un típico informe testimonial, elaborado por un corresponsal británico y reproducido en La Prensa:
He podido presenciar muchas escenas horripilantes durante estos años de guerra, pero nunca he presenciado el horror de este infierno de Belsen, ni nunca veré nada que se le parezca.
Es necesario verlo para poder creerlo. Y la mejor forma en que puedo resumir todo lo que he visto es diciendo que todos los horrores imaginarios que se han escrito no pueden compararse con el indescriptible horror de esta enorme casa de tortura y de muerte.23
Evidentemente, al periodista le faltaron las palabras para expresar lo que veía. Es notoria la repetición de la palabra “horror” y derivados de la misma, cuatro veces, en pocas líneas. Términos tales como “horripilante”, “macabro” o “infierno” eran frecuentes en la caracterización de los hallazgos y en los títulos de la mayoría de las notas consultadas. La apertura de los campos enfrentó a los corresponsales de los países aliados a un dilema de orden práctico: ¿cómo transmitir de la manera más adecuada posible a los lectores las escenas de las que fueron testigos?
Un recurso habitual, que también se tradujo en la cobertura de los diarios argentinos, fue la descripción literal de “atrocidades” y de los detalles sobre métodos de tortura y muerte empleados en los campos. Por ejemplo, sobre el campo de concentración austríaco de Mauthausen informó La Nación que “jaurías de perros amaestrados destrozaron las carnes de seres humanos hasta hacerlos pedazos”.24 En una nota “especial para La Nación” el reportero Kenneth Everill describía lo que vio en Buchenwald: “Todos los cadáveres son de una flacura terrible, huecas las órbitas, con las costillas pujando por salirse de la piel, los muslos no más gruesos que una muñeca, y los estómagos solo un hueco en el cuerpo”.25
De la misma manera, La Prensa reprodujo una nota que informaba que en Buchenwald “un comandante ordenó a dos doctores desollar los cadáveres de los prisioneros ahorcados o fusilados. La piel de las víctimas era luego curtida y empleada en la encuadernación de ejemplares del ‘Mein Kampf’”.26 Se trataba de un testimonio apócrifo, ya que este tipo de objetos nunca se encontró.27 La Razón llamó a Belsen “el agujero negro”28, y La Prensa reprodujo el siguiente informe:
Lo que ha visto el corresponsal solo puede creerlo por haberlo visto. Una estricta comprobación militar ha confirmado los hechos siguientes: un cerdo fue muerto y comido crudo; el castigo impuesto a un hombre por arrancar el corazón de un compañero muerto fue permanecer de rodillas un día entero con la oreja de un ser humano entre los dientes: vivos y muertos fueron atados juntos y quemados en una estaca, mientras las mujeres de las formaciones de S.S. gritaban y bailaban en histérico frenesí.29
Si bien también aparecieron representaciones más “antisépticas” de los campos, los hallazgos de la liberación consolidaron una mirada sobre el nazismo como “barbarie” salvaje, y los relatos literales de los crímenes eran congruentes con esa mirada. Señala Douglas que en el proceso de Núremberg los artefactos hallados en los campos, tales como una cabeza reducida o fragmentos de piel disecada, materializaron una representación de las “atrocidades” como el producto de crímenes atávicos, hechos que habrían sido cometidos en una situación de salvajismo orgiástico (Douglas 2001, 278). Este señalamiento es aplicable a las representaciones del “horror nazi” en los diarios argentinos.
La difusión mediática internacional de imágenes de “atrocidad” fue crucial en el proceso de construcción de una concepción simplista del nazismo. La fotografía se convirtió en la principal vía para persuadir al público de los países aliados sobre la veracidad de los crímenes nazis, cumpliendo el mandato del general Eisenhower, “que el mundo vea” (Zelizer 1998, 94). Pero aquello que se ve está siempre ligado a la interpretación; por eso es necesario observar las palabras que acompañaron a las fotografías (Sontag 2003, 29). Zelizer señala que la prensa dio a estas imágenes un uso idiosincrático: la falta de precisiones sobre fechas, lugares y personas representadas hizo de las fotografías símbolos de la “atrocidad nazi”. La autora concluye que las imágenes redundaron en la conversión de la incredulidad colectiva en el shock y el horror del reconocimiento (Zelizer 1998, 98-99, 108 y 138).
En comparación, este proceso parece haber sido mucho más matizado en el contexto argentino. Entre los diarios relevados, sólo Crítica, considerado por muchos como un diario sensacionalista en esos años, difundió algunas de las imágenes que se convirtieron en íconos de las “atrocidades nazis”. El 17 de abril, Crítica publicó dos fotos del campo de Ohrdruf (liberado el 4 de abril), las cuales habían aparecido una semana antes en diversos diarios estadounidenses y británicos (ver la imagen 1).30 En la foto de la izquierda, un hombre con traje militar aparece sentado detrás de una pila de cadáveres; ésta fue una de las primeras imágenes de cuerpos desnudos que circularon en el mundo (Zelizer 1998, 90). En la segunda foto se ven cadáveres desperdigados en el suelo. El epígrafe indica:
Estos dos atroces documentos demuestran la demente barbarie con que el nazismo pone fin en Alemania a su dominación. El oficial norteamericano que aparece en una de estas fotos es el mayor John R. Scott, de la 4ta división del ejército mandado por Patton. Fue él quien hizo el macabro hallazgo de los restos de cuatro mil trabajadores europeos asesinados por los nazis en el pueblo de Ohrburf [sic], cerca de la ciudad de Gotha. Este horrendo crimen no es, sin embargo, sino uno de los que están descubriendo los soldados en su avance entre cementerios y lugares de torturas por los campos germanos.
El texto guía así la lectura de las fotografías. Por un lado, aparecen las indicaciones precisas del lugar, la persona fotografiada y el contexto en que fueron tomadas las fotos. Por otro lado, se indica que éstas deben ser leídas como documentos que “demuestran la demente barbarie” del nazismo. Esta presentación ejemplifica el uso idiosincrático de la fotografía.
En una foto de Belsen publicada unos días más tarde bajo el título de “El horror nazi” se observa a un hombre que yace muerto en el suelo en una posición que connota la crucifixión (ver la imagen 2).31 El epígrafe indica:
La estampa fotográfica, prueba inalterable de nuestro tiempo, nos ofrece toda su dramática elocuencia. He aquí un ejemplo de las atrocidades nazis: un hombre muerto por inanición y hallado por las tropas británicas en el campo de la muerte de Belsen, en donde perecieron en la misma forma cerca de sesenta mil hombres, mujeres y niños. También vemos al comandante alemán de esa preparación para la muerte lenta: es José Kramer, jefe de grupo de la S.S., con cadenas en los pies.
La fuerza retórica de estas imágenes proviene de la composición y presentación visual del contraste entre el victimario y la víctima. Dos días más tarde, Crítica publicó imágenes escabrosas del campo de Belsen (ver la imagen 3).32 La “bestialidad” de los crímenes se realza a través del epígrafe, el cual nos informa que los verdugos eran mujeres:
Las Guardias Femeninas de los S.S. del campo de Belsen, son obligadas a dar sepultura a los prisioneros muertos, cuyos cadáveres estaban abandonados a la intemperie. Tales mujeres resultaron más bestiales y fanatizadas que los mismos hombres que cuidaban el terrible campamento que ha causado asombro al mundo.
Esta foto fue acompañada con una imagen de las guardias S.S. del campo, de expresión aterradora, caracterizadas como “peores que los hombres” (ver la imagen 4).33 Las perpetradoras femeninas, generalmente representadas en posturas y expresiones gestuales rígidas, encarnaron lo peor de la “barbarie nazi” a los ojos de la prensa (Zelizer 2000, 264).
Así y todo, las fotografías de “atrocidad” que inundaron la prensa estadounidense y británica durante abril y mayo de 1945 fueron escasas en la prensa argentina del mismo período, si tenemos en cuenta que sólo Crítica, entre los principales diarios, publicó una selección acotada de estas imágenes.34 Dado el impacto que esas imágenes produjeron en el otro hemisferio, es necesario indagar las razones y las implicancias de esta ausencia.
Mientras que La Prensa y La Razón no publicaron imágenes en general, La Nación publicó otro tipo de fotos que no son las típicas imágenes de “atrocidad”. Por ejemplo, en una foto publicada el 10 de abril, bajo el título “Mientras la liberación se extiende”, se observa una escena en la cual aparecen civiles caminando y un soldado atendiendo a una mujer acostada en el suelo.35 A diferencia de las fotografías típicas de los campos, las personas representadas en esta fotografía parecen gozar en general de buen estado físico. El epígrafe indica que la fotografía proviene de la ciudad de Osnabrück, ocupada por los británicos, quienes “libertaron a trabajadores rusos que habían sido confinados en esa población y sometidos a un régimen de esclavitud”.
El criterio de La Nación de no publicar fotografías de “atrocidad” se hace más claro en su selección de fotos de Belsen. En una foto con el título “Cautivos del Reich en Belsen” se observa a un grupo de personas sentadas en el suelo.36 No aparecen allí cuerpos ni fosas comunes como en las fotos de Crítica. Probablemente, el diario considerara estas fotos de mal gusto, indignas de un diario “serio”.37 En otra foto, titulada “Una misa en el campo de Belsen”, se observan un altar con una cruz y un grupo de personas de espaldas a la cámara, de rodillas ante el altar.38 El epígrafe indica:
Un sacerdote británico oficia la primera misa en el campamento de Belsen, conocido ya por las pavorosas atrocidades cometidas allí. La telefoto muestra el altar instalado bajo la lona, con su rústica cruz de madera. Hombres y mujeres oran de rodillas; dos llevan aún la vestimenta a rayas del campamento de concentración.
La foto de la misa parece sugerir que todos los prisioneros liberados eran cristianos, lo cual precisamente no fue el caso de Belsen, donde se halló el contingente más numeroso de sobrevivientes judíos (aproximadamente 40.000), respecto a los otros campos liberados (Bridgman 1990, 33-60). Pero la escena de la misa refuerza además la idea de la civilización europea y cristiana salvada del nazismo.
A pesar de la escasa circulación de fotografías de “atrocidad” en la prensa argentina, a partir de fines de mayo de 1945 fue posible acceder a cintas informativas en las salas cinematográficas de Buenos Aires. El escritor Alberto Gerchunoff declaraba cínicamente en el periódico Antinazi (24/5/1945, 2) que “el público bonaerense dispone ahora de comodidad para observar los procedimientos que aplicaban los alemanes en los lugares de exterminio”.39 El anuncio de estas cintas en un periódico de cine de la época, además de revelar su contenido, sugiere que el fenómeno de la incredulidad también se había extendido en Argentina:
[…] aun previniendo al público sobre sus características, TODOS LOS CINES DEL PAÍS deben exhibir los noticiarios que han sido filmados en los campos de concentración de Alemania. Es la mejor manera de documentar la barbarie nazista y mostrar, a quienes dudaban —que no son pocos—, de los procedimientos de Hitler y sus secuaces, atribuyendo a “propaganda aliada” la difusión de las atrocidades llevadas a cabo por quienes ya están recibiendo el castigo que sus crímenes merecen.
No es, por cierto, un espectáculo agradable el de las pilas de cadáveres y los “muertos vivientes”, como tan gráficamente se ha calificado a quienes sobrevivieron a las torturas y vejaciones a que fueron sometidos; pero es aleccionadora su visión, y se contribuye a convencer a los incrédulos de qué peligro acaba de salvarse el mundo.40
¿Quiénes eran los “no pocos” que en Argentina desconfiaban de la veracidad de los crímenes nazis? Sin duda habría que contar entre éstos a los grupos nacionalistas que practicaban un antisemitismo militante (Lvovich 2003, 349-350 y 422).41 Los representantes oficiales de la Iglesia católica en el país optaron por el silencio respecto del Holocausto hasta el final de la guerra.42 Pero lo más probable es que el periódico se refiriese al público general.
Aunque resulta difícil establecer el grado de difusión de las películas de los campos de concentración, es probable que su circulación haya sido limitada. En mayo de 1945 estas cintas debían competir con otras películas sobre el nazismo en la cartelera porteña que prometían mayor entretenimiento. Diversas películas de ficción eran exhibidas en las salas de Buenos Aires. Los anuncios de estos estrenos coexistían en las páginas de la prensa con dramática información fáctica. Por ejemplo, el mismo día en que La Nación informaba sobre el hallazgo de 377.000 personas muertas en Latvia (Letonia),43 difundía la película La pandilla de Hitler (Farrow 1944) como “el capítulo más dramático de la historia en la película más real y valiente que se ha filmado!”.44
Asimismo, el anuncio de El diario de un nazi en La Nación destacaba como virtud de la película que “la fotografía acentúa sus tonos sombríos y las escenas patéticas, y se utiliza, además, ya sea en el diálogo o en las notas de violencia, el estilo directo y explícito, que no exige esfuerzo del espectador”.45 El estreno de La extraña muerte de Adolf Hitler ofrecía en el anuncio de La Nación “el drama de un oficial, que por su asombroso parecido al Fuehrer es escogido por la Gestapo para actuar como su doble”.46 Ese mismo día el diario publicaba una noticia sobre “nuevos detalles de las atrocidades alemanas”.47
Estos anuncios en los diarios muestran que el nazismo ya se había configurado como un producto exportable exitoso de la industria cultural tanto estadounidense como soviética. Las películas (Braun 1942; Farrow 1944; Hogan 1943) se dirigían al amplio público del espectáculo, mientras que las cintas informativas sobre la liberación de los campos eran noticiarios dirigidos a un público que probablemente fuera más restringido, por el hecho de que requería estar dispuesto a ver un material de esas características y que sí exigía “esfuerzo del espectador”.
¿Cuáles son las implicancias de la escasa circulación de imágenes de “atrocidad” en los grandes diarios? Según Sontag (2003, 84-85), este tipo de imágenes fotográficas contribuye a fijar los crímenes en nuestras mentes, haciendo que parezcan menos remotos. Desde esta perspectiva, la cobertura casi exclusivamente a través de cables noticiosos genera un efecto de mayor distancia.
¿Cuán novedosa era la información que los diarios y las películas aportaban? Como vimos, los diarios ya habían informado sobre los crímenes nazis a lo largo de la guerra. De esta repentina “sorpresa” colectiva se quejaba el semanario en español Mundo Israelita en una nota editorial titulada “El horror nazi no es nuevo para los judíos. ¿Lo es para el mundo?”:
¿Fue preciso dirigirse al campo mismo de la muerte, al mismo centro de la barbarie, al profundo pozo de la desolación, para corroborar lo que las armas habían dejado al descubierto? Los ejércitos aliados liberaron cadáveres en los campos de concentración. Los soldados rindieron los honores de una libertad póstuma al esqueleto trágico de una comunidad supliciada. Y entonces el mundo se aterró ante la magnitud del descubrimiento y se despertó un legítimo sentimiento de rechazo hacia el fanatismo y la crueldad infrahumana que provocaron la hecatombe. Nosotros ya los sabíamos todo.48
En este punto comienzan a vislumbrarse las divergencias interpretativas en cuanto al significado del “horror nazi”. Para el periódico judío, las “atrocidades” halladas en el frente eran la evidencia última de aquello que los judíos ya sabían, es decir, del proceso de exterminio de los judíos en Europa. Pero la prensa general no construyó un lazo entre las “atrocidades nazis” y el exterminio de los judíos tal como se había informado.
También el diario ídish Di Yidische Zaitung (El Diario Israelita) se lamentaba por la repentina indignación del mundo ante crímenes que, según reclamaba, ya habían sido ampliamente informados:
Sin duda es respetable esta reacción indignada frente a las evidencias de los horrores del nazismo. Pero, en cambio, sorprende que se dé la impresión de que se trata del descubrimiento de algo novedoso, de la verificación de hechos insospechados. ¿Cuántas veces —y antes de comenzar la guerra— se han denunciado públicamente los crímenes cometidos por el hitlerismo con judíos inocentes e indefensos? ¿No sabía, acaso, el mundo de la existencia de una vasta y minuciosa organización tendiente a exterminar a los judíos?49
Para la prensa judía era claro que los judíos habían sido las principales víctimas del sistema de destrucción nazi. Desde la perspectiva de Gerchunoff, éstos no hallarían nada nuevo en las películas de los campos:
No somos los judíos los que necesitamos documentarnos en lo que concierne al horror nazi que se descubre en los talleres macabros de Majdanek o de Auschwitz. Son las multitudes no judías las que tienen el deber de presenciar esas exhibiciones, penetrar lo que significan, estudiar las causas que condujeron a esa organización de la bestialidad y averiguar en qué grado contribuyeron o no con su antisemitismo activo o latente, con su indiferencia opaca o con su consentimiento tácito a esa administración de la barbarie, a esa prolija industria de la muerte judía.50
Las noticias sobre la liberación de los campos contribuyeron a un panorama de confusión, y lo que Gerchunoff veía inequívocamente como “muerte judía” no era evidente para la prensa general. En parte, hay que atribuir esta tensión al hecho de que efectivamente los judíos no constituían un número significativo entre los sobrevivientes de los campos liberados (con la excepción de Belsen), y no eran las únicas víctimas de aquellos campos que adquirieron mayor notoriedad durante la liberación. Pero además, esto se debió a que las “atrocidades nazis” quedaron desligadas de las noticias sobre la persecución y el exterminio de los judíos de Europa.
En el período de la liberación de los campos y las semanas posteriores a la capitulación alemana, la prensa publicó balances globales sobre las víctimas del régimen nazi, y allí el lugar de los judíos distaba de ser tan claro como lo era para la prensa judía. El 8 de mayo de 1945 La Prensa y La Razón informaron de los resultados de la investigación del comité polaco-ruso sobre Auschwitz.51 El informe establecía que más de cuatro millones de personas de diversas nacionalidades habían sido asesinadas en este campo. Los judíos no eran mencionados como tales en las veinte páginas del informe soviético (Bridgman 1990, 26), y, por lo tanto, tampoco en las noticias.52
Cinco días más tarde, La Prensa reprodujo un artículo del corresponsal de Chicago Daily News titulado “Más de 6.000.000 de hebreos fueron muertos en Europa”.53 La nota abundaba en información errónea y confusa, la cual además aparecía desvinculada de los resultados del informe sobre Auschwitz ya publicado.
El corresponsal afirmaba que “en Alemania, donde se hallaba concentrada la mayor parte de los israelitas de Europa, viven hoy tan sólo 500.000”. Esta afirmación incurría en tres errores: primero, la mayor parte de los judíos europeos estaba concentrada en Europa del este, y no en Alemania, antes de la guerra; segundo, en Alemania había 500.000 judíos en total antes de la guerra, y no después; por último, los judíos que se encontraban en Alemania después de la liberación no eran de origen alemán exclusivamente, sino sobrevivientes desplazados de diversas nacionalidades.
En la misma nota, el corresponsal explicaba que “el martirio de los judíos atravesó por tres fases”: en primer lugar, en el proceso de exterminio propiamente dicho, desde la fecha de la declaración de la guerra a Rusia hasta fines de 1942; en segundo lugar, en la esclavización de los judíos desde fines de 1942 hasta comienzos de 1944; en tercer lugar, el trueque de judíos sobrevivientes por dinero. Esta periodización ad hoc ignoraba que el exterminio se prolongó hasta el final de la guerra, que la esclavización de los judíos comenzó ya en 1939 y que el trueque de personas no constituyó una fase separada, sino que se trató de fenómenos aislados que no detuvieron el proceso de exterminio.
A partir de las dos notas de La Prensa, un hipotético lector podría haber concluido que en Auschwitz fueron asesinadas cuatro millones de personas de diversas nacionalidades y que, además, seis millones de judíos fueron asesinados durante un año y medio de guerra en circunstancias desconocidas.54 Agregando todavía otro elemento a este panorama confuso, a fines de mayo La Prensa reprodujo el testimonio de la esposa del ex primer ministro polaco Wladilaw Mokolajczyk, tras haber sido liberada de Auschwitz, donde estuvo cautiva once meses: “Manifestó que, aunque había sido tratada relativamente bien, tenía que trabajar en las faenas agrícolas bajo la vigilancia brutal de guardianes y guardianas de las fuerzas SS y amenazada continuamente por sus perros”.55 Sin duda, este testimonio no es representativo de la suerte corrida por la mayoría de las víctimas de Auschwitz. Sólo en el antepenúltimo párrafo de la nota aparece en letra chica una cita de la misma testigo, en la que ésta afirma que la mayor parte de las víctimas que llegaban en los trenes destinadas al exterminio directo eran judías.
No muy distinta es la impresión que deja la lectura de La Nación. Este diario informó a fin de mayo de 1945, mediante un cable de United Press, que la cifra de víctimas del nazismo ascendía a diez millones.56 Si bien en esta nota aparece la centralidad de Auschwitz en el sistema de destrucción, en lo que respecta a las víctimas sólo se enumeran nacionalidades, y no hay mención especial de la condición judía de las víctimas. En esto La Nación se distinguió de La Prensa, que publicó el informe ya referido sobre los seis millones de víctimas judías.
En los meses durante los cuales la prensa cubrió la liberación de los campos, la condición judía de las víctimas era algo así como una “presencia ausente”. La información apareció, aunque de manera inconsistente. La prensa argentina no intentó enmarcar la información a través de notas editoriales. La caída del nazismo daría lugar a relatos cada vez más generalizadores de la condición identitaria de las víctimas.
Las estrategias editoriales de los diarios, en los últimos días de la guerra, reafirmaban una concepción según la cual la caída del nazismo significaba la salvación de “la civilización”. A pocos días de la capitulación alemana, La Prensa celebraba los acontecimientos aprovechando la ocasión para conmemorar el centenario de la publicación del Facundo, libro clásico del autor romántico argentino Domingo Faustino Sarmiento, quien popularizó la expresión “civilización y barbarie”:
El centenario de “Facundo”, cuya aparición contribuyó tan eficazmente a la caída de la tiranía que ensombreció a nuestro país durante un largo período, coincide con el derrumbamiento de los sistemas dictatoriales que en la época en que vivimos han arrastrado al mundo a la más sangrienta tragedia de la historia.57
El Facundo, en su carácter de ensayo de interpretación histórico-social, resultó eficaz en la implantación de tópicos para pensar la realidad argentina (Terán 2008, 66-67). No es sorprendente entonces que La Prensa trazara un paralelo entre el argumento de este libro y la guerra mundial. Las lecturas de los diarios continuaron la tradición del Facundo, no sólo en la oposición entre civilización y barbarie, sino también en el optimismo y la confianza decimonónicos en el curso inexorable del progreso (Terán 2008, 84).
Los diarios editorializaron con grandes loas la victoria aliada. Tanto La Nación como La Prensa presentaron un relato de resonancia cosmogónica según el cual el mundo, tras haber caído en una especie de estado de naturaleza, habría dado lugar a una lucha sacrificada de fuerzas opuestas, en la cual finalmente el bien habría resultado triunfante, y el mundo habría asistido así a su propia salvación.
La Nación, 8 de mayo de 1945:
[…] la humanidad se siente libre de una pesadilla que la ha angustiado durante más de cinco años, que llevó al extravío a innumerables espíritus y que dejó un saldo de destrucciones y muertes, cuyo horror no puede compararse a ninguno de los que hayan ensombrecido la historia de los hombres.
A este inaudito holocausto nos condujo el culto de la fuerza. […]
Con las dictaduras europeas ha caído vergonzosamente el mito de la fuerza, del poder invencible de los medios de coerción material sobre el espíritu. Bajo el signo del espíritu, única fuerza todopoderosa, se iniciará, en medio de las ruinas, el trabajo reconstructor de los que no desdeñan el decoro humano, de los que creen en la primacía de las leyes, de los que saben que nada grande se consigue regimentando a los pueblos como tropas autómatas sin voluntad ni iniciativa.58
La Prensa, 8 de mayo de 1945:
Hay leyes que en la historia se cumplen inexorablemente. Una de ellas enseña que la humanidad no puede marchar hacia atrás, desoyendo la voz de la conciencia y renegando de su propio perfeccionamiento que tiene como símbolo a la libertad. Intentar hacerlo equivale a provocar el caos y desatar la anarquía que son las expresiones milenarias de la vida sin ley y sin honor, sin orden ni justicia.
El vendaval desatado por los impulsos del mal que a través de todos los tiempos pugnan al influjo de los más primitivos instintos, debía enfrentarse también en esta ocasión con la voluntad de supervivencia de las almas iluminadas por los ideales que aseguran la dignidad al hombre y trabada así la lucha, entre la fuerza inerme, pero inmanente del espíritu y la fuerza material, pero incontrolable del despotismo, el desenlace no podía ser dudoso. […]
Ya sabe el mundo cómo ha terminado la tragedia: con la rendición incondicional del nazismo que la desató. Sabe el mundo, asimismo, cuánta sangre se ha derramado en la lucha por la libertad, y sabiéndolo en medio del horror y del dolor incontenible por las víctimas caídas en su holocausto, ha de recordar sobrecogido la impresionante verdad de la frase de Jefferson: “El árbol de la libertad necesita ser regado con sangre de los tiranos; es su abono natural”.59
En estos textos, el período nazi es definido en términos generales como “horror”, “tragedia”, “pesadilla”, que generó un “holocausto” de víctimas inocentes, un saldo de destrucción, muerte, dolor y sangre. Tanto La Prensa como La Nación utilizaron el término “holocausto” en sentido general, sin referencias a la destrucción de los judíos europeos; ya este sentido del término no existía en ese momento. Para los diarios, la victoria significaba la salvación definitiva respecto de “la barbarie nazi”.
Conclusiones
La prensa forjó las primeras representaciones en torno a lo que hoy se conoce como “el Holocausto” y construyó modelos interpretativos para comprenderlo que perduraron largo tiempo. Mediante la difusión de las “atrocidades” halladas en los campos de concentración en abril y mayo de 1945, la prensa argentina consolidó un paradigma según el cual “la civilización” salía victoriosa de una guerra contra “la barbarie” absoluta.
La bibliografía indica que en el momento de la apertura de los campos, en el mundo occidental se tomó verdadera conciencia de los crímenes cometidos contra los judíos, de los que hasta ese momento se dudaba. Esto no se verifica en el caso de la prensa argentina. Pareciera que la liberación de los campos no produjo un giro de conciencia, sino que contribuyó a privilegiar la interpretación del nazismo como una especie de monstruo que ponía en peligro a toda la humanidad.
Esta matriz interpretativa no contribuyó a comprender la especificidad de los crímenes, ni el lugar reservado a los judíos en el sistema nazi de destrucción, a pesar de que la información hubiese estado presente durante años en las páginas de los diarios, y aisló a los judíos argentinos en el reclamo por el reconocimiento de la tragedia.
El “horror nazi” no tenía un significado unívoco para todos los que celebraban su fin. Los diarios subsumieron las noticias de los crímenes en un relato general de sufrimiento, en la concepción de un “holocausto” de millones de víctimas cuya identidad étnica o nacional era secundaria, y presentaron la victoria aliada como el triunfo de “la civilización” por sobre la “regresión” y el “salvajismo”. En cambio, en la prensa judía argentina la condición judía de las víctimas fue reafirmada como un hecho supuestamente indudable para todos.



