Con frecuencia se afirma que vivimos en un mundo profundamente heterogéneo y al mismo tiempo cada vez más conectado a escala global. Enfrentamos una aparente contradicción entre homogeneización y reconocimiento de las diferencias. A pesar de que la pluralidad de culturas ha sido una constante en todas las sociedades del planeta, pareciera que solo recientemente hemos tomado conciencia de este hecho. Un conjunto de fenómenos ocurridos en la segunda mitad del siglo XX y lo que va corrido del XXI han hecho que la multiculturalidad y el plurilingüismo sean preocupaciones comunes para políticos, gobernantes, académicos, pedagogos y activistas sociales.
En algunos casos, se trata de la profundización de hechos ya conocidos, aunque no siempre considerados como relevantes; en otros, de la emergencia de nuevas realidades escasamente conocidas. La transformación en las formas de entender y valorar las diferencias culturales, el cuestionamiento de las múltiples formas de racismo, xenofobia y discriminación, la emergencia de marcos jurídicos internacionales relacionados con los derechos de autodeterminación de los pueblos, los crecientes procesos de migración internacional, regional e intranacional, y los procesos de movilización política en defensa de las identidades culturales, hacen parte de este proceso.
Ante los desafíos así planteados, muchas miradas se han posado sobre la educación. Se asume que ante este naciente panorama de valoración de la multiculturalidad se requieren renovadas formas de ciudadanía, en las cuales es necesario formar a las nuevas generaciones. Esta preocupación se encuentra en el centro de las reflexiones, los enfoques conceptuales y experiencias contenidos en este volumen. En él se abordan concienzudos análisis sobre la enseñanza de las lenguas en contextos tan diversos como la educación escolar de las poblaciones indígenas, las tensiones asociadas al uso de las lenguas criollas en el Caribe, la formación de maestros para enfrentar los desafíos que emergen ante novedosos contextos multiculturales y plurilingües, y los enfoques metodológicos para asumir la investigación y la transformación de las prácticas pedagógicas, y la formación de maestros desde enfoques interculturales.
A pesar de lo amplio que puede llegar a ser el consenso en torno a la construcción de un nuevo marco de relaciones interculturales, aún son grandes los desafíos para entender lo que ello significa y definir cómo llevarlo a la práctica. Varios asuntos adquieren especial relevancia. Por un lado, la necesaria comprensión de las expresiones concretas y trayectorias de la multiculturalidad y las diversidades lingüísticas en contextos específicos. En un escenario como el de la Unión Europea, el encuentro entre lenguas de diversa tradición puede obedecer a múltiples causas: desde el contacto entre lenguas nacionales, pasando por las lenguas regionales, hasta la incorporación de lenguas de poblaciones migrantes de los más diversos orígenes a escala global. En el ámbito latinoamericano, la experiencia expresa trayectorias distintas. Por un lado, los efectos del contacto entre las lenguas coloniales y las lenguas aborígenes; por otro, la presencia de lenguas criollas de base anglófona, que, como en el caso de la isla de San Andrés, entran en tensión con el uso del inglés estándar considerado como lengua oficial.
En todos estos casos, la pluralidad lingüística habla también de multiculturalidad; ya sea esta el resultado de una historia a largo plazo o de procesos recientes de migración y desplazamiento de poblaciones. Los desafíos trascienden entonces el campo de la enseñanza de las lenguas e involucran transformaciones profundas en el campo de las políticas curriculares; reconocer la multiculturalidad de una sociedad demanda decisiones en cuanto a los sujetos de la educación, la formación de los maestros, el diseño de materiales pedagógicos, y, sobre todo, acerca de los propósitos de la formación. ¿Para qué y para quién la educación intercultural?
Comúnmente se asume que es necesario educar de manera distinta a aquellos que encarnan la diferencia cultural; gran parte de las iniciativas de enfoque intercultural se orientan a la educación de aquellos a quienes se piensa y se ha pensado desde la representación hegemónica como los “otros” de la nación. Hoy se reconoce que, con contadas excepciones, han sido excluidos del derecho a formar a sus nuevas generaciones de una manera que respete su cultura y sus identidades particulares. Es claro entonces que se requieren maestros formados desde nuevos enfoques, con sensibilidad hacia las lenguas y culturas minorizadas. Los artículos contenidos en este volumen nos muestran que es posible transformar la educación en ámbitos tan distintos como el de las políticas lingüísticas, las políticas curriculares, el diseño de materiales pedagógicos y la formación de maestros. Queda claro que no es una tarea sencilla; las experiencias y los enfoques presentados muestran una luz de esperanza en cuanto a la transformación de la educación escolarizada en sus distintos niveles, desde la educación básica hasta la universitaria.
Sin embargo, aún quedan abiertas otras preguntas: ¿es posible transformar las relaciones interculturales solo creando currículos especiales para quienes han sido discriminados, cuyas lenguas han sido minorizadas, o para quienes deben aprender las culturas de acogida? En particular, una me parece relevante: ¿no es tiempo de pensar en una educación plurilingüe e intercultural para toda la sociedad? De las respuestas a preguntas como estas dependerá la posibilidad de resolver la tensión planteada entre igualdad y diferencia.