INTRODUCCIÓN
En 2011, la juventud es epicentro de la atención mundial. Si bien es cierto que la sociedad globalizada funciona a partir del gusto y el consumo de los jóvenes como categoría social creada entrado el siglo XX, en razón del cambio y la innovación, esta vez el despliegue mediático, en especial desde las redes sociales, no fue por una tendencia en modas, un nuevo artilugio tecnológico o la más reciente droga sintética en los bares de las capitales del mundo; los jóvenes se reconocen por el papel activo en las problemáticas mundiales, por su madurez en el momento de enfrentarlas con argumentos y por la esencia en la innovación de intrincados modelos geopolíticos que no han sido tocados desde aquel utópico año de 1968.
En Colombia esta tendencia de los jóvenes preocupados por el rumbo y las problemáticas sociales también se manifiesta, desde luego, con los cambios estructurales que brinda la realidad social propia. En nuestro país, la preocupación de los jóvenes se centra en dos categorías primordiales, que al ser analizadas de fondo configuran la relación con otros actores sociales y el entorno: la educación como una herramienta activa en la generación de conocimiento y la protección de los recursos naturales; ambos elementos constitutivos de la sociedad y las relaciones culturales. En Bucaramanga se evidencia la preocupación de los jóvenes al margen de la defensa de una educación de calidad y la protección de un símbolo ecológico como es la reserva natural hidrográfica de Santurbán. El impresionante acontecimiento de jóvenes con distintas realidades, distintas proyecciones y, desde luego, distintos horizontes ideológicos que se juntan en torno a un ideal primario: la protección de lo que nos pertenece a todos pero que no es de nadie. Sus ideales llevados a cabo con un nivel de pragmatismo y con un impacto comunicativo a gran escala por medio de las nuevas tecnologías de la información dan un resultado satisfactorio pero no completo.
INTERNET: REPLICAR LO APRENDIDO E INVESTIGAR LO DESCONOCIDO
Desde la educación, el centro de la discusión está dado por una coyuntura política: el proyecto de reforma de la Ley 30 de 1992, que dispone hacer de la educación un sistema autosostenible con el ánimo de lucro. Gracias al acceso y contraste de realidades por medio del internet, los jóvenes conocen de cerca los problemas educativos que el ánimo de lucro y el autosostenimiento han generado en la región en un país como Chile. Más allá del debate por la gratuidad de la educación hay una noción implícita, un concepto que define un nuevo tipo de conocimiento que escapa de las aulas pues es incontenible y pone a su disposición un universo de información. Los jóvenes, conscientes de que la educación existente y la que se pretende imponer no concuerdan con las necesidades investigativas y sociales que el mundo globalizado exige, replican lo aprendido e investigan lo desconocido. A este llamado asisten jóvenes de todas las realidades porque es importante ser parte del cambio y sentirse identificados con una generación que tal vez lo puede cambiar todo.
Casi en sincronía se desarrollan manifestaciones en apoyo a la protección del ecosistema mejor conocido como páramo de Santurbán; cerca de 142.000 hectáreas están en peligro con la extracción minera. De nuevo, ejemplos de otras partes del mundo ayudan a construir hipótesis y extrapolar realidades. Imágenes desgarradoras como las de Serra Pelada en Brasil y el drama del impacto extraccionista en los ecosistemas sirven de alerta para que la población, en especial los jóvenes, que no están de acuerdo con ceder permisos a mineras transnacionales, se movilicen y muestren su descontento, lo cual lleva a que las autoridades medioambientales gestionen la protección de los ecosistemas.
¿Cómo es posible que estos eventos aparentemente distintos e independientes estén conectados? Desde luego, de entrada aparece en común la juventud como tendencia transversal en ambas coyunturas; pero existe más que un interés por proteger y salvaguardar los patrimonios. La organización, la ejecución y el impacto en tiempo récord infiere que el efecto aglutinador, más que ser producto del sentido común, es una proyección en la configuración de una acción colectiva que define la construcción de sus identidades, y más cuando la cantidad de jóvenes uniéndose, participando, comunicándose y generando información va en aumento y en concordancia con una dinámica globalizada. Las identidades construidas parten como un proceso histórico, social y tecnológico que modula las aptitudes humanas frente al cambio, y más cuando se empiezan a denotar en un entorno local, aparentemente hermético como Bucaramanga y su Área Metropolitana; de tal manera que la lógica de tales identidades solo puede estar acorde por las tecnologías de la información y la comunicación y su máximo exponente por excelencia: internet.
El internet se masifica en Colombia entrado el siglo XXI (Hincapié, 2015). Algunas regiones desarrollan más rápido que otras la infraestructura necesaria para popularizar el uso de las herramientas virtuales e internet. Por tal razón, la región andina, que concentra un núcleo poblacional y de desarrollo urbano de mayor envergadura, lidera el acceso a la virtualidad de la información y la comunicación. Pero aun así, la masificación es reducida. En 2010, el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (Mintic) emprende una serie de proyectos que van desde el subsidio del servicio de internet para los estratos 1 y 2 hasta la inauguración de puntos Vive Digital, donde se enseña a la población el uso de las herramientas TIC optimizando sus competencias laborales (Mintic, 2011); Bucaramanga es una de las primeras ciudades que muestra interés en el proyecto y potencializa el uso de las TIC al ampliar la cobertura de hogares con internet y zonas wifi en parques y colegios de la ciudad (Mintic, 2014).
El salto de un mundo analógico a uno enteramente digital transforma a la población de manera vertiginosa al producir actores sociales que comprenden intuitivamente su uso. Esta generación, mejor conocida como los millennials, nacida entre 1980 y el año 2000, es la principal beneficiada del universo de la virtualidad que se abría con espontaneidad frente a ella. Su principal característica es que complementan la educación impartida en las instituciones tradicionales con una apertura del conocimiento sin salir de casa, fusionando su identidad a un proyecto filosófico globalizado y una lógica virtual en común con otros millennials de todo el planeta. La cohesión y el contraste de las realidades hacen que perciban la falta de oportunidades y la creciente desigualdad social como el detonante de problemas de orden educativo, cultural, ecológico y hasta filosófico de la sociedad de la segunda modernidad; son estos millennials quienes impulsan las movilizaciones del siglo XXI en todo el planeta, y Bucaramanga no sería la excepción.
MILLENNIALS: EL CONOCIMIENTO PARA NO SER RE-CONOCIDO
En el mundo hay una discusión acerca de los millennials; entre los calificativos que los definen aparece el de “nativos digitales”, que derivan en estudios sobre los comportamientos de los jóvenes en el ambiente laboral, cultural y hasta intelectual, pues son altamente calificados y cuentan con una experiencia innata en el procesamiento y análisis de la información que ellos mismos producen, pero no se sienten atraídos por los roles clásicos preestablecidos. Más que una sociedad que los defina, buscan definir su propia sociedad. En la realidad nacional este panorama es distinto y heterogéneo: por una parte están quienes emulan las pretensiones de los millennials del primer mundo y se integran al panorama globalizado; hay otros que logran acceder a una educación superior, técnica o tecnológica, pero por compromisos económicos y sociales deben reproducir el rol clásico de la sociedad; y están quienes no logran acceder a la educación ni trabajar; son jóvenes que viven en un limbo social y representan una alerta para las políticas sociales y el desarrollo nacional. Para el Banco Mundial, los últimos millennials son denominados en inglés NEET (not in employment, education or training), y en español, NINIS (ni trabajan ni estudian); es un grupo poblacional en aumento en países de América Latina (De Hoyos, Rogers y Székely, 2015).
En la generación heterogénea que son los millennials hay puntos en común que permiten identificar tendencias sociales, las cuales influyen en la configuración de sus acciones; entre estos puntos en común está el acceso a internet como fuente de información y distracción respecto a la realidad social, pero también como espejo de la construcción de una lógica globalizada donde algunas tendencias ideológicas determinan las aptitudes de nuevo en la realidad; internet se convierte en la garantía virtual donde jóvenes desprovistos de garantías construyen desde sí mismos personificaciones con las cuales se sienten a gusto; estas personificaciones funcionan como avatares, y de vez en cuando estos avatares intervienen en la realidad provocando acciones colectivas que buscan como finalidad un cambio, un acercamiento entre lo real y lo virtual difuminando las barreras comunicativas entre lo fabricado y lo real.
El acompañamiento de los avatares de los distintos tipos de millennials presentes en Colombia genera un panorama atrayente para la investigación social, pues cada uno, desde sus distintas realidades sociales, produce criterios que retroalimentan la virtualidad e interactúan con la realidad; estas interacciones desde acciones colectivas como protestas y movilizaciones captan la atención de los medios masivos de comunicación produciendo una ilusión de globalidad. Ante este panorama social surgen diversas dudas acerca de la representación de desarrollo social que se está construyendo y el cambio de una sociedad aparentemente atomizada a una donde las preocupaciones individuales en común generan sentimientos colectivos.
No obstante, los millennials a pesar de su escepticismo político, se han convertido en críticos del sistema, del orden mundial, y han plasmado su realidad dentro de su virtualidad. Una realidad llena de emoticons y hashtags, donde con creatividad protestan por mejoras en la educación y toman iniciativas de caridad con temas de favorecimiento a la naturaleza, el medioambiente y los animales. Su activismo se expresa en convocatorias e invitaciones por redes sociales para protestar por algún inconformismo social o político que los afecte, y sus debates se dan en medio de la cordialidad de besotones y abrazotones que evocan el peace and love de los años sesenta.
La resolución de este foco investigativo podrá dilucidar si estos millennials en verdad tienen una conciencia global, no imaginada desde una lógica moderna, sino desde una lógica poscapitalista determinada por el consumo. Ahora bien, la realidad nacional dista de ser una sociedad poscapitalista, y es peligroso entonces importar modelos que no son idealizados desde una coyuntura local. Los retos de las regiones para integrarse a una lógica poscapitalista en Colombia parten entonces desde el conocimiento y la divulgación investigativa en la interacción con el otro, la superación de una violencia transversal que irradia los comportamientos sociales de la realidad y la virtualidad y, desde luego, la generación de una cultura científica e investigativa que complemente la educación recibida en las instituciones con el conocimiento promovido por las tecnologías de la información.
DE LO VIRTUAL A LO REAL
La dinámica globalizada en 2011 es contextualizada desde los medios masivos de comunicación (mass media) e infiere cuestiones transversales en los discursos de la acción colectiva, independiente de las realidades sociales y las brechas espacio-temporales. Una vez establecido este nexo transversal es necesario revelar si existe un discurso similar en el panorama nacional y, a su vez, acercarlo a las inferencias en el clima local. Desde luego, existen transformaciones desde un plano global hasta uno local, pero dichas transformaciones es elemental para construir las diferencias sustanciales que aún distan de la lógica globalizada en común.
Solo diferenciando el impacto contextual de la acción colectiva en problemáticas puntuales como la educación y el medioambiente es posible evaluar el alcance de las tecnologías de la información y la comunicación en la producción, divulgación y ejecución de las acciones colectivas, además del rango de operación entre los distintos millennials y la importancia que estos dan o no a las problemáticas sociales que les atañen. Es importante tener en cuenta que la acción colectiva se configura como un proceso de interacción entre sus participantes y de ellos con la realidad social. Las vivencias de estas personas durante los acontecimientos que llevan a movilizaciones masivas en 2011 dan sentido a la comprensión de las dinámicas, puesto que cada individuo modula su participación por las problemáticas que le conciernen y por los medios a su alcance para mostrar una posición ante ellas.
La articulación de la sociedad con los actores sociales y su papel activo en ella caracteriza a una sociedad globalizada que tiene por máxima la superación de las brechas espacio-temporales (Fazio, 2011); la optimización de este ideal globalizador solo es posible por medio de los avances tecnológicos haciendo que los actores sociales convivan y generen experiencias a partir de tales acontecimientos. Pero se trata de una fuerza infinita de información que no es fácil de controlar ni comunicar e induce a los actores sociales a convertirse en una especie de seres duales, donde se comparte una realidad inconsistente llena de incertidumbres que propicia de manera directa la configuración del accionar colectivo.
La acción colectiva depende de la interrelación con otros actores sociales. En este tipo de interacción social, la unidad no es un punto de partida, sino que debe buscar la explicación de la dinámica de la conformación de dicha unidad en el marco de acciones multipolares. Las acciones multipolares se organizan en tres ejes: medios, fines y ambiente (Melucci, 1991); estos delimitan las actividades e incluso producen la tensión al no concordar y definen la naturaleza de la acción colectiva, que, en el caso de las movilizaciones protagonizadas por los millennials en 2011, es agregativa.
Al igual que la globalización, la acción colectiva es un proceso de construcción continuo. Es una producción social en sincronía con la lógica que impera en la sociedad. En otras palabras, una lógica poscapitalista lleva a la reconfiguración de acciones colectivas poscapitalistas con una necesidad de mejoramiento continuo, en la inversión de un sí mismo que aporte material significativo al accionar colectivo (Han, 2014). Entonces, se está frente a una sociedad de generadores de contenido movilizatorio, anónimos pero identificados como un alguien, que llevan a cabo un proceso de autoinversión pues mientras descubren interacciones en la construcción de un ser social igual de complejo a ellos mismos luchan por salvaguardar procomunes que los beneficiarán en un futuro cercano.
¿Quiénes son los que están en medio de esa lógica de automejoramiento como inversión y logran sobrevivir? La generación que consume, la misma generación idealizada por las lógicas globalizadas para ser siempre joven y estar a la vanguardia de las novedades culturales, comunicativas y educativas. Jóvenes que toman el cambio no como un problema sino como un reto por superar. La juventud de las sociedades poscapitalistas redefine las relaciones entre generaciones, costumbres y, sobre todo, el consumo tecnológico. Ser joven es más complejo que una situación biológica (Bourdieu, 2002). Los contrastes entre una generación y la siguiente se producen por el continuo mejoramiento en preparación académica, conocimiento y posibilidades para acceder a la información. La acción colectiva es entonces directamente proporcional a la configuración generacional de la sociedad, en una paradoja entre la obsolescencia y la innovación.
Bien parece una fórmula peligrosa que dificulta la armonía en cualquier proyecto de construcción de una sociedad, pero son las generaciones del cambio las que logran superar la revolución cultural como una herramienta ideológica para sonar bien, y lo llevan a un ejercicio pragmático con las tecnologías de la comunicación y lo expanden al planeta entero en una ola de indignación. Son generaciones que no pretenden hacer tabulas rasas de la sociedad y el sistema, sino optimizarlos, explotarlos y hacer que este funcione para la sociedad, y no la sociedad para él. Más que un análisis generacional se está frente a una interacción de dos lógicas, una extractiva y primitiva, y otra propositiva y llena de incertidumbres, que no buscan más que generar un porvenir mejor, no utópico, sino entendido como la interrelación de los futuros individuales (Augé, 2012), en torno a las máximas de cultura, conocimiento y comunicación.
La investigación de las acciones colectivas como configuración interrelacional y propositiva es un tema novedoso y apenas se está desarrollando en el planeta entero. La configuración de dichas acciones a partir de las nuevas tecnologías es un proceso intrincado pero necesario para el desarrollo de nuevas facultades que tienen los actores sociales. Los estudios más recientes proponen que la estructura cognitiva de los jóvenes está siendo modificada de manera drástica por las tecnologías de la información (Greenfield, 2009). Desde la premisa de Greenfield se han elaborado múltiples investigaciones acerca de cómo esa reestructuración cambia la percepción de las problemáticas y las sociabilidades. Los primeros en elaborar investigaciones de los denominados millennials son los países potencia, y estarían orientadas a definir las particularidades del grupo humano caracterizado por un amplio consumo cultural que da forma a una vida social más cívica que idealista e identificada con tendencias no políticas sino filosóficas que propenden a la defensa de los bienes de interés común (Ferrer, 2010).
La creación de las nuevas realidades y el aprendizaje llevan a inferir que las tecnologías de la información y comunicación en una sociedad marcada consecuentemente por ellas están modificando los estilos de vida, pautas de conducta y hábitos de ocio y trabajo (Cabero y Aguaded, 2003). Acercamientos más específicos a la problemática tratada llevan a demostrar cómo la interacción de las generaciones más recientes es modulada por la tecnología que se masifica en su contemporaneidad y lleva a una interacción directa entre los jóvenes y los problemas sociales; de esta manera se realizan análisis de las generaciones a partir de la década de los años setenta en Italia desde una lectura globalizada, llevando a grandes aportaciones teóricas como la naturaleza rapsódica1 en la generación del conocimiento (Berardi, 2007).
En América Latina no existe una tendencia investigativa evidente; el acercamiento más conciso es una investigación doctoral realizada en Buenos Aires, donde se ejecuta un análisis socioantropológico a la comunidad de Barrios y se identifican las tendencias que tienen los jóvenes de diferentes estratos sociales a una interacción globalizada desde una constante en común que es el consumo tanto de mercancías como de tecnologías y servicios como redes sociales e internet, lo que lleva a modificar de manera abrupta de una generación a otra los objetivos, planificaciones y aptitudes de los jóvenes argentinos frente a las problemáticas sociales (Pais, 2011).
En Colombia, si bien existen muestreos parciales e hipótesis de la actividad de los jóvenes, no hay un precedente específico del impacto de las tecnologías de la comunicación en la esfera educativa y cultural, ni un contraste en la percepción de su realidad social y entorno virtual; aunque existen múltiples realidades construidas por los sujetos en su relación con la realidad social en la cual viven, este paradigma evita realizar generalizaciones pues su objetivo es interpretar y comprender la conducta de las personas en relación consigo mismas y con las demás (Martínez, 2008), y que es lo que finalmente configura una acción individual o colectiva. El año 2011 se encuentra lleno de importantes acontecimientos que afectan distintos escenarios de la realidad pero que conservan congruencia entre sí, lo cual permite reconstruir la interacción de esos eventos que hacen surgir sentimientos de movilización social. Al configurarse la acción colectiva como un proceso influido por la interacción de sus participantes con la realidad social, con los acontecimientos mismos y con las demás personas, puede ser entendida a partir de la vivencia dentro de la acción colectiva, donde el ser conforma modalidades de actuación, las cuales, en la medida que se vuelven masivas, determinan su discurso y trascendencia.
EL RETO DE LA PEDAGOGÍA
En un mundo donde el vértigo y la velocidad de la información se abren paso y en el que todo se sabe al hacer clic, un universo que se puede visitar con ingresar a un link, una ciudad que se localiza con un GPS, una amistad que nace con Facebook, un invento que se realiza con las instrucciones dadas por YouTube, la pregunta es: ¿acaso habrá alguna ciencia fuera de la Red?, ¿cómo interesar a un niño o joven por el estudio en una sociedad donde la ciencia y el conocimiento están entre sus manos en un celular?, ¿es posible transformar el proceso enseñanza-aprendizaje vinculando nuevas tecnologías?
El paso vertiginoso de la tecnología no permite pensar en renovar la pedagogía. Al menos en Colombia, muy pocos casos de educación virtual se han aplicado para niños, y el aula se ha transformado en un campo de batalla, no porque los infantes y los jóvenes aprendan, sino por invitarlos a saborear las mieles del saber pues se está ante una generación que todo lo puede conocer a través del “profesor” Wikipedia o a través del “sabio” Google. Sin embargo, los docentes y pedagogos se han percatado de algunos cambios en la sociedad, pero tal vez no han notado la trascendencia de estos cambios en la cotidianidad. El estudiante de los años anteriores a 1980 se identificaba aún por moverse en un espacio rural, no tanto porque viviese en el campo sino porque las ciudades no tenían el desarrollo arquitectónico actual y era muy fácil ubicar una finca cercana con vacas y gallinas, y, por tanto, las costumbres eran rústicas, los padres vivían juntos, “hasta que la muerte los separe”, y con los compañeros de aula se asistía a misa dominical en la parroquia y se frecuentaban los mismos sitios: algún pequeño cine, la tienda del barrio y, ocasionalmente, alguna piscina. Todos tenían los mismos intereses: jugar, obedecer a los padres, ayudar a los hermanos; soñaban con trabajar en una gran empresa y besar a la niña bonita del curso… Pero todo ello ha dado un vuelco. En la actualidad, los estudiantes son ciudadanos, no por la connotación política del término, sino porque son nacidos en la ciudad, muchos de ellos no conocen una vaca, excepto a través de alguna imagen, creen que el espacio que los rodea ha sido siempre igual, creen que la vida es tan sencilla como teclear algo en su portátil, viven en hogares disfuncionales, con una proliferación de credos y religiones, y, por supuesto, sus intereses han cambiado: son chicos prudentes, menos impulsivos, respetuosos con el medioambiente, sueñan con un trabajo independiente y que no sea monótono y quieren besar a alguna persona que no los comprometa mucho; da igual si es hombre, mujer o alguno de los géneros que han permeado todas las esferas de la cotidianidad.
En un mundo –literalmente– lleno de gente, con el cambio de roles sin importar la edad –se es padre a los 75 o madre a los 10 años–, con una mezcla cultural que permite tener contacto con cualquier persona sin importar la distancia, y con un cambio tan drástico en las costumbres, vale la pena preguntarse qué se debe enseñar, a quién se le va a enseñar y, especialmente, cómo se va a transmitir lo que se quiere enseñar (Serres, 2013, p. 27). La influencia que se percibe a través de los medios de comunicación y la publicidad, aunada a todo lo expuesto, han llevado al nacimiento de un nuevo humano con una mentalidad diferente, con un nuevo espacio por construir y que, paradójicamente, no le teme a la muerte. Este nuevo humano con una nueva lengua hecha de signos y emoticones ha mutado también su labor y su quehacer. Es necesario repetirse las tres preguntas: qué enseñar, a quién y cómo hacerlo sin fracasar en el intento.
Sin duda, lo que se debe transmitir es el saber, el conocimiento, la sabiduría. Desde tiempos inmemoriales se realiza esta labor: educar. El saber se transmite a través de comportamientos en los primeros homínidos, de forma oral una vez que se descubre que la boca emite sonidos articulados desde las cuerdas vocales; luego, el hombre descubre que puede hacer signos con sonido y los plasma en un papiro: nace la escritura, un nuevo artilugio para enseñar; una vez aparecen la imprenta y el libro, el saber se transmite a través de la lectura, y, finalmente –como si existiese un fin– el conocimiento se plasma a través de imágenes en una pantalla. No obstante, la ciencia, el conocimiento y el saber son los mismos; lo que ha mutado, lo que se ha transformado es el medio, el soporte de ese saber. El saber se mantiene pero la evolución histórica del soporte transforma la enseñanza.
¿A quién se debe transmitir este conocimiento? Al igual que el soporte, también ha evolucionado a quién se debe transmitir ese conocimiento. Los niños y jóvenes se transforman y buscan el saber en una forma distinta: lejos de las aulas de clase porque pueden acceder a lo que desean conocer desde su Tablet en cualquier sitio; el pizarrón se transforma en una pantalla táctil, y la tiza es un pulgar deslizándose hábilmente en un teclado virtual. El destinatario de la educación ya no es un ser anhelante de conocimiento porque todo lo cree saber, no indaga mucho porque todo lo da por hecho, no crea porque todo está elaborado, y un futuro laboral no le interesa porque la automatización ya no necesita de sus manos o su cerebro.
Entonces, la pregunta contundente es cómo transmitir ese saber. Las nuevas tecnologías han permeado la cotidianidad y han logrado introducirse en escuelas, colegios y universidades, pero ¿acaso la educación y la pedagogía se han adaptado a esas nuevas formas de comunicación?, ¿se ha aprovechado la tecnología para abarcar nuevos espacios de conocimiento? Si ya todo está creado y todo se conoce, ¿por qué no convertir la escuela en un nuevo centro académico dedicado a las artes, o mejor aún, a la inventiva, la genialidad y la originalidad? Si todo el conocimiento está en el computador, la Tablet, el celular, la red y los dispositivos móviles, el aprendizaje debe dar paso a la alegría de inventar y crear. Al igual que los primeros homínidos olvidan caminar teniendo como soporte sus brazos y piernas para adoptar una forma erguida y bípeda, al igual que el hombre olvida comunicarse con gestos y aprende a usar las cuerdas vocales, así como olvida la memoria y plasma sus ideas en escritos, quizá es necesario olvidar lo aprendido para dar un vuelco al conocimiento mismo y adaptar ese saber a la búsqueda de nuevas tecnologías, de formas novedosas de automatización, de inventivas para mejorar el planeta y desarrollar nuevos conocimientos con los cuales acceder a una realidad, lejos de su virtualidad, pero con la que pueda trascender en el tiempo y el espacio, y que sea a su vez una motivación para contactarse con un mundo que aún está por descubrir y necesita renovar su saber:
Ya no es necesario recordar, lo cual hace más liviano el paso del conocimiento. Cuando la memoria está adentro de la computadora, nos sentimos más livianos todavía. Descargando la información de Internet se libera la mente de un peso. Este download permite nuevas posibilidades. Podemos mantener la intuición, la invención. Desde el momento en que las nuevas tecnologías nos aligeran, estamos condenados a convertirnos en inteligentes. La repetición es la muerte. Con la repetición olvidamos el pensamiento, la invención y uno se vuelve un imbécil, en entrevista con Marina Artusa, (Serres, 2016)
No cabe duda de que la escritura y la imprenta posibilitan un cambio en las instituciones: ciudades, Derecho, Estados, monoteísmo, historia, ciencias, paideia, todo es transformado en los papiros, los pergaminos y los libros; asimismo, las nuevas tecnologías obligan a salir del formato libro-página (Serres, 2013, p. 44). Es decir, si la cabeza está vacía porque todo está escrito en libros o visualizado en internet, esta ausencia permite que ingrese una nueva luz y es preciso olvidar para dar paso a aprender lo nuevo; el desprendimiento es necesario para aprender, y para ello es necesario retomar el saber de la Edad Media, cuando el estudio es relacionado con el silencio, la inmovilidad y la veneración. Si algo caracteriza a las aulas de clase es el ruido, el constante barullo de las voces juveniles que comparten su conocimiento entre sí y olvidan intencionalmente la función del docente: enseñar, y su labor como alumnos: aprender. Pero si ese mismo estudiante tiene entre sus manos un celular o si está frente a la pantalla de un computador, la imagen traslada inmediatamente a la Edad Media: la inmovilidad de los cuerpos que se inclinan con reverencia y en silencio ante quien posee el conocimiento: esa autopista inagotable de información llamada internet.
No obstante, en medio de ese silencio casi conventual y reverencial que lleva implícito el contacto con cualquier dispositivo atado a internet existe el anhelo de comunicarse, de hablar y ser escuchado, y es cuando son visibilizadas las protestas de los millennials a través de las redes sociales como Facebook, Instagram, YouTube, WhatsApp, Twitter y cientos más, donde también se hace visible que los jóvenes hacen algo que los adultos inmersos en el trabajo no realizan: ¡leer! Sí, los jóvenes leen, buscan y contrastan la información:
Se dice que en Colombia no se lee y, a veces, no pocos sentencian que los jóvenes leen menos. Acabemos con el mito. Los jóvenes leen más libros que el promedio de la población, lo dicen las cifras y lo explican los expertos. Según la más reciente encuesta de consumo cultural del DANE (2014), cuando le preguntaron a los mayores de 12 años si habían leído en formatos físicos o digitales en los últimos 12 meses, el 87,4 por ciento de los encuestados entre 12 y 25 años dijo que sí. El porcentaje se reduce al 81,4 por ciento en el rango entre los 26 y 40 años, baja al 75,4 por ciento de ahí hasta los 64 años y el 63,5 por ciento de los mayores de esa edad dicen haber leído en cualquier formato. Ahora, si se trata de libros físicos únicamente, las diferencias son más marcadas. En el rango de los más jóvenes, el 64,5 por ciento dijo haber leído al menos un libro en el último año, pero de las personas entre 26 y 40 años, apenas el 44,7 por ciento de los encuestados dio la misma respuesta. (Rojas, 2016)
Si estos jóvenes leen se evidencia su interés en la sociedad, en la política, en la búsqueda de nuevas formas por acceder al conocimiento, pero el orden del aula de clase aprisiona, coarta el movimiento, mientras que el desorden incita al juego, al invento, a la creatividad, al olvido del orden mismo y de la razón. ¿Será necesario olvidar el orden para transformar el saber? Contrario al orden está la revolución, y esta lleva implícita la transformación, el cambio, pero teniendo como base el saber, el conocer, porque no se puede alterar lo que no se sabe que puede ser mejorado. ¿Qué mérito tendría cambiar lo perfecto por algo desmejorado? ¿Acaso no hay que buscar un mejoramiento? Y es que el punto de quiebre de todas las revoluciones es la búsqueda de algo que permita transcender y cambiar; y el conocimiento y el saber dan la pauta para ese cambio. Y con un poco de originalidad es posible crear. La juventud no encuentra trabajo, y las labores existentes la aburren; se está frente a una sociedad de Ninis (ni trabajan, ni estudian) porque todo está hecho, todo se aprende en internet, pero ¿acaso todo está acabado? ¿No hay nuevos mundos por descubrir? ¿Acaso el hombre ha perdido la facultad de pensar? ¿No hay nada por crear bajo el sol? Mientras existan el pensar y el crear, el hombre se abre a la posibilidad de transformar el mundo, solo hay que darle un estímulo: “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”; esta frase acuñada en la Antigüedad cobra vigencia ante una juventud que tiene las herramientas para crear porque es la generación mejor formada académicamente y que tiene los puntos de apoyo para cambiar el mundo con su pensamiento, con la vitalidad, con la creatividad y, por qué no admitirlo, con la necesidad. Una juventud inmersa en la tecnología pero que es consciente de que el agua se agota, que observa que se puede generar energía al pedalear su bicicleta, que quiere generar un cambio a nivel planetario porque, si bien la generación de los años sesenta y setenta soñaba con pisar la Luna, los jóvenes de hoy anhelan un mundo limpio, saludable, donde existan igualdad, fraternidad y libertad: igualdad para que todos accedan a la educación; fraternidad hacia un planeta que les ha dado luz, calor y vida, y libertad para no sentirse atados a un pupitre y transcender las barreras del conocimiento impuesto, del saber acabado y de la sabiduría limitada.
Ya lo plantea Serres en el título de su libro, Pulgarcita: el mundo cambió tanto que los jóvenes deben reinventar todo: una manera de vivir juntos, instituciones, una manera de ser y de conocer. Es un tanto irónico que hace unas décadas solo se conocieran el teléfono, la televisión en blanco y negro, el transistor; la ropa se lavaba a mano y los deberes académicos se consultaban en una pequeña biblioteca cercana a la escuela. Sin embargo, las personas se miraban a los ojos al hablar, se compartía más tiempo con la familia, la música era poesía, las sencillas actividades de la casa no provocaban estrés y el estudio servía para formar verdaderos ciudadanos. Actualmente no existen los conceptos de tiempo y distancia porque todo está a un clic; se vive en casas electrónicas donde una serie de botones hacen casi todas las tareas, los médicos han tomado forma de máquinas que informan el estado del paciente, los carros son automáticos para evitar accidentes y ya hay robots que juegan un Mundial de Fútbol. Se visita a los hijos que viven en Australia vía Skype, se acuerda una reunión de trabajo a través de WhatsApp, se expresa el inconformismo político a través de Twitter, se escucha el sonido del mar en la selva si se está conectado con YouTube, el viaje queda registrado en Instagram y el amor surge por Facebook. Pero a pesar de la cercanía son más frecuentes los hogares disfuncionales, los hijos aislados de la realidad, los ancianos abandonados a su suerte, las relaciones de amor o amistad cada vez con menos tiempo de duración, y los trabajos son acaparados por las máquinas y la tecnología. Si el mundo cambió tanto como dice Serres, ¿será que estamos llamados a ser tutores de esta juventud para ayudarle a encontrar los sentimientos extraviados, los sueños olvidados y la poesía perdida? Quizá entre sus manos o frente a sus ojos esté la respuesta.
CONCLUSIONES
Los millennials se encuentran ligados a la problemática contemporánea desde el análisis social con un discurso que no está simplemente unido a la identificación, sino a la proposición de una alternativa viable frente a la puesta en marcha de una acción colectiva dirigida a problemas sociales como la defensa de la educación y la protección de los recursos naturales; ambos elementos primordiales en la proyección a futuro del desarrollo humano, en un diálogo intercultural y globalizado desde alternativas culturales como la reconstrucción histórica y comunicativa.
El poder inscrito dentro de los datos y las redes sociales se ha convertido en generador de valor, debido a su masificación. La sociedad actual se halla envuelta en Facebook, Instagram, YouTube, WhatsApp, Twitter, y el cuarto poder, como se denomina al periodismo, ha quedado relegado pues el poder se evidencia en la capacidad de reproducción y de convocatoria a través de las redes sociales. La información es poder, y bajo una nube cargada de datos es muy probable percibir chubascos masivos que nos recuerdan que no estamos solos en el ciberespacio y que el conocimiento ya no se obtiene en los libros o en el laboratorio, sino a través de cualquier dispositivo móvil. Y es que si no se tiene una cuenta de correo electrónico, un perfil en Facebook, un celular con WhatsApp, se podría argumentar una ausencia en el mundo o, lo que es peor, la inexistencia en la globalidad.
Los datos, la información y el conocimiento son utilizados como formas de contacto, de cercanía con el otro; pero también tienen el poder de masificar hasta el infinito esa información. Del voz a voz se pasa rápidamente a la información en la nube, que permite hacer partícipe a la sociedad de los más íntimos sentimientos y de las más consolidadas formas de protesta. El consumo, la moda y el trending topic han llevado a los jóvenes con un nombre acorde a la tecnología, millennials, a sentar su voz de protesta, no a través de marchas o manifestaciones con carteles o grafitis. Los millennials han llevado la protesta a otro nivel, al de teclear una palabra seguida de un símbolo (#) y convertirla en el tema tendencia, en la moda que se debe seguir, aunque se esté de acuerdo o quizá no.
Sin embargo, en una sociedad que da por sentado que todo está creado y en la que el computador asume las funciones docentes es el momento de hacer una reflexión sobre la labor del maestro en la escuela y cómo podría transcender esta labor en el estudiantado aprovechando las nuevas tecnologías no solo para emitir conceptos sino para desarrollarlos, para despertar el interés creativo en los jóvenes de realizar inventos y que las artes reemplacen en cierta forma el vacío que se debe llenar ante la saturación de información. Si generaciones atrás llenaban cuadernos con información y memorizaban párrafos enteros de libros, es necesario en la actualidad que, desde las escuelas, se reeduque en el máximo potencial humano: pensar.